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Patricia Damiano - El punto débil

25 de octubre de 2020



el corredor anuncia
lo que jamás ha de ser
a tierra en cielo, a voz en agua, lo que nunca
ha de fingir
exaltación de la vigilia

cruje ese libro extremo que la lluvia nos roba si hemos volteado
y la noche negra cabalga

y una forma que dijimos no importa
perturba
el pan

y la violencia que dijimos no importa
asciende
el hierro

y el cerro que dijimos no importa
es mujer periplo
cascada
o vos, hombre

y las sirenas ya gritan
y la cabeza tiniebla el interior del templo
y todo silbo vegetal insinúa
un después

y toda barca estalla diluvio
y dijimos no importa
toda
barca
nos lleva
adonde
no

no


En Playa Köchel (2007)




















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Louise Glück: Cuatro poemas (bilingüe)

20 de octubre de 2020




Santas

En nuestra familia hubo dos santas,
mi tía y mi abuela.
Aunque sus vidas fueron diferentes.

La vida de mi abuela fue tranquila, incluso en el final.
Como alguien que va sobre aguas calmas;
por alguna razón
el mar no podía lastimarla.
Cuando mi tía tomó ese mismo camino,
las olas rompieron sobre ella, la atacaron,
así es como el destino reacciona
ante una verdadera naturaleza espiritual.

Mi abuela era cautelosa, conservadora:
así escapaba del sufrimiento.
Mi tía no escapaba de nada;
cada vez que el mar se retira, se lleva a alguien amado.

Con todo, ella no sentirá
que el mar es maligno. Para ella, es lo que es:
donde toca la tierra, debe convertirse en violencia.



Saints

In our family, there were two saints,
my aunt and my grandmother.
But their lives were different.

My grandmother’s was tranquil, even at the end.
She was like a person walking in calm water;
for some reason
the sea couldn’t bring itself to hurt her.
When my aunt took the same path,
the waves broke over her, they attacked her,
which is how the Fates respond
to a true spiritual nature.

My grandmother was cautious, conservative:
that’s why she escaped suffering.
My aunt’s escaped nothing;
each time the sea retreats, someone she loves is taken away.

Still she won’t experience
the sea as evil. To her, it is what it is:
where it touches land, it must turn to violence.




Sirena

Me convertí en criminal cuando me enamoré.
Antes de eso era camarera.

No quería irme a Chicago con vos.
Quería casarme con vos, quería
que tu esposa sufriera.

Quería que su vida fuese una obra de teatro
hecha de partes tristes.

¿Puede una buena persona.
pensar de esta manera?

merezco el crédito de mi valentía-

Me senté en la oscuridad ante tu puerta.
Todo estaba claro para mí:
si tu esposa no te dejaba ir,
eso probaría que no te amaba.
Porque si te amaba,
¿cómo no iba a querer que fueses feliz?

Ahora creo que, con
menos sentimiento,
yo hubiera sido una mejor persona. Yo era
una camarera de las buenas,
podía llevar hasta ocho copas a la vez.

Solía contarte mis sueños.
Anoche soñé con una mujer sentada en un ómnibus oscuro-
Ella lloraba, el ómnibus
comenzó a alejarse. Ella saludaba con una mano.
Con la otra acariciaba
una caja de huevos llena de bebés.

El sueño no salva a la doncella.


Siren

I became a criminal when I fell in love.
Before that I was a waitress.

I didn’t want to go to Chicago with you.
I wanted to marry you, I wanted
Your wife to suffer.

I wanted her life to be like a play
In which all the parts are sad parts.

Does a good person
Think this way? I deserve

Credit for my courage–

I sat in the dark on your front porch.
Everything was clear to me:
If your wife wouldn’t let you go
That proved she didn’t love you.
If she loved you
Wouldn’t she want you to be happy?

I think now
If I felt less I would be
A better person. I was
A good waitress.
I could carry eight drinks.

I used to tell you my dreams.
Last night I saw a woman sitting in a dark bus–
In the dream, she’s weeping, the bus she’s on
Is moving away. With one hand
She’s waving; the other strokes
An egg carton full of babies.

The dream doesn’t rescue the maiden.




Las migraciones nocturnas

Este es el momento en que vuelves a ver
las bayas rojas del fresno de la montaña
y en el cielo sombrío
las migraciones nocturnas de los pájaros.
Me entristece pensar
que los muertos no las verán-
esas cosas de las que dependemos
desaparecen.
¿Qué hará entonces el alma para confortarse?
Me digo a mi misma que tal vez nunca más
necesite esas delicias;
que tal vez el simple no ser, aunque difícil de imaginar,
es suficiente


The Night Migrations

This is the moment when you see again
the red berries of the mountain ash
and in the dark sky
the birds’ night migrations.
It grieves me to think
the dead won’t see them—
these things we depend on,
they disappear.
What will the soul do for solace then?
I tell myself maybe it won’t need
these pleasures anymore;
maybe just not being is simply enough,
hard as that is to imagine.



El triunfo de Aquiles

En la historia de Patroclo
no hay sobrevivientes, ni siquiera Aquiles,
que era casi un dios.
Patroclo se le parecía: vistieron
la misma armadura.

En esas amistades
Siempre hay uno que sirve al otro, siempre uno es menos que el otro:
la jerarquía
siempre es evidente, aunque no se pueda
confiar en las leyendas-
su fuente es el que sobrevive,
aquel que ha sido abandonado.

¿Qué fueron los navíos griegos en llamas
comparados con esta pérdida?

Aquiles en su tienda,
se lamentaba con todo su ser;
los dioses vieron
que era un hombre casi muerto, una víctima
de su parte que amaba,
de su parte mortal.


The Triumph Of Achilles

In the story of Patroclus
no one survives, not even Achilles
who was nearly a god.
Patroclus resembled him; they wore
the same armor.

Always in these friendships
one serves the other, one is less than the other:
the hierarchy
is always apparant, though the legends
cannot be trusted–
their source is the survivor,
the one who has been abandoned.

What were the Greek ships on fire
compared to this loss?

In his tent, Achilles
grieved with his whole being
and the gods saw
he was a man already dead, a victim
of the part that loved,
the part that was mortal.





Louise Elisabeth Glück (Nueva York, 1943)
Premio Nobel de Literatura, 2020
Versiones: Isaías Garde


Foto (hasta el momento) sin créditos


Foto: hasta el momento sin créditos Vía

Más textos de L. G. en Zoon Phonanta

Traducciones de poetas de lengua inglesa 



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Luciano de Samosata: Diálogo de Caronte, Hermes y varios muertos





Caronte.- Mirad cuál es nuestra situación. Como podéis observar, nuestra barquichuela es muy pequeña, carcomida y llena de agujeros, y, sólo que se incline un poco más, volcaremos; y vosotros, habéis llegado todos a la vez, y además con mucho equipaje. Así que si embarcáis con todo, luego os podéis arrepentir, especialmente los que no saben nadar. 

Hermes.- ¿Y qué podemos hacer para llegar a buen puerto? 

Caronte.- Yo os aconsejo que dejéis en la orilla toda esa carga inútil y subáis sin nada, y aún así no será fácil que la embarcación aguante. A ti, Hermes, te ordeno que no permitas la entrada a aquellos que antes no hayan dejado su equipaje en tierra. De pie junto a la escalera, pásales revista y no los aceptes si antes no se han despojado de todo el equipaje. 

Hermes.- Tienes mucha razón, así que acataré tus órdenes. Vamos a ver, ¿quién es el primero?

Menipo.- Soy Menipo. Mira, Hermes ha lanzado al agua mi alforja y mi bastón. Menos mal que el manto lo dejé, y bien que hice. 

Hermes.- Entra, Menipo, gran hombre. Puedes escoger tu asiento, junto al piloto, y en la parte más alta, para que puedas ver a todos. Y aquel joven tan hermoso de allí, ¿quién es? 

Carmóleo.- Ese es Carmoleo de Mégara, el irresistible, cada uno de sus besos valía dos talentos.

Hermes.- Ya puedes ir deshaciéndote de tu belleza, de tus labios besucones, y de tu larga cabellera, también de tus mejillas sonrojadas y del resto de la piel. Está bien así; ya puedes entrar, ahora pesas mucho menos. ¡Tú, el del manto púrpura, la diadema, y el rostro terrible! ¿Quién eres? Lampico.- Me llamo Lampico, y soy tirano de Gela. 

Hermes.- ¿Y te presentas aquí con toda esta pompa, Lampico? 

Lampico.- No sé por qué razón te extraña tanto, ¿es que un tirano tiene la obligación de llegar desnudo, Hermes? 

Hermes.- Un tirano, claro que no, pero tú ahora eres un muerto, y éstos sí la tienen. Venga, desnúdate.

Lampico.- Mírame, ya no me queda nada. 

Hermes.- Ahora debes abandonar también la soberbia y el orgullo, Lampico. Pesan demasiado para entrar contigo en la barca. 

Lampico.- ¿No podría al menos conservar la diadema y el manto? 

Hermes.- De ninguna manera. Debes dejarlo todo. 

Lampico.- Haré lo que me dices. ¿Qué más? Porque todo lo he soltado ya, como puedes comprobar.

Hermes.- Despójate también de la crueldad, la locura, la insolencia y la cólera. 

Lampico.- Al fin, desnudo estoy. 

Hermes.- Está bien, sube ya. Y tú, grueso y musculoso, ¿cuál es tu nombre? 

Damasias.- Damasias, el atleta. 

Hermes.- Sí, ya me lo parecía. Te reconozco, pues te veía a menudo en las palestras. 

Damasias.- Así es, Hermes. Puedes dejarme entrar ya, pues estoy totalmente desnudo. 

Hermes.- A mí no me lo parece, amigo mío, pues son muchas las carnes que te rodean. Así que, deshazte de ellas, o de lo contrario la barca se hundirá al poner en ella un solo pie. Y también tira las coronas y trofeos que vas luciendo. 

Damasias.- Heme totalmente desnudo, como puedes ver peso lo mismo que cualquier muerto.

Hermes.- Ahora ya está mejor. Puedes subir. Y tú, Cratón, abandona tus riquezas, placeres y esa buena vida que llevas. No puedes subir tampoco con las pompas fúnebres ni los títulos de tus antepasados. Olvídate del linaje y la gloria, y arroja todos aquellos elogios que recibiste de algunas ciudades, y también esas inscripciones de las estatuas a ti dedicadas. No debes mencionar el gran sepulcro erigido en tu nombre, pues ya sólo el recuerdo de todo ello, pesa mucho. 

Craton.- Aunque me cueste, lo haré. Pues, ¿qué otra cosa puedo hacer si no? 

Hermes.- ¡Oye, tú! ¿A dónde vas tan armado? ¿Por qué llevas ese trofeo? 

Un General.- Lo traigo porque vencí, Hermes, y la ciudad me colmó de honores por mi sobresaliente valentía en la guerra. 

Hermes.- Suelta ese trofeo. En el Hades no te hará ninguna falta, pues allí reina la paz. Y ese de grave expresión, altivo gesto, de arqueadas cejas y abundante barba, que va totalmente sumido en sus meditaciones, ¿cuál es su nombre? 

Menipo.- Un filósofo, aunque de hecho, puedes llamarlo impostor o charlatán. Cuando le desnudes, descubrirás bajo su capa muchos objetos ocultos, dignos de risa. 

Hermes.- Primero, quítate el vestido, y después todo lo demás. ¡Oh Zeus! ¡Cuánta vanidad traes!, ¡cuánta ignorancia, vanagloria, espíritu de contradicción y problemas inextricables, espinosos discursos y liosos pensamientos! Y, por si no bastara, muchísimo trabajo inútil, y excesiva charlatanería, frivolidad y gran cantidad de palabras sin sustancia y, ¡por Zeus! También traes montones de oro, sensualidad, desvergüenza, ira, y voluptuosidad. Aquí nada pasa inadvertido, por mucho que quieras ocultarlo. Deja también tu falsedad, después tu presunción y superioridad. Con toda esa carga, ni una nave de cincuenta remos soportaría tu peso. 

Filósofo.- Me desharé de todo ello, si tú me lo pides. 

Menipo.- También debería afeitarse esa barba tan pesada y espesa, Hermes, por lo menos hay cinco minas de pelos. 

Hermes.- Tienes razón: ¡Quítatela también! 

Filósofo.- ¿Y quién me afeitará? 

Hermes.- Menipo lo hará con el hacha que usan los constructores de naves. Y utilizará la pasarela como tajo. 

Menipo.- No, Hermes. Será más divertido con una sierra. 

Hermes.- Con el hacha será suficiente ... ¡Bien! Ahora, sin esa peste a animal, pareces más humano.

Menipo.- ¿Te parece si le retoco también las cejas? 

Hermes.- Es una buena idea, pues las tiene arqueadas en lo alto de la frente, dándole un aspecto soberbio, no sé por qué. ¿Qué es eso? ¿Ahora lloras, canalla?, ¿es que te asusta la muerte? Embarca ya de una vez. 

Menipo.- Sin embargo, aún guarda lo peor debajo del brazo. 

Hermes.- ¿A qué te refieres, Menipo? 

Menipo.- A la adulación, Hermes, con la que ganó todo lo que tiene. 

Filósofo.- Entonces tú, Menipo, debes dejar tu libertad, sinceridad y despreocupación, también tu alma noble y tu risa: pues eres el único que no para de reírse. 

Hermes.- Ni hablar. Consérvalas. Pues todas ellas son ligeras, fácilmente transportables y muy útiles para el viaje. En cuanto a ti, orador, ya puedes ir descargando toda esa engañosa verborrea, repleta de contradicciones, comparaciones, barbarismos, además de otras muchas pesadas cargas del lenguaje.

Orador.- Está bien, lo dejo todo. 

Hermes.- Pues ahora, barquero, ya puedes quitar las amarras, recoger la pasarela y levar el ancla; después, despliega la vela y hazte cargo del timón. Espero que tengamos un buen viaje. ¿Por qué os lamentáis ahora, imbéciles, en especial tú, filósofo, a quien acabamos de afeitar la barba? 

Filósofo.- Lloro, Hermes, pues creía que el alma era inmortal. 

Menipo.- Te engaña; son otros motivos los que le afligen. 

Hermes.- ¿Cuáles son? 

Menipo.- Que ya no podrá nunca más disfrutar de magníficos banquetes, ni tampoco podrá escapar por la noche a escondidas de la gente, tapándose la cara con la capa, y así poder ir de burdel en burdel hasta el día siguiente, ni los jóvenes serán engañados y ni le ofrecerán ya más dinero a cambio de su charlatanería disfrazada de falsa sabiduría. Eso es lo que más le duele. 

Hermes.- ¿Y a ti, Menipo, no te apena estar muerto? 

Menipo.- No tengo ninguna razón para estar afligido, pues, como bien sabes me adelanté a la muerte, sin que nadie viniese a buscarme (1). Oye, perdona, ¿no oyes un clamor, como gritos que provienen de la tierra? 

Hermes.- Tienes razón, Menipo, y no vienen de un solo lugar. Los de Gela se han reunido en la asamblea y celebran gozosos la muerte de Lampico, mientras las mujeres sujetan a su esposa, y sus hijos, muy jóvenes aún, pasan por lo mismo, como presa de otros niños, son apedreados continuamente. En Sición aplauden al orador Diofanto, pues pronunció un discurso fúnebre en honor a Cratón. Y, ¡por Zeus!, también está presente la madre de Damasias que inicia, gimiendo, las lamentaciones de un grupo de mujeres por la muerte de su hijo. En cambio, a ti Menipo, nadie te llora; así tus restos pueden descansar en una paz absoluta. 

Menipo.- No lo creas. Si escuchas con atención, oirás a los perros aullar lastimosamente y también el batir de alas de los cuervos, cuando estén reunidos en mi entierro. 

Hermes.- Eres único, Menipo. Al fin hemos llegado a la otra orilla: presentaos vosotros ante el tribunal, seguid recto ese camino; el barquero y yo debemos ir a buscar otros muertos. 

Menipo.- Buen viaje, Hermes. Sigamos adelante. ¿A qué estáis esperando? Seremos juzgados de todas formas. Se dice que los castigos impuestos son verdaderamente crueles: ruedas, piedras, aves carroñeras (2). Y la vida que habéis llevado quedará evidenciada en cada uno de vosotros.



(1) Hace referencia al suicidio de este personaje.
(2) El autor hace referencia a castigos impuestos a diferentes personajes mitológicos como el de la roca y el buitre, sufrido por Prometeo, Sísifo, o Ticio. 


Luciano de Samosata (Siria, 125-181)
Diálogo de los muertos, X 
Trad. Juan Zaragoza Botella




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Juan Manuel Inchauspe: «Los tuyos»

2 de octubre de 2020




Has llorado, en secreto, a los tuyos.
Lenta, inexorablemente, los has visto partir
alejarse para siempre.
Has sentido, en tu corazón
el desprendimiento de una rama que cae.
Y luego has borrado
las huellas de esas lágrimas,
has contenido en el límite infranqueable
los bordes de tu propio dolor
y lo has devuelto a tu pobre vida,
a los días siguientes, a las horas
para que permanezca allí.
Oculto
como una invisible y constante
cicatriz.

*

He tratado de reunir pacientemente
algunas palabras. De abrazar en el aire
aquello que escapa de mí
a morir entre los dientes del caos.
Por eso no pidan palabras seguras
no pidan tibias y envolventes vainas llevando
en la noche la promesa de una tierra sin páramos.
Hemos vivido entre las cosas que el frío enmudece.
Conocemos esa mudez. Y para quien
se acerque a estos lugares hay un chasquido
de látigo en la noche
y un lomo de caballo que resiste.




Juan Manuel Inchauspe (Santa Fe, Argentina, 1940-1991)
Siempre residió en Santa Fe, con excepción de unos años pasados en Rosario. En esta ciudad formó parte de la redacción de la revista Alto aire, donde aparecieron, en 1965, sus primeros poemas. Su breve obra poética comprende los libros Poemas 1964-1975 (1977) y Trabajo nocturno (1985). Además estudió y enseñó literatura y tradujo a los poetas brasileños Manuel Bandeira y Carlos Drummond de Andrade.

Foto: JMI sin data


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Thomas S. Eliot: «Gerontion» [1920] (bilingüe) - Versión de Gerardo Gambolini

16 de septiembre de 2020








No tienes juventud ni vejez,
es como si durmieras luego de comer
soñando con ambasShakespeare


Aquí estoy, un viejo en un mes seco,
con un chico que me lee, esperando la lluvia.
No estuve en las puertas calientes
ni combatí en la lluvia ardorosa
ni hundido hasta las rodillas en el pantano salobre,
blandiendo un machete, picado por insectos, combatí.
Mi casa es una casa en decadencia,
y en el alféizar de la ventana se acuclilla el judío, el propietario,
desovado en algún café de Amberes,
ampollado en Bruselas, remendado y despellejado en Londres.
La cabra tose de noche en el campo de arriba;
rocas, musgo, uva cana, hierro, mierdas.
La mujer se ocupa de la cocina, hace el té,
estornuda al anochecer, hurgando el sumidero quisquilloso.

                                   Yo, un viejo,
una cabeza embotada entre espacios ventosos.

Los signos se toman por prodigios. “¡Queremos ver un signo!”
La palabra dentro de una palabra, incapaz de pronunciar una palabra,
entre pañales de oscuridad. En la juventud del año
vino Cristo el tigre

en el depravado mayo, cornejo y castaño, árbol de Judas en flor,
para ser comido, para ser compartido, para ser bebido
entre murmullos; por el Sr. Silvero
de manos que acarician, en Limoges
que se paseó toda la noche en la habitación de al lado;
por Hakagawa, haciendo reverencias entre los tizianos;
por Madame de Torquist, moviendo las velas
en la sala oscura; Fräulein von Kulp
que volvió la cabeza en el hall, una mano en la puerta.
Lanzaderas vacías tejen el viento. No tengo fantasmas,
un viejo en una casa con corrientes
al pie de una loma ventosa.

Con ese conocimiento, ¿qué perdón? Ahora piensa,
la historia tiene muchos pasajes astutos, corredores y salidas
artificiales; nos engaña con ambiciones susurrantes,
nos guía con vanidades. Ahora piensa,
ella da cuando nuestra atención se distrae
y lo que da, lo da con confusiones tan flexibles
que lo dado hambrea al anhelo. Demasiado tarde da
aquello en lo que ya no creemos, o si creemos aún,
sólo en recuerdo, pasión reconsiderada. Demasiado pronto da,
en débiles manos, aquello que creemos prescindible
hasta que el rechazo propaga un miedo. Piensa,
ni el miedo ni el coraje nos salvan. Nuestro heroísmo
engendra vicios innaturales. Nuestros crímenes descarados
imponen virtudes en nosotros. Estas lágrimas
son arrancadas del árbol de la ira.

El tigre salta en el año nuevo. Nos devora. Piensa finalmente,
no hemos llegado a ninguna conclusión, cuando yo
me pongo tieso en una casa alquilada. Piensa finalmente,
no expuse estas cosas sin un objeto
y no ha sido por ninguna incitación
de los demonios que miran hacia atrás.
Soy honesto contigo acerca de esto.
Yo, que estaba cerca de tu corazón fui apartado de él
para perder la belleza en el terror, el terror en la inquisición.
He perdido mi pasión: ¿para qué debería conservarla
si lo que se conserva por fuerza se adultera?
He perdido mi vista, olfato, oído, gusto y tacto:
¿cómo podría usarlos para acercarme a ti?

Éstas, con otras mil reflexiones menores,
prolongan el beneficio de su delirio helado,
excitan la membrana con salsas picantes,
cuando el sentido se ha enfriado, multiplican la variedad
en una selva de espejos. ¿Qué hará la araña?
¿Suspender su trabajo? ¿Va a demorarse
el gorgojo? De Bailhache, Fresca, Mrs. Cammel,
lanzados en átomos fracturados más allá del circuito
de la Osa tiritante. Gaviota contra el viento, en los estrechos ventosos
de Belle Isle, o volando sobre el Cabo.
Plumas blancas en la nieve, reclama el Golfo,
y un viejo empujado por los Alisios
hacia un rincón soñoliento.

                                   Inquilinos de la casa,
pensamientos de un cerebro seco en una seca estación.


En La tierra baldía y otros poemas




Thou hast nor youth nor age
But as it were an after dinner sleep
Dreaming of both.

Here I am, an old man in a dry month,
Being read to by a boy, waiting for rain.
I was neither at the hot gates
Nor fought in the warm rain
Nor knee deep in the salt marsh, heaving a cutlass,
Bitten by flies, fought.
My house is a decayed house,
And the jew squats on the window sill, the owner,
Spawned in some estaminet of Antwerp,
Blistered in Brussels, patched and peeled in London.
The goat coughs at night in the field overhead;
Rocks, moss, stonecrop, iron, merds.
The woman keeps the kitchen, makes tea,
Sneezes at evening, poking the peevish gutter.

                                   I an old man,
A dull head among windy spaces.

Signs are taken for wonders. “We would see a sign”:
The word within a word, unable to speak a word,
Swaddled with darkness. In the juvescence of the year
Came Christ the tiger

In depraved May, dogwood and chestnut, flowering judas,
To be eaten, to be divided, to be drunk
Among whispers; by Mr. Silvero
With caressing hands, at Limoges
Who walked all night in the next room;
By Hakagawa, bowing among the Titians;
By Madame de Tornquist, in the dark room
Shifting the candles; Fraulein von Kulp
Who turned in the hall, one hand on the door. Vacant shuttles
Weave the wind. I have no ghosts,
An old man in a draughty house
Under a windy knob.

After such knowledge, what forgiveness? Think now
History has many cunning passages, contrived corridors
And issues, deceives with whispering ambitions,
Guides us by vanities. Think now
She gives when our attention is distracted
And what she gives, gives with such supple confusions
That the giving famishes the craving. Gives too late
What’s not believed in, or if still believed,
In memory only, reconsidered passion. Gives too soon
Into weak hands, what’s thought can be dispensed with
Till the refusal propagates a fear. Think
Neither fear nor courage saves us. Unnatural vices
Are fathered by our heroism. Virtues
Are forced upon us by our impudent crimes.
These tears are shaken from the wrath-bearing tree.

The tiger springs in the new year. Us he devours. Think at last
We have not reached conclusion, when I
Stiffen in a rented house. Think at last
I have not made this show purposelessly
And it is not by any concitation
Of the backward devils
I would meet you upon this honestly.
I that was near your heart was removed therefrom
To lose beauty in terror, terror in inquisition.
I have lost my passion: why should I need to keep it
Since what is kept must be adulterated?
I have lost my sight, smell, hearing, taste and touch:
How should I use it for your closer contact?

These with a thousand small deliberations
Protract the profit of their chilled delirium,
Excite the membrane, when the sense has cooled,
With pungent sauces, multiply variety
In a wilderness of mirrors. What will the spider do,
Suspend its operations, will the weevil
Delay? De Bailhache, Fresca, Mrs. Cammel, whirled
Beyond the circuit of the shuddering Bear
In fractured atoms. Gull against the wind, in the windy straits
Of Belle Isle, or running on the Horn,
White feathers in the snow, the Gulf claims,
And an old man driven by the Trades
To a a sleepy corner.

                                   Tenants of the house,
Thoughts of a dry brain in a dry season.



Foto: T. S. Eliot (1888-1965), London, United Kingdom, 1964
Vía EGyB





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Mahmud Darwish: «La muerte de Fénix»

15 de septiembre de 2020




En los himnos que cantamos
hay una flauta,
en la flauta que nos habita
un fuego
y en el fuego que encendemos
un Fénix verde.
En su elegía no he distinguido
mi ceniza de tu polvo.

Una nube de lilas basta para ocultarnos la
jaima del pescador.
Camina, pues, sobre las aguas como el Señor.
Ella me ha dicho:
El recuerdo que llevo de ti no está
desierto
y ya no hay enemigos para las rosas que
surgen de los escombros de tu casa.

Un anillo de agua rodeaba la elevada
montaña
y el Tiberíades era el patio trasero del primer
Paraíso.
Le dije: la imagen del universo se ha completado
en unos ojos verdes.
Ella me respondió: Oh, mi príncipe y mi cautivo,
guarda mis vinos en tus jarras.

Los dos extraños que se han consumido en
nosotros son
esos que hace un instante han intentado
matarnos,
los que volverán a sus espadas dentro de poco,
los que nos preguntan: ¿Quiénes sois?
—Dos sombras de lo que fuimos aquí,
dos nombres del trigo que crecen en el pan de
las batallas.

No quiero regresar ahora, como
los Cruzados de mi casa. Soy
todo este silencio entre los dioses y los que
se inventaron un nombre.
Soy la sombra que camina sobre las aguas,
la escena y el testigo,
el adorador y el templo
en la tierra de mi asedio y del tuyo.

Sé mi amado entre dos guerras
en el espejo —dijo ella—.
No quiero regresar ahora a la
fortaleza de mi padre.
Llévame a tu viña y reúneme con
tu madre.
Perfúmame con agua de albahaca, espárceme
sobre la vasija de plata, péiname,
enciérrame en la cárcel de tu nombre, mátame
de amor. Cásate conmigo.
Despósame por los ritos agrarios,
adiéstrame en la flauta y quémame para que
nazca
como el Fénix, de mi fuego y del tuyo.

Una forma semejaba al Fénix llorando
ensangrentado
antes de caer al agua
cerca de la jaima del pescador.

¿De qué sirve mi espera y la tuya?


 

















En el poemario ¿Por qué has dejado el caballo solo? (1995)
Traducción del árabe: María Luisa Prieto

Imagen: Mahmud Darwish, en Córdoba
Foto original color: F. J. Vargas vía El País





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Maurice Blanchot: El instante de mi muerte (1994)

4 de septiembre de 2020




Me acuerdo de un joven —un hombre todavía joven— privado de morir por la muerte misma —y quizás el error de la injusticia—. Los aliados habían conseguido poner pie en suelo francés. Los alemanes, ya vencidos, luchaban en vano con inútil ferocidad.

En una gran casa (el Castillo, la llamaban), golpearon a la puerta más bien tímidamente. Sé que el joven fue a abrir a unos huéspedes que sin duda solicitaban auxilio.

Esta vez, un alarido: «Todos fuera».

Un teniente nazi, en un francés vergonzosamente normal, hizo salir primero a las personas de más edad, después a dos mujeres jóvenes.

«Afuera, afuera». Esta vez, gritaba. Sin embargo el joven no pretendía huir; avanzaba lentamente, de una manera casi sacerdotal. El teniente lo zarandeó, le mostró unos casquillos, balas; allí había tenido lugar, de forma manifiesta, un combate, el territorio era un territorio de guerra.

El teniente se atascó en un lenguaje extravagante, y poniendo delante de las narices del hombre ahora menos joven (se envejece rápido) los casquillos, las balas, una granada, gritó con claridad: «He aquí lo que usted ha conseguido».

El nazi colocó a sus hombres para apuntar, según las reglas, al blanco humano. El joven dijo: «Al menos haga entrar a mi familia». Es decir: la tía (noventa y cuatro años), su madre, más joven, su hermana y su cuñada, una larga y lenta comitiva, silenciosa, como si todo estuviese ya consumado.

Sé —lo sé— que aquél al que ya apuntaban los alemanes, no esperando más que la orden final, experimentó entonces un sentimiento de ligereza extraordinaria, una especie de beatitud (nada feliz, sin embargo), ¿alegría soberana? ¿El encuentro de la muerte con la muerte?

En su lugar, no trataré de analizar ese sentimiento de ligereza. Quizás él era súbitamente invencible. Muerto-inmortal. Quizás el éxtasis. Más bien el sentimiento de compasión por la humanidad sufriente, la dicha de no ser inmortal ni eterno. Desde entonces, él estuvo ligado a la muerte, por una amistad subrepticia.

En ese instante, brusco retorno al mundo, estalló el ruido considerable de una batalla cercana. Los camaradas del maquis querían prestar socorro a aquel que ellos sabían en peligro. El teniente se alejó para inspeccionar. Los alemanes permanecían en orden, dispuestos a continuar así en una inmovilidad que detenía el tiempo.

Pero he aquí que uno de ellos se acercó y dijo con voz firme: «Nosotros no alemanes, rusos», y, con una especie de risa: «armada Vlassov», y le indicó que desapareciese.

Creo que él se alejó, siempre con el sentimiento de ligereza, hasta que se encontró en un bosque lejano, llamado «bosque de los brezos», donde permaneció resguardado por los árboles que él conocía bien. Es en el bosque frondoso donde, de repente, y después de un cierto tiempo, recuperó el sentido de lo real.

Por todas partes, incendios, una sucesión de fuego continuo, todas las granjas ardían. Un poco más tarde él se enteró de que tres jóvenes, hijos de granjeros, ajenos a todo combate y que no tenían otra culpa que su juventud, habían sido abatidos.

Incluso los caballos hinchados, sobre la carretera, en los campos, eran testimonio de una guerra que había durado. En realidad, ¿cuánto tiempo había transcurrido? Cuando el teniente volvió y se dio cuenta de la desaparición del joven castellano, ¿por qué la cólera, la rabia no le habían empujado a quemar el Castillo (inmóvil y majestuoso)? Porque era el Castillo. En la fachada estaba inscrita, como un recuerdo indestructible, la fecha de 1807. ¿Era lo suficientemente culto para saber que se trataba del famoso año de Jena, cuando Napoleón, sobre su pequeño caballo gris, pasaba bajo las ventanas de Hegel, que reconoció en él «el alma del mundo», tal como escribió a un amigo? Mentira y verdad, porque, como Hegel escribió a otro amigo, los franceses robaron y saquearon su vivienda. Pero Hegel sabía distinguir lo empírico y lo esencial. En este año de 1944, el teniente nazi tuvo por el Castillo el respeto o la consideración que las granjas no suscitaban. Sin embargo, se registró por todas partes. Tomaron algún dinero; en una pieza separada, «la habitación alta», el teniente encontró unos papeles y una especie de espeso manuscrito —que acaso contenía planes de guerra—. Finalmente partió. Todo ardía, salvo el Castillo. Los señores habían sido perdonados.

Entonces comenzó, sin duda, el tormento de la injusticia para el joven. Ya no el éxtasis; el sentimiento de que él sólo estaba vivo porque, incluso a los ojos de los rusos, pertenecía a una clase noble. Eso era la guerra: la vida para unos, para los otros la crueldad del asesinato.

Permanecía, sin embargo, del momento en que el fusilamiento no era más que una espera, el sentimiento de ligereza que yo no sabría traducir: ¿liberado de la vida?, ¿el infinito que se abre? Ni felicidad, ni infelicidad. Ni la ausencia de temor, y quizás ya el paso[1] más allá. Yo sé, imagino que este sentimiento inanalizable cambió lo que le quedaba de existencia. Como si la muerte fuera de él no pudiese desde entonces más que chocar con la muerte en él. «Estoy vivo. No, estás muerto».

Más tarde, de vuelta en París, se encontró con Malraux. Éste le contó que había sido hecho prisionero (sin ser reconocido), que había conseguido escaparse, aunque perdió un manuscrito. «No eran más que reflexiones sobre arte, fáciles de rehacer, mientras que un manuscrito no podría serlo». Con Paulhan, mandó hacer investigaciones que no pudieron más que resultar vanas. Qué importa. Tan sólo permanece el sentimiento de ligereza que es la muerte misma o, para decirlo con más precisión, el instante de mi muerte desde entonces siempre pendiente.







Nota

[1] Juego de palabras intraducible donde el autor saca partido de la ambigüedad de la expresión francesa le pas au-dela. Pas puede ser entendido como sustantivo (paso, de donde nuestra traducción el paso más allá), pero también como adverbio de negación que se emplea en correlación con la partícula ne (ne… pas), o en locuciones (como, por ejemplo, pas beaucoup, pas du tout, etc.) en las que condiciona negativamente el sentido del resto de las partículas que acompaña. De seguir esta segunda acepción, la expresión habría de entenderse como lo contrario de la anterior, es decir, «el no más allá». En la traducción se da prioridad al significado más común sin que debamos olvidar, no obstante, el otro sentido latente del que participa todo el texto de Blanchot. (N. del T.)



En El instante de mi muerte & La locura de la luz
Título original: L’Instant de ma mort & La folie du jour
Maurice Blanchot, 1994
Traducción: Alberto Ruiz de Samaniego
Prólogo: José Jiménez

Foto: Maurice Blanchot (sin créditos)



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Juan José Arreola: La feria (fragmento)

2 de septiembre de 2020




¡Ya soy agricultor! Acabo de comprar una parcela de cincuenta y cuatro hectáreas de tierras inafectables en un fraccionamiento de la Hacienda de Huescalapa, calculada como de ocho yuntas de sembradura. Esto podré comprobarlo si caben en ella ocho hectolitros de semilla de maíz. La parcela está acotada por oriente y sur con lienzo de piedra china, abundante allí por la cercanía del Apastepetl. Al poniente, un vallado de dos metros de boca por uno y medio de profundidad sirve de límite. Al norte, una alambrada es el lindero con mi compadre Sabás. Este lienzo es de postes de mezquite, que a tres metros de distancia cada uno, sostienen cuatro alambres de púas, clavados con grapas y arpones. Los arpones son alcayatas de punta escamada para que no se salgan, y hechizas. Las forjan los aprendices de herrero con desperdicios de fierro y las entregan en los comercios a centavo y medio la pieza.

Esta aventura agrícola no deja de ser arriesgada, porque en la familia nunca ha habido gente de campo. Todos hemos sido zapateros. Nos ha ido bien en el negocio desde que mi padre, muy aficionado a la literatura, hizo famosa la zapatería con sus anuncios en verso. Yo heredé, y me felicito, el gusto por las letras. Soy miembro activo del Ateneo Tzaputlatena, aunque mi producción poética es breve, fuera de las obras de carácter estrictamente comercial.

Aunque bien acreditado, mi negocio es pequeño, y para no dañarlo con una arbitraria extracción de capital, preferí hipotecar la casa. Esto, no le ha gustado mucho a mi mujer. Junto a mi libro de cuentas agrícolas, que estoy llevando con todo detalle, se me ocurrió hacer estos apuntes. El año que viene, si Dios me da vida y licencia, podré valerme por mí mismo sin andar preguntándole todo a las gentes que saben.

Lo único que me ha extrañado un poco es que para la operación de compraventa han tenido que hacerse toda una serie de trámites notariales muy fastidiosos. El legajo de las escrituras es muy extenso. Tal parece que esta tierra, antes de llegar a las mías, ha pasado por muchas otras manos. Y eso no me gusta.

*

—La Cuesta de Sayula es un lugar muy funesto. Zapotlán y Sayula no se llevan muy bien, desde que tuvieron un pleito de aguas en 1542. Entre un pueblo y otro está la cuesta, un enredijo de curvas, paredones y desfiladeros que son la suma de nuestras dificultades... Y por el otro lado Tamazula, con el mal paso de Río de Cobianes que cada año nos separa con las crecidas, como un largo pleito. Así son las cosas, todo lo malo nos llega de fuera, por un lado Tamazula, y por el otro de Sayula. En la Cuesta han ocurrido muchas muertes y desastres, sobre todo dos: el descarrilamiento y la batalla de 1915. La batalla la ganó Francisco Villa en persona, y a los que lo felicitaron les contestaba: “Otra victoria como ésta y se nos acaba la División del Norte”. Les dio a sus yaquis de premio quince días de jolgorio en Zapotlán, a costillas de nosotros. El descarrilamiento también lo perdió Diéguez y es el más grande que ha ocurrido en la República, con tantos muertos que nadie pudo contarlos. No se perdió mucha tropa porque el tren iba atestado casi de puras mujeres, galletas y vivanderas, la alegría de los regimientos. Nos habían saqueado bien y bonito, y los carros repletos de botín se desparramaron por el barranco. Para qué le cuento, todo aquel campo estuvo un año negro de zopilotes. Y hubo gentes de buen ánimo, de por aquí nada menos, que se entretuvieron desvalijando a los muertos. Ladrón que roba a ladrón...

*

—Por acá está el enfermo, doctor.
—Déjame primero ver tu corral. Ya me han dicho que lo tienes muy bonito, con tantos animales y matas…
—Pásele, doctor.
—Estos puercos chinos que parecen borregos ¿cómo te hiciste de la cría?
—Con las Contreras, doctor, ellas tienen un puerco. Sabe, aquel Sebastián pasó muy mala noche, quéjese y quéjese.
—De esta rosa de Alejandría me tienes que dar un codito, a ver si prende. Mi mujer tenía una y se le secó. Todo lo que planta se le seca, y a mí me gusta que haya flores en mi casa.
—Con mucho gusto, doctor. Le di tres veces sus gotas a Sebastián y no se durmió...
—¿De dónde sacaste este guajolote? Hacía mucho tiempo que no veía yo un guajolote canelo así de grande y de gordo... ya los guajolotes se están acabando por aquí.
—Es que da mucho trabajo criarlos, doctor. De diez o doce que nacen, sólo me viven dos o tres. Es una lata enseñarlos a comer, porque las guajolotas ni siquiera eso les enseñan. Andan allí nomás con el pescuezo estirado, grito y grito sin ver la comida en el suelo, y los guajolotitos se mueren de hambre y de frío porque ni los cobijan. Y esto si no les ponen la pata encima y los apachurran...
—Me lo tienes que guardar para la Navidad, porque a este coruco yo me lo como.
—Como usted quiera, doctor. Este Sebastián...
—No le hagas tanto caso a Sebastián, que se está chiqueando como todos los enfermos. Desde que lo sacamos del hospital, su herida está cicatrizando que da gusto mirarla...

Así es siempre este doctor. Le gusta hacer un inventario lo más completo posible de los bienes terrenales de sus clientes, para formarse una idea clara de las condiciones y de la duración del tratamiento, sin cometer injusticias. Porque... según el sapo es la pedrada...

*

Ahora somos una ciudad civilizada: ya tenemos zona de tolerancia. Con caseta de policía y toda la cosa. Se acabaron los escándalos en el centro y junto a las familias decentes.

—Yo, cada vez que pasaba por Las Siete Naciones, le tapaba a mi hijo los ojos con el rebozo.
—Pero piense usted también en los demás, en las familias decentes que viven por allá. Nosotros aquí muy a gusto en nuestros barrios limpiecitos, y ellos con semejante vecindad.
—No en balde se estuvieron quejando y hasta hicieron una junta para que no les echaran allá la vida alegre, pero ya ve usted, perdieron y ni modo.
—Muchos se han ido de sus casas.
—Las han vendido a como dio lugar, perdieron el dinero y la querencia, con tal de no estar revueltos entre las priscapochas.
—La que salió ganando fue doña María la Matraca. Todas sus casitas quedaron en la zona.
—Ya desde antes tenía dos o tres alquiladas para el refocile, y dizque las adaptó para que le pagaran más renta.
—Dicen que alguien le dio el pitazo y estuvo compre y compre propiedades por todo ese rumbo.
—Hay quien asegura que todo el callejón de Lerdo es de ella y que no contenta con cobrar las rentitas, le está metiendo dinero al negocio.
—Válgame Dios, una mujer decente, que vivía de sus abejitas, y que ahora nadie la baja de madrota...
—Ella no tiene la culpa. Sus propiedades estaban allí desde un principio, y allí le cayeron las cuscas como llovidas del cielo...
—Hizo bien. Yo haría la misma cosa si estuviera en su lugar. Casitas que le daban ocho o diez pesos de renta, ahora no las baja de treinta y cincuenta. Le llovió en su milpita, como quien dice…

*

—¡Jaque al rey!
—Óigame don Epifanio, se me hace que está temblando…
—Yo le dije jaque. Usted muévase y luego vemos si está temblando o no...

*

Fueron tres temblores seguidos, uno tras otro, del grado séptimo de la escala de Mercalli, acompañados de ruidos subterráneos, que nos tuvieron en pánico durante más de siete minutos. Como siempre, se botaron las agujas de todos los sismógrafos... Después del último sacudimiento, todo quedó extraordinariamente inmóvil, como si se pararan las cosas, silenciosas y atemorizadas. Los vientos dejaron de soplar y no se movió hoja alguna de los árboles. Los seres se habían abismado en la quietud, azorados y estupefactos.

Un grupo de vecinos, esa gente que siempre hace lo que debe hacer a la hora oportuna, se dirigieron como puestos de acuerdo a la Parroquia. Miraron con estupor las grietas que dejaban ver, en los muros, el desajuste de los grandes sillares bajo el enjarre, y en las bóvedas, las esferas rojizas de los cántaros que las han hecho resistentes y ligeras. Todo el suelo estaba llovido de tierra y de caliche. Sin decir palabra, se subieron al altar y bajaron la imagen de Señor San José en hombros a la plaza. Una gran multitud se les unió, entre lágrimas y gritos, y comenzó la procesión de amargura por todas las calles del pueblo.

*

Parece mentira, pero es la pura verdad. Después de un día de terror y de una noche de angustia, estamos ahora en un ambiente de verbena. Desde la segunda noche a la intemperie, no han faltado quienes lleven guitarras y flautas. Y en vez de dormir llenos de temor de Dios, hay gentes que beben, cantan y bailan hasta las altas horas. Más de un padre de familia se ha retirado a su casa, resuelto a que se le caiga encima, antes que exponer a sus hijos al mal ejemplo que han dado en el jardín dos o tres parejas indecorosas. ¡Habráse visto!

*

—Padre, también quería preguntarle, ¿menosorquia es mala palabra?
—¿Menosorquia? No, no la conozco, ¿dónde la oíste? ¿Por qué no has venido a confesarte?
—Porque desde el día del temblor no he hecho pecados... Esa palabra se la oí al diablo. El diablo la iba diciendo en un sueño que tuve. Yo estaba en la azotea mirando para la calle y había como un convite del circo. Mero adelante iba un diablo grande como una mojiganga, todo pintado y con cuernos, y las gentes se asomaban a mirarlo y él se bamboleaba al caminar dice y dice: “Cuánta menosorquia os da, cuánta menosorquia os da...” Y al pasar me miró a mí y era tan alto que su cabeza llegaba junto a la mía siendo que yo estaba en la azotea. Me dio mucho miedo y cuando desperté vi todavía la cara del diablo, y era como la de un compañero que me enseñaba cosas malas en la escuela...
—¿Y qué crees tú que sea la menosorquia?
—Es como las ganas de hacer el pecado. Siempre que lo hago me da después mucho arrepentimiento, me acuerdo del diablo y cuando salgo de la imprenta, después que dan los clamores, entro de rodillas a la iglesia y le juro a Dios que no lo vuelvo a hacer...

*

—¿De veras eso es fornicar? Yo creí que era otra cosa, que era algo así como quién sabe. Eso que usted dice quisiera hacerlo todos los días, pero no más lo hago una vez a la semana, cuando mucho. Ya ve usted, la ignorancia...





De La feria (única novela de J.J.A.), 1963
Fuente: Material de lectura
México, CulturaUNAM, 2020

Foto: Juan José Arreola, 1980, por Elisa Cabot




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Emil Cioran: Michaux o la pasión de lo exhaustivo

30 de agosto de 2020

 



Hace unos quince años, acompañé a Michaux con cierta regularidad al Grand Palais, donde asistíamos a toda clase de filmes de carácter científico, algunos curiosos, otros técnicos, impenetrables. A decir verdad, lo que me intrigaba eran menos las proyecciones que el interés que suscitaban en él. No comprendía las razones de una atención tan obstinada. ¿Cómo, me preguntaba sin cesar, un espíritu tan vehemente, vuelto hacia sí mismo con perpetuo fervor o frenesí, puede apasionarse por demostraciones tan minuciosas, tan impersonales? Más tarde, reflexionando sobre sus exploraciones sobre la droga, comprendí a qué excesos de objetividad y de rigor podía llegar. Sus escrúpulos iban a conducirle al fetichismo de lo ínfimo, del matiz imperceptible, tanto psicológico como verbal, repetido indefinidamente con una insistencia jadeante. Llegar al vértigo a través de la profundización parece ser el secreto de su intento. Léase, en El infinito turbulento, la página donde dice de sí mismo que se halla «atravesado por lo blanco», donde todo es blanco, donde «incluso la duda es blanca», y no menos la «horripilación». Tras lo cual el blanco ya no existe, él lo ha azotado, lo ha aniquilado. Su obsesión por el fondo le hace feroz: liquida apariencia tras apariencia sin perdonar una sola, las extermina abismándose en ellas, persiguiendo su fondo precisamente, su fondo... inexistente, su insignificancia radical. A un crítico inglés esos sondeos le han parecido «terroríficos». Yo los encuentro, por el contrario, positivos y exaltantes, por su impaciencia de triunfar y de pulverizar, es decir de descubrir y de conocer, dado que la verdad, en todo, no es más que la culminación de un trabajo de zapa.



A pesar de que Michaux considera que forma parte de los seres «fatigados de nacimiento», desde siempre no ha hecho más que huir del engaño, ahondar, buscar. Es cierto que nada fatiga tanto como el esfuerzo hacia la lucidez, hacia la visión despiadada. A propósito de un célebre contemporáneo fascinado por la Historia —esa gangrena universal—, utilizó un día la expresión «ceguera espiritual». Él es, por el contrario, alguien que ha abusado de la obligación de ver dentro y alrededor de sí mismo, de ir al fondo no solamente de una idea (lo cual es más fácil de lo que se piensa) sino de la menor experiencia o impresión: ¿acaso no ha sometido a cada una de sus sensaciones a un examen en el que entra de todo: tortura, júbilo, voluntad de conquista? Esa pasión por aprehenderse, esa toma de conciencia exhaustiva, se reduce a un ultimátum que no cesa de darse a sí mismo, a una incursión devastadora en las zonas más oscuras del ser.



Su insurrección contra los sueños debe considerarse a partir de esta constatación, como también la necesidad que sintió, pese a la hegemonía del psicoanálisis, de minimizarlos, de denunciarlos, de ridiculizarlos. Decepcionado por ellos, decidió condenarlos, proclamar su vacío. Pero quizá la verdadera razón de su furor era menos su nulidad que la total independencia de él en que se producen, ese privilegio que tienen de eludir su censura, de ocultarse de él, burlándose y humillándolo con su mediocridad. Mediocres, sí, pero autónomos, soberanos. Si los incriminó y calumnió, si dirigió contra ellos una acusación en regla, verdadero deseo a los entusiasmos de la época, fue en nombre de la conciencia, de la toma de conciencia como exigencia y como deber, y también por orgullo herido. Desacreditando las hazañas del inconsciente, se deshacía una ilusión, la más preciosa, que lleva de moda más de medio siglo.



Toda violencia interior es contagiosa; la suya más que cualquier otra. Nunca se acaba desmoralizado tras una conversación con él. E importa poco que se le vea con frecuencia o sólo de vez en cuando, desde el momento en que, en toda circunstancia esencial, podemos imaginar su reacción o sus palabras: solitario omnipresente, está siempre ahí..., definitivamente inseparable de todo lo que en una existencia es importante. Esa intimidad a distancia no es posible más que con un obseso capaz de imparcialidad, con un introvertido abierto a todo y dispuesto a hablar de todo (hasta de la actualidad). Sus opiniones sobre la situación internacional, sus diagnósticos en materia política, su apreciación del grado de fatalidad que existe en las relaciones de fuerza, son sumamente justos y en ocasiones proféticos. Poseer una percepción tan exacta del mundo exterior y a la vez haber llegado a aprehender el delirio desde dentro, haber logrado recorrer sus formas múltiples, habérselas apropiado por así decirlo, es una anomalía tan cautivadora, tan envidiable, que puede aceptarse como tal sin intentar comprenderla. Sin embargo, voy a sugerir una explicación, forzosamente aproximativa. Nada es más agradable, al menos para mí, que una conversación con Michaux sobre enfermedades. Se diría que las ha presentido y temido todas, que las ha esperado y huido: todos sus libros son un desfile de síntomas, de amenazas vislumbradas y en parte actualizadas, de dolencias pensadas y repensadas. Su sensibilidad para las diversas modalidades de desequilibrio es prodigiosa. La política, baja tentación prometeica, ¿qué es sino un desequilibrio permanente, exasperado, la maldición por excelencia de un simio megalómano? El espíritu menos neutro, el menos pasivo que conozco, no podría no interesarse por ella, aunque sólo fuese para ejercer su sagacidad o asco. Los escritores, cuando se ponen a comentar los acontecimientos, muestran en general una ingenuidad risible. Era importante, creo yo, citar una excepción. Sólo una vez me pareció sorprender a Michaux en flagrante delito no de ingenuidad (es fisiológicamente impropio de ella) sino de «buenos sentimientos», de confianza, de abandono, de algo que entonces traduje en términos que creo útil reproducir aquí:



«Le admiraba por su clarividencia agresiva, por sus rechazos y sus fobias, por la suma de sus aversiones. Aquella noche, en la callejuela donde charlábamos desde hacía dos horas, me dijo, con una ligera emoción totalmente inesperada, que la idea de la desaparición del hombre le conmovía...



»En ese momento me despedí de él, persuadido de que nunca le perdonaría semejante conmiseración, semejante debilidad».



Si extraigo de un cuaderno sin fecha esta nota, es para hacer ver que en aquella época apreciaba en él por encima de todo su lado incisivo, crispado, «inhumano», sus explosiones y sus sarcasmos, su humor de desollado vivo, su vocación de convulsionario y de gentleman. En realidad, me parecía secundario que fuese poeta. Recuerdo que un día me confesó que se preguntaba si lo era. Lo es, evidentemente, pero se puede concebir que hubiera podido no serlo.



Lo que Michaux es, aún más evidentemente que poeta, lo comprendí cuando supe que de joven, pensando ingresar en las órdenes, leía con pasión a los místicos. De hecho, presumo que, si no hubiera sido un místico, nunca se habría lanzado con tanto encarnizamiento y método a la búsqueda de estados extremos. Extremos más acá de lo absoluto. Sus obras sobre la droga proceden del diálogo con el místico que fue originariamente, místico inhibido y saboteado que esperaba su venganza. Si se reuniesen todos los pasajes de sus libros donde trata del éxtasis, y se suprimiesen en ellos las referencias a la mescalina o a cualquier otro alucinógeno, tendríamos la impresión de hallarnos ante experiencias propiamente religiosas, inspiradas y no provocadas, que merecerían figurar en un breviario de momentos únicos y de herejías fulgurantes. Los místicos no aspiran a abandonarse en Dios sino a superarlo, movidos por no se sabe qué lejano, por una voluptuosidad de lo último que se encuentra en todos aquellos a quienes el trance ha visitado y arrebatado. Michaux nos recuerda a los místicos por sus «ráfagas interiores», por su voluntad de acometer lo inconcebible, de forzarlo, de hacerlo estallar, de ir más allá sin detenerse nunca, sin recular ante ningún peligro. No teniendo ni la suerte ni la desgracia de anclarse en lo absoluto, se crea abismos, produce siempre abismos nuevos, se hunde en ellos y los describe. Esos abismos, se dirá, no son más que estados. Sin duda. Pero todo es estado, y sólo estado, para nosotros que nos hallamos condenados a la psicología desde que ya no nos está permitido extraviarnos en lo supremo.



Místico verdadero, y sin embargo místico irrealizado. Comprendemos a Michaux en la medida en que ha hecho todo lo posible para no desembocar en nada, para conservar su ironía en los extremos mismos a los que sus investigaciones le han llevado. Cuando ha alcanzado alguna experiencia-límite, algún «absoluto impuro» en el que, perplejo, vacila, nunca deja de recurrir a una expresión familiar o divertida para mostrar que aún es él mismo, que recuerda que está experimentando algo, que nunca se identificará completamente con ninguno de los instantes de su búsqueda. En tantos excesos simultáneos cohabitan los desbordamientos extáticos de una Angela de Foligno y los sarcasmos de un Swift.



Resulta admirable que un hombre tan frágil y vulnerable haya acumulado los años sin perder la vivacidad. «Paseo al viejo..., a su maldito cuerpo, que flaquea, que tanto interesa a nuestro cuerpo único para los dos», escribe en 1962 en Vientos y polvos. Siempre en él ese intervalo entre la sensación y la conciencia, esa superioridad sobre lo que es y lo que sabe. De esa manera ha logrado en sus desasosiegos metafísicos, en sus desasosiegos sin más, permanecer, gracias a su obsesión por el conocimiento, exterior a sí mismo. Mientras que a nosotros nuestras contradicciones e incompatibilidades nos dominan y paralizan a la larga, él ha logrado dominar las suyas sin caer en la sabiduría, sin hundirse en ella. Toda su vida le ha tentado la India, pero afortunadamente sólo tentado, pues si por una metamorfosis fatal hubiera acabado hechizado, obnubilado por aquel país, habría sin duda abdicado de esa prerrogativa tan suya de poseer más de una de las taras que conducen a la sabiduría y ser a la vez profundamente refractario a ella. Si le hubiera cogido gusto al vedanta o al budismo, ¡habría sido una catástrofe para él! Hubiera perdido sus dones, su facultad de desmesura. La liberación le hubiese aniquilado como escritor: se le habrían acabado las «ráfagas», los tormentos, las hazañas. Si su trato resulta tan estimulante es justamente porque no se ha rebajado a ninguna fórmula de salvación, a ningún simulacro de iluminación. Michaux no propone nada, es como es, no posee ninguna receta de serenidad, continúa su camino, tantea como si estuviese comenzando. Y nos acepta, a condición de que nosotros tampoco le propongamos nada. Es lo contrario de un sabio, pero un contrario aparte. Me sorprende que no haya sucumbido a tanta intensidad. Su intensidad, es cierto, no se parece a esas otras accidentales, fluctuantes, que se manifiestan por sacudidas: constante, sin fallas, reside en sí misma, y se apoya en sí misma, es precariedad inagotable, «intensidad de ser», expresión que tomo prestada al lenguaje de los teólogos, el único que se ajusta para designar un éxito.



1973







En Emil Cioran, Ejercicios de admiración y otros textos (1986)

Traducido por Rafael Panizo 


Barcelona, Tusquets editores, 1992
Segunda edición, julio 1995
Título original: Exercises d’admiration. Essais et portrais
Paris, Gallimard, 1989

Foto: Emil Cioran, Paris, 1989, by Édouard Boubat


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Jorge Luis Borges (24 de agosto 1899 - 14 de junio 1986) en el Mar Muerto [1971]

24 de agosto de 2020

 





© Brian Rose, 1971




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