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Agota Kristof: «El buzón»

13 de abril de 2021




Voy dos veces por día a revisar el buzón. A las once de la mañana y a las cinco de la tarde. El cartero suele pasar más temprano, por la mañana entre las nueve y las once, es muy irregular, y por la tarde hacia las cuatro.

Voy a revisarlo lo más tarde posible para asegurarme de que ya ha pasado porque de lo contrario el buzón vacío me daría falsas esperanzas, pensaría: «Tal vez no ha pasado todavía», y tendría que bajar otra vez más tarde.

¿Han abierto ustedes un buzón vacío? Seguramente. A todo el mundo le pasa. Pero a ustedes les importa un bledo, les da lo mismo que esté lleno o que contenga algo, una carta de la suegra, una invitación a una inauguración, una carta de unos amigos que están de vacaciones.

Yo no tengo suegra, no puedo tenerla porque no tengo mujer.

Tampoco tengo padres, hermanos ni hermanas.

De todos modos no tengo forma de saberlo.

Nací en un orfanato. No nací allí, está claro, pero allí fue donde tomé conciencia de estar en el mundo.

Al principio me parecía normal, creía que la vida era eso, un montón de niños más o menos grandes, más o menos perversos, y unos pocos adultos que estaban allí para defendernos de los más mayores. No sabía que había niños en otros lugares con parientes, con un padre, una madre, hermanas, hermanos, una familia como se le suele llamar.

Más tarde conocí a esos niños de otro mundo que tenían padres, hermanos y hermanas.

Entonces empecé a imaginar a mis padres, porque sin duda los había tenido —los niños no nacen entre coles— y también a mis hermanos y hermanas o, con un poco más de modestia, mi hermano o mi hermana.

Situé mis esperanzas en el buzón.

Esperaba un milagro, una carta del tipo:

«Jacques, por fin te encuentro. Soy tu hermano, François».

Aunque evidentemente hubiera preferido:

«Jacques, por fin te encuentro. Soy tu hermana, Anne Marie».

Pero François y Anne Marie no me encontraban.

Y yo tampoco los encontraba a ellos.

También me conformaría con una carta de mi madre o mi padre. Los imagino con vida aún, soy bastante joven. Uno u otro podrían escribirme, por ejemplo, algo como:

De mi madre:

«Querido Jacques, me he enterado de que tienes buena posición. Te felicito por haber llegado donde estás. Yo sigo en la miseria y la pobreza, igual que cuando naciste. Pero me alegra saber que por fin vives cómodamente. No pude quedarme contigo y educarte como hubiera querido por culpa de tu padre, que me abandonó cuando estaba embarazada de ti a pesar del enorme deseo que tenía de estrecharte contra mi pecho para siempre.

»Ahora soy vieja, a lo mejor podrías mandarme un poco de dinero, puesto que soy tu madre y estoy en la pura miseria por culpa de mi edad y de que nadie quiere contratarme para trabajar. Tu madre que te quiere y piensa mucho en ti».

De mi padre:

«Querido hijo. Siempre he querido tener un hijo y estoy orgulloso de ti porque tu situación es buena. No sé cómo habrás llegado a tan buena posición, yo no he logrado nada y, sin embargo, he trabajado toda la vida como un condenado.

»Cuando tu madre me dijo que te llevaba dentro me fui en un barco, viví en los puertos y los bares, era infeliz porque pensaba que tenía una mujer y un hijo en alguna parte, pero no podía estar con vosotros porque ganaba muy poco dinero y me lo gastaba en beber para ahogar el dolor que llevaba dentro al pensar en vosotros. Ahora estoy debilitado por el alcohol y las desgracias y nadie quiere contratarme en los barcos. Hago lo que puedo en los puertos pero no es gran cosa, soy viejo. Así que si puedes, dada mi situación, mandarme un poco de dinero, será bienvenido. Tu cariñoso padre para toda la vida».

Ése es el tipo de carta que esperaba y con cuánta alegría habría acudido en su ayuda, qué felicidad me hubiera supuesto contestarles.

Pero no había nada, nada parecido en el buzón, nada hasta esta mañana.

Esta mañana he recibido una carta. Provenía de uno de los mayores empresarios de la ciudad. Un nombre muy conocido. He pensado que se trataba de una carta oficial, de una oferta de trabajo. Soy decorador. Pero la carta empezaba así:

«Hijo mío:

»Sólo fuiste un error de juventud en mi vida. Pero he asumido mis responsabilidades. A tu madre le di una buena posición social, podría haberte educado sin trabajar, pero lo único que hizo fue aprovecharse de mi dinero y te metió en un orfanato para poder seguir llevando una vida desordenada. (Me enteré de que murió hace unos diez años).

»Como estaba en el punto de mira, no pude ocuparme de ti en persona porque ya tenía una familia legítima.

»De todos modos me gustaría que supieras que nunca te he olvidado y que siempre me he hecho cargo de ti por vías indirectas. (Yo me encargué de los gastos de tus estudios y de la beca para bellas artes).

»Tengo que reconocer que tú por tu parte te has apañado bien y te felicito por ello. Seguro que lo heredaste de mí porque yo también empecé de cero.

»Por desgracia no he tenido más hijos, sólo hijas y mis yernos son unos inútiles.

»Ahora estoy en el ocaso de mi vida y ya no me importan las formalidades. He decidido dejarte la dirección de mis negocios porque estoy agotado y me gustaría descansar.

»Así que te pido que vengas a verme a mi despacho, a la dirección del membrete, el próximo 2 de mayo a las tres de la tarde.

»Tu padre».

A continuación aparece su firma.

Ésa es la carta que he recibido de mi padre después de treinta años de espera.

Y está seguro de que iré a su despacho el próximo 2 de mayo a las tres de la tarde lleno de alegría.

El 2 de mayo es dentro de diez días.

Esta noche estoy sentado en un aeropuerto y espero un avión para Asia.

¿Por qué Asia?

Podría ser a cualquier sitio con tal de que mi «padre» no pueda encontrarme.

















En Agota Kristof: No importa
Título original: C’est égal
Agota Kristof, 2005
Trad.: Julieta Carmona Lombardo

Foto: © Jean-Pierre Baillod
La fotografía data de la década de 1970,
tomada en el viaje de regreso de Agota Kristof de Hungría a Suiza, 
luego de su primera estadía en su país natal después del exilio


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Carlos García: La obra visible de Pierre Menard

5 de febrero de 2021




La forme moderne du fantastique, c'est l'érudition.
Gérard Genette



Los relatos de la mejor época de Borges (El Aleph, Ficciones) son precisos artefactos de compleja ingeniería: inteligencia y belleza aparejadas. Nada en ellos parece estar librado al azar, ocurrir por inercia del lenguaje, carecer de premeditación.

Esos textos operan simultáneamente en varios niveles. A veces se tiene la impresión de que una mera lectura lineal no alcanzará para tornar visibles todos los recursos que se han invertido en ellos. Una lectura idónea debería poder ser a la vez de corrido, simultánea y multidimensional, como si leyéramos el texto al mismo tiempo en varias capas de hojas transparentes, con diferentes tamaños de letras y de colores. Veríamos así, en un primer plano, una especie de resumen del relato, quizás algo banal o engañoso; en segundo plano, algunas frases que parecen casuales (algunas lo son, otras no); en tercero, algunos términos aislados, que recién al unirse más o menos subliminalmente entre sí o con algunos de los otros dos planos, establecen nuevas conexiones, inauguran terrenos de comprensión. Desde luego, las distintas capas están a diferente distancia unas de otras, porque en ese complejo entramado todo puede tener significación y valor: el tamaño, el color, el espacio intermedio: todo conjugado para conformar algo orgánico. En esas capas se narran a veces historias diferentes, o en una de ellas se advierte que lo que se dice o insinúa en la otra no es cierto...

En otro de los muchos planos se conectan algunas palabras con las mismas en el resto de la obra de Borges, y aun en otro, la conexión tiene lugar con la obra de sus autores preferidos o con su biografía.

Todo ello aunado obliga al perplejo asentimiento, a reconocer que se está ante una obra de arte, que logra, siquiera por momentos, lo que Coleridge llamó “suspension of disbelief”, pero sin hacer la mínima concesión a la dejadez, a la pereza intelectual, a la prisa.

Soy consciente de que esta manera de intentar visualizar la intrincada estructura de los relatos es risible, más aún que traducir la música de Bach a fórmulas matemáticas o a tablas cromáticas (lo que no ha impedido que fuese hecho).

Pero esas imágenes me vienen a la mente cuando leo “Pierre Menard, autor del Quijote”, un texto de apariencia sencilla, pero pleno de ostensibles y secretas virtudes.

El texto ofrece numerosos aspectos para el análisis. No creo posible desentrañar el sentido del relato de una sola vez; no lo es, en todo caso, para mí. Quizá fuese posible lograrlo en oleadas de intentos, que fueran ciñendo de a poco algunos aspectos. En otro trabajo me ocupé de la religión y la conversión religiosa.1 Aquí me ocuparé sólo de un aspecto de su “obra visible”.

Es comprensible que la mayor parte de los acercamientos a “Pierre Menard” se haya concentrado en la recreación del Quijote. No lo es el menosprecio que algunos autores han mostrado por la “obra visible” del francés.

Sylvia Molloy sentencia a propósito de ella (Las letras de Borges, 1979, 56): “No cabe [...] decodificar las alusiones privadas y extratextuales”. Considero erróneo ese dictum. Dejo de lado lo de las “alusiones privadas”, que a mi modo de ver sí deben ser consideradas y analizadas como uno de los niveles (si bien no el único, ni el más importante) del texto. Más me importa señalar que desentrañar las “alusiones extratextuales” es especialmente pertinente en relación con este cuento, incluso más que en relación con otros de Borges: es uno de los temas explícitos del relato que la época de su escritura y de su lectura es un factor constituyente del significado de una obra. Y el autor juega con lo que las numerosas alusiones suscitan y hacen reverberar en nosotros. Es imperdonable descartar este nivel.

Creo, asimismo, que el catálogo de la obra de Menard pergeñado por Borges no es apenas una lista caprichosa, disparatada, que pueda ser dejada de lado tras reír de y con ella, sino que muestra con escalofriante rigurosidad y consistencia la evolución del carácter y la producción de Menard.

Vuelvo a Molloy: ¿qué es, stricto sensu, una alusión “extratextual”? Si el texto menciona, por ejemplo, a Saint-Simon, lo hace para aprovechar los ecos, las asociaciones que ese nombre evoca en sus lectores. En ese sentido, toda la obra y la vida de Saint-Simon, así como su influencia en la historia de las ideas, pasan a formar parte del texto de “Pierre Menard”, en la cambiante medida que se corresponda con el horizonte cultural de cada uno de los lectores.

Cuando uno se presta al juego, por ejemplo en base a este caso, se descubren niveles de significación del relato que de otro modo pasarían desapercibidos. Un ejemplo: En el listado de la “obra visible” de Menard, Borges incluye este inciso:

(i) Un examen de las leyes métricas esenciales de la prosa francesa, ilustrado con ejemplos de Saint-Simon (Revue des langues romanes, Montpellier, octubre de 1909).

Todos los comentarios compulsados coinciden en ver aquí una alusión a Louis de Rouvroy, duque de Saint-Simon (1675-1755), autor de unas enrevesadas y exhaustivas Mémoires publicadas póstumamente, cuya primera edición completa (París, 1879-1928) consta de 41 intrincados e iracundos volúmenes.

Ya la mezcla de conceptos (métrica de la prosa) parece un sinsentido, pero a pesar de ello se podría admitir que Menard tomara a Saint-Simon como objeto de estudio. Sin embargo, una mirada al estilo de Saint-Simon disuade de esa hipótesis, ya que éste es muy peculiar, de ritmo nervioso, con frecuentes anacolutos y un vocabulario muy amplio, que recurre tanto a expresiones vulgares como a términos técnicos de difícil comprensión para el ignaro. Ese estilo, precisamente en virtud de su peculiar originalidad, de su desprecio por lo convencional, es muy poco apto para el estudio de las “leyes métricas esenciales de la prosa francesa”, aun cuando éstas realmente existieran.

Pero una nueva voltereta es aún posible: a esa objeción podría replicarse que es precisamente la llamativa falta de idoneidad de la prosa de Saint-Simon lo que desata el efecto cómico que Borges perseguía ya que, obviamente, hay en el autor un ímpetu humorístico. Sí. And yet...

Por mi parte, propongo ver aquí también una alusión a otro Saint-Simon: a Claude Henri de Rouvroy, conde de Saint-Simon (1760-1825), filósofo social francés, pariente del anterior, incansable diseñador de utopías. Supongo, por arriesgar más, que la obra de Saint-Simon analizada por Menard sería la más temprana: Lettres d'un habitant de Genève a ses contemporaines, aparecida originalmente en forma anónima en 1803. Mi argumento es de orden psicológico, ya que Borges vivió en su juventud en Ginebra. Pero hay más: como ocurre en otros pasajes del cuento, también en este ítem se revela la afición de Menard por todo lo relacionado con el orden: como todas las utopías, la de Saint-Simon elabora una sociedad supuestamente “ideal”, cuyos detalles no vienen aquí al caso: lo que cuenta es que el plan primigenio sufrió grandes variaciones a lo largo de la producción de Saint-Simon (utopías son, en este sentido, intercambiables, ya que todas se basan en algún exacerbado sentido del orden, que instauran a costa de la libertad, precisamente porque intentan eludir o atenuar su vértigo).

Que Menard es en cierto sentido un alienado, puede notarse en que no se ocupa de las nociones morales o políticas que transporta la obra de este Saint-Simon, cuyos designios eran primordialmente de esa clase, sino apenas de las leyes de su prosa: Menard, cuando menos el de la “obra visible”, opera y se pierde en lo superficial, incapaz de manejar contenidos.

Por lo demás, ambos Saint-Simon tienen algo en común, más allá del nombre: mientras uno, amargado y desengañado por las malas experiencias hechas, elabora laberínticas y cáusticas memorias, el otro es un utopista empeñado en erigir un nuevo orden social que él mismo desbarata en las distintas versiones propuestas. Ambos son personajes en crisis, que buscan el orden sin alcanzarlo.

No es necesario elegir entre ambos candidatos: lo más probable es que Borges aludiera intencionalmente a ambos, y que consignara apenas el apellido (sin los nombres de pila) con la intención de abrir brechas a la curiosidad y a la duda. La “ambigüedad es una riqueza”, dirá el relator (OC 1974, 449), expresando en este caso la opinión de Borges.

Hay muchas más en el cuento:

Un ejemplo: se habla de la Imitación de Cristo, sin mencionar al autor. Borges elude así una eventual polémica, ya que, si bien hoy se considera casi unánimemente que ese libro fue obra de Tomás à Kempis, a comienzos del siglo pasado esa hipótesis era sólo una entre varias.

Otro: cuesta creer, por ejemplo, que alguien llamado Bagnoregio posea “uno de los espíritus más finos”, aunque sea en el casi irreal principado de Mónaco o en Pittsburgh (Pennsylvania).2

La ambigüedad reina en el relato: desde las personas mencionadas (esas dudosas y contradictorias damas de sociedad), pasando por hechos hasta llegar al lenguaje. Baste un solo ejemplo:

Al hablar de Simón Kautzsch, se lo caracteriza como “filántropo internacional”. Puesto que el relator es un nacionalista católico, “internacional” equivale en su jerga a “apátrida”, reproche usual en las diatribas anticomunistas y antisemitas en la Argentina de la época. Decir “tan calumniado ¡ay! por las víctimas de sus desinteresadas maniobras” (frase agregada en una versión posterior del cuento) sólo sirve para reforzar el tono antisemita (ya contenido en la elección del nombre exageradamente judío).

Demasiados comentadores ven en el catálogo de la “obra visible” apenas una disparatada y divertida enumeración, similar a aquella (en el ensayo sobre Wilkins, de 1942; OC 708) que costara a Foucault sus demasiado famosas tribulaciones en Les mots et les choses (las cuales, a su vez, infligieran a Borges la clase de fama que ayudaron a desencadenar en Europa).

Por cierto, en la obra de Borges aparecen a menudo enumeraciones más o menos caóticas o, mejor dicho, aparentemente caóticas. En “Pierre Menard” no se trata de circunscribir un escurridizo infinito, de cifrar alguna recóndita o caprichosa divinidad, de engendrar en los apabullados lectores la sensación de variedad agotada, sino, lisa y llanamente, de caracterizar (caricaturizar) a una figura.

Adelheid Schaeffer (Phantastische Elemente und ästhetische Konzepte im Erzählwerk von Jorge Luis Borges. Studien zur Romanistik, Humanitas, Wiesbaden / Frankfurt am Main, sin fecha, ¿1972?, 76) opina que la “obra visible” es un mero “marco, adorno, que poco significa”. He consignado ya por qué considero radicalmente errónea esta clase de opinión. No se trata de un mero “marco” y mucho menos de un “adorno”, sino de un horizonte. Borges quiere hacer ver qué clase de experiencias (y fracasos) llevan a Menard a proponerse su melancólico y humilde destino.

Borges mismo, uno de los primeros comentadores del catálogo que ofrece, lo explica así en el prólogo al libro que cobija el cuento (‘El jardín de senderos que se bifurcan’ / Ficciones): “En ‘Las ruinas circulares’ todo es irreal; en ‘Pierre Menard’, lo es el destino que su protagonista se impone. La nómina de escritos que le atribuyo no es demasiado divertida pero no es arbitraria; es un diagrama de su historia mental...” (OC 429).

Bioy Casares, por su parte, quien considera “Pierre Menard” como el cuento “más perfecto” del volumen, parafrasea y precisa en su reseña este dictamen, quizá con beneplácito de Borges: “El catálogo de las obras de Pierre Menard no es una enumeración caprichosa, o simplemente satírica; no es una broma con sentido para un grupo de literatos; es la historia de las preferencias de Menard; la biografía esencial del escritor, su retrato más económico y fiel.” (Bioy: Sur 92, junio de 1942, 63)

Si se toman en serio esas opiniones (las cuales, por supuesto, pueden ser taimados intentos de despistar a los exégetas, o de divertirse a costa de su sudor), no debe renunciarse a elucidar el sentido de cada ítem ni el de su conjunto, sino que debe intentarse comprobar si la coherencia postulada existe (es, en este caso particular, un modo de determinar en qué medida el autor cumple con su propósito, o de constatar si realiza el proyecto enunciado – u otro). Si se admite que un texto determinado tiene sentido, es una claudicación de la inteligencia renunciar a querer tornarlo manifiesto.

Hamburg, julio de 2020 / enero de 2021



Notas

1 “Religiosidad y conversión religiosa en Pierre Menard, autor del Quijote”, capítulo 21 de mi libro Borges, mal lector y otros textos (1996-2018). Córdoba, Alción editora, 2018.

2 A propósito de esta ciudad, la revista Nosotros (n° 189, febrero de 1925, 402) trae la siguiente nota: “Se anuncia que la Universidad de Pittsburgh piensa construir la Catedral de la Sabiduría. Su costo será de 10 millones de dólares; su altura, de 217 metros –el más alto rascacielos–; su capacidad, para 12.000 estudiantes. / Todo en grande, en los Estados Unidos.” La sorna del autor anónimo de la miscelánea de 1925 parece resonar en este párrafo de Borges.












Carlos García nació en Buenos Aires en 1953; 
se trasladó a España en marzo de 1977
Vive en Hamburg (Alemania) desde 1979 (Bio)
En FBDécadas 20-30
Blog personal Symptomas



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Simón, 2010/2020

28 de diciembre de 2020





Como si anudarse al rito despertara a los océanos.


Con el agua se fueron y con el estilete justo los roncos ayes.

La risa y el lloro pasarán con tu último sorbo.

Antes de la urna, un barítono final de ojos tan negros que inventé azules.

En los idus de diciembre ya no hubo barca o se llamaba eutanil.

Pensémoslo a través de la poesía que destruye construye, me dice
Hades me dice Eolo me dice Sísifo.

Y te abrazo hondo por todo lo que nos pertenece.

¿Buscamos un jazmín en la noche
monoaural, co-duelista, donde la línea se dispara
una poda
un roble
los huesitos?

‎... y si a la hora de la siesta el roble no te ha nombrado,
mía la flor de un día
y el tósigo.

No hubo inocencia el 28 de diciembre. No hubo mi inocencia, digo.

La noche se abre otra y otra su luz, y sin luz cierra.
Los planetas no giran, ombligo nuestro, urna.

Las urnas no se besan. Se oscurece la frente y un ojo
sangrará, después, en el Medioevo.

Simón buscó su lugar púdico bajo la luna.

Supimos que el lloro ahueca el universo
y sigue sucediendo.

Una manta roja fue la partida hacia las brasas.

Quiero que de mi ombligo parta otro, su sol rojo,
su doble estirpe, este barco pequeño,
la frente podrida que sin imperio
parte y es mía.

Pero de tu ombligo parten dos barcos pequeños, las deformidades.

Sí pidió un rayo entero para su manita oscura, de Siam.

El magma en los decires y en el acto
que lacera
primigenio.

Esperó a que caminara, en la luz del sillón umbrío.
Tres horas luego, su pupila negra y este mordisquito
que juega y sigue y sigue.

Las llamas devuelven a la criatura, en Burgess Shale, en esta biblioteca,
el breve aire.

Beso ese ronquidito para mí, antes de la aguja.

En verdad no es un beso, es eutanil y la mirada
negra que fue la turquesa mar.

Sí, una ola y una orilla y esta ceniza que me reconoce cuando el soplo.

No sé abreviar el rito, hacer pedruzco sus ayes
para que sean cuerpo
tibio
estrella verde.

Ya no importa si beso. Si pensamiento
y esta cauterización sobre la manta
roja antes del vacío
y del bosque.

No es expresionismo ésta, mi memoria de hoy, élagage.

Finalmente, solos con nuestras tripas.







Antes en Calamo currente (2014)
Foto: IG






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Paul Auster - Desapariciones (Cuatro poemas)

2 de diciembre de 2020




1.

A partir de la soledad, él empieza de nuevo

como si fuera la última vez
que respirase,

y por lo tanto es ahora

cuando respira por primera vez
más allá del control
de lo singular.

Él está vivo, y por lo tanto no es
sino no lo que se ahoga en el insondable hueco
de su ojo,

y lo que ve
es todo lo que él no es: una ciudad

de lo indescifrable,

y por lo tanto, un lenguaje de piedras,
pues sabe que en el total de la vida
una piedra
dará cabida a otra piedra

para hacer un muro

y que todas esas piedras
formarán la monstruosa suma

de pormenores.


2.

Es un muro. Y el muro es muerte.

Ilegible
garabato del descontento, en la imagen,

y en la imagen posterior, de la vida;

y los muchos están aquí
aunque nunca hayan nacido,
y también aquellos que hablarían

para darse a luz a sí mismos.

Él aprenderá el habla de este lugar.
Y aprenderá a morderse la lengua.

Pues ésta es su nostalgia: un hombre.


3.

Oír el silencio
que sigue a la palabra de uno mismo. Murmullo

de la mínima piedra

tallada a imagen
de la tierra, y que los que hablen
no sean

sino la voz que los habla
al aire.

Y él contará
de cada cosa que vea en este espacio,
y se lo contará al muro mismo
que crece ante él:

y para esto también habrá una voz,
aunque no será la suya.

A pesar de que él hable.

Y porque sea él el que hable.


4.

Están los muchos, y están aquí:

y por cada piedra que él cuenta entre ellos
se excluye a sí mismo,

como si también él empezara a respirar
por primera vez

en el espacio que lo separa
de sí mismo.

Pues el muro es una palabra. Y no hay palabra
que él no cuente
como una piedra en el muro.

Por lo tanto, él empieza de nuevo,
y a cada instante que empieza a respirar

siente que nunca hubo otro
tiempo, como si en el tiempo que ha vivido
se encontrara a sí mismo

en cada cosa que él no es.

Lo que respira, por lo tanto,
es tiempo, y él sabe ahora
que si vive

es sólo en lo que vive

y seguirá viviendo
sin él.




Paul Auster, Desapariciones
Traducción de Gabriel Pinciroli y Marisa Rivera
La Plata, Ediciones SIC, Argentina
Foto: Paul Auster © Francesco Acerbis / Corbis




                                     


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San Juan de la Cruz: Cantar del alma*

28 de noviembre de 2020




Que bien sé yo la fonte que mana y corre
aunque es de noche.

Aquella eterna fonte está ascondida,
que bien sé yo do tiene su manida,
aunque es de noche.

Su origen no lo sé, pues no le tiene,
mas sé que todo origen della viene,
aunque es de noche.

Sé que no puede ser cosa tan bella,
y que cielos y tierra beban della,
aunque es de noche.

Bien sé que suelo en ella no se halla,
y que ninguno puede vadealla,
aunque es de noche.

Su claridad nunca es escurecida,
y sé que toda luz della es venida,
aunque es de noche.

Sé ser tan caudalosas sus corrientes,
que infiernos, cielos riegan, y las gentes,
aunque es de noche.

El corriente que nace desta fuente
bien sé que es tan capaz y tan potente,
aunque es de noche.

El corriente que de estas dos procede
sé que ninguna de ellas le precede,
aunque es de noche.

Aquesta eterna fuente está escondida
en este vivo pan por darnos vida,
aunque es de noche.

Aquí se está llamando a las criaturas
porque desta agua se harten aunque a oscuras,
porque es de noche.

Aquesta viva fuente que deseo
en este pan de vida yo la veo,
aunque es de noche.


*También titulado «Cantar del alma que se huelga de conocer a Dios por fe»
Léase sobre el texto en Cervantes Virtual



Grabado: Matías de Arteaga, San Juan de la Cruz escritor 
en "Compendio de la vida del Beato Padre San Juan de la Cruz"
Sevilla, 1703, Biblioteca Curia Provincial PCD de Andalucía, Córdoba



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Silvina Ocampo: Anamnesis

15 de noviembre de 2020





Mi paciente tiene una idiosincrasia extravagante,
un organismo con memoria, una sensibilidad,
una presciencia infatigables.
Preparada desde la más tierna infancia para el contagio
absorbe gérmenes y contaminaciones
a velocidades incontrolables.
Mejor sería no hablarle de incestos.
Un rencor ancestral duerme, más bien, vela, en sus entrañas.
Séquitos de materias inalienables
cuyos orígenes oscuros se desconocen
hacen abortar sus mejores planes.
No puede abrir un cajón
para buscar un lápiz violeta.
¿Por qué violeta?
Dice que las palomas tienen algunas plumas de ese color sobre el pecho.
Si interrogo extrañado: —¿Violetas? —protesta.
—No. No son violetas.
Si insisto en preguntarle: —Entonces ¿por qué dice que son violetas?
Responde: —Son como si fueran violetas.
No puede tapar el pomo de la pasta de dientes,
ni recordar la fecha del cumpleaños
de una persona que ofende el olvido.
Cualquier pluma la mortifica severamente
salvo las del pavo real que colecciona
y guarda en una enorme caja de bombones.
El incumplimiento variado
de sucesivos suicidios
(saltos en el abismo, venenos, tajos en las venas, tiros en el abdomen)
modifican el esquema
interior de su esqueleto.
Quien no la oyó reír no conoce la emoción
de su fragilidad capilar.
Una aguja viajó por su cuerpo
durante muchas horas.
Antes de llegar al pecho se detuvo:
con un brillo helado
cambió de rumbo
y se clavó sobre la rosa artificial
que sostenía en ese momento
la mano delicada de mi paciente
creyendo que formaba parte de la mano.
Amó hasta el delirio una voz,
una mirada detrás de un vidrio, sin otros aditamentos,
una frase que una persona jamás llegó a decir
pero que tal vez habría pensado sin expresarla
con un leve suspiro pensando en otras cosas. 

Teme la giba de la ancianidad,
el insomnio de la hipertensión
en los espejos de tres cuerpos.
Presiente
la incongruencia de los espasmos abdominales
el servilismo del riñón flotante
en la epidermis
de una fotografía de pasaporte,
que no fue aceptada en el departamento central de policía.
El pelo sufre las más extremas transformaciones:
de noche sobre la almohada
suena como la cuerda de un arpa.
Pasa del rosa al verde asomado a la ventana
del día, eléctrico,
estremece a quien lo toca.
He oído decir a mi paciente
que adopta voz de nena y a veces hasta de laucha para narrar su sensibilidad.
—Mi pelo tiene orejitas
tiene también ojos
(como la cola del pavo real).
Teme ver a una persona
que desea ver con ansias 
en cambio se apresura a ver
a las que le son desagradables.
Como usted.
Un hombre que la mira mata a mi paciente.
Un perro que la sigue la esclaviza.
Un niño que la busca la obnubila.
Un durazno maduro la hipnotiza.
Una tumbergia en flor la vuelve loca.
Convendría no perturbarla.
Transcribo nuestro diálogo:
—Los médicos me nutren de enfermedades numerosas
para distraerme de las mías.
Los caramelos sirven para esos fines:
me convidan con microbios seleccionados
porque me creen golosa
y no quiero defraudarlos. Yo la interrumpo.
—¿Defraudar a quién?
¿A los caramelos o a los médicos?
A esta pregunta capciosa
invariablemente contesta:
—A los caramelos porque los médicos no existen.
Llego a una triste conclusión:
Mi paciente es mentirosa.
Mas ¿cómo desentrañar la verdad de la mentira?
Si existe una verdad.
Mejor sería no ofrecerle caramelos
sino comerlos en su presencia
para despertarle el apetito.
Mi paciente ama con el páncreas
con el plexo solar y con la médula.
Espera con la garganta y con las rodillas.
Teme con las recónditas venas.
Con el sexo promete
¿qué? nada que el sexo pueda dar.
Oye con los pies y las axilas
(aunque mienta diciendo que es con la boca).
Aborrece con las arterias y con el riñón derecho
(el izquierdo lo ha donado).
Arbitraria, muerde con los omóplatos,
operación difícil pero posible.
Ningún cromosoma es tan sutil,
ninguna fístula tan corrosiva,
ningún virus tan arcano
como su corazón,
único órgano perfectible del cuerpo.
Tuvo relaciones íntimas con tres estafilococos dorados
sobre almohadones de damasco amarillo.
De un examen de fondo de ojo
logré extraer sin modificaciones aparentes
el diminuto cairel de una araña
y un dije de plata minúsculo,
con una figura grabada que no descifro
ni pudo descifrar ninguno de mis colegas.
Irritadas amebas,
prestigiosos virus le anularon insustituibles años
que ningún médico por competente que sea le devolvió.
Los movimientos del colon
dibujaron graciosas figuras televisadas
en blanco y negro
parecidas al fondo del mar.
—En cada ser está el universo
—exclamó con indiferencia.
Sus excrementos olieron a jazmín
cosa que no es frecuente, aunque el jazmín
llegue a tener olor a excremento.
Masticó lentamente
en un cerebro ilusorio
los nombres propios que molestan la memoria
de cualquier ser humano
capaz de escribir una palabra
sobre un papel de seda.
Huyó del escorbuto y del carbunclo
con las alas que da el tiempo.
Huyó de la malaria
en sucesivas reencarnaciones
sin contar la viruela
la lepra y la fiebre amarilla
que buscó entre las rosas
de un jardín oriental
en las orillas crecientes
de la putrefacción.
Y todo eso para seguir viviendo,
muriendo, ignorando a veces
que la voluntad del alma es una sola.
Heredó la barriga de una ninfa de bronce
que sostenía una antorcha para iluminar el descanso antiguo de una escalera
los celos incontenibles de la cocinera
por toda voz telefónica
la aguda vista de la bordadora que hacía las veces de institutriz francesa
el remolino de la ceja derecha en un retrato del tatarabuelo
la afición por los caramelos ácidos del consabido portero
que le enseñó a jugar al truco a los cinco años
con naipes húmedos y bolitas de vidrio
la agilidad de la tía Clorinda que era capaz de treparse a una palmera para juntar huevos
de urraca o de paloma a la hora de la siesta.
Heredó y esto parece una utopía
el cutis de las magnolias
que en los floreros daban con su perfume
dolor de cabeza para el resto del día.
Heredó con toda reserva
el ímpetu avasallador de algunos
adornos encerrados en la vitrina de una sala:
un tigre de marfil rodeado por una serpiente
con flores perversas.
Heredó la belleza
¡quisiera saber de quién!
ella dice que la heredó de un plato sopero
donde en el fondo de la sopa de tapioca,
brillaba siempre Diana Cazadora.
De las consecutivas mañanas de primavera
la mentira.
De un gato la entrega aparente de sí misma
a cualquiera o a nadie.
De Narciso en un libro de mitología
amarse por sobre todas las cosas.
Heredó del lebrel
la elasticidad y la dulzura
el color de los dientes y de la lengua
y ese apetito incontenible
frente a cualquier plato de carne
condimentada.
Heredó el vaivén de la mecedora
y del columpio de la plaza
donde grabó en la madera del asiento sus iniciales.
De los sapos la voracidad sexual que dura tanto en apagarse
como las noches de Alcmena.
Aunque nunca trabajó en un circo de contorsionista
como era su vocación
sus articulaciones tan flojas
podían desmembrarse, lo he comprobado,
en pocos minutos,
sin instrumentos quirúrgicos
ni la habilidad técnica
que ya he olvidado
pero que inspiraba la admiración
de mis condiscípulos.



En Los días y las noches [1970]
Incluido en Cuentos completos, Vol. II
Silvina Ocampo, 1999




Foto: Sivina Ocampo por Danie Merle



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Patricia Damiano - El punto débil

25 de octubre de 2020



el corredor anuncia
lo que jamás ha de ser
a tierra en cielo, a voz en agua, lo que nunca
ha de fingir
exaltación de la vigilia

cruje ese libro extremo que la lluvia nos roba si hemos volteado
y la noche negra cabalga

y una forma que dijimos no importa
perturba
el pan

y la violencia que dijimos no importa
asciende
el hierro

y el cerro que dijimos no importa
es mujer periplo
cascada
o vos, hombre

y las sirenas ya gritan
y la cabeza tiniebla el interior del templo
y todo silbo vegetal insinúa
un después

y toda barca estalla diluvio
y dijimos no importa
toda
barca
nos lleva
adonde
no

no


En Playa Köchel (2007)




















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Louise Glück: Cuatro poemas (bilingüe)

20 de octubre de 2020




Santas

En nuestra familia hubo dos santas,
mi tía y mi abuela.
Aunque sus vidas fueron diferentes.

La vida de mi abuela fue tranquila, incluso en el final.
Como alguien que va sobre aguas calmas;
por alguna razón
el mar no podía lastimarla.
Cuando mi tía tomó ese mismo camino,
las olas rompieron sobre ella, la atacaron,
así es como el destino reacciona
ante una verdadera naturaleza espiritual.

Mi abuela era cautelosa, conservadora:
así escapaba del sufrimiento.
Mi tía no escapaba de nada;
cada vez que el mar se retira, se lleva a alguien amado.

Con todo, ella no sentirá
que el mar es maligno. Para ella, es lo que es:
donde toca la tierra, debe convertirse en violencia.



Saints

In our family, there were two saints,
my aunt and my grandmother.
But their lives were different.

My grandmother’s was tranquil, even at the end.
She was like a person walking in calm water;
for some reason
the sea couldn’t bring itself to hurt her.
When my aunt took the same path,
the waves broke over her, they attacked her,
which is how the Fates respond
to a true spiritual nature.

My grandmother was cautious, conservative:
that’s why she escaped suffering.
My aunt’s escaped nothing;
each time the sea retreats, someone she loves is taken away.

Still she won’t experience
the sea as evil. To her, it is what it is:
where it touches land, it must turn to violence.




Sirena

Me convertí en criminal cuando me enamoré.
Antes de eso era camarera.

No quería irme a Chicago con vos.
Quería casarme con vos, quería
que tu esposa sufriera.

Quería que su vida fuese una obra de teatro
hecha de partes tristes.

¿Puede una buena persona.
pensar de esta manera?

merezco el crédito de mi valentía-

Me senté en la oscuridad ante tu puerta.
Todo estaba claro para mí:
si tu esposa no te dejaba ir,
eso probaría que no te amaba.
Porque si te amaba,
¿cómo no iba a querer que fueses feliz?

Ahora creo que, con
menos sentimiento,
yo hubiera sido una mejor persona. Yo era
una camarera de las buenas,
podía llevar hasta ocho copas a la vez.

Solía contarte mis sueños.
Anoche soñé con una mujer sentada en un ómnibus oscuro-
Ella lloraba, el ómnibus
comenzó a alejarse. Ella saludaba con una mano.
Con la otra acariciaba
una caja de huevos llena de bebés.

El sueño no salva a la doncella.


Siren

I became a criminal when I fell in love.
Before that I was a waitress.

I didn’t want to go to Chicago with you.
I wanted to marry you, I wanted
Your wife to suffer.

I wanted her life to be like a play
In which all the parts are sad parts.

Does a good person
Think this way? I deserve

Credit for my courage–

I sat in the dark on your front porch.
Everything was clear to me:
If your wife wouldn’t let you go
That proved she didn’t love you.
If she loved you
Wouldn’t she want you to be happy?

I think now
If I felt less I would be
A better person. I was
A good waitress.
I could carry eight drinks.

I used to tell you my dreams.
Last night I saw a woman sitting in a dark bus–
In the dream, she’s weeping, the bus she’s on
Is moving away. With one hand
She’s waving; the other strokes
An egg carton full of babies.

The dream doesn’t rescue the maiden.




Las migraciones nocturnas

Este es el momento en que vuelves a ver
las bayas rojas del fresno de la montaña
y en el cielo sombrío
las migraciones nocturnas de los pájaros.
Me entristece pensar
que los muertos no las verán-
esas cosas de las que dependemos
desaparecen.
¿Qué hará entonces el alma para confortarse?
Me digo a mi misma que tal vez nunca más
necesite esas delicias;
que tal vez el simple no ser, aunque difícil de imaginar,
es suficiente


The Night Migrations

This is the moment when you see again
the red berries of the mountain ash
and in the dark sky
the birds’ night migrations.
It grieves me to think
the dead won’t see them—
these things we depend on,
they disappear.
What will the soul do for solace then?
I tell myself maybe it won’t need
these pleasures anymore;
maybe just not being is simply enough,
hard as that is to imagine.



El triunfo de Aquiles

En la historia de Patroclo
no hay sobrevivientes, ni siquiera Aquiles,
que era casi un dios.
Patroclo se le parecía: vistieron
la misma armadura.

En esas amistades
Siempre hay uno que sirve al otro, siempre uno es menos que el otro:
la jerarquía
siempre es evidente, aunque no se pueda
confiar en las leyendas-
su fuente es el que sobrevive,
aquel que ha sido abandonado.

¿Qué fueron los navíos griegos en llamas
comparados con esta pérdida?

Aquiles en su tienda,
se lamentaba con todo su ser;
los dioses vieron
que era un hombre casi muerto, una víctima
de su parte que amaba,
de su parte mortal.


The Triumph Of Achilles

In the story of Patroclus
no one survives, not even Achilles
who was nearly a god.
Patroclus resembled him; they wore
the same armor.

Always in these friendships
one serves the other, one is less than the other:
the hierarchy
is always apparant, though the legends
cannot be trusted–
their source is the survivor,
the one who has been abandoned.

What were the Greek ships on fire
compared to this loss?

In his tent, Achilles
grieved with his whole being
and the gods saw
he was a man already dead, a victim
of the part that loved,
the part that was mortal.





Louise Elisabeth Glück (Nueva York, 1943)
Premio Nobel de Literatura, 2020
Versiones: Isaías Garde


Foto (hasta el momento) sin créditos


Foto: hasta el momento sin créditos Vía

Más textos de L. G. en Zoon Phonanta

Traducciones de poetas de lengua inglesa 



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Luciano de Samosata: Diálogo de Caronte, Hermes y varios muertos





Caronte.- Mirad cuál es nuestra situación. Como podéis observar, nuestra barquichuela es muy pequeña, carcomida y llena de agujeros, y, sólo que se incline un poco más, volcaremos; y vosotros, habéis llegado todos a la vez, y además con mucho equipaje. Así que si embarcáis con todo, luego os podéis arrepentir, especialmente los que no saben nadar. 

Hermes.- ¿Y qué podemos hacer para llegar a buen puerto? 

Caronte.- Yo os aconsejo que dejéis en la orilla toda esa carga inútil y subáis sin nada, y aún así no será fácil que la embarcación aguante. A ti, Hermes, te ordeno que no permitas la entrada a aquellos que antes no hayan dejado su equipaje en tierra. De pie junto a la escalera, pásales revista y no los aceptes si antes no se han despojado de todo el equipaje. 

Hermes.- Tienes mucha razón, así que acataré tus órdenes. Vamos a ver, ¿quién es el primero?

Menipo.- Soy Menipo. Mira, Hermes ha lanzado al agua mi alforja y mi bastón. Menos mal que el manto lo dejé, y bien que hice. 

Hermes.- Entra, Menipo, gran hombre. Puedes escoger tu asiento, junto al piloto, y en la parte más alta, para que puedas ver a todos. Y aquel joven tan hermoso de allí, ¿quién es? 

Carmóleo.- Ese es Carmoleo de Mégara, el irresistible, cada uno de sus besos valía dos talentos.

Hermes.- Ya puedes ir deshaciéndote de tu belleza, de tus labios besucones, y de tu larga cabellera, también de tus mejillas sonrojadas y del resto de la piel. Está bien así; ya puedes entrar, ahora pesas mucho menos. ¡Tú, el del manto púrpura, la diadema, y el rostro terrible! ¿Quién eres? Lampico.- Me llamo Lampico, y soy tirano de Gela. 

Hermes.- ¿Y te presentas aquí con toda esta pompa, Lampico? 

Lampico.- No sé por qué razón te extraña tanto, ¿es que un tirano tiene la obligación de llegar desnudo, Hermes? 

Hermes.- Un tirano, claro que no, pero tú ahora eres un muerto, y éstos sí la tienen. Venga, desnúdate.

Lampico.- Mírame, ya no me queda nada. 

Hermes.- Ahora debes abandonar también la soberbia y el orgullo, Lampico. Pesan demasiado para entrar contigo en la barca. 

Lampico.- ¿No podría al menos conservar la diadema y el manto? 

Hermes.- De ninguna manera. Debes dejarlo todo. 

Lampico.- Haré lo que me dices. ¿Qué más? Porque todo lo he soltado ya, como puedes comprobar.

Hermes.- Despójate también de la crueldad, la locura, la insolencia y la cólera. 

Lampico.- Al fin, desnudo estoy. 

Hermes.- Está bien, sube ya. Y tú, grueso y musculoso, ¿cuál es tu nombre? 

Damasias.- Damasias, el atleta. 

Hermes.- Sí, ya me lo parecía. Te reconozco, pues te veía a menudo en las palestras. 

Damasias.- Así es, Hermes. Puedes dejarme entrar ya, pues estoy totalmente desnudo. 

Hermes.- A mí no me lo parece, amigo mío, pues son muchas las carnes que te rodean. Así que, deshazte de ellas, o de lo contrario la barca se hundirá al poner en ella un solo pie. Y también tira las coronas y trofeos que vas luciendo. 

Damasias.- Heme totalmente desnudo, como puedes ver peso lo mismo que cualquier muerto.

Hermes.- Ahora ya está mejor. Puedes subir. Y tú, Cratón, abandona tus riquezas, placeres y esa buena vida que llevas. No puedes subir tampoco con las pompas fúnebres ni los títulos de tus antepasados. Olvídate del linaje y la gloria, y arroja todos aquellos elogios que recibiste de algunas ciudades, y también esas inscripciones de las estatuas a ti dedicadas. No debes mencionar el gran sepulcro erigido en tu nombre, pues ya sólo el recuerdo de todo ello, pesa mucho. 

Craton.- Aunque me cueste, lo haré. Pues, ¿qué otra cosa puedo hacer si no? 

Hermes.- ¡Oye, tú! ¿A dónde vas tan armado? ¿Por qué llevas ese trofeo? 

Un General.- Lo traigo porque vencí, Hermes, y la ciudad me colmó de honores por mi sobresaliente valentía en la guerra. 

Hermes.- Suelta ese trofeo. En el Hades no te hará ninguna falta, pues allí reina la paz. Y ese de grave expresión, altivo gesto, de arqueadas cejas y abundante barba, que va totalmente sumido en sus meditaciones, ¿cuál es su nombre? 

Menipo.- Un filósofo, aunque de hecho, puedes llamarlo impostor o charlatán. Cuando le desnudes, descubrirás bajo su capa muchos objetos ocultos, dignos de risa. 

Hermes.- Primero, quítate el vestido, y después todo lo demás. ¡Oh Zeus! ¡Cuánta vanidad traes!, ¡cuánta ignorancia, vanagloria, espíritu de contradicción y problemas inextricables, espinosos discursos y liosos pensamientos! Y, por si no bastara, muchísimo trabajo inútil, y excesiva charlatanería, frivolidad y gran cantidad de palabras sin sustancia y, ¡por Zeus! También traes montones de oro, sensualidad, desvergüenza, ira, y voluptuosidad. Aquí nada pasa inadvertido, por mucho que quieras ocultarlo. Deja también tu falsedad, después tu presunción y superioridad. Con toda esa carga, ni una nave de cincuenta remos soportaría tu peso. 

Filósofo.- Me desharé de todo ello, si tú me lo pides. 

Menipo.- También debería afeitarse esa barba tan pesada y espesa, Hermes, por lo menos hay cinco minas de pelos. 

Hermes.- Tienes razón: ¡Quítatela también! 

Filósofo.- ¿Y quién me afeitará? 

Hermes.- Menipo lo hará con el hacha que usan los constructores de naves. Y utilizará la pasarela como tajo. 

Menipo.- No, Hermes. Será más divertido con una sierra. 

Hermes.- Con el hacha será suficiente ... ¡Bien! Ahora, sin esa peste a animal, pareces más humano.

Menipo.- ¿Te parece si le retoco también las cejas? 

Hermes.- Es una buena idea, pues las tiene arqueadas en lo alto de la frente, dándole un aspecto soberbio, no sé por qué. ¿Qué es eso? ¿Ahora lloras, canalla?, ¿es que te asusta la muerte? Embarca ya de una vez. 

Menipo.- Sin embargo, aún guarda lo peor debajo del brazo. 

Hermes.- ¿A qué te refieres, Menipo? 

Menipo.- A la adulación, Hermes, con la que ganó todo lo que tiene. 

Filósofo.- Entonces tú, Menipo, debes dejar tu libertad, sinceridad y despreocupación, también tu alma noble y tu risa: pues eres el único que no para de reírse. 

Hermes.- Ni hablar. Consérvalas. Pues todas ellas son ligeras, fácilmente transportables y muy útiles para el viaje. En cuanto a ti, orador, ya puedes ir descargando toda esa engañosa verborrea, repleta de contradicciones, comparaciones, barbarismos, además de otras muchas pesadas cargas del lenguaje.

Orador.- Está bien, lo dejo todo. 

Hermes.- Pues ahora, barquero, ya puedes quitar las amarras, recoger la pasarela y levar el ancla; después, despliega la vela y hazte cargo del timón. Espero que tengamos un buen viaje. ¿Por qué os lamentáis ahora, imbéciles, en especial tú, filósofo, a quien acabamos de afeitar la barba? 

Filósofo.- Lloro, Hermes, pues creía que el alma era inmortal. 

Menipo.- Te engaña; son otros motivos los que le afligen. 

Hermes.- ¿Cuáles son? 

Menipo.- Que ya no podrá nunca más disfrutar de magníficos banquetes, ni tampoco podrá escapar por la noche a escondidas de la gente, tapándose la cara con la capa, y así poder ir de burdel en burdel hasta el día siguiente, ni los jóvenes serán engañados y ni le ofrecerán ya más dinero a cambio de su charlatanería disfrazada de falsa sabiduría. Eso es lo que más le duele. 

Hermes.- ¿Y a ti, Menipo, no te apena estar muerto? 

Menipo.- No tengo ninguna razón para estar afligido, pues, como bien sabes me adelanté a la muerte, sin que nadie viniese a buscarme (1). Oye, perdona, ¿no oyes un clamor, como gritos que provienen de la tierra? 

Hermes.- Tienes razón, Menipo, y no vienen de un solo lugar. Los de Gela se han reunido en la asamblea y celebran gozosos la muerte de Lampico, mientras las mujeres sujetan a su esposa, y sus hijos, muy jóvenes aún, pasan por lo mismo, como presa de otros niños, son apedreados continuamente. En Sición aplauden al orador Diofanto, pues pronunció un discurso fúnebre en honor a Cratón. Y, ¡por Zeus!, también está presente la madre de Damasias que inicia, gimiendo, las lamentaciones de un grupo de mujeres por la muerte de su hijo. En cambio, a ti Menipo, nadie te llora; así tus restos pueden descansar en una paz absoluta. 

Menipo.- No lo creas. Si escuchas con atención, oirás a los perros aullar lastimosamente y también el batir de alas de los cuervos, cuando estén reunidos en mi entierro. 

Hermes.- Eres único, Menipo. Al fin hemos llegado a la otra orilla: presentaos vosotros ante el tribunal, seguid recto ese camino; el barquero y yo debemos ir a buscar otros muertos. 

Menipo.- Buen viaje, Hermes. Sigamos adelante. ¿A qué estáis esperando? Seremos juzgados de todas formas. Se dice que los castigos impuestos son verdaderamente crueles: ruedas, piedras, aves carroñeras (2). Y la vida que habéis llevado quedará evidenciada en cada uno de vosotros.



(1) Hace referencia al suicidio de este personaje.
(2) El autor hace referencia a castigos impuestos a diferentes personajes mitológicos como el de la roca y el buitre, sufrido por Prometeo, Sísifo, o Ticio. 













Luciano de Samosata (Siria, 125-181)
Diálogo de los muertos, X 
Trad. Juan Zaragoza Botella

Imagen: Lucianus (fictional portrait). Engraving of the English painter William Faithorne


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Juan Manuel Inchauspe: «Los tuyos»

2 de octubre de 2020




Has llorado, en secreto, a los tuyos.
Lenta, inexorablemente, los has visto partir
alejarse para siempre.
Has sentido, en tu corazón
el desprendimiento de una rama que cae.
Y luego has borrado
las huellas de esas lágrimas,
has contenido en el límite infranqueable
los bordes de tu propio dolor
y lo has devuelto a tu pobre vida,
a los días siguientes, a las horas
para que permanezca allí.
Oculto
como una invisible y constante
cicatriz.

*

He tratado de reunir pacientemente
algunas palabras. De abrazar en el aire
aquello que escapa de mí
a morir entre los dientes del caos.
Por eso no pidan palabras seguras
no pidan tibias y envolventes vainas llevando
en la noche la promesa de una tierra sin páramos.
Hemos vivido entre las cosas que el frío enmudece.
Conocemos esa mudez. Y para quien
se acerque a estos lugares hay un chasquido
de látigo en la noche
y un lomo de caballo que resiste.




Juan Manuel Inchauspe (Santa Fe, Argentina, 1940-1991)
Siempre residió en Santa Fe, con excepción de unos años pasados en Rosario. En esta ciudad formó parte de la redacción de la revista Alto aire, donde aparecieron, en 1965, sus primeros poemas. Su breve obra poética comprende los libros Poemas 1964-1975 (1977) y Trabajo nocturno (1985). Además estudió y enseñó literatura y tradujo a los poetas brasileños Manuel Bandeira y Carlos Drummond de Andrade.

Foto: JMI sin data


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