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De la ciudad de Damasco y de una imagen de la Virgen Sancta María que se tornó en carne y de otras cosas muchas

22 de mayo de 2016




Jean De Mandeville
Libro de las maravillas del mundo, Libro I, Cap. XXXIII


Pues que hos he contado alguna parte de las gentes que moran en aquellas partidas, agora tornaré a mi camino por donde hombre ha de volver acá.
Quien quiere tornar de la tierra de Basilea, de la qual ya hos he hablado, para acá debe venir por Damasco, que es una ciudad noble y hermosa llena de todas mercaderías y está a dos jornadas de la mar y a cinco de Hierusalem; mas sobre camellos y mulos y dromedarios traen todas sus mercadrías allí de la India y Persia y Caldea y Armenia y de otras muchas partes y regiones. Aquesta ciudad fundó Liester Domas, el qual fue moço de la despensa de Abraham ante que Isac fuesse nacido, y aquéste nombró la ciudad por su sobrenombre; en el lugar donde está la plaça d’esta ciudad mató Cayn a su hermano Abel: y encima d’esta dicha ciudad está el monte de Cayn. Y en esta ciudad de Domas ay muchas fuentes dentro d’ella y fuera, con muchos y hermosos huertos con diversos frutos.
Ninguna ciudad puede ser comparada a ésta porque es gran pueblo y es muy fuerte y es muy bien cercada de dos muros muy fuertes y hermosos; y ay en ella lugares muy aparejados para el exercicio militar. Assí mismo, ay ende muchos y buenos físicos y bien entendidos: sant Pablo fue aquí físico antes que se convertiesse, mas después lo fue de ánimas; y en esta misma ciudad fue san Lucas su discípulo en la arte de la física; y después en su conversión estuvo san Pablo en en Damasco tres días sin comer ni bever ni ver, y en aquellos tres días fue transportado a los Cielos, donde vio muchos secretos de Nuestro Señor Dios.
En esta ciudad ay un hermoso castillo, y de aquí torna hombre por santa María de Cernaday, que está a tres leguas de Damasco; y ay en esta Cernaday una hermosa yglesia, mas no es grande, la qual está encima de una roca y es muy lindo lugar que paresce castillo: aquí moran muchos monges negros y novayes, que son una condición de monges christianos. Y allí ay una bóveda debaxo de la yglesia donde tienen sus vinos, de los quales ay ende muy buenos; asimismo, en la yglesia ay un gran altar; en el muro de la dicha yglesia, ay una imagen de madera en una tabla, donde la ymagen de Nuestra Señora Sancta María fue en otro tiempo trayda pintada de color, la qual después se convertió en carne por milagro de Dios, mas de presente no se paresce sino muy poco de la imagen porque han puesto encima una losa de mármol blanco la qual está pendiente debaxo de aquélla.Y es de saber que esta imagen suso dicha por la gracia de Dios echa un licor que cae en una pila a gotas y el licor es casi semejante al azeyte, del qual licor dan a los peregrinos que ende vienen por quanto aquel licor viene por milagro y guaresce muchas enfermedades, y dizen que si es limpio y lo guardan por siete años se torna en carne y en sangre.
En este castillo de Credanay ay muchos «christianos dela cintura» los quales labran las tierras, y otra generación no está ende continuamente sino la suso dicha; y si por ventura alguno quisiere estar dentro del dicho castillo, sabed que antes que passe en año será muerto si no es christiano. D’este Cerdanay va hombre por el vall de Boliar, que es valle muy hermoso y fructífero y está entre montañas donde ay bellas riberas y prados y pastos grandes.
Y después passa hombre por las montañas de Líbano, que duran desde Armenia la grande de la parte de la tramontana hasta Aldam, que está de la parte de medio día al principio de la tierra de promissión, como arriba ya hos he dicho; estas montañas son muy fértiles y fructificantes, en las quales ay, assimismo, muchas fuentes muy hermosas [y] ay muchos cipreses y cedros y otros árboles diversos en gran número; contiene assimismo muchas villas y buenas.
Y al cabo d’estas montañas está la ciudad de Darqués y la ciudad de Dalsam y allí está un río que es llamado «Sathartam» porque corre mucho más el día del sábado que otro día de la semana. Item, ay otro río entre aquellas montañas el qual está helado de día muy fuertemente y de noche no. Y tornando por este camino está una montaña que es grande y alta, y llámanla «la gran montaña», en la qual ay una hermosa ciudad llamada «Trípol» donde están muchos christianos según nuestra fe.
Y de allí ymos a Barut, donde sant Jorge mató al dragón; aquí está una buena villa y un fuerte castillo, como arriba ya os he contado. De Damasco a Barut ay dos jornadas, y de Damiata a Barut tres. Y en Barut entra hombre en la mar de Sidón para haver de tornar a esta tierra, y dende al puerto del sur o de Tiro sin venir a Chipre, porque por esta parte conviene venir más que por otra porque arriban a algunos puertos de Grecia, que es camino derecho para venir en estas partes, como ya es dicho.










Juan de Mandeville (?): Libro de las maravillas del mundo (ca. 1370), Libro I, cap. XXXIII 
Título original: Libro de las Maravillas del mundo y del viage de la Tierra Santa de Hierusalem 
y de todas las provincias y hombres monstruosos que hay en las Indias 
Traducción: Ioan Navarro




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Gerardo Gambolini: De los libros recibidos

16 de mayo de 2016





Soledades

Pienso en nuestras húmedas reuniones
al final de un pasillo
bajo la sórdida luz y el incienso.
El humo asciende de los cuerpos
sin juntarse jamás.
Sólo neblina.
Ni Eteocles ni Polinices. Ni siquiera atavismo.




Circe

Ahora que ya no existes
que apenas eres una idea que entibio
como el opio
te retiro el derecho de usar mi alma.
Soy voluntariamente libre
para escandalizar mi vida en el dominio
de otra esfinge:
¡Mi vieja Circe, me purifico!

Tu favor me importó más que la muerte
pero el azar ordena un poco el movimiento.
Ahora quiero cifras; cifras y viajes egeos
en compañía de mi fortuna.
Ya no hay rencor en mi palabra.
Yo soy ahora el arqueólogo delfín disfrutando a gusto
del espacio
y tú, probablemente,
la misma mujer hermosa de la urbe.




Atila

El tiempo ha sido bronce, barro, piedra, fuego y azar;
días irrelevantes, campañas de invierno,
sombras y luz.
Parecemos obligados a buscar un absoluto.

El tiempo, que fue victorias efímeras y pérdidas efímeras,
separa dos razas entre hombres:
los que agotaron la vida con astucia, bien o crueldad,
y permanecen un poco en la memoria de otros,
en el juicio innecesario de otros

Y nosotros la Hiedra,
menos que nombres que nunca han existido: Otelo,
Dédalus, Kurtz, Erdosain.
Creemos —siempre creímos— que distinguir lo malvado
y lo mediocre nos redime. Tal vez.
Sin embargo, nuestro único absoluto es el olvido.


Buenos Aires, Libros de Tierra Firme, 2000





Walden

I. Dejo el bosque definitivamente
para volver a las construcciones humanas.
El silencio también
engendra peste.

II. La realidad se vuelve más sospechable y fragmentaria
cada invierno.
Ordeno palabras, pulcra, pasivamente.
La primera persona del plural
me parece por momentos un abuso.

III. Cada vez más
aspiro únicamente
a las buenas imitaciones.

Los verbos empiezan
a conjugarse en pasado.




Los visitantes de la noche

Nunca volví a saber
de Alain Cuny, o del actor que hacía el diablo,
o de la voz de Michele Arnaud.
Hace años,
hubo para ellos una leve inmortalidad.

Dónde está la cámara
que nos filma a nosotros
antes de que entremos para siempre en el silencio
habiendo callado tantas cosas.





Uno de esos condenados sin remedio será Arquelao, 
según creo, y los serán cuantos sean tiranos de esa especie.
 Platon: Gorgias*

En un lugar de Polinesia, creo,
miles y miles una noche
los pájaros caían en picada contra el piso.
Así daba las órdenes yo
de los motores.
La muerte es otra cosa así de cerca, y miserable.
Toda una noche como aquélla, fría.
Elijo el destierro.
¿Qué saben ellos en la Asamblea?




* En Faro vacío (Buenos Aires, 1983)
Luego en Arañas 
Buenos Aires, Libros de Tierra Firme, 2007




Gerardo Gambolini: Libros recibidos
Libros recién recibidos
[sin dedicatoria]






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Moby Dick by David Austen





Fuente y audio: Moby Dick Big Read




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George Steiner: Desde la casa de los muertos

13 de mayo de 2016




Albert Speer fue el arquitecto y ministro de armamento y producción de guerra de Hitler. Dos rasgos lo distinguen del resto de los criminales nazis. Primero, había en los sentimientos de Speer hacia Hitler un núcleo de afecto desinteresado, de calor que iba más allá de la fascinación animal. El 23 de abril de 1945, con Berlín convertido en un mar de llamas y todas las oportunidades de una escapatoria segura casi perdidas, Speer regresó a la capital para despedirse personalmente del Führer. La total frialdad de la reacción de Hitler lo destrozó. Segundo, Speer mantuvo vivo en su interior un atisbo de cordura y sentido moral durante el tiempo que duró el circo demencial del Reich y luego por espacio de casi veinte años de prisión en Spandau. Son estos dos elementos —el hechizo ejercido sobre él por la persona de Hitler y la decisión de salir cuerdo de dos décadas de entierro en vida— lo que domina Spandau: The secret diaries (traducido del alemán para Macmillan por Richard y Clara Winston[*]).
En los procesos de Nuremberg por crímenes de guerra, Albert Speer reconoció que era él quien en última instancia estaba a cargo de la utilización de los muchos millones de trabajadores esclavos que componían el arsenal del Reich. No había estado directamente implicado ni en la brutal mecánica de la deportación que trajo a aquellos desdichados seres humanos desde los territorios ocupados, ni en el maltrato y exterminio rutinario que con frecuencia siguieron. Pero le había correspondido el señorío supremo de la movilización fabril e industrial, y hasta ese punto Speer admitió su culpa, incluso habló extensamente de ella. La sentencia de veinte años de prisión pareció, desde un principio, brutal, y se pensó que reflejaba las insistencias soviéticas. Casi inmediatamente después de Nuremberg hubo murmuraciones en el sentido de que las autoridades rusas no tenían ningún deseo de ver a tan brillante director de armamento y obtención de materiales pasar con toda tranquilidad a manos occidentales.
Speer entró en la prisión de Spandau, en Berlín, el 18 de julio de 1947; salió de ella la medianoche en punto del 30 de septiembre de 1966. Junto con el tiempo pasado en la cárcel de Nuremberg tras ser sentenciado, fueron exactamente veinte años. Speer cumplió la segunda década de su sentencia con la única compañía de otros dos hombres: Baldur von Schirach, antiguo jefe de las Juventudes Hitlerianas, y Rudolf Hess. Speer entró en el resonante ataúd de Spandau a los cuarenta y dos años, en la cima de sus capacidades y después de una carrera meteórica. Fue puesto en libertad a los sesenta y uno. Pero se pasó el cautiverio escribiendo: más de veinte mil hojas de notas de diario, cartas autorizadas y clandestinas, fragmentos de autobiografía. Escribió en hojas de calendario, tapas de cartón, papel higiénico (el tradicional papiro del preso). Y consiguió sacar de contrabando de Spandau este prodigioso alijo a pesar del vigilante escrutinio de los guardianes americanos, rusos, británicos y franceses. Speer sacó de contrabando suficiente material para su primer libro, Memorias, para su diario de la prisión y, si ciertos indicios son correctos, para lo que tal vez fuera un estudio a gran escala de Hitler. ¿Cómo lo hizo? La explicación de Speer es a la vez curiosamente circunstancial y esquiva. Nos dice que tiene que proteger la identidad de quienes le ayudaron. El principal canal fue uno de los enfermeros de la prisión, que, irónicamente, había sido a su vez un deportado en la máquina de guerra del Reich. Pero tuvo que haber otras vías. Es difícil evitar la impresión de que las autoridades, en especial las de las tres potencias occidentales, tenían que saber algo del voluminoso comercio de Speer con el mundo exterior y con el futuro. Incluso, en una fecha tan temprana como octubre de 1948, la esposa de un importante editor judío de Nueva York se puso en contacto con un miembro de la familia de Speer en relación con sus memorias (la sutil indecencia de la idea le resultó repelente a Speer, aunque no a la señora).
Hitler llena este libro como una niebla negra. En los primeros años de su cautiverio, Speer trató de recordar y relatar metódicamente la historia de su relación con el Führer. Muchas de las estampas son memorables. Vemos a Hitler planeando crear un centro mundial de arte en su ciudad natal, Linz. Lo observamos durante los años de su ascenso sonambular al poder, entre las enloquecidas multitudes ansiosas por verlo pasar como un torbellino en un coche abierto, o en la íntima compañía de sus matones, perorando, burlándose, pontificando y cayendo, bruscamente, en el silencioso vórtice de su visión. Hay extraordinarias instantáneas de Hitler en una vena doméstica en Obersalzberg, afanándose en una espontánea sociabilidad entre sus adláteres, asistentes y seguidores de su campo, cuyas vidas pendían de su aliento. Speer deja constancia de las opiniones de Hitler sobre literatura (el individuo tenía pasión por Karl May, la versión alemana de Fenimore Cooper), sobre escultura, sobre el sentido de la Historia. Rememora los momentos de generosidad mostrados por el Führer a sus compañeros y partidarios de los primeros tiempos y habla de la obsesión de Hitler por el fuego, por las llamas en la chimenea y la tempestad de fuego sobre la ciudad.
Speer sabe que Hitler está estrechamente engranado con la raíz de su propia identidad. 20 de noviembre de 1952: «Sea cual sea el giro que dé mi vida en el futuro, siempre que se mencione mi nombre la gente pensará en Hitler. Nunca tendré una existencia independiente. Y a veces me veo como un hombre de setenta años, con hijos ya adultos desde hace mucho y nietos que van creciendo, y dondequiera que vaya la gente no me preguntará más que por Hitler». Tres años antes, Speer cavila sobre la predestinada lógica de su encuentro con el Amo: «Yo consideraba a Hitler, sobre todo, como el preservador del mundo del siglo diecinueve contra aquel perturbador mundo metropolitano que, me temía, estaba en el futuro de todos nosotros. Visto así, quizás en realidad estuviera esperando a Hitler. Además —y esto lo justifica aún más— me comunicó una fuerza que me elevó muy por encima de los límites de mis capacidades. Si esto es así, entonces no puedo decir que me apartara de mí mismo: por el contrario, a través de él encontré una identidad realzada».
En el túnel interminable de los días en prisión, Speer trata de llegar a una imagen clara del hombre que construyó y destrozó su vida. Si hubo crueldad —aunque de un género curiosamente abstracto, indiferente—, megalomanía, una áspera vulgaridad, autocompasión y falsedad más allá del alcance humano corriente, hubo también justo lo contrario. Speer conocía a Hitler como «un solícito padre de familia, un superior generoso, afable, ecuánime, orgulloso y capaz de entusiasmo por la belleza y la grandeza». Este último punto obsesiona a Speer. La política de Hitler en relación con las artes y la arquitectura podía surgir de una brutal miopía. Pero en otros momentos había verdaderos destellos de percepción, relámpagos de inventiva y saber. El carisma del individuo era profundo y frío, a un tiempo paralizador y magnético. Y también lo era su desnudo filo intelectual con respecto a la táctica política, el dominio retórico y la penetración psicológica de los cansados o corruptos jugadores en la sombra que se enfrentaban con él en el país y en el extranjero. «Verdaderamente venía de otro mundo… Los militares habían aprendido todos a vérselas con una gran variedad de situaciones inusitadas. Pero no estaban en absoluto preparados para vérselas con aquel visionario».
No hay nada nuevo en todo esto. Otros testimonios han hecho rutinaria la imagen de pesadilla. Pero Speer sí toca asuntos de primera importancia cuando se propone diagnosticar el antisemitismo de Hitler. Solo recuerda una única conversación sobre el asunto entre el Führer y él (en el nauseabundo miasma de la charla de sobremesa de Hitler apenas encontramos una alusión al mundo de los campos de concentración). Sin embargo, al repasar más detenidamente el enorme cúmulo de sus recuerdos, Speer llega a la conclusión de que el odio a los judíos fue el eje absoluto e inconmovible del ser de Hitler. La totalidad de los planes políticos y bélicos de Hitler «era un mero camuflaje para este verdadero factor motivador». Reflexionando sobre el testamento de Hitler, con su visión apocalíptica de la culpa de la guerra, que atribuía a los judíos, y del exterminio de los judíos europeos, Speer viene a darse cuenta de que dicho exterminio significaba más para Hitler que la victoria o la supervivencia de la nación alemana.
Los historiadores racionalistas han discutido esta cuestión. Se han esforzado en encontrar un marco económico-estratégico «normal» para la carrera de Hitler. Speer se acerca mucho más a la verdad. No es posible entender bien el fenómeno Hitler —con su venenosa magia y con la atrocidad de su autodestrucción— si no nos fijamos estrictamente en el motivo central del antisemitismo. En cierto tenebroso modo, Hitler vio en la mesiánica coherencia del pueblo judío, en su manera de permanecer apartado, en la metáfora de que es un «pueblo elegido», un inalterable contrapeso burlón a sus propios impulsos más íntimos. Cuando proclamó que el nazismo y el judaísmo no podían coexistir, que uno de los dos debía ser aniquilado en un conflicto final, estaba afirmando una verdad demencial. Al tener noticia del juicio de Eichmann y de las pruebas del Holocausto, que no cesan de aumentar, Speer anota que su propio deseo de ser liberado de la prisión se le antoja «casi absurdo».
Pero el deseo persistió, desde luego. Este es el sentido de toda la literatura carcelaria: la esperanza contra toda esperanza de que más de siete mil días invariables pasarán, de que es posible dar un significado o una forma consoladora al tiempo atravesando un vacío de veinte inviernos. La asfixia de Speer se hizo peor a causa de las repetidas rachas de rumores: John McCloy, el alto comisario estadounidense para Alemania, estaba presionando para que se mitigara su condena o fuese liberado; Adenauer se mostraba comprensivo; el Foreign Office británico había realizado acercamientos a los rusos. Sin duda la Guerra Fría conduciría a la evacuación de Spandau y a una visión más oportuna de los crímenes de Speer. ¿Por qué iban a dejar las potencias occidentales que el brujo del armamento alemán se pudriera cuando ellos mismos estaban remilitarizando Alemania? Pero todas las esperanzas se revelaron falsas y Speer acabó por soportar, y expresar, la convicción de que tendría que cumplir su pena hasta la última y casi inconcebible medianoche.
Conservó la cordura utilizando medios clásicos en los testimonios de sepultados en vida. Daba afanosos paseos cotidianos por los terrenos de Spandau, llevando un cálculo exacto de la distancia. Al final había recorrido 31 939 kilómetros. Pero esa marcha forzada era más que un ejercicio abstracto. Speer se imaginó que daba la vuelta al mundo a pie, desde Europa, pasando por Oriente Próximo, hasta China y el estrecho de Bering, y luego cruzando México. Mientras caminaba, evocaba mentalmente lo que conocía del paisaje, la arquitectura y el clima pertinentes. «Ya estoy en la India», dice una típica entrada de diario, «y conforme al plan estaré en Benarés dentro de cinco meses». Luego estaba el jardín de la prisión. A partir de la primavera de 1959, Speer dedicó cada vez más tiempo y energía a cultivarlo. Cada arbusto, cada lecho de flores pasó a ser objeto de un tenaz diseño y cuidado: «Spandau se ha convertido en un sentido en sí mismo. Hace mucho, tenía que organizar mi supervivencia aquí. Eso ya no es necesario. El jardín ha tomado plena posesión de mí».
Speer leía infatigablemente: historia, filosofía, literatura narrativa e, inquietantemente, libros que trataban de los acontecimientos en los que él mismo había tenido un papel tan drástico. Cuando se le permitió ver revistas de ingeniería y arquitectura, puso su empeño en refrescar sus habilidades y mantenerse en algún tipo de contacto con el mundo exterior, que estaba cambiando. Speer dibujaba: planos para casas unifamiliares, muy apreciados por sus carceleros rusos, siluetas y perfiles de monumentos ahora convertidos en escombros y, ocasionalmente, extrañas escenas alegóricas en las que resonaba estridente la soledad. Por encima de todo escribía: miles y miles de páginas. Su razón pendía de este sólido hilo.
Sin embargo, hubo períodos de desesperación y casi locura: al final del décimo año, cuando los almirantes Dönitz y Raeder fueron puestos en libertad tras cumplir su condena; en julio de 1961, cuando el temor a haber extraviado una de sus cartas ilegales lo sumió en un pánico frenético. Cuando el derrumbamiento parecía inminente, Speer se permitía una «cura de sueño», tres semanas a píldoras para dormir, que le garantizaban noches ininterrumpidas y días borrosos. Pero más que nada recurría a su formidable resistencia. Después de una semana en una celda de castigo, donde pasó once horas diarias sentado sin moverse ante las lisas paredes, Speer salió «tan fresco como el primer día».
Las estratagemas de las autoridades aliadas —actuando, desde luego, en nombre de la ofendida humanidad— no siempre contribuyen a una interpretación agradable. Después de once años de prisión, Speer pidió lienzos y pinturas al óleo. Esta peligrosa petición fue denegada. Nunca se dirigían a los presos por sus nombres —únicamente por el número que llevaban en la espalda—, pues llamar a un hombre por su nombre es hacerle el honor de su humanidad. Las visitas familiares siguieron siendo escasas y breves. Debían tener lugar en presencia de los observadores soviético, americano, francés y británico. Pasaron dieciséis años antes de que se permitiera a Speer, por un descuido bondadoso, pasar un instante a solas con su esposa. Llegado el momento, estaba demasiado paralizado para tocarle siquiera la mano. Los estereotipos nacionales marcan a los diferentes carceleros y oficiales responsables (Spandau está bajo el mando de las cuatro potencias ocupantes por turnos de un mes). Los ingleses son puntillosos. Los franceses hacen gala de cierta fácil fanfarronería. En la inocencia y espontaneidad americanas hay con frecuencia un filo de brutalidad. Durante cada «mes soviético», la dieta carcelaria cae en picado. Pero el personal soviético está ansioso por instruirse. Mientras sus colegas occidentales hojean novelas policíacas o se quedan dormidos haciendo crucigramas, los rusos de Spandau estudian química, física y matemáticas o leen a Dickens, Jack London o Tolstói. De acuerdo con las variaciones en la temperatura de la Guerra Fría, las relaciones interaliadas dentro de la prisión se hacen más tensas o más relajadas, y los presos son tratados en consecuencia. Durante la crisis cubana de los misiles, la tensión eléctrica proporciona a los presos un centro de gravedad. Es el guardián ruso el que trae la noticia de la paz.
Son las instantáneas como esta, risibles y trágicas, las que hacen soportables estas claustrofóbicas páginas. Speer tiene una mirada entrenada. En Nuremberg pasa por delante de las celdas de los que están esperando para ser ahorcados: «Como prescriben las normas, la mayoría de ellos están tumbados boca arriba, con las manos encima de la manta, la cabeza vuelta hacia el interior de la celda. En su inmovilidad, ofrecen un espectáculo fantasmal; parece como si los hubieran colocado ya en sus ataúdes». En el invierno de 1953, se permite un sillón al preso número 3, Konstantin von Neurath, antaño ministro de Asuntos Exteriores de Hitler (la salud del anciano se estaba deteriorando). Speer reconoce ese sillón como el que había diseñado para la Cancillería de Berlín en 1938: «La tapicería de damasco está desgarrada, ha perdido el brillo, la madera está arañada, pero todavía me gustan las proporciones, en especial la curva de las patas de atrás». Las orgullosas monstruosidades que Speer había construido para el Reich, las columnas de un rojo vivo y los pórticos triunfales de mármol han caído en el olvido. Quedan dos cosas: el recuerdo de la impalpable «catedral de hielo», que Speer creó usando los rayos de ciento treinta reflectores en una asamblea del partido en Nuremberg, y este sillón.
Conforme se aproxima la puesta en libertad, la mente de Speer le hace jugarretas de mal agüero. Deja de oír la radio. Ordena a su familia que cese toda correspondencia. Nítidos sueños le revelan que nunca volverá a casa, que nada compensará nunca su vida no vivida. Tres días antes de partir: una vez más, arranca los hierbajos del jardín para que todo quede en perfectas condiciones. Percibe, como todos los que han estado largo tiempo presos, que su relación con su prisión se ha tornado «semierótica», que, de alguna disparatada manera, ya no desea salir del féretro que ha dominado. El último día, mientras aguarda que Schirach y él sean puestos en libertad, Speer añade diez kilómetros a su vuelta al mundo. El clímax es un toque de terror y desolación humana más allá del alcance de la ficción. Están descargando grandes montones de carbón en el patio de la prisión. Speer está junto a Hess, mirando: «Entonces Hess dijo: “Cuánto carbón. Y desde mañana, para mí solo”». Era el 30 de septiembre de 1966. El viejo vándalo demente, que no había tenido parte en las mayores atrocidades nazis por haber huido en avión a Escocia, permanece todavía en Spandau, solo, custodiado por cuatro ejércitos en miniatura y treinta y ocho mil metros cúbicos de espacio amurallado. Las potencias occidentales han apremiado hace mucho para su liberación. La Unión Soviética se niega, por temor a perder la única mínima posición militar que tiene en Berlín Este. Nuestra aquiescencia al chantaje ruso en este rasgo de inhumanidad está fuera de todo comentario.
Pero dicho esto, y reconocido el vigor del testimonio y de la supervivencia de Speer, hay que dejar claro otro aspecto. En Spandau había libros y música, cartas de la familia y atención médica. Durante tres de cada cuatro meses, la comida era excelente. Había baños calientes y un jardín que cuidar. No se ahogó a nadie, no se sumergió en excrementos ni se quemó a nadie poco a poco hasta convertirlo en cenizas. En pocas palabras, veinte años en Spandau eran un paraíso en comparación con un solo día en Belsen, Majdanek, Auschwitz o cualquiera del centenar de los anexos del infierno construidos por el régimen al que Speer sirvió de forma tan brillante. La fuerza y el dolor de este libro es que uno tiene que decirse esto a sí mismo, ya que no puede decírselo a él (que ahora declara saberlo). Sin embargo, ni siquiera decir esto es bastante. No es solo en comparación con Belsen como Spandau es una cura de reposo, sino que, en comparación con el Gulag, con las penitenciarías psiquiátricas soviéticas, con las cárceles de Chile y con los indescriptibles campos de exterminio de Camboya, Speer no fue más que uno de los maestros constructores, aunque tal vez el castigado con mayor dureza. La arquitectura de la muerte sigue prosperando.
19 de abril de 1976




[*] Existe edición en castellano: Diario de Spandau
Trad. de Manuel Vázquez y Ángel Sabrido
Barcelona, Plaza & Janés, 1977 (N. del T.)

En George Steiner at The New Yorker 
Título original: George Steiner at «The New Yorker», 2009
Traducción: María Condor
Prólogo: Robert Boyers

Foto: George Steiner at home with his dog. Cambridge, 2005
© Peter Marlow/Magnum Photos



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Juan José Saer: El hombre que oyó el canto (ensayo)

11 de mayo de 2016





Según la tradición, eran hijas de las Musas, Melpómene, la de la tragedia para algunos, y para otros, Terpsícore, la de la danza, y si bien se las conoce bajo nombres diferentes, el más común de cada una de ellas es Partenopea, Leucosia («la muy blanca»), Ligia. Ciertos mitógrafos enumeran cuatro, pero las Sirenas que enfrentó (y venció) el ingenioso Ulises en un canto célebre de la Odisea, eran dos únicamente.
En los tiempos modernos (que en definitiva no son más que un nuevo escenario para el avatar presente de los mitos más arcaicos) creemos reconocerlas por la parte inferior de su cuerpo, la de un hermoso pez dorado, como por los cabellos rubios que cuelgan sobre sus senos adolescentes, pero esa representación es falsa, y en todo caso tardía. Todavía en el siglo XIII, Brunetto Latini (1230-1294), el maestro de Dante, las describe como seres triples, con rasgos humanos, escamas y alas, pero en la antigüedad las Sirenas no eran criaturas acúaticas sino volátiles, ya que habían sido convertidas en pájaros. Las razones difieren según las fuentes: en el canto quinto de Las metamorfosis, Ovidio afirma que ellas mismas lo pidieron, para ser más eficaces en la búsqueda de Perséfone, de quienen eran damas de compañía, cuando fue secuestrada por Plutón, sobrenombre («el Rico») con el que, a causa de su origen agrario, también se conoce a Hades, dios del infierno. Pierre Grimal, en su más que excelente diccionario de mitología griega y romana, recoge varias versiones de esa transformación, y entre las más interesantes está la que afirma que fue Afrodita, la diosa del amor, quien, para castigarlas por el desprecio con que consideraban los placeres eróticos, les arrebató la belleza juvenil y las convirtió en monstruos mitad humanos y mitad pájaros. (Ese desprecio por lo erótico podría tal vez justificar la cola de pescado con que se las representa en la actualidad, y que las incapacita para el acto sexual). Les quedó el inefable don de la música: Partenopea tocaba la lira, Ligia la flauta y «la muy blanca» cantaba con una voz melodiosa, aunque, según ciertas tradiciones, sus talentos musicales estaban distribuidos de manera diferente. Pero eran seres monstruosos y malignos: una de las tantas ternas demoníacas de la mitología cuya forma peculiar de maldad consistía, como es sabido, en atraer a los marinos con su canto sublime y hacer estrellar contra las rocas a los navíos que se acercaban peligrosamente a la isla que habitaban.
Esa isla estaba, según dicen, en el mar de Italia, no lejos de Sorrento (y no lejos tampoco de la caverna en la que la Sibila de Cumes expedía sus oráculos), y la leyenda afirma que cuando Partenopea murió, sus despojos fueron depositados por las olas donde ahora se levanta la ciudad de Nápoles, cuyo nombre primitivo fue justamente el de la Sirena. Pocas criaturas mitológicas han tenido tanta posteridad como esos monstruos femeninos —Medusa, Gorgona, Quimera, Escila y Caribdis, etcétera— de la mitología griega y romana, pero únicamente las Sirenas se fueron adaptando a los tiempos que corrían para terminar, gracias a la colaboración de Hans Christian Andersen entre otros, representando lo opuesto de lo que eran, aunque no sería erróneo reconocer que una parte (secundaria) del mito primitivo les atribuye belleza y fidelidad.
Entre los héroes que las enfrentaron, dos son más que célebres: Orfeo y Ulises. Un tercero, Butés, cayó bajo el embrujo del canto y se arrojó al mar, pero fue salvado a último momento por Afrodita, dispuesta siempre a contrariar los designios de los seres monstruosos que desdeñan el amor. Orfeo y Ulises aplicaron, para vencerlas, estrategias diferentes: el primero les opuso su propio canto, y el otro se arriesgó a escuchar el de ellas hasta el fin, para indagar su sentido.
La exactitud de los mitos es de un orden diferente al de las cifras o al de los acontecimientos: Orfeo, que combatió con su canto el de las Sirenas, lo hizo en tanto que miembro de la expedición de los Argonautas cuando, dirigida por Jasón y constituida por los cincuenta héroes más prominentes de Grecia, navegaba hacia el noreste, en dirección de la Cólquida, en busca del vellocino de oro. El canto de Orfeo se impuso al de las Sirenas y los Argonautas pudieron pasar, pero es de hacer notar la ubicuidad de la isla en que vivían esos monstruos melodiosos, ya que en el ciclo de Jasón se encuentra en el extremo opuesto del Mediterráneo a aquel en el que Ulises las cruzó.
Aunque la escena es universalmente conocida, vale la pena recordarla una vez más. Cuando avistan una nave, las Sirenas se ponen a cantar y su canto es tan dulce que los marinos naufragan por haberse acercado más de lo razonable a la costa rocosa, por lo que los monstruos alados (que en otros tiempos, recuérdese, fueron hermosas muchachas) aprovechan para devorarlos. Una llanura que forma parte de la geografía incierta de la isla blanquea a lo lejos a causa de los huesos de las víctimas inmemoriales. Advertido por Circe del peligro que representa el canto de las Sirenas, Ulises se hace atar al mástil del navío después de haber tapado con cera los oídos de los remeros (Adorno y Horkheimer describen el mito como una primitiva metáfora de la división del trabajo), incitándolos a remar con energía para dejar atrás la isla cuanto antes, y recomendándoles que si, atrapado en el embrujo musical, les pide que lo liberen, deben apretar aún más fuerte sus ligaduras. Gracias a su estratagema Ulises es, de la infinita y fugitiva sucesión de generaciones humanas, el único que oyó el canto y que sobrevivió a ese privilegio: descubierto su secreto, las pobres criaturas monstruosas, vencidas, se precipitaron al abismo.
Aunque Homero sólo reproduce ocho versos, y aunque haya dado lugar a interminables especulaciones, no es difícil adivinar el sentido de ese canto. Si de los primeros cuatro versos dos se ocupan de estimular la vanidad de Ulises, y los dos restantes pretenden atraerlo con la afirmación más que ambigua de que ningún navío pasó por la región sin escuchar el dulce canto, los cuatro últimos tienen un sentido inequívoco: «Después se van, felices, cargados de un tesoro más pesado de ciencia. Porque por cierto sabemos todo lo que en la llanura de Troya / griegos y troyanos sufrieron por orden de los dioses / y también todo lo que adviene sobre la tierra fecunda…».
El Canto de las Sirenas no es más que la propuesta de Mefistófeles que, como ya sabemos, desde la Edad Media, precipita la condena, en una nueva transcripción cristiana del mito del saber prohibido, del imprudente doctor Fausto: conocimiento de la realidad última de las cosas a cambio de la perdición del sujeto. Para ciertos helenistas, sin embargo, la originalidad del mito griego estribaría en su aspecto positivo, humanista, ya que inauguraría la inclinación por el conocimiento, más fuerte que las cadenas de la superstición, del hombre occidental. Ulises vendría a encarnar la razón triunfante, la supremacía de la ciencia y de la filosofía sobre el oscurantismo primitivo del mito y de la leyenda.
Esa interpretación optimista no es la única. Es sabido que Ulises cuenta la mayoría de sus aventuras en un reino al que ha llegado después de un miserable naufragio: la isla de Esqueria, donde habitan los feacios, cuyo rey, Alcinoo, nieto de Poseidón, es uno de los personajes más curiosos de la Odisea. Esqueria es una especie de reino encantado que conserva los privilegios de la Edad de Oro, abundancia, paz, armonía, placer, felicidad ininterrumpida. Más muerto que vivo, desnudo y habiendo perdido a todos sus compañeros, Ulises es recogido por los feacios y sólo revela su identidad cuando oye mencionar la historia del caballo de Troya. Después de pasar cierto tiempo en la isla —lugar maravilloso más afín con el paraíso que con cualquier comarca terrestre— los feacios lo mandan a Itaca, su tierra natal, acostado en una embarcación llena de adornos y de víveres. Algunos helenistas han visto en este episodio cierta ruptura formal de la epopeya, y afirman que esa embarcación fletada no es más que un rito fúnebre, que el naufragio de Ulises y la tan temida muerte en el mar, lejos de su familia y de su patria, ocurrieron realmente, lo cual convierte a la isla de Esqueria en el delirio feliz de su agonía.
La solución es simple: las dos versiones son correctas. Mito y relato no significan: son. Transparentes y opacos al mismo tiempo, iluminan o ensombrecen por igual a quien los escucha o los lee. Lo mismo que con cualquier otro objeto del mundo creemos, por momentos, adivinar su sentido, un sentido inestable que, un poco más tarde, se nos vuelve a escapar. Únicamente la presencia del mito permanece, incontrovertible y única. El hombre que oyó el canto imposible lo oyó realmente: ese instante luminoso del relato posee una evidencia tan intensa como la del mar mismo en el que ocurrió. Que ese sentido robado implique su triunfo o su perdición, será un persistente enigma y un persistente hechizo para nosotros, el resto de los grises mortales.





En Trabajos (2005)
Foto: Daniel Mordzinski



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Thomas Bernhard: Maestros antiguos — El hombre de la barba blanca de Tintoretto

9 de mayo de 2016



No estando citado con Reger hasta las once y media en el Kunsthistorisches Museum, a las diez y media estaba ya allí para, como me había propuesto desde hacía ya bastante tiempo, poder observarlo por una vez, sin ser molestado, desde un ángulo en lo posible ideal, escribe Atzbacher. Como él tiene su puesto por las mañanas en la llamada Sala Bordone, frente a El hombre de la barba blanca de Tintoretto, en el banco tapizado de terciopelo en el que ayer, después de explicarme la llamada Sonata La tempestad, continuó su exposición sobre El Arte de la Fuga, desde antes de Bach hasta después de Schumann, como él puntualiza, cada vez más inclinado a hablar de Mozart y no de Bach, tuve que tomar posiciones en la llamada Sala Sebastiano; así pues, muy a mi pesar, hube de aceptar a Tiziano para poder observar a Reger ante El hombre de la barba blanca de Tintoretto, y por cierto de pie, lo que no era un inconveniente, porque prefiero estar de pie a sentado, sobre todo para observar a la gente, y de siempre observo mejor estando de pie que sentado y como, efectivamente, al mirar desde la Sala Sebastiano hacia la Sala Bordone, haciendo uso de mi mayor agudeza visual, pude tener por fin realmente una vista lateral completa, no estorbada siquiera por el respaldo del banco, de Reger, que ayer, sin duda gravemente afectado por la depresión atmosférica que se produjo la noche anterior, conservó todo el tiempo su sombrero negro en la cabeza, es decir, una vista de todo el lado izquierdo de Reger vuelto hacia mí, mi propósito de estudiar a Reger por una vez sin ser molestado tuvo éxito. Como Reger (con abrigo de invierno), apoyado en el bastón encajado entre sus rodillas, estaba, según me pareció, totalmente concentrado en el examen de El hombre de la barba blanca, no tenía que tener miedo alguno, en mi contemplación de Reger, de ser descubierto por él. Irrsigler (¡Jeno!), el vigilante de la sala, al que Reger conoce desde hace más de treinta años y con el que yo mismo (también desde hace más de veinte años) siempre he tenido, hasta hoy, buenas relaciones, fue advertido por un gesto mío de que, por una vez, quería observar a Reger sin ser estorbado, y cada vez que Irrsigler aparecía, con la regularidad de un reloj, hacía como si yo no estuviera allí, lo mismo que hacía como si Reger no estuviera allí, mientras él, Irrsigler, cumpliendo su misión, examinaba a los visitantes de la galería que, incomprensiblemente en aquel sábado de entrada gratuita, no eran numerosos, con su aire habitual, desagradable para todo el que no lo conozca. Irrsigler tenía esa mirada molesta que utilizan los vigilantes de los museos para intimidar a los visitantes de museos, los cuales son capaces, como es sabido, de todas las inconveniencias; su forma de entrar inesperada y totalmente silenciosa en cualquier sala, doblando la esquina, para echar una ojeada, resulta realmente repulsiva para todo el que no lo conozca; con su uniforme gris, mal cortado pero destinado a durar eternamente, que, sujeto por grandes botones negros, cuelga de su cuerpo delgado como de una percha, y con su gorra de chapa, hecha de esa misma tela gris, en la cabeza, recuerda más a los vigilantes de nuestros establecimientos penitenciarios que a un guardián de obras de arte empleado por el Estado. Irrsigler está, desde que yo lo conozco, siempre igual de pálido, aunque no esté enfermo, y Reger lo llama desde hace decenios cadáver que, desde hace treinta y cinco años, presta sus servicios al Estado en el Kunsthistorisches Museum. Reger, que visita el Kunsthistorisches Museum desde hace más de treinta y seis años, conoce a Irrsigler desde el día en que éste comenzó a prestar servicio y mantiene con él una relación absolutamente amistosa. Me bastó un pequeñísimo soborno para asegurarme para siempre el banco de la Sala Bordone, así Reger una vez hace años. Reger ha establecido con Irrsigler una relación que, desde hace más de treinta años, se ha convertido para los dos en costumbre. Si Reger quiere, como ocurre no pocas veces, quedarse solo contemplando El hombre de la barba blanca de Tintoretto, Irrsigler cierra sencillamente la Sala Bordone a los visitantes, situándose sencillamente a la entrada y no dejando pasar a nadie. Reger necesita sólo hacer su gesto, e Irrsigler cierra la Sala Bordone, efectivamente, no vacila en echar de la Sala Bordone a los visitantes que hay en la Sala Bordone si Reger así lo desea. Irrsigler aprendió carpintería en Bruck del Leitha, pero renunció a la carpintería, ya antes de calificarse como ayudante de carpintero, para ser policía. No obstante, la policía rechazó a Irrsigler por incapacidad física. [...]






En Maestros antiguos
Título original: Alte Meister. Komödie
Thomas Bernhard, 1985
Traducción: Miguel Sáenz
Madrid, Alianza Editorial, 1991

Imagen:Tintoretto, Portrait of a bearded man, c. 1570 


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Ladrar al viento

8 de mayo de 2016






Where is freedom?
By Ghioc Tudor, Romania (2007)

Fuente






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Emile Ciorán: Conversación con Benjamin Ivry

5 de mayo de 2016

Una primera versión, más reducida, de esta conversación 
se publicó en la edición europea del semanario estadounidense 
Newsweek, el 4 de diciembre de 1989


Paris-Match dice que a los setenta y siete años sigue usted teniendo «facciones, expresiones y silueta de adolescente».
Es un poco exagerado.
Ha escrito usted que habría que aprender de los tiranos: «Un mundo sin tiranos sería tan aburrido como un zoo sin hienas».
Hay tiranos soportables y otros insoportables. Hay tiranos cínicos, sin escrúpulos. Ceaucescu, por su parte, no es un caso trágico. Carece de matices. Resulta inexplicable incluso. Los rumanos son el pueblo más escéptico, sin ilusiones. Siempre hay arreglos posibles, pero Ceaucescu, por su parte, carece de matices. Quiere dominar. Los rumanos están totalmente engañados. Hubo un momento en que Ceacescu era bastante razonable: no rompió con Israel, por ejemplo. Los tiranos son grandes conocedores de los hombres. No son cretinos. Saben cómo se puede manipular a la gente, hasta dónde se puede llegar. No existen tiranos imbéciles. Los tiranos son gente que quiere hacer experimentos, que avanza constantemente, que va hasta el extremo, hasta el momento en que todo se desploma. La historia es en sus tres cuartas partes la historia de las tiranías, de la esclavitud humana.
Los rumanos son un pueblo sacrificado y se acabó. Traen sin cuidado a los Estados Unidos. Ceaucescu tiene cierta inteligencia. Sabe que, mientras entregue todo a los rusos, podrá continuar. Ahora se ha llegado a un punto de ruptura. El pueblo no puede más, está moralmente destruido: biológicamente también. La subalimentación es tan grande, que miles de niños mueren muy poco después de nacer. Hasta el punto de que esperan cinco semanas antes de inscribirlos en el registro.
Los rumanos son un pueblo destrozado por la historia. Siempre han sido invadidos por los rusos. Tienen un escepticismo orgánico. Las ideologías exigen ilusiones. Los rumanos carecen de ilusiones.
A Ceaucescu lo sostiene Rusia. En Rumania la gente se muere de hambre, pero el 65 por ciento de la carne va a Rusia. Ceaucescu sabe que Gorbachov lo sostiene. En Rumania no hay leche para los niños, todo se envía a Rusia. Los rumanos han trascendido la desesperación. Les obsesiona la pregunta: «¿Qué vamos a comer hoy?» El de Ceaucescu era el único régimen favorable a Occidente. Pero nadie sabe lo que pudo pasar. Ese tipo que en determinado momento fue popular se convirtió en un tirano. Fue una decepción formidable. Después de la guerra, el comunismo era «el porvenir». La ilusión era posible, pero en seguida se disipó. Checoslovaquia tiene una tradición democrática, con una buena situación económica. Los rumanos no tienen tradición revolucionaria. Por tanto, no tienen libertad.
Rumania no tenía un partido comunista serio, como en Hungría con los intelectuales. Rusia inspira pavor en Rumania. El miedo a Rusia fue lo que impidió el éxito del comunismo en nuestro país.
En Rumania, país escéptico, no hubo tradición revolucionaria antes de la última guerra. Rumania era aliada de Alemania. Cuando Alemania perdió, Rumania decidió aliarse con Rusia. Hubo setecientos mil muertos en Rumania, un país de veinte millones de habitantes. Los rusos siempre ponían a los rumanos en primera línea. No podían desertar. Setecientos mil muertos, sacrificios inauditos, para perderlo todo. Después de la guerra los rumanos estaban destrozados. Ceaucescu pudo triunfar porque no había comunistas fuertes.
Su amistad más antigua en París es la de Eugène Ionesco.
Yo vine a París en 1934. Si hay que fracasar en la vida, mejor es hacerlo en París que en otro sitio. Hay que elegir el sitio en el que quiere uno fracasar en la vida. Conocí a Ionesco cuando éramos estudiantes. Siempre se sintió atraído por la religión. No es creyente, pero le tienta la fe. Le obsesiona la idea de la muerte. No puede aceptarla. Ha abolido la idea de la muerte. No sabe qué hacer con ella. Es un hombre angustiado. Su angustia es su enfermedad. La angustia es la esencia de lo que escribe. Es más religioso que yo, que nunca me he sentido tentado por la fe. Ionesco siempre está a punto de ello. De joven ya estaba angustiado.
También Samuel Beckett es amigo suyo.
A Beckett lo veo de forma distinta, totalmente antibalcánico: un hombre discreto, que tiene cierta sabiduría. Domina desde todo punto de vista. Procede del otro extremo de Europa. Es un angustiado que tiene una sabiduría. Como hombres, Beckett y Ionesco están en los antípodas el uno del otro. Samuel Beckett es dueño de sí mismo, se domina. Eugène Ionesco explota. Son dos temperamentos diferentes. El fenómeno Beckett lo sientes en cuanto estás delante de él. No exterioriza, pero sientes que estás ante alguien. A primera vista, es un angustiado dueño de sí. No es balcánico. Es muy hermoso ver a un angustiado que es dueño de sí. Un fenómeno.
Aunque esté en París desde siempre, no se ha dejado marcar por la Francia intelectual. Ha seguido siendo un extranjero, pese a estar aquí desde hace mucho tiempo. Es un no latino distinguido.
¿No ha intentado nunca su compatriota y amigo Mircea Eliade convertirlo a lo «sagrado»?
¡No! ¡Nunca jamás! Para Eliade, la religión es su profesión. Yo escribí un artículo bastante pérfido antes de su muerte. Sentía pasión por la religión, pero en el fondo carecía de mentalidad religiosa. Le interesaban las religiones en plural, pero no la religión. Sus amigos consideraron mi artículo pérfido, atrevido, indelicado.
A Eliade lo conocí cuando era estudiante. Una cosa es ser religioso y otra estar apasionado por todos los dioses, todas las religiones. Si eres religioso, no vas a dar la vuelta al mundo para ver lo que creen en Asia. Si eres religioso, con un dios te basta o, a lo sumo, dos. Eliade se interesaba por todos. Quiso hablar de todos. Eso no es lo propio de un religioso. Los grandes místicos no se interesan por todos los dioses del mundo. La religión no es como un balance. Eliade dijo en una entrevista que yo estaba equivocado y al final de su vida tal vez tuviese razón, pero, si hubiera sido un creyente de verdad, no habría escrito una historia de las religiones.
Dicen que es usted el mejor escritor de aforismos desde Nietzsche.
Nietzsche se puso a escribir aforismos al comienzo de su locura, cuando empezó a perder el equilibrio mental. En mí era una señal de fatiga. Para qué explicar, demostrar: no vale la pena. Yo hago una afirmación y, si le gusta a usted, mejor y, si no, ¡cállese! He escrito aforismos por repulsión hacia todo. Estoy en los antípodas del profesor. Detesto explicar y sobre todo explicarme.
Usted afirma: «¿Para qué frecuentar a Platón, cuando un saxófono puede hacernos vislumbrar igualmente otro mundo?».
Es un poco exagerado, una paradoja un poco barata. Es mal gusto balcánico. Para provocar.
Usted ha escrito: «Si alguien le debe todo a Bach, es sin duda Dios».
Sin Bach, Dios quedaría disminuido. Sin Bach, Dios sería un tipo de tercer orden. Bach es la única cosa que te da la impresión de que el universo no es un fracaso. Todo en él es profundo, real, sin teatro. Después de Bach, Liszt resulta insoportable. Si existe un absoluto, es Bach. No se puede tener ese sentimiento con una obra literaria, hay textos, pero no son formidables. El sonido lo es todo. Bach da un sentido a la religión. Bach compromete la idea de la nada en el otro mundo. Cuando escuchamos su llamada, no todo es ilusión, pero Bach es el único que lo hace. Fue un hombre mediocre en su vida. Sin Bach, yo sería un nihilista absoluto.
Usted ha «esperado durante mucho tiempo no acabar el curso de [su] vida sin asistir a la extinción de [su] especie».
Era un poco megalómano. Fui demasiado lejos. Tenía demasiada prisa. No tuve el sentido del ridículo en aquel momento. Cuando escribes, no tienes sentido del ridículo. Te identificas con lo que dices y hasta después de unos minutos no lo adviertes. Si escribes, debes hacer como si estuvieras solo en la Tierra, como si fueses una parte del absoluto. Si no, ¿qué interés tiene?
Después de 1992 y los Estados Unidos de Europa, ¿espera usted una reunificación filosófica de los europeos?
Eso va a fracasar. Estamos gastados, somos decadentes. Europa carece ya de vitalidad. Es una civilización vieja. La civilización francesa tiene ya mil años. Inglaterra también. Alemania no está agotada. Cada pueblo puede prodigar su locura. Francia lo hizo con la Revolución y con Napoleón. Cuando acaben las guerras de agresión, estaremos civilizados. Alemania fue vencida, pero no está agotada. Pero, a fin de cuentas, el drama de Alemania es el de no haber tenido un dictador inteligente, sino un loco: Hitler. En todos los tiranos hay un elemento de locura. Hitler precipitó la decadencia de Europa. Sin Hitler, Europa habría podido reinar durante algunos siglos. Después de él, Europa no puede ser un centro intelectual y artístico. Para el futuro, Europa es de segundo orden. Creo más en el futuro de la América latina que en el de Europa. Aunque sus regímenes sean espantosos, allí hay vitalidad. Esos pueblos no están gastados. Aquí, Europa se ha autodestruido. Hitler precipitó la catástrofe.
El suicidio es un tema importante en su obra.
El suicidio es capital. Cuando alguien que quiere suicidarse viene a verme, le digo: «¡Es una idea positiva! Puede usted hacerlo en cualquier momento». La vida no tiene sentido, sólo se vive para morir. Pero es muy importante saber que podemos matarnos cuando queramos. Eso nos calma, nos satisface. El problema está resuelto y la comedia continúa. Antes del cristianismo, el suicidio estaba bien considerado, como un acto de sabiduría, deseable incluso. Si alguien está desesperado, dígasele: «Puede usted matarse cuando quiera. No hay que apresurarse. La vida es un espectáculo que no tiene sentido, pero continúe durante todo el tiempo que quiera. No hay límites». Lo que vuelve soportable la vida es la idea de que podemos salir de ella. Es la única forma de soportarla, poder acabar con ella. Cualquier imbécil puede librarse de ella.
Una vez conocí en un cine a una mujer que quería suicidarse. Decía que quería acabar de una vez. Le dije: «Como usted guste». Ella dijo: «Pues entonces, ¡no me suicido!».
El de poder disponer de nuestra vida es el único acto verdaderamente indemne de desesperación y razonable de nuestra vida. Es la idea de espectáculo, pero… La idea de suicidio es la que vuelve soportable la vida. A la gente que está agitada, que grita, le digo: «Tiene usted la solución. Tiene usted la clave para todo».
Cuando yo tenía dieciocho o veinte años, era un suicida. Tenía insomnios. Es la peor enfermedad. Pasaba toda la noche circulando por la ciudad. Mis padres estaban desesperados. Pensé en acabar con aquello, pero decidí esperar. La salud es algo maravilloso. La idea del suicidio se me pasó de un día para otro.
¿Es bueno para un político leer filosofía?
Los políticos deberían leer a los filósofos. En la Antigüedad, los políticos eran filósofos. Transformar una obra en problema. Mitterrand no lee a los filósofos, es literato. Es un hombre bastante cínico, sin convicción profunda alguna. François Mitterrand no es un hombre de izquierdas, es un antiguo derechista. Pero es hábil, escéptico, cambia todo el tiempo, en todas las ocasiones, vive en el instante, en lo inmediato. François Mitterrand es un hombre culto, el único político de la Comunidad Europea que se interesa por los escritores personalmente. Prefiero infinitamente a un tipo como François Mitterrand, que cambia de opinión, a un ideólogo. Las catástrofes de la historia son provocadas por los que están demasiado convencidos. Hay que saber ceder. Un jefe de Estado debe tener ideas relativas.
François Mitterrand no es un hombre de ideas, lo que cuenta es la situación. Todo es empírico. La habilidad te impide tener convicciones que puedan ser peligrosas, que conduzcan al fanatismo. Hitler era un caso patológico. Creía, el muy imbécil, en sus ideas.
A usted le gusta mucho el tango argentino.
Soy un gran aficionado al tango. Es una auténtica debilidad. Asistí a un espectáculo de tango argentino en París, pero me parece que el tango ha degenerado. En el entreacto, envié una nota al director en la que le pedía que fuera un poco más melancólico. Ahora el espíritu ya no es el mismo. El espíritu lánguido se ha vuelto más dinámico. Es mi debilidad por la América latina. Antaño era más profundo y más íntimo. Mi única, mi última pasión era el tango argentino.





E. M. Cioran, Conversaciones
Título original: Entretiens
E. M. Cioran, 1995
Traducción: Carlos Manzano
Foto: Emil Cioran, Paris, 1989 -by Édouard Boubat



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Christopher Hitchens: Pensando tres veces sobre la cuestión judía

4 de mayo de 2016




El pueblo judío y su destino son los testigos vivos de la ausencia de redención. Ese, podría decirse, es el sentido del pueblo elegido; los judíos son elegidos para demostrar la ausencia de redención.
Leo Strauss, «Why We Remain Jews» (1962)
Creo que podría ser judía.
Sylvia Plath, «Papi» (1962)
En los primeros días del mes de diciembre en que mi padre iba a morir, mi hermano menor me comunicó que yo era judío. Por entonces, yo era un inglés trasplantado a Estados Unidos, con un hijo, y, aunque inmune a las consolaciones de cualquier religión, miembro no creyente de dos iglesias cristianas. Al oír la noticia, me alegró descubrir que me alegraba.
Justo encima de estas líneas se encuentra el párrafo inicial de un ensayo que publiqué en Grand Street, la revista trimestral de Ben Sonnenberg, el verano de 1988. Se volvió a publicar bastantes veces, y dio su título epónimo a mi primera colección de ensayos, Prepared for the Worst. Fue mi primera y hasta ahora única excursión autobiográfica, era en gran medida positiva e incluso optimista, aunque solo fuera porque mi semisemitismo venía por parte materna, en vez de ser, como en el caso de Sylvia Plath, un angustiado legado paterno, y se cerraba con una palabra fácil de pronunciar: «Continuará…»
Durante los primeros cuarenta y pico años de mi vida había pensado en mí mismo como inglés, últimamente con ambiciones de convertirme en angloamericano. Esa autodefinición nacional experimentó un cambio interesante que fue consecuencia de que mi abuela materna sobreviviera a mis padres. Yvonne se quitó la vida a una edad dolorosamente temprana. La robusta salud de mi padre empezó a fallar cuando se acercaba a su octava década de vida y murió a finales de 1987. Mientras tanto, Peter se había comprometido con una chica judía y la había llevado a conocer a Dodo —la anciana señora Dorothy Hickman—, nuestra única abuela que vivía. Más tarde, y después de felicitarle por su elección, desconcertó un poco a Peter al decir: «Es judía, ¿verdad?» Él admitió que ese era el caso y entonces ella lo desconcertó aún más diciendo: «Bueno, tengo algo que decirte. Tú también lo eres».
¿Por qué había tardado tanto en saberse eso, y por qué era todavía un secreto familiar? Mi madre no había querido que lo supiera nadie, y mi padre había ignorado el dato toda su vida, y siguió así hasta el final. He repasado todos los recuerdos posibles y estoy bastante seguro de que puedo adivinar la razón, pero aquí está el sendero que seguí.
En lo que antiguamente era la Prusia alemana, en el distrito de Posen y muy cerca de la frontera polaca, había una localidad llamada Kempen que, durante gran parte de su existencia, tuvo una mayoría judía. (Ahora se llama Kępno y está a una hora en coche de la ciudad polaca de Wroclaw, antes Breslau.) El señor Nathaniel Blumenthal, nacido en Kempen en 1844, decidió marcharse, o posiblemente fue llevado por sus padres, pero en todo caso llegó a las Midlands de Inglaterra y, aunque se casó «fuera», se convirtió en el padre de trece hijos ortodoxos. Parece que desembarcó en Liverpool (la broma de los judíos ingleses es que lo hicieron los emigrantes más torpes, que imaginaban haber llegado a Nueva York) y se estableció en Leicester en 1871. En siguientes formularios del censo señala que su ocupación es «sastre». En 1893, una de las hijas del viejo Nate se casó con un tal Lionel Levin, de Liverpool (los Levin también eran originarios de la zona de Posen/Poznan) y el certificado de matrimonio de la burocracia británica confirma que se unieron «según los ritos de los judíos alemanes y polacos». La madre de mi madre, cuyo nombre de soltera era Dorothy Levin, nació tres años después, en 1896.
No parece que les costara mucho decidirse por la asimilación, porque para cuando llegó la Primera Guerra Mundial el apellido Blumenthal se había convertido en «Dale» y los Levin se llamaban «Lynn». Eso podría tener algo que ver con la repulsión general hacia los nombres alemanes que había en la época, cuando incluso la familia real británica tachó los títulos de Sajonia-Coburgo-Gotha y se convirtió en la Casa de Windsor, metamorfoseando convenientemente otros nombres como Battenberg en Mountbatten. Pero la asimilación nominal no se extendía a la religiosa. Dodo recordaba cerrar las cortinas el viernes por la noche y sacar la menorá y ayunar en Yom Kippur («aunque sólo fuera por mantener la línea, querido»), pero también recordaba que lo hacía con discreción, porque en Oxford, donde se habían mudado mis bisabuelos, existía un leve prejuicio.
Mi padre murió muy poco después de que Peter me trajera la noticia judía, y volé a Inglaterra para el funeral (Dodo estaba demasiado débil para asistir) y luego fui a verla enseguida. Lo que quería entender era esto: ¿Cómo había sido tan poco curioso, y cómo me habían engañado tan fácilmente? Pareció decidida a interpretar el papel de una abuelita judía de culebrón («Siempre lo veía en ti y en tu hermano: tenéis el cerebro judío…»), y sin duda y repentinamente me parecía judía, lo que no ocurría cuando era pequeño. O quizá es mejor decir que de niño yo no era, en ningún sentido, consciente de los judíos: Dodo tenía el pelo oscuro y rizado y una tez que le hacía juego y, cuando registré todo eso, era con la idea desorientada de que parecía gitana. Pero cuando eres joven das a tus parientes por descontado y, aunque hagas preguntas infantilmente incómodas, tiendes a aceptar la respuesta. «Hickman» no era un nombre especialmente exótico —-mi madre se reía diciendo que no podía esperar a librarse de él y terminó casándose con un Hitchens— y cuando Peter y yo preguntamos qué había pasado con el marido de Dodo, nos callaron con la información de que había «muerto en la guerra». Puesto que todas las historias familiares trataban de la «guerra», lo aceptamos sin cuestionarlo, como algo abrumadoramente probable. Años después, Peter descubrió que Dodo se había casado con un maltratador borracho y adúltero, Lionel Hickman, que había continuado nuestra tradición mischling al convertirse al judaísmo para casarse con ella, se lo había hecho pasar muy mal y después había sido atropellado por un tranvía en el apagón que acompañó al bombardeo nazi. Muerto en la guerra, sin duda.
Sentado junto a la anciana en su pequeño salón, en un barrio del sur de Londres, me preguntaba si tenía algún recuerdo que pudiera contarse como una premonición, o un recuerdo, de ese patrimonio. Cuando uno empieza a buscar esas cosas, lo sé, la posibilidad de «descubrirlas» manifiesta una tendencia a aumentar. En la repisa de la chimenea había una fotografía de Yvonne, que parecía joven, rubia y afortunada y obviamente bastante bien dotada para «colar» como gentil. «No le apetecía mucho ser judía —dijo Dodo—, y no creo que a la familia de tu padre le hubiera gustado la idea. Así que decidimos que quedara entre nosotras». Empezaba a ser desalentador. Mi padre era un reaccionario y un pesimista —las caricaturas de Private Eye de Denis Thatcher siempre me recordaron su tono insistente y similar al de Igor, que a veces también veo en mi hermano—, pero no era intolerante. Si hubiera habido algo en el origen étnico de Yvonne que le hubiese hecho comprobar o detenerse, habría sido descubrir que sus antepasados se habían identificado como alemanes. La opinión del Comandante, que repetía el punto de vista del Plan Morgenthau, era que después de 1945 Alemania estaría mejor si quedaba totalmente despoblada… Pero él no habría pensado que eso era un prejuicio.

De repente me asaltó un viejo recuerdo del padre de mi padre, que soltó una arenga cuando en los círculos familiares se supo que su nieto mayor era partidario del Partido Laborista y el socialismo. Eso debió de ser en 1964 o quizá, dado el paso glacial que tenían las noticias en ese lado de la familia, en 1965 o 1966. Me honró, en su algo chirriante y áspero acento de Portsmouth, con una especie de bestiario de nombres siniestros, todos los cuales tendían a subrayar la poca cordura de la izquierda parlamentaria del laborismo. Me acuerdo: «Míralos: Sidney Silverman, John Mendelson, Tom Driberg, Ian Mikardo» (este último era un chico de Portsmouth al que, como al estúpido y futuro primer ministro laborista James Callaghan, mi abuelito profesor había intentado inculcar a golpes los rudimentos de una educación). En aquella época no tenía ni idea de lo que quería transmitir con todo eso, a menos que debiera identificar nombres alemanes poco patrióticos —Tom Driberg, que sería mi amigo más tarde, sufrió toda su vida una persecución nominal sin tener nada de judío—, pero más tarde pude adivinarlo a través de una suerte de ingeniería inversa.[124] Las maneras del viejo eran imponentes en la mejor ocasión: no puedo imaginar cómo habría sido para mi madre, por no hablar de su madre, que la presentaran al patriarca en 1945, cuando se debatió por primera vez su boda con el Comandante. Una de las poquísimas cartas del Comandante que sobreviven expresa mi observación: está dirigida a su hermano Ray y fechada el 28 de marzo de 1945, desde el barco de Su Majestad Jamaica, lo que significa que la nave debía de estar anclada en el cercano puerto de Portsmouth:

Querido Ray:
Muchas gracias por tu carta de felicitación. Sí, estoy de acuerdo en que se necesita un sentido de proporción para entrar en la casa y salir ileso y pensé que era bueno que Yvonne pasara esa prueba de fuego antes de preguntar si seguía interesada…

No creo que a Yvonne le costara, o le hubiera podido costar, mucho renunciar a una charla fácil con su potencial suegro sobre la larga línea de sombrereros de señoras, sastres, carniceros kosher y (para ser justos) dentistas de la que ahora sé que descendía. Al mirar hacia atrás, no imagino que mi abuelo encontrara mucha utilidad en ninguna de las profesiones mencionadas. Lo que le gustaba, o lo que recuerdo que le gustaba, eran las historias lujosamente ilustradas de misioneros protestantes en África. Sobre ese asunto, ella podría haberle ofrecido poco consuelo o alegría.
Sentado junto a Dodo y recordando todo eso, tuve que preguntarme qué había significado para mí la judeidad, si significaba algo, cuando era niño. Estaba completamente seguro de que no significaba nada hasta que tuve trece años, salvo como una especie de subtexto de las historias de la Biblia cristiana con las que me habían agasajado en la escuela primaria. De alguna manera extraña, Jesús de Nazaret había sido una especie de rabino y lo habían ejecutado terriblemente bajo el título burlesco de «Rey de los judíos», pero también habían sido los judíos quienes ansiaban su tortura y su muerte. Muy de vez en cuando algún chico hacía un comentario mezquino o significativo o peyorativo sobre eso, pero en mis primeros años no había verdaderos objetivos judíos a los que dirigir eso. Además, la memoria de los juicios de Nuremberg estaba fresca y, aunque la mayor parte de nuestra televisión y nuestro cine hacía que pareciera que la Segunda Guerra Mundial había sido un asunto personal entre Hitler y la élite de la élite inglesa o británica, había momentos de imágenes documentales que mostraban el detrito apenas concebible de la Solución Final, mientras lo arrastraban a fosas comunes. Cuando era niño, oí que mi madre usaba una vez la palabra «antisemitismo» y recuerdo que sentí una especie de escrúpulo que, sin que me lo hubieran explicado por completo, de algún modo sabía lo que significaba.
Más tarde, en Cambridge, había chicos judíos en clase, y supongo que me di cuenta de que solían tener narices más curvas y carnosas, como se me había llevado a esperar. También tenían nombres distintos: Perutz, hijo del ganador del Premio Nobel; Kissin, el chico listo que recomendaba a todo el mundo leer el New Statesman; Wertheimer, que llevaba una gran chapa en la solapa donde decía: «La horca es un asesinato». Estaba entre los pocos que apoyaron mi fallida campaña laborista de 1964 y supongo que, subliminalmente, confirmaron la visión de mi abuelo de que había algo casi axiomáticamente subversivo en la judeidad. En clase de historia leí sobre el caso Dreyfus y en clase de inglés escribí una defensa de Shylock contra sus torturadores venecianos. Se oían leves vulgaridades antijudías de vez en cuando entre los chicos más zoquetes —siempre la versión del tópico de que los judíos son demasiado hábiles en los negocios—, pero uno casi nunca veía u oía nada contra un judío de verdad.
En el verano de 1967, desde que dejé el internado hasta que fui a Oxford, y mientras me hallaba bajo el magisterio postal y a larga distancia de Peter Sedgwick, las varias «repúblicas» y monarquías feudales árabes hicieron causa común, parecía, en una guerra para extinguir el Estado de Israel. Me pareció obvio que había un Estado diminuto, colgado a la orilla del Mediterráneo oriental, y que no se enfrentaba a la derrota, sino a la eliminación. Como muchos izquierdistas de la época, simpaticé instintivamente con el Estado judío. No lo hice completamente o sin reparos: había oído a tantos conservadores que echaban espuma por la boca cuando deliraban sobre el odiado Nasser tras la guerra de Suez de 1956 que estaba en guardia ante la posibilidad de oír esa retórica de nuevo. Y pedí por correo un panfleto que coproducían la Organización Socialista Israelí y el Frente Democrático Palestino, un sermón que se proponía ofrecer una solución no sectaria, escrito en una jerga que no se basaba en ningún idioma conocido. En todo caso, los acontecimientos fueron más deprisa que el panfleto. Los paracaidistas israelíes no tardaron en llegar al Muro de las Lamentaciones y Sharm el-Sheij, y toda la bravuconería del nasserismo se reveló bastante vacía y odiosa. En esos días todavía pensaba, como la mayoría de la gente, en la lucha entre Israel y los árabes y no entre Israel y los palestinos.
«Pero mira cómo trata la prensa a los israelitas [sic] —dijo Dodo indignada, aboliendo mi ensoñación y convocándome a un presente invariable en ese aspecto—. Nunca hemos gustado, ya sabes. Supongo que no debería decirlo, pero creo que es porque están celosos.» En esa etapa de mi vida sabía demasiado para aceptar esa vieja auto-compasión como la explicación de todo, pero no quería tener una discusión con mi dulce, triste y vieja abuela, así que me fui, y, volviéndome en la puerta de su pequeño jardín, con algo de torpeza pronuncié el saludo: «Shalom!» Respondió: «Shalom, shalom», con la misma facilidad que si siempre nos hubiéramos saludado y despedido así, y, como escribí en aquella época, di media vuelta y caminé hacia la estación bajo la lluvia inglesa ligera y persistente que también era mi derecho de nacimiento.







[124] En aras de la justicia, debería decir que mi hermano Peter cree firmemente 
que la segunda explicación —en otras palabras, xenofobia común en vez de odio 
a los judíos— es la más probable.


Christopher Hitchens:
Hitch 22. Confesiones y contradicciones
Título original: HITCH-22: A memoir
Christopher Hitchens, 2010
Traducción: Daniel Rodríguez Gascón
Foto: Christopher Hitchens © Paolo Pellegrin-Magnum Photos 2007






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Michelangelo Antonioni: Lo sguardo di Michelangelo (cortometraje)

3 de mayo de 2016









Director: Michelangelo Antonioni
Libro y guión: Michelangelo Antonioni
Enrica Antonioni y Carlo Di Carlo (colaboradores)
Con Michelangelo Antonioni como él mismo
Año 2004
Duración: 17'34"
Data completa


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