Emily Dickinson: Es todo lo que tengo [J26 – F17] (tres versiones)

1 de febrero de 2012






Es todo lo que tengo hoy para traer -
esto y mi corazón además -
esto y mi corazón y todos los campos -
y todas las praderas anchas -
cuente bien - no sea que alguien
pueda revisar la cuenta -
esto y mi corazón y todas las abejas
que en el trébol moran.

Versión Silvina Ocampo
Argentina 1903/1993



Esto es todo lo que tengo para traer hoy–
Esto, y mi corazón al lado–
Esto, y mi corazón, y todos los campos–
Y todos los prados vastos–
Seguro, tú cuentas –podría yo olvidar
A alguna que pudiese decir la suma
Esto, y mi corazón, y todas las abejas
Que moran en el trébol

Versión Hanni Ossott
Venezuela 1946/2002



Esto es todo lo que tengo para traer hoy-
Esto, y mi corazón al lado-
Esto, y mi corazón, y todos los campos-
Y todas las amplias praderas-
Estate segura de que cuentas -si yo lo olvidara
Alguien podría decir cuánto suman-
Esto, y mi corazón, y todas las Abejas
Que en el Trébol moran.


Versión Ana Mañeru Méndez
España, contemporánea




It's all I have to bring today –
This, and my heart beside –
This, and my heart, and all the fields –
And all the meadows wide –
Be sure you count – should I forget
Some one the sum could tell –
This, and my heart, and all the Bees
Which in the Clover dwell.



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Carta de Veza a Georges a un mes de la muerte de la madre de los Canetti

31 de enero de 2012




Agosto 22 y 23 de 1937

Georges,

Algo terrible ha sucedido. Si la genialidad es “la habilidad para soportar sufrimientos interminables”, entonces soy un genio. Ayer Canetti sufrió su mayor episodio psicótico. Yo fui la catalizadora porque perdí control de mí misma. Otra vez tuvo que ver con su tendencia al derroche, especialmente con su forma de desperdiciar el tiempo con las jóvenes más tontas y necias. Traté de abordar ese problema pedagógicamente y quise [ilegible] con Anna, quien siente una gran admiración por él. Fue lo peor que le pude haber hecho, pero te lo dije, ya no estoy en control de mí misma. Ser indulgente significa permitirle que se eche a perder por completo. Y eso implica una desintegración total. Conocerlo es conducirlo a la locura. Eso fue lo que hice ayer.

En casa, comenzó a reírse espantosamente. Yo estaba asustada, pero él nos dijo que así era como tú habías reído cuando murió su madre, y entonces pensé que sólo se trataba de un ataque de nervios pasajero. Pidió té y yo, tranquilamente, le serví una taza. Pero me hizo cambiarla por la que yo había servido para mí, porque la suya estaba envenenada. He estado escuchando esto por doce años y no me hizo ninguna impresión, aunque estaba horrorizada por el gesto de su rostro. Bebí su té envenenado y él se acostó. Su cara estaba muy roja. Y entonces alucinó que estaba en un manicomio: el músico L. era un enfermero que yo había contratado en secreto; la esteticista (una de esas tontas suyas) también hacía parte del servicio médico; yo misma era un ser muy muy malvado y lo había vuelto loco desde hace tres semanas (desplazó nuestra escena tres semanas atrás en el tiempo). Esto se extendió por una hora. Yo estaba tan asustada que empecé a temblar y le pedí que me ayudara a salir de mi angustia. Sollozando desesperadamente dijo entonces que yo me había envenenado con el té que estaba destinado a él. Quedé fría, congelada, y él pensó que yo era su madre muerta. No sé cómo encontré la fuerza para sonrojarme como si tuviera fiebre, y sólo así se calmó. Luego le hablé sobre Hoepffner y de repente todo se esfumó y recuperó su calma. El ataque había pasado. Hoy hablamos sobre lo que ocurrió, pues él no confía en que el ataque no se repita. Vamos a intentar y evaluar si puedo ser su enfermera. Implícitamente eso es lo que he sido por mucho tiempo, pero ser casi obligada diariamente, cada hora, a susurrar en una habitación aislada de ruido (porque todo el mundo puede oír), o a no decir ciertas cosas, o a aceptar todo lo que lo está destruyendo, no sé si vaya a ser capaz de hacer eso. En ese caso él pretende “tratarse a sí mismo”, como dice. Él piensa que yo soy su desgracia, porque no puede vivir sin mí y no puede vivir conmigo. Creo que tiene razón. Ya no soy la persona buena y hermosa que solía ser. Soy dominante, dura, intransigente.

Me prohibió estrictamente escribirte. Le dirías a Nissim -a quien le agradaría pues esto justificaría su mal comportamiento previo-. Creo que no es un miedo infundado, y te exijo que permanezcas callado como una tumba, así como yo lo he hecho por años y años. Estoy pidiéndote ayuda ya que él no irá a un médico y no puedo traerle uno, ¿podrías decirme si hay algún medicamento que pueda darle cuando sienta que se avecina un ataque? Escríbeme a Viena y envía la carta para que llegue el 5 de septiembre. Escribe con prudencia y dime que lo guarde en secreto, él no verá la carta, pero sólo por si acaso: quiero que trates con extremo cuidado y con toda la delicadeza posible lo que respecta a esta nobleza de hombre. Por favor dime si conoces algún libro que describa este tipo de manía, y si es curable. Si lo es (pero tendría que comprobarlo en un libro), entonces estaría lista para afrontar lo que sea; si no, entonces sólo me queda una cosa por hacer.

Porque yo, también, vivo en un delirio. ¿No es delirio cuando por años una halagada y envidiada mujer no encuentra otra salida que el suicidio? Yo, que a pesar de mi edad, a pesar de lucir como una vieja arrugada, a pesar de mi pelo blanco, soy cortejada por los hombres más importantes... Ellos son los que te dirán las mejores cosas sobre mí. La mujeres, por supuesto, que sólo escuchan cómo limito, cómo controlo, cómo mantengo a Canetti como un “prisionero”; las mujeres te dirán que todo es mi culpa. Eso no me preocupa en lo absoluto, o tal vez un poco, pero si tuviera que describirte la vida desdichada que llevo no lo creerías: llorarías como ahora estoy llorando.

Ahora te pido tus consejos como médico. Si vienes, él no se debe enterar que te he contado algo. Quiero que paulatinamente logres que él mismo te lo cuente. Tal vez su extraordinaria inteligencia junto a la tuya ayuden a hallar lo más apropiado para hacer.  Yo no podría sobrevivir a su locura. Estoy lista para una separación inmediata si eso fuera lo indicado para él, pero él me asegura que no podría vivir y que se perdería sin mí, “aunque seas una persona tan mala y perniciosa”. Ahora se encuentra tan decaído y tan bondadoso, tan bondadoso. Me confesó que sólo busca ese estúpido círculo de mujeres y que sólo continúa visitando Salzburgo, porque todo el tiempo tiene visiones de su madre muerta. Apenas puede escribir una línea sin verla inerte en su lecho y sin escuchar tu risa. Por favor, escríbeme a Viena, pero no sé si yo vaya a poder verte de nuevo, porque si él tiene una nueva recaída -indefensa como soy- mi propio sistema empezará a funcionar: eternamente, entregado a la paz. Quizás el martes venga un admirador suyo de Praga a visitarlo (el director de Urania) y Hoepffner vendrá el jueves. Seguramente encontrará esas visitas lo suficientemente absorbentes como para recuperarse. Eso espero. Pretendo guardar todo como un secreto mientras me sea posible. Él nunca deberá ser enviado a una institución mental. Él nunca deberá ser declarado incompetente ni que se le asigne un protector legal. Y sólo deberá ser visto por un médico si está tranquilo y no sabe que se trata de un médico (a menos que lo persuadas a visitar uno voluntariamente).

Perdóname. Pero he confiado mi vida en proteger a Canetti. No soy una genio en el sentido de Carlyle, porque no puedo seguir así. Él carga todo el sufrimiento del mundo dentro de sí. Yo misma creo que sólo estoy haciéndole daño porque he perdido el control. Estoy desbordada, no siempre estoy paciente o mesurada, sino nerviosa, recia, amargada, torturada, y así lo lastimo.

¿Qué debo hacer?
Veza


¡Te imploro que guardes esto en secreto! Él mismo dice que este ataque fue muy serio, porque incluso retrasó el tiempo de nuestra pelea. Teme una repetición. Si no vuelves a escuchar noticias de mi parte es que las cosas se han calmado por ahora. ¡Ya veremos!




En "Dearest Georg": Love, Literature, and Power in Dark Times: The Letters of Elias, Veza, and Georges Canetti, 1933-1948 Editor: Karen Lauer [Kindle Edition]
Versión  de Jorge Caraballo (Colombia) 


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Maura Sullivan: Derya and the birds

28 de enero de 2012









Cortesía: Kahmann Gallery Amsterdam
Fuente: Art Knowledge News
Vía: Coulours


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Loulourevisited: Un libro cada día (su nuevo blog)

27 de enero de 2012





Los libros y los días
enero 26th, 2012






Cuando hablan de los libros que me gustan me callo. He pasado muchos años sintiendo que los libros además de ofrecerme un país para mí sola me separaban de los demás, las portadas eras barreras no sólo defensivas sino agresivamente escupidoras de compañía; tantos años defendí mi propiedad espiritual tan dolorosamente conseguida en soledad de la mirada de los otros. Y entonces cuando hablan de mis libros me callo, como si la esposa de mi amante estuviera comentando delante mía en una reunión de sociedad cosas desacertadas, o falsas, sobre el hombre al que yo amara en la clandestinidad; como si la esposa de mi amante no hubiera paladeado nunca ciertas delicias en las que yo me regodease a placer. Así que me callo. Quién necesita saber, o más bien, con quién necesito compartir sino con él. Con él. Y este él van a ser ustedes, porque paso demasiado tiempo delante de la pantalla de mi ordenador, paso demasiado tiempo delante de mis libros, y quién no quiere escupir, de una manera u otra, la belleza que se ha tragado. Así que esto es una escupida. En tu cara, amado mío-ustedes. Compartamos los libros. Ámame en estos libros. 

Siempre es mejor un libro. Mi patria son los libros. Frases así digo todo el tiempo, así que voy a intentar hacer una demonstración, que sería algo así como mostrar los monstruos que me han crecido por dentro desde los libros que he leído o que estoy leyendo. Es todo. No esperen rigor científico de mí, sólo amor desordenado y una página cambiante.


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Post recomendado: Juana Bignozzi en el placard

23 de enero de 2012








Ce triste exil, ce fier exil

En las noches felices con la gente que amo
él hace sentir su ausencia,
se instala en el amor que me dan,
en el amor que doy,
en el otoño, sí, ya sé, las hojas;
dos amigas caminan por calles entrañables,
hablan del amor, la vida, los hombres,
se dejan envolver por la dulzura de la noche de mayo,
hacen a un lado las cosas irremediables,
caminan solas entre los olores, las luces de las ventanas,
algún rostro obsesivo que insiste, insiste,
pero ellas saben tanto sobre el amor, tanto,
que pueden convertir todo en una charla brillante
el hombre que desean hasta sentir frío,
el verdadero amor
y el aplastante domingo que hay que atravesar
para que su voz sea de nuevo
y todo empiece a cobrar vida.

Los amigos que me aman hablan de mis ojos,
ya sé, son importantes como las hojas en otoño,
pero todo cae a golpes
en estos domingos para lanas tibias, hijos que no tengo,
globos de colores en el parque.

Entre ritos familiares se calienta al sol
impura,
como si hubiera encendido fuego en viernes
o hubiera cantado en tierra extranjera.



Más acá http://goo.gl/D4UWf
Imagen: Nora Lezano



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Rene Char: Contra la casa seca (fragmento)

21 de enero de 2012




En la morada superior ningún invitado, ninguna partición: la urna fundamental.

El relámpago abre caminos en el presente, le hace con él un chirlo al jardín, persigue -sin acosar- su extensión, no cesará de aparecer ni de haber sido.


Los favorecidos por el instante no han vivido como nosotros nos hemos atrevido a vivir, sin temer el alabeo de nuestra imaginación, por ternura de imaginación.





Versión Jorge Riechmann
En Poesía Ilustrada de Información Poética n° 26
Madrid, 1986



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Sobrevalorado Eugenio Montale: Los limones

20 de enero de 2012





Escúchame, los poetas laureados
se mueven solamente entre las plantas
de nombres poco usados: bojes ligustres o acantos.
Yo, para mí, amo los caminos que van a parar
a los herbosos fosos donde en charcos
medio secos los muchachos agarran
cualquier flaca anguilla:
los senderos que atraviesan los cerros
descienden entre los copetes de las cañas
y se meten en los huertos, entre los limoneros.

Mejor si las algazaras de los pájaros
tragadas por el azul se apagan:
más claro se escucha el susurro
de las ramas amigas en el aire que casi no se mueve,
y los sentidos de este olor
que no sabe desprenderse de la tierra
y en el pecho llueve una dulzura inquieta.
Aquí, de las divertidas pasiones
de milagro calla la guerra,
aquí toca también a nosotros los pobres
nuestra parte de riqueza
y es el olor de los limones.
Mira, en estos silencios en los cuales las cosas
se abandonan y parecen vecinas
a traicionar su último secreto,
a veces esperamos
descubrir un error de la Naturaleza
el punto muerto del mundo, el anillo que no guarda,
el hilo para desembrollar que finalmente nos ponga
en medio de una verdad

La mirada escuadriña el entorno
la mente indaga reconcilia desune
en el perfume que inunda
cuando el día más languidece.
Son los silencios en los que se ve
en cada sombra humana que se aleja
alguna disturbada Divinidad.

Pero falta la ilusión y el tiempo nos remite
a las ciudades rumorosas donde el azul se muestra
sólamente a pedazos, en lo alto, entre las cimas.
La lluvia cansa la tierra, de después; se adensa
el tedio del invierno sobre las casas,
la luz se hace avara - amarga el alma.
Cuando un día desde un portón malcerrado
entre los árboles de un patio
se nos muestran los amarillos de los limones;
y el hielo del corazón se deshace
y en el pecho nos hierven
sus canciones
las trompetas de oro de la solidaridad.


En Montale, Ungaretti, Quasimodo: Novecento
Trad.; Teódulo López Meléndez

© Arquitrave Editores www.arquitrave.com


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René Char: Contra una casa seca

18 de enero de 2012





Mi amor prefería el fruto a su fantasma. Yo unía el uno al otro, insumiso y encorvado.

Trescientos sesenta y cinco noches sin sus días, muy compactas; esto es lo que les deseo a quienes odian la noche.






Versión Jorge Riechman
RC: Contra una casa seca
En Poesía N° 26 (Madrid, 1978)


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Michelangelo, The Dying Slave

17 de enero de 2012










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Elías Canetti: Hay una tensión legítima en el poeta




Hay una tensión legítima en el poeta: la proximidad del presente y la fuerza con la que  él lo aparta de sí; la nostalgia del presente y la fuerza con la que vuelve a tirar de él para  sí. De ahí que jamás pueda estar lo bastante cerca de él. De ahí que jamás pueda  apartarlo lo bastante de sí. Todo hombre necesita una esfera legítima de opresión en la  que le sea permitido despreciar y poner su orgullo por las nubes. La elección de esta  esfera, que muchas veces tiene lugar muy pronto, es, probablemente, el acontecimiento  más importante de una vida. Aquí es donde un educador puede realmente hacer algo;  tiene que estar mucho tiempo a la expectativa, sintonizar cautelosamente con que estar mucho tiempo a la expectativa, sintonizar cautelosamente con los sentimientos  del educando y, una vez ha encontrado lo que buscaba, trazar con energía los límites de  esta esfera. Lo importante son estos límites; deben ser firmes y resistir cualquier ataque;  tienen que proteger al resto del hombre de los apetitos depredadores de la arrogancia.

No basta con que uno se diga: soy un gran pintor. Tiene que sentir que en las otras cosas  es muy poco, mucho menos que la mayoría de los otros. La esfera del orgullo, por su   parte, debe ser espaciosa y estar aireada. Sus súbditos, donde mejor viven es fuera, a  gran distancia unos de otros. Sólo en contadas y muy especiales ocasiones se les hará   sentir que son súbditos. En realidad, lo único importante aquí es que uno lleve la bola de  cristal consigo y que proteja el aire enrarecido de esta bola. En ella se respira de un  modo más puro y con más paz, y uno está completamente solo. Únicamente los  malhechores y los locos quieren que la esfera crezca hasta convertirse en una cárcel para  todo el mundo. El hombre que tiene experiencia mantiene esta esfera de modo que  pueda cogerla con la mano; y cuando, a modo de juego, la hace crecer, no olvida jamás  que, antes que él se dedique a cosas más banales, esta esfera tiene que volver a  encogerse hasta caber en la mano.


La provincia del hombre
Versión castellana de Eustaquio Barjau
Madrid, Taurus Ediciones, 1982



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