Pierre Reverdy: Partida (bilingüe)

31 de octubre de 2014




El horizonte se inclina
         Los días son más largos
         Viaje
Un corazón salta en una jaula
         Un pájaro canta
         Va a morir
Otra puerta se va a abrir
Al fondo del corredor
         Donde se enciende
         Una estrella
Una mujer morena
         La linterna del tren que parte


De Algunos poemas 
Versión de César Moro
Départ

          L'horizon s'incline
                 Les jours sont plus longs
                Voyage
         Un coeur saute dans une cage
               Un oiseau chante
               Il va mourir
Une autre porte va s'ouvrir
         Au fond du couloir
                Où s'allume
                       Une étoile
Une femme brune
   La lanterne du train qui part


Les ardoises du toit
Paris, 1916-1918

Pierre Reverdy, ca 1960 -by Gisèle Freund





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Thomas Bernhard: Jean-Arthur Rimbaud

27 de octubre de 2014




9 de noviembre de 1954
Por su centenario



Señoras y señores:

Se dice que solo honramos al poeta cuando está muerto, cuando la tapa del sepulcro o el húmedo montón de tierra han establecido una separación definitiva entre él y nosotros, cuando, como se dice tan bella y meticulosamente en las necrológicas escritas por espíritus inferiores, ha entregado su espíritu. Entonces, así lo quiere Dios, hay alguna oficina pública que comienza a hojear su directorio, y el trabajo de la posteridad emprende su camino. Hay coronas y «tertulias», y se desarrolla un divertido intercambio entre bodegas y ministerio hasta que el expediente del poeta desaparece otra vez o se decide publicar su obra. Tienen lugar pompas y celebraciones, se descubren obras del difunto y se sacan a la luz —se «escenifica» al poeta—, casi siempre solo para disipar el aburrimiento, que es para lo que, al fin y al cabo, se cobra un sueldo. Y de esa forma (en nuestro país) ¿no ocurre que no se honra al poeta sino al jefe del departamento de cultura, a quien gestiona los poemas, al actor, al ecitador? Por ello, más de un Hölderlin o un Georg Trakl se revolverían en su tumba ante tanta cultura fabricada, injertada, ante tantas conversaciones sobre el mercado del arte de las que solo se desprende la falta de vergüenza.

Ahora se trata de recordar a Jean-Arthur Rimbaud. ¡Gracias a Dios era francés! De forma que creemos en la fuerza y el esplendor de la palabra poética, creemos en la continuidad de la vida del espíritu, en la indestructibilidad de las imágenes (las imágenes de los muertos y de las visiones), tal como surgen de los elementos que hay en las páginas de algunos grandes hombres, como solo ocurre una o dos veces en cada siglo. No nos engañemos: lo poderoso, excitante, conmovedor y tranquilizador, lo duradero... ¡no crece como la acedera en los prados del verano! Unos versos significativos que permitan al hombre mirar al abismo no surgen cada día, todos los años. Han de imprimirse siempre algunos millares de libros antes de que las máquinas hagan uno de sus esfuerzos elementales y nos den una obra importante de la literatura mundial, aunque solo sea una. Las obras de los que siempre echan las campanas al vuelo y que resuenan hasta en cervecerías llenas de borrachos, las de los poetas de revista y los fabricantes de artículos literarios de exportación, que a veces les reportan el premio Nobel, son en su mayoría solo tonterías engalanadas y productos de moda. Lo que importa en literatura es lo original, precisamente lo elemental, gente como Jean-Arthur Rimbaud.

El poeta de Francia era un auténtico elemento, sus versos eran de carne y sangre. Cien años no son nada para ese maestro de la palabra, el intraducible Rimbaud. Arrancó la vida, sin miramientos, con sus raíces, la agarró con respeto y ansia de muerte a un tiempo. Su poesía acabó, a los veintitrés años cerró sus libros, su «Barco ebrio», su Temporada en el infierno. Nunca volvió a coger la pluma para escribir poesía, porque se había apoderado de él el asco de la literatura. Sin embargo, había acabado, ya bastaba. Absurde! Ridicule! Degoûtant!... se defendía Rimbaud cuando se le hablaba con admiración de sus versos, tratando de recuperarlo para la literatura francesa.

Rimbaud nació el 20 de octubre de 1854 en Charleville. Su padre era oficial, su madre, una mujer como cualquier otra, preocupada por el bienestar de su hijo, pero desconfiada y retraída cuando él comienza a fermentar, cuando a los nueve años trae del colegio sus primeros versos, sus primeros «ensayos», sus visiones, sus primeros poemas, que figuraban entre los mejores de Francia. En julio de 1870 recibe un primer premio por unos magistrales versos latinos en los que elabora la «Alocución de Sancho Panza a su asno». Todavía durante sus estudios escribió para un periódico de las Ardenas, atacando a Napoleón y a Bismarck con idéntica violencia. Para ver y sufrir la pobreza del hombre se dirige a París, se hunde en el desierto y el temor humanos, y estrecha contra su pecho a los atormentados y desposeídos de los bulevares. En aquella época, al parecer, llevaba el cabello tan largo como las crines de un caballo y un transeúnte le ofreció cuatro cuartos para el peluquero, que él, «el poeta de Charleville», se gastó en tabaco. Luego es testigo de la Revolución en el cuartel de Babilonia, en medio de una espesa mezcla de razas y clases sociales, y exclama con pasión: «¡Quiero ser obrero! ¡Luchar!»... Tras un combate de ocho días, las tropas gubernamentales toman por asalto la capital, y los revolucionarios presos, sus amigos y camaradas, se desangran. Él, que ha vivido la mayor conmoción de su vida, escapa de milagro. Pero no puede vivir ya en Charleville.

Rimbaud fue mártir y «social», pero nunca político. No tuvo nada que ver ni en común con la política, esa alienación del arte. Era todo un hombre y, como tal, lo conmovía la violencia del espíritu. En Charleville escribió su fogoso poema «El barco ebrio» —aunque nunca había visto el mar—, escribió «París se repuebla», la orgía, una acusación contra el tumor del odio, el poema de los vicios parisinos, todo en él era indignación, y, cuando caminaba a lo largo del río, «necesitaba horas para tranquilizarse». Tenía diecisiete años cuando escribió la maravillosa composición poética «Los pobres en la iglesia», «con corazón palpitante, muy cerca de esos niños sucios que no dejan de mirar a los ángeles de madera, presintiendo que detrás está Dios...». Rimbaud era comunista, sí, pero no quería incendiar los palacios de los Campos Elíseos, sino que era un comunista del espíritu, un comunista de su poesía y su vívida prosa. Cuando envió sus versos a Verlaine, el único poeta vivo de Francia al que admiraba, este le respondió con una frase que se ha hecho clásica: «Venez, chère grande âme!»... ¡Y qué asombrado se quedó el «Poeta de París», que entraba y salía como un dios en los salones cargados de humo cuando, en lugar de un hombre «respetable», encontró a la puerta de su casa a un chico andrajoso de diecisiete años. ¡Un chico que había escrito ya «Sensación», su gran poema ardiente! ¡Qué tiempos aquellos!

Con Verlaine comenzó para Rimbaud una nueva época, que fue profundamente amistosa y profundísimamente humana, y viajaron juntos a Inglaterra, para conocer Londres, el aire apestoso del mayor puerto del mundo, la Inglaterra central con sus fábricas negras, y fueron a Bruselas para —¡por cierto tiempo!— separarse. Verlaine tenía que volver «a casa» con su familia, a la que había abandonado un buen día, «sin consideración», como suele decirse. Qué distintos eran aquellos dos vagabundos que podían recorrer Europa sin pasaporte, sin nada: el fugitivo Rimbaud, que escapaba siempre, empujado hacia adelante por una nueva realidad monumental «cuya digestión ofrecía en su prosa», y el blando y totalmente prendado de él Verlaine, que tendía al catolicismo, la salvación, al que se deben los profundos poemas, las sagradas canciones de hombre tranquilo que aquel hombre abatido escribió en la prisión, tras haber disparado en una pelea contra su joven hermano de Charleville, hiriéndolo gravemente. Verlaine era para Rimbaud el gran poeta, pero blando y drogadicto. Rimbaud en cambio se había convertido para Verlaine en «la única riqueza en el mundo además de Jesucristo». No se entienda mal: Verlaine amaba la fuerza poética de su «hermano» y el rostro maravillosamente claro de Arthur, nada más.

No hay que arrastrar por las calles la vida de un poeta, pero la de Rimbaud es tan poderosa, tan grande, tan inescrutable y, sin embargo, tan religiosa como la de un santo. Se alza ante nosotros como su poesía: ¡repulsiva, verdadera, hermosa y divina!

Fue en Alemania tutor en casa de un tal doctor Wagner de Stuttgart y recorrió Bélgica hasta Holanda. Se alistó en las tropas coloniales y, tras una travesía de siete semanas, llegó a Java. Pero consideraba el servicio militar con la misma escasa seriedad que en otro tiempo la idea de «hacerse misionero para ver mundo». Cuando desembarcó en las Indias Neerlandesas pareció haber llegado a su objetivo: ¡ser inalcanzable para la horrible civilización! Se largó, se fue a Batavia, vivió de prestado, se abrió paso por aquel nuevo país, vivió con animales y semicretinos y, en 1876, subió a un barco inglés para volver a casa. Por algún tiempo se sintió cansado. Cuando pasaban junto a la isla de Santa Elena, pidió que se detuvieran. Como no atendieron su deseo, saltó sencillamente al mar para nadar hasta tierra. A duras penas pudo ser izado otra vez a bordo el que había querido conocer sin falta el lugar donde vivió Napoleón. El 31 de diciembre estaba otra vez en Charleville.

Toda su vida fue un aventurero y viajó durante la mitad de su existencia. Se había apartado hacía tiempo de la literatura y no volvió a escribir.

Ocho días me destrocé el calzado
en las piedras del camino. A Charleroi llegado
pedí en la Taberna Verde rebanadas
de pan, manteca y jamón, semitempladas.

Feliz, estiré los pies bajo la mesa
verde, contemplando con sorpresa
los dibujos del papel pintado. Fue estupendo
cuando la chica de enormes tetas y ojos ardiendo

—¡sin duda no se asustaría de algún beso!—
me trajo muy risueña pan y todo eso:
el jamón tibio en un plato de color,

un jamón rosa y blanco, con olor

a ajo... Y me llenó el jarro de cerveza
que un sol tardío doraba con largueza.


A partir de entonces disfrutó. Está otra vez en Marsella vendiendo llaveros, va a Egipto, vuelve a Francia y se embarca finalmente hacia Arabia, para comprar café y perfumes. En noviembre deja Arabia y llega a Zeila. En la primera mitad de diciembre, tras cabalgar veinte días por el desierto somalí, se encuentra en Harar, colonia inglesa. Allí se convierte en agente general de una empresa británica «con un sueldo de 330 francos, mantenimiento, gastos de viaje y una comisión del dos por ciento». Sin embargo, antes de dejar Adén, escribe a su madre pidiéndole libros científicos. Había tirado por la borda el arte y se ocupaba de otras cuestiones intelectuales, cualquiera que fuera su importancia, estudiando en lo sucesivo metalurgia, navegación, hidráulica, mineralogía, albañilería, carpintería, maquinaria agrícola, serrerías, minería, vidriería, alfarería y fundición metálica, pozos artesianos... Quiere asimilarlo todo, tiene más hambre que nunca, ¡incluso siendo agente general! La filial de Harar de la empresa comercial prospera bajo la dirección del poeta Rimbaud. A él los negocios le van muy mal. En sus cartas escribe de dinero y oro que habría que buscar. Se impacienta de nuevo y quiere ir a Tonkín, a la India y al canal de Panamá. Y no hace más que negocios, quizá solo para aturdirse, comercia con café y armas que envía al mar Rojo, con algodón y fruta... Había regalado a Francia los poemas juveniles más bellos. Y, lleno de infelicidad, escribe: «Me aburro mucho, nunca he conocido a nadie que se aburriera tanto como yo».

En 1890, cuando pensaba casarse, sintió de pronto una especie de gota, un dolor físico que aquel hombre azotado por tempestades no conocía hasta entonces. Lejos de Francia, entre esclavos y negros, en el apestoso desierto. El final se acercaba a pasos de gigante. Él mismo escribió sobre su enfermedad: «El clima de Harar es frío y, por costumbre, no llevaba casi nada encima, unos sencillos pantalones de paño y una camisa de lana, y de esa forma daba a diario absurdas cabalgadas de 15 a 40 kilómetros por las escarpadas montañas del país. Creo que en la rodilla se me produjo una grave lesión, provocada por el cansancio, el calor y el frío. Realmente comencé a sentir un martilleo bajo la rótula izquierda: un golpeteo ligero que notaba a cada minuto... Iba por ahí y seguía trabajando con diligencia, más que nunca, porque creía que se trataba de un enfriamiento corriente...». El reconocimiento que le hizo el médico inglés del hospital de Adén reveló una inflamación avanzada y peligrosa de la articulación. Rimbaud decidió embarcar en un vapor que se dirigía al Mediterráneo.

En Marsella le amputan la pierna. La anciana madame Rimbaud está a su lado. «Soy un lisiado —escribe con dewww sesperación—, ¿para qué sirve un lisiado en este mundo? Prefiero la muerte, después de todo lo que he soportado ya...» Eso lo escribe tras unos sufrimientos de meses que lo hacen guardar cama. Tiene cáncer. El 23 de julio, como dice su hermana, se hace llevar a Roche, a casa de su familia, que se ha asentado allí. Confía en encontrar definitivamente sueño y tranquilidad. Es 1891. El trigo se había congelado cuando llegó a casa y, al ver la habitación que le habían preparado, exclamó: «¡Esto es Versalles!».

Luego siguieron los meses más horribles de su vida. En octubre se hacen perceptibles los primeros signos mortales. Una vez más quiere marcharse, con una pierna, a la India o, por lo menos, a Harar con los negros. Lo llevan a la estación y lo meten en el tren, pero en la siguiente estación tienen que sacarlo. Siente la más profunda desesperación que puede sentir un hombre. En el hospital de la Concepción se inscribe con el nombre de Jean Rimbaud. Luego solo importa ya la lucha entre la vida que él quería y la muerte. Tiene maravillosas visiones, vuelven sus illuminations, sus iluminaciones. En su agonía vuelve el poeta, de pronto está otra vez allí cuando, a los veintitrés años, se interrumpió, cuando se fue, cuando lo rechazaron desde todos los ángulos y lados como «barbarismo de la literatura», «debilitamiento del intelecto». Es otra vez poeta... aunque no escriba ya. Está otra vez ahí... nunca se fue, salvo a Harar, Egipto, Inglaterra y Java. Solo fue un rodeo, ahora vuelve a ver la poesía desde Charleville y lo sabe: ¡lo ha logrado! Se derrama sobre él un consuelo maravilloso. «Murió el 10 de noviembre, por la tarde, a las dos» —escribe su hermana Isabelle—. El párroco, conmovido por tanto temor de Dios, lo bendijo. «Nunca he visto una fe tan firme», declaró. Gracias a Isabelle, Rimbaud fue llevado a Charleville y enterrado, con gran boato, en el cementerio. Allí yace hoy junto a su hermana Vitalie, bajo un sencillo monumento de mármol.

La obra de Rimbaud ha sido siempre combatida por quienes no respetan la verdad y, sin embargo, comienza con el trabajo escolar felizmente revolucionario y absolutamente poético de un chico de nueve años: El sol caldeaba aún..., que conservó su maestro y amigo Izambard. Se cuenta entre lo más poderoso y original que se ha escrito en francés, incluidos los poemas de todos los grandes: Racine, Verlaine, Valéry, Gide y, últimamente, Claudel. Su poesía no es solo francesa sino europea, es poesía mundial, es sentencias y predicciones, sentimientos y delirios de increíble magia.

No hay que hablar demasiado de Rimbaud, hay que leerlo, dejar que haga su efecto en conjunto como un sueño de la tierra, hay que entrar en su mundo, como entraba él, con los zapatos sucios y el estómago hambriento, primero en la carretera de Mézières y luego en París, en la falta de soluciones. Como el propio Rimbaud, hay que mirar con su iglesia, no contemplar su obra sino vivir y sufrir con ella, sencillamente mirarla como mira una muchacha algo que revolotea en su camino.

«A las cuatro de la mañana, en verano, dura / aún el sueño de amor. / De los arbustos surge / el aroma de las flores en vano...» Algo así se dice pocas veces y nunca en un poema. Es un Rimbaud total, conmovedor, solitario y ca racterísticamente mundial. O bien «Ofelia», los dos poemas, que encierran el mundo entero y a Dios con él. En ellos se puede encontrar todo lo que falta en los poemas de hoy: belleza y veneración en el sentido más auténtico, y hay soledad y en ella un Dios uno y eterno, el gran padre, aunque lo quieran expulsar de los versos de Rimbaud. Para ser creyente no hay que tragar hostias, no hay que confesarse dos veces al año. Basta con que el hombre mire el rostro del mundo, profundice en su centro... como Rimbaud. Nunca se debe hacer mofa de la Iglesia, pero se puede calificar de malos a los malos sacerdotes y de infames a las monjas infames. Sin embargo, se debe también alabar el esplendor y la bondad de Dios, tal como hizo Rimbaud, con fuerza elemental, del principio al fin. Porque lo que hace su obra tan grande es una deformidad cerrada. Rimbaud fue sencillamente el primero que escribió como Rimbaud. Él y nadie entonces sabía que «ello no es nada, pero que ÉL es y que ÉL lo es siempre».

Es un «Shakespeare niño», y no solo porque lo dijera Víctor Hugo. Su «Barco ebrio», su sueño fantástico, es imperecedero. ¿Dónde dejó la estética? Sin embargo, en los grandes montones de basura de la literatura, que mutuamente se devoran y en todo momento difunden su mal olor, lo irreal, cristalino, de un Rilke tardío le resultaba extraño. Era casto y animal a un tiempo, y de él surgían las reflexiones más bellas y sensibles. No escribía en papel de tina, sino en paquetes de queso apestosos... pero precisamente eso seguía siendo poesía. Una temporada en el infierno fue la única obra que publicó durante su vida. Verlaine se ocupó, tras la muerte de Rimbaud, de una edición de sus obras completas.

La poesía no fue para él más que un «intento de liberación », una «válvula para su vitalidad desbordante», dijo de él más tarde Stefan Zweig. Sin embargo, en esas corrientes no se puede descargar una vitalidad desnuda. No la de Rimbaud, porque para él la poesía no era un refugio, sino su patria original. «La religión no lo hizo nunca caer de rodillas » escribió también Stefan Zweig (¡que lo admiraba profundamente!). Y, sin embargo, su literatura era una religión única, evidentemente universal, históricamente libre, independiente, sin refinar, que triunfaba en medio de la suciedad y los zapatos destrozados. ¡Y esa religión suya lo hizo también fracasar, lo hizo hincarse de rodillas!... De su Temporada en el infierno dependía su vida entera, de sus Iluminaciones el latido de su corazón... La riqueza de Harar no le sirvió de nada, todo el dinero no le sirvió de nada, todo, todo no le sirvió de nada, se desploma, aparentemente pequeño en los últimos tiempos, y por eso se arrodilla delirando e implora la última iluminación: ¡la del Padre eterno!

Sólo quien implora al Padre eterno tiene esperanza de existir y puede decir, como dijo Rimbaud: ¡Yo seré siempre!












En busca de la verdad
Título original: Der Wahrheit auf der Spur
Discursos, cartas de lector, entrevistas, artículos
Editado por Wolfram Bayer, Raimund Fellinger y Martin Huber
Traducido del alemán por Miguel Sáenz
Madrid, Alianza Editorial, 2014
Foto: cover edición citada





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Pierre Michon: Ese poeta que a nada le hace ya sombra

26 de octubre de 2014




Ese poeta que a nada le hace ya sombra recibió, pues, dos cartas del jovencísimo Rimbaud, que nos hace tanta sombra como a la lengua italiana el gorrito del Dante, y a éste los laureles de Virgilio, pues los hombres de letras son fútiles, medrosos, creyentes. Banville, al leerlas, se olió a cincuenta leguas un Julien Sorel de las Ardenas; y no andaba errado: las cartas son diminutas trampas para el prójimo, para un exclusivo prójimo al que pretende uno meterse en el bolsillo; y Rimbaud era maestro en esas artes de pajarero. Los versos son trampas de tamaño mayor para presas más inefables. Y en los versos que acompañaban a esas cartas, que las amalgamaban y las justificaban, lo más probable es que Banville intuyese algo más y muy diferente, algo más que un Rastignac o un Sorel, pues por muy Banville que fuera, es decir, un muérgano y un adocenado burgués con la mirada y el pensamiento continuamente pendientes del reclamo de aquella cúpula distante, sabía cómo enjaretar un par de versos, y también, cosa ya que es harina de otro costal, cómo se pellizca un pedacito de mundo con la pinza de un par de versos; llevaba toda la vida haciéndolo. Tras el joven versificador con buenas dotes, mañoso, hugólatra, bajo las rimas flagrantes, Banville percibió esa otra rima más sombría que el rimador desconoce, a la que le importa un ardite el hombre en cuyo interior canta o chirría; que nace de la antiquísima manera en que cada cual trenza el mes de junio, la lengua y la propia persona; y hay quien así consigue música: un escuálido pentagrama de tres o cuatro notas, mas tiránicas, tiránicamente reiteradas y combinadas, de cuya combinación diversa salen los grandes poetas, como suele decirse; y ese pentagrama, ese canto, esa tiranía, nubla los planes del rimador y decide por él de punta a cabo: de ello depende quizá que amanezcamos siendo Julien Sorel, que en el mediodía de nuestras vidas compongamos una cosita irrefrenable e irrisoria como el gorrito del Dante (publicamos la cosita mientras se presenta algo mejor, la llamamos Las flores del mal, no es sino un ínfimo hito en la conquista de París), que nos pasemos la tarde entera esperando en vano que la cosita aquella nos convierta en rey y que, sin saber cómo, llegado el ocaso, mascullemos, chocheando espantosamente, un eterno me cago en diela en un tabernucho de Bruselas; y, cuando nos llega por fin la hora de irnos a la cama, seguimos creyendo que somos Julien Sorel, pero en las últimas; lo creemos hasta que nos convertimos en cadáveres, por más que hayamos escrito Las flores del mal. Y eso, esa ambición desatentada que hace a los grandes poetas, Banville se topó con ella en carne y hueso una vez al menos, y llegó incluso a robarle en sus propias narices a la oronda Marie Dauburn, y para esa ambición solicitó una pensión de indigente al ministro; y era capaz de reconocerla. Así que la reconoció en los versos de Rimbaud. Esto es lo que nos gusta creer, porque somos devotos; pero, a veces, llegamos a dudarlo; y, cuando lo dudamos, nos decimos que esa música no está tan clara, que a lo mejor la hemos puesto ahí nosotros a fuerza de padrenuestros, y no Dios, ni todas las musas reunidas en el cielo de Charleville, ni el genio; que sólo un siglo de culto devoto ha colocado unas notas en esos pentagramas. Pero tanto monta; ya nos hemos hecho a esa idea: es posible que se trate sólo de una cancioncilla, pero en nuestro fuero interno suena maravillosamente, igual que el órgano mayor al entonar el Te Deum.
Y como buenos devotos tenemos empeño en creer que Banville oyó el Te Deum; que quizá oyó en los versos del colegial un eco muy lejano del brinco con que se metió el hada mala en el tabuco interior; de las nupcias que allí recobró con el Capitán; del impecable desposorio de la corneta y los padrenuestros; del ridículo y mínimo drama doméstico elevado a misa mayor, expuesto en lenguaje cristalino, pero engalanado, irreconocible. O también, si preferimos imágenes más adocenadas, tomadas del catecismo de la época y no de estas historias de familia que son nuestro escuálido catecismo, lo que leyó Banville, la rima oscura que oyó fue esa en que percuten entre sí la ira y la caridad, el rencor infinito y la misericordia, cada una de ellas en diferente mano, separadas, intactas, irreconciliables, enemigas juradas; pero la rima, como si fueran gallos de pelea, las suelta y las azuza, las enzarza, las vuelve a recoger, y puntúa esa fiereza con un desmedido enfrentamiento de drums. Y si nuestra devoción personal nos exige otras metáforas (que consideramos pensamiento y son pensamiento), llamamos de otra forma a los dos elementos de ese tam-tam pequeño: decimos que son la rebeldía y el amor puro, o la nada y la salvación, o la caída inacabable y, dentro de la caída, la persistente presencia de eso a lo que ya no llamamos Dios; decimos que es el luto por Dios y el bluff con el que restablecemos a Dios; y quienes no gustan de Dios dicen que es el libre gozo de sentirse vivo y el gozo más sombrío de sentirse esclavo de la muerte, qué más da: lo importante es tener bien cogidos los anchos platillos, saber percutirlos y que hagan ese ruido que se oye en Rimbaud. Atendiendo a música tal, Banville, que era hombre honrado, que se había quedado hacía mucho sin esa rima interior, pero sabía reconocerla en los demás, Banville, pensativo, cogió una pluma y se dispuso a contestar. Tocado con bonete de seda, sentado ante su escritorio de poeta con peonías, teniendo probablemente ante los ojos una antigualla dórica que hacía las veces de pisapapeles, revolviendo, pensativo, la cucharilla en ese té con ron que Verlaine nos cuenta que se tomaba en casa de Banville, reflexionando, sopesando los pros y los contras, el hombre que se parecía al Gilíes contestó. Tuvo con ese joven de las Ardenas la fineza del augur y envió por correo el esquejillo en esas cartas que no se han conservado.
Es posible que esté perdiendo el tiempo con Banville. Estoy perdiendo el tiempo con ese infeliz anciano que llegó ayer desde Moulins llevando en el corazón toda la poesía del mundo y está ahora en París, quebrado el espinazo por los apaños, el éxito, los poderes y la proximidad de la muerte; con Banville, cuyo único cometido es ser, por delegación, el primero entre los poetas -puesto que Hugo, en su isla, no está para nadie y escucha, inclinado, cómo golpea el suelo el pie de Shakespeare en las cuatro patas de su mesa-, es decir, entregar el esquejillo a jovenzuelos de Douai o de Charleville; con Banville, que no es nada, que apenas es esa sombra que, al regresar de la calle de Rome, alza la cabeza hacia los gorriones de la cúpula. Pero quiero decir una vez más no obstante cuánto valoro el hecho de que ese pobre hombre tenga un parecido tan asombroso con el Gilíes de Watteau.
Así que es el Gilíes quien abre la ronda de los lectores de Rimbaud. Valoro infinitamente que, inclinado sobre ese escritorio de poeta en el que pone su correspondencia al día, fuera él el primero (el primero de París, por descontado; en asuntos así, Charleville no cuenta) en leer los versos del mirlo blanco de Charleville; y que le contestase; que a esas palabras añadiera otras palabras; que fuera, pues, también el primero en comentarle al autor, con expresiones de las que nada sabemos, esos versos que había leído detenidamente; y su sombra lleva cien años bregando con esa carta, igual que los infelices de los cuentos a los que un destino burlón encadena a una tarea inicua y monótona; sentado ante ese escritorio sigue contestando a Rimbaud. Vuelve a escribir la carta, interminablemente. La convicción se esfumó ya, pero el hada quiere que siga: un hada sombría que reside en esa breve mezcla de obra y vida que responde al apellido de Rimbaud y transforma a quienes se le acercan en Banville, en Pierrot. Pues entra dentro de lo posible que todos los libros que sobre Rimbaud se han escrito hasta el día de hoy, este que estoy escribiendo y los que se escribirán mañana, los haya escrito, los esté escribiendo y los vaya a escribir Théodore de Banville; no precisamente Banville, no todos son de Banville, pero todos sin excepción son del Gilíes de Watteau. De algunos es autor efectivamente un hombre al que podemos llamar Banville, como si fuese Banville en persona: el innúmero Banville, es decir, un hombre de bien, un poeta casi perfecto, recto, medroso, pero buena persona; pedante, pero sincero; apasionado; con mucho de muérgano, un tanto pasado de moda incluso aunque sea muy joven; y, atendiendo a lo que en cada momento se lleve, desmelenado o atusado: los desmelenados apuestan por la ira y la nada; los atusados, por la salvación y la caridad, pero siempre les falta un platillo; o tienen los dos platillos, pero no al mismo tiempo; y, si en la juventud fueron desmelenados, al llegar la vejez helos en los jardines del Luxemburgo oreándose las crines blancas bajo las frondas, mirando también de reojo la cúpula del Panteón, o paraísos menos visibles, el oro del Tiempo, los campos magnéticos del más allá, la secreta necrópolis de las Luces, que es como una basílica de Saint-Denis construida en piedra enteramente filosofal y donde tendrá uno la oportunidad de yacer muellemente entre el señor De Sade y el De Lautréamont, los grandes capitanes, los hombres de ira que se han quedado ya sin ira; y, en el Luxemburgo, cambiando de sitio una silla para sentarse cerca de las estatuas de las reinas y de las muchachas que pasan por allí, se quedan quietos de pronto, piensan adonde habrá ido a parar toda aquella ira; y luego sonríen, siguen el paseo, se dicen que les sigue gustando Rimbaud, que no todo está perdido. André Bretón bajo los árboles se recitaDevoción y se sienta cerca de las reinas. O también, si estamos en diciembre y en el Luxemburgo hace demasiado frío, bajan entre ráfagas de viento helado por el bulevar de Saint-Michel, cruzan el puente, entran en Notre-Dame, que es un cortavientos de primera, y allí, en la oscuridad de diciembre, en la oscuridad de las bóvedas, detrás de una pilastra, ven de repente alzarse y zumbar la gigantesca columna de fuego; y, cómo no, encienden con ese fuego, para una temporada de sesenta años, una obra insensata, ridícula, prodigiosa, por la que pasan a zancadas grandes capitanes fogosos que hablan directamente con Dios, y a los que llama Dios por sus nombres ridículos y prodigiosos, Thomas Pollok Nageoire, Monsieur de Coûnfontaine et Dormant, pero que no se les ocurra hacerle un prólogo a Rimbaud, porque pierden las amplias alas y helos convertidos en muérganos, confundiendo el pedal de la caridad con el de la ira y citando a las santas del almanaque. Vuelven a convertirse en Banville. Incluso Bretón y Claudel se convierten en Banville y contestan a Rimbaud, con un bonete de seda coronándoles las crines, sentados ante su escritorio de poeta.

Todos esos libros que tratan de Rimbaud, ese libro único en resumidas cuentas, porque la verdad es que son siempre el mismo libro, que son intercambiables por más que burlescamente enfrentados, igual que, durante la Edad Media, el filioque, todos esos libros son fruto de la mano del Gilles. El Gilles posee mejor documentación que Banville; un siglo de ensayos lo tiene muy bien informado; sabe mucho más de la vida de Rimbaud de lo que supo nunca Rimbaud, como atinadamente se ha dicho; es más moderno que Banville, más resueltamente moderno; enharinado, moderno; se halla también en algo parecido a un jardín, ya que allí fue donde lo colocó Watteau: está en el Luxemburgo, vamos, como Banville, como Mallarmé, como Bretón el de la hermosa e hirsuta cabellera blanca bajo las hojas, como el joven Claudel en el preciso instante en que empuja el portillo de la verja y baja por Saint-Michel para enclaustrarse en el cortavientos de Notre-Dame. Quieto y a pie firme a la orilla de ese jardín, dando la espalda a estatuas de reinas, a risas y juegos que no oye, a una hermosa tarde en la que no está presente, a pinos de Italia, a muchachas, Gilíes mira cómo cruza por el vacío la obra y la vida de otro. Y a ese otro lo llama Arthur Rimbaud. Se lo inventa; es la historia mágica que él no es. Mira cómo resplandece esa magia; ve señas en ella; ve en ella la promesa de la Resurrección de los cuerpos; o del oro del Tiempo, depende; mira el cometa; mira la nada y la salvación, la rebeldía y el amor, el cuerpo vil y la letra, que luchan, se enlazan, danzan, se separan, se vuelven a juntar, pasan y se desploman muy considerablemente. En su cuarto oscuro, en pleno mediodía, proyecta una y otra vez, interminablemente, esa bobina, esa danza, esa caída, y se queda tan patidifuso como la primera vez, él que está ahí clavado, con las manos colgando y unos pies como los de Calibán. Bien podemos reírnos, pero muy atrevido será, quizá el más lerdo de los Gilles, quien se atreva a tirarle la primera piedra.
Los Gilles han visto al transeúnte considerable; creyeron verlo pasar; se inventaron que pasaba; por donde pasó ven un hondo surco que divide en dos el campo de la poesía, colocando, a un lado, las antiguallas, entre las que hay muchas obras hermosas, cierto es, pero que antiguallas son en fin de cuentas, y, al otro, el altanero arpende saqueado de lo moderno, en el que quizá nada crece, pero que es moderno; pasó el transeúnte; y, tras su paso, helos aquí inclinados sobre su escritorio de poetas; y, en silencio, nos hablan de él, del espantoso labrador, del mirlo blanco. Miran el cometa; toman nota de sus perfiles; tiene doce pies, y, a veces, no tiene ninguno, o tiene mil pies, de eso sí se han dado cuenta; buscan el lugar, la fórmula y la clave; creen que hay una clave cifrada; combinan las cifras; ya casi lo tienen; están a punto de ver: y, de repente, si se alza a su espalda una risa más aguda, si susurra una seda bajo los pinos de Italia, si una voz de mujer los llama como desde muy lejos entre el hondo silencio, yerguen la cabeza dejando de mirar su libretita y se preguntan si el cometa ha pasado de verdad, si sus cálculos matemáticos tienen sentido, si la poesía existe en persona, o si es Arlequín quien los ha rebozado de harina. Desafortunadamente, Rimbaud tiene el don de enharinar a todos cuantos se le acercan: y, dicho esto, dejo las manos colgando, me acatarro; si me sacudo los faldones, salen nubes de harina. Pero hay veces en que me imagino, y es muy probable que todos los Gilles lo imaginen junto conmigo durante los fugaces momentos en que nos perdonamos, en que nos soportamos, cuando, por ejemplo, el viento del atardecer pasa por entre esos pinos de Italia que a nuestra espalda puso Watteau, cuando se nos pasa el catarro, cuando al mirarnos no vemos ya la harina sino algo así como un ropaje de luz, entonces sí, en esos instantes nos imaginamos que se halla de pie ante nosotros un muchacho de elevada estatura que también tenía manos grandes y toscas, obreras y como de lavandera, al decir de Mallarmé, un muchacho que para sacudirse la propia harina anduvo azacanado hasta la muerte con rimas, con renuncias a la rima, con rechazos, con trabajos de galeote; que, para hacer como que no era de Charleville, que no tenía por madre a la pobre Cuif, nos recluyó en las galeras modernas; imagino que ese muchacho, exhausto, se halla ante nosotros, de pie, con sus zapatones, y que nos mira con las manazas colgando. Se halla ante nosotros, tiene la misma estatura, o casi, hinca ambos pies en el suelo; viene de lejos, de un lugar donde ya no sabe que realizó eso que llamamos una obra; no siente ya ira; con hondo asombro contempla, en esa mano que llevamos colgando, la innúmera, la fútil glosa rimbaudiana. Mil veces lee su nombre, luego la palabra genio, luego la añeja palabra arcángel, luego las palabras absolutamente moderno, luego unas claves ilegibles y luego su nombre otra vez. Alza los ojos para clavarlos en los nuestros; y ahí nos quedamos, frente a frente, quietos, patidifusos, rancios; a nuestra espalda, los pinos de Italia no se mueven, no hay ni un hálito de viento; va a hablar, vamos a hablar, vamos a hacerle nuestra pregunta, vamos a responder, todo está a punto. Una repentina ráfaga hace alzarse el rumor de los pinos. Rimbaud ha vuelto a meterse de un brinco en su danza; ya estamos solos otra vez, con la pluma en la mano.
Anotando la Vulgata.





En Rimbaud el hijo (1991) 
Título Original: Rimbaud le fils 
Traductor: Gallego Urrutia, María Teresa 
©2001, Anagrama 
Foto: Pierre Michon © Sophie Bassouls-Sygma-Corbis





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Shakespeare: Enrique IV (Acto Cuarto, in fine)

19 de octubre de 2014





Rey
La sala donde me he desvanecido ¿tiene algún nombre particular?

Warwick
Se llama Jerusalem, mi noble señor.

Rey
¡Gloria a Dios! Ahí es donde mi vida debe concluir. Me fue profetizado hace muchos años que no moriría sino en Jerusalem, y entonces supuse vanamente que sería en Tierra Santa. Llevadme, pues, a esa sala. Es en esa Jerusalem donde he de morir.















Trad.: Luis Astrana Marin
OC, Madrid, Aguilar, 1951
Image: The "Cobbe Portrait," thought to be the only portrait of William Shakespeare painted during his lifetime, circa 1612, oil on panel, unknown artist. The Latin legend "Principum amicitias!" included at the top of the portrait translates as "The Friendships of Princes!" and is thought to be a quote from Horace's Odes, book 2, ode 1.

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Adonis: Musiques – I, in Commencement du corps fin de l’océan

13 de octubre de 2014




8

Ainsi, dans l’étreinte de la nature et du corps, nous devenons tempête
         nous nous apaisons
         pas de décision pas de stratégie. Nous suivons nos organes
         nous finissons nous commençons.

Nos corps
un seul astre
         nous échangeons nos tristesses
         échangeons nos membres
         nos corps un même sang




Traduction de l’arabe de Vénus Khoury-Ghata
Mercure de France, 2004
Foto original color: Mariusz Kubik/Wikimedia


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Mahmud Darwish: Toma mi caballo y sacrifícalo

12 de octubre de 2014





Tú, no mi obsesión de conquistas, eres mi boda.
He dejado a mi alma y a sus parientes, tus demonios interiores,
la libertad de plegarse a tus deseos.
Toma mi caballo
y sacrifícalo
para que, cual guerrero tras la derrota, yo camine
sin sueños ni emociones...
Paz a la fatiga que deseas,
al príncipe cautivo, al oro necesario para la celebración
del verano por tus seguidores. Mil paces para ti,
entera y plena con tus pretendientes, humanos o genios.
Paz a lo que has hecho de ti para
ti: la horquilla de tu pelo rompe
mi espada y mi escudo,
y el botón de tu camisa porta, en su luz,
la contraseña para toda clase de pájaros.
Toma mi aliento como si tomaras una guitarra que acceda
a tus deseos de viento. Toda mi Andalucía
está en tus manos. No descuides ninguna cuerda
para defender el alma en mi Andalucía.
Yo sabré, en otra época,
sabré que he logrado la victoria con mi desesperación,
que he encontrado mi vida, allí,
fuera de ella, junto a mi pasado.
Toma mi caballo
y sacrifícalo, para que yo porte mi ser,
vivo o muerto.







Mahmud Darwish 
Al-Birwa 13 de marzo de 1941 - Houston 9 de agosto de 2008
Traducción directa del árabe: María Luisa Prieto
Cortesía: Poesía árabe
Foto: Eamonn McCabe




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Pierre Reverdy - Corazón a corazón (bilingüe)

11 de octubre de 2014




Por fin heme de pie
He pasado por ello
Alguien pasa también por ello ahora
Como yo
Sin saber adónde va

Yo temblaba
Al fondo del cuarto el muro era negro
Y temblaba también
Cómo pude franquear el umbral de esa puerta

Se podría gritar
         Nadie oye
Se podría llorar      
         Nadie comprende

Encontré tu sombra en la oscuridad
Era más dulce que tú misma
Otrora
Estaba triste en un rincón

La muerte te ha traído esa tranquilidad
Pero hablas hablas todavía
Querría dejarte
Si sólo viniera un poco de aire
Si el exterior nos permitiera aún ver claro
Nos asfixiamos

El techo pesa sobre mi cabeza y me empuja
Dónde ponerme adónde partir

No tengo bastante sitio para morir
Adónde van los pasos que se alejan de mí y que escucho
Allá lejos muy lejos
Estamos solos mi sombra y yo
La noche desciende

De El tragaluz oval (1916)
Versión de César Moro



Cœur à cœur

Enfin me voilà debout
Je suis passé par là
Quelqu’un passe aussi par là maintenant
Comme moi
Sans savoir où il va

Je tremblais
Au fond de la chambre le mur était noir
Et il tremblait aussi
Comment avais-je pu franchir le seuil de cette porte

On pourrait crier
         Personne n’entend
On pourrait pleurer
        Personne ne comprend

J’ai trouvé ton ombre dans l’obscurité
Elle était plus douce que toi-même
Autrefois
Elle était triste dans un coin
La mort t’a apporté cette tranquillité
Mais tu parles tu parles encore
Je voudrais te laisser

S’il venait seulement un peu d’air
Si le dehors nous permettait encore d’y voir clair
On étouffe
Le plafond pèse sur ma tête et me repousse
Où vais-je me mettre où partir
Je n’ai pas assez de place pour mourir
Où vont les pas qui s’éloignent de moi et que j’entends
Là-bas très loin
Nous sommes seuls mon ombre et moi
La nuit descend

La lucarne ovale (1916) © Gallimard
























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Alí Ahmad Said Esber, Adonis

10 de octubre de 2014





Si je remue l'histoire et si je sors du royaume des ancêtres
C'est que je suis un enfant illettré
Qui marche dans le sillon des choses
Et découvre la magie des objets.














Le Livre, 2007
Photo: Lebanese poet Adonis
Paris, 1991 




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André Breton: Uli (bilingüe)

9 de octubre de 2014





Por cierto eres un gran dios
Te he visto con mis ojos como no vi a ninguno
Cubierto aún de tierra y de sangre te encuentras acabas de crear
Eres un viejo campesino ignorante
Para restablecerte comiste como un chancho
Estás cubierto de humana suciedad
Se ve que estás metido en eso hasta las orejas
No entiendes nada ya
Nos miras de soslayo desde un fondo de valvas
Que levantes las manos te dice la creación y tú aún amenazas
Aún inspiras temor aún maravillas



Pour sûr tu es un grand dieu
Je t'ai vu de mes yeux comme nul autre
Tu es encore couvert de terre et de sang tu viens de créer
Tu es un vieux paysan qui ne sait rien
Pour te remettre tu as mangé comme un cochon
Tu es couvert de taches d'homme
On voit que tu t'en es fourré jusqu'aux oreilles
Tu n'entends plus
Tu nous reluques d'un fond de coquillage
Ta création te dit haut les mains et tu menaces encore
Tu fais peur tu émerveilles
















Xénophiles, 1948
Versión Raúl Gustavo Aguirre 
En Poesía francesa contemporánea (De Baudelaire a nuestros días) 
Buenos Aires, Ediciones Fausto, 1974
Fuente en francés: André Breton, Océanie, Paris, préface d'André Breton
Introduction F. H. Lem, Galerie Andrée Olive, 1948
Foto: André Breton, Mexico, 1938, by Manuel Álvarez Bravo





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Patricia Damiano: Particiones

7 de octubre de 2014




I

aceitaron mis pies y esta frente
trenzaron mi cabello con aros de bronce
y ríos sucios

hubo
sólo
una sábana perforada
en la casa de las vírgenes

hubo
la esterilla nupcial


II

los harapos
resplandecían


III

y
luego
a través de las puertas secretas, embozados
prodigadores
de hijos

dieron batalla






Calamo currente
Own photo 2014



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