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Horacio - Carminum I, 3 (El viaje de Virgilio)

23 de mayo de 2021

 




Que la poderosa diosa de Chipre
y los hermanos de Helena, lucientes astros,
y el padre de los vientos te guíen,
y sople el Yápige favorable,
oh nave que me debes a Virgilio, a ti confiado.
Te ruego que lo restituyas incólume
a las regiones Áticas
y conserves así la mitad de mi alma.
De roble y triple acero
estaba rodeado el pecho
de quien atravesó por vez primera
el piélago cruel en frágil balsa,
y no temió los ímpetus del Ábrego
en lucha con los Aquilones,
ni a las Híades tristes,
ni la rabia del Noto,
dueño absoluto del Adriático
que a su gusto levanta o apacigua las olas.
¿Qué cercanía de la muerte infundió miedo
a aquel que con los ojos secos
vio los monstruos nadando,
el mar airado y los infames
arrecifes de Acroceraunia?
En vano un dios prudente
separó la tierra del insociable Océano,
si es que naves impías
surcan prohibidas aguas.
Audaz en perpetrarlo todo,
la raza humana se precipita
por el abismo de lo sacrílego;
audaz, el linaje de Jápeto
trajo el fuego a los hombres,
valiéndose de engaños;
y, tras el fuego, arrebatado
de la mansión celeste,
la palidez y una cohorte nueva
de fiebres invadieron la tierra,
y la necesidad de morir,
tardía en otras épocas,
adelantó su paso y su llegada;
Dédalo atravesó el éter vacío
con alas no otorgadas al hombre;
un trabajo de Hércules
traspasó el Aqueronte:
nada imposible hay para los mortales.
En nuestra estupidez,
ambicionamos el propio cielo,
y, por culpa de nuestros crímenes,
no dejamos que Júpiter deponga
sus rayos iracundos.







Trad. Bonifacio Chamorro
En Carmini
Imagen: Crédito University of California



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Enrique Lihn: «Athinulis»

21 de mayo de 2021




Para Rigas Kappatos,
in memoriam de su gato,
este poema escrito
en vida del animalito.

El amigo Athinulis anciano de doce años
vive nerviosa, parsimoniosamente no en una calle del East Village
porque sus ojos fluorescentes no han visto nunca 10 E. 15 Street
ni en una casa que forma parte de su ignorancia
tan esmerada como una educación
Su movilidad y su conciencia abarcan exactamente
como si él fuera el cuerpo y el espacio sus vísceras
el apartamento 20 D y los movimientos de su dueño nuestro
amigo Rigas Kappatos
quien para no intranquilizar a su viejo room-mate
conserva la calma aprendida a modo de exorcismo
contra las veleidades del mar, en sus largas travesías entre el Pireo y el mundo
—marino y poeta—
un hombre que habría cultivado esa difícil adquisición: la tranquilidad
como aprendiz en la Torre de Babel
Pero Athinulis, que en otra ciudad menos celosa de sus animales
domésticos habría podido ser verdaderamente un gato
necesita como un adicto de su droga más que un mar en calma
un mar de calma
Padece —lo dijo Valéry de Rilke— de una familiaridad excesiva con el silencio
y, por su parte, con la inmovilidad
de la que gustan, en general, los gatos, pero para saltar de ella a la lucha y al coito, al vagabundeo, a la caza
esas acciones disparatadas —reflexiona Athinulis—.
Él es más bien una rareza ontológica
Indefinida criatura que como un Hamlet con cola y orejas
puntiagudas

pero sin garras en sus patas delanteras, ha incorporado —dice
Rigas— demasiados elementos humanos a su papel de gato
pues no ha conocido en su vida de anacoreta a ningún otro
hermano de leche, como no sea a ese gato ausente que le devuelve el espejo
que se le acerca y se le aleja mutuamente 

Sólo una imago
—el no gato fantasma—
Y de todas las personas que ha conocido ninguna ha dejado
de cometer el error de tratarlo sin el respeto que exige su indecisión en el ser
la hiperestesia nerviosa de una especie de sabio
que al revés de Sócrates responde al imperativo categórico:
Ignórate a ti mismo.

El anciano y desgatizado Athinulis no se reconoce en los hombres que lo tratan como a un gato
Orienta su identidad por la de Rigas Kappatos el antiguo navegante
de gestos y palabras pausados, convertido en el faro que evita
el naufragio del gato en el no ser
Rigas mima al animal y, hasta cierto punto, lo mima
en el sentido griego de la palabra: imitación
Momentos hay en que parecen convergentes y el poeta se recluye
como en un barco en su casa
para cuidar de las palabras tal Athinulis de su pelaje y sus bigotes
Ninguno de los dos se distrae entonces de la tarea de esa pulcritud silenciosa
El mundo se retira de su alrededor y hombre y gato se lo incorporan con la lengua y el lenguaje
ofrecen de él una definición negativa:
palabras el uno, lengüeteo el otro:
la presencia de un interlocutor invisible en el desdoblado cuerpo del poema
y desdoblamiento de Athinulis que encuentra en sí mismo, bajo la lengua, a un gato
otro pero moldeado en su carne y en sus huesos
vaciado, sobre todo, en su piel.

El resto para el gato que envejece a la vez en el reposo y en la ansiedad
es la práctica de unos signos que recuerdan a Rigas
los deberes y derechos del capitán
Le reprochan sus prolongadas estadías en el ignoto puerto de Nueva York, la nada para Athinulis
la misma que juega con él en las horas vacías
cuando la nada es el gato y el gato, el ratón
El solipsismo absoluto del anciano lo lleva a confundir sin duda a Manhattan
con una inaccesible gatunidad, rival de la suya:
un gato macroscópico esperaría a Rigas en la puerta de calle si las últimas tres palabras tuvieran algún sentido
pero sólo lo tienen los trabajos y los días de Kappatos, que, por estos plazos, hace un esfuerzo supremo
por instalar El Festín de Esopo, su segundo restaurant, cerca de Columbia University
anonadado por los burócratas
Ninguna relación puede hacer Athinulis entre ese Festín y el que, a pesar de tales ausencias
se le ofrece con regularidad bajo la especie de alimento para gatos
Su apetito —si lo tiene— se eclipsa a la vista de la conocida mano
bajo la cual arquea el lomo
y, en reciprocidad, él pone su pata sobre el pecho del hombre sentado
en un cierto sentido, su propiedad.




En Mester de juglaría, 1987
No publicado anteriormente en libro, en castellano
Edición en formato digital: abril de 2018
© 2018, Herederos de Enrique Lihn
© 2018, © 2018, Penguin Random House Grupo Editorial, S.A.
Merced 280, piso 6, Santiago de Chile



En Álbum de toda especie de poemas. Antología personal
Lumen





















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Jorge Luis Borges: «Elogio de la sombra» Prólogo

15 de mayo de 2021





Sin proponérmelo al principio, he consagrado mi ya larga vida a las letras, a la cátedra, al ocio, a las tranquilas aventuras del diálogo, a la filología, que ignoro, al misterioso hábito de Buenos Aires y a los perplejidades que no sin alguna soberbia se llaman metafísica. Tampoco le ha faltado a mi vida la amistad de unos pocos, que es lo que importa. Creo no tener un solo enemigo o, si los hubo, nunca me lo hicieron saber. La verdad es que nadie puede herirnos salvo la gente que queremos. Ahora, a los setenta años de mi edad (la frase es de Whitman), doy a la prensa este quinto libro de versos.

Carlos Frías me ha sugerido que aproveche su prólogo para una declaración de mi estética. Mi pobreza, mi voluntad, se oponen a ese consejo. No soy poseedor de una estética. El tiempo me ha enseñado algunas astucias: eludir los sinónimos, que tienen la desventaja de sugerir diferencias imaginarias; eludir hispanismos, argentinismos, arcaísmos y neologismos; preferir las palabras habituales a las palabras asombrosas; intercalar en un relato rasgos circunstanciales, exigidos ahora por el lector; simular pequeñas incertidumbres, ya que si la realidad es precisa la memoria no lo es; narrar los hechos (esto lo aprendí en Kipling y en las sagas de Islandia) como si no los entendiera del todo; recordar que las normas anteriores no son obligaciones y que el tiempo se encargará de abolirlas. Tales astucias o hábitos no configuran ciertamente una estética. Por lo demás, descreo de las estéticas. En general no pasan de ser abstracciones inútiles; varían para cada escritor y aun para cada texto y no pueden ser otra cosa que estímulos o instrumentos ocasionales.

Éste, escribí, es mi quinto libro de versos. Es razonable presumir que no será mejor o peor que los otros. A los espejos, laberintos y espadas que ya prevé mi resignado lector se han agregado dos temas nuevos: la vejez y la ética. Ésta, según se sabe, nunca dejó de preocupar a cierto amigo muy querido que la literatura me ha dado, a Robert Louis Stevenson. Una de las virtudes por las cuales prefiero las naciones protestantes a las de tradición católica es su cuidado de la ética. Milton quería educar a los niños de su academia en el conocimiento de la física, de las matemáticas, de la astronomía y de las ciencias naturales; el doctor Johnson observaría al promediar el siglo XVIII: "La prudencia y la justicia son preeminencias y virtudes que corresponden a todas las épocas y a todos los lugares; somos perpetuamente moralistas y sólo a veces geómetras."

En estas páginas conviven, creo que sin discordia, las formas de la prosa y del verso. Podría invocar antecedentes ilustres —el De Consolatione de Boecio, los cuentos de Chaucer, el Libro de las Mil y Una Noches—; prefiero declarar que esas divergencias me parecen accidentales y que desearía que este libro fuera leído como un libro de versos. Un volumen, en sí, no es un hecho estético, es un objeto físico entre otros; el hecho estético sólo puede ocurrir cuando lo escriben o lo leen. Es común afirmar que el verso libre no es otra cosa que un simulacro tipográfico; pienso que en esa afirmación acecha un error. Más allá de su ritmo, la forma tipográfica del versículo sirve para anunciar al lector que la emoción poética, no la información o el razonamiento, es lo que está esperándolo. Yo anhelé alguna vez la vasta respiración de los psalmos* o de Walt Whitman; al cabo de los años compruebo, no sin melancolía, que me he limitado a alternar algunos metros clásicos: el alejandrino, el endecasílabo, el heptasílabo.

En alguna milonga he intentado imitar, respetuosamente, el florido coraje de Ascasubi y de las coplas de los barrios.

La poesía no es menos misteriosa que los otros elementos del orbe. Tal o cual verso afortunado no puede envanecernos, porque es don del Azar o del Espíritu; sólo los errores son nuestros. Espero que el lector descubra en mis páginas algo que pueda merecer su memoria; en este mundo la belleza es común.

J. L. B.

Buenos Aires, 24 de junio de 1969



* Deliberadamente escribo psalmos. Los individuos de la Real Academia Española quieren imponer a este continente sus incapacidades fonéticas; nos aconsejan el empleo de formas rústicas: neuma, sicología, síquico. Últimamente se les ha ocurrido escribir vikingo por viking. Sospecho que muy pronto oiremos hablar de la obra de Kiplingo.





Foto: Borges en México 1973 © Rogelio Cuéllar




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Agota Kristof: «El buzón»

13 de abril de 2021




Voy dos veces por día a revisar el buzón. A las once de la mañana y a las cinco de la tarde. El cartero suele pasar más temprano, por la mañana entre las nueve y las once, es muy irregular, y por la tarde hacia las cuatro.

Voy a revisarlo lo más tarde posible para asegurarme de que ya ha pasado porque de lo contrario el buzón vacío me daría falsas esperanzas, pensaría: «Tal vez no ha pasado todavía», y tendría que bajar otra vez más tarde.

¿Han abierto ustedes un buzón vacío? Seguramente. A todo el mundo le pasa. Pero a ustedes les importa un bledo, les da lo mismo que esté lleno o que contenga algo, una carta de la suegra, una invitación a una inauguración, una carta de unos amigos que están de vacaciones.

Yo no tengo suegra, no puedo tenerla porque no tengo mujer.

Tampoco tengo padres, hermanos ni hermanas.

De todos modos no tengo forma de saberlo.

Nací en un orfanato. No nací allí, está claro, pero allí fue donde tomé conciencia de estar en el mundo.

Al principio me parecía normal, creía que la vida era eso, un montón de niños más o menos grandes, más o menos perversos, y unos pocos adultos que estaban allí para defendernos de los más mayores. No sabía que había niños en otros lugares con parientes, con un padre, una madre, hermanas, hermanos, una familia como se le suele llamar.

Más tarde conocí a esos niños de otro mundo que tenían padres, hermanos y hermanas.

Entonces empecé a imaginar a mis padres, porque sin duda los había tenido —los niños no nacen entre coles— y también a mis hermanos y hermanas o, con un poco más de modestia, mi hermano o mi hermana.

Situé mis esperanzas en el buzón.

Esperaba un milagro, una carta del tipo:

«Jacques, por fin te encuentro. Soy tu hermano, François».

Aunque evidentemente hubiera preferido:

«Jacques, por fin te encuentro. Soy tu hermana, Anne Marie».

Pero François y Anne Marie no me encontraban.

Y yo tampoco los encontraba a ellos.

También me conformaría con una carta de mi madre o mi padre. Los imagino con vida aún, soy bastante joven. Uno u otro podrían escribirme, por ejemplo, algo como:

De mi madre:

«Querido Jacques, me he enterado de que tienes buena posición. Te felicito por haber llegado donde estás. Yo sigo en la miseria y la pobreza, igual que cuando naciste. Pero me alegra saber que por fin vives cómodamente. No pude quedarme contigo y educarte como hubiera querido por culpa de tu padre, que me abandonó cuando estaba embarazada de ti a pesar del enorme deseo que tenía de estrecharte contra mi pecho para siempre.

»Ahora soy vieja, a lo mejor podrías mandarme un poco de dinero, puesto que soy tu madre y estoy en la pura miseria por culpa de mi edad y de que nadie quiere contratarme para trabajar. Tu madre que te quiere y piensa mucho en ti».

De mi padre:

«Querido hijo. Siempre he querido tener un hijo y estoy orgulloso de ti porque tu situación es buena. No sé cómo habrás llegado a tan buena posición, yo no he logrado nada y, sin embargo, he trabajado toda la vida como un condenado.

»Cuando tu madre me dijo que te llevaba dentro me fui en un barco, viví en los puertos y los bares, era infeliz porque pensaba que tenía una mujer y un hijo en alguna parte, pero no podía estar con vosotros porque ganaba muy poco dinero y me lo gastaba en beber para ahogar el dolor que llevaba dentro al pensar en vosotros. Ahora estoy debilitado por el alcohol y las desgracias y nadie quiere contratarme en los barcos. Hago lo que puedo en los puertos pero no es gran cosa, soy viejo. Así que si puedes, dada mi situación, mandarme un poco de dinero, será bienvenido. Tu cariñoso padre para toda la vida».

Ése es el tipo de carta que esperaba y con cuánta alegría habría acudido en su ayuda, qué felicidad me hubiera supuesto contestarles.

Pero no había nada, nada parecido en el buzón, nada hasta esta mañana.

Esta mañana he recibido una carta. Provenía de uno de los mayores empresarios de la ciudad. Un nombre muy conocido. He pensado que se trataba de una carta oficial, de una oferta de trabajo. Soy decorador. Pero la carta empezaba así:

«Hijo mío:

»Sólo fuiste un error de juventud en mi vida. Pero he asumido mis responsabilidades. A tu madre le di una buena posición social, podría haberte educado sin trabajar, pero lo único que hizo fue aprovecharse de mi dinero y te metió en un orfanato para poder seguir llevando una vida desordenada. (Me enteré de que murió hace unos diez años).

»Como estaba en el punto de mira, no pude ocuparme de ti en persona porque ya tenía una familia legítima.

»De todos modos me gustaría que supieras que nunca te he olvidado y que siempre me he hecho cargo de ti por vías indirectas. (Yo me encargué de los gastos de tus estudios y de la beca para bellas artes).

»Tengo que reconocer que tú por tu parte te has apañado bien y te felicito por ello. Seguro que lo heredaste de mí porque yo también empecé de cero.

»Por desgracia no he tenido más hijos, sólo hijas y mis yernos son unos inútiles.

»Ahora estoy en el ocaso de mi vida y ya no me importan las formalidades. He decidido dejarte la dirección de mis negocios porque estoy agotado y me gustaría descansar.

»Así que te pido que vengas a verme a mi despacho, a la dirección del membrete, el próximo 2 de mayo a las tres de la tarde.

»Tu padre».

A continuación aparece su firma.

Ésa es la carta que he recibido de mi padre después de treinta años de espera.

Y está seguro de que iré a su despacho el próximo 2 de mayo a las tres de la tarde lleno de alegría.

El 2 de mayo es dentro de diez días.

Esta noche estoy sentado en un aeropuerto y espero un avión para Asia.

¿Por qué Asia?

Podría ser a cualquier sitio con tal de que mi «padre» no pueda encontrarme.

















En Agota Kristof: No importa
Título original: C’est égal
Agota Kristof, 2005
Trad.: Julieta Carmona Lombardo

Foto: © Jean-Pierre Baillod
La fotografía data de la década de 1970,
tomada en el viaje de regreso de Agota Kristof de Hungría a Suiza, 
luego de su primera estadía en su país natal después del exilio


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Carlos García: La obra visible de Pierre Menard

5 de febrero de 2021




La forme moderne du fantastique, c'est l'érudition.
Gérard Genette



Los relatos de la mejor época de Borges (El Aleph, Ficciones) son precisos artefactos de compleja ingeniería: inteligencia y belleza aparejadas. Nada en ellos parece estar librado al azar, ocurrir por inercia del lenguaje, carecer de premeditación.

Esos textos operan simultáneamente en varios niveles. A veces se tiene la impresión de que una mera lectura lineal no alcanzará para tornar visibles todos los recursos que se han invertido en ellos. Una lectura idónea debería poder ser a la vez de corrido, simultánea y multidimensional, como si leyéramos el texto al mismo tiempo en varias capas de hojas transparentes, con diferentes tamaños de letras y de colores. Veríamos así, en un primer plano, una especie de resumen del relato, quizás algo banal o engañoso; en segundo plano, algunas frases que parecen casuales (algunas lo son, otras no); en tercero, algunos términos aislados, que recién al unirse más o menos subliminalmente entre sí o con algunos de los otros dos planos, establecen nuevas conexiones, inauguran terrenos de comprensión. Desde luego, las distintas capas están a diferente distancia unas de otras, porque en ese complejo entramado todo puede tener significación y valor: el tamaño, el color, el espacio intermedio: todo conjugado para conformar algo orgánico. En esas capas se narran a veces historias diferentes, o en una de ellas se advierte que lo que se dice o insinúa en la otra no es cierto...

En otro de los muchos planos se conectan algunas palabras con las mismas en el resto de la obra de Borges, y aun en otro, la conexión tiene lugar con la obra de sus autores preferidos o con su biografía.

Todo ello aunado obliga al perplejo asentimiento, a reconocer que se está ante una obra de arte, que logra, siquiera por momentos, lo que Coleridge llamó “suspension of disbelief”, pero sin hacer la mínima concesión a la dejadez, a la pereza intelectual, a la prisa.

Soy consciente de que esta manera de intentar visualizar la intrincada estructura de los relatos es risible, más aún que traducir la música de Bach a fórmulas matemáticas o a tablas cromáticas (lo que no ha impedido que fuese hecho).

Pero esas imágenes me vienen a la mente cuando leo “Pierre Menard, autor del Quijote”, un texto de apariencia sencilla, pero pleno de ostensibles y secretas virtudes.

El texto ofrece numerosos aspectos para el análisis. No creo posible desentrañar el sentido del relato de una sola vez; no lo es, en todo caso, para mí. Quizá fuese posible lograrlo en oleadas de intentos, que fueran ciñendo de a poco algunos aspectos. En otro trabajo me ocupé de la religión y la conversión religiosa.1 Aquí me ocuparé sólo de un aspecto de su “obra visible”.

Es comprensible que la mayor parte de los acercamientos a “Pierre Menard” se haya concentrado en la recreación del Quijote. No lo es el menosprecio que algunos autores han mostrado por la “obra visible” del francés.

Sylvia Molloy sentencia a propósito de ella (Las letras de Borges, 1979, 56): “No cabe [...] decodificar las alusiones privadas y extratextuales”. Considero erróneo ese dictum. Dejo de lado lo de las “alusiones privadas”, que a mi modo de ver sí deben ser consideradas y analizadas como uno de los niveles (si bien no el único, ni el más importante) del texto. Más me importa señalar que desentrañar las “alusiones extratextuales” es especialmente pertinente en relación con este cuento, incluso más que en relación con otros de Borges: es uno de los temas explícitos del relato que la época de su escritura y de su lectura es un factor constituyente del significado de una obra. Y el autor juega con lo que las numerosas alusiones suscitan y hacen reverberar en nosotros. Es imperdonable descartar este nivel.

Creo, asimismo, que el catálogo de la obra de Menard pergeñado por Borges no es apenas una lista caprichosa, disparatada, que pueda ser dejada de lado tras reír de y con ella, sino que muestra con escalofriante rigurosidad y consistencia la evolución del carácter y la producción de Menard.

Vuelvo a Molloy: ¿qué es, stricto sensu, una alusión “extratextual”? Si el texto menciona, por ejemplo, a Saint-Simon, lo hace para aprovechar los ecos, las asociaciones que ese nombre evoca en sus lectores. En ese sentido, toda la obra y la vida de Saint-Simon, así como su influencia en la historia de las ideas, pasan a formar parte del texto de “Pierre Menard”, en la cambiante medida que se corresponda con el horizonte cultural de cada uno de los lectores.

Cuando uno se presta al juego, por ejemplo en base a este caso, se descubren niveles de significación del relato que de otro modo pasarían desapercibidos. Un ejemplo: En el listado de la “obra visible” de Menard, Borges incluye este inciso:

(i) Un examen de las leyes métricas esenciales de la prosa francesa, ilustrado con ejemplos de Saint-Simon (Revue des langues romanes, Montpellier, octubre de 1909).

Todos los comentarios compulsados coinciden en ver aquí una alusión a Louis de Rouvroy, duque de Saint-Simon (1675-1755), autor de unas enrevesadas y exhaustivas Mémoires publicadas póstumamente, cuya primera edición completa (París, 1879-1928) consta de 41 intrincados e iracundos volúmenes.

Ya la mezcla de conceptos (métrica de la prosa) parece un sinsentido, pero a pesar de ello se podría admitir que Menard tomara a Saint-Simon como objeto de estudio. Sin embargo, una mirada al estilo de Saint-Simon disuade de esa hipótesis, ya que éste es muy peculiar, de ritmo nervioso, con frecuentes anacolutos y un vocabulario muy amplio, que recurre tanto a expresiones vulgares como a términos técnicos de difícil comprensión para el ignaro. Ese estilo, precisamente en virtud de su peculiar originalidad, de su desprecio por lo convencional, es muy poco apto para el estudio de las “leyes métricas esenciales de la prosa francesa”, aun cuando éstas realmente existieran.

Pero una nueva voltereta es aún posible: a esa objeción podría replicarse que es precisamente la llamativa falta de idoneidad de la prosa de Saint-Simon lo que desata el efecto cómico que Borges perseguía ya que, obviamente, hay en el autor un ímpetu humorístico. Sí. And yet...

Por mi parte, propongo ver aquí también una alusión a otro Saint-Simon: a Claude Henri de Rouvroy, conde de Saint-Simon (1760-1825), filósofo social francés, pariente del anterior, incansable diseñador de utopías. Supongo, por arriesgar más, que la obra de Saint-Simon analizada por Menard sería la más temprana: Lettres d'un habitant de Genève a ses contemporaines, aparecida originalmente en forma anónima en 1803. Mi argumento es de orden psicológico, ya que Borges vivió en su juventud en Ginebra. Pero hay más: como ocurre en otros pasajes del cuento, también en este ítem se revela la afición de Menard por todo lo relacionado con el orden: como todas las utopías, la de Saint-Simon elabora una sociedad supuestamente “ideal”, cuyos detalles no vienen aquí al caso: lo que cuenta es que el plan primigenio sufrió grandes variaciones a lo largo de la producción de Saint-Simon (utopías son, en este sentido, intercambiables, ya que todas se basan en algún exacerbado sentido del orden, que instauran a costa de la libertad, precisamente porque intentan eludir o atenuar su vértigo).

Que Menard es en cierto sentido un alienado, puede notarse en que no se ocupa de las nociones morales o políticas que transporta la obra de este Saint-Simon, cuyos designios eran primordialmente de esa clase, sino apenas de las leyes de su prosa: Menard, cuando menos el de la “obra visible”, opera y se pierde en lo superficial, incapaz de manejar contenidos.

Por lo demás, ambos Saint-Simon tienen algo en común, más allá del nombre: mientras uno, amargado y desengañado por las malas experiencias hechas, elabora laberínticas y cáusticas memorias, el otro es un utopista empeñado en erigir un nuevo orden social que él mismo desbarata en las distintas versiones propuestas. Ambos son personajes en crisis, que buscan el orden sin alcanzarlo.

No es necesario elegir entre ambos candidatos: lo más probable es que Borges aludiera intencionalmente a ambos, y que consignara apenas el apellido (sin los nombres de pila) con la intención de abrir brechas a la curiosidad y a la duda. La “ambigüedad es una riqueza”, dirá el relator (OC 1974, 449), expresando en este caso la opinión de Borges.

Hay muchas más en el cuento:

Un ejemplo: se habla de la Imitación de Cristo, sin mencionar al autor. Borges elude así una eventual polémica, ya que, si bien hoy se considera casi unánimemente que ese libro fue obra de Tomás à Kempis, a comienzos del siglo pasado esa hipótesis era sólo una entre varias.

Otro: cuesta creer, por ejemplo, que alguien llamado Bagnoregio posea “uno de los espíritus más finos”, aunque sea en el casi irreal principado de Mónaco o en Pittsburgh (Pennsylvania).2

La ambigüedad reina en el relato: desde las personas mencionadas (esas dudosas y contradictorias damas de sociedad), pasando por hechos hasta llegar al lenguaje. Baste un solo ejemplo:

Al hablar de Simón Kautzsch, se lo caracteriza como “filántropo internacional”. Puesto que el relator es un nacionalista católico, “internacional” equivale en su jerga a “apátrida”, reproche usual en las diatribas anticomunistas y antisemitas en la Argentina de la época. Decir “tan calumniado ¡ay! por las víctimas de sus desinteresadas maniobras” (frase agregada en una versión posterior del cuento) sólo sirve para reforzar el tono antisemita (ya contenido en la elección del nombre exageradamente judío).

Demasiados comentadores ven en el catálogo de la “obra visible” apenas una disparatada y divertida enumeración, similar a aquella (en el ensayo sobre Wilkins, de 1942; OC 708) que costara a Foucault sus demasiado famosas tribulaciones en Les mots et les choses (las cuales, a su vez, infligieran a Borges la clase de fama que ayudaron a desencadenar en Europa).

Por cierto, en la obra de Borges aparecen a menudo enumeraciones más o menos caóticas o, mejor dicho, aparentemente caóticas. En “Pierre Menard” no se trata de circunscribir un escurridizo infinito, de cifrar alguna recóndita o caprichosa divinidad, de engendrar en los apabullados lectores la sensación de variedad agotada, sino, lisa y llanamente, de caracterizar (caricaturizar) a una figura.

Adelheid Schaeffer (Phantastische Elemente und ästhetische Konzepte im Erzählwerk von Jorge Luis Borges. Studien zur Romanistik, Humanitas, Wiesbaden / Frankfurt am Main, sin fecha, ¿1972?, 76) opina que la “obra visible” es un mero “marco, adorno, que poco significa”. He consignado ya por qué considero radicalmente errónea esta clase de opinión. No se trata de un mero “marco” y mucho menos de un “adorno”, sino de un horizonte. Borges quiere hacer ver qué clase de experiencias (y fracasos) llevan a Menard a proponerse su melancólico y humilde destino.

Borges mismo, uno de los primeros comentadores del catálogo que ofrece, lo explica así en el prólogo al libro que cobija el cuento (‘El jardín de senderos que se bifurcan’ / Ficciones): “En ‘Las ruinas circulares’ todo es irreal; en ‘Pierre Menard’, lo es el destino que su protagonista se impone. La nómina de escritos que le atribuyo no es demasiado divertida pero no es arbitraria; es un diagrama de su historia mental...” (OC 429).

Bioy Casares, por su parte, quien considera “Pierre Menard” como el cuento “más perfecto” del volumen, parafrasea y precisa en su reseña este dictamen, quizá con beneplácito de Borges: “El catálogo de las obras de Pierre Menard no es una enumeración caprichosa, o simplemente satírica; no es una broma con sentido para un grupo de literatos; es la historia de las preferencias de Menard; la biografía esencial del escritor, su retrato más económico y fiel.” (Bioy: Sur 92, junio de 1942, 63)

Si se toman en serio esas opiniones (las cuales, por supuesto, pueden ser taimados intentos de despistar a los exégetas, o de divertirse a costa de su sudor), no debe renunciarse a elucidar el sentido de cada ítem ni el de su conjunto, sino que debe intentarse comprobar si la coherencia postulada existe (es, en este caso particular, un modo de determinar en qué medida el autor cumple con su propósito, o de constatar si realiza el proyecto enunciado – u otro). Si se admite que un texto determinado tiene sentido, es una claudicación de la inteligencia renunciar a querer tornarlo manifiesto.

Hamburg, julio de 2020 / enero de 2021



Notas

1 “Religiosidad y conversión religiosa en Pierre Menard, autor del Quijote”, capítulo 21 de mi libro Borges, mal lector y otros textos (1996-2018). Córdoba, Alción editora, 2018.

2 A propósito de esta ciudad, la revista Nosotros (n° 189, febrero de 1925, 402) trae la siguiente nota: “Se anuncia que la Universidad de Pittsburgh piensa construir la Catedral de la Sabiduría. Su costo será de 10 millones de dólares; su altura, de 217 metros –el más alto rascacielos–; su capacidad, para 12.000 estudiantes. / Todo en grande, en los Estados Unidos.” La sorna del autor anónimo de la miscelánea de 1925 parece resonar en este párrafo de Borges.












Carlos García nació en Buenos Aires en 1953; 
se trasladó a España en marzo de 1977
Vive en Hamburg (Alemania) desde 1979 (Bio)
En FBDécadas 20-30
Blog personal Symptomas



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Simón, 2010/2020

28 de diciembre de 2020





Como si anudarse al rito despertara a los océanos.


Con el agua se fueron y con el estilete justo los roncos ayes.

La risa y el lloro pasarán con tu último sorbo.

Antes de la urna, un barítono final de ojos tan negros que inventé azules.

En los idus de diciembre ya no hubo barca o se llamaba eutanil.

Pensémoslo a través de la poesía que destruye construye, me dice
Hades me dice Eolo me dice Sísifo.

Y te abrazo hondo por todo lo que nos pertenece.

¿Buscamos un jazmín en la noche
monoaural, co-duelista, donde la línea se dispara
una poda
un roble
los huesitos?

‎... y si a la hora de la siesta el roble no te ha nombrado,
mía la flor de un día
y el tósigo.

No hubo inocencia el 28 de diciembre. No hubo mi inocencia, digo.

La noche se abre otra y otra su luz, y sin luz cierra.
Los planetas no giran, ombligo nuestro, urna.

Las urnas no se besan. Se oscurece la frente y un ojo
sangrará, después, en el Medioevo.

Simón buscó su lugar púdico bajo la luna.

Supimos que el lloro ahueca el universo
y sigue sucediendo.

Una manta roja fue la partida hacia las brasas.

Quiero que de mi ombligo parta otro, su sol rojo,
su doble estirpe, este barco pequeño,
la frente podrida que sin imperio
parte y es mía.

Pero de tu ombligo parten dos barcos pequeños, las deformidades.

Sí pidió un rayo entero para su manita oscura, de Siam.

El magma en los decires y en el acto
que lacera
primigenio.

Esperó a que caminara, en la luz del sillón umbrío.
Tres horas luego, su pupila negra y este mordisquito
que juega y sigue y sigue.

Las llamas devuelven a la criatura, en Burgess Shale, en esta biblioteca,
el breve aire.

Beso ese ronquidito para mí, antes de la aguja.

En verdad no es un beso, es eutanil y la mirada
negra que fue la turquesa mar.

Sí, una ola y una orilla y esta ceniza que me reconoce cuando el soplo.

No sé abreviar el rito, hacer pedruzco sus ayes
para que sean cuerpo
tibio
estrella verde.

Ya no importa si beso. Si pensamiento
y esta cauterización sobre la manta
roja antes del vacío
y del bosque.

No es expresionismo ésta, mi memoria de hoy, élagage.

Finalmente, solos con nuestras tripas.







Antes en Calamo currente (2014)
Foto: IG






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Paul Auster - Desapariciones (Cuatro poemas)

2 de diciembre de 2020




1.

A partir de la soledad, él empieza de nuevo

como si fuera la última vez
que respirase,

y por lo tanto es ahora

cuando respira por primera vez
más allá del control
de lo singular.

Él está vivo, y por lo tanto no es
sino no lo que se ahoga en el insondable hueco
de su ojo,

y lo que ve
es todo lo que él no es: una ciudad

de lo indescifrable,

y por lo tanto, un lenguaje de piedras,
pues sabe que en el total de la vida
una piedra
dará cabida a otra piedra

para hacer un muro

y que todas esas piedras
formarán la monstruosa suma

de pormenores.


2.

Es un muro. Y el muro es muerte.

Ilegible
garabato del descontento, en la imagen,

y en la imagen posterior, de la vida;

y los muchos están aquí
aunque nunca hayan nacido,
y también aquellos que hablarían

para darse a luz a sí mismos.

Él aprenderá el habla de este lugar.
Y aprenderá a morderse la lengua.

Pues ésta es su nostalgia: un hombre.


3.

Oír el silencio
que sigue a la palabra de uno mismo. Murmullo

de la mínima piedra

tallada a imagen
de la tierra, y que los que hablen
no sean

sino la voz que los habla
al aire.

Y él contará
de cada cosa que vea en este espacio,
y se lo contará al muro mismo
que crece ante él:

y para esto también habrá una voz,
aunque no será la suya.

A pesar de que él hable.

Y porque sea él el que hable.


4.

Están los muchos, y están aquí:

y por cada piedra que él cuenta entre ellos
se excluye a sí mismo,

como si también él empezara a respirar
por primera vez

en el espacio que lo separa
de sí mismo.

Pues el muro es una palabra. Y no hay palabra
que él no cuente
como una piedra en el muro.

Por lo tanto, él empieza de nuevo,
y a cada instante que empieza a respirar

siente que nunca hubo otro
tiempo, como si en el tiempo que ha vivido
se encontrara a sí mismo

en cada cosa que él no es.

Lo que respira, por lo tanto,
es tiempo, y él sabe ahora
que si vive

es sólo en lo que vive

y seguirá viviendo
sin él.




Paul Auster, Desapariciones
Traducción de Gabriel Pinciroli y Marisa Rivera
La Plata, Ediciones SIC, Argentina
Foto: Paul Auster © Francesco Acerbis / Corbis




                                     


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San Juan de la Cruz: Cantar del alma*

28 de noviembre de 2020




Que bien sé yo la fonte que mana y corre
aunque es de noche.

Aquella eterna fonte está ascondida,
que bien sé yo do tiene su manida,
aunque es de noche.

Su origen no lo sé, pues no le tiene,
mas sé que todo origen della viene,
aunque es de noche.

Sé que no puede ser cosa tan bella,
y que cielos y tierra beban della,
aunque es de noche.

Bien sé que suelo en ella no se halla,
y que ninguno puede vadealla,
aunque es de noche.

Su claridad nunca es escurecida,
y sé que toda luz della es venida,
aunque es de noche.

Sé ser tan caudalosas sus corrientes,
que infiernos, cielos riegan, y las gentes,
aunque es de noche.

El corriente que nace desta fuente
bien sé que es tan capaz y tan potente,
aunque es de noche.

El corriente que de estas dos procede
sé que ninguna de ellas le precede,
aunque es de noche.

Aquesta eterna fuente está escondida
en este vivo pan por darnos vida,
aunque es de noche.

Aquí se está llamando a las criaturas
porque desta agua se harten aunque a oscuras,
porque es de noche.

Aquesta viva fuente que deseo
en este pan de vida yo la veo,
aunque es de noche.


*También titulado «Cantar del alma que se huelga de conocer a Dios por fe»
Léase sobre el texto en Cervantes Virtual



Grabado: Matías de Arteaga, San Juan de la Cruz escritor 
en "Compendio de la vida del Beato Padre San Juan de la Cruz"
Sevilla, 1703, Biblioteca Curia Provincial PCD de Andalucía, Córdoba



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Silvina Ocampo: Anamnesis

15 de noviembre de 2020





Mi paciente tiene una idiosincrasia extravagante,
un organismo con memoria, una sensibilidad,
una presciencia infatigables.
Preparada desde la más tierna infancia para el contagio
absorbe gérmenes y contaminaciones
a velocidades incontrolables.
Mejor sería no hablarle de incestos.
Un rencor ancestral duerme, más bien, vela, en sus entrañas.
Séquitos de materias inalienables
cuyos orígenes oscuros se desconocen
hacen abortar sus mejores planes.
No puede abrir un cajón
para buscar un lápiz violeta.
¿Por qué violeta?
Dice que las palomas tienen algunas plumas de ese color sobre el pecho.
Si interrogo extrañado: —¿Violetas? —protesta.
—No. No son violetas.
Si insisto en preguntarle: —Entonces ¿por qué dice que son violetas?
Responde: —Son como si fueran violetas.
No puede tapar el pomo de la pasta de dientes,
ni recordar la fecha del cumpleaños
de una persona que ofende el olvido.
Cualquier pluma la mortifica severamente
salvo las del pavo real que colecciona
y guarda en una enorme caja de bombones.
El incumplimiento variado
de sucesivos suicidios
(saltos en el abismo, venenos, tajos en las venas, tiros en el abdomen)
modifican el esquema
interior de su esqueleto.
Quien no la oyó reír no conoce la emoción
de su fragilidad capilar.
Una aguja viajó por su cuerpo
durante muchas horas.
Antes de llegar al pecho se detuvo:
con un brillo helado
cambió de rumbo
y se clavó sobre la rosa artificial
que sostenía en ese momento
la mano delicada de mi paciente
creyendo que formaba parte de la mano.
Amó hasta el delirio una voz,
una mirada detrás de un vidrio, sin otros aditamentos,
una frase que una persona jamás llegó a decir
pero que tal vez habría pensado sin expresarla
con un leve suspiro pensando en otras cosas. 

Teme la giba de la ancianidad,
el insomnio de la hipertensión
en los espejos de tres cuerpos.
Presiente
la incongruencia de los espasmos abdominales
el servilismo del riñón flotante
en la epidermis
de una fotografía de pasaporte,
que no fue aceptada en el departamento central de policía.
El pelo sufre las más extremas transformaciones:
de noche sobre la almohada
suena como la cuerda de un arpa.
Pasa del rosa al verde asomado a la ventana
del día, eléctrico,
estremece a quien lo toca.
He oído decir a mi paciente
que adopta voz de nena y a veces hasta de laucha para narrar su sensibilidad.
—Mi pelo tiene orejitas
tiene también ojos
(como la cola del pavo real).
Teme ver a una persona
que desea ver con ansias 
en cambio se apresura a ver
a las que le son desagradables.
Como usted.
Un hombre que la mira mata a mi paciente.
Un perro que la sigue la esclaviza.
Un niño que la busca la obnubila.
Un durazno maduro la hipnotiza.
Una tumbergia en flor la vuelve loca.
Convendría no perturbarla.
Transcribo nuestro diálogo:
—Los médicos me nutren de enfermedades numerosas
para distraerme de las mías.
Los caramelos sirven para esos fines:
me convidan con microbios seleccionados
porque me creen golosa
y no quiero defraudarlos. Yo la interrumpo.
—¿Defraudar a quién?
¿A los caramelos o a los médicos?
A esta pregunta capciosa
invariablemente contesta:
—A los caramelos porque los médicos no existen.
Llego a una triste conclusión:
Mi paciente es mentirosa.
Mas ¿cómo desentrañar la verdad de la mentira?
Si existe una verdad.
Mejor sería no ofrecerle caramelos
sino comerlos en su presencia
para despertarle el apetito.
Mi paciente ama con el páncreas
con el plexo solar y con la médula.
Espera con la garganta y con las rodillas.
Teme con las recónditas venas.
Con el sexo promete
¿qué? nada que el sexo pueda dar.
Oye con los pies y las axilas
(aunque mienta diciendo que es con la boca).
Aborrece con las arterias y con el riñón derecho
(el izquierdo lo ha donado).
Arbitraria, muerde con los omóplatos,
operación difícil pero posible.
Ningún cromosoma es tan sutil,
ninguna fístula tan corrosiva,
ningún virus tan arcano
como su corazón,
único órgano perfectible del cuerpo.
Tuvo relaciones íntimas con tres estafilococos dorados
sobre almohadones de damasco amarillo.
De un examen de fondo de ojo
logré extraer sin modificaciones aparentes
el diminuto cairel de una araña
y un dije de plata minúsculo,
con una figura grabada que no descifro
ni pudo descifrar ninguno de mis colegas.
Irritadas amebas,
prestigiosos virus le anularon insustituibles años
que ningún médico por competente que sea le devolvió.
Los movimientos del colon
dibujaron graciosas figuras televisadas
en blanco y negro
parecidas al fondo del mar.
—En cada ser está el universo
—exclamó con indiferencia.
Sus excrementos olieron a jazmín
cosa que no es frecuente, aunque el jazmín
llegue a tener olor a excremento.
Masticó lentamente
en un cerebro ilusorio
los nombres propios que molestan la memoria
de cualquier ser humano
capaz de escribir una palabra
sobre un papel de seda.
Huyó del escorbuto y del carbunclo
con las alas que da el tiempo.
Huyó de la malaria
en sucesivas reencarnaciones
sin contar la viruela
la lepra y la fiebre amarilla
que buscó entre las rosas
de un jardín oriental
en las orillas crecientes
de la putrefacción.
Y todo eso para seguir viviendo,
muriendo, ignorando a veces
que la voluntad del alma es una sola.
Heredó la barriga de una ninfa de bronce
que sostenía una antorcha para iluminar el descanso antiguo de una escalera
los celos incontenibles de la cocinera
por toda voz telefónica
la aguda vista de la bordadora que hacía las veces de institutriz francesa
el remolino de la ceja derecha en un retrato del tatarabuelo
la afición por los caramelos ácidos del consabido portero
que le enseñó a jugar al truco a los cinco años
con naipes húmedos y bolitas de vidrio
la agilidad de la tía Clorinda que era capaz de treparse a una palmera para juntar huevos
de urraca o de paloma a la hora de la siesta.
Heredó y esto parece una utopía
el cutis de las magnolias
que en los floreros daban con su perfume
dolor de cabeza para el resto del día.
Heredó con toda reserva
el ímpetu avasallador de algunos
adornos encerrados en la vitrina de una sala:
un tigre de marfil rodeado por una serpiente
con flores perversas.
Heredó la belleza
¡quisiera saber de quién!
ella dice que la heredó de un plato sopero
donde en el fondo de la sopa de tapioca,
brillaba siempre Diana Cazadora.
De las consecutivas mañanas de primavera
la mentira.
De un gato la entrega aparente de sí misma
a cualquiera o a nadie.
De Narciso en un libro de mitología
amarse por sobre todas las cosas.
Heredó del lebrel
la elasticidad y la dulzura
el color de los dientes y de la lengua
y ese apetito incontenible
frente a cualquier plato de carne
condimentada.
Heredó el vaivén de la mecedora
y del columpio de la plaza
donde grabó en la madera del asiento sus iniciales.
De los sapos la voracidad sexual que dura tanto en apagarse
como las noches de Alcmena.
Aunque nunca trabajó en un circo de contorsionista
como era su vocación
sus articulaciones tan flojas
podían desmembrarse, lo he comprobado,
en pocos minutos,
sin instrumentos quirúrgicos
ni la habilidad técnica
que ya he olvidado
pero que inspiraba la admiración
de mis condiscípulos.



En Los días y las noches [1970]
Incluido en Cuentos completos, Vol. II
Silvina Ocampo, 1999




Foto: Sivina Ocampo por Danie Merle



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Patricia Damiano - El punto débil

25 de octubre de 2020



el corredor anuncia
lo que jamás ha de ser
a tierra en cielo, a voz en agua, lo que nunca
ha de fingir
exaltación de la vigilia

cruje ese libro extremo que la lluvia nos roba si hemos volteado
y la noche negra cabalga

y una forma que dijimos no importa
perturba
el pan

y la violencia que dijimos no importa
asciende
el hierro

y el cerro que dijimos no importa
es mujer periplo
cascada
o vos, hombre

y las sirenas ya gritan
y la cabeza tiniebla el interior del templo
y todo silbo vegetal insinúa
un después

y toda barca estalla diluvio
y dijimos no importa
toda
barca
nos lleva
adonde
no

no


En Playa Köchel (2007)




















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