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Estefanía González: Dios en la ría

6 de noviembre de 2018



Atraviesa la ría un puente lanzado, un lento coche en él azul. La familia dentro.
Ven las barquitas, las banderas tirantes en los castillos, en los hoteles.
Se ven no se oyen clarines de metal
cómo tensan el aire.

La ría es una cópula de sal.

Del lado contrario al horizonte un titán, un dios.

Hilos de hierro atraviesan sus pantorrillas. Así aguanta el dolor y no revienta. Tendones y cinchas, mente dispersa en el paisaje, fuerza con cuero en la cintura atada.

Cráneo de caracoles.
Riega el mármol sangre espesa. Venas negras en sus muñecas.
La ría es una cópula de sal.

Dios se enerva.

Carga como si fuera un fardo a un niño de leche.
Lo sostiene por el tobillo. Sus muslos blandos, los labios combados, las rosas.
Dios: ingles de mármol de sangre lenta.
El dios escucha los estandartes.
Se detiene al borde de un grito salvaje.
Entonces hace del niño una honda,
un molinete sobre su cuerpo.
Lo blande entre gaviotas. Mazo de carne.

El niño es el sol.
Tiende los brazos. ¿A quién llama?
Mudo.
Dios huesos de piedra querría reír.

En el puente lanzado en el coche azul la familia: ojos dilatados por el miedo.


La ría es una cópula de dulzor y mar.

El niño es el sol. Está enfermo y su giro amenaza el cosmos.
Tiende los brazos.

Sol niño blandido como hacha.
Eco del chirrido de las banderas.
Todo amenaza el desorden del sol, la necesidad del dios huesos de piedra
de provocar un estallido.


El dios niño blandido
como un hacha. El sol
amenaza el cosmos.


Se hincha la ría, paisaje duro.




Foto original color en su muro FB


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Harold Bloom: Herman Melville, «Moby-Dick»

2 de noviembre de 2018



Moby-Dick, de Herman Melville, es el ancestro indiscutible de las seis novelas norteamericanas modernas que en dos secuencias examinaré en este capítulo. La primera secuencia está compuesta por Mientras agonizo de William Faulkner, Miss Lonelyhearts de Nathanael West, La subasta del lote 49 de Thomas Pynchon y Meridiano de sangre de Cormac McCarthy. La segunda comprende sólo dos novelas: El hombre invisible de Ralph Waldo Ellison y El cantar de Salomón de Toni Morrison. Pero dado que en última instancia la fuerza vinculante de ambas es Moby-Dick, quiero empezar echando una breve mirada a la más negativa de las visiones norteamericanas, al menos antes de Meridiano de sangre, de Cormac McCarthy.

  Leer bien Moby-Dick es una empresa vasta, según corresponde a uno de los pocos aspirantes vernáculos a la conquista de una épica nacional. Pero como el protagonista de la novela es el capitán Ahab, me limitaré a repasar ciertos problemas de lectura que él presenta. Figura nítidamente shakesperiana, con tantas afinidades con el rey Lear como con Macbeth, en el sentido técnico Ahab es (como Macbeth), un villano —héroe. Tras sesenta años de relecturas de la novela, no me he desviado de la experiencia que tuve al leerla a los nueve: para mí Ahab es antes que nada un héroe, así como la persona «Walt Whitman» y Huckleberry Finn son héroes norteamericanos rivales. Sí, Ahab es responsable de la muerte de toda su tripulación, él incluido— con la sola excepción del superviviente jobiano, el narrador que nos pide que lo llamemos Ismael. No obstante, urgiéndola a acompañarlo en la vengadora empresa de dar caza y muerte a Moby-Dick, —níveo Leviatán, ballena evidentemente imposible de matar— ha congregado en torno a sí la tripulación entera, aun al reticente primer oficial Starbuck. Cualquiera sea su culpabilidad (la decisión cae libre, aunque a Ahab sólo lo habría detenido un rechazo grupal), parece mejor pensar en el capitán del Pequod como un protagonista trágico, muy cercano a Macbeth y al Satán de Milton. Dentro de su monomanía visionaria, Ahab tiene un toque quijotesco, si bien su dureza nada tiene en común con el espíritu lúdico de Don Quijote.

  William Faulkner dijo que Moby-Dick era el libro que le habría gustado escribir; su versión más cercana fue ¡Absalón! ¡Absalón!, cuyo obsesionado protagonista Thomas Sutpen puede considerarse una reescritura de Ahab. En su encumbrada retórica, Faulkner observó que el final de Ahab era «una especie de Gólgota del corazón que en la sonoridad de su ruinoso hundimiento se vuelve inmutable». La palabra «ruinoso» no es peyorativa, ya que Faulkner añadió: «Bien, ésa es muerte para un hombre». 

  Moby-Dick es el paradigma ficcional de lo sublime norteamericano, de un logro profundo, no importa si en la cumbre o en el abismo. Pese a la considerable deuda que tiene con Shakespeare, es una obra inusualmente original, nuestra mezcla nacional del Libro de Jonas y el Libro de Job. Ambos textos bíblicos son citados por Melville; el padre Mapple cita párrafos de Jonas en su maravilloso sermón, mientras que el «Epílogo» de Ismael toma como epígrafe la fórmula usada por los cuatro mensajeros que informan a Job de la destrucción de su familia y sus bienes terrenos: «Y sólo yo escapé para contártelo».

  Faulkner alcanza una originalidad radical en Mientras agonizo, que en mi opinión es su obra maestra incluso por encima de Luz de agosto, Santuario, El ruido y la furia y ¡Absalón, Absalón! La misma originalidad asiste a Miss Lonelyhearts, la novela breve de Nathanael West, y La subasta del lote 49, de Thomas Pynchon. Una originalidad aterradora es la marca distintiva de Cormac McCarthy en Meridiano de sangre, que en el umbral del siglo XXI me parece la obra imaginativa más fuerte entre todas las de escritores norteamericanos vivos. Siempre difícil después de Shakespeare y Cervantes, la verdadera originalidad resulta particularmente ardua para nuestra literatura de los dos últimos siglos. No hago profecías respecto al veintiuno pero, puesto que los Estados Unidos ya son el País del Atardecer de la alta cultura occidental, será difícil evadir cierta sensación de retraso.

  Starbuck le dice a Ahab que la caza de Moby-Dick contraviene los designios de Dios. Ahora bien, ¿quién es exactamente el Dios de Melville, o el de sus sucesores: Faulkner, West, Pynchon, McCarthy? Como Prometeo en la literatura antigua y la romántica, como el Satán de Milton, Ahab se opone al dios del cielo, aun si queremos dar a ese dios el nombre de Yahveh o Jehová. Parece como si Ahab se hubiera convertido del cristianismo cuáquero a una versión parsi del maniqueísmo, en la cual dos deidades rivales se disputan el cosmos. El demónico capitán del Pequod ha embarcado de contrabando un grupo de parsis (zoroastrianos persas de la India) para que tripule su barca ballenera personal, con Fedalá como arponero. Fedalá es el doble sombrío de Ahab; al final del gran capítulo 132, «La sinfonía», Ahab contempla el océano y observa que «allí, en el agua, hay reflejados dos ojos de mirada fija». Son los ojos de Fedalá, pero también los de Ahab.

  Melville no era cristiano, y tendía a identificarse con la antigua herejía gnóstica, en la cual el Dios-creador es un impostor torpe, mientras que el Dios verdadero, llamado el Extraño o el Ajeno, está exiliado en algún lugar de las regiones exteriores del cosmos. El Faulkner temprano y más grande es una especie de gnóstico sin saberlo; cada uno a su modo, West, Pynchon y McCarthy lo son sin duda a sabiendas. Mi asunto es cómo leer la mejor ficción de estos escritores, y por qué, y no instruir a mis lectores en heterodoxias antiguas (¡al menos no aquí!), pero la primera serie de novelas que he elegido (cuatro), en la estela de Melville, alcanzan un esplendor negativo en modos, según veremos, paralelos a los de las visiones gnósticas.

  En el Libro de Job, Yahveh se jacta ante el desdichado Job del poder que tiene sobre la humanidad el Leviatán, al que Melville llama Ballena Blanca: Moby Dick. Mutilado por Moby-Dick, Ahab afirma su orgullo y su derecho a la venganza, la posesión de una chispa, en el capítulo 119, titulado «Las candelas»:

—¡Ah, tú, claro espíritu del claro fuego, a quien en estos mares yo adoré antaño como persa, hasta que me quemaste tanto en el acto sacramental que sigo llevando ahora la cicatriz! Te conozco, y ahora sé que tu auténtica adoración es el desafío. No has de ser propicio ni al amor ni a la reverencia; e incluso al odio no puedes sino matarlo, y todos caen muertos por ti. No hay ahora necio temerario que te haga frente. Yo confieso tu poder mudo y sin lugar, pero hasta el último hálito de mi terremoto la vida disputará el señorío incondicional e integral sobre mí. En medio de lo impersonal personificado, aquí hay una personalidad. Aunque sólo un punto, como máximo: de donde quiera que haya venido; adonde quiera que vaya; pero mientras vivo terrenalmente, esa personalidad, como una reina, vive en mí y siente sus reales derechos. Pero la guerra es dolor y el odio es sufrimiento. Ven en tu más baja forma de amor y me arrodillaré ante ti y te besaré; pero en tu punto más alto, ven como mero poder de arriba; y aunque botes armadas de mundos cargados hasta los topes, hay algo aquí que sigue indiferente. Ah, claro espíritu, de tu fuego me hiciste y, como auténtico hijo, te lo devuelvo en mi aliento [11].

   Según Ahab, la manera correcta de adorar el fuego es afirmando la propia identidad en contra de él. «¡Golpearía al sol si me insultara!», exclama el prometeico capitán, estableciendo un patrón de desafío que ninguno de sus seguidores ha igualado.

  He limitado mi lectura de Moby-Dick a un breve análisis del capitán Ahab porque es el precursor de todos los buscadores norteamericanos que estudiaré en este capítulo. Pero no puedo abandonar la epopeya de Melville, libro que venero desde la infancia, sin elogiar su extraordinario aliento narrativo. Ahab nos cautiva aunque su monomanía nos espante. Es norteamericano hasta la médula, feroz en su deseo de vengarse pero siempre extrañamente libre, quizá porque ningún norteamericano se siente libre de verdad si por dentro no está solo.


[11] Traducción de José María Valverde. (N. del T.)










En Harold Bloom: Cómo leer y por qué
Traducción de Marcelo Cohen
Grupo Editorial Norma
Santa Fe de Bogotá, 2000

Foto: Harold Bloom © Nancy Kaszerman-ZUMA-Corbis




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George Steiner: Muerte de reyes * (1968)

25 de octubre de 2018





Hay tres ocupaciones intelectuales, y hasta donde yo sé solamente tres, en las que los seres humanos han realizado grandes hazañas antes de la edad de la pubertad. Son la música, las matemáticas y el ajedrez. Mozart escribió música de indudable competencia y encanto antes de cumplir los ocho años. A los tres, Karl Friedrich Gauss efectuó, según se dice, cálculos numéricos de cierta complejidad; demostró ser un aritmético prodigiosamente rápido pero también notablemente profundo antes de cumplir los diez. Con doce años, Paul Morphy derrotó a todos sus contrincantes en Nueva Orleans, una proeza no pequeña en una ciudad que, hace cien años, contaba con varios formidables jugadores de ajedrez. ¿Nos hallamos aquí ante algún género de complejos reflejos imitativos, con logros posiblemente al alcance de unos autómatas? ¿O realmente crean algo estos maravillosos seres en miniatura? Las seis sonatas de Rossini para dos violines, violonchelo y contrabajo, compuestas por el muchacho durante el verano de 1804, tienen una patente influencia de Haydn y Vivaldi, pero son de Rossini las líneas melódicas principales, espléndidamente imaginativas. Al parecer, es cierto que Pascal, a los doce años, recreó por sí y para sí los axiomas esenciales y las proposiciones iniciales de la geometría euclidiana. Las primeras partidas de Capablanca y Alekhine de las que tenemos constancia contienen importantes ideas y muestran signos de un estilo personal. Ninguna teoría del reflejo de Pávlov o de la imitación simiesca puede explicar estos hechos. En estos tres dominios encontramos una creación, no pocas veces característica y memorable, a una edad increíblemente temprana.

  ¿Hay una explicación? Buscamos alguna relación genuina entre las tres actividades; ¿en qué se asemejan la música, las matemáticas y el ajedrez? Este es el tipo de pregunta para la que debería haber una respuesta bien clara, hasta clásica. (La idea de que haya una profunda afinidad no es nueva). Pero encontramos poca cosa aparte de indicios imprecisos y metáforas. La psicología de la invención musical —como algo diferente del simple virtuosismo en la ejecución— es casi inexistente. A pesar de las fascinantes pistas proporcionadas por los matemáticos Jules Poincaré y Jacques Hadamard, apenas se sabe nada de los procesos intuitivos y de razonamiento que subyacen al descubrimiento matemático. El doctor Fred Reinfeld y el señor Gerald Abrahams han escrito cosas interesantes acerca de la «mente ajedrecística», pero sin establecer si existe y, en caso de que así sea, qué es lo que constituye sus singulares capacidades. En cada una de estas esferas, la «psicología» se limita a ser principalmente cuestión de anécdotas, entre ellas las deslumbrantes exhibiciones ejecutivas y creativas de los niños prodigio.

  Reflexionando, hay dos aspectos que nos sorprenden. La impresión dominante es que las formidables energías y capacidades mentales para la combinación deliberada de las que hace gala el niño experto en música, en matemáticas o en ajedrez están casi totalmente aisladas, que se disparan alcanzando madurez al margen de y sin necesaria relación con otros rasgos cerebrales y físicos, que maduran normalmente. Un prodigio musical, un niño compositor o director, puede ser en otros aspectos un niño pequeño, petulante e ignorante como suelen ser los niños de su edad. No hay testimonios que indiquen que la conducta de Gauss cuando era un chiquillo, su dominio del lenguaje o su coherencia emocional, excedieran en modo alguno los de otros chiquillos; era un adulto, y más que un adulto normal, únicamente en lo que concierne a la comprensión numérica y matemática. Cualquiera que haya jugado al ajedrez con un niño de corta edad y grandes dotes se habrá dado cuenta de la flagrante, casi escandalosa disparidad que hay entre las estratagemas y la sofisticación analítica de los movimientos del niño sobre el tablero y su conducta pueril en cuanto se guardan las piezas. Yo he visto a un niño de seis años manejar una defensa francesa con una tenaz maestría y, un momento después de terminar la partida, convertirse en un mocoso ruidoso y destructivo sin ton ni son. En suma, sea lo que sea lo que sucede en el cerebro y en las sinapsis nerviosas de un joven Mendelssohn, de un Galois, de Bobby Fischer, del colegial en todo lo demás imprevisible, al parecer sucede de una manera esencialmente aislada. Ahora bien, aunque las últimas teorías neurológicas están evocando de nuevo la posibilidad de una localización especializada —la idea, familiar en la frenología del siglo XVIII, de que nuestros cerebros tienen zonas diferentes para habilidades o potenciales diferentes—, lo que pasa es que no tenemos los hechos. Existen ciertos centros sensoriales muy evidentes, es verdad, pero lo que pasa es que no sabemos si el córtex separa sus numerosas tareas ni cómo lo hace. Pero la imagen de la localización es sugerente.

  La música, las matemáticas y el ajedrez son, en algunos aspectos vitales, actos dinámicos de localización. Unos elementos simbólicos son dispuestos en hileras que tienen un significado. A las soluciones, ya sean la de una discordancia, la de una ecuación algebraica o la de un punto muerto en la posición, se llega por medio de una reordenación secuencial de unidades individuales y grupos de unidades (notas, integrales, torres o peones). El niño experto, como su homólogo adulto, es capaz de visualizar, de un modo instantáneo y sin embargo con una seguridad sobrenatural, cómo estarán las cosas varias jugadas después. Ve el argumento lógico, necesariamente armónico y melódico conforme brota de una inicial relación clave o de los fragmentos preliminares de un tema. Conoce el orden y la dimensión apropiada de la suma o de la figura geométrica antes de haber dado los pasos intermedios. Anuncia mate en seis porque la posición final victoriosa, la configuración de máxima eficiencia de sus piezas sobre el tablero está de alguna forma «ahí fuera» en la gráfica e inexplicablemente clara visión de su mente. En cada ejemplo, el mecanismo cerebral-nervioso da un verdadero salto adelante a un «espacio subsiguiente». Es muy posible que ésta sea una capacidad neurológica —nos sentimos tentados a decir neuroquímica— enormemente especializada pero casi aislada de otras capacidades mentales y fisiológicas y susceptible de un desarrollo increíblemente rápido. Alguna instigación ocasional —una melodía o progresión armónica tocada de oído en el piano de la habitación contigua, una hilera de cifras apuntadas en la pizarra de una tienda para sumarlas, la visión de los primeros movimientos de una partida de ajedrez en un café— pone en marcha una reacción en cadena en una zona limitada de la psique humana. El resultado es una hermosa monomanía.

  La música y las matemáticas figuran entre las maravillas más destacadas de la raza humana. Lévi-Strauss ve en la invención de la melodía «una clave del supremo misterio» del hombre: una pista, si pudiéramos seguirla, de la singular estructura y genio de la especie. El poder que tienen las matemáticas para idear acciones por unas razones tan sutiles, ingeniosas y múltiples como ninguna que pueda ofrecer la experiencia sensorial, y avanzar en un despliegue infinito de vida autocreadora, es una de las extrañas y profundas marcas que el hombre deja en el mundo. El ajedrez, por otra parte, es un juego en el que treinta y dos figuritas de marfil, cuerno, madera o metal o (en los campos de prisioneros) serrín pegado con cera de zapatos se arrastran de un lado a otro sobre sesenta y cuatro casillas de colores alternados. Para el adicto, semejante descripción es una blasfemia. Los orígenes del ajedrez están envueltos en nieblas de controversia, pero es innegable que este pasatiempo, antiquísimo y trivial, les ha parecido a muchos seres humanos excepcionalmente inteligentes de todas las razas y siglos constituir una realidad, un foco para las emociones, tan sustancial como la realidad, a menudo más que ella. Los naipes pueden llegar a significar el mismo absoluto. Pero su magnetismo es impuro. La locura por el whist o el póquer se engancha en la obvia y universal magia del dinero. El elemento financiero en el ajedrez, cuando existe, ha sido siempre pequeño o accidental.

  Para un verdadero jugador de ajedrez, llevar de un lado a otro treinta y dos figuras sobre 8 x 8 casillas es un fin en sí mismo, todo un mundo al lado del cual la mera vida biológica, política o social resultan desordenadas, rancias y contingentes. Hasta el patzer, el desdichado aficionado que lanza a la carga su peón de rey cuando el alfil del contrincante se escapa a R4, siente ese hechizo demoníaco. Hay momentos seductores en los que seres por lo demás normales y totalmente comprometidos, hombres como Lenin y yo mismo, prefieren renunciar a todo —matrimonio, hipotecas, carreras profesionales, la Revolución rusa— para pasarse los días y las noches moviendo unos pequeños objetos tallados arriba y abajo sobre un tablero cuadrado. Ante la vista de un ajedrez, aunque sea el peor de los ajedreces de bolsillo hecho de plástico, nuestros dedos se arquean y un escalofrío recorre nuestra espina dorsal como en un sueño ligero. No por ganancia, no por conocimiento ni por fama, sino en algún encantamiento autista, puro como uno de los cánones invertidos de Bach o como la fórmula de Euler para los poliedros. Ahí está, sin duda, una de las conexiones reales. A pesar de toda su riqueza de contenido, a pesar de toda la cantidad de historia y de institución social invertida en ellos, la música, las matemáticas y el ajedrez son resplandecientemente inútiles (las matemáticas aplicadas no son más que fontanería superior, una especie de música para la banda de la policía). Son metafísicamente triviales, irresponsables. Se niegan a relacionarse con el exterior, a tomar a la realidad como árbitro. Esta es la fuente de su brujería. Nos hablan, al igual que un proceso afín pero muy posterior, el arte abstracto, de la singular capacidad del hombre para «construir contra el mundo», para idear unas formas que son estrambóticas, totalmente inútiles, austeramente frívolas. Estas formas son irresponsables ante la realidad, y por lo tanto inviolables, como no lo es ninguna otra cosa, por la banal autoridad de la muerte.

  Las asociaciones alegóricas de la muerte con el ajedrez son perennes: en los grabados medievales sobre madera, en los frescos renacentistas, en las películas de Cocteau y Bergman. La muerte gana la partida, pero al hacerlo se somete, aunque sea momentáneamente, a unas reglas enteramente fuera de su dominio. Los amantes juegan al ajedrez para detener el atormentador paso del tiempo y apartar al mundo. De este modo, dice Yeats en «Deirdre»:

  Sabían que no había nada que pudiera salvarlos,
  de modo que jugaron al ajedrez todas las noches
  durante años, y aguardaron el golpe de la espada.
  Nunca oí una muerte tan fuera del alcance
  de los corazones comunes, un elevado y hermoso final.

  Es este ostracismo de la mortalidad común, esta inmersión de los seres humanos en una esfera cerrada, cristalina, lo que tiene que captar el poeta o novelista que toma como asunto el ajedrez. Es preciso hacer psicológicamente creíble el escándalo, la paradoja de una trivialidad importantísima. El éxito en este género es raro. Master Prim (Little, Brown & Co.) de James Whitfield Ellison, no es una buena novela, pero hay en ella cosas que merecen la pena. Francis Rafael, el narrador, es enviado por su editor a redactar una noticia de primera plana sobre Julian Prim, la nueva promesa del ajedrez americano. Al principio, el maduro cronista, asentado y aburguesado hasta la médula, y el maestro de diecinueve años no congenian. Prim es arrogante y áspero; tiene los modales de un cachorro de dientes afilados. Pero el propio Rafael había soñado antaño con convertirse en un destacado jugador de ajedrez. En la escena más tensa de la novela, una serie de partidas rápidas en jugadas de diez segundos entre Julian y diversos «pichones» en el Club de Ajedrez Gotham, el novelista y el joven campeón se encuentran ante el tablero. Rafael casi consigue un empate y surge entre los dos antagonistas «una especie de francmasonería de mutuo respeto». Cuando llegamos a la última página, Prim ha ganado el Campeonato de Ajedrez de Estados Unidos y está comprometido con la hija de Rafael. La historia del señor Ellison tiene todos los elementos de un roman à clef [novela de clave]. Las peculiaridades y la carrera de Julian podrían estar basadas en las de Bobby Fischer, cuyo antagonismo personal y profesional hacia Samuel Reshevsky —un conflicto inusual por su vehemencia pública aun en el mundo del ajedrez, necesariamente combativo— es, según parece, el centro del argumento. Eugene Berlin, el Reshevsky de Ellison, es el campeón reinante. En una partida que proporciona el demasiado obvio clímax, Julian arrebata la corona a su odiado contrincante de más edad. La partida misma, una apertura peón de reina, aunque muy probablemente basada en el juego del maestro real, no es de gran interés ni belleza. La manera en que Berlin trata la defensa es poco imaginativa, y la penetración de Julian en el vigésimo segundo movimiento apenas merece la excitada reacción del novelista, mucho menos la victoria en el campeonato. Incidentes y personajes secundarios están asimismo fielmente inspirados en la realidad, ningún aficionado dejará de recordar a los hermanos Sturdivant ni confundirá la ubicación del Club Gotham. Lo que sí transmite Ellison es algo de la extraña y callada violencia que el ajedrez engendra. Derrotar a otro ser humano en el ajedrez es humillarlo en las raíces mismas de su inteligencia; vencerlo con facilidad es dejarlo extrañamente desnudo. En una velada en Manhattan con mucho alcohol, Julian se enfrenta a Bryan Pleasant, actor inglés de cine, a un solo caballo y a dólar la partida. Le gana una y otra vez, a doble o nada, con su «reina apareciendo y golpeando al enemigo como un gran animal enfurecido». En una vengativa exhibición de virtuosismo, Julian se concede cada vez menos tiempo. La descarnada ferocidad de su don le horroriza de pronto: «Es como una enfermedad… Te domina como una fiebre y pierdes completamente el sentido de cómo son las cosas… Quiero decir ¿a quién puedes vencer en quince segundos? Aunque seas Dios. Y yo no soy Dios. Es estúpido tener que decir esto, pero a veces tengo que decirlo».

  Que el ajedrez pueda ser un cercano aliado de la locura es el tema de la famosa Schachnovelle [Novela de ajedrez] de Stefan Zweig, publicada en 1941 y traducida al inglés como The royal game. Mirko Czentovic, el campeón mundial, viaja en un lujoso transatlántico en dirección a Buenos Aires. Por doscientos cincuenta dólares la partida, accede a jugar contra un grupo de pasajeros. Derrota el esfuerzo conjunto de éstos con una facilidad desdeñosa y enloquecedora. De improviso, un misterioso ayudante se une a los intimidados aficionados. Combate a Czentovic hasta las tablas. Este rival resulta ser un médico vienés al que la Gestapo tuvo en confinamiento solitario. Un viejo libro sobre ajedrez fue el único vínculo del prisionero con el mundo exterior (una ingeniosa inversión simbólica del papel habitual del ajedrez). El doctor B. se sabe de memoria las ciento cincuenta partidas que contiene; las ha repetido mentalmente mil veces. En este proceso, ha dividido su propio yo en blanco y negro. Al saberse cada partida tan ridículamente bien, ha conseguido alcanzar una velocidad demencial en el juego mental. Conoce la respuesta de las negras incluso antes de que las blancas hayan hecho el siguiente movimiento. El campeón mundial ha tenido la condescendencia de empezar una segunda ronda. Es derrotado en la primera partida por el prodigioso desconocido. Czentovic reduce el ritmo del juego. El doctor B., trastornado por lo que le parece una marcha insoportable y por una total sensación de déjà vu, siente la proximidad de la esquizofrenia y se interrumpe en medio de otra brillante partida. Esta fábula macabra, en la que Zweig comunica la atmósfera de un auténtico juego magistral sugiriendo la forma de cada partida en lugar de explicar al detalle los movimientos, señala el elemento esquizoide que hay en el ajedrez. Cuando estudia aperturas y finales, cuando repite partidas magistrales, el jugador de ajedrez está al mismo tiempo con las blancas y con las negras. En el juego real, la mano que espera al otro lado del tablero es hasta cierto punto la suya. Él está, como si dijéramos, dentro del cráneo de su oponente, viéndose a sí mismo como el enemigo del momento, parando sus propios movimientos y volviendo inmediatamente a meterse de un salto en su propia piel para tratar de contraatacar el contragolpe. En una partida de naipes, las cartas del adversario están ocultas; en el ajedrez, sus piezas están constantemente expuestas ante nosotros, invitándonos a ver las cosas desde su lado. De este modo, en cada mate hay, literalmente, un adarme de lo que se denomina suimate, un tipo de problema ajedrecístico en el que se requiere al que ha de resolverlo que maniobre sus propias piezas para conducirlas al mate. En una partida de ajedrez seria, entre jugadores de comparable fuerza, somos vencidos y al mismo tiempo nos vencemos a nosotros mismos. Así, tenemos en la boca el gusto de la ceniza.

  El título de una novela temprana de Nabokov publicada aquí por McGraw-Hill, King, Queen, Knave [Rey, dama, valet], alude a un palo de las cartas. Pero los recursos principales del libro están basados en el ajedrez. El señor Negro y el señor Blanco juegan al ajedrez mientras la parodia de melodrama erótico se acerca a su anticlímax. La partida que están jugando refleja con exactitud la situación de los personajes: «El caballo de Negro está planeando atacar al rey y a la reina de Blanco mediante un jaque en zigzag». El ajedrez es la metáfora subyacente y el referente simbólico en toda la narrativa de Nabokov. Pnin juega al ajedrez; una mirada fortuita a la revista soviética de ajedrez 8 x 8 empuja al héroe de El don a emprender su biografía mítica de Chernishevski; el título de La verdadera vida de Sebastian Knight es una alusión al ajedrez, y la insinuación del juego magistral entre dos modos de verdad recorre todo el relato; el duelo entre Humbert Humbert y Quilty en Lolita está tramado en términos de una partida de ajedrez donde lo que se juega es la muerte. Estos aspectos, y en su totalidad el papel del ajedrez en la producción de Nabokov, se exponen en el libro del señor Andrew Field, Nabokov, his life in art (Little, Brown, 1967), admirablemente minucioso y perceptivo. Pero el señor Field se olvida de la obra maestra en el género. Escrita primero en ruso en 1929, La defensa Luzhin apareció por primera vez en inglés en 1964, en estas páginas. Toda la novela tiene que ver con las insustanciales maravillas del juego. Creemos en el genio ajedrecístico de Luzhin porque Nabokov expresa estupendamente la naturaleza especializada y estrafalaria de su don. En todos los demás aspectos y pasos de la vida, Luzhin es un ser desgalichado, infantil, que busca patéticamente el contacto humano normal. Cuando se para a pensar en ello, las relaciones humanas le parecen movimientos en el espacio más o menos estilizados; la supervivencia en sociedad depende de la comprensión que uno tenga de unas reglas más o menos arbitrarias, desde luego menos coherentes que las que rigen un prise en passant. La aflicción personal es un problema sin resolver, tan frío y lleno de trampas como los problemas de ajedrez compuestos por el odiado Valentinov. Sólo un poeta que estuviese a su vez bajo el embrujo del ajedrez podría haber escrito el relato del encuentro entre Luzhin y Turati. Aquí Nabokov comunica como ningún otro escritor las secretas afinidades del ajedrez, la música y las matemáticas, el sentido en el que una buena partida es una forma de melodía y de geometría animada:
Entonces, sus dedos buscaron a tientas y encontraron una hechicera, quebradiza, cristalina combinación, que con un ligero tintineo se desintegró ante la primera réplica de Turati (…). Finalmente, Turati se decidió por esta combinación, e inmediatamente una especie de tempestad musical inundó el tablero y Luzhin la registró obstinadamente buscando la diminuta y clara nota que necesitaba para a su vez henchirla convirtiéndola en una atronadora armonía.
  Absorto en el juego, Luzhin olvida aplicar a su cigarrillo una cerilla encendida. Se quema la mano. «El dolor pasó enseguida, pero en aquel hueco abrasador había visto algo insoportablemente sobrecogedor, el horror total de las profundidades abisales del ajedrez. Echó un vistazo al tablero y su cerebro se quedó sin fuerzas por efecto de un cansancio no experimentado hasta entonces. Pero los jugadores de ajedrez eran inmisericordes, lo retenían y lo absorbían. Había horror en esto, pero en esto se hallaba también la única armonía, pues ¿qué otra cosa existe en el mundo aparte del ajedrez? Niebla, lo desconocido, el no ser…» Pues ¿qué otra cosa existe en el mundo aparte del ajedrez? Una pregunta estúpida, pero que todo verdadero jugador de ajedrez se ha planteado alguna vez. Y cuya respuesta —cuando la realidad se ha contraído a sesenta y cuatro casillas, cuando el cerebro se estrecha hasta ser una cuchilla luminosa que apunta a una única colección de líneas y fuerzas ocultas—es cuando menos incierta. Hay más posibles variantes en una partida de ajedrez que —está calculado— átomos en este universo nuestro en expansión. El número de posibles maneras legítimas de hacer las cuatro primeras jugadas de cada lado se eleva a 318.979.584.000. Haciendo una jugada por minuto y sin repetirla nunca, la población del planeta entera necesitaría doscientos dieciséis mil millones de años para agotar todas las maneras imaginables de hacer los diez primeros movimientos del señor Blanco y el señor Negro de Nabokov. Cuando el señor Luzhin se hunde en su muerte, en su suimate detenidamente analizado, se ve que el quiasmo de la noche y de las frías losas abajo «se dividía en casillas claras y oscuras».

  Así sucede con el mundo en nuestros recurrentes sueños de gloria. Veo ante mí la escena con burlona claridad. La hilera de mesas en el café-ajedrez Rossolimo, en el Village, o bajo el grasiento techo del vestíbulo de un hotel en la ciudad X (Cincinnati, Innsbruk, Lima). El gran maestro está dando una exhibición rutinaria: treinta y cinco tableros jugando simultáneamente. La regla, en estas ocasiones, es que todos sus oponentes jueguen con las negras y muevan en cuanto llega junto al tablero. Cuanto más débil es el juego, más rápido es su recorrido alrededor de la habitación. Cuanto más rápido es su acecho de lobo, más acosados y torpes son los movimientos que hacemos en respuesta. Estoy jugando una defensa siciliana, resistiendo, tratando de parar esa mano velocísima y la extenuante celeridad de sus apariciones. El gran maestro hace un enroque en la decimoquinta jugada y yo respondo con Q-QKt5. Una vez más, su paso se apresura hacia mi mesa, pero esta vez, oh milagro, se detiene, se inclina sobre el tablero y, ¡maravilla de las maravillas celestiales!, pide una silla. La sala está insoportablemente silenciosa, todos los ojos están fijos en mí. El maestro impone un intercambio de reinas, y me viene a la memoria, con demoníaca precisión, la visión de la partida Yates-Lasker en la decimoséptima ronda del Campeonato Mundial de 1924 en Nueva York. Ganaron las negras aquella tarde de marzo. No me atrevo a esperar eso; no estoy loco. Pero quizá por una vez en mi vida un maestro levante la vista del tablero, como Botvinnik la levantó para mirar a Boris Spassky, de diez años de edad, durante una partida de exhibición en Leningrado en 1947, y me mire no como a un patzer sin nombre sino como a otro ser humano y diga, con voz queda y tranquila, «Remis» [Me rindo].

  7 de septiembre de 1968



* Existe edición anterior («Muerte de reyes») incluida en Extraterritorial, trad. de Edgardo Russo, Siruela, Madrid 2002

En George Steiner en The New Yorker
Título original: George Steiner at «The New Yorker»
George Steiner, 2009
Traducción: María Condor
Prólogo: Robert Boyers
Edición: Robert Boyers



Imagen: George Steiner poses for a photo on January 05, 2005 in Jerusalem, Israel


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Leopoldo María Panero: El loco al que llaman Rey

13 de octubre de 2018






Bufón soy y mimo al hombre en esta escalera cerrada
con peces muertos en los peldaños
y una sirena ahogada en mi mano que enseño
mudo a los viandantes pidiendo
como el poeta limosna
mano de la asfixia que acaricia tu mano
en el umbral que me une al hombre
que pasa a la distancia de un corcel
y cándido sella el pacto
sin saber que naufraga en la página virgen
en el vértice de la línea, en la nada
cruel de la rosa demacrada
donde
ni estoy yo ni está el hombre





En Poemas del manicomio de Mondragón
Leopoldo María Panero, 1987

Imagen: Leopoldo María Panero, sentado en una terraza 
de la Plaza de las Palomas de León en mayo de 2011 
Foto de José Ramón Vega González



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Marosa Di Giorgio: Hacía tiempo [texto y audio en su voz]

2 de octubre de 2018






Hacía tiempo que estaban esperando el Alma. Y el Alma nunca venía. Mamá hizo golosinas de colores y las guardó en cajas negras, y en un plato colocaba velas de diversos tamaño y forma. ¿Y cómo sería el alma? ¿Los pies de oro y plata? ¿Coronas de cristal? ¿Tejida en hilo blanco igual a un tul? ¿Jazmines en vez de huesos?

Para aguardarla pusieron rosales en toda la pradera y gladiolos como un mar. Había una nave entre la hierba, y las ratas reinaban sobre el mar (rosado y breve de las huertas).

Pero el alma se negaba a aparecer.

¡Hasta que quedó sentada entre nosotros súbitamente en un atardecer!

Las estrellas caían, a tontas y locas, como arvejas y maíz; la nave campesina llegó junto a la ventana y su velamen ensombreció todo; los gladiolos quisieron salvarse y huían hacia el sur; pero en mitad, ya fríos, murieron y crujieron.

Cada uno de los habitantes de la casa se puso a gritar; pero, no, juntos, (esto fue lo raro), sino por turno.

Yo fui la última en gritar y sin querer toqué una mano del Alma, que tenía muchísimos dedos, muchísimos, como pistilos, como cien. 

El Alma me miró y se fue.





De La falena
Sitio oficial


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Friedrich Hölderlin: A las Parcas (bilingüe: dos versiones)

4 de agosto de 2018





Versión de Federico Gorbea

Un verano y un otoño más os pido, Poderosas,
para que pueda madurar mi canto,
y así, saciado con tan dulce juego,
mi corazón se llegue hasta morir.
El alma que aquí abajo fue frustrada
no hallará reposo, ni en el Orco,
pero si logro plasmar lo más querido
y sacro entre todo, la poesía,
entonces sonreiré satisfecho a las feroces
sombras, aunque debiera dejar
en el umbral mi Voz. Un solo día
habré vivido como los dioses. Y eso basta.


Versión de Otto de Greiff

Dadme un estío más, oh poderosas,
y un otoño, que avive mis canciones,
y así, mi corazón, del dulce juego
saciado, morirá gustosamente.

El alma, que en el mundo vuestra ley
divina no gozó, pene en el Orco;
mas si la gracia que ambiciono logra
mi corazón, si vives, poesía,

¡sé bien venido, mundo de las sombras!
Feliz estoy, así no me acompañen
los sones de mi lira, pues por fin
como los dioses vivo, y más no anhelo.

An Die Parzen

Nur einen Sommer gönnt, ihr Gewaltigen!
Und einen Herbst zu reifem Gesänge mir,
Dass williger mein Herz, vom süssen
Spiele gesättiget, dann mir sterbe!
Die Seele, der im Leben ihr göttlich Recht
Nicht ward, sie ruht auch drunten im Orkus nicht;
Doch ist mir einst das Heil’ge, das am
Herzen mir liegt, das Gedicht, gelungen,
Willkommen dann, o Stille der Schattenwelt!
Zufrieden bin ich, wenn auch mein Saitenspiel
Mich nicht hinabgeleitet; Einmal
Lebt’ ich, wie Götter, und mehr bedarf’s nicht.

En Friedrich Hölderlin, Poesía completa. Edición bilingüe
Incluido en Diótima 1795-1798
Traducciones: Federico Gorbea y 
Otto de Greiff

An inscription in the tower that reads: "1807-1834 / Here lived and rested Hölderlin"
Tübingen, Neckar, Detail am Hölderlinturm 































Photo: An inscription in the tower that reads: "1807-1834 / Here lived and rested Hölderlin"
Tübingen, Neckar, Detail am Hölderlinturm
Source


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Alejandra Pizarnik a León Ostrov: Carta n°1 ¿1955?

2 de agosto de 2018



Queridísimo León Ostrov:
Todavía me contemplo, asombrada de estar viva. Hubiera querido esperar varios días y después escribirle una hermosa y —dentro de lo posible— poética carta. Pero ahora no quisiera otra cosa que llorar y que usted me pregunte por qué. La verdad es que acá me muero de miedo. No sé si ello responderá a mi inmensa capacidad de temer o si la realidad contiene verdaderamente causas que lo desaten. No estamos en el pueblo sino en un paraje desolado donde no hay más que sonidos, ruidos informes que imitan todo lo que fantasea el miedo. ¿Nos pueden violar por la noche? Enseguida se encuentran ramas serviciales que remedan a la perfección ruidos de pasos. (Siempre que hayan sido las ramas). Es excesivamente solitario este lugar y de noche es una cosa horrenda que me enmudece de terror. Y siempre la voz del mar, una voz desgarradora. Mientras escribo contemplo millares de hormigas que caminan a mis pies. Algunas me escalan. Me muero de náuseas. En verdad, pronto sonreiré, tal vez, de mi estado actual. (Ahora hay una mosca verde que bebe de mi frente). Pero ahora estoy muy desamparada, muy angustiada. Aunque me extrañe sobremanera no interesarme por el aspecto de aventura que presenta la cosa. Anoche creí estar en mi cuarto, sufrí mucho al despertar. Además me empezó a molestar la columna vertebral, tal vez porque duermo en el suelo, no sé… Ayer me dije que debo volver —creo que no hay pasajes hasta fin de mes— y que no me importaría viajar de pie, necesito estar en mi cuarto, lejos de esta monstruosa naturaleza. He visto los médanos. Parecen monstruos de un planeta
«Ne me dites plus rien: pour vous j’ai tout perdu!» (Le Cid)
desconocido. Estoy tan mal que nada me parece válido ya. Creo que voy a irme. ¿Acaso las demás tienen menos miedo que yo? En realidad también están asustadas pero no como yo… ¿Para qué todo esto? Y si me violan, si me asesinan —lo creo probable e imposible a la vez—; lamento estar aquí, lo lamento mucho. Si me ocurre algo y no vuelvo más me gustaría que usted le pidiera mis poemas a mi madre. (Para más referencias: están en la biblioteca, bajo llave). Ayer pensé en usted pero no pude determinar si lo que prefiere es que me quede aquí y luche con el miedo o que me vaya. También cuando viajaba pensé en usted, pero estaba eufórica y todo era muy bueno. Recuerdo que estuve mucho tiempo pensando en Kafka, debido a que el domingo antes de irme terminé de leer un libro que había empezado meses atrás, Cartas a Milena. Cuando viajaba, impresionada por la lectura, se me ocurrió que la diferencia entre Kafka y yo es que él tenía una extraordinaria libertad de pensamiento y una horrenda inhibición para actuar mientras que a mí me sucede lo contrario. De cualquier modo me impresionó mucho, especialmente cuando dice frases como ésta: «Y en verdad es hasta cierto punto una blasfemia construir tanto sobre una persona». (Acaba de pasar Gregorio Samsa ya metamorfoseado).
¡Oh perdón por esta monotonía, perdón por esta carta espantosa, perdón por haberlo conocido, y por haber nacido! Pero ya se arreglará —siempre que se me pasen los dolores, apenas puedo escribirle— de cualquier modo todo seguirá igual.
(He interrumpido la carta y ahora vuelvo más calmada). Creo que sería una verdadera cobardía volver. Pero al mismo tiempo este viaje es una temeridad gratuita. Solo me calmaré completamente si logro leer los libros que he traído. Pero la literatura está lejanísima. (Hay dos hormigas en mi mano. Esta naturaleza es obra de un demonio amargado. Pero usted ha intervenido y ellas se han ido inexplicablemente). Hay un viento atroz, un viento que consume mis deseos, no puedo meditar ni imaginar nada, he cerrado las puertas de mi ser y solo queda una receptibilidad ansiosa y desconfiada. ¿Iría a ser algún mal presagio este viento? Tal vez me diga que usted me olvidó y que nada me queda sino este estar aquí, roída por insectos engendrados por mi culpa. Tal vez ellos busquen redimirse por medio de mi miedo. ¿Y si esta carta fuera nuestra última comunicación? No tengo miedo de morir, tengo miedo de esta tierra ajena, agresiva, tengo miedo del viento (yo que dije que «hay que salvar al viento» ahora digo que «hay que salvarme del viento»), tengo miedo de los árboles salvajes, nacidos porque sí y para nada. Ahora comprendo que no es posible volver a la era en que se hacía fuego con madera y piedras (como hacemos nosotros) porque tal vez la naturaleza esté agraviada de nuestra huida y cada uno que retorna a ella se ve objeto de su odio causado por el desamparo en que la hemos dejado. Hace siglos que me fui de Bs. As. y hace siglos que lo vi a usted. Y esto último me hace doler el corazón. ¿No puede hacer algo para que el viento se tranquilice? ¿Por qué no les dice a los árboles que soy inocente? ¿Y al mar que no ruja? ¿Y a la noche que no construya complots contra mi miedo? Estoy segura de que será bondadoso y hará todo lo que le ruego. Solo que no puedo retribuirle con otra cosa que con mi miedo, con mi falsedad… y si le interesa con mi total adhesión. Estoy en otro planeta y nada en él me enamora. Suya,
Alejandra
Martes 9 hs.


Carta despachada desde Villa Gesell el 13 de febrero, probablemente de 1955






En Alejandra Pizarnik & León Ostrov: Cartas
Edición de Andrea Ostrov, 2012

Foto sin atribución: AP, Vía Letralia


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Fernando Sorrentino: El albatros

22 de julio de 2018





El 8 de noviembre de 1982 cumplí cuatro décadas de vida. Los lúgubres acontecimientos de aquel año habían infundido en mi espíritu una suerte de tristeza generalizada y casi crónica. No pude menos que pensar en las tantas cosas que nunca había hecho; y, peor aún, en las muchas que jamás haría.
Entonces, no sé por qué, salté a otra idea, que me permitiría satisfacer cierta afición histriónica que me domina a veces: arrebatado de pronto por una brusca ráfaga de actividad febril, puse manos a la obra.
En primer lugar, busqué la caracterización adecuada. Aquí debo puntualizar que, en mi aspecto exterior, nada hay de enfermizo ni de pesimista: todo lo contrario, y no faltan quienes —acaso erróneamente— admiran y hasta envidian mi salud física, mi optimismo vital.
De manera que me hice rapar el cabello, me quité el bigote y decidí no rasurarme durante tres o cuatro días. Después me vestí. La indumentaria constaba de un saco gris y unos pantalones marrones; una camisa celestosa; una corbata triste; unas medias blancuzcas; un par de zapatos negros. Todo muy viejo, raído y agrietado, pero también muy limpio y desteñido: una pobreza decente y digna.
Luego me entrené con tenacidad, hasta que aprendí a caminar un poco encorvado hacia la izquierda; como consecuencia directa, esta anomalía me llevó a inclinar la cabeza, poniéndola casi horizontal, con la mejilla derecha arriba y la izquierda abajo; los ojos y la boca adoptaron una actitud huidiza, temerosa, sufriente. Perfeccioné tales desdichas con una sutil cojera y una leve contracción de ambas manos.
A estas características extrínsecas les agregué un estado de ánimo fundamental, del que dependería el éxito o el fracaso de mi empresa. Levantando los extremos interiores de las cejas, logré un aspecto compungido, sí, pero, al mismo tiempo, decoroso. La voz y su tono me demandaron bastantes esfuerzos: por fin logré modular una voz algo átona, una voz con el cansancio de siglos y con un dejo de sollozo contenido, que se encrespaba por momentos en matices plañideros y dolientes.
Lo declaro con orgullo: había plasmado una pequeña obra de arte. Mi aspecto general era ahora el de un cadáver que hubiera huido del cementerio o, al menos, el de un moribundo que hubiese abandonado prematuramente el hospital donde agonizaba.
El 15 de noviembre mi sueño del 8 se hacía realidad. En ese entonces yo vivía en Matienzo 1639, más lejos de la esquina de la calle Soldado de la Independencia que de la esquina de la calle Migueletes.
Con lógico nerviosismo salí, a eso de las once de la mañana, a la calle. Encorvado, rengueando, con el rostro casi horizontal, con las manos contrahechas, caminé —vacilante y muy lento— por Migueletes hasta la esquina de Jorge Newbery. Arrastraba una vieja bolsa grisácea. En la parada de la vereda de la farmacia había unas cuantas personas esperando el colectivo 64.
Cuando éste llegó, esas personas me exhortaron a subir primero, prefiriéndome inclusive a una viejecita casi centenaria. Acepté la gentileza con el rostro sufriente de quien lamenta causar molestias al prójimo y en seguida provoqué una breve escena dolorosa cuando fingí tropezar y caer en la escalerilla. Se extendieron sobre mí solidarios brazos y manos, que me alzaron como lo harían con un bebé hiperdesarrollado.
Rechacé con amabilidad los muchos asientos que me cedían y, respaldándome contra el del chofer, exclamé:
—¡La gente marinera, con crueldad salvaje, suele cazar albatros, grandes aves marinas!
El significado trágico de estos versos incomprensibles —o, por lo menos, fuera de contexto— despertó cierta expectativa en los viajeros. Muchos me miraban con atención. Tras una pausa de algunos segundos, continué:
—Agraciadas damas, simpáticos caballeros, felices, en suma, pasajeros de este maravilloso medio de transporte ciudadano que es el vehículo llamado colectivo…
Esta introducción cumplía simultáneamente dos funciones: ganarme ya la resuelta atención de todos y caracterizarme como disminuido mental, desgracia que venía a sumarse a las evidentes deficiencias de tipo físico.
—Señores, yo vendo chicles —y señalé la bolsa grisácea—. Cuesta diez pesos cada chicle. El otro día, una elegantísima señora, movida a piedad por esta vida horrible que padezco, quiso regalarme cien pesos. Pero yo le dije: “No, señora, no acepto limosnas. Si quiere darme los cien pesos, llévese diez chicles”. Así es, agraciadas damas, simpáticos caballeros, yo soy un hombre digno que desea trabajar para ser útil a la sociedad, y no inspirar lástima, a pesar de esta vida horrible que padezco. Siempre, desde mi más tierna infancia, enfrenté los infortunios y las desdichas que me hostigan implacables con esos dos factores tan nobles que todos poseemos y que se llaman ¡honradez y conducta!
Y, mientras repetía interminablemente estas frases y otras muy parecidas, iba dejando un chicle en las manos de cada pasajero. En un alarde de improvisación (que no dejé de festejar en mi interior), había añadido ahora a mis manos cierto temblor convulsivo y había logrado que un hilito de baba se cristalizase en mi comisura derecha.
Luego, sin dejar ni por un instante de lamentarme, volví a recorrer los asientos, recogiendo ya billetes, ya chicles, pero sobre todo billetes.
En el primer caso, les decía: “Muchas gracias por ayudarme: yo sólo quiero trabajar honestamente, a pesar de esta vida horrible que padezco”.
En el segundo, retomaba los chicles con un temblor especialmente intenso, como resignándome ante el espectáculo de la inextinguible maldad humana, y decía con voz gemebunda: “Está bien, bondadoso señor, está en todo su derecho si no desea ayudarme a trabajar honestamente y prefiere que yo siga arrastrándome en los dolores y tormentos de esta vida horrible que padezco”.
Una vez recogidos los pesos y los chicles, consideré que lo apropiado consistía en una despedida llena de gratitud, pero a la vez altiva y no por eso menos llorosa. Nuevamente respaldado en el asiento del conductor, grité afónicamente, como realizando un esfuerzo infinitamente superior al que me permitía mi estado de salud:
—Agraciadas damas, simpáticos caballeros, ¡yo, yo soy el albatros, grande ave marina a la que la gente marinera, con crueldad salvaje, suele cortar las alas! Pero, a pesar de esta vida horrible que padezco y a pesar del desprecio con que he sido humillado por algunos de ustedes, respondo siempre con dos conceptos sagrados: ¡conducta y honradez!
Cuando bajé del colectivo 64 me hallé a la altura de la plaza Italia. Crucé la avenida Santa Fe y me senté, durante un rato, a reflexionar en un banco de madera. Pero no lograba ceñirme al centro de la cavilación y me dispersaba en mil pensamientos pequeños. Entonces volví a casa, no en colectivo, sino caminando normalmente.
Lo cierto es que trabajé de albatros diez o doce días. Conocí el placer de formular reproches, de inspirar lástima, de infundir odio o repulsión, de dictar cátedra de moral, de tocar las fibras sensibleras del hombre, de ganar una pequeña fortuna.
Más tarde terminé por aburrirme y volví a pensar en las tantas cosas que nunca había hecho; y, peor aún, en las muchas que jamás haría.






Fernando Sorrentino (Capital Federal, 1942) es uno de los más prolíficos cuentistas contemporáneos argentinos. Sus últimos libros de cuentos son El crimen de san Alberto, El centro de la telaraña, Paraguas, supersticiones y cocodrilos y Los reyes de la fiesta. Le pertenecen dos volúmenes de entrevistas: Siete conversaciones con Jorge Luis Borges y Siete conversaciones con Adolfo Bioy Casares. Sus textos han sido traducidos a más de diez idiomas. [+]

Foto: Fernando Sorrentino en su casa (2018)

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Julio Cortázar: Leopoldo Marechal. «Adán Buenosayres» (1949)

8 de julio de 2018

La aparición de este libro me parece un acontecimiento extraordinario en las letras argentinas, y su diversa desmesura un signo merecedor de atención y expectativa. Las notas que siguen —atentas sobre todo al libro como tal, y no a sus concomitancias históricas que tanto han irritado o divertido a las coteries locales— buscan ordenar la múltiple materia que este libro precipita en un desencadenado aluvión, verificar sus capas geológicas a veces artificiosas y proponer las que parecen verdaderas y sostenibles. Por cierto que algo de cataclismo signa el entero decurso de Adán Buenosayres; pocas veces se ha visto un libro menos coherente, y la cura en salud que adelanta sagaz el prólogo no basta para anular su contradicción más honda: la existente entre las normas espirituales que rigen el universo poético de Marechal y los caóticos productos visibles que constituyen la obra. Se tiene constantemente la impresión de que el autor, apoyando un compás en la página en blanco, lo hace girar de manera tan desacompasada que el resultado es un reno rupestre, un dibujo de paranoico, una guarda griega, un arco de fiesta florentina del «cinquecento», o un ocho de tango canyengue. Y que Marechal se ha quedado mirando eso que también era suyo —tan suyo como el compás, la rosa en la balanza y la regla áurea— y que contempla su obra con una satisfecha tristeza algo malvada (muy preferible a una triste satisfacción algo mediocre).
Bajo el imperio de estos contrarios se imbrican y alternan las instancias, los planos, las intenciones, las perversiones y los sueños de esta novela; materias tan próximas al hombre —Marechal o cualquiera— que su lluvia de setecientos espejos ha aterrado a muchos de los que sólo aceptan espejo cuando tienen compuesto el rostro y atildada la ropa, o se escandalizan ante una buena puteada cuando es otro el que la suelta, o hay señoras, o está escrita en vez de dicha —como si los ojos tuvieran más pudor que los oídos.
Veamos de poner un poco de orden en tanta contusión primera. Adán Buenosayres consiste en una autobiografía, mucho más recatada que las corrientes en el género (aunque no más narcisista), cuyas proyecciones envuelven a la generación martinfierrista y la caracterizan a través de personajes que alcanzan en el libro igual importancia que la del protagonista. Este propósito general se articula confusamente en siete libros, de los cuales los cinco primeros constituyen novela y los dos restantes amplificación, apéndice, notas y glosario. En el prólogo se dice exactamente lo contrario, o sea que los primeros libros valen ante todo como introducción a los dos finales —«El Cuaderno de Tapas Azules» y «Viaje a la oscura ciudad de Cacodelphia»—. Pero una vez más cabe comprobar cómo las obras evaden la intención de sus autores y se dan sus propias leyes finales. Los libros VI y VII podrían desglosarse de Adán Buenosayres con sensible beneficio para la arquitectura de la obra; tal como están, resulta difícil juzgarlos si no es en función de addenda y documentación; carecen del color y del calor de la novela propiamente dicha, y se ofrecen un poco como las notas que el escrúpulo del biógrafo incorpora para librarse por fin y del todo de su fichero.
Tras el esquema del libro, su armazón interna. Una gran angustia signa el andar de Adán Buenosayres, y su desconsuelo amoroso es proyección del otro desconsuelo que viene de los orígenes y mira a los destinos. Arraigado a fondo en esta Buenos Aires, después de su Maipú de infancia y su Europa de hombre joven, Adán es desde siempre el desarraigado de la perfección, de la unidad, de eso que llaman cielo. Está en una realidad dada, pero no se ajusta a ella más que por el lado de fuera, y aun así se resiste a los órdenes que inciden por la vía del cariño y las debilidades. Su angustia, que nace del desajuste, es en suma la que caracteriza —en todos los planos mentales, morales y del sentimiento— al argentino, y sobre todo al porteño azotado de vientos inconciliables. La generación martinfierrista traduce sus varios desajustes en el duro esfuerzo que es su obra; más que combatirlos, los asume y los completa. ¿Por qué combatirlos si de ellos nacen la fuerza y el impulso para un Borges, un Güiraldes, un Mallea? El ajuste final sólo puede sobrevenir cuando lo válido nuestro —imprevisible salvo para los eufóricos folkloristas, que no han hecho nada importante aquí— se imponga desde adentro, como en lo mejor de Don Segundo, la poesía de Ricardo Molinari, el cateo de Historia de una Pasión Argentina. Por eso el desajuste que angustia a Adán Buenosayres da el tono del libro, y vale biográficamente más que la galería parcial, arbitraria o «genre nature» que puebla el infierno concebido por el astrólogo Schultze.
De muy honda raíz es ese desasosiego; más hondo en verdad que el aparato alegórico con que lo manifiesta Marechal; no hay duda de que el ápice del itinerario del protagonista lo da la noche frente a la iglesia de San Bernardo, y la crisis de Adán solitario en su angustia, su sed unitiva. Es por ahí (no en las vías metódicas, no en la simbología superficial y gastada) por donde Adán toca el fondo de la angustia occidental contemporánea. Mal que le pese, su horrible náusea ante el Cristo de la Mano Rota se toca y conciba con la náusea de Roquentin en el jardín botánico y la de Mathieu en los muelles del Sena.
Por debajo de esta estructura se ordenan los planos sociales del libro. Ya que el número 2 existe («con el número 2 nace la pena»), ya que hay un , la ansiedad del autor se vuelca a lo plural y busca explorarlo, fijarlo, comprenderlo. Entonces nace la novela, y Adán Buenosayres entra en su dimensión que me parece más importante. Muy pocas veces entre nosotros se había sido tan valerosamente leal a lo circundante, a las cosas que están ahí mientras escribo estas palabras, a los hechos que mi propia vida me da y me corrobora diariamente, a las voces y las ideas y los sentires que chocan conmigo y son yo en la calle, en los círculos, en el tranvía y en la cama. Para alcanzar esa inmediatez, Marechal entra resuelto por un camino ya ineludible si se quiere escribir novelas argentinas; vale decir que no se esfuerza por resolver sus antinomias y sus contrarios en un estilo de compromiso, un término aséptico entre lo que aquí se habla, se siente y se piensa, sino que vuelca rapsódicamente las maneras que van correspondiendo a las situaciones sucesivas, la expresión que se adecua a su contenido. Siguen las pruebas: si el «Cuaderno de Tapas Azules» dice con lenguaje petrarquista y giros del siglo de oro un laberinto de amor en el que sólo faltan unicornios para completar la alegoría y la simbólica, el velorio del pisador de barro de Saavedra está contado con un idioma de velorio nuestro, de velorio en Saavedra allá por el veintitantos. Si el deseo de jugar con la amplificación literaria de una pelea de barrio determina la zumbona reiteración de los tropos homéricos, la llegada de la Beba para ver al padre muerto y la traducción de este suceso barato y conmovedor halla un lenguaje que nace preciso de las letras de «Flor de Fango» y «Mano a mano». Más tarde Marechal hablará de una visita a un monasterio romano, y una extraña insinceridad lo hará componer un trozo de bravura, que se vuelve clara verdad y directa adhesión cuando Adán retorna en su recuerdo a la infancia rural de Maipú, a su abuelo Sebastián el campesino. En ningún momento —aparte de las caídas inevitables en quien no profesa de continuo la prosa, y de toda obra extensa— cabe advertir la inadecuación fondo-forma que, tan señaladamente, malogra casi toda la novelística nacional. Marechal ha comprendido que la plural dispersión en que lucharon él y sus amigos de «Martín Fierro» no podía subsumirse a un denominador común, a un estilo. Las materias se dan en este libro con la fresca afirmación de sus polaridades. Y el único gran fracaso de la obra es la ambición no cumplida de darle una superunidad que amalgamara las disímiles sustancias allí yuxtapuestas. No fue conseguido, y en verdad no importa demasiado. Ya es mucho que Marechal no se haya traicionado con una mediocre nivelación de desajustes. Él buscaba más que eso, y tal vez le toque encontrarlo.
Hacer buena prosa de un buen relato es empresa no infrecuente entre nosotros; hacer ciertos relatos con su prosa era prueba mayor, y en ella alcanza Adán Buenosayres su más alto logro. Aludo a la noche de Saavedra, a la cocina donde se topan los malevos, al encuentro de los exploradores con el linyera; eso, sumándose al diálogo de Adán y sus amigos en la glorieta de Ciro, y muchos momentos del libro final, son para mí avances memorables en la novelística argentina. Estamos haciendo un idioma, mal que les pese a los necrófagos y a los profesores normales en letras que creen en su título. Es un idioma turbio y caliente, torpe y sutil, pero de creciente propiedad para nuestra expresión necesaria. Un idioma que no necesita del lunfardo (que lo usa, mejor), que puede articularse perfectamente con la mejor prosa «literaria» y fusionar cada vez mejor con ella —pero para irla liquidando secretamente y en buena hora. El idioma de Adán Buenosayres vacila todavía, retrocede cauteloso y no siempre da el salto; a veces las napas se escalonan visiblemente y malogran muchos pasajes que requerían la unificación decisiva. Pero lo que Marechal ha logrado en los pasajes citados es la aportación idiomática más importante que conozcan nuestras letras desde los experimentos (¡tan en otra dimensión y en otra ambición!) de su tocayo cordobés.
Ignoro si se ha señalado cómo tropiezan nuestros novelistas cuando, a mitad de un relato, plantean discusiones de carácter filosófico o literario entre sus personajes[61]. Lo que un Huxley o un Gide resuelven sin esfuerzo, suena duro e ingrato en nuestras novelas; por eso cabe llamar la atención sobre el «ars poetica» que, disperso y revuelto, dialogan aquí y allá los protagonistas de Adán Buenosayres, y la limpieza con que los debates se insertan en la acción misma. La gran discusión en la glorieta de Ciro es buen ejemplo; y la teoría del no-disparate, que me parece digna de aquella que, en torno a Jabberwocky, pronunciara el grave Humpty Dumpty para ilustración de la pequeña Alicia.
La progresiva pérdida de unidad que resiente la novela a medida que avanza, ha permitido brillantes relatos independientes que alzan el nivel sensiblemente inferior del viaje al infierno porteño; la historia del Personaje —con agradecida deuda a Payró— toca a fondo la picaresca burocrática que desoladamente padecemos. Luego Marechal poeta se vuelve hacia la imagen de Walker y compone un drama de rápida y fría belleza; o se inclina sobre la sombra de Belona y la agrega —por el tipo de cuento, su técnica y aun su debilidad— a la galena donde perviven Ligeia, Berenice, y la dama de la casa de los Usher. En cambio es visible y rotundo su fracaso toda vez que se propone actualizar algún resentimiento partidista, alguna oposición que bien cabe calificar de reaccionaria. Su Mr. Chisholm, que figura lo imperial inglés, le ha salido de sainete, y todavía más barato y pueril su Rosenbaum, que parece arrancado de un editorial de hojita nacionalista. Contra el parecer de los muchos escandalizados, Marechal retrata harto mejor a los que quiere que a los que detesta. Es significativo que, al ocuparse de estos últimos, alcance apenas a darnos un desagradable atisbo de su propia ubicación infernal en el círculo de los resentidos y los malignos, ubicación que conviene denunciar aunque los textos respectivos lo hagan ya —certeros boomerangs— y lo dejen justicieramente malparado. Es seguro que Samuel Tesler, Schultze, Pereda, sobrevivirán al rápido olvido en que dejamos caer a los zaheridos; sólo éstos, si viven, se acordarán de su presencia en el libro.
Quiero cerrar este pasaje de Adán Buenosayres con dos observaciones. Por un mecanismo frecuente en la literatura, nace ésta de un rechazo o una nostalgia. A la hora de la crisis —en la extrema tensión de su alma y de su libro— Marechal dice ante el Cristo de la Mano Rota: Sólo me fue dado rastrearte por las huellas peligrosas de la hermosura; y extravié los caminos y en ellos me demoré; hasta olvidar que sólo eran caminos, y yo sólo un viajero, y tú el fin de mi viaje. Muchas otras veces, este alfarero de objetos bellos se reprochará su vocación demorada en lo estético. Qué entrañable ha de ser esta demora, esta búsqueda por las «huellas peligrosas», cuando su producto es una de las obras poéticas más claras de nuestra tierra y una novela cuya sola factura material liquida —ya lo había probado Mallea— la creencia en una flojera de trabajo como explicación de nuestra falta de novelas.
Este mismo desconcierto interno de Marechal se traduce en otro resultado insólito. Creo sensato sospechar que su esquema novelesco reposaba en la historia de amor de Adán Buenosayres, ordenadora de los episodios preliminares y concretándose al fin en el Cuaderno del libro VI. La concepción dantesca de ese amor, exigiendo una expresión laberíntica y preciosista, lo escamotea a nuestra sensibilidad y nos deja una teoría de intuiciones poéticas en alto grado de enrarecimiento intelectual. Si nada de esto es reprensible en sí, lo es dentro de una novela cuyos restantes planos son de tan directo contacto con el , con nosotros como argentinos siglo XX. Y entonces, inevitablemente, la balanza se inclina del lado nuestro, y la náusea de Adán al oler la curtiembre nos alcanza más a fondo que aquélla en su spenseriano jardín de Saavedra. Ojalá la obra novelística futura de Leopoldo Marechal reconozca el balance de este libro; si la novela moderna es cada vez más una forma poética, la poesía a darse en ella sólo puede ser inmediata y de raíz surrealista; la elaborada continúa y prefiere el poema, donde debió quedar aquélla con su simbología taraceada, porque ése era su reino.
La segunda observación toca al humor. Marechal vuelve con Adán Buenosayres a la línea caudalosa de Mansilla y Payró, al relato incesantemente sobrevolado por la presencia zumbona de lo literario puro, que es juego y ajuste e ironía. No hay humor sin inteligencia, y el predominio de la sentimentalidad sobre aquélla se advierte en los novelistas en proporción inversa de humor en sus libros; esta feliz herencia de los ensayistas del siglo XVIII, que salta a la novela por vía de Inglaterra, da un tono narrativo que Marechal ha escogido y aplicado con pleno acierto en los momentos en que hacía falta. Sobre todo en las descripciones y las réplicas, y cuando no lo enfatiza; así el episodio de los homoplumas comienza del mejor modo —el retrato en diez líneas del malevo es un hallazgo—, pero termina alicaído con los discursos del speaker. El humor en Adán Buenosayres se alía con un frecuente afán objetivo, casi de historiador, y acaba de dar a esta novela su tono documental que, si la aleja de nosotros en cuanto a adhesión entrañable, nos la ofrece panorámicamente y con amplia perspectiva intelectual. No sé, por razones de edad, si Adán Buenosayres testimonia con validez sobre la etapa martinfierrista, y ya se habrá notado que mi intento era más filológico que histórico. Su resonancia sobre el futuro argentino me interesa mucho más que su documentación del pasado. Tal como lo veo, Adán Buenosayres constituye un momento importante en nuestras desconcertadas letras. Para Marechal quizá sea un arribo y una suma; a los más jóvenes toca ver si actúa como fuerza viva, como enérgico empujón hacia lo de veras nuestro. Estoy entre los que creen esto último, y se obligan a no desconocerlo.



Nota 

[61] El ensayo más feliz me parece con mucho el de Mallea en La Bahía de Silencio: pero aún ahí se advierte a veces que las discusiones son otra cosa que la novela, fragmentos insertados en el acaecer, y no derivados de ellos o coexistentes.




En Julio Cortázar, Obra crítica (Tomo II), 1994
Edición a cargo de Jaime Alazraki

Imagen: Julio Cortázar, en Coyoacán, en 1979
Foto Fabrizio León


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George Steiner: «Está claro que existe la cuestión judía»

15 de junio de 2018






A un pedazo de tierra sin petróleo, con una población muy inferior a la de muchas metrópolis modernas, llegaron los representantes de 131 naciones. Tronos, dominios, potencias, monarcas, potentados, jefes de Estado, pontífices, primeros ministros, gángsters de todo el planeta se dieron cita en el entierro de Isaac Rabin. Unos movidos por el dolor y la condolencia, por la indiferencia zalamera o el oportunismo, otros; muchos secretamente satisfechos y llenos de odio. Pero allí estaban. Llegados de todos los rincones del mundo, como jamás harían en cualquier otra circunstancia luctuosa. Está claro que existe la cuestión judía. Sólo la hipocresía o el autoengaño se atreverían a negarlo. El mapa político, la plétora de legados histórico-étnicos, el mosaico de sociedades, creencias religiosas, identidades comunitarias en nuestro planeta, es un hervidero de conflictos sin resolver, de enemistades raciales y religiosas, de reivindicaciones innegociables con un pasado todopoderoso, con los santos lugares. Y, sin embargo, la condición judía es sumamente dispar. Irreductiblemente, enloquecedoramente, representa lo que un físico moderno llamaría la «singularidad», un hecho o suceso al margen de las normas, ajeno a la probabilidad y a los dictados del sentido común. El judaísmo genera e irradia energía como un agujero negro en la galaxia histórica. Sus parámetros son los propios de la «extrañeza», otro concepto clave en la física teórica y en la cosmología actuales.
¿Por qué han sobrevivido los judíos?
Los pueblos de Sumeria y del antiguo Egipto eran productivos e imaginativos. El ejemplo y los logros de la antigua Grecia, en la política o en la ciencia, en el arte o en la filosofía, siguen animando la cultura occidental. Jamás ha habido una civilización más eficazmente organizada, más centrada en el derecho que la Roma republicana e imperial. No hay descendientes directos de estas eminentes naciones. Sus lenguas son meros espectros para un puñado de eruditos. Los judíos existen; en Israel y en la Diáspora. El hebreo se habla, se escribe y se adapta a la física nuclear; se sueña en hebreo. Tras más de dos milenios de persecución ciega y sistemática, de diseminación en el exilio, de estrangulamiento en el gueto, tras el Holocausto. Los judíos se empeñan en existir contra la norma y la lógica de la historia, las cuales, aun cuando conducen al genocidio, se basan en la fusión gradual, en la asimilación, en la fertilización cruzada y el desdibujamiento de la identidad original. Existen contra los voraces dictados de tiranías, de creencias hostiles, de movimientos de masas como los baños de sangre de la cristiandad medieval o los pogromos de Rusia y Europa oriental. Todas estas campañas se pusieron en marcha de manera premeditada para eliminar a los judíos de la especie humana. Para dejar el aire y la tierra Judenrein («limpios de judíos») —un apetitoso epíteto que Hitler tomó prestado de su anterior uso austríaco. Para convertir a todo hombre, a toda mujer y a todo niño judíos (incluso a los aún no nacidos) en cenizas esparcidas por el viento. Babilonia, Tebas, Cartago son arqueología. La Atenas moderna es una parodia de su irredimible pasado. Las leyes, la epigrafía de la Roma imperial aparecen en el desierto. Israel revive; la Diáspora, especialmente en Norteamérica, está llena de fuerza creadora y ansias de renovación. Pese al ostracismo, la marginación, las matanzas y la acaso inevitable —por su origen teológico en ciertos principios fundacionales del cristianismo, en el exorcismo de Judas— aberración de las cámaras de gas. Pese a las tentaciones de «pasar» inadvertido en la modernidad liberal, de caer en la normalidad y en la amnesia. ¿Por qué?
Para el ortodoxo y el creyente conservador, la respuesta es clarísima. Dios le prometió a Abraham que de su simiente surgiría un pueblo tan numeroso como los astros, que Canaán sería suya y de su progenie. El contrato de elección para la supervivencia se renueva con Moisés. Quizá por haber establecido una intimidad o un sufrimiento extraordinarios con el Dios de Abraham, Isaac y Jacob —donde intimidad y sufrimiento son tan indisociables como las voces de un diálogo—, los judíos fueron elegidos y quedaron marcados para la eternidad. Si ellos desapareciesen de este mundo, la verdad de Dios, su intención declarada, la revelación del monoteísmo y de la moral en el Sinaí serían falseadas. Mientras sobreviviesen un hombre y una mujer de la casa de Jacob, mientras engendrasen hijos, que es una de las obligaciones y de las alegrías esenciales del judaísmo, Dios seguiría estando cerca del hombre y de la creación. Por inconmensurable que resulte a la razón y a la imaginación humanas, por insoportable que sea siempre su recuerdo, Auschwitz es un hecho efímero comparado con el «Contrato», con la inversión realizada por Dios en éste Su pueblo perseguido. Hitler no prevaleció más que Nabucodonosor o la Inquisición. Hubo rabinos que proclamaron exultantes este axioma junto a las hogueras.
Qué envidiables son los que no dudan.
Los espíritus pragmáticos, relativistas y escépticos que consideran las teorías globales de la historia, especialmente cuando éstas son de índole determinista y teleológica, como peligrosas ilusiones no encuentran razón alguna para el asombro o la causalidad irracional. Ciertas prácticas endogámicas, de aislamiento en el judaísmo temprano, la adhesión a precauciones dietéticas arcaicas y sin embargo saludables, el respeto de un código y un lenguaje litúrgico-legal, explican la anomalía de la supervivencia. Aun mayor peso tuvieron las reacciones de coherencia, de reconocimiento de la propia identidad, provocadas por la hostilidad y la persecución eternamente renovadas. Tampoco, sostienen los laicos, hay que exagerar la continuidad. Étnicamente, los judíos son, como cualquier otro pueblo, gente mezclada. Quizá algo menos mezclados y algo más distintos biosocialmente que otras comunidades (¿existe la «raza» en un sentido verificable?), pero híbridos de todos modos. La larga historia de los judíos, como la de, por ejemplo, los chinos, es resultado de una peculiar interacción de aislamiento y presiones externas. No es un mysterium ontoteológico. Los indicadores demográficos, al menos en el Occidente liberal y laico, revelan claramente que la asimilación y el olvido de uno mismo en un clima de creciente tolerancia o indiferencia pueden conducir la crónica del judaísmo a una conclusión indolora. Sólo determinadas comunidades ortodoxas, incluso dentro del Israel laico, conservarán una identidad auténtica e independiente. Cualquier otra visión, además, corre el riesgo de alimentar el racismo y el odio.
Éstos son argumentos eminentemente plausibles. Ojalá pudiera suscribirlos. Pero la intuición me dice que la gran historia que comenzó con Abraham, la historia que el Dios del Sinaí ha estado contándose a Sí Mismo, no concluirá con un eclipse benigno. En primer lugar, una pregunta que es casi tabú.
¿Ha valido la pena la supervivencia de los judíos, habida cuenta del coste que por ello han tenido que pagar? ¿No sería preferible, para el saldo de la clemencia humana, que fuesen asimilados, devorados por las aguas del océano común? No son sólo los horrores del siglo actual, la persecución y el asesinato sistemático de judíos practicados por Hitler y Stalin lo que nos obliga a formular esta pregunta. No es sólo la noche del hombre en Auschwitz. Es la cantidad de sufrimiento acumulado desde, por ejemplo, la destrucción de Jerusalén y el segundo Templo en el año 70 d. C. Es el homicidio, la humillación, la marginación interminables a que han sido sometidos los hombres, las mujeres y los niños judíos casi cada día, casi cada hora, en algún lugar del mundo «civilizado». Tan lacerante —la larga historia del dolor alcanza su clímax en la Shoah— como la violencia actual han sido el temor, la degradación, el desprecio, latente o explícito, que ha marcado las vidas de los judíos en calles, instituciones y tribunales de justicia (Shylock hincado de rodillas) gentiles. ¿Qué niño judío, durante milenios, no ha conocido esa amplia gama de amenazas y burlas, de exclusión o de condescendencia que va desde el insulto, el apedreamiento o el escupitajo, pasando por el desprecio de sus vecinos, hasta la bienvenida «al sufrimiento» ofrecida por los gentiles? Todo padre judío es en algún momento de su vida y de su paternidad un Abraham o un Isaac en ese inenarrable viaje de tres días al monte Moriah. El Génesis 22 late en el corazón herido de todo el judaísmo. Cuando engendra un hijo, el judío sabe que puede estar transmitiendo a ese hijo su herencia de terror, de sádico destino. Mucho antes del Holocausto hubo estallidos de genocidio (las matanzas medievales en Renania, la expulsión de los judíos por parte de la Inquisición, los pogromos de Europa del Este) destinados a erradicar a los judíos. No sobre la base de cuestiones religiosas, políticas, económicas o sociales, aunque éstas tuvieron su importancia. La intención, abiertamente declarada por el nazismo, era ontológica. Era la desaparición definitiva de la identidad judía de la faz de la Tierra. El niño debía morir en el vientre de la madre. La culpa imperdonable del pueblo judío era su propia existencia. Y desde el momento en que engendran un hijo, unos padres judíos, en Rusia o en cualquier lugar de Europa, en las calles de Hebrón o cerca de una sinagoga parisina, convierten a este hijo en culpable. Porque ser judío es, para los que odian, el pecado original.
Además, y esto es una cruz (siniestra palabra) que a menudo se pasa por alto, la humillación, el ostracismo y la tortura son dialécticos. Unen las dos partes entre sí. El cazador y el cazado quedan obscenamente ligados. A lo largo de los siglos, el antisemitismo —término en cierto modo absurdo, puesto que surge en el seno del islam— ha degradado a quienes lo practican. En los campos de la muerte, el hombre, como especie, descendió, acaso de manera irreversible, hasta el más precario umbral de su humanidad. Volvió a ser bestia, aunque expresarlo de este modo sea insultar a los primates y al mundo animal. Al deshumanizar a su víctima, el verdugo se deshumaniza a sí mismo. El hedor perdura. Ha habido otras persecuciones, esclavitudes y campos de exterminio. Las matanzas tribales continúan. Pero ninguna de ellas se ha cebado sobre un mismo grupo humano por espacio de dos mil años. A menudo han sido vengadas. Es la monstruosa parcialidad de la circunstancia judía, hasta 1948 y la fundación del Estado de Israel, lo que una y otra vez ha animado a otras creencias y sociedades a dejarse seducir por lo inhumano. Mi pregunta es la siguiente: ¿podrían el cristianismo occidental y el islam vivir más humanamente, más en paz consigo mismos, si el problema judío se hubiese «resuelto» de manera definitiva (esa Endlösung o «solución final»)? ¿Podría reducirse mañana la suma de odio obsesivo, de dolor, en Europa, en Oriente Próximo, en Argentina o en Suráfrica? No me parece que podamos encogernos de hombros ante esta pregunta.
Y, sin embargo, qué desproporcionadamente brillante ha sido la aportación judía. La de la Biblia hebrea y la de la ética que de ella brota es inconmensurable. Para bien o para mal, Roma y La Meca son hijas (¿matricidas?) de Jerusalén. Basta observar la modernidad y el clima de nuestro tiempo. Afirma el lugar común que este clima surge directamente de Marx, Freud y Einstein (aunque a buen seguro deberíamos incluir también a Darwin). En más de cien lenguas, la burocracia, la mediocridad, la neurosis del tejido social se representan con el nombre (¡a menudo transformado en adjetivo!) de Franz Kafka. La lista de científicos ilustres, de laureados en Estocolmo judíos, al menos en su origen, supera cualquier expectativa o norma estadística de un modo tan abrumador que llega a resultar embarazoso. La música ha experimentado un renacimiento radical con Arnold Schoenberg; la antropología, con Lévi-Strauss; la filosofía, con Wittgenstein; la teoría económica con Kenneth Arrow. Es Proust quien nos invita a descender por la escalera de caracol del yo (imagen concebida por un medio judío como Montaigne). Toda enumeración sería interminable y ociosa.
Lo que resulta más difícil de comprender es por qué la modernidad per se, sobre todo en su ejemplar y dominante vertiente estadounidense, es tan marcadamente «judía». Los medios de comunicación de masas, el humor, las conexiones fiscales y mercantiles de la empresa global que hoy amenaza con homogeneizar el planeta son energías, vastos arcos que emiten descargas eléctricas surgidos en buena medida del judaísmo emancipado. He visto a audiencias orientales retorcerse de risa, captar al instante el humor plenamente judío, uno casi se atrevería a decir que «talmúdico», antirretórico y negro, de Woody Allen. Los supermercados, inventados y diseñados originalmente por un judío en Washington durante la Segunda Guerra Mundial, abren hoy sus puertas en Albania. Pero incluso estos universales, casi increíbles en una matriz de supervivientes, son en cierto sentido superficiales.
¿Podrían nuestras maltrechas civilizaciones prescindir del ideal judío de la familia? Son estos valores «familiares» que se derivan de y a la vez subrayan la «familiaridad» única de los judíos con Dios los que estimulan el interminable diálogo del judío con Dios, incluso —uno llega a sospechar— en los silenciosos labios del agnóstico. ¿Existe otro pueblo tan krank an Gott, según la magnífica e intraducible descripción que del judío ofrece Karl Barth como «enfermo de Dios», como «afligido con / por Dios»? En esta enfermedad puede ir implícita la supervivencia del hombre en tanto que ser moral aún «vulnerable a las heridas de la negatividad» (Kierkegaard). En resumen: aun cuando la dispersión parece ofrecer a los judíos de la Diáspora la posibilidad de quedar libres de cualquier amenaza o peligro; aun cuando los judíos laicos decidiesen que ya no vale la pena seguir pagando semejante precio por su identidad… ¿qué pasaría con sus renuentes anfitriones? ¿Pueden la historia y la cultura occidentales prescindir de los judíos? Como señalaba Heine, el más cáustico de los judíos, hasta los perros de raza necesitan pulgas.
Por desgracia, no puedo sentirme parte de ese contrato con Abraham. Por eso no poseo un feudo refrendado por la divinidad en un pedazo de tierra de Oriente Próximo, ni en ninguna otra parte. Es un defecto lógico del sionismo, un movimiento político-laico, invocar una mística teológico-escritural que, en honor a la verdad, no puede suscribir. Sin embargo, el enigma, la singularidad de la supervivencia de los judíos tras la Shoah, me convence de algo. Israel es un milagro indispensable. Su propia existencia, su persistencia pese a las fuerzas militares y geopolíticas, sus logros cívicos desafían cualquier expectativa razonada. El país mira hoy con paradójica satisfacción hacia la normalidad: con sus dosis de crimen, de corrupción, de mediocridad política y de vulgaridad cotidiana que caracterizan a todas las naciones y sociedades del mundo. En el lugar donde otrora bramó Jeremías hoy encontramos bares de topless.
Y aquí es, precisamente, donde me atasco. Sería, creo, algo escandaloso (palabra de procedencia teológica) que los milenios de revelación, de llamamientos al sufrimiento, que la agonía de Abraham y de Isaac, del monte Moriah y de Auschwitz tuviesen como resultado final la creación de un Estado-nación armado hasta los dientes, de una tierra para especuladores y mafiosos como todas las demás. La «normalidad» sería para los judíos otra vía de desaparición. El enigma, acaso la locura, de la supervivencia debe responder a un llamamiento más elevado. Uno inherente al exilio.
Todos somos invitados de la vida. Ningún ser humano conoce el significado de su creación, salvo en el sentido más primitivo y biológico. Ningún hombre, ninguna mujer conocen el propósito, si es que posee alguno, la posible significación de su «arrojamiento» al misterio de la existencia. ¿Por qué no hay nada? ¿Por qué soy? Somos invitados de este pequeño planeta, de un tejido infinitamente complejo y acaso aleatorio de procesos y mutaciones evolutivas que, en innumerables lugares podrían haber sido de otro modo o podrían haber presenciado nuestra extinción. Y hemos resultado ser invitados vandálicos, que asolamos, explotamos y destruimos otros recursos y a otras especies. Estamos convirtiendo en un vertedero de residuos tóxicos este entorno de extraña belleza, intrincadamente organizado, y también el espacio exterior. Hay vertederos de basura en la luna. Por inspirado que sea, el movimiento ecologista, que junto con la reciente sensibilización hacia los derechos de la infancia y de los animales constituye uno de los capítulos más luminosos de este siglo, tal vez haya llegado demasiado tarde.
Pero incluso el vándalo es un invitado en una casa del ser que no ha construido y cuyo diseño, con todas las connotaciones del término, se le escapa. Ahora debemos aprender a ser mutuamente invitados los unos de los otros en lo que queda de esta herida y superpoblada tierra. Nuestras guerras, nuestras limpiezas étnicas, los arsenales para la matanza que florecen incluso en los Estados más desvalidos son territoriales. Las ideologías y los odios mutuos que éstos generan son territorios de la mente. Los hombres se han asesinado desde siempre los unos a los otros por una franja de tierra, bajo banderas de distintos colores que enarbolan como estandartes, por pequeños matices en sus lenguas o dialectos. Hamlet se asombra ante un ejército que pasa. ¿Por qué avanza hacia la batalla sangrienta? ¿Es acaso para alcanzar un fin exaltado o fructífero? Un Capitán responde:
Capitán: A deciros verdad y sin la menor exageración, vamos a conquistar una reducida porción de tierra que no ofrece en sí más ventaja que su nombre. Ni por el precio de cinco ducados, cinco no más, la tomaría yo en arriendo, ni daría mayor beneficio al rey de Noruega o al de Polonia si la vendieran en pleno dominio (Trad. Luis Astrana Marín, Espasa-Calpe, Madrid 1991).
La historia ha presenciado la interminable aplicación del desprecio recíproco a motivos con frecuencia triviales e irracionales. En un arrebato de locura, comunidades como las balcánicas o tantos pueblos africanos que han convivido durante siglos o décadas pueden estallar de repente y caer en la segregación y el genocidio. Los árboles tienen raíces; los hombres y las mujeres, piernas. Y con ellas cruzan la barrera de la estulticia delimitada con alambradas, que son las fronteras; con ellas visitan y en ellas habitan entre el resto de la humanidad en calidad de invitados. Hay un personaje fundamental en las leyendas, numerosas en la Biblia, pero también en la mitología griega y en otras mitologías: el extranjero en la puerta, el visitante que llama al atardecer tras su viaje. En las fábulas, esta llamada es a menudo la de un dios oculto o un emisario divino que pone a prueba nuestra hospitalidad. Quisiera pensar en estos visitantes como en los auténticos seres humanos que debemos proponernos ser, si es que deseamos sobrevivir.
Es posible que el judío de la Diáspora sobreviva para ser un invitado: aún tan terriblemente ingrato ante tantas puertas cerradas. La intromisión puede ser nuestra llamada, un modo de sugerir a nuestros semejantes que todos los seres humanos deben aprender a vivir unos y otros como «invitados de la vida». No hay una sola sociedad, religión, ciudad, pueblo, que no sean dignos de mejorar. Por la misma razón, no hay ninguno que no merezca ser abandonado cuando se imponen la injusticia o la barbarie. La moral debe tener sus maletas listas en todo momento. Éste ha sido el precepto universalista de los Profetas, de Isaías, Deutero Isaías y Jeremías en su antigua disputa con los reyes y los sacerdotes de la nación inmutable, del Estado-fortaleza. Esta polémica subyace hoy a las tensiones entre Israel y la Diáspora. Aunque el pensamiento debe ser, como el nombre ritual de Dios, impronunciable, la mayor verdad es que el judaísmo sobrevivirá a la ruina del Estado de Israel. Lo conseguirá si su «elección» es la de vagar, la de enseñar a los hombres a darse la bienvenida, sin lo cual nos extinguiremos en este pequeño planeta. Los conceptos, las ideas, cuya fuerza es superior a la de cualquier arma, a la de cualquier imperium, no necesitan pasaportes. Son el odio y el miedo los que expiden o deniegan los visados. Yo me he sentido más o menos en casa —el judío es a menudo políglota casi de manera inconsciente— allí donde he tenido una mesa para trabajar. Nihil alienum, que decía el dramaturgo romano. «Nada humano me es ajeno». O, dicho de otro modo: ¿qué otra presencia humana puede resultarme más extraña de lo que mi propia presencia me resulta en ocasiones?
¿Es este desarraigo, esta intuición del peregrino, lo que estimula el antisemitismo, lo que alimenta la imagen de las infidelidades oportunistas del judío? Stalin y Hitler convirtieron el glorioso cenit «cosmopolita», con su promesa de lo inalienable, en escarnio asesino. Pero ¿acaso no habló el propio Rashi, el más agudo de los lectores talmúdicos, de la eterna necesidad de Abraham de abandonar su tienda de campaña y volver al camino? ¿No nos enseñó Rashi que, cuando preguntamos el camino, el judío puede ser sordo a la respuesta, que su misión es la de ser errante, lo que equivale a errar en la doble acepción de esta palabra?
Sin lugar a dudas, este compromiso con el tránsito, aun cuando sea impuesto, esta camaradería con los vientos, inspira una desconfianza visceral. El término nazi era Luftmenschen, criaturas de aire, sin raíces (y, por ende, aptas para ser convertidas en cenizas). Esta palabra denota otros elementos de la larga historia de la lepra judía. Hay factores sociales, rivalidades económicas, la búsqueda instintiva del chivo expiatorio, la circuncisión, el empecinamiento en distanciarse. Cercado por un muro, el gueto-judaísmo firmó un contrato de extrañeza, de «otredad», con los gentiles que lo despreciaban. Todos ellos se mezclan en el venenoso brebaje de la diferencia y la persecución. Sin embargo, ningún aspecto serio del problema judío, de la historia y de la vida de los judíos, puede divorciarse de sus fuentes teológico-metafísicas (¡cuántas veces oigo a Gershom Scholem poner el dedo en esta llaga!). En el análisis definitivo, es lo teológico y lo metafísico lo que configura la trágica complicación de los hechos.
En todas mis obras, y más explícitamente en En el castillo de Barba Azul (1971), he argüido que no es la acusación de deicidio, la supuesta complicidad de los judíos en la muerte de Jesús de Nazaret, lo que nutre y sostiene el antisemitismo occidental. Indudablemente, el odio a los judíos se ve acrecentado de forma considerable por el cristianismo paulino y los Padres de la Iglesia. Pero el odio es anterior a estas fatalidades. Creo que no es «el sacrificio de Dios en la persona de su Hijo» —al margen de lo que este macabro fantasma puede llegar a significar— el núcleo fundamental del odio a los judíos. Es la «creación», la «invención», la «definición», la «reevaluación» de Dios que hay en el monoteísmo judío y en su ética. Lo que no se le perdona al judío no es que sea el asesino de Dios, sino el hecho de ser su «descendiente».
Tres veces en la historia occidental, los judíos han luchado por presentar ante la conciencia humana el concepto del Dios único y las consecuencias morales y normativas de este concepto. Rigurosamente aprehendido, el Dios de Moisés es inconcebible, incomprensible, invisible, inalcanzable, in-humano en el sentido estricto de la palabra. Es absoluto como el aire del desierto. Si hay una teología judía, ésta es negativa. Allí donde el politeísmo, principalmente el helénico, puebla cada hoja, cada rama y cada roca de vecinos divinos, pródigamente inmanentes, humanos —demasiado humanos en su vanidad, en sus ardides, en sus obscenidades—, el Sinaí vacía el hábitat natural del ser humano de toda proximidad discernible de lo divino. Exige la máxima abstracción. Condena las imágenes y transforma la imaginación en blasfemia. La metáfora, mediante la cual habitamos y dramatizamos nuestro cuestionamiento de la realidad, mediante la cual tendemos puentes sobre el abismo de lo desconocido, ha sido arrancada de cuajo.
Para Moisés, la presencia y el mandamiento de Dios, que son idénticos, surgieron de la Zarza en llamas. La única revelación es una tautología (una figura en sí misma cerrada): es el «Soy / El que Soy» del Éxodo 3, 14. Paradójicamente, sin embargo, la distancia con un Dios inimaginable, impensable, inefable es, al mismo tiempo, insoportablemente próxima. Sin ser visto, Él lo ve todo, castiga a la tercera generación y a las generaciones posteriores. ¿Puede haber observación y observancia más duras, más ajenas a los impulsos animistas, icónicos, pluralistas de la naturaleza humana, de los modos consoladores a los que recurrimos para contar las historias de nuestra existencia?
Los dictados morales surgidos del monoteísmo del Sinaí y profético son sumamente rígidos. La prohibición de matar, de cometer adulterio, de codiciar, de fabricar imágenes, por inocentes que sean, de comerciar con los dioses domésticos, con los espíritus tutelares, con los santos, es, en sí misma, indicio de una exigencia aún mayor. Implica la transformación del hombre corriente. Debemos disciplinar el alma y la carne, hasta tornarlas perfectas. Debemos crecer más allá de nuestra propia sombra. Un mandato fundamental de realización de las propias ambiciones, de superación personal, subyace al Decálogo y a la plétora de prescripciones pragmático-rituales que de él se derivan. Ni un ápice de nuestra complacencia natural, de nuestra libido, de nuestra falta de atención, de nuestra mediocridad y sensualidad escapa a los dictados morales y legales. Tomado à la lettre, el «conviértete en lo que eres» de Nietzsche es la antítesis del mandamiento del Sinaí. «Deja de ser lo que eres, aquello en lo que la biología y las circunstancias te han convertido. Conviértete, aun a costa de un terrible precio de abnegación, en lo que podrías ser». Esto es lo que ordena el Dios de Moisés, de Amós, de Jeremías. Éste es el primero de los tres momentos de imposición trascendente que el judaísmo le impone al hombre.
El segundo llega con el sermón de la montaña. El mensaje es, principalmente, un compendio de órdenes minuciosamente estudiadas de la Torá, de los Salmos y de los Profetas. Pero el rabino-prodigio y salvador de la fe de Galilea llega más lejos. Exige a los hombres y a las mujeres un altruismo, un dominio de sí mismos «antinatural», contrario a los instintos, ante todo aquel que nos injurie u ofenda. El único precedente de este ideal puede leerse entre líneas en algunas sentencias, difíciles de interpretar, atribuidas a Sócrates. Debemos, además, compartir o regalar nuestras posesiones terrenales, convertirnos en mendigos, si es necesario, en beneficio de los desposeídos. La propiedad, por no hablar de las recompensas mundanas, es una injusticia (o, como diría Proudhon, un «robo»). Éstos son importantes saltos cuantitativos que surgen del judaísmo de Moisés, pero que también lo superan. La petición de Jesús de que ofrezcamos la otra mejilla, de que perdonemos a nuestros enemigos y perseguidores —no, de que aprendamos a amarlos—, es casi inconcebiblemente contraria a la esencia humana. Con estos requerimientos, Jesús se convierte en Cristo y enmienda los instintos elementales, especialmente los de venganza, en su propia condición judía. La infinita misericordia de Dios, su capacidad de perdón, se exponen en la Torá y en las profecías, pero también se muestra Su inclinación por una equidad inflexible en la retribución. El impulso profundamente natural de vengar la injusticia, la opresión y la burla tienen un lugar en la casa de Israel. El rechazo a olvidar la injuria o la humillación puede apaciguar el corazón. El mandamiento de amor total de Cristo, de entrega al agresor, es, en sentido estricto, una monstruosidad. La víctima debe amar a su verdugo. Una proposición monstruosa. Pero una luz surgida de lo insondable. ¿Cómo pueden cumplir semejante precepto los hombres y las mujeres mortales?
La tercera llamada a la puerta es la del socialismo utópico, principalmente en su vertiente marxista. Junto con el cristianismo, el marxismo es otra de las herejías primordiales del judaísmo. La aportación teórica, práctica y personal de los judíos al socialismo radical y al comunismo pre-estalinista es claramente desproporcionada (véanse cuántos de ellos figuraban entre los primeros mencheviques y bolcheviques o entre los miembros de la izquierda utópica y de los movimientos revolucionarios en toda Europa central). El marxismo seculariza, convierte «a este mundo» en una tierra donde prevalece la lógica mesiánica de la justicia social, la del Edén abundante para todos, la de la paz. En sus famosas notas manuscritas de 1840, Marx, tan rabínico en su alboroto y en sus promesas, predica un orden en el que la moneda de cambio deje de ser la del lucro y las posesiones: «el amor se cambiará por amor, la confianza, por confianza». Es, literalmente, la visión de Adán y de los Profetas; es la visión del Galileo. La gran furia desatada en contra de la desigualdad social, en contra de la estéril crueldad de la riqueza, en contra de la hambruna y la misère innecesarias que aguijonea a Karl Marx, es precisamente la de Amós. Es la del desierto en su marcha vengadora contra la ciudad, contra la continuidad de Babilonia. (Había, en la sangrienta locura de los jemeres rojos camboyanos, más de un elemento en común con esta visión apocalíptica).
En su forma más pura, tal como se plasmó en algunos de los kibbutzim socialistas y comunistas del primer sionismo, no existe la propiedad privada. A cada cual según sus necesidades. Los niños son atendidos por toda la comunidad. Pero, aunque atenúa tales absolutos, el marxismo exige una subversión total de las prioridades de la intimidad, de la adquisición, del egoísmo. Debemos abstenernos de cuanto sea superfluo, participar por igual, invertir los recursos, las ambiciones del yo en el anonimato de lo colectivo. En el núcleo de cualquier programa socialista o comunista consistente hay una mística del altruismo, de la maduración humana, hasta alcanzar la generosidad. Morir por los demás, como hace el héroe marxista en figuraciones profanas del martirio religioso, resulta muy difícil (¿quién de los miembros de mi generación puede olvidar los episodios de sacrificio al final de La condición humana, de Malraux?). Vivir para los demás es aún más difícil. Pero sólo si aprendemos a hacerlo, dice el marxismo, podremos construir el reino de la justicia, la ciudad del hombre —legítima heredera de aquella de un Dios muerto—, en esta Tierra. Sólo entonces podremos construir Jerusalén en «nuestras verdes y amables tierras». La mañana mesiánica es roja.
En tres ocasiones, el judaísmo ha situado a la civilización occidental frente al chantaje de lo ideal. ¿Cabe mayor afrenta? Tres veces, como un vigilante enloquecido en plena noche (Freud incluso sacó a los hombres del sueño inocente), le ha gritado a la especie humana que se transforme en humanidad plena, que reniegue de su ego, de sus apetitos innatos, de su tendencia al libertinaje y el capricho. En nombre del «inefable» Dios del Sinaí; del amor incondicional hacia el enemigo; en aras de la justicia social y la igualdad económica. Estas demandas son, en su reivindicación de perfección, irrefutables. La ética del amor sacrificado y la igualdad es incontestable; incluso, en muchos aspectos, en el plano material y comunitario. Los hombres y las mujeres se han visto, por tanto, sometidos a un triple chantaje practicado con la falta de tacto propia de la revelación, con esa intensidad e insinuación típicamente judías con las que tan difícil resulta convivir para los no judíos. Los ideales de Moisés, de Jesús y de Marx martillean la psique de L’homme moyen sensuel que intenta continuar con su imperfecta existencia.
Creo que esta presión engendra odio. En ella late y estalla en llamas el impulso de relegación —hay que desterrar al judío, acallar su voz— y de aniquilación. Nada es capaz de estimular en nuestra conciencia un odio tan profundo como la convicción impuesta de que nos quedamos cortos, de que traicionamos ideales cuya validez reconocemos plenamente (aunque de manera subliminal), incluso celebramos, pero cuyas exigencias parecen desbordar nuestras capacidades o nuestra voluntad. Nada resulta más insoportable que el hecho de que se nos recuerde recurrentemente, se diría que perpetuamente, lo que deberíamos ser y, de un modo tan evidente, no somos. Hoy, el comunismo y el socialismo utópico coercitivos parecen desvanecerse; la Esparta del kibbutz absoluto difícilmente puede sobrevivir. Pero los antiguos dictados de perfección, de anulación personal, la exigencia de un reino de justicia absoluta aquí y ahora aún resuenan. En las bocas de los que vagan errantes y despreciados, de vagabundos locuaces a quienes Dios ha creado incurablemente enfermos de recuerdo y de futuro.
Confieso no encontrar mejor explicación para la supervivencia del antisemitismo más o menos mundialmente extendido y posterior al Holocausto. Esta persistencia es característica de comunidades en las que apenas quedan judíos a los que detestar, como Polonia o Austria, o en las que los judíos jamás se han establecido (¡los llamados Protocolos de los sabios de Sión son un best-seller en Japón!). Ningún diagnóstico social, económico o político de corte positivista, por iluminador que sea, ofrece una explicación profunda. Hitler lo expresó sin ambages: «El judío ha inventado la conciencia». Después de eso, ¿cabe algún perdón?
He dicho que el precio de la supervivencia ha sido casi insoportable. Que existe un argumento razonable para la desaparición en la asimilación y en la normalidad. Si fuera concebible en el futuro una repetición o analogía de la Shoah, ¿debería un judío traer hijos a este mundo? No obstante.
La vocación de «invitado», la aspiración de mesianismo, la función de ser insomnes y causar irritación moral al resto de los hombres se me antoja como el mayor de los honores. Dondequiera que estén presentes o logren prosperar, la barbarie, la estupidez y la intolerancia escogerán como blanco a los judíos. Ciertamente un pueblo elegido y un club al que jamás renunciaría (aun cuando esto fuera posible). He aquí un documento:

El hombre asumirá como propia la meta de dominar sus emociones y elevar sus instintos a las alturas de la conciencia, de tornarlos transparentes, de extender los hilos de su voluntad hasta los resquicios más ocultos, accediendo de este modo a un nuevo plano […]
El hombre será inconmensurablemente más fuerte, más sabio y más sutil; su cuerpo se tornará más armónico, sus movimientos, más rítmicos, su voz, más melodiosa. Los modos de vida serán intensos y dinámicos. El ser humano medio alcanzará la categoría de un Aristóteles, un Goethe, un Marx. Y sobre este risco se alzarán nuevas cimas.
Autor: un tal Liev Davidovich Bronstein (conocido también como Trotski). Un texto escrito en el fragor de batallas tan encarnizadas como la de Josué. Absurdo, ¿verdad? Pero un absurdo por el que vivir y morir.




En George Steiner, Errata. El examen de una vida (Cinco)
Título original: Errata. An examined life
George Steiner, 1997
Traducción: Catalina Martínez Muñoz

Foto original color : George Steiner por Suzanne Kreiter
para The Boston Globe

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