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Gerardo Gambolini: Cul-de-sac

28 de abril de 2016





El anticipo es ir sumando despojos,
despedidas,
ponerse en la fila lentamente,
hacerse a la idea
de no esperar la tormenta o la epifanía
sino la piedra caída, sola,
sin ruido.

Días enteros entrarán en la sombra,
campos enteros agostados,
nombres y caras
se irán yendo de a poco.

Y vendrán otros quizás, o volverán,
cálidos, presentes,
reales o no,
a cerrar la casa
y retirar los libros.






Foto: GG, 2016
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Susan Sontag: Viaje sin guía

27 de abril de 2016





Hice un viaje para ver las cosas bellas. Un cambio de paisaje. Un cambio de estado de ánimo. ¿Y sabes qué?
¿Qué?
Continúan allí.
Pero no continuarán allí por mucho tiempo.
Lo sé. Por eso fui. Para despedirme. Cada vez que viajo, es invariablemente para despedirme.
Techos de tejas, balcones de madera, peces en la bahía, el reloj de cobre, chales secándose sobre las rocas, el delicado aroma de las aceitunas, puestas de sol tras el puente, piedra ocre. «Jardines, parques, bosques, montes, canales, lagos privados, con cabañas, villas, portones, bancos de jardín, cenadores, huecos, grutas, ermitas, arcos de triunfo, capillas, templos, mezquitas, salones de banquetes, rotondas, observatorios, pajareras, invernaderos, neveras, fuentes, puentes, barcas, cascadas, casas de baños». El anfiteatro romano, el sarcófago etrusco. El monumento a los muertos de la guerra de 1914-1918 en la plaza de todas las aldeas. No ves la base militar. Está fuera de la ciudad, y no sobre la carretera principal.
Presagios. En el muro del claustro ha aparecido una larga grieta oblicua. Sube el nivel del agua. La nariz del santo de mármol ya no es aguileña.
Este lugar. Un impulso piadoso me trae siempre de vuelta a este lugar. Pienso en todas las personas que estuvieron aquí. Sus nombres están garrapateados con torpes incisiones al pie del fresco.
¡Vándalos!
Sí. Es su manera de estar aquí.
Las obras más orgullosas hechas por la mano del hombre rebajadas a la condición de cosas naturales. El Juicio Final.
No puedes guardar todo bajo llave en museos.
¿No hay nada hermoso en tu país?
No. Sí. Menos.
¿Tenías guías, mapas, horarios, zapatos resistentes?
Leí las guías cuando llegué a casa. Quería conservar mis…
¿Impresiones inmediatas?
Podrías llamarlas así.
Pero viste los lugares famosos. No te desentendiste perversamente de ellos.
Los vi. Tan a conciencia como podía mientras salvaguardaba mi ignorancia. No quiero saber más de lo que sé, no quiero apegarme a ellos más de lo que ya lo estoy.
¿Cómo sabías adónde ir?
Jugando con mi memoria como si fuese una ruleta.
¿Recuerdas lo que viste?
No mucho.
Es demasiado triste. No puedo amar el pasado que está prisionero dentro de mi memoria como un recuerdo comprado en una tienda.
Lecciones sobre objetos. Urnas griegas. Un molinillo de pimienta en forma de Torre Eiffel. Una jarra de cerveza con la imagen de Bismarck. Un pañuelo de cabeza con la bahía de Nápoles y el Vesubio. Una bandeja de corcho con el David de Miguel Ángel.
Recuerdos comprados en tiendas no, gracias. Aferrémonos a lo auténtico.
El pasado. Bueno, en el pasado siempre hay algo inefable, ¿no te parece?
Con toda su gloria original. El patrimonio indispensable de una mujer culta.
Estoy de acuerdo. Como tú, no considero que la devoción al pasado sea una forma de esnobismo. Sólo una de las formas más desastrosas del amor no correspondido.
Estaba siendo cruel. Soy una amante voluble. No es amor lo que el pasado necesita para sobrevivir, sino la ausencia de opciones.
Y ejércitos de personas pudientes, inmovilizadas por la vanidad, la codicia, el miedo al escándalo y la ineficiencia e incomodidad del viaje. Mujeres equipadas con parasoles y bolsos de perlas, con pasitos cortos, faldas largas, ojos tímidos. Hombres bigotudos con chistera, peinados con la raya a la izquierda, que sostienen con ligas sus calcetines de seda. Secundados por lacayos, zapateros remendones, traperos, herreros, músicos callejeros, aprendices de linotipista, deshollinadores, fabricantes de encajes, comadronas, carreteros, nodrizas, albañiles, cocheros, guardianes y sacristanes. Así de reciente. Todo ha desaparecido. La gente. Y su pompa y boato.
¿Es eso lo que crees que fui a ver?
No a la gente. Pero sí sus lugares, sus cosas bellas. Dijiste que aún estaban allí. La choza, la ermita, la gruta, el parque, el castillo. Una pajarera de estilo chino. La hacienda de Su Señoría. Un aislamiento delicioso en medio de sus bosques impenetrables.
Yo no fui feliz allí.
¿Qué sentías?
Pesar porque talaban los árboles.
Así que tienes una visión nebulosa de las cosas naturales. Por un disfrute excesivo de los placeres nerviosos, metálicos, de las grandes ciudades.
Como no estaba a la altura de mis pasiones, rehuí los lagos, rehuí los bosques, rehuí los campos donde titilaban las luciérnagas, rehuí las montañas aromáticas.
Tonterías provincianas. Lo que necesitas es algo menos solitario.
Yo acostumbraba decir: Los paisajes sólo me interesan en relación con los seres humanos. Ah, el hecho de amar a alguien infundiría vida a todo esto… Pero las emociones que nos inspiran los seres humanos también se parecen tristemente entre sí. Cuanto más cambian los lugares, las costumbres y las circunstancias de las aventuras, tanto más nos damos cuenta de que nosotros permanecemos inmutables en medio de todo aquello. Conozco todas las reacciones que tendré. Conozco todas las palabras que volveré a pronunciar.
Deberías haberme llevado a mí en su lugar.
Te refieres a él. Sí, claro que no estaba sola. Pero reñíamos casi todo el tiempo. Él ajetreado, yo odiosa.
Dicen. Dicen que un viaje es una buena ocasión para reparar un amor lesionado.
O la peor. Sentimientos semejantes a metralla extirpada a medias de la herida. Opiniones. Y competencia de opiniones. Ejercicios amatorios desesperados de regreso en el hotel en doradas tardes estivales. Servicio de habitaciones.
¿Cómo permitiste que se volviera tan monótono? Alimentabas muchas esperanzas.
¡Basura! Las prisiones y los hospitales están henchidos de esperanzas. Pero no los vuelos chárter y los hoteles de lujo.
Pero estabas conmovida. A veces.
Quizá fuese el agotamiento. Claro que lo estaba. Lo estoy. El interior de mis sentimientos está humedecido por las lágrimas.
¿Y el exterior?
Muy seco. Bueno, tanto como hace falta. No puedes imaginarte lo extenuante que es. Ese órgano de la nostalgia equipado con dos membranas, que bombea las lágrimas hacia dentro. Que las bombea hacia fuera.
Virtudes de profundidad y energía.
Y discernimiento. Cuando puedes hacerlas aflorar.
Qué sorpresa. No son todas bellas, las cosas bellas. Nunca he visto tantos Cupidos rechonchos y Gracias desmañadas.
Aquí hay un café. En el café. El cura del pueblo jugando al pinball. Marineros de diecinueve años con borlas rojas mirando. Un caballero anciano con un komboloi de ámbar. La hija del propietario haciendo sus deberes en una mesa de juego. Dos cazadores comprando postales con fotos de ciervos. Él dice: Puedes beber el vino ácido local, volverte un poco menos odiosa, relajarte.
Monsieur René dice que se cierra a las cinco.
Cada cuadro. «Cada cuadro tenía al pie un lema de alguna buena intención. Al ver que yo miraba atentamente esas nobles imágenes, él dijo: “Aquí todo es natural”. Las figuras estaban vestidas como hombres y mujeres vivos, aunque eran inmensamente más hermosas. Mucha luz, mucha oscuridad, hombres y mujeres que son y sin embargo no son».
¿Merece un rodeo? ¡Merece un viaje! Es una colección notable. Aún conservaba su aura. Las cosas eran realmente fastidiosas.
El celo del barón al explicar. Sus modales corteses. Se quedó durante todo el bombardeo.
Una homogeneidad necesaria. O, si no, algún acontecimiento descarnado, específico.
Quiero volver a esa tienda de antigüedades.
«El arco ojival de la puerta es gótico, pero la nave central y las naves laterales…».
Eres difícil de complacer.
¿No puedes imaginar un viaje que no se haga para acumular placeres sino para hacerlos más escasos?
La saciedad no es mi problema. Tampoco lo es la piedad.
No queda nada por hacer excepto esperar nuestras comidas, como animales.
¿Te estás resfriando? Bebe esto.
Me encuentro perfectamente. Te ruego que no compres el catálogo. Ni las postales con reproducciones. Ni el suéter de marinero.
No te enfades, pero… ¿le diste la propina a monsieur René?
Debes decirte cincuenta veces por día: No soy un experto, ni un trotamundos romántico, ni un peregrino.
Dilo tú.
«Una parte permanente de los bienes espirituales de la humanidad».
Tradúceme eso. He olvidado mi libro de frases.
De todos modos, viste lo que viniste a ver.
El antiguo triunfo de la organización sobre la acumulación.
Pero a veces fuiste feliz. No sólo a pesar de las cosas.
Descalza sobre el suelo de mosaico del baptisterio. Encaramándome sobre los arbotantes. Iluminada por una custodia barroca que titila ambiguamente en la penumbra creciente de la catedral. El fulgor de los objetos. Voluminosos. Resplandecientes. Bienaventuranza inefable.
Envías tarjetas postales sobre las cuales escribes «Bienaventuranza». ¿Recuerdas? Me enviaste una.
Lo recuerdo. No me interrumpas. Estoy volando. Estoy merodeando. Epifanía. Lágrimas ardientes. Delirio. No me detengas. Acariciaba mi delirio como las pelotas del apuesto camarero.
Quieres despertar mis celos.
No me interrumpas. Su tez exquisita, su risa insolente, su manera de silbar, la humedad suculenta de su camisa. Entramos en un cobertizo situado detrás del restaurante. Y yo dije: Penetre, señor, en este cuerpo. Este cuerpo es su castillo, su cabaña, su pabellón de caza, su villa, su carruaje, su transatlántico de lujo, su estudio, su cocina, su lancha motora, su depósito de herramientas…
¿Haces esas cosas a menudo cuando él está cerca?
¿Él? Él dormía la siesta en el hotel. Un leve ataque de heliofobia.
En el hotel. De vuelta en el hotel, lo desperté. Tenía una erección. Me senté sobre su bajo vientre. El cubo de la rueda, el eje, el punto de apoyo. Líneas de fuerza de la gravitación. En un mundo de claridad diurna perfecta. En verdad, un mundo de mediodía, donde los objetos no proyectan sombra.
Sólo los parcialmente sabios despreciarán estas sensaciones.
Estoy girando. Soy un volante gigantesco, que no guía ninguna mano humana. Estoy girando…
¿Y los otros placeres? Los que viniste a buscar.
«Es difícil que en todo el mundo visible exista una sensación del ánimo más poderosa que la experimentada dentro de una de las catedrales góticas en el preciso instante en que se pone el sol».
Placer de la vista. Había que darle énfasis.
«El ojo no ve nada más allá de esas figuras resplandecientes, suspendidas en el aire hacia el oeste en adustas y solemnes hileras mientras el sol incandescente del crepúsculo cae sobre ellas».
Mensajeras del infinito temporal y espiritual.
«La sensación del fuego lo impregna todo, y los colores elevan su cántico, regocijándose y sollozando».
Existe, en verdad, un mundo diferente.
Encontré una maravillosa Baedeker antigua, con muchas cosas que no figuran en la Michelin. Vamos. Vamos a visitar las cuevas. A menos que estén cerradas.
Vamos a visitar el cementerio de la Primera Guerra Mundial.
Vamos a presenciar la regata.
Este lugar. Se suicidó precisamente aquí, junto al lago. Con su prometida. En 1811.
Hace dos días seduje a un camarero en el restaurante próximo al puerto. Dijo. Dijo que se llamaba Arrigo.
Te amo. Y mi corazón late con fuerza.
El mío también.
Lo importante es que paseamos juntos por esta arcada.
Que paseamos. Que contemplamos. Que es bella.
Lecciones sobre objetos. Dame esa maleta. Pesa mucho.
Hay que tener la precaución de no preguntarse si estos placeres son superiores a los del año pasado. Nunca lo son.
Esa debe de ser nuevamente la seducción del pasado. Pero espera a que el ahora se convierta en entonces. Verás cuán felices fuimos.
No espero ser feliz. Quejas. Ya la he visto. Seguramente estará lleno. Está demasiado lejos. Conduces a demasiada velocidad, no veo nada. Sólo dos funciones en el cine, a las siete y a las nueve. Hay una huelga, no puedo telefonear. Esta condenada siesta: no hay nada abierto entre la una y las cuatro. Si todo salió de esta maleta, no entiendo por qué no puedo volver a meterlo dentro.
Pronto dejarás de inquietarte por estos engorros mezquinos. Comprenderás que no tienes preocupaciones ni obligaciones. Y entonces empezará el desasosiego.
Como esos protestantes de clase media alta que experimentan revelaciones, se vuelven histéricos, sufren colapsos bajo el impacto desconcertante de la luminosidad del Mediterráneo y los modales del Mediterráneo. Aún piensas en el camarero.
Te dije que te amo, confío en ti, no me importó.
No debería importarte. No me interesa ese tipo de revelación. No quiero satisfacer mi deseo, quiero exasperarlo. Quiero resistir la tentación de la melancolía, cariño. Si por lo menos supieras cuánto…
Entonces debes poner fin a este coqueteo con el pasado que inventaron poetas y directores de museos. Podemos olvidar sus antigüedades. Podemos comprar sus tarjetas postales, comer sus platos, admirar su despreocupación sexual. Podemos participar en sus festivales obreros y cantar «La Internacional», porque incluso nosotros sabemos la letra.
Me siento perfectamente.
Creo que no entraña riesgos. Recoger autoestopistas, beber agua no embotellada, tratar de conseguir un poco de grifa en la piazza, comer los mejillones, dejar la cámara fotográfica en el coche, visitar los bares del puerto, confiar en que el conserje hará la reserva, ¿no te parece?
Algo. ¿No quieres hacer algo?
¿Todos los países tienen una historia trágica excepto el nuestro?
Este lugar. ¿Ves? Hay una placa conmemorativa. Entre las ventanas.
Arruinados. Arruinados por demasiadas décadas de valoración intrépida. La Naturaleza, esa prostituta, coopera. Los despeñaderos de los Dolomitas que el sol tiñe de un color excesivamente rosado, el agua de la laguna que la luna tiñe de un color excesivamente plateado, los cielos azules de Grecia (o Sicilia) excesivamente oscurecidos por el arco de una muralla blanca.
Ruinas. Estas son ruinas que perduran de la última guerra.
Insolencia anticuaria: nuestra bella morada.
Fue un convento, construido según un plano que dibujó Miguel Ángel. Transformado en hotel en 1927. No pretendas que los nativos cuiden las obras hermosas.
No lo pretendo.
Dicen. Dicen que van a rellenar el canal para transformarlo en una autopista, que venderán la capilla rococó de la duquesa a un jeque de Kuwait, que construirán un bloque de apartamentos sobre ese acantilado con una plataforma de madera de pino, que inaugurarán una boutique en la aldea de pescadores, que montarán un espectáculo de luz y sonido en el gueto. Va deprisa. Comisión Internacional. Procura conservar. Bajo el patrocinio de Su Excelencia y el Honorable. Va deprisa. Tendrás que correr.
¿Tendré que correr?
Entonces déjalos ir. La vida no es una carrera.
O sí lo es.
Ya no. ¿No es una pena que ya no escriban los menús en tinta roja? ¿Que ya no puedas dejar los zapatos fuera de la habitación del hotel por la noche? Recuerda. Aquellos billetes descomunales, de esos que circulaban antes de la devaluación. La última vez. No había tantos coches la última vez, ¿no te parece?
¿Cómo pudiste soportarlo?
Fue más fácil de lo que parece. Con una imaginación como una columna de fuego. Y un corazón como una columna de sal.
Y quieres romper el vínculo.
Precisamente.
¡La mujer de Lot!
Pero la amante de él.
Te dije. Te dije que deberías haberme llevado a mí en su lugar.
Holgazaneando. En la basílica. En el jardín situado detrás de la posada. En el mercado de especias. En la cama en mitad de la tarde dorada.
La causa. La causa reside en los gases de las fábricas petroquímicas próximas. La causa reside en el hecho de que no tienen suficientes guardias para los museos.
«Dos grupos de esculturas, uno representa el trabajo virtuoso; el otro, la lascivia desenfrenada».
¿Te das cuenta de la forma en que han subido los precios? Una inflación apabullante. No entiendo cómo se las apaña la población local. Pagan alquileres casi tan altos como los nuestros, y ganan la mitad.
«A la izquierda del camino principal se entra en la Tumba de los Relieves (llamada Tomba Bella). Los objetos favoritos y los artículos domésticos de los muertos están reproducidos en estuco pintado en relieve sobre los muros que rodean los nichos y sobre las columnas: perros, cascos, espadas, grebas, escudos, morrales y macutos, cuencos, un jarro, un catre, pinzas, un sierra, cuchillos, cacharros y utensilios de cocina, rollos de cuerda, etcétera».
Estoy segura. Estoy segura de que era una prostituta. ¿Has visto sus zapatos? Estoy segura de que esta noche habrá un concierto en la catedral.
Además dijeron. Tres estrellas, estoy segura de que dijeron que tenía tres estrellas.
Este lugar. Es aquí donde filmaron la escena de aquella película.
Nada deteriorado. Qué sorpresa. Esperaba lo peor.
Alquilan mulas.
Por supuesto. Aquí todos los asalariados disfrutan de cinco semanas de vacaciones pagadas.
Las mujeres envejecen muy rápidamente.
Amables. Es el segundo verano de la campaña «Sed amables» del Ministerio de Turismo. Este país cuyo suelo está sembrado de maravillas en ruinas.
Dice. Dice que está cerrado por restauración. Dice que aquí ya no se puede nadar.
Contaminación.
Dijeron.
No me importa. Métete. El agua está casi tan tibia como en el Caribe.
Te deseo, te siento. Lámeme el cuello. Bájate el pantalón de baño. Deja que…
Vamos. Volvamos al hotel.
«El tratamiento del espacio en la arquitectura y la pintura manieristas muestra esta transición del orden mundial “cerrado” del Renacimiento a los movimientos “abiertos”, “libres” y sinuosos del universo manierista».
¿Qué pretendes decirme?
«La armonía, la inteligibilidad y la coherencia de la cosmovisión del Renacimiento eran inherentes a los patios simétricos de los palacios italianos».
No quiero halagar mi inteligencia con testimonios.
Si no deseas mirar el cuadro, mírame a mí.
¿Ves la señal? No puedes enfilar la barca en esa dirección. Nos estamos acercando a la base de submarinos nucleares.
Informaciones. Han informado sobre la existencia de cinco casos de cólera.
Esta piazza ha sido definida como un escenario para héroes.
Hace mucho más frío por la noche. Debes usar un suéter.
Gracias al festival de música de todos los veranos. Deberías ver este lugar en invierno. Está muerto.
El juicio se celebra la semana próxima, así que ahora organizan manifestaciones. ¿Ves esa pancarta? Y escucha esa canción.
No entremos. Seguro que aquí te timan.
Dijeron. Tiburones, creo que dijeron.
En el aerodeslizador no. Sé que es más veloz, pero me mareo mucho.
«Como el sol se ha levantado y el calor en otros lugares es excesivo para nosotros, nos hemos refugiado en el patio donde los árboles dan sombra». No se trata de que lo amara. Pero en determinado momento de fatiga física…
A merced de tus estados de ánimo.
A veces satisfecha. Incluso dichosa.
No parece así. Suena como un esfuerzo por saborear.
Quizá. Pérdida de discernimiento en la necrópolis.
Informaciones. En el norte está en su apogeo una guerra civil. El líder del Frente de Liberación sigue en el exilio. Circulan rumores de que el dictador ha tenido un infarto. Pero todo parece tan…
¿Tranquilo?
Eso supongo… tranquilo.
Este lugar. En este lugar masacraron a trescientos estudiantes.
Será mejor que te acompañe. Deberás regatear.
Empieza a gustarme la comida. Te acostumbras a ella después de un tiempo. ¿A ti no te ocurre?
En las pinturas más antiguas falta por completo el claroscuro.
Aquí me siento bien. No hay tanto que ver.
«Bajo la moldura, pequeños árboles con mucho follaje, de los que cuelgan guirnaldas, cintas y diversos objetos, se alternan con figuras danzantes de hombres. Un hombre está tumbado en el suelo, tocando una flauta doble».
Cámaras. A las mujeres no les gusta que las fotografíen.
Quizá necesitemos una guía.
Es un libro sobre los tesoros que han exhumado. Imágenes, bronces y lámparas.
Esa es la prisión donde torturan a los sospechosos políticos. Terror incógnita.
Cubierto de moscas. Ese pobre niño. ¿Lo has visto?
Presagios. El corte de electricidad de ayer. Nuevas pintadas sobre el monumento esta mañana. Tanques rechinando por el bulevar al mediodía.Dicen. Dicen que el radar del aeropuerto no funciona desde hace setenta y dos horas.
Dicen que el dictador se ha recuperado del ataque al corazón.
No, agua embotellada. Gente más recia. Una vegetación muy distinta.
¡Y la forma en que tratan aquí a sus mujeres! Bestias de carga. Transportando esos sacos cuesta arriba por colinas azuladas sobre las que…
Están construyendo una estación de esquí.
Están desmontando el lazareto.
Mira su cara. Intenta hablarte.
Claro que podríamos vivir aquí, privilegiados como somos. No es nuestro país. Ni siquiera me molesta que me roben.
«Como el sol se ha levantado y el calor en otros lugares es excesivo para nosotros, nos hemos refugiado en la sombra de un oasis».
A veces lo amaba. Sin embargo, en determinado momento de fatiga mental…
A merced de tus estados de ánimo.
Mis caricias intrépidas. Mis silencios groseros.
Tratabas de enmendar un error.
Trataba de cambiar mi desgracia.
Te lo dije, deberías haberme llevado a mí en su lugar.
No habría sido distinto. Desde allí seguí viaje sola. También te habría abandonado a ti.
Mañanas de partida. Con todo preparado. El sol se eleva sobre la más majestuosa de las bahías (Nápoles, Río o Hong Kong).
Pero podrías decidir quedarte. Tomar nuevas decisiones. ¿Eso te haría sentirte libre? ¿O sentirías que has menospreciado algo insustituible?
El mundo entero.
Eso se debe a que es después y no antes. «Al principio, todo el mundo era América».
¿A qué distancia estamos del principio? ¿Cuándo empezamos a sentir la herida?
Esta herida irreparable, el gran anhelo de otro lugar. De convertir este lugar en otro.
En una mezquita de Damietta se levanta una columna que curará tu impaciencia si la lames hasta que te sangre la lengua. Tiene que sangrar.
Qué curiosa palabra, wanderlust, ansia de viajar. Estoy preparada para partir.
Yo ya he ido. Pesarosamente, jubilosamente. Un lirismo más orgulloso. No es el Paraíso lo que se ha perdido.
Consejo. Muévete, salgamos pitando, no me retengas, viaja más ligero quien viaja solo. Echemos a andar. Arriba, zángano. Yo me voy de aquí. Mueve el culo. Duerme más aprisa, necesitamos la almohada.
Ella corre, él remolonea.
Si voy a tanta velocidad, no veré nada. Si voy más despacio…
Todo. Entonces no habré visto todo antes de que desaparezca.
En todas partes. He estado en todas partes. No he estado en todas partes, pero figuran en mi lista.
El final de la tierra. Pero hay agua, oh corazón mío. Y sal sobre mi lengua.
El fin del mundo. Este no es el fin del mundo.







En Yo, etcétera
Título original: I, etcetera
Susan Sontag, 1983
Traducción: Eduardo Goligorsky

Foto: S. Sontag at Halsman’s studio, New York, May 1967
by Philippe Halsman/Magnum Photos


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Ni como poeta ni como individuo (IV): Pablo Neruda. Oda a Stalin

23 de abril de 2016



Camarada Stalin, yo estaba junto al mar en la Isla Negra,
descansando de luchas y de viajes,
cuando la noticia de tu muerte llegó como un golpe de océano.
Fue primero el silencio, el estupor de las cosas, y luego llegó del mar una ola grande.
De algas, metales y hombres, piedras, espuma y lágrimas estaba hecha esta ola.
De historia, espacio y tiempo recogió su materia
y se elevó llorando sobre el mundo
hasta que frente a mí vino a golpear la costa
y derribó a mis puertas su mensaje de luto
con un grito gigante
como si de repente se quebrara la tierra.
Era en 1914.
En las fábricas se acumulaban basuras y dolores.
Los ricos del nuevo siglo
se repartían a dentelladas el petróleo y las islas, el cobre y los canales.
Ni una sola bandera levantó sus colores
sin las salpicaduras de la sangre.
Desde Hong Kong a Chicago la policía
buscaba documentos y ensayaba
las ametralladoras en la carne del pueblo.
Las marchas militares desde el alba
mandaban soldaditos a morir.
Frenético era el baile de los gringos
en las boîtes de París llenas de humo.
Se desangraba el hombre.
Una lluvia de sangre
caía del planeta,
manchaba las estrellas.
La muerte estrenó entonces armaduras de acero.
El hambre
en los caminos de Europa
fue como un viento helado aventando hojas secas y quebrantando huesos.
El otoño soplaba los harapos.
La guerra había erizado los caminos.
Olor a invierno y sangre
emanaba de Europa
como de un matadero abandonado.
Mientras tanto los dueños
del carbón,
del hierro,
del acero,
del humo,
de los bancos,
del gas,
del oro,
de la harina,
del salitre,
del diario El Mercurio,
los dueños de burdeles,
los senadores norteamericanos,
los filibusteros
cargados de oro y sangre
de todos los países,
eran también los dueños
de la Historia.
Allí estaban sentados
de frac, ocupadísimos
en dispensar condecoraciones,
en regalarse cheques a la entrada
y robárselos a la salida,
en regalarse acciones de la carnicería
y repartirse a dentelladas
trozos de pueblo y de geografía.
Entonces con modesto
vestido y gorra obrera,
entró el viento,
entró el viento del pueblo.
Era Lenin.
Cambió la tierra, el hombre, la vida.
El aire libre revolucionario
trastornó los papeles
manchados. Nació una patria
que no ha dejado de crecer.
Es grande como el mundo, pero cabe
hasta en el corazón del más
pequeño
trabajador de usina o de oficina,
de agricultura o barco.
Era la Unión Soviética.
Junto a Lenin
Stalin avanzaba
y así, con blusa blanca,
con gorra gris de obrero,
Stalin,
con su paso tranquilo,
entró en la Historia acompañado
de Lenin y del viento.
Stalin desde entonces
fue construyendo. Todo
hacía falta. Lenin recibió de los zares
telarañas y harapos.
Lenin dejó una herencia
de patria libre y ancha.
Stalin la pobló con escuelas y harina, imprentas y manzanas.
Stalin desde el Volga
hasta la nieve
del Norte inaccesible
puso su mano y en su mano un hombre
comenzó a construir.
Las ciudades nacieron.
Los desiertos cantaron
por primera vez con la voz del agua.
Los minerales
acudieron,
salieron
de sus sueños oscuros,
se levantaron,
se hicieron rieles, ruedas,
locomotoras, hilos
que llevaron las sílabas eléctricas
por toda la extensión y la distancia.
Stalin
construía.
Nacieron
de sus manos
cereales,
tractores,
enseñanzas,
caminos,
y él allí,
sencillo como tú y como yo,
si tú y yo consiguiéramos
ser sencillos como él.
Pero lo aprenderemos.
Su sencillez y su sabiduría,
su estructura
de bondadoso pan y de acero inflexible
nos ayuda a ser hombres cada día,
cada día nos ayuda a ser hombres.
¡Ser hombres! ¡Es ésta
la ley staliniana!
Ser comunista es difícil.
Hay que aprender a serlo.
Ser hombres comunistas
es aún más difícil,
y hay que aprender de Stalin
su intensidad serena,
su claridad concreta,
su desprecio
al oropel vacío,
a la hueca abstracción editorial.
Él fue directamente
desentrañando el nudo
y mostrando la recta
claridad de la línea,
entrando en los problemas
sin las frases que ocultan
el vacío,
derecho al centro débil
que en nuestra lucha rectificaremos
podando los follajes
y mostrando el designio de los frutos.
Stalin es el mediodía,
la madurez del hombre y de los pueblos.
En la guerra lo vieron
las ciudades quebradas
extraer del escombro
la esperanza,
refundirla de nuevo,
hacerla acero,
y atacar con sus rayos
destruyendo
la fortificación de las tinieblas.
Pero también ayudó a los manzanos
de Siberia
a dar sus frutas bajo la tormenta.
Enseñó a todos
a crecer, a crecer,
a plantas y metales,
a criaturas y ríos
les enseñó a crecer,
a dar frutos y fuego.
Les enseñó la Paz
y así detuvo
con su pecho extendido
los lobos de la guerra.
Frente al mar de la Isla Negra, en la mañana,
icé a media asta la bandera de Chile.
Estaba solitaria la costa y una niebla de plata
se mezclaba a la espuma solemne del océano.
A mitad de su mástil, en el campo de azul,
la estrella solitaria de mi patria
parecía una lágrima entre el cielo y la tierra.
Pasó un hombre del pueblo, saludó comprendiendo,
y se sacó el sombrero.
Vino un muchacho y me estrechó la mano.
Más tarde el pescador de erizos, el viejo buzo
y poeta,
Gonzalito, se acercó a acompañarme bajo la bandera.
«Era más sabio que todos los hombres juntos», me dijo
mirando el mar con sus viejos ojos, con los viejos
ojos del pueblo.
Y luego por largo rato no dijimos nada.
Una ola
estremeció las piedras de la orilla.
«Pero Malenkov ahora continuará su obra», prosiguió
levantándose el pobre pescador de chaqueta raída.
Yo lo miré sorprendido pensando: ¿Cómo, cómo lo sabe?
¿De dónde, en esta costa solitaria?
Y comprendí que el mar se lo había enseñado.
Y allí velamos juntos, un poeta,
un pescador y el mar
al Capitán lejano que al entrar en la muerte
dejó a todos los pueblos, como herencia, su vida.





En Las uvas y el viento, VI: Es ancho el nuevo mundo
V: En su muerte
OOCC, 4a. edición aumentada (1973)
Buenos Aires, Editorial Losada, 1957, tomo I

Véase también:
Ni como poeta ni como individuo (I): Pablo Neruda sobre Stalin 
La poesía de la maldad, por Fernando Mires

Foto: Pablo Neruda en Isla Negra, 1957 © Sergio Larrain/Magnum Photos


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Michel de Montaigne (1533-1592): Sobre los mentirosos

22 de abril de 2016





[A] No hay hombre al que le siente menos ponerse a hablar de la memoria. Ya que no reconozco casi ninguna traza de ella en mí, y no creo que haya en el mundo otra tan prodigiosa por lo que respecta a su insuficiencia. Todas mis otras cualidades son vulgares y ordinarias. Pero en lo que respecta a ésta creo ser singular y poco común y digno de ganar gracias a ello fama y reputación.

[B] Además de la desventaja natural que padezco por esta causa, [C] ya que, considerada su necesidad, Platón tiene razón en llamarla grande y poderosa diosa, [B] como en mi comarca cuando se quiere decir que un hombre carece de juicio se dice que no tiene memoria, cuando yo me quejo de la falta de ésta, me corrigen y se niegan a creerlo, como si hubiese dicho que estoy loco. No ven ninguna diferencia entre memoria y entendimiento. Es agravar mucho mi caso. Lo cual me desmerece ya que, por el contrario, la experiencia nos muestra que las excelentes memorias suelen ir al par de los juicios débiles. También esto me desmerece: yo que no sé hacer nada tan bien como el ser amigo, ya que las mismas palabras que denuncian mi enfermedad sirven para designar la ingratitud. Hacen a la memoria responsable de mis sentimientos y transforman un defecto natural en un defecto de conciencia. Ha olvidado, dicen, aquel ruego o aquella promesa. No se acuerda en absoluto de sus amigos. Se olvidó de decir, de hacer, de callar aquello por consideración a mí. Por supuesto que puedo olvidar fácilmente, pero abandonar en la negligencia la tarea que mi amigo me ha dado, eso no lo hago. Que se conformen con mi desgracia sin hacer de ella una suerte de maldad, y una maldad tan enemiga de mi carácter.

Yo me consuelo un poco. Tomando en cuenta, en primer lugar, [C] que es un mal del cual he sacado en gran medida la manera de corregir uno peor que hubiese podido producirse en mí; a saber: la ambición que es un defecto insoportable en quien se ocupa en relaciones mundanas; ya que, probablemente, como lo dicen diversos ejemplos de procesos naturales, este defecto ha fortificado en mí otras facultades a medida que aquella se debilitaba; y yo iría fácilmente haciendo languidecer mi espíritu y mis pensamientos y reclinándolos en el ejemplo ajeno, como hace el mundo, sin ejercer sus propias fuerzas, si tuviese presentes las invenciones y opiniones ajenas gracias al privilegio de la memoria; [B] mi habla es gracias a esto más corta, ya que el almacén de la memoria está naturalmente más provisto de materia que el de la invención; [C] si hubiese podido contar con ella, hubiese aturdido a mis amigos con mi parloteo, cada tema despertando esta facultad que poseo de manejarlos y de emplearlos, excitando y provocando mis discursos. [B] Es algo penoso. Lo compruebo gracias a la experiencia de algunos amigos íntimos: a medida que la memoria les procura la cosa entera y presente, retroceden tan atrás en su relato y lo cargan con tantas vanas circunstancias que si el cuento es bueno sofocan todo mérito, y si no lo es terminas por maldecir o la dicha de su memoria o la desdicha de su sensatez. [C] Y es una cosa difícil cerrar un tema y cortarlo una vez que se está en camino. Y en nada se conoce tanto la fuerza de un caballo como cuando se lo detiene brusca y completamente. Incluso entre los que hablan con discernimiento veo a quienes quieren y no pueden deshacerse de su carrera. Mientras buscan la manera de cerrar sus pasos van diciendo tonterías, arrastrándose como hombres que desfallecen de debilidad. Los ancianos son peligrosos sobre todo, a quienes resta el recuerdo de las cosas pasadas y que han perdido el recuerdo de sus repeticiones. He visto como relatos muy agradables se volvían aburridos en la boca de un señor cuyos oyentes habían sido saturados cien veces de ellos. [B] En segundo lugar, me acuerdo menos de las ofensas recibidas -como decía aquel antiguo, [C] me haría falta un apuntador como el de Darío, el cual para no olvidar la ofensa que le habían hecho los atenienses, había dispuesto, cada vez que se sentaba a la mesa, que un paje le dijese tres veces al oído: Señor, acordaos de los atenienses- [B] y los lugares y los libros que vuelvo a ver me sonríen siempre con fresca novedad.

[A] No es sin razón que se dice que el que no se siente bastante firme en cuanto a su memoria no debe inmiscuirse en ser mentiroso. Sé bien que los gramáticos establecen una diferencia entre mentira y mentir y dicen que decir una mentira es decir algo falso pero que se toma como verdadero; y que la definición de mentir en latín, de donde sale nuestro francés, es algo así como ir en contra de su conciencia, por consiguiente esto no se refiere sino a quienes dicen algo contrario de lo que saben, y es de estos de quienes hablo. Estos, entonces, o bien inventan completamente o bien disfrazan y alteran un fondo verdadero. Cuando disfrazan y cambian, si se les hace contar a menudo lo mismo, es difícil que no se desenmascaren ellos mismos, puesto que la cosa tal cual es, habiendo penetrado primero en la memoria y habiéndose grabado en ella gracias al conocimiento y a la experiencia, es difícil que no se represente a la imaginación desalojando la falsedad que no puede estar allí tan sólidamente establecida, y que las circunstancias de la primera experiencia deslizándose a cada momento en el espíritu no hagan perder el recuerdo de los elementos agregados, falsos o envilecidos. Por lo que respecta a quienes inventan completamente, tanto más que no hay ninguna impresión que contraríe su falsedad, parece que deben tener menos temor a equivocarse. De todas formas, aún esto escapa fácilmente a la memoria, ya que es un cuerpo vano y sin asas, si ésta no está bien asegurada. [B] De esto he visto a menudo la experiencia, y de una manera cómica, en detrimento de quienes profesan no formar un discurso sino en la medida en que es útil a los asuntos que negocian y que agrada a los grandes con quienes hablan. Ya que esas circunstancias, a las que éstos quieren someter su fe y su conciencia, estando sujetas a diversos cambios, es necesario que su discurso se diversifique de acuerdo con aquellas, de lo que resulta que dicen de una misma cosa ora gris ora amarilla, a un hombre de una forma, a otro de otra; y si por azar esos hombres se llevan como un botín tan contrarias afirmaciones ¿en qué se transforma tan hermoso arte? Sin contar que imprudentemente se desenmascaran a ellos mismos; en efecto ¿qué memoria podría bastar para recordar todas las distintas formas que han forjado a partir de un asunto? En mis tiempos he visto a muchos que envidiaban la reputación que se le otorga a esta linda especie de sagacidad, sin ver que, a pesar de su reputación, no tiene efecto.

Mentir es, en realidad, un maldito vicio. No somos hombres y no estamos unidos unos a otros sino por la palabra. Si conociésemos el horror y el peso de la mentira, la castigaríamos con el fuego con más justicia que en lo que respecta a otros crímenes. Me parece que nos entretenemos en castigar en los niños errores inocentes, sin razón, y que los atormentamos a causa de actos impremeditados que no dejan rastros ni tienen consecuencia. Solamente la mentira, y en menor medida la terquedad, me parece formar parte de los errores cuyo nacimiento y cuyo progreso deberíamos combatir con sumo cuidado. Estas crecen a medida que el niño crece. Y una vez que se le ha dado a la lengua estas maneras falsas es algo increíble hasta que punto es difícil hacerla despojarse de ellas. Por esto ocurre que vemos a hombres, correctos por lo demás, sometidos y dominados por ellas; conozco un aprendiz de sastre al cual no le escuchado nunca decir una verdad, ni siquiera cuando ésta se ofrece para servirle útilmente.

Si, como la verdad, la mentira no tuviese sino una cara, correríamos menos riesgos. Ya que tomaríamos por cierto lo opuesto de lo que dijese el mentiroso. Pero el reverso de la verdad tiene cien mil formas y un campo indefinido.

Los pitagóricos dicen que el bien es algo cierto y preciso, el mal, impreciso e incierto. Mil caminos nos desvían del blanco, uno solo nos conduce a él. Ciertamente no estoy seguro que no pudiere llegar a protegerme de un peligro evidente y extremo mediante una mentira solemne y desvergonzada.

Un Padre antiguo dice que estamos mejor en la compañía de un perro conocido que en la de un hombre cuya lengua desconocemos. Ut externus alieno non sit hominis vice. (Plinio, Historia natural, VII, 1: "De modo que un extranjero no es un hombre para nosotros".) Y cuánto menos sociable que el silencio es una lengua falsa.

[A] El rey Francisco I se jactaba de haber, de esta manera, desconcertado a Francesco Taverna, embajador de Francesco Sforza, duque de Milán, hombre célebre en la ciencia de la conversación. Este había sido enviado de prisa para disculpar a su señor con Su Majestad con respecto a un hecho de gran consecuencia que era el siguiente: al rey, a fin de mantener algunos contactos en Italia de donde había sido expulsado recientemente, incluso del ducado de Milán, se le había ocurrido conservar allí un gentilhombre a su servicio, embajador de hecho, pero hombre privado en cuanto a las apariencias, que aparentaba permanecer sólo por sus asuntos particulares; y esto tanto más que el duque que dependía cada vez más del emperador (sobre todo en ése momento en el que se encontraba en tratos para casarse con su sobrina, hija del rey de Dinamarca y hoy soberana viuda de Lorena) no podía revelar sin perjuicios que mantenía algún tipo de conversación y comercio con nosotros. Para cumplir esta misión se juzgó apropiado a un gentilhombre milanés, caballero de la caballeriza del rey, llamado Merveille. Este, enviado con cartas secretas de acreditación e instrucciones de embajador, y con otras cartas de recomendación para el duque respecto de sus asuntos particulares, como máscara y para salvar las apariencias, estuvo tanto tiempo junto al duque que la cosa inquietó al emperador, lo cual fue causa de lo que se produjo luego, así como lo pensamos, que fue que, con la excusa de que Merveille había cometido algún asesinato, el duque le hizo cortar la cabeza en mitad de la noche, al cabo de un proceso que duró dos días. Micer Francesco habiendo llegado dispuesto a hacer un largo relato lleno de falsedad de esta historia, ya que el rey se había dirigido a todos los príncipes de la cristiandad y al duque mismo exigiendo explicaciones, fue escuchado en audiencia matinal y habiendo establecido y construido para justificar su causa muchas hermosas apariencias del hecho; a saber: que su señor sólo había tomado a nuestro hombre como un gentilhombre particular y súbdito suyo que había venido a Milán por sus propios asuntos y que no había vivido allí bajo otra apariencia; negando incluso haber sabido que estuviese ligado a la corte ni fuese conocido del rey, mucho menos que fuese considerado en calidad de embajador. El rey, a su vez, hostigándolo con distintas objeciones y preguntas lo empujó hasta llegar al punto de la ejecución nocturna y hecha como en secreto. A lo que el pobre hombre, desconcertado, respondió para no perder la compostura, que el duque, por respeto a Su Majestad, hubiera lamentado mucho que la ejecución se hubiese llevado a cabo durante el día. Cualquiera puede imaginarse el efecto que produjo tamaña contradicción, y en presencia de alguien tan perspicaz como el rey Francisco.

El papa Julio II habiendo despachado un embajador al rey de Inglaterra para indisponerlo con el rey Francisco, habiendo sido el embajador escuchado respecto de su cometido, y el rey de Inglaterra poniendo reparos debido a la dificultad en que se hallaba de hacer los preparativos que serían necesarios para hacer la guerra a un rey tan poderoso, y alegando sobre esto otras razones, el embajador contestó inoportunamente que, por su parte, él también las había considerado y se las había dicho al papa. A causa de estas palabras tan alejadas de su propósito que era de inducirlo con prontitud a hacer la guerra, el rey de Inglaterra dedujo un primer motivo para creer lo que después vio confirmado por los hechos, que este embajador en su fuero interno se inclinaba del lado de Francia. Y habiendo advertido de esto a su señor, sus bienes fueron confiscados y estuvo a punto por ello de perder la vida.




Ensayos, Capítulo IX
Traducción de Miguel Frontán




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Juan José Saer: Antonio Di Benedetto

19 de abril de 2016





Recordando una ironía que Goethe aplicó a los liberales, podríamos decir que a muchos escritores las cosas les resultan fáciles hoy en día, porque el público entero les sirve de suplente. Ni una sola frase estampan que sus lectores no hayan plebiscitado de antemano. Tan obvia es la estética sumaria que les proponen, tan de acuerdo con la opinión, con el sentido común, con las generalidades más deslavadas del «hombre culto», que sus libros se vuelven innecesarios, puesto que los mismos lugares comunes que vehiculan ya han sido proferidos hasta la náusea por los semanarios, las reseñas académicas y los debates políticos y culturales. Y es fácil observar que, al poco tiempo, esas banalidades tan aclamadas se disuelven junto con la actualidad en la que se injertan.
Desde luego que no es el caso de Antonio Di Benedetto. Sus narraciones provienen de una profunda necesidad personal, indiferentes a la expectativa pública y a lo establecido y, por esa misma razón, no hay lector atento que, en lo más íntimo, no se reconozca en ellas.
Hace cuarenta años, los grandes éxitos de librería como los llaman, nacionales e internacionales, ocultaron, con su barullo injustificado, la aparición de Zama, su obra maestra. Cuatro décadas más tarde, desvanecida ya la feria de ilusiones que nos lo escamoteaba, este texto a la vez épico y discreto, viviente y desgarrador, fulgura todavía entre nosotros. Es cierto que desde su aparición en 1956, varias ediciones confidenciales, casi secretas, se fueron sucediendo en la Argentina y en España, pero su lugar —uno de los primeros— en la narrativa de nuestra lengua no ha venido a ocuparlo todavía. Entre los autores de ficción de este idioma y de este siglo, Di Benedetto es uno de los pocos que tiene un estilo propio, y que ha inventado cada uno de los elementos estructurantes de su narrativa. Una página de Di Benedetto es inmediatamente reconocible, a primera vista, como un cuadro de Van Gogh. Sus grandes textos —Zama, El silenciero, El cariño de los tontos, Cuentos claros, Aballay— son un archipiélago singular en la geografía a decir verdad bastante banal de la narrativa en lengua castellana. Entre tantos mamotretos demostrativos y tantas agachadas supuestamente vanguardistas, la prosa lacónica de Di Benedetto, construida con una tensión que no cede ni un solo instante, demuestra una vez más, aunque haya que recordarlo a menudo, que el arte del relato nace siempre de una conjunción de rigor, de inteligencia y de gracia.
Aunque opuesto en todo a los viajantes de comercio de la esencia americana, Di Benedetto, sin desde luego ningún voluntarismo programático, ha, por añadidura, elaborado en Zama una imagen exacta de América. Soliloquio lírico sobre la espera, la soledad, el desgaste existencial y el fracaso, este libro desesperado y sutil nos refleja de un modo más verídico que tantos carnavales conmemorativos que, con el pretexto de corretear lo americano, chapotean en el más chirle conformismo respecto de la forma narrativa, la cual, sin embargo, puesto que se presentan como libros de ficción, tendría que ser la primera de sus exigencias.
El rigor de Zama está presente en los otros grandes textos de Di Benedetto. Cuatro novelas —El pentágono, Zama, El silenciero y Los suicidas— y una quincena de relatos de diferente extensión, constituyen un universo narrativo de primer orden, por su unidad estilística y formal y por su lucidez sin concesiones. El sabor de su prosa, vivificado por discretos matices coloquiales, es, a pesar de su sencillez aparente, resultado de un análisis magistral de la problemática narrativa que su tiempo le planteó.
Los que tuvimos la suerte de ser sus amigos —lo que no estaba exento a veces de afectuosas dificultades— sabemos además que en la obra estaba presente la integridad de la persona, hecha de discreción, de penetración amarga, de abismos afectivos, de nobleza y de ironía. En 1976, las marionetas sangrientas que impusieron el terrorismo de Estado, lo arrestaron la noche misma del golpe militar y, sin ninguna clase de proceso, lo mantuvieron en la cárcel durante un año. Los notables mendocinos que había frecuentado durante décadas se lavaron las manos, de modo que cuando salió de la cárcel, a los 56 años, lo esperaban el destierro, la miseria y la enfermedad. Ni una sola vez lo oí quejarse, y cuando le preguntaba las causas posibles de su martirio, sonreía encogiéndose de hombros y murmuraba: «¡Polleras!». Pero ese año indigno lo destruyó. El elemento absurdo del mundo, que fecunda cada uno de sus textos, terminó por alcanzarlo. Y sin embargo, hasta último momento, a pesar de la declinación mental y física, encaró, con la misma ironía delicada de los años de plenitud, la inconmensurable desdicha.
(1995)



En Juan José Saer: El concepto de ficción (1997)
Foto sin atribución de fecha ni autor: 
Antonio Di Benedetto (Archivo: La Nación)



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Harold Bloom: Mientras agonizo (William Faulkner)




El mejor comienzo de toda la novela norteamericana del siglo veinte pertenece a Mientras agonizo (1930), la obra maestra de William Faulkner. El libro consiste de cincuenta y nueve monólogos interiores, cincuenta y tres de ellos de miembros de la familia Bundren. Los Bundren son un orgulloso clan de blancos pobres que entre inundaciones y fuegos pugnan heroicamente por llevar el ataúd que contiene el cadáver de Addie, la madre, al cementerio de Jefferson, Mississippi, donde ella deseaba que la enterraran junto a su padre. Diecinueve secciones, incluida la primera, son habladas por el notable Darl Bundren, un visionario que finalmente cruza la frontera de la locura. Al comienzo de la novela oímos la conciencia de Darl mientras va con su hermano enemigo, Jewel, hasta la casa en donde está muriendo Addie:

Jewel y yo subimos del campo, siguiendo el sendero en fila de uno. Aunque yo voy cinco metros por delante, cualquiera que nos mire desde la barraca del algodonal verá el raído y roto sombrero de paja de Jewel una cabeza por encima de la mía.

Al subir la cuesta, Darl oye a su hermano carpintero, Cash, serrando madera para el ataúd de la madre y hace esta observación desapasionada:

Buen carpintero. Imposible que Addie Bundren encuentre uno mejor ni una caja mejor donde estar. Le dará confianza y consuelo.

Sin el amor de Addie, el disociado Darl insiste en que él no tiene madre y su extraordinaria conciencia refleja la convicción. Severo, sencillo, digno, sugestivo, el comienzo de Mientras agonizo presagia la originalidad de la novela más sorprende del autor. Los rivales de Faulkner no escribieron nada parecido. El gran Gatsby de Scott Fitzgerald empieza con el padre de Nicle Carraway diciéndole: "Sólo recuerda que no todos en este mundo han tenido las ventajas que tuviste tú", admonición muy saludable de no criticar a los demás pero francamente lejana a la sublimidad de Faulkner. Por su pare, Hemingway empieza Fiesta con la siguiente ironía: "En un tiempo Robert Cohn había sido en Princeton campeón de boxeo peso mediano". Faulkner también está mucho más allá de esto. Creo que el único rival posible para el comienzo de Mientras agonizo, dentro de su tipo, es el de la pasmosa Meridiano de sangre (1985), de Cormac McCarthy, donde el narrador nos presenta al Chico, protagonista trágico a quien finalmente destruirá el siniestro y "yaguesco" juez Holden:

Vean al niño. Es pálido y flaco, lleva una camisa de hilo delgada y harapienta. Alimenta el ruego de la cocina. Afuera se extienden campos ensombrecidos con jirones de nieve y más allá bosques oscuros que todavía albergan algunos de los últimos lobos. Viene de una familia de talladores de madera y constructores de acequias pero en verdad su padre ha sido maestro. Se apoya en la bebida, cita poetas que ya nadie conoce. Acuclillado frente al fuego el muchacho lo mira.

En esta gran prosa se funden los acentos de Hermán Melville y de William Faulkner. Pero, como me ocupo de Meridiano de sangre al final de esta serie, vuelvo de momento a Mientras agonizo. El título se refiere a Addie Bundren, que muere poco después de que empiece el libro — un deliberado tour-de-force —, pero Faulkner citaba de memoria las amargas palabras que el espectro de Agamenón dice a Ulises en la Odisea (libro XI, el Descenso a los muertos):

Y la cara de perra, enviándome al Hades, no se dignó siquiera cerrarme los ojos mientras agonizaba.

Asesinado por su mujer y el amante de ésta, tanto Agamenón como su destino tienen poco que ver con la novela. Faulkner quería más la frase que el contexto y la tomó, aunque acaso también haya querido sugerir que la falta de amor entre Addie Bundren y su hijo tiene alguna semejanza con la relación de Clitemnestra con Orestes y Electra. Clitemnestra es la "cara de perra" que envía a Agamenón al Hades sin cerrarle los ojos, y en todo caso Addie es más desagradable aún que ella.

Aunque Faulkner no numera los cincuenta y nueve monólogos interiores que constituyen el libro, sugiero al lector que por comodidad, y en bien de las referencias bibliográficas, lo haga en su ejemplar de bolsillo. Addie sólo dice una sección, la cuadragésima, pero le alcanza para enajenar a cualquiera:

Me acuerdo que mi padre siempre decía que la razón de vivir era prepararse a estar mucho tiempo muerto. Y como yo tenía que mirarlos un día tras otro, cada cual con su secreto y su pensamiento egoísta, y con la sangre extraña a la sangre del otro y a la mía, y pensaba que al parecer para mí ese era el único modo de prepararme para estar muerta, odiaba a mi padre por haber tenido la idea de plantarme. No veía la hora de que cometieran una falta para poder azotarlos. Cuando caía el látigo lo sentía en mi carne; cuando abría y laceraba la que corría era mi sangre, y con cada latigazo pensaba: ¡Ahora os enteráis de que existo! Ya soy algo en vuestra vida secreta y egoísta, ahora que os he marcado la sangre con mi sangre para siempre...

Uno empieza a comprender por qué esta mujer sádicamente perturbada quiere que la entierren junto al padre. Muerta, Addie es una maldición mayor aún que cuando vivía; esto vemos a medida que se nos cuenta la saga grotesca, heroica, a veces cómica y siempre atroz de los cinco hijos y el marido que cruzan fuegos y torrentes para llevar el cadáver hasta el deseado lugar de reposo. Farsa trágica, Mientras agonizo tiene, no obstante, inmensa dignidad estética y es una sostenida pesadilla de lo que, sombríamente, Freud llamó "novela familiar". Ciertos críticos píos han tratado de interpretarla como afirmación de los valores familiares cristianos, pero creo que semejante juicio dejará al lector perplejo. Como en otros momentos de su gran década (1929 — 1939), la visión novelística de Faulkner se basa en un horror de familias y comunidades y ofrece como valor único la paciencia estoica, que en este caso no basta para salvar al dotado Darl Bundren del loquero.
Las tonalidades de los monólogos interiores — sobre todo de los diecinueve de Darl — son tan irónicas, que al principio el lector puede sentir que Faulkner prescinde demasiado de guiarle la respuesta. No hay género que pueda asistirnos para comprender esta epopeya de blancos pobres de Mississippi cumpliendo el último deseo de una madre espantosa. Prácticamente el único principio que une a los Bundren es el honor familiar, ya que el padre, Anse, es a su modo tan destructivo como Addie. Los tres monólogos que se le dan a Anse — los número 9, 26 y 28 (si uno los numera) — lo establecen como un manipulador caprichoso, terco y taimado, tan egoísta como la mujer.
Dewey Dell, única hija, tiene su dignidad; pero no encuentra fuerzas para llorar a la madre porque, como blanca pobre soltera y embarazada, está obligada a buscar en vano un modo de abortar en secreto. El niño Vardaman simplemente niega la muerte de Addie; hace agujeros en el ataúd para que respire y al fin la identifica con un gran pez que atrapó mientras ella agonizaba: "Mi madre es un pez". Faulkner centra la novela en la conciencia de Darl Bundren y en los actos heroicos de los otros hijos, Cash el carpintero y Jewel el jinete (hijo natural de Addie, fruto de una relación adúltera con el reverendo Whitfield).

Jewel es feroz, temerario y sólo capaz de expresarse mediante la acción intensa. Su único monólogo (el 4), una protesta contra Cash por la confección del ataúd, concluye con una visión posesiva: él protegerá a la madre moribunda de la familia y el mundo entero:

... no será con todos los cabrones de la comarca viniendo a mirarla porque si hay un Dios para qué demonios está. Será con ella y yo solos en lo alto de una colina y yo tirándoles a la cara las piedras de la colina, levantando piedras y arrojándoselas colina abajo a la cara y los dientes y todo por Dios hasta que ella esté tranquila...

Jewel y Darl se odian con pasión mutua y entre Darl y Dewey Dell hay una hostilidad oscura, implícitamente incestuosa. Cash, que mantiene un vínculo cálido con todos los hermanos, es simple, directo y heroicamente resistente, y como Jewel un hombre de valor físico irreflexivo. Pero Darl es el corazón y la grandeza de Mientras agonizo, y claramente el narrador sustituto de Faulkner.

Darl acaba en algo parecido a la esquizofrenia, pero es de una singularidad y un poder visionario imposibles de reducir a la locura. Todos los monólogos interiores son notables. He aquí el final del décimo séptimo de los diecinueve:

...y como el sueño es no — es y la lluvia y el viento son era, eso no es. Pero la carreta es, porque cuando la carreta sea era, Addie Bundren no será. Y Jewel es, así que Addie Bundren tiene que ser. Y entonces yo tengo que ser, si no no podría vaciarme para dormir en una habitación extraña. Y entonces si todavía no me he vaciado es que soy es.

Cuántas veces me he acostado con lluvia bajo un techo extraño, pensando en casa.

Dudoso de su identidad, Darl tiene una percepción shakesperiana de la nada que es una versión del nihilismo de Faulkner (siempre en la gran etapa de 1929 — 1939), y de su experiencia durante la guerra, que consistió en entrenarse como piloto de la Fuerza Aérea Británica pero no volar nunca. A Darl, que estuvo en la Primera Guerra Mundial, la experiencia apenas le ha marcado la conciencia. Como le repugna la terrible odisea de llevar el cadáver en carreta hasta donde Addie nació, casi sabotea el esfuerzo prendiendo fuego a un granero; pero sólo consigue inspirar en Jewel un heroísmo renovado.

Faulkner hace continuo hincapié en que Darl es un sabedor. Sabe que su hermana está embarazada, que Jewel no es hijo de Anse, que en el verdadero sentido su madre no es su madre y que la actitud humana es una especia de desastre aborigen. Y sabe que hasta el paisaje es un vacío, una caída desde una realidad previa. Así en la sección 34:

... Sobre la superficie incesante se alzan — árboles, cañas, enredaderas — sin raíces, cercenadas de la tierra, espectrales sobre una escena de desolación inmensa pero circunscrita llena de la voz del agua yerma y doliente.

Poeta y metafísico intuitivo, Darl se encuentra peligrosamente cerca de un precipicio al cual debe caer. Las heridas psíquicas que lleva son el legado de la frialdad de Addie y el egoísmo de Anse; está destinado a la demencia. Para él no hay salida; sólo siente deseo sexual por la hermana y la familia es su condena.

En el último monólogo que le oímos está tan disociado que todas sus percepciones, más anómalas que nunca, lo observan en tercera persona. Dos guardias lo escoltan en tren al manicomio del estado, y la voz interior nos hace añicos:

Uno se sentó a su lado y el otro se sentó enfrente de él de espaldas al viaje. Uno tenía que viajar de espaldas porque el dinero del estado tenía una cara para cada reverso y un reverso para cada cara y ellos viajan con el dinero del estado lo cual es incesto. Las monedas tienen una mujer de un lado y un búfalo del otro; dos caras y ninguna espalda.

Partido en dos, Darl conversa consigo mismo pero no deja de ver: "el dinero del estado lo cual es incesto". Acecha este pasaje la rabelesiana burla de Yago del amor heterosexual — el amor es una bestia de dos espaldas —, pero hay una consideración más profundamente shakesperiana en el dinero del estado visto como incesto; no estamos muy lejos de Medida por medida.

Puede que Mientras agonizo se le haga difícil al lector. Bien, es difícil; pero legítimamente. Faulkner, que tenía una aguda necesidad de ser su propio padre, exaspera a ciertas feministas con su identificación implícita pero obsesiva de la sexualidad femenina con la muerte. La cordura de Darl muere con la madre, y en cierto sentido su trastorno explicita lo que en los hermanos permanece mudo. En este libro la naturaleza es en sí misma una herida. André Gide hizo la extraña observación de que los personajes de Faulkner carecían de alma; lo que quería decir es que los Bundren, como los Compson de El ruido y la furia, no tenían esperanza, no podían creer que alguna vez fueran a levantarles la condena. Dios se niega a entablar alianza alguna con los Bundren o los Compson, tal vez porque vienen de un abismo y a él deben regresar. Quizá por eso Dewey Dell grite que cree en Dios con tanta desesperación. Mientras agonizo hace un retrato catastrófico de la condición humana, con la familia nuclear como la catástrofe más terrible.





En Harold Bloom: Cómo leer y por qué
Traducción de Marcelo Cohen
Grupo Editorial Norma
Santa Fe de Bogotá, 2000

Foto: Harold Bloom ©Nancy Kaszerman-Zuma-Corbis



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