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Thomas S. Eliot: «Gerontion» [1920] (bilingüe) - Versión de Gerardo Gambolini

16 de septiembre de 2020








No tienes juventud ni vejez,
es como si durmieras luego de comer
soñando con ambasShakespeare


Aquí estoy, un viejo en un mes seco,
con un chico que me lee, esperando la lluvia.
No estuve en las puertas calientes
ni combatí en la lluvia ardorosa
ni hundido hasta las rodillas en el pantano salobre,
blandiendo un machete, picado por insectos, combatí.
Mi casa es una casa en decadencia,
y en el alféizar de la ventana se acuclilla el judío, el propietario,
desovado en algún café de Amberes,
ampollado en Bruselas, remendado y despellejado en Londres.
La cabra tose de noche en el campo de arriba;
rocas, musgo, uva cana, hierro, mierdas.
La mujer se ocupa de la cocina, hace el té,
estornuda al anochecer, hurgando el sumidero quisquilloso.

                                   Yo, un viejo,
una cabeza embotada entre espacios ventosos.

Los signos se toman por prodigios. “¡Queremos ver un signo!”
La palabra dentro de una palabra, incapaz de pronunciar una palabra,
entre pañales de oscuridad. En la juventud del año
vino Cristo el tigre

en el depravado mayo, cornejo y castaño, árbol de Judas en flor,
para ser comido, para ser compartido, para ser bebido
entre murmullos; por el Sr. Silvero
de manos que acarician, en Limoges
que se paseó toda la noche en la habitación de al lado;
por Hakagawa, haciendo reverencias entre los tizianos;
por Madame de Torquist, moviendo las velas
en la sala oscura; Fräulein von Kulp
que volvió la cabeza en el hall, una mano en la puerta.
Lanzaderas vacías tejen el viento. No tengo fantasmas,
un viejo en una casa con corrientes
al pie de una loma ventosa.

Con ese conocimiento, ¿qué perdón? Ahora piensa,
la historia tiene muchos pasajes astutos, corredores y salidas
artificiales; nos engaña con ambiciones susurrantes,
nos guía con vanidades. Ahora piensa,
ella da cuando nuestra atención se distrae
y lo que da, lo da con confusiones tan flexibles
que lo dado hambrea al anhelo. Demasiado tarde da
aquello en lo que ya no creemos, o si creemos aún,
sólo en recuerdo, pasión reconsiderada. Demasiado pronto da,
en débiles manos, aquello que creemos prescindible
hasta que el rechazo propaga un miedo. Piensa,
ni el miedo ni el coraje nos salvan. Nuestro heroísmo
engendra vicios innaturales. Nuestros crímenes descarados
imponen virtudes en nosotros. Estas lágrimas
son arrancadas del árbol de la ira.

El tigre salta en el año nuevo. Nos devora. Piensa finalmente,
no hemos llegado a ninguna conclusión, cuando yo
me pongo tieso en una casa alquilada. Piensa finalmente,
no expuse estas cosas sin un objeto
y no ha sido por ninguna incitación
de los demonios que miran hacia atrás.
Soy honesto contigo acerca de esto.
Yo, que estaba cerca de tu corazón fui apartado de él
para perder la belleza en el terror, el terror en la inquisición.
He perdido mi pasión: ¿para qué debería conservarla
si lo que se conserva por fuerza se adultera?
He perdido mi vista, olfato, oído, gusto y tacto:
¿cómo podría usarlos para acercarme a ti?

Éstas, con otras mil reflexiones menores,
prolongan el beneficio de su delirio helado,
excitan la membrana con salsas picantes,
cuando el sentido se ha enfriado, multiplican la variedad
en una selva de espejos. ¿Qué hará la araña?
¿Suspender su trabajo? ¿Va a demorarse
el gorgojo? De Bailhache, Fresca, Mrs. Cammel,
lanzados en átomos fracturados más allá del circuito
de la Osa tiritante. Gaviota contra el viento, en los estrechos ventosos
de Belle Isle, o volando sobre el Cabo.
Plumas blancas en la nieve, reclama el Golfo,
y un viejo empujado por los Alisios
hacia un rincón soñoliento.

                                   Inquilinos de la casa,
pensamientos de un cerebro seco en una seca estación.


En La tierra baldía y otros poemas




Thou hast nor youth nor age
But as it were an after dinner sleep
Dreaming of both.

Here I am, an old man in a dry month,
Being read to by a boy, waiting for rain.
I was neither at the hot gates
Nor fought in the warm rain
Nor knee deep in the salt marsh, heaving a cutlass,
Bitten by flies, fought.
My house is a decayed house,
And the jew squats on the window sill, the owner,
Spawned in some estaminet of Antwerp,
Blistered in Brussels, patched and peeled in London.
The goat coughs at night in the field overhead;
Rocks, moss, stonecrop, iron, merds.
The woman keeps the kitchen, makes tea,
Sneezes at evening, poking the peevish gutter.

                                   I an old man,
A dull head among windy spaces.

Signs are taken for wonders. “We would see a sign”:
The word within a word, unable to speak a word,
Swaddled with darkness. In the juvescence of the year
Came Christ the tiger

In depraved May, dogwood and chestnut, flowering judas,
To be eaten, to be divided, to be drunk
Among whispers; by Mr. Silvero
With caressing hands, at Limoges
Who walked all night in the next room;
By Hakagawa, bowing among the Titians;
By Madame de Tornquist, in the dark room
Shifting the candles; Fraulein von Kulp
Who turned in the hall, one hand on the door. Vacant shuttles
Weave the wind. I have no ghosts,
An old man in a draughty house
Under a windy knob.

After such knowledge, what forgiveness? Think now
History has many cunning passages, contrived corridors
And issues, deceives with whispering ambitions,
Guides us by vanities. Think now
She gives when our attention is distracted
And what she gives, gives with such supple confusions
That the giving famishes the craving. Gives too late
What’s not believed in, or if still believed,
In memory only, reconsidered passion. Gives too soon
Into weak hands, what’s thought can be dispensed with
Till the refusal propagates a fear. Think
Neither fear nor courage saves us. Unnatural vices
Are fathered by our heroism. Virtues
Are forced upon us by our impudent crimes.
These tears are shaken from the wrath-bearing tree.

The tiger springs in the new year. Us he devours. Think at last
We have not reached conclusion, when I
Stiffen in a rented house. Think at last
I have not made this show purposelessly
And it is not by any concitation
Of the backward devils
I would meet you upon this honestly.
I that was near your heart was removed therefrom
To lose beauty in terror, terror in inquisition.
I have lost my passion: why should I need to keep it
Since what is kept must be adulterated?
I have lost my sight, smell, hearing, taste and touch:
How should I use it for your closer contact?

These with a thousand small deliberations
Protract the profit of their chilled delirium,
Excite the membrane, when the sense has cooled,
With pungent sauces, multiply variety
In a wilderness of mirrors. What will the spider do,
Suspend its operations, will the weevil
Delay? De Bailhache, Fresca, Mrs. Cammel, whirled
Beyond the circuit of the shuddering Bear
In fractured atoms. Gull against the wind, in the windy straits
Of Belle Isle, or running on the Horn,
White feathers in the snow, the Gulf claims,
And an old man driven by the Trades
To a a sleepy corner.

                                   Tenants of the house,
Thoughts of a dry brain in a dry season.



Foto: T. S. Eliot (1888-1965), London, United Kingdom, 1964
Vía EGyB





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Mahmud Darwish: «La muerte de Fénix»

15 de septiembre de 2020




En los himnos que cantamos
hay una flauta,
en la flauta que nos habita
un fuego
y en el fuego que encendemos
un Fénix verde.
En su elegía no he distinguido
mi ceniza de tu polvo.

Una nube de lilas basta para ocultarnos la
jaima del pescador.
Camina, pues, sobre las aguas como el Señor.
Ella me ha dicho:
El recuerdo que llevo de ti no está
desierto
y ya no hay enemigos para las rosas que
surgen de los escombros de tu casa.

Un anillo de agua rodeaba la elevada
montaña
y el Tiberíades era el patio trasero del primer
Paraíso.
Le dije: la imagen del universo se ha completado
en unos ojos verdes.
Ella me respondió: Oh, mi príncipe y mi cautivo,
guarda mis vinos en tus jarras.

Los dos extraños que se han consumido en
nosotros son
esos que hace un instante han intentado
matarnos,
los que volverán a sus espadas dentro de poco,
los que nos preguntan: ¿Quiénes sois?
—Dos sombras de lo que fuimos aquí,
dos nombres del trigo que crecen en el pan de
las batallas.

No quiero regresar ahora, como
los Cruzados de mi casa. Soy
todo este silencio entre los dioses y los que
se inventaron un nombre.
Soy la sombra que camina sobre las aguas,
la escena y el testigo,
el adorador y el templo
en la tierra de mi asedio y del tuyo.

Sé mi amado entre dos guerras
en el espejo —dijo ella—.
No quiero regresar ahora a la
fortaleza de mi padre.
Llévame a tu viña y reúneme con
tu madre.
Perfúmame con agua de albahaca, espárceme
sobre la vasija de plata, péiname,
enciérrame en la cárcel de tu nombre, mátame
de amor. Cásate conmigo.
Despósame por los ritos agrarios,
adiéstrame en la flauta y quémame para que
nazca
como el Fénix, de mi fuego y del tuyo.

Una forma semejaba al Fénix llorando
ensangrentado
antes de caer al agua
cerca de la jaima del pescador.

¿De qué sirve mi espera y la tuya?


 

















En el poemario ¿Por qué has dejado el caballo solo? (1995)
Traducción del árabe: María Luisa Prieto

Imagen: Mahmud Darwish, en Córdoba
Foto original color: F. J. Vargas vía El País





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Maurice Blanchot: El instante de mi muerte (1994)

4 de septiembre de 2020




Me acuerdo de un joven —un hombre todavía joven— privado de morir por la muerte misma —y quizás el error de la injusticia—. Los aliados habían conseguido poner pie en suelo francés. Los alemanes, ya vencidos, luchaban en vano con inútil ferocidad.

En una gran casa (el Castillo, la llamaban), golpearon a la puerta más bien tímidamente. Sé que el joven fue a abrir a unos huéspedes que sin duda solicitaban auxilio.

Esta vez, un alarido: «Todos fuera».

Un teniente nazi, en un francés vergonzosamente normal, hizo salir primero a las personas de más edad, después a dos mujeres jóvenes.

«Afuera, afuera». Esta vez, gritaba. Sin embargo el joven no pretendía huir; avanzaba lentamente, de una manera casi sacerdotal. El teniente lo zarandeó, le mostró unos casquillos, balas; allí había tenido lugar, de forma manifiesta, un combate, el territorio era un territorio de guerra.

El teniente se atascó en un lenguaje extravagante, y poniendo delante de las narices del hombre ahora menos joven (se envejece rápido) los casquillos, las balas, una granada, gritó con claridad: «He aquí lo que usted ha conseguido».

El nazi colocó a sus hombres para apuntar, según las reglas, al blanco humano. El joven dijo: «Al menos haga entrar a mi familia». Es decir: la tía (noventa y cuatro años), su madre, más joven, su hermana y su cuñada, una larga y lenta comitiva, silenciosa, como si todo estuviese ya consumado.

Sé —lo sé— que aquél al que ya apuntaban los alemanes, no esperando más que la orden final, experimentó entonces un sentimiento de ligereza extraordinaria, una especie de beatitud (nada feliz, sin embargo), ¿alegría soberana? ¿El encuentro de la muerte con la muerte?

En su lugar, no trataré de analizar ese sentimiento de ligereza. Quizás él era súbitamente invencible. Muerto-inmortal. Quizás el éxtasis. Más bien el sentimiento de compasión por la humanidad sufriente, la dicha de no ser inmortal ni eterno. Desde entonces, él estuvo ligado a la muerte, por una amistad subrepticia.

En ese instante, brusco retorno al mundo, estalló el ruido considerable de una batalla cercana. Los camaradas del maquis querían prestar socorro a aquel que ellos sabían en peligro. El teniente se alejó para inspeccionar. Los alemanes permanecían en orden, dispuestos a continuar así en una inmovilidad que detenía el tiempo.

Pero he aquí que uno de ellos se acercó y dijo con voz firme: «Nosotros no alemanes, rusos», y, con una especie de risa: «armada Vlassov», y le indicó que desapareciese.

Creo que él se alejó, siempre con el sentimiento de ligereza, hasta que se encontró en un bosque lejano, llamado «bosque de los brezos», donde permaneció resguardado por los árboles que él conocía bien. Es en el bosque frondoso donde, de repente, y después de un cierto tiempo, recuperó el sentido de lo real.

Por todas partes, incendios, una sucesión de fuego continuo, todas las granjas ardían. Un poco más tarde él se enteró de que tres jóvenes, hijos de granjeros, ajenos a todo combate y que no tenían otra culpa que su juventud, habían sido abatidos.

Incluso los caballos hinchados, sobre la carretera, en los campos, eran testimonio de una guerra que había durado. En realidad, ¿cuánto tiempo había transcurrido? Cuando el teniente volvió y se dio cuenta de la desaparición del joven castellano, ¿por qué la cólera, la rabia no le habían empujado a quemar el Castillo (inmóvil y majestuoso)? Porque era el Castillo. En la fachada estaba inscrita, como un recuerdo indestructible, la fecha de 1807. ¿Era lo suficientemente culto para saber que se trataba del famoso año de Jena, cuando Napoleón, sobre su pequeño caballo gris, pasaba bajo las ventanas de Hegel, que reconoció en él «el alma del mundo», tal como escribió a un amigo? Mentira y verdad, porque, como Hegel escribió a otro amigo, los franceses robaron y saquearon su vivienda. Pero Hegel sabía distinguir lo empírico y lo esencial. En este año de 1944, el teniente nazi tuvo por el Castillo el respeto o la consideración que las granjas no suscitaban. Sin embargo, se registró por todas partes. Tomaron algún dinero; en una pieza separada, «la habitación alta», el teniente encontró unos papeles y una especie de espeso manuscrito —que acaso contenía planes de guerra—. Finalmente partió. Todo ardía, salvo el Castillo. Los señores habían sido perdonados.

Entonces comenzó, sin duda, el tormento de la injusticia para el joven. Ya no el éxtasis; el sentimiento de que él sólo estaba vivo porque, incluso a los ojos de los rusos, pertenecía a una clase noble. Eso era la guerra: la vida para unos, para los otros la crueldad del asesinato.

Permanecía, sin embargo, del momento en que el fusilamiento no era más que una espera, el sentimiento de ligereza que yo no sabría traducir: ¿liberado de la vida?, ¿el infinito que se abre? Ni felicidad, ni infelicidad. Ni la ausencia de temor, y quizás ya el paso[1] más allá. Yo sé, imagino que este sentimiento inanalizable cambió lo que le quedaba de existencia. Como si la muerte fuera de él no pudiese desde entonces más que chocar con la muerte en él. «Estoy vivo. No, estás muerto».

Más tarde, de vuelta en París, se encontró con Malraux. Éste le contó que había sido hecho prisionero (sin ser reconocido), que había conseguido escaparse, aunque perdió un manuscrito. «No eran más que reflexiones sobre arte, fáciles de rehacer, mientras que un manuscrito no podría serlo». Con Paulhan, mandó hacer investigaciones que no pudieron más que resultar vanas. Qué importa. Tan sólo permanece el sentimiento de ligereza que es la muerte misma o, para decirlo con más precisión, el instante de mi muerte desde entonces siempre pendiente.







Nota

[1] Juego de palabras intraducible donde el autor saca partido de la ambigüedad de la expresión francesa le pas au-dela. Pas puede ser entendido como sustantivo (paso, de donde nuestra traducción el paso más allá), pero también como adverbio de negación que se emplea en correlación con la partícula ne (ne… pas), o en locuciones (como, por ejemplo, pas beaucoup, pas du tout, etc.) en las que condiciona negativamente el sentido del resto de las partículas que acompaña. De seguir esta segunda acepción, la expresión habría de entenderse como lo contrario de la anterior, es decir, «el no más allá». En la traducción se da prioridad al significado más común sin que debamos olvidar, no obstante, el otro sentido latente del que participa todo el texto de Blanchot. (N. del T.)



En El instante de mi muerte & La locura de la luz
Título original: L’Instant de ma mort & La folie du jour
Maurice Blanchot, 1994
Traducción: Alberto Ruiz de Samaniego
Prólogo: José Jiménez

Foto: Maurice Blanchot (sin créditos)



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Juan José Arreola: La feria (fragmento)

2 de septiembre de 2020




¡Ya soy agricultor! Acabo de comprar una parcela de cincuenta y cuatro hectáreas de tierras inafectables en un fraccionamiento de la Hacienda de Huescalapa, calculada como de ocho yuntas de sembradura. Esto podré comprobarlo si caben en ella ocho hectolitros de semilla de maíz. La parcela está acotada por oriente y sur con lienzo de piedra china, abundante allí por la cercanía del Apastepetl. Al poniente, un vallado de dos metros de boca por uno y medio de profundidad sirve de límite. Al norte, una alambrada es el lindero con mi compadre Sabás. Este lienzo es de postes de mezquite, que a tres metros de distancia cada uno, sostienen cuatro alambres de púas, clavados con grapas y arpones. Los arpones son alcayatas de punta escamada para que no se salgan, y hechizas. Las forjan los aprendices de herrero con desperdicios de fierro y las entregan en los comercios a centavo y medio la pieza.

Esta aventura agrícola no deja de ser arriesgada, porque en la familia nunca ha habido gente de campo. Todos hemos sido zapateros. Nos ha ido bien en el negocio desde que mi padre, muy aficionado a la literatura, hizo famosa la zapatería con sus anuncios en verso. Yo heredé, y me felicito, el gusto por las letras. Soy miembro activo del Ateneo Tzaputlatena, aunque mi producción poética es breve, fuera de las obras de carácter estrictamente comercial.

Aunque bien acreditado, mi negocio es pequeño, y para no dañarlo con una arbitraria extracción de capital, preferí hipotecar la casa. Esto, no le ha gustado mucho a mi mujer. Junto a mi libro de cuentas agrícolas, que estoy llevando con todo detalle, se me ocurrió hacer estos apuntes. El año que viene, si Dios me da vida y licencia, podré valerme por mí mismo sin andar preguntándole todo a las gentes que saben.

Lo único que me ha extrañado un poco es que para la operación de compraventa han tenido que hacerse toda una serie de trámites notariales muy fastidiosos. El legajo de las escrituras es muy extenso. Tal parece que esta tierra, antes de llegar a las mías, ha pasado por muchas otras manos. Y eso no me gusta.

*

—La Cuesta de Sayula es un lugar muy funesto. Zapotlán y Sayula no se llevan muy bien, desde que tuvieron un pleito de aguas en 1542. Entre un pueblo y otro está la cuesta, un enredijo de curvas, paredones y desfiladeros que son la suma de nuestras dificultades... Y por el otro lado Tamazula, con el mal paso de Río de Cobianes que cada año nos separa con las crecidas, como un largo pleito. Así son las cosas, todo lo malo nos llega de fuera, por un lado Tamazula, y por el otro de Sayula. En la Cuesta han ocurrido muchas muertes y desastres, sobre todo dos: el descarrilamiento y la batalla de 1915. La batalla la ganó Francisco Villa en persona, y a los que lo felicitaron les contestaba: “Otra victoria como ésta y se nos acaba la División del Norte”. Les dio a sus yaquis de premio quince días de jolgorio en Zapotlán, a costillas de nosotros. El descarrilamiento también lo perdió Diéguez y es el más grande que ha ocurrido en la República, con tantos muertos que nadie pudo contarlos. No se perdió mucha tropa porque el tren iba atestado casi de puras mujeres, galletas y vivanderas, la alegría de los regimientos. Nos habían saqueado bien y bonito, y los carros repletos de botín se desparramaron por el barranco. Para qué le cuento, todo aquel campo estuvo un año negro de zopilotes. Y hubo gentes de buen ánimo, de por aquí nada menos, que se entretuvieron desvalijando a los muertos. Ladrón que roba a ladrón...

*

—Por acá está el enfermo, doctor.
—Déjame primero ver tu corral. Ya me han dicho que lo tienes muy bonito, con tantos animales y matas…
—Pásele, doctor.
—Estos puercos chinos que parecen borregos ¿cómo te hiciste de la cría?
—Con las Contreras, doctor, ellas tienen un puerco. Sabe, aquel Sebastián pasó muy mala noche, quéjese y quéjese.
—De esta rosa de Alejandría me tienes que dar un codito, a ver si prende. Mi mujer tenía una y se le secó. Todo lo que planta se le seca, y a mí me gusta que haya flores en mi casa.
—Con mucho gusto, doctor. Le di tres veces sus gotas a Sebastián y no se durmió...
—¿De dónde sacaste este guajolote? Hacía mucho tiempo que no veía yo un guajolote canelo así de grande y de gordo... ya los guajolotes se están acabando por aquí.
—Es que da mucho trabajo criarlos, doctor. De diez o doce que nacen, sólo me viven dos o tres. Es una lata enseñarlos a comer, porque las guajolotas ni siquiera eso les enseñan. Andan allí nomás con el pescuezo estirado, grito y grito sin ver la comida en el suelo, y los guajolotitos se mueren de hambre y de frío porque ni los cobijan. Y esto si no les ponen la pata encima y los apachurran...
—Me lo tienes que guardar para la Navidad, porque a este coruco yo me lo como.
—Como usted quiera, doctor. Este Sebastián...
—No le hagas tanto caso a Sebastián, que se está chiqueando como todos los enfermos. Desde que lo sacamos del hospital, su herida está cicatrizando que da gusto mirarla...

Así es siempre este doctor. Le gusta hacer un inventario lo más completo posible de los bienes terrenales de sus clientes, para formarse una idea clara de las condiciones y de la duración del tratamiento, sin cometer injusticias. Porque... según el sapo es la pedrada...

*

Ahora somos una ciudad civilizada: ya tenemos zona de tolerancia. Con caseta de policía y toda la cosa. Se acabaron los escándalos en el centro y junto a las familias decentes.

—Yo, cada vez que pasaba por Las Siete Naciones, le tapaba a mi hijo los ojos con el rebozo.
—Pero piense usted también en los demás, en las familias decentes que viven por allá. Nosotros aquí muy a gusto en nuestros barrios limpiecitos, y ellos con semejante vecindad.
—No en balde se estuvieron quejando y hasta hicieron una junta para que no les echaran allá la vida alegre, pero ya ve usted, perdieron y ni modo.
—Muchos se han ido de sus casas.
—Las han vendido a como dio lugar, perdieron el dinero y la querencia, con tal de no estar revueltos entre las priscapochas.
—La que salió ganando fue doña María la Matraca. Todas sus casitas quedaron en la zona.
—Ya desde antes tenía dos o tres alquiladas para el refocile, y dizque las adaptó para que le pagaran más renta.
—Dicen que alguien le dio el pitazo y estuvo compre y compre propiedades por todo ese rumbo.
—Hay quien asegura que todo el callejón de Lerdo es de ella y que no contenta con cobrar las rentitas, le está metiendo dinero al negocio.
—Válgame Dios, una mujer decente, que vivía de sus abejitas, y que ahora nadie la baja de madrota...
—Ella no tiene la culpa. Sus propiedades estaban allí desde un principio, y allí le cayeron las cuscas como llovidas del cielo...
—Hizo bien. Yo haría la misma cosa si estuviera en su lugar. Casitas que le daban ocho o diez pesos de renta, ahora no las baja de treinta y cincuenta. Le llovió en su milpita, como quien dice…

*

—¡Jaque al rey!
—Óigame don Epifanio, se me hace que está temblando…
—Yo le dije jaque. Usted muévase y luego vemos si está temblando o no...

*

Fueron tres temblores seguidos, uno tras otro, del grado séptimo de la escala de Mercalli, acompañados de ruidos subterráneos, que nos tuvieron en pánico durante más de siete minutos. Como siempre, se botaron las agujas de todos los sismógrafos... Después del último sacudimiento, todo quedó extraordinariamente inmóvil, como si se pararan las cosas, silenciosas y atemorizadas. Los vientos dejaron de soplar y no se movió hoja alguna de los árboles. Los seres se habían abismado en la quietud, azorados y estupefactos.

Un grupo de vecinos, esa gente que siempre hace lo que debe hacer a la hora oportuna, se dirigieron como puestos de acuerdo a la Parroquia. Miraron con estupor las grietas que dejaban ver, en los muros, el desajuste de los grandes sillares bajo el enjarre, y en las bóvedas, las esferas rojizas de los cántaros que las han hecho resistentes y ligeras. Todo el suelo estaba llovido de tierra y de caliche. Sin decir palabra, se subieron al altar y bajaron la imagen de Señor San José en hombros a la plaza. Una gran multitud se les unió, entre lágrimas y gritos, y comenzó la procesión de amargura por todas las calles del pueblo.

*

Parece mentira, pero es la pura verdad. Después de un día de terror y de una noche de angustia, estamos ahora en un ambiente de verbena. Desde la segunda noche a la intemperie, no han faltado quienes lleven guitarras y flautas. Y en vez de dormir llenos de temor de Dios, hay gentes que beben, cantan y bailan hasta las altas horas. Más de un padre de familia se ha retirado a su casa, resuelto a que se le caiga encima, antes que exponer a sus hijos al mal ejemplo que han dado en el jardín dos o tres parejas indecorosas. ¡Habráse visto!

*

—Padre, también quería preguntarle, ¿menosorquia es mala palabra?
—¿Menosorquia? No, no la conozco, ¿dónde la oíste? ¿Por qué no has venido a confesarte?
—Porque desde el día del temblor no he hecho pecados... Esa palabra se la oí al diablo. El diablo la iba diciendo en un sueño que tuve. Yo estaba en la azotea mirando para la calle y había como un convite del circo. Mero adelante iba un diablo grande como una mojiganga, todo pintado y con cuernos, y las gentes se asomaban a mirarlo y él se bamboleaba al caminar dice y dice: “Cuánta menosorquia os da, cuánta menosorquia os da...” Y al pasar me miró a mí y era tan alto que su cabeza llegaba junto a la mía siendo que yo estaba en la azotea. Me dio mucho miedo y cuando desperté vi todavía la cara del diablo, y era como la de un compañero que me enseñaba cosas malas en la escuela...
—¿Y qué crees tú que sea la menosorquia?
—Es como las ganas de hacer el pecado. Siempre que lo hago me da después mucho arrepentimiento, me acuerdo del diablo y cuando salgo de la imprenta, después que dan los clamores, entro de rodillas a la iglesia y le juro a Dios que no lo vuelvo a hacer...

*

—¿De veras eso es fornicar? Yo creí que era otra cosa, que era algo así como quién sabe. Eso que usted dice quisiera hacerlo todos los días, pero no más lo hago una vez a la semana, cuando mucho. Ya ve usted, la ignorancia...





De La feria (única novela de J.J.A.), 1963
Fuente: Material de lectura
México, CulturaUNAM, 2020

Foto: Juan José Arreola, 1980, por Elisa Cabot




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Emil Cioran: Michaux o la pasión de lo exhaustivo

30 de agosto de 2020

 



Hace unos quince años, acompañé a Michaux con cierta regularidad al Grand Palais, donde asistíamos a toda clase de filmes de carácter científico, algunos curiosos, otros técnicos, impenetrables. A decir verdad, lo que me intrigaba eran menos las proyecciones que el interés que suscitaban en él. No comprendía las razones de una atención tan obstinada. ¿Cómo, me preguntaba sin cesar, un espíritu tan vehemente, vuelto hacia sí mismo con perpetuo fervor o frenesí, puede apasionarse por demostraciones tan minuciosas, tan impersonales? Más tarde, reflexionando sobre sus exploraciones sobre la droga, comprendí a qué excesos de objetividad y de rigor podía llegar. Sus escrúpulos iban a conducirle al fetichismo de lo ínfimo, del matiz imperceptible, tanto psicológico como verbal, repetido indefinidamente con una insistencia jadeante. Llegar al vértigo a través de la profundización parece ser el secreto de su intento. Léase, en El infinito turbulento, la página donde dice de sí mismo que se halla «atravesado por lo blanco», donde todo es blanco, donde «incluso la duda es blanca», y no menos la «horripilación». Tras lo cual el blanco ya no existe, él lo ha azotado, lo ha aniquilado. Su obsesión por el fondo le hace feroz: liquida apariencia tras apariencia sin perdonar una sola, las extermina abismándose en ellas, persiguiendo su fondo precisamente, su fondo... inexistente, su insignificancia radical. A un crítico inglés esos sondeos le han parecido «terroríficos». Yo los encuentro, por el contrario, positivos y exaltantes, por su impaciencia de triunfar y de pulverizar, es decir de descubrir y de conocer, dado que la verdad, en todo, no es más que la culminación de un trabajo de zapa.



A pesar de que Michaux considera que forma parte de los seres «fatigados de nacimiento», desde siempre no ha hecho más que huir del engaño, ahondar, buscar. Es cierto que nada fatiga tanto como el esfuerzo hacia la lucidez, hacia la visión despiadada. A propósito de un célebre contemporáneo fascinado por la Historia —esa gangrena universal—, utilizó un día la expresión «ceguera espiritual». Él es, por el contrario, alguien que ha abusado de la obligación de ver dentro y alrededor de sí mismo, de ir al fondo no solamente de una idea (lo cual es más fácil de lo que se piensa) sino de la menor experiencia o impresión: ¿acaso no ha sometido a cada una de sus sensaciones a un examen en el que entra de todo: tortura, júbilo, voluntad de conquista? Esa pasión por aprehenderse, esa toma de conciencia exhaustiva, se reduce a un ultimátum que no cesa de darse a sí mismo, a una incursión devastadora en las zonas más oscuras del ser.



Su insurrección contra los sueños debe considerarse a partir de esta constatación, como también la necesidad que sintió, pese a la hegemonía del psicoanálisis, de minimizarlos, de denunciarlos, de ridiculizarlos. Decepcionado por ellos, decidió condenarlos, proclamar su vacío. Pero quizá la verdadera razón de su furor era menos su nulidad que la total independencia de él en que se producen, ese privilegio que tienen de eludir su censura, de ocultarse de él, burlándose y humillándolo con su mediocridad. Mediocres, sí, pero autónomos, soberanos. Si los incriminó y calumnió, si dirigió contra ellos una acusación en regla, verdadero deseo a los entusiasmos de la época, fue en nombre de la conciencia, de la toma de conciencia como exigencia y como deber, y también por orgullo herido. Desacreditando las hazañas del inconsciente, se deshacía una ilusión, la más preciosa, que lleva de moda más de medio siglo.



Toda violencia interior es contagiosa; la suya más que cualquier otra. Nunca se acaba desmoralizado tras una conversación con él. E importa poco que se le vea con frecuencia o sólo de vez en cuando, desde el momento en que, en toda circunstancia esencial, podemos imaginar su reacción o sus palabras: solitario omnipresente, está siempre ahí..., definitivamente inseparable de todo lo que en una existencia es importante. Esa intimidad a distancia no es posible más que con un obseso capaz de imparcialidad, con un introvertido abierto a todo y dispuesto a hablar de todo (hasta de la actualidad). Sus opiniones sobre la situación internacional, sus diagnósticos en materia política, su apreciación del grado de fatalidad que existe en las relaciones de fuerza, son sumamente justos y en ocasiones proféticos. Poseer una percepción tan exacta del mundo exterior y a la vez haber llegado a aprehender el delirio desde dentro, haber logrado recorrer sus formas múltiples, habérselas apropiado por así decirlo, es una anomalía tan cautivadora, tan envidiable, que puede aceptarse como tal sin intentar comprenderla. Sin embargo, voy a sugerir una explicación, forzosamente aproximativa. Nada es más agradable, al menos para mí, que una conversación con Michaux sobre enfermedades. Se diría que las ha presentido y temido todas, que las ha esperado y huido: todos sus libros son un desfile de síntomas, de amenazas vislumbradas y en parte actualizadas, de dolencias pensadas y repensadas. Su sensibilidad para las diversas modalidades de desequilibrio es prodigiosa. La política, baja tentación prometeica, ¿qué es sino un desequilibrio permanente, exasperado, la maldición por excelencia de un simio megalómano? El espíritu menos neutro, el menos pasivo que conozco, no podría no interesarse por ella, aunque sólo fuese para ejercer su sagacidad o asco. Los escritores, cuando se ponen a comentar los acontecimientos, muestran en general una ingenuidad risible. Era importante, creo yo, citar una excepción. Sólo una vez me pareció sorprender a Michaux en flagrante delito no de ingenuidad (es fisiológicamente impropio de ella) sino de «buenos sentimientos», de confianza, de abandono, de algo que entonces traduje en términos que creo útil reproducir aquí:



«Le admiraba por su clarividencia agresiva, por sus rechazos y sus fobias, por la suma de sus aversiones. Aquella noche, en la callejuela donde charlábamos desde hacía dos horas, me dijo, con una ligera emoción totalmente inesperada, que la idea de la desaparición del hombre le conmovía...



»En ese momento me despedí de él, persuadido de que nunca le perdonaría semejante conmiseración, semejante debilidad».



Si extraigo de un cuaderno sin fecha esta nota, es para hacer ver que en aquella época apreciaba en él por encima de todo su lado incisivo, crispado, «inhumano», sus explosiones y sus sarcasmos, su humor de desollado vivo, su vocación de convulsionario y de gentleman. En realidad, me parecía secundario que fuese poeta. Recuerdo que un día me confesó que se preguntaba si lo era. Lo es, evidentemente, pero se puede concebir que hubiera podido no serlo.



Lo que Michaux es, aún más evidentemente que poeta, lo comprendí cuando supe que de joven, pensando ingresar en las órdenes, leía con pasión a los místicos. De hecho, presumo que, si no hubiera sido un místico, nunca se habría lanzado con tanto encarnizamiento y método a la búsqueda de estados extremos. Extremos más acá de lo absoluto. Sus obras sobre la droga proceden del diálogo con el místico que fue originariamente, místico inhibido y saboteado que esperaba su venganza. Si se reuniesen todos los pasajes de sus libros donde trata del éxtasis, y se suprimiesen en ellos las referencias a la mescalina o a cualquier otro alucinógeno, tendríamos la impresión de hallarnos ante experiencias propiamente religiosas, inspiradas y no provocadas, que merecerían figurar en un breviario de momentos únicos y de herejías fulgurantes. Los místicos no aspiran a abandonarse en Dios sino a superarlo, movidos por no se sabe qué lejano, por una voluptuosidad de lo último que se encuentra en todos aquellos a quienes el trance ha visitado y arrebatado. Michaux nos recuerda a los místicos por sus «ráfagas interiores», por su voluntad de acometer lo inconcebible, de forzarlo, de hacerlo estallar, de ir más allá sin detenerse nunca, sin recular ante ningún peligro. No teniendo ni la suerte ni la desgracia de anclarse en lo absoluto, se crea abismos, produce siempre abismos nuevos, se hunde en ellos y los describe. Esos abismos, se dirá, no son más que estados. Sin duda. Pero todo es estado, y sólo estado, para nosotros que nos hallamos condenados a la psicología desde que ya no nos está permitido extraviarnos en lo supremo.



Místico verdadero, y sin embargo místico irrealizado. Comprendemos a Michaux en la medida en que ha hecho todo lo posible para no desembocar en nada, para conservar su ironía en los extremos mismos a los que sus investigaciones le han llevado. Cuando ha alcanzado alguna experiencia-límite, algún «absoluto impuro» en el que, perplejo, vacila, nunca deja de recurrir a una expresión familiar o divertida para mostrar que aún es él mismo, que recuerda que está experimentando algo, que nunca se identificará completamente con ninguno de los instantes de su búsqueda. En tantos excesos simultáneos cohabitan los desbordamientos extáticos de una Angela de Foligno y los sarcasmos de un Swift.



Resulta admirable que un hombre tan frágil y vulnerable haya acumulado los años sin perder la vivacidad. «Paseo al viejo..., a su maldito cuerpo, que flaquea, que tanto interesa a nuestro cuerpo único para los dos», escribe en 1962 en Vientos y polvos. Siempre en él ese intervalo entre la sensación y la conciencia, esa superioridad sobre lo que es y lo que sabe. De esa manera ha logrado en sus desasosiegos metafísicos, en sus desasosiegos sin más, permanecer, gracias a su obsesión por el conocimiento, exterior a sí mismo. Mientras que a nosotros nuestras contradicciones e incompatibilidades nos dominan y paralizan a la larga, él ha logrado dominar las suyas sin caer en la sabiduría, sin hundirse en ella. Toda su vida le ha tentado la India, pero afortunadamente sólo tentado, pues si por una metamorfosis fatal hubiera acabado hechizado, obnubilado por aquel país, habría sin duda abdicado de esa prerrogativa tan suya de poseer más de una de las taras que conducen a la sabiduría y ser a la vez profundamente refractario a ella. Si le hubiera cogido gusto al vedanta o al budismo, ¡habría sido una catástrofe para él! Hubiera perdido sus dones, su facultad de desmesura. La liberación le hubiese aniquilado como escritor: se le habrían acabado las «ráfagas», los tormentos, las hazañas. Si su trato resulta tan estimulante es justamente porque no se ha rebajado a ninguna fórmula de salvación, a ningún simulacro de iluminación. Michaux no propone nada, es como es, no posee ninguna receta de serenidad, continúa su camino, tantea como si estuviese comenzando. Y nos acepta, a condición de que nosotros tampoco le propongamos nada. Es lo contrario de un sabio, pero un contrario aparte. Me sorprende que no haya sucumbido a tanta intensidad. Su intensidad, es cierto, no se parece a esas otras accidentales, fluctuantes, que se manifiestan por sacudidas: constante, sin fallas, reside en sí misma, y se apoya en sí misma, es precariedad inagotable, «intensidad de ser», expresión que tomo prestada al lenguaje de los teólogos, el único que se ajusta para designar un éxito.



1973







En Emil Cioran, Ejercicios de admiración y otros textos (1986)

Traducido por Rafael Panizo 


Barcelona, Tusquets editores, 1992
Segunda edición, julio 1995
Título original: Exercises d’admiration. Essais et portrais
Paris, Gallimard, 1989

Foto: Emil Cioran, Paris, 1989, by Édouard Boubat


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Jorge Luis Borges (24 de agosto 1899 - 14 de junio 1986) en el Mar Muerto [1971]

24 de agosto de 2020

 





© Brian Rose, 1971




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La risa

23 de agosto de 2020




Si los dioses mueren de risa, es que la risa misma es, sin duda, el movimiento de lo divino, pero sucede que es también el espacio mismo de morir —morir y reír, reír divinamente y reír mortalmente, reír como movimiento báquico de lo verdadero y reír como burla del error infinito que pasa infinitamente de lo uno a lo otro.

Maurice Blanchot, La risa de los dioses


La risa y las lágrimas no pueden aparecer en el paraíso de las delicias. Ambas son por igual hijas de la pena, y han sobrevivido porque al enervado cuerpo del hombre le faltaban fuerzas para reprimirlas.

Charles Baudelaire, De la esencia de la risa


La relación entre risa y sacrificio es tan antigua como el rito mismo. La risa sacude al universo, lo pone fuera de sí, revela sus entrañas. La risa terrible es manifestación divina. Como el sacrificio, la risa niega el trabajo. Y no sólo porque es una interrupción de la tarea sino porque pone en tela de juicio su seriedad. La risa es suspensión y, en ocasiones, una pérdida del juicio.

Octavio Paz, El mundo prehispánico: risa y penitencia


Nos reímos realmente de algo que en cierto sentido podría ocurrirle a cualquiera que se está riendo, incluso a nosotros mismos.

René Girard, Equilibrio peligroso: una hipótesis sobre lo cómico


El humor es el arte de las superficies y los dobleces, las singularidades nómadas y el punto aleatorio siempre desplazado, el arte de la génesis estática.

Gilles Deleuze, Lógica del sentido


Lo cómico supone la mecanización de la vida y la sustitución de lo natural por lo artificial.

Henri Bergson, La risa


Cuando un dios quiso ser el único Dios, todos los demás fueron presa de la risa loca, hasta morir de risa.

Pierre Klossowski, Tan funesto deseo


En Creación. Estética y teoría de las artes
Número Once. Mayo de 1994 [Sin mención de traductores]
Revista publicada por acuerdo entre el Instituto de Estética y Teoría de las Artes
y Julio Ollero Editor
Madrid, 1994



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La carne

20 de agosto de 2020





Todos los días se matan en New York cuatro millones de patos,
cinco millones de cerdos,
dos mil palomas para el gusto de los agonizantes, 

un millón de corderos
y dos millones de gallos
que dejan los cielos hechos añicos.

Federico García Lorca: «Nueva York (Oficina y denuncia)»
Poeta en Nueva York




¡Ay! que la carne es triste y todo lo he leído.
Stephane Mallarmé, Brisa Marina




Todos los caminos son de carne.
Edmond Jabès, El libro de las preguntas




Algunos te llamarían caricatura,
los que no entienden, ebrios amantes de la carne,
la elegancia sin nombre del armazón humano.
¡Tú respondes, gran esqueleto, a mis gustos más queridos!

Charles Baudelaire: «Danza macabra», Las flores del mal



Velad y orad para no caer en la tentación; el espíritu está pronto, pero la carne es flaca.

Evangelio según San Mateo, 26.41



Movimientos de ganado en el matadero: cerdos 11.543, vacas 2.016, terneros 920, corderos 14.450. Un golpe y zas, al suelo «Los cerdos, las vacas y los terneros son sacrificados. No hay razón para ocuparse de ellos. ¿Dónde estábamos? ¿Dónde?»

Alfred Döblin, Berlín Alexanderplatz




Y todo se confundía en aquella mirada de sueño: los cuerpos desnudos, los dedos que abrían la carne, mi angustia y el recuerdo de la baba en los labios; nada que no contribuyese a ese deslizamiento ciego hacia la muerte.

Georges Bataille, Madame Edwarda




En el principio era el verbo, y el verbo estaba en Dios, y el verbo era Dios... Y el verbo se hizo carne y habitó entre nosotros.

Evangelio según San Juan, 1, 1, 14




Amigos míos, dijo nuestro anfitrión, os he prevenido de que aquí sólo me alimentaba la carne humana; no hay ninguno de los platos que veis que no lo sea (...) todos las carnes están hechas para sustentar al hombre, todas nos son ofrecidas a este efecto por la naturaleza, y no es más extraordinario comer a un hombre que un pollo.

D. A. F. de Sade, Juliette
















En Creación. Estética y teoría de las artes
Número Tres. Mayo de 1991 [Sin mención de traductores]
Revista publicada por acuerdo entre el Instituto de Estética y Teoría de las Artes
y Julio Ollero Editor
Madrid, 1991





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Carlos García: La dignidad de Asterión

19 de agosto de 2020




Concediendo que hayan dispuesto del tiempo necesario para entenderlo, no cuesta imaginar a las víctimas del Minotauro conciliadas con su destino, con ese final que sólo considerado desde fuera del laberinto es atroz. El punto de vista interno desautoriza ese adjetivo, desplaza los acentos, sugiere una versión más sutil, más trágica del repetido drama. 

Para quien carece de vínculo con el exterior, para quien está cortado del mundo y por lo tanto obligado a prescindir de él, el inmutable y aciago perímetro del laberinto se constituye en universo: un universo mezquino, invariable, oscuro, del cual cada cámara es el indistinto centro. La presencia del Minotauro en ese antro no agrava las circunstancias, no las hace más ominosas. Lo verdaderamente atroz es lo que antecede a esa cita ineludible, el inicial e involuntario proceso de aprendizaje que la situación exige, cada una de sus presumibles etapas: las inútiles astucias, el desordenado pavor ejercido hasta el agotamiento y la náusea, la obsesiva sensación de pérdida, el desánimo, el manso aceptamiento de la evidencia, la brusca y tozuda decisión de revertirla... 

Una vez alcanzado cierto grado del conocimiento, el encuentro con el Minotauro, al principio tan temido, se convierte en un consuelo, en promesa de una huida respetable, en el único medio elegante de burlar la implacable monotonía, de soslayar la penumbra y el despojo. El Minotauro sólo debe aparecer para que las víctimas se le entreguen sin reparos, ya educadas por la desolación y el decoro. 

El Minotauro queda, tras el sangriento rito, nuevamente a solas. También él es una víctima, la única que sobrevive una y otra vez. Se lo ha encerrado en el laberinto para paliar la vergüenza que su bastardo origen y su ingenua, incesante monstruosidad infligen a su casa. Si se lo deja con vida, si se lo alimenta a pesar de la ira y del bochorno que su nacimiento suscitó, es para hacerlo objeto de una despaciosa venganza, de un tormento refinado que especula con la dialéctica de su mezclada condición: su inocente delito ha de ser reparado cíclicamente; las oscilaciones de su ser mixto decidirán el ritmo del desproporcionado desquite. 

Su naturaleza pendular impide al Minotauro discernir definitivamente la miseria que se le ha impuesto, pero no le ahorra atisbos penosos. Practicando, sin saberlo, el desagravio, se siente en ocasiones al borde de algo viscoso, de una bruma significativa que no llega a concretarse. Olores y lejanos suspiros lo distraen del recurrente tedio y de la angustia que a veces lo oprimen, haciendo surgir en él una confusa y siempre trunca vislumbre. De aprehender el sentido último del sino que se le ha preparado, de adivinar su vida misma como expiación, lo desvía cada vez la ansiedad de sus víctimas por caer en sus manos, por salvarse entre sus dientes. El falso éxito lo obnubila, marea al animal en él, lo separa repetidamente de una revelación irreparable. Pero el ofuscamiento se vuelve más efímero con los años; tanta presa fácil termina por no satisfacer ni siquiera sus instintos. Con creciente frecuencia se intuye ante un enigma, presiente que el enunciado del problema y su solución son casi la misma cosa, que no atina a formular, pero a la cual todo su ser se prepara subterráneamente. 

Sólo la aparición de Teseo, quien ha entrado en el laberinto por curiosidad, armado de un hilo y con una espada en la mano, le permite descifrar al hombre en él lo que el animal no pudo más que barruntar. 

Ambos monstruos, el semidiós y el semitoro, se detienen frente a frente, se inspeccionan recelosos. Teseo, envuelto aún en el aroma de una mujer, sabiéndose esperado, depone enseguida su azoro y se planta desafiante, aferrado con igual fuerza al cordel y a la espada. 

Aunque el Minotauro jamás ha visto algo así, reconoce en Teseo a alguien que no está dispuesto a morir, a alguien con anhelos y planes y con la insensatez necesaria para no abjurar de ninguno de ellos. 

El Minotauro sopesa el alcance de esta clave inesperada, el valor del dato que sus víctimas le negaran, deseosas de perder la costumbre del espanto, apabulladas por un híbrido de resignación y oblicua altivez. 

Asterión termina de comprender: amargamente toma conciencia del tiempo perdido, de todo aquello de lo cual carece, de lo que nunca poseerá. Considera su vida desde esta nueva perspectiva; se explica así los gemidos que no llegó a pronunciar, las postergadas desesperaciones, padecidas ahora al unísono. Intenta imaginarse afuera, pero no se le ocurre imagen alguna, ni del mundo ni de sí mismo en ese marco ignoto. Advierte que el universo que los otros comparten sería para él una mera prolongación del laberinto, un ensanchamiento innecesario y doloroso de su lento patíbulo. 

Súbitamente inspirado, entreviendo orgulloso y divertido que despeja así una larga y taimada ecuación, que su gesto lo hermanará con quienes le fuesen alimento, se abraza a la espada de Teseo como a una bienhechora. 





Carlos García nació en Buenos Aires en 1953; 
se trasladó a España en marzo de 1977 
Vive en Hamburg (Alemania) desde 1979 (Bio
Blog personal Symptomas



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Thomas Bernhard: Montaigne. Un relato

16 de agosto de 2020





Hui de mi familia y, por consiguiente, de mis torturadores a un rincón de la torre y, sin luz y, por consiguiente, sin hacer que los mosquitos enloquecieran contra mí, cogí de la biblioteca un libro que, tras haber leído en él unas frases, resultó ser de Montaigne, de quien estoy muy próximo, de una forma más íntima y realmente iluminadora que de cualquier otro.

De camino a la torre, como si sólo hubiera podido salvarme de esa forma y de ninguna más, había sacado un libro de los estantes, en la oscuridad absoluta de la biblioteca, sin la menor idea de qué clase de libro podía tratarse, sólo de que posiblemente era un libro filosófico, pensé, porque los míos, desde hace siglos, sólo han amontonado esos, así llamados, libros filosóficos en el lado izquierdo de la biblioteca, y como es natural, con plena conciencia, no había sacado del lado derecho de la biblioteca un así llamado libro literario sino un libro del lado izquierdo, es decir, no uno del lado de la literatura sino uno del lado filosófico, aunque no habría podido saber de qué libro filosófico se trataba al sacarlo de los estantes del lado izquierdo, porque realmente habría podido ser otro muy distinto del que en definitiva había sacado, no el Montaigne, sino posiblemente el Descartes o el Novalis o el Schopenhauer.

En mi camino hacia la torre, en el que, como queda dicho, no había encendido la luz a causa de los mosquitos, me había esforzado sin embargo con la mayor concentración por adivinar qué libro había sacado del estante, pero los filósofos que me vinieron a la mente fueron todos menos Montaigne.

Como hacía tiempo que nadie había ido de la biblioteca a la torre, pronto metí la cabeza en cientos de telarañas y al final, antes ya de llegar a la torre, tenía la sensación de llevar puesto un gorro de telarañas, tan espesamente me habían envuelto la cabeza aquellas telarañas en mi camino de la biblioteca a la torre; sentía las telarañas en el rostro y en la cabeza como una venda con que me hubiera envuelto en el camino de la biblioteca a la torre, simplemente al ir andando y volviendo la cabeza y el cuerpo entero varias veces, porque había tenido miedo de que los míos hubieran podido verme entrar primero en la biblioteca y salir luego de la biblioteca en dirección a la torre. Hasta respirar me resultaba difícil.

Ahora, además del miedo a asfixiarme que padezco desde hace ya tantos años, a causa sólo de mis pulmones debilitados, sentía otro, más espantoso aún, a causa de las telarañas que me rodeaban la cabeza. Durante toda la tarde los míos me habían atormentado con sus negocios y me habían reprochado, hablándome sin interrupción o callando ante mí por completo lo que hubieran tenido que hablar, que yo era su desgracia. Que había convertido en método mi estar contra ellos y contra sus relaciones, contra sus negocios y contra su forma de pensar, que sin embargo era también la mía.

Que me había acostumbrado a desintegrar su forma de pensar, escarnecerlos, destruirlos y matarlos. Que empleaba cuanto había en mí para desintegrarlos, destruirlos y matarlos. Que día y noche no cavilaba en otra cosa y, al despertarme, los atacaba. No era yo el enfermo y, por consiguiente, el débil, decían, sino que eran ellos los enfermos y, por consiguiente, los debilitados, ellos eran los dominados por mí y no a la inversa: yo era su opresor, no eran ellos quienes me atacaban sino yo quien los atacaba a ellos.

Pero eso lo oigo ya desde que existo. Que desde mi nacimiento había estado contra ellos, que les había reprochado ya, cuando sólo era un niño malo que aún no hablaba sino que los miraba sólo fija y continuamente, mi existencia, su monstruosidad pérfida. Ya aquel niño que los miraba por primera vez los había estremecido, porque había estado contra ellos. Instintivamente, cuanto había dentro de mí se había vuelto contra ellos, ya en los primeros instantes, y finalmente utilizando la inteligencia de mi cabeza con la mayor determinación y brutalidad.

Que yo era su aniquilador, volvieron a decir también hoy, mientras, continuamente, les daba a entender que eran ellos mis aniquiladores, que se dedicaban a mi aniquilación desde el momento en que me engendraron. Los míos me llevan sobre su conciencia, les digo con todas y cada una de las cosas que digo, mientras que ellos, a la inversa, con todas y cada una de las cosas que dicen y piensan, y con sus actuaciones ininterrumpidas, dicen que los llevo sobre mi conciencia. Me han hecho nacer y me han situado en una región tan hermosa y en una casa tan hermosa, me dicen continuamente, y yo los escarnezco y los desprecio ininterrumpidamente.

En cada una de mis manifestaciones, decían, no había más que ese escarnio y ese desprecio, que harían que un día perecieran, pero creo que seré yo quien perecerá un día por su escarnio y su desprecio. En el camino de la biblioteca a la torre pensé que, en cuarenta y dos años, no había podido escapar de ellos, aunque en esos cuarenta y dos años de mi vida no había tenido otra cosa en la cabeza que escapar de ellos; nunca me ha sido posible sustraerme a ellos, ni por el período más breve, porque, cuando me sustraía a ellos, se trataba sólo de una supuesta sustracción, por no hablar de escaparme, en lo que ni siquiera me atrevo a pensar. Sus cuidados habían sido siempre, decían, de lo más solícito, su atención, la mayor siempre, pero su desesperación en lo que a mí se refería también siempre, al mismo tiempo, la más horrible.

Habían allanado para mí tantos caminos pero yo no había seguido ni uno solo de ellos, me han vuelto a decir hoy. Todos los caminos que me habían mostrado y allanado habrían sido para mí los mejores, me habían visto ya seguir esos caminos, pero desde el principio mismo les había aniquilado esos caminos y, con ello, los había aniquilado para mí también. Que nunca seguiría un camino, les había dicho una vez, pero su incomprensión y su vileza, que se conjuraban con esa incomprensión de la forma más desvergonzada, me habían hecho comprender en seguida lo absurdo de mi manifestación, y no había vuelto a repetir esa observación de que no quería seguir nunca un camino. Todas las observaciones que les había hecho habían tropezado siempre únicamente con la incomprensión y con la vileza que colaboraba con esa incomprensión. Por eso, en el curso de los decenios había dicho cada vez menos cosas y finalmente nada, y sus reproches se hicieron cada vez más despiadados.

Había ido a la biblioteca y había cogido de los estantes un libro filosófico, con conciencia de estar cometiendo un crimen, porque a sus ojos simplemente entrar en la biblioteca era ya un crimen, y un crimen mucho mayor aún coger un libro filosófico de los estantes, dado que simplemente retraerme de ellos lo consideraban un crimen. Que habían comprado una casa en Encknach, para renovarla y luego, en el plazo de un año, deshacerse de ella decuplicando su ganancia, habían dicho, que habían convertido en una dos propiedades agrícolas situadas cerca de Rutzenmoos y habían obtenido así, de la noche a la mañana, un beneficio de treinta millones, dijeron. Tenemos que actuar cuando los débiles son más débiles, dijeron en la mesa, anticiparnos a los inteligentes con una inteligencia más despiadada aún, dijeron, con una perfidia aún más pérfida. No hablaban directamente de esos negocios, sólo indirectamente, incluso cuando hablaban de algo filosófico desde su punto de vista, por ejemplo de la soledad de Schopenhauer, del que es verdad que, como me consta, lo habían leído realmente todo pero sin comprender nada, hablaban sólo de sus negocios, de cómo se podía engañar a la inteligencia con otra inteligencia más inteligente aún. Se tomaban su sopa y defendían a un perro que había mordido a un transeúnte, y con esa hipocresía canina hablaban únicamente de sus negocios. Mis padres y mis hermanos han estado siempre de acuerdo, siempre han formado una conjuración contra todo y contra mí. Siempre te hemos querido, han vuelto a decirme hoy mis padres, y mis hermanos los miraban y escuchaban sin contradecirlos mientras yo pensaba que, durante toda mi vida, sólo me habían odiado, lo mismo que yo durante toda mi vida sólo los he odiado, si digo la verdad, como sé y no miento, cosa que desde hace ya tiempo me he prohibido. Decimos también que queremos a nuestros padres y en realidad los odiamos, porque no podemos querer a nuestros padres al no ser hombres felices, nuestra desgracia no es algo de lo que nos persuadamos, lo mismo que nuestra felicidad, de la que nos persuadimos a diario para tener siquiera el valor de levantarnos y lavarnos, vestirnos, tomar el primer trago, engullir el primer bocado.

Porque cada mañana se nos recuerda inevitablemente que nuestros padres, con espantosa sobrestimación de sí mismos y, realmente, con su megalomanía procreadora, nos han hecho y parido, y nos han echado a este mundo, más horrible y repulsivo y mortal que agradable y útil. Nuestro desvalimiento se lo debemos a nuestros procreadores, nuestra torpeza, todas esas dificultades nuestras con las que, durante toda la vida, no logramos acabar. Primero nos decían no bebas esa agua, porque está envenenada, luego nos decían no leas ese libro, porque ese libro está envenenado. Si bebes esa agua, será tu ruina, decían, y, luego, si lees ese libro será tu ruina. Te llevaron a los bosques, te metieron en oscuros cuartos de niño para trastornarte, te presentaron a personas que en seguida reconociste como tus aniquiladores. Te mostraron paisajes que fueron para ti mortales. Te arrojaron a escuelas como a calabozos, y finalmente te extrajeron el alma para dejarla perecer en su ciénaga y en su yermo. De esa forma hicieron perder pronto a tu corazón el ritmo que le era propio, hasta que finalmente enfermó de una forma irreversible, como dicen los médicos, porque nunca dejaron en paz ese corazón tuyo.

Te ponían trajes verdes cuando tú querías vestir trajes rojos, fríos cuando habrían sido necesarios cálidos, si querías andar tenías que correr, si querías correr tenías que andar, si querías reposo no te daban ninguno, si querías gritar te tapaban la boca. Siempre los has observado, hasta donde puedes recordar, y percibido y estudiado su falsedad, y les has dicho una y otra vez que estaban perdidos, lo que no querían aceptar, aunque sabían que no estaban más que perdidos durante todo el tiempo que llevo observándolos hasta hoy. Que eran desvergonzados, lo que siempre han negado, sin escrúpulos, un peligro público. Entonces me acusaban, por decirlo así, de decir la verdad. Pero si yo decía de vez en cuando que eran bien parecidos e inteligentes, por decir también la verdad, me acusaban de decir una mentira. Así me han acusado durante toda la vida unas veces de decir verdades y otras de decir mentiras, y muy a menudo de decir verdades y mentiras, y en el fondo me han acusado durante toda la vida de decir verdades y mentiras, lo mismo que yo, durante toda la vida, los he acusado de decir mentiras y verdades.

Ya puedo decir lo que quiera, que me acusarán de decir verdades o de decir mentiras, y a menudo no les resulta claro si me están acusando de decir verdades o de decir mentiras, lo mismo que a mí, con mucha frecuencia, no me resulta claro si los acuso de decir mentiras o de decir verdades, porque en mi mecanismo de acusación, que se ha convertido ya en enfermedad acusatoria, no puedo distinguir si se trata de verdades o de mentiras, lo mismo que ellos no pueden distinguir ya mentiras y verdades en lo que a mí respecta. Si antes tenía un miedo mortal a coger un terrón de azúcar del azucarero del comedor, hoy tengo un miedo mortal a coger un libro de la biblioteca, y el mayor de los miedos mortales si se trata de uno filosófico, como ayer tarde. Siempre me ha gustado Montaigne más que ningún otro. Siempre me he refugiado en mi Montaigne cuando sentía un miedo mortal. Me he dejado dirigir y llevar, incluso conducir y seducir por Montaigne. Montaigne ha sido siempre mi salvador y libertador. Si en definitiva he desconfiado de todos los demás, de mi familia filosófica grande e infinita, que sólo puedo calificar de mi familia filosófica francesa grande e infinita, en la que siempre ha habido sólo algunos sobrinos y sobrinas alemanes e italianos, aunque todos, tengo que decir, muy tempranamente fallecidos, siempre he estado en buenas manos con mi Montaigne.

Nunca he tenido un padre y nunca una madre, pero he tenido siempre a mi Montaigne. Mis progenitores, a los que nunca llamaré padre y madre, me rechazaron desde el primer momento, y saqué ya muy pronto consecuencias de ese rechazo, y corrí derecho a los brazos de mi Montaigne, ésa es la verdad. Montaigne, he pensado siempre, tiene una familia filosófica grande e infinita, pero nunca he querido a los miembros de esa familia filosófica más que a su jefe, mi Montaigne.

Había querido, de camino hacia la torre, hacia la biblioteca y en la oscuridad necesaria a causa de los mosquitos, aferrarme sólo a uno de los miembros de esa familia filosófica francesa, después de haberme liberado de las garras de los míos, pero nunca había pensado que, incluso en la mayor oscuridad, tendría en la mano, con presa firme, a mi Montaigne. Los míos se habían comido su sopa y su carne con la misma avidez que siempre me ha repelido en ellos, la forma en que se llevan la cuchara a la boca dice más sobre ellos que todo lo que hay en su interior; cómo cortan la carne en el plato, extraen la ensalada del cuenco. Cómo beben de sus copas y parten el pan, por no hablar de cómo se expresan y de las cosas que los dejan serios o los divierten, me ha resultado siempre repulsivo y vergonzoso. Siempre he odiado las comidas con ellos, pero durante toda mi vida me he visto obligado a estar con ellos, a estar en sus manos a consecuencia de mi enfermedad.

No poder dar cien pasos sin ellos, la mayor parte del tiempo, tendría que calificarlo de estremecedor si no me horrorizara semejante calificación. Cuanto hay dentro de ellos y con ellos (y conmigo) habría que calificarlo de estremecedor si no me horrorizara esa calificación más que cualquier otra cosa. Al principio me habían hecho depender de ellos, luego me habían reprochado esa dependencia durante toda la vida. Desde el instante en que no pude salir ya de esa dependencia, en que se convirtió para mí en algo natural, espantosamente natural. Con ellos, me tuve que decir a partir de un momento determinado, está la única posibilidad.

Queremos huir, rehuir, pero no podemos ya. Ellos (y nosotros mismos) han tapiado todas las salidas al aire libre. De repente vemos que ellos (como nosotros mismos) nos han tapiado. Entonces aguardamos sólo el instante en que nos asfixiaremos. Entonces pensamos a menudo si no sería mejor ser ciego y completamente sordo, además de padecer nuestras demás enfermedades paralizantes, porque entonces no veríamos, no oiríamos ya lo que sólo podemos reconocer como mortal, pero de pronto esa conclusión nos parece también falsa. Siempre hemos querido la curación, cuando no había ya curación que esperar, porque no era ya posible. Siempre hemos querido evadirnos, cuando no era posible evadirse ya.

Los míos se habían dado cuenta demasiado tarde de que sólo habían engendrado a su destructor y aniquilador. Y yo lo había comprendido demasiado tarde. Comprendí cuando era demasiado tarde para poder comprender. Cuántas veces habían dicho que preferirían un perro a tenerme a mí, porque un perro los guardaría y les costaría menos que yo, que sólo los observaba, y los escarnecía y desintegraba y destruía y aniquilaba.

Si vas al pozo, te daremos una paliza de muerte, me dijeron cuando tenía cuatro o cinco años. Si entras en la biblioteca ya verás, me decían, queriendo decir nada menos que me darían una paliza de muerte. Por eso, cuando era un niño de cuatro o cinco años, sólo iba al pozo a escondidas, y cuando, por decirlo así, fui adulto, sólo entraba en la biblioteca a escondidas. Siempre me habían dado a entender que, junto al pozo, perdería el así llamado equilibrio y me precipitaría en él, sin remedio. Y siempre me habían dado a entender que en la biblioteca y con ciertos libros, no decían directamente filosóficos, perdería el equilibrio y me precipitaría, sin remedio, lo mismo que hace cuatro o cinco años entraba en la biblioteca a escondidas y helado hasta los huesos ya desde hace muchos años solo a escondidas y, por decirlo así, a sus espaldas en la biblioteca.

Cada vez me parece que entro en una trampa, porque ellos me dijeron o me dieron a entender que la biblioteca era para mí una trampa (como el pozo). Tengo cuarenta y dos años y entro en la biblioteca como en una trampa. La trampa se cerrará, me dijeron cuando entré por primera vez en la biblioteca. Cada vez que entro en la biblioteca, pienso que la trampa caerá. Habría podido ser también Descartes, pensé, también Pascal. Dios santo, pensé, ¡cómo quiero a todos esos filósofos, los quiero más que a nada en el mundo! Pero ha sido Montaigne, ¡mi Montaigne, a quien quiero más que a nada! Me senté en el rincón más apartado de la torre y leí y leí, y habría podido llorar de felicidad si no hubiera aniquilado hace tiempo esa monstruosidad de ese maravilloso abandono con este pensamiento: si dejamos escapar sollozos sin freno y no nos vemos al hacerlo ni pensamos en nosotros mismos en esa ocasión, seremos todavía mucho más ridículos de lo que nos habíamos hecho ya, de manera que me vi, mientras dejaba escapar sollozos y pensaba en ese hecho, sin dejar escapar real y verdaderamente esos sollozos.

Leí mi Montaigne con los postigos cerrados de la forma más absurda, porque con luz artificial era difícil, hasta llegar a la frase: ¡Ojalá no le haya pasado nada! La frase no era de Montaigne sino de los míos, que, debajo de la torre, me buscaban yendo de un lado a otro.





En Goethe se muere (relatos)
Título original: Goethe schtirbt
Thomas Bernhard, 2010
Alianza Editorial, 2012
Traducción: Miguel Sáenz

Foto: Thomas Bernhard by Joseph Gallus Rittenberg


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