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Aldous Huxley: Idolatría

23 de junio de 2016





Las personas educadas no corren demasiados riesgos de sucumbir a las formas más primitivas de la idolatría. Les resulta llevadero y fácil resistirse a la tentación de creer que un determinado trozo de materia esté cargado de poderes mágicos, o que ciertos símbolos e imágenes sean las formas de entidades espirituales y que, en cuanto tales, hayan de ser adoradas y su voluntad propiciada mediante los gestos idóneos. Es verdad que gran parte de las supersticiones fetichistas han sobrevivido incluso en estos tiempos en los que la educación es universal y obligatoria; ahora bien, aun cuando sobreviva ya no es tenida por algo digno de respeto; no se le concede unánimemente ninguna clase de reconocimiento oficial, ninguna sanción filosófica. Al igual que el alcohol o la prostitución, las formas primitivas de la idolatría son toleradas, pero no reciben aprobación. Su lugar dentro de la jerarquía acreditada de los valores espirituales es extremadamente bajo.
Muy distinto es el caso de las formas civilizadas y desarrolladas de la idolatría. Éstas han conseguido no ya la mera supervivencia, sino también la más elevada respetabilidad. Los pastores y los maestros del mundo contemporáneo nunca se cansan de recomendar estas formas de idolatría; no contentos con recomendar la más elevada idolatría, muchos filósofos, e incluso muchos de los modernos líderes religiosos, hacen lo indecible por identificarla con la verdadera creencia y el verdadero culto de Dios.
Es un estado deplorable, pero que en modo alguno puede sorprendernos. Y es que si bien disminuye el riesgo de sucumbir a la idolatría primitiva, la educación (en todo caso, la educación del tipo que actualmente es corriente en todas partes) adolece de cierta tendencia a hacer de esa idolatría elevada algo sumamente atractivo. La idolatría elevada podría definirse como la creencia en las creaciones del hombre como si fueran Dios, y la consiguiente adoración de las mismas. En su faceta moral, tanto como en su faceta estrictamente intelectual, la educación habitual es estrictamente humanista y contraria a todo trascendentalismo. Condena el fetichismo y la idolatría primitiva, pero de igual manera condena toda preocupación por la Realidad espiritual. En consecuencia, sólo cabe esperar que quienes han estado sujetos de manera casi absoluta a ese proceso educativo sean los más ardientes exponentes de la teoría y la práctica de la idolatría elevada. En los círculos académicos, los místicos son casi tan poco habituales como los fetichistas; sin embargo, los devotos más entusiastas de una u otra forma de idealismo político son tan comunes como las margaritas. Es significativo, según tengo observado, que cuando se hace uso de las bibliotecas universitarias, los libros de religión y espiritualidad sean mucho menos utilizados que en las bibliotecas públicas, frecuentadas éstas por personas que no han tenido las ventajas, ni tampoco las desventajas, de la educación superior.
Los muy diversos tipos de idolatría elevada podrían clasificarse en tres grandes epígrafes: tecnológicos, políticos y morales. La idolatría tecnológica es la más ingenua y primitiva de las tres; sus adeptos, igual que los de la idolatría inferior o primitiva, creen que la redención y la liberación dependen de los objetos materiales, de las máquinas y los artefactos. La idolatría tecnológica es la religión cuyas doctrinas se promulgan implícita o explícitamente en las páginas de publicidad de los diarios y las revistas, la fuente de la cual millones de hombres, mujeres y niños en los países capitalistas extraen su filosofía de la vida. En la Unión Soviética, durante sus largos años de industrialización, la idolatría tecnológica fue ascendida prácticamente al rango de religión del estado. Más recientemente, el advenimiento de la guerra ha estimulado sobremanera el culto en todos los países beligerantes. El éxito militar depende en gran medida de las máquinas. Siendo así las cosas, las máquinas tienden a recibir todo el crédito del poder que supone haber aportado el éxito a todas las esferas de la actividad humana, haber resuelto toda clase de problemas, sociales y personales aparte de militares y técnicos. Tan entusiasta es la fe en los ídolos tecnológicos que resulta muy arduo descubrir, en la cultura popular de nuestro tiempo, cualquier rastro de la doctrina antigua y profundamente realista de Hubris y Némesis. Para los griegos, Hubris era toda clase de exceso y de soberbia. Cuando los hombres o las sociedades iban demasiado lejos en este sentido, ya fuera en el dominio de otros hombres y de otras sociedades, o en la explotación de los recursos naturales en beneficio propio, este despliegue de soberbia tenía que pagarse. En una palabra, Hubris invitaba a Némesis. La idea queda expresada con gran claridad y belleza en Los persas, de Esquilo. Jerjes hace en esta obra despliegue de una Hubris incontenida, no sólo al intentar conquistar a sus vecinos por la fuerza de las armas, sino también al intentar domeñar a la naturaleza a su antojo, más allá de lo que parecería razonable por parte de un simple mortal. Para Esquilo, el intento de Jerjes por construir un puente sobre el Helesponto es un acto desbordante de Hubris, tanto como lo es la invasión de Grecia, y por ello es igualmente merecedor del castigo a manos de Némesis. Hoy, nuestros idólatras de la tecnología, simples de corazón, parecen imaginar que pueden contar con todas las ventajas de una civilización intensamente elaborada e industrial sin tener que pagar por ello.
Sólo un punto menos ingenioso son los idólatras de la política. En vez de la adoración de objetos materiales y tangibles, éstos los han sustituido con la adoración de las organizaciones económicas y sociales. Basta con imponer la organización adecuada a los seres humanos, para que todos sus problemas, desde el pecado hasta la infelicidad, pasando por la conducción de detritus y la guerra, queden automáticamente resueltos. Una vez más buscamos casi en vano todo rastro de aquella antigua sabiduría que encuentra tan memorable expresión en el Tao Te King, la sabiduría que reconoce (¡con qué realismo!) que las organizaciones y las leyes probablemente puedan hacer bien poco allí donde los organizadores y los legisladores por un lado, y los organizados y los que han de obedecer las leyes por otro, no guardan contacto con el Tao, el Camino, la Realidad definitiva que subyace a todos los fenómenos.
Hay que reconocer un gran mérito a los idólatras morales, en tanto en cuanto reconocen con claridad la necesidad de la reforma individual en tanto requisito previo e imprescindible de la reforma social. Saben que las máquinas y las organizaciones son instrumentos que pueden ser utilizados bien o mal, según sean personalmente los usuarios mejores o peores personas. Para los idólatras tecnológicos y políticos, la cuestión de la moralidad personal es secundaria. En algún futuro no demasiado distante, según pregona su credo, las máquinas y las organizaciones serán tan perfectas que los seres humanos también habrán de serlo, porque será de todo punto imposible ser diferente. Entretanto, no hace falta molestarse demasiado con la moralidad personal. Todo lo que se requiere es suficiente industria, paciencia e ingenuidad para seguir produciendo más y mejores artefactos, así como estas mismas virtudes en cantidades suficientes, amén de suficiente coraje e inflexibilidad para crear las organizaciones económicas y sociales adecuadas e imponerlas, mediante la guerra o la revolución, al resto de los seres humanos, en el recto entender, claro está, de que todo ello será en beneficio de toda la raza humana. Los idólatras morales saben muy bien que las cosas no son tan sencillas, y que entre las condiciones de la reforma social, la reforma personal debe ocupar uno de los primerísimos lugares. Su error estriba en adorar sus propios ideales éticos, en vez de adorar a Dios, y en considerar la adquisición de la virtud como un fin en sí mismo, y no como un medio, como condición necesaria e indispensable para alcanzar el conocimiento unitivo de Dios.
«El fanatismo es idolatría». (Cito de una notabilísima carta escrita por Thomas Arnold en 1836 a su discípulo y futuro biógrafo A. P. Stanley). «El fanatismo es idolatría, y comporta el perjuicio moral de la idolatría; dicho de otro modo, un fanático adora algo que es creación de sus propios deseos, de manera que incluso su devoción a sí mismo es sólo en apariencia una devoción real, ya que en realidad hace de las partes de su naturaleza o de su mente que tiene en menor valor las dadoras del sacrificio a aquello que más valor tiene para él. La falla moral, o a mí al menos me lo parece, es la idolatría, el enaltecimiento de alguna idea que es afín sin duda a nuestra mente, para ponerla en lugar de Cristo, cuando Cristo no puede ser convertido en ídolo ni menos aún inspirar idolatría, porque Él aúna todas las ideas de perfección, y las exhibe en su justa armonía y combinación. A mi entender, en razón de esta tendencia natural —es decir, si tomo de mi mente lo mejor—, la verdad y la justicia podrían ser los ídolos a los que yo siguiera, y serían ídolos a pesar de todo, ya que no proporcionan ellos todo el alimento que la mente desea, y al tiempo que los adoro, la reverencia, la humildad y la ternura muy posiblemente caerían en el olvido. Cristo mismo en cambio abarca la verdad y la justicia y todas las demás cualidades… La estrechez de miras tiende a la perversión, ya que no extiende su vigilancia a todas las partes de nuestra naturaleza moral, y el negligente fomenta el crecimiento de la perversión en las partes que precisamente descuida».
Como muestra de análisis psicológico, este fragmento es sencillamente admirable. Ahora bien, no llega a las últimas consecuencias, ya que omite toda consideración de lo que ha sido llamado la gracia. La gracia es aquello que viene dado cuando el ser humano renuncia a su voluntad propia, y viene dado hasta el punto en que renuncia a esa voluntad propia, y se abandona paso a paso, en todo momento, a la voluntad de Dios. Por medio de la gracia se colma nuestro vacío, se refuerza todo lo que en nosotros era debilidad, nuestra depravación se transforma. Hay, claro está, pseudogracias, aparte de las auténticas gracias; por ejemplo, los súbitos accesos de fuerza que siguen a la propia devoción por alguna forma de idolatría política o moral. Distinguir entre la gracia verdadera y la falsa gracia es a menudo difícil; ahora bien, a medida que el tiempo y las circunstancias revelan en su plena extensión las consecuencias que tiene sobre la personalidad en conjunto, la discriminación es posible incluso para aquellos observadores que no tienen especiales dotes de observación. Donde la gracia es genuinamente «sobrenatural», una simple mejora en un aspecto de la persona no tiene por compensación la atrofia o el deterioro de otro aspecto. La virtud se alcanza sin tener que pagar por la dureza, el fanatismo, la falta de caridad y el orgullo espiritual, que son las consecuencias ordinarias de una trayectoria de estoicismo en la mejora de uno mismo por medio del esfuerzo personal, ya sea sin ayuda o con el refuerzo de las pseudogracias que son otorgadas cuando el individuo se dedica a una causa, que no es Dios, sino solamente una mera proyección de alguna de sus ideas predilectas. La adoración idólatra de los valores éticos en sí mismos y por sí mismos termina por derrotar a su propio objeto, y lo derrota no sólo, tal como insiste Arnold con acierto, porque exista una carencia de vigilancia en todos los aspectos, sino también y sobre todo porque incluso la forma más elevada de idolatría moral tiende a eclipsar a Dios, y a ser garantía positiva de que el idólatra fracasará en su intento por alcanzar el conocimiento unitivo de la Realidad.






En Aldous Huxley: Sobre la divinidad
Título original: Huxley and Gods, Essays
Aldous Huxley, 1999
Traducción: Miguel Martínez-Lage
Foto: Aldous Huxley,1936 -by Cecil Beaton



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Gerardo Gambolini: Pieles

16 de junio de 2016




Abro la puerta de casa, el ascensor,
el edificio.
Cierro la puerta de casa, el ascensor, 
el edificio.

"Siguen cayendo las bombas.
Otros clavos en la cruz."
Hace poco estuve de viaje
y me robé el shampú del hotel, todos los días.
Ahora me lavo cada tanto
con el shampú de otra ciudad.

Hay algo vano.
Hay algo muerto
en el gusto por la expresión.

Las víboras mudan de piel.
Uno abre y cierra puertas.






Inédito
Circa 2006
Foto: GG, 2016
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Jorge Luis Borges: Cristo en la cruz

14 de junio de 2016




Cristo en la cruz. Los pies tocan la tierra.
Los tres maderos son de igual altura.
Cristo no está en el medio. Es el tercero.
La negra barba pende sobre el pecho.
El rostro no es el rostro de las láminas.
Es áspero y judío. No lo veo
y seguiré buscándolo hasta el día
último de mis pasos por la tierra.
El hombre quebrantado sufre y calla.
La corona de espinas lo lastima.
No lo alcanza la befa de la plebe
que ha visto su agonía tantas veces.
La suya o la de otro. Da lo mismo.
Cristo en la cruz. Desordenadamente
piensa en el reino que tal vez lo espera,
piensa en una mujer que no fue suya.
No le está dado ver la teología,
la indescifrable Trinidad, los gnósticos,
las catedrales, la navaja de Occam,
la púrpura, la mitra, la liturgia,
la conversión de Guthrum por la espada,
la inquisición, la sangre de los mártires,
las atroces Cruzadas, Juana de Arco,
el Vaticano que bendice ejércitos.
Sabe que no es un dios y que es un hombre
que muere con el día. No le importa.
Le importa el duro hierro con los clavos.
No es un romano. No es un griego. Gime.
Nos ha dejado espléndidas metáforas
y una doctrina del perdón que puede
anular el pasado. (Esa sentencia
la escribió un irlandés en una cárcel.)
El alma busca el fin, apresurada.
Ha oscurecido un poco. Ya se ha muerto.
Anda una mosca por la carne quieta.
¿De qué puede servirme que aquel hombre
haya sufrido, si yo sufro ahora?



En Los conjurados, 1985




Firma de JLB en un graffiti de la Ciudad de Paraná (RA)




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Robert Graves-Raphael Patai: Compañeras de Adán

5 de junio de 2016



a. Habiendo decidido dar a Adán una compañera para que no fuese el único de su género, Dios le infundió un sueño profundo, le quitó una de sus costillas, hizo con ella una mujer y cerró la herida, Adán despertó y dijo: "Ésta se llamará varona, porque del varón ha sido tomada. Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre, y se adherirá a su mujer; y vendrán a ser los dos una sola carne". Y el nombre que le dio fue Eva, "la madre de todos los vivientes"1

b. Algunos dicen que Dios creó al hombre y la mujer a Su propia imagen en el Sexto Día, dándoles el dominio del mundo2, pero que Eva no existía todavía. Ahora bien, Dios hizo que Adán diese nombres a todos los animales, aves y otros seres vivientes. Cuando desfilaron ante él en parejas, Adán —que era ya como un hombre de veinte años— se sintió celoso de sus amores, y aunque trató de acoplarse con cada hembra por turno, no encontró satisfacción en el acto. Por consiguiente exclamó: "¡Todas las criaturas menos yo tienen la compañera adecuada!" y rogó a Dios que remediara esa injusticia 3

c. Entonces Dios creó a Lilit, la primera mujer, como había creado a Adán, salvo que utilizó inmundicia y sedimento en vez de polvo puro. De la unión de Adán con esta demonia y con otra como ella llamada Naamá, hermana de Tubal-Caín, nacieron, Asmodeo e innumerables demonios que todavía infestan a la humanidad. Muchas generaciones después Lilit y Naamá se presentaron ante el tribunal de Salomón disfrazadas como rameras de Jerusalén 4

d. Adán y Lilit nunca encontraron la paz juntos, pues cuando él quería acostarse con ella, Lilit consideraba ofensiva la postura recostada que él exigía. "¿Por qué he de acostarme debajo de ti? —preguntaba—. Yo también fui hecha con polvo, y por consiguiente soy tu igual." Como Adán trató de obligarla a obedecer por la fuerza, Lilit, airada, pronunció el nombre mágico de Dios, se elevó en el aire y lo abandonó. 

Adán se quejó a Dios: "Me ha abandonado mi compañera". Inmediatamente Dios envió a los ángeles Senoy, Sansenoy y Semangelof para que llevaran a Lilit de vuelta. La encontraron junto al Mar Rojo, región que abundaba en demonios lascivos, con los cuales dio a luz lilim a razón de más de cien por día. "¡Vuelve a Adán sin demora —le dijeron los ángeles— o si no te ahogaremos!" Lilit preguntó: "¿Cómo puedo volver a Adán y vivir como una ama de casa honesta después de mi estada junto al Mar Rojo?" "¡Morirás si te niegas!", replicaron ellos. "¿Cómo puedo morir —volvió a preguntar Lilit— cuando Dios me ha ordenado que me haga cargo de todos los niños recién nacidos; de los niños hasta el octavo día de vida, el de la circuncisión, y de las niñas hasta el vigésimo día? No obstante, si alguna vez veo vuestros tres nombres o vuestra semejanza exhibidos en un amuleto sobre un niño recién nacido, prometo perdonarlo." Los ángeles accedieron, pero Dios castigó a Lilit haciendo que un centenar de sus hijos demonios pereciesen a diario"5 ; y si ella no podía matar a un infante humano a causa del amuleto angélico, se volvía con rencor contra los suyos 6

e. Algunos dicen que Lilit gobernó como reina en Zmargad, y también en Saba; y fue la demonia que mató a los hijos de Job7. Sin embargo, evitó la maldición de muerte que recayó sobre Adán porque se habían separado mucho antes de la Caída. Lilit y Naamá no sólo estrangulan a los infantes, sino que también seducen a los hombres que sueñan, cualquiera de los cuales, si duerme solo, puede ser su víctima 8

f. Sin desanimarse por no haber dado a Adán una compañera satisfactoria, Dios probó de nuevo y le dejó que observara mientras Él creaba una anatomía femenina utilizando huesos, tejidos, músculos, sangre y secreciones glandulares, y luego cubriéndolo todo con piel y añadiendo mechones de cabello en algunos lugares. La vista de eso causó a Adán tal desagrado que inclusive cuando esa mujer, la primera Eva, se mostró en toda su belleza sintió una repugnancia invencible. Dios supo que había fracasado una vez más y expulsó a la primera Eva. Adónde fue ella nadie lo sabe con seguridad 9.

g. Dios probó por tercera vez y actuó con más cautela. Tomó una costilla de Adán mientras éste dormía y formó con ella una mujer; luego le trenzó el cabello y la adornó, como una novia, con veinticuatro joyas, antes de despertar a Adán, quien quedó embelesado 10.

h. Algunos dicen que Dios creó a Eva, no con una costilla de Adán, sino con una cola que terminaba en púa y que formaba parte de su cuerpo. Dios la cortó y el muñón —ahora el coxis inútil— siguen llevándolo los descendientes de Adán 11.

i. Otros dicen que la idea original de Dios era crear dos seres humanos, varón y hembra, pero en cambio ideó uno solo con un rostro masculino que miraba hacia adelante y otro femenino que miraba hacia atrás. Otra vez cambió de opinión, quitó a Adán el rostro que miraba hacia atrás e hizo para él un cuerpo de mujer 12.

j. Otros más sostienen que Adán fue creado originalmente como un andrógino de un cuerpo masculino y otro femenino unidos por la espalda. Como esta postura hacía difíciles los movimientos y embarazosa la conversación, Dios dividió al andrógino y dio a cada mitad una nueva parte trasera. A esos seres separados los puso en Edén, prohibiéndoles que se unieran 13.


1. Génesis II.18-25; III.20.
2. Génesis I.26-28.
3. Gen. Rab. 17,4; B. Yebamot 63a.
4. Yalqut Reubeni ad. Gen. II.21; IV.8.
5. Alpha Beta diBen Sira, 47 ; Gaster, MGWJ, 29 (1880), 553ss.
6. Num. Rab. 16.25.
7. Targum ad Job I.15.
8. B. Shahbat 151b; Ginzberg, LJ, V.147-48.
9. Gen. Rab. 158,163-64; Mid. Abkir 133,135; Abot diR.Nathan 2 4 ; B.Sanhedrin 39a.
10. Gen. II.21-22; Gen. Rab. 161.
11. Gen. Rab. 134; B. Erubin 18a.
12. B. Erubin 18a.
13. Gen. Rab. 55 ; Lev. Rab. 141 ; Abot diR.Nathan 1.8; B. Berakhot 61a; B. Erubin 18a; Tanhuma Tazri'a 1; Yalqut Gen. 20 ; Tanh- Buber iii.33; Mid. Tehillim 139,529.

1. La tradición de que el primer trato sexual del hombre fue con animales y no con mujeres puede deberse a la práctica de bestialidad muy difundida entre los pastores del Medio Oriente, la que todavía es perdonada por la costumbre, aunque figura tres veces en el Pentateuco como un pecado mortal- En el Poema de Gilgamesh akkadio se dice que Enkidu vivió con gacelas y se codeaba con otros animales salvajes en el abrevadero hasta que lo civilizó la sacerdotisa de Aruru. Después de gozar de sus abrazos durante seis días y siete noches, quiso volver a unirse con los animales salvajes, pero, con sorpresa suya, huyeron de él . Enkidu supo entonces que había adquirido inteligencia y la sacerdotisa le dijo: "¡Eres sabio, Enkidu, semejante inclusive a un dios!"

2. Los babilonios sostenían que el hombre primitivo era andrógino. El poema de Gilgamesh da a Enkidu características andróginas: "El cabello de su cabeza como el de una mujer, con bucles que brotan como los de Nisaba, la diosa del Grano". La tradición hebrea se deriva evidentemente de fuentes griegas, porque las dos palabras empleadas en un midrás de Taanak para describir al Adán bisexual son griegas: androgynos, "hombre-mujer", y diprosopon, "de dos rostros". Filón de Alejandría, el filósofo y comentador de la Biblia helenista, contemporáneo de Jesús sostenía que el hombre fue al principio bisexual; y lo mismo opinaban los gnósticos. Esta creencia ha sido tomada claramente de Platón. Sin embargo, el mito de los dos cuerpos unidos por la espalda puede muy bien haberse fundado en la observación de mellizos siameses, que a veces están unidos de esa manera embarazosa. El Adán de dos rostros parece ser una fantasía derivada de monedas o estatuas de Jano, el dios del Año Nuevo romano.

3. Las divergencias entre los mitos de la Creación de Génesis I y II , que permiten que se suponga a Lilit como la primera compañera de Adán, son el resultado de un entrelazamiento descuidado de una tradición judea primitiva y una sacerdotal posterior. La versión más antigua contiene el episodio de la costilla. Lilit representa a las mujeres cananeas que adoraban a Anat y a las que se permitía la promiscuidad prenupcial. Una y otra vez los profetas censuraban a las mujeres israelitas por seguir las prácticas cananeas; al principio, según parece, con aprobación de los sacerdotes, pues su costumbre de dedicar a Dios las retribuciones ganadas de ese modo está expresamente prohibida en el Deuteronomio XXIII.18. La huida de Lilit al Mar Rojo recuerda la antigua creencia hebrea de que el agua atrae a los demonios. Los "demonios torturados y rebeldes" hallaron también refugio seguro en Egipto, Así Asmodeo, que había estrangulado a los seis primeros maridos de Sara, huyó "al Egipto superior" (Tobías VIII.3) cuando Tobías quemó el corazón y el hígado de un pez en su noche de bodas.

4. El trato de Lilit con los ángeles tiene su contraparte ritual en un rito apotrópeo que se realizaba en un tiempo en muchas comunidades judías. Para proteger al niño recién nacido contra Lilit —y especialmente a un varón, hasta que lo podía salvaguardar permanentemente la circuncisión— se trazaba con natrón o carbón de leña un anillo en la pared de la habitación donde nacía, y dentro de él se escribían las palabras: "Adán y Eva, ¡Fuera, Lilit!" También los nombres de Senoy, Sansenoy y Semangelof (de significados inseguros) eran escritos en la puerta. Si, no obstante, Lilit conseguía acercarse al niño y acariciarlo, él reía en su sueño. Para evitar el peligro se consideraba prudente golpear los labios del niño dormido con un dedo, ante lo cual Lilit desaparecía.

5. A "Lilit" se la hace derivar habitualmente de la palabra babilonia-asiria lilitú, ''demonio femenino, o espíritu del viento", uno de una tríada mencionada en los hechizos babilónicos. Pero aparece anteriormente como "Lillake" en una tableta sumeria del año 2000 a. de C. encontrada en Ur y que contiene la fábula de Gilgamesh y el sauce. En ella es una mujer diabólica que habita en el tronco de un sauce guardado por la diosa Inanna (Anat) en las orillas del Eufrates. La etimología popular hebrea parece haber derivado "Lilit" de layil, "noche", y, en consecuencia, aparece con frecuencia como un monstruo nocturno peludo, lo mismo que en el folklore árabe. Salomón sospechó que la Reina de Saba era Lilit, porque tenía piernas peludas: Su juicio de las dos rameras es recordado en 1 Reyes III.16ss. Según Isaías XXXIV.14-15, Lilit vive entre las ruinas desoladas del desierto edomita, donde le acompañan sátiros (se'ir), búfalos, pelícanos, búhos, chacales, avestruces, serpientes y cuervos.

6. A los hijos de Lilit se los llama lilim. En el Targurn Yerushalmi la bendición sacerdotal de Números VI.26 se convierte en : "Que el Señor te bendiga en todos tus actos y te preserve de los lilim". El comentarista Jerónimo del siglo IV d.de C. identificó a Lilit con la griega Lamia, una reina libia abandonada por Zeus y a la que su esposa Hera le robó los hijos. Se vengó robando los de otras mujeres.

7. Las Lamias, que seducían a los hombres dormidos, chupaban su sangre y comían su carne, como hacían Lilit y sus compañeras demoníacas, eran conocidas también con el nombre de Empusae, "forzadoras"', o Mormolyceia "lobas espantosas", y se las describía como "Hijas de Hécate". En un relieve helénico aparece una Lamia desnuda montada a horcajadas en un viajero dormido de espaldas. Es característico de las civilizaciones en las que se traía a las mujeres como bienes muebles que deban adoptar la postura recostada durante el coito, a lo que se negó Lilit. Las hechiceras griegas que adoraban a Hécate eran partidarias de colocarse encima, según sabemos por Apuleyo; y así se ve en las primitivas representaciones sumerias del acto sexual, aunque no en las hititas. Malinowski dice que las muchachas melanesias ridiculizan la que llaman "posición misionaría", que exige que permanezcan pasivas y acostadas.

8. Naamá, "agradable", es explicada como significando que "la demonia cantaba canciones gratas a los ídolos". Zmargad sugiere smaragdos la aguamarina semi-preciosa; y en consecuencia puede ser su morada submarina. Un demonio llamado Smaragos aparece en los Epigramas Homéricos.

9. La creación de Eva por Dios con la costilla de Adán —mito que establece la supremacía masculina y oculta la divinidad de Eva— carece de análoga en el mito del Mediterráneo o del Medio Oriente primitivo. La fábula tal vez se deriva iconotrópicamente de un relieve o una pintura antigua donde aparecía la diosa desnuda Anat suspendida en el aire observando a su amante Mot dando muerte a su mellizo Aliyan; Mot (confundido por el mitógrafo con Yahvéh) introducía una daga curva bajo la quinta costilla de Aliyan y no le quitaba la sexta. Apoya la fábula conocida un oculto retruécano con tsela, la palabra hebrea que significa "costilla”. Eva, aunque destinada a ser la compañera de Adán, demostró que era una tsela, un "obstáculo" o "infortunio". La creación de Eva con la cola de Adán es un mito todavía más perjudicial, tal vez sugerido por el nacimiento de un niño con el vestigio de una cola en vez de un coxis, lo que no es infrecuente.

10. La fábula de la huida de Lilit al Oriente y del subsiguiente casamiento de Adán con Eva puede recordar- no obstante, un episodio histórico primitivo: los pastores nómadas admitidos en el reino cananeo de Lilit como huéspedes (véase 16.1) se apoderaron de pronto del poder, por lo que la familia real huyó y ocupó un segundo reino que debía fidelidad a la diosa hitita Heba.

El significado de "Eva" es motivo de discusión. En Génesis III.20 se explica Hawwah como "madre de todos los vivientes", pero ésta puede ser una forma hebraizada del nombre divino Heba, Hebat, Khebat, o Khiba. La diosa, esposa del dios de la tormenta hitita, aparece montada en un león en la escultura de una roca de Hattusas —lo que la iguala con Anat— y como una forma de Ishtar en los textos hurritas. Se la adoraba en Jerusalén (véase 27.6). Su nombre griego era Hebe, la diosa esposa de Heracles.




En Los mitos hebreos. El Libro del Génesis
Buenos Aires, Editorial Losada, 1969
Título original:
Hebrew Myths
The Book of Genesis
© 1963, 1964 by International Authors N. V.
y Dr. Raphael Patai, Great Britain

Imagen: Anselm Kiefer, Lilith, 1987-1990
Oil, emulsion, shellac, plumb, poppy, hair and clay on canvas, 380 x 560 cm.
© Anselm Kiefer, 2011, Courtesy Stiftung für Kunst und Kulture.V.




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Emil Cioran: Conversación con Luis Jorge Jalfen

1 de junio de 2016



Señor Cioran, yo procedo de Argentina, que es un país muy lejano en el espacio, pero muy próximo a la tradición europea, lo que nos plantea cíclicamente problemas de identidad cultural. Sin embargo, hay una gran diferencia entre los norteamericanos y los sudamericanos. Me gustaría iniciar esta entrevista preguntándole cómo ve el futuro de América.
Por lo que se refiere a Norteamérica, se trata, a mi juicio, de una civilización sin futuro y no hablo desde el punto de vista técnico.
Sí, creo que nos referimos al sentido de la existencia.
Norteamérica no tiene la voluntad de imponerse en la historia. Ha defendido valores que le resultan totalmente exteriores. Sin embargo, lo interesante es que todo lo que emprende fracasa.
Pero he decirle que en la América latina nuestro problema es que las clases dirigentes creen en el progreso como si fuéramos europeos y no sudamericanos. Se piensa que hay una historia única, a la que corresponde un recorrido lineal, por lo que basta con que nos lancemos por él. A la cabeza del «progreso» y del consumo van Estados Unidos, Alemania, Francia y los países nórdicos. El resto corre detrás, en vías de alcanzarlos. Pero como las magnitudes corresponden exactamente a los países «desarrollados», nunca podremos, como en la paradoja de Zenón, alcanzarlos. Es necesario reconsiderar esa superchería del movimiento histórico regido por una sola medida.
El temor de todos esos países, de las grandes civilizaciones como Francia, Alemania, Inglaterra, es el de asumir responsabilidades. Lo que desearían es que la historia se hiciera lejos de ellos. Los pueblos no se encuentran en el mismo nivel de fatiga. Si todos estuvieran igualmente agotados, se establecería la armonía universal. Por desgracia, hay pueblos que no están fatigados. Francia tiene mil años de historia tras sí. Es el pueblo que ha hecho más guerras en un milenio, pero no parece que se hayan tenido en cuenta. El caso de Alemania es un poco diferente, no ha tenido existencia nacional, tiene un destino relativamente reciente en cuanto gran nación, gran potencia. Por eso ha podido provocar dos guerras mundiales. Fue necesaria la participación del mundo entero para poner coto a su avance. Pero ahora está en el mismo nivel que Francia e Inglaterra. Creo incluso que de momento está curada del deseo de conquistas. De cualquier forma, la historia universal se reduce a eso: las naciones no pueden llegar al mismo grado de agotamiento.
Creo que la cuestión que plantea usted debe relacionarse con la falta de conciencia de la finitud. Hace unos días, leí ciertas declaraciones de Leonardo Sciascia —un escritor italiano que acaba de recibir un premio—, según las cuales Occidente carece de un auténtico sentimiento de la muerte, de una verdadera conciencia de los límites. Atribuye muy poco valor a la vida, a la calidad de la existencia.
Es una huida ante la muerte, se trata del rechazo de la muerte. Cuanto más civilizado se es (en el mal sentido del término), más se rechaza la muerte. Para el hombre del campo, para los antiguos habitantes de la Tierra, la vida y la muerte estaban situadas en el mismo plano. El hombre de ciudad, al contrario, deja de lado la muerte, la escamotea.
Y más aún: ahora la muerte es administrada por la medicina, que es su burocratización.
Eso es, precisamente, escamotear la presencia de la muerte, para velarla y enmascararla. Por eso el hombre occidental, el hombre civilizado, se siente mal, acude precipitadamente al médico, al farmacéutico. En mi opinión, se trata del terror al sufrimiento.
Pero, volviendo a lo que decíamos antes, no es la evolución histórica o la simple evolución la que explica la tragedia del hombre. Es la tragedia inicial: en eso estriba el problema, en el hecho de ser hombre, que es trágico en sí.
Hay una clase de problemas que me preocupa mucho: se trata de las cosas en cuanto tales; quiero decir que hablamos de la condición humana y de su carácter metafísico, de que la expulsión del Paraíso y todos esos fenómenos primordiales y originales sellan el destino de la existencia. Pero, ¿hasta qué punto no van incluidas esas determinaciones metafísicas en el significado de las cosas mismas, de todas las cosas? Creo que somos aún demasiado humanistas y románticos.
Porque estamos contaminados por el hombre y por su deseo de dominación.
Mientras que los filósofos, que deberían ser los que hablaran de lo que es, se dedican a escribir sobre la conciencia, la percepción, los valores, el conocimiento, nuestra cultura, para saber lo que es una rosa, el sol, el espacio y el tiempo o la vida, prefiere fiarse de los botánicos, los astrónomos, los físicos y los biólogos.
Es que parece que la aparición del hombre se hubiera debido a una explosión de megalomanía. La ambición es la causa de los desastres. Es lo que hace desgraciada a la gente, deseosa de superarse. Todo el mal se debe a esa voluntad de superación, a esa enfermedad mental, a esa omnipotencia.
El hombre es una aparición extraña, fruto de un deber original que lo impulsa a ir más allá de sus límites, más allá de lo humano. Eso es lo que lo ha marcado y —cosa extraordinaria— por eso está condenado. El hombre ha forzado sus propios límites. El hombre no es nada o, en todo caso, es poca cosa. Pero, al querer serlo todo, está perdido, por falta de modestia, y ahora ya no puede detenerse. Por eso no hay nada que hacer y en eso estriba también el aspecto genial del hombre. Es necesario que continúe; en eso estriba la lógica de la existencia humana. Es normal, en definitiva. Si hay una palabra para designar el porvenir, es «estancamiento». Está destinado a estancarse, porque todo destino excepcional entraña una caída. Estoy cada vez más convencido de que el hombre acabará —metafísica, históricamente— siendo un fantasma, una sombra, o que llegará a ser como un jubilado o un imbécil. No tiene «salvación», porque la vía que ha seguido es necesariamente nefasta. Si me opongo a las utopías, es porque el hombre se ha internado por un camino que ha de conducirlo por fuerza a su pérdida. No puede comportarse de otro modo, no puede retroceder y en eso radica su tragedia. El hombre lo tiene todo, salvo la sabiduría. Por ejemplo, conozco a mucha gente que se siente tentada por ésta, pero son monstruos negados para la sabiduría, y yo mismo soy más negado que los demás. Somos todos la negación de la sabiduría.
Señor Cioran, me pregunto y le pregunto: ¿cuál es el papel del pensador, en estos tiempos de extravío?
Sólo el de dar testimonio. No puede ejercer la menor influencia sobre el curso de las cosas. El pensador aporta un testimonio. Es como un guardia que acaba de advertir un accidente. Ese fue el caso de Montaigne, pero su mensaje no surte efecto en los pensadores. Hay gente que ha tenido un destino interesante, pero entre los filósofos no hay sabios. El hombre se ha vuelto fundamentalmente incapacitado para la sabiduría.
Mire, yo no soy filósofo. Hice estudios de filosofía en mi juventud, pero en seguida abandoné la idea de dedicarme a la enseñanza. No soy sino un Privat Denker —un pensador privado—, intento hablar de lo que he vivido, de mis experiencias personales, y he renunciado a hacer una obra. ¿Por qué una obra? ¿Por qué la metafísica? Camap dijo algo profundo: «Los metafísicos son músicos sin dotes musicales».
¿Qué respondería, si le preguntara dónde está el tabernáculo? Es decir: ¿dónde están las Tablas de la Ley? ¿Quiénes son sus custodios? ¿Dónde podemos encontrar ciertos tipos de prueba de la divinidad, no quiero decir, evidentemente, en persona, sino como fenómeno original de la presencia, como manifestación de la verdad? ¿Hay cronistas así entre nosotros? ¿Existen testigos semejantes?
Sí, existen. Podemos encontrarlos en cualquier medio y no tienen la menor relación con lo que se llama el nivel intelectual. Yo he tratado a gente de todas clases, gente que ha comprendido. Para mí, la humanidad se divide en dos categorías: los que no han comprendido (casi toda la humanidad, de hecho) y los que han comprendido, que son sólo un puñado. Pero, además, ¿qué quiere decir «haber comprendido»? Conocí a un mendigo en París que tocaba la flauta en las terrazas de los cafés. Reflexionaba todo el tiempo. Un día, completamente desesperado, vino a mi casa. Hasta entonces yo había creído que había muerto, pues llevaba años sin verlo y carecía de domicilio fijo, no se le conocía una casa. Unas veces dormía en los puentes, otras en grandes hoteles, pues ganaba mucho dinero, pero se lo gastaba todo. En aquella ocasión le dije: «Mira. Tú eres el mayor filósofo de París. El único gran filósofo contemporáneo». Me respondió: «Te burlas de mí. Te ríes de mí». Protesté: «No, de ningún modo. Te he dicho eso, porque tú vives, reflexionas todo el tiempo; experimentas los problemas y tus problemas están combinados con tu vida». Su existencia me recordaba a la de los filósofos griegos, que exponían sus teorías en las calles y los mercados. Sus palabras se confundían con la vida misma.
Pero, volviendo a lo que decíamos, hay que reconocer que los que hancomprendido son por lo general quienes han fracasado en la vida. Recuerdo otro caso, el de alguien que había sido muy rico en uno de los países de la Europa oriental. Tras haberío perdido todo, vivía en una buhardilla. Una vez me dijo algo extraordinario: «El régimen comunista me despojó de todo, pero se lo agradezco, porque, al perderlo todo, encontré a Dios». ¿Ve usted por qué el fracaso es indispensable para el progreso espiritual? El fracaso es una experiencia filosófica capital y fecunda.
Durante mi juventud, frecuenté a alguien que tuvo sobre mí una influencia inmensa. Tenía que casarse y el propio día de la boda, en el último momento, desapareció: abandonó a todo el mundo y a su futura esposa. Desde entonces llevó una vida de marginal. Es un hombre que afortunadamente no persigue ninguna meta en la vida; todas las veces que me lo encuentro, habla como un sabio. En cambio, el hombre que triunfa es el que sólo ve su meta personal.
Señor Cioran, en estas entrevistas que ha tenido la amabilidad de concederme, no podemos dejar de considerar la situación del hombre occidental. Creo que en Argentina nos preocupa muy en particular. Tenemos la impresión de que ni el sufrimiento contemporáneo ni la sociedad de consumo ni la sociedad supuestamente «socialista» pueden serenarlo. Parece que ese sufrimiento universal se manifestará siempre con formas nuevas.
Es que hay en nosotros un miedo terrible a sufrir. Pero, en definitiva, ¿tiene sentido pretender erradicar el dolor? Dado que incluso los hombres primitivos lo han sufrido, el dolor es una constante. Antes no había medicamentos, pero hoy se ha inventado un conjunto de medios para evitar el sufrimiento. Piense que el cristianismo, por ejemplo, quedaría privado de toda consistencia, si se suprimiera la idea del sufrimiento y del dolor. En nuestros días, el escamoteo de esa dimensión metafísica caracteriza al hombre civilizado. Por mi parte, no soy creyente, pero la religión me interesa y lo paradójico es que numerosos creyentes, al contrario, no se interesan lo más mínimo por la religión y lo que entraña. Porque, si se suprime el mal o el pecado original —que están vinculados con el sufrimiento—, el cristianismo carece de sentido. Entre muchas otras cosas, resulta imposible explicar la historia del hombre occidental.
¿Cree usted que la filosofía tiene algo que decir respecto de ese escamoteo del dolor y de la muerte?
No lo creo. Podemos decir que la filosofía está, en el fondo, disociada; se ha convertido en una actividad por sí misma. ¿Qué significa eso? Que antes incluso de haber abordado un problema, toma la palabra y cree, así, decir algo sobre la realidad. El que «inventa» la palabra «revela» a veces la realidad, pero, en mi opinión, no es ésa la vía adecuada: puede ser extraordinariamente peligrosa. Por eso creo que en filosofía no es necesario inventar sin cesar palabras nuevas, términos técnicos. Nietzsche no creó palabras, sin que por ello resultara empequeñecida su obra. Muy al contrario: esa tecnificación es el gran peligro de la filosofía universitaria y es lo que la aleja de las cosas.
Parece que los imperativos técnicos han invadido la esfera del pensamiento y de lo que solemos llamar las «humanidades».
Pero fíjese en que, en el fondo, todo el mundo sabe que la especialización y la técnica destruirán el mundo y ahora es necesario reconocerlo como un hecho incontrovertible. Antes los padres creían que el futuro de sus hijos sería feliz; decían: «Para ellos, las condiciones serán más favorables». Ahora, compadezco a esos hijos de ayer, porque seguramente sienten que su vida ha cambiado; ahora existe el progreso, todo el mundo habla de él, pero el propio progreso está comprometido. En los tiempos antiguos, había el miedo al fin del mundo —algo que iba a llegar—, pero ahora el apocalipsis está ya presente, de hecho, en las preocupaciones cotidianas de todo hijo de vecino.
Eso es interesante, pues sugiere usted que todos, en su fuero interno, tienen la terrible convicción…
Sí…
Perdóneme, pero eso puede brindarnos la posibilidad de abordar la esencia de un problema importante sobre el que basar el diálogo reflexivo y hacia el cual orientar nuestra atención.
Pero sin que el diálogo pueda impedir la catástrofe que, de hecho, está ya ahí. Podemos llevar la comprensión del problema o el diálogo hasta el fin, pero, en mi opinión, eso no impide —como ya he dicho— la catástrofe.
¿A qué llama usted «catástrofe»? No se trata de la explosión de la bomba atómica.
No aunque también eso forma parte de ella. El peligro de una explosión nuclear va incluido seguramente en lo que llamo «catástrofe», pero no es interesante, porque es evidente.
Es que el hombre de hoy vive bajo la presión de imperativos que considera naturales. La industrialización nos ha costado el alma —como a Fausto— y no sabemos qué hacer con el tiempo ganado. Sin embargo, en virtud de un mecanismo extraño, todo contribuye a aumentar los prejuicios, que son moneda corriente. Peor aún: las propias criticas son engullidas por el Gran Moloch. Ya sabe usted que esta cultura puede digerirlo todo. El propio Nietzsche, por ejemplo, que fue uno de los críticos más eminentes de los «éxitos» de la sociedad industrial de consumo naciente, forma parte de los programas universitarios en los que se lo consume.
Pero ese peligro acecha a todo el mundo; es el peligro del éxito. Me gustaría recordarle unas palabras de Pascal: «No puede usted imaginarse los peligros de la salud y las ventajas de la enfermedad».
El drama de la existencia en general consiste en que todo lo que se gana por un lado, se pierde por otro. La humanidad habría podido perfectamente permanecer inerte. Si vamos al fondo de las cosas, nos damos cuenta de que habría sido mejor para el hombre permanecer como estaba. ¿Por qué ese frenesí de novedad, de novedad en la esfera del pensamiento, de la poesía, en todo…? Siempre y una vez más la novedad. Es ridículo. Yo creo que la idea más sencilla, más directa, pero más difícil, es la de vivir con sus propias contradicciones. Es necesario aceptarlas.
En la esfera filosófica se impone hacer cohabitar las contradicciones, pero no, como pretenden la dialéctica y el marxismo, para superarlas. Para mí, esencialmente no hay superación, porque no hay verdad. Suponer lo contrario es intentar poner cortapisas a la esperanza o especular con la necesidad de salvación. Creo que se trata de aceptar lo que se presenta como extraño a nosotros, como lo otro, lo opuesto, sin esperar la menor gratificación de ello. Tal vez en eso consista la sabiduría: en definitiva, los orientales —y muy en particular el zen— lo saben, cuando hablan de reconciliación de los opuestos. Creo que aceptar las contradicciones entraña un comienzo de conocimiento.
¿Sabe una cosa? Hace tiempo yo me ocupé mucho del budismo. Me creía budista, pero, en definitiva, me engañaba. Al final comprendí que no tenía nada de budista y que estaba preso de mis contradicciones, debidas a mi temperamento. Entonces renuncié a esa orgullosa y falsa ilusión y después me dije que debía aceptarme tal como era, que no valía la pena hablar todo el tiempo de desapego, ya que soy más bien frenético. Tras haber aceptado las contradicciones, descubrí que, aunque no se tratara de una forma de equilibrio, al menos estaba mucho mejor que cuando vivía en la mentira. Lo terrible, cuando alguien practica la filosofía oriental, es que le dé una versión halagadora y autocomplaciente de sí mismo. Crees estar más allá de todo y de todos, pero al final superas esa fase y llegas a la conclusión de que eres un pobre hombre. Esos cambios son necesarios, porque no es posible crearse una imagen ideal de sí mismo, una imagen homogénea.
De acuerdo. Pero entonces, ¿cómo se debe vivir? Hoy la existencia está acosada por la precipitación. Para nosotros, que somos los hombres de la técnica, la dificultad en el mundo de las comunicaciones, de la televisión, de los cambios es: ¿cómo vivir con cosas de esa clase y qué relación establecer con ellas? Pues no podemos dejar de escuchar la radio ni evitar que nos atropelle un automóvil; estamos en un ámbito técnico y la cuestión es cómo dejar de pensar y de vivir bajo las órdenes de la lógica científica.
Estoy totalmente de acuerdo con usted.
Entonces, la cuestión que se plantea inevitable y urgentemente es cómo lograr no transformarnos en profetas del apocalipsis. Quiero decir que no se trata de caer en el pensamiento milenarista, que considera la realidad un castigo de los tiempos, de Dios sabe qué errores cometidos. Está claro que no podemos romper definitivamente con la técnica. La pregunta que sigue planteada es: ¿cómo vivir con ella?
A mí, por ejemplo, me gusta pasearme, pero no puedo hacerlo fácilmente en París. Debo tomar el tren para ir al campo. Con ello soy cómplice de la técnica.
Sí, pero el riesgo tiene mucho mayor alcance que esa complicidad primaria que compartimos todos. El desarrollo de la técnica hace creer que todo es posible y que a cada momento son posibles cosas nuevas, de carácter cualitativamente superior. En eso radica uno de los peligros: la fabricación de falsas ilusiones, de utopías de superioridad. Se trata del utopismo de los especialistas, que no es otra cosa que el sueño moderno de la dominación del mundo a partir de elementos técnicos.
Seguramente, pero se trata de una dominación absolutamente antinatural.
Ante este panorama, ¿cuál es su diagnóstico? O, dicho de otro modo: ¿dónde se incuba la catástrofe?
No podemos vaticinar nada de forma acabada. Nadie está en condiciones de verlo de forma precisa, pero lo que podemos decir es que la aventura humana no puede durar indefinidamente. La catástrofe, para el hombre, se debe a que no puede quedarse solo. No hay ni una persona que pueda estar sola consigo misma. Actualmente, todos los que deberían vivir consigo mismos se apresuran a encender la televisión o la radio. Creo que, si un Gobierno suprimiera la televisión, los hombres se matarían entre sí en la calle, porque el silencio los aterraría. En un pasado lejano, la gente se mantenía mucho más en contacto consigo misma, durante días y meses, pero ahora ya no es posible. Por eso podemos decir que la catástrofe se ha producido, lo que quiere decir que vivimos catastróficamente.
Ahora me gustaría hablar del carácter convivial de su escritura. Creo que usted practica un ejercicio testimonial en forma de registro. Se trata de una escritura itinerante, que enseña a vivir con el pensamiento y a ver las cosas. Lo digo porque, si no, se puede tener la impresión de que vive usted encerrado en una celda monacal sin contacto con la existencia, profundamente solitario y amargado.
Naturalmente, eso no es cierto.
No, pero quiero subrayarlo, pues su actitud es —al contrario— muy sana. Busca usted el campo, habla usted con los vagabundos, dialoga con la gente más sencilla y la más sofisticada y me parece que eso es importante, sobre todo aquí, en París, donde el formalismo y los prejuicios dominan en gran medida las relaciones humanas.
Mire, yo nací en un pueblecito de los Cárpatos, en Rumania. Cuando era pequeño, pasaba todo el tiempo fuera, en las montañas, desde el amanecer hasta la noche, como un animal salvaje. Cuando cumplí diez años, mis padres me trasplantaron a la ciudad. Aún recuerdo aquel viaje, en el que me transportaron en un coche de caballos: yo estaba completamente desesperado. Me habían desarraigado y, durante aquel trayecto de una hora y media, presentí una pérdida irreparable.
Esa historia puede servir de parábola: francamente, habría valido más que no hubiera habido civilización y que el hombre hubiese permanecido en la fase de la Biblia, del Génesis, para ser más precisos. En mi opinión, la verdad se encuentra en ese libro. Es un testimonio en el que está todo. Si lo leemos detenidamente, nos damos cuenta de que todo está explicado en él. Después no hay sino comentarios…
¿Incluso los de la ciencia?
Absolutamente. La ciencia es el escamoteo de la sabiduría en nombre del conocimiento del mundo.





Publicada originalmente en el libro de L. J. Jalfen: 
Occidente y la crisis de los signos, Buenos Aires, Editorial Galerna, 1982

Luego en Conversaciones
Título original: Entretiens
E. M. Cioran, 1995
Traducción: Carlos Manzano

Foto: Carol Prunhuber y Emil Cioran por Vasco Szinetar (Paris 1982)

Descarga libro completo: Ignoria



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De la ciudad de Damasco y de una imagen de la Virgen Sancta María que se tornó en carne y de otras cosas muchas

22 de mayo de 2016




Jean De Mandeville
Libro de las maravillas del mundo, Libro I, Cap. XXXIII


Pues que hos he contado alguna parte de las gentes que moran en aquellas partidas, agora tornaré a mi camino por donde hombre ha de volver acá.
Quien quiere tornar de la tierra de Basilea, de la qual ya hos he hablado, para acá debe venir por Damasco, que es una ciudad noble y hermosa llena de todas mercaderías y está a dos jornadas de la mar y a cinco de Hierusalem; mas sobre camellos y mulos y dromedarios traen todas sus mercadrías allí de la India y Persia y Caldea y Armenia y de otras muchas partes y regiones. Aquesta ciudad fundó Liester Domas, el qual fue moço de la despensa de Abraham ante que Isac fuesse nacido, y aquéste nombró la ciudad por su sobrenombre; en el lugar donde está la plaça d’esta ciudad mató Cayn a su hermano Abel: y encima d’esta dicha ciudad está el monte de Cayn. Y en esta ciudad de Domas ay muchas fuentes dentro d’ella y fuera, con muchos y hermosos huertos con diversos frutos.
Ninguna ciudad puede ser comparada a ésta porque es gran pueblo y es muy fuerte y es muy bien cercada de dos muros muy fuertes y hermosos; y ay en ella lugares muy aparejados para el exercicio militar. Assí mismo, ay ende muchos y buenos físicos y bien entendidos: sant Pablo fue aquí físico antes que se convertiesse, mas después lo fue de ánimas; y en esta misma ciudad fue san Lucas su discípulo en la arte de la física; y después en su conversión estuvo san Pablo en en Damasco tres días sin comer ni bever ni ver, y en aquellos tres días fue transportado a los Cielos, donde vio muchos secretos de Nuestro Señor Dios.
En esta ciudad ay un hermoso castillo, y de aquí torna hombre por santa María de Cernaday, que está a tres leguas de Damasco; y ay en esta Cernaday una hermosa yglesia, mas no es grande, la qual está encima de una roca y es muy lindo lugar que paresce castillo: aquí moran muchos monges negros y novayes, que son una condición de monges christianos. Y allí ay una bóveda debaxo de la yglesia donde tienen sus vinos, de los quales ay ende muy buenos; asimismo, en la yglesia ay un gran altar; en el muro de la dicha yglesia, ay una imagen de madera en una tabla, donde la ymagen de Nuestra Señora Sancta María fue en otro tiempo trayda pintada de color, la qual después se convertió en carne por milagro de Dios, mas de presente no se paresce sino muy poco de la imagen porque han puesto encima una losa de mármol blanco la qual está pendiente debaxo de aquélla.Y es de saber que esta imagen suso dicha por la gracia de Dios echa un licor que cae en una pila a gotas y el licor es casi semejante al azeyte, del qual licor dan a los peregrinos que ende vienen por quanto aquel licor viene por milagro y guaresce muchas enfermedades, y dizen que si es limpio y lo guardan por siete años se torna en carne y en sangre.
En este castillo de Credanay ay muchos «christianos dela cintura» los quales labran las tierras, y otra generación no está ende continuamente sino la suso dicha; y si por ventura alguno quisiere estar dentro del dicho castillo, sabed que antes que passe en año será muerto si no es christiano. D’este Cerdanay va hombre por el vall de Boliar, que es valle muy hermoso y fructífero y está entre montañas donde ay bellas riberas y prados y pastos grandes.
Y después passa hombre por las montañas de Líbano, que duran desde Armenia la grande de la parte de la tramontana hasta Aldam, que está de la parte de medio día al principio de la tierra de promissión, como arriba ya hos he dicho; estas montañas son muy fértiles y fructificantes, en las quales ay, assimismo, muchas fuentes muy hermosas [y] ay muchos cipreses y cedros y otros árboles diversos en gran número; contiene assimismo muchas villas y buenas.
Y al cabo d’estas montañas está la ciudad de Darqués y la ciudad de Dalsam y allí está un río que es llamado «Sathartam» porque corre mucho más el día del sábado que otro día de la semana. Item, ay otro río entre aquellas montañas el qual está helado de día muy fuertemente y de noche no. Y tornando por este camino está una montaña que es grande y alta, y llámanla «la gran montaña», en la qual ay una hermosa ciudad llamada «Trípol» donde están muchos christianos según nuestra fe.
Y de allí ymos a Barut, donde sant Jorge mató al dragón; aquí está una buena villa y un fuerte castillo, como arriba ya os he contado. De Damasco a Barut ay dos jornadas, y de Damiata a Barut tres. Y en Barut entra hombre en la mar de Sidón para haver de tornar a esta tierra, y dende al puerto del sur o de Tiro sin venir a Chipre, porque por esta parte conviene venir más que por otra porque arriban a algunos puertos de Grecia, que es camino derecho para venir en estas partes, como ya es dicho.










Juan de Mandeville (?): Libro de las maravillas del mundo (ca. 1370), Libro I, cap. XXXIII 
Título original: Libro de las Maravillas del mundo y del viage de la Tierra Santa de Hierusalem 
y de todas las provincias y hombres monstruosos que hay en las Indias 
Traducción: Ioan Navarro




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Gerardo Gambolini: De los libros recibidos

16 de mayo de 2016





Soledades

Pienso en nuestras húmedas reuniones
al final de un pasillo
bajo la sórdida luz y el incienso.
El humo asciende de los cuerpos
sin juntarse jamás.
Sólo neblina.
Ni Eteocles ni Polinices. Ni siquiera atavismo.




Circe

Ahora que ya no existes
que apenas eres una idea que entibio
como el opio
te retiro el derecho de usar mi alma.
Soy voluntariamente libre
para escandalizar mi vida en el dominio
de otra esfinge:
¡Mi vieja Circe, me purifico!

Tu favor me importó más que la muerte
pero el azar ordena un poco el movimiento.
Ahora quiero cifras; cifras y viajes egeos
en compañía de mi fortuna.
Ya no hay rencor en mi palabra.
Yo soy ahora el arqueólogo delfín disfrutando a gusto
del espacio
y tú, probablemente,
la misma mujer hermosa de la urbe.




Atila

El tiempo ha sido bronce, barro, piedra, fuego y azar;
días irrelevantes, campañas de invierno,
sombras y luz.
Parecemos obligados a buscar un absoluto.

El tiempo, que fue victorias efímeras y pérdidas efímeras,
separa dos razas entre hombres:
los que agotaron la vida con astucia, bien o crueldad,
y permanecen un poco en la memoria de otros,
en el juicio innecesario de otros

Y nosotros la Hiedra,
menos que nombres que nunca han existido: Otelo,
Dédalus, Kurtz, Erdosain.
Creemos —siempre creímos— que distinguir lo malvado
y lo mediocre nos redime. Tal vez.
Sin embargo, nuestro único absoluto es el olvido.


Buenos Aires, Libros de Tierra Firme, 2000





Walden

I. Dejo el bosque definitivamente
para volver a las construcciones humanas.
El silencio también
engendra peste.

II. La realidad se vuelve más sospechable y fragmentaria
cada invierno.
Ordeno palabras, pulcra, pasivamente.
La primera persona del plural
me parece por momentos un abuso.

III. Cada vez más
aspiro únicamente
a las buenas imitaciones.

Los verbos empiezan
a conjugarse en pasado.




Los visitantes de la noche

Nunca volví a saber
de Alain Cuny, o del actor que hacía el diablo,
o de la voz de Michele Arnaud.
Hace años,
hubo para ellos una leve inmortalidad.

Dónde está la cámara
que nos filma a nosotros
antes de que entremos para siempre en el silencio
habiendo callado tantas cosas.





Uno de esos condenados sin remedio será Arquelao, 
según creo, y los serán cuantos sean tiranos de esa especie.
 Platon: Gorgias*

En un lugar de Polinesia, creo,
miles y miles una noche
los pájaros caían en picada contra el piso.
Así daba las órdenes yo
de los motores.
La muerte es otra cosa así de cerca, y miserable.
Toda una noche como aquélla, fría.
Elijo el destierro.
¿Qué saben ellos en la Asamblea?




* En Faro vacío (Buenos Aires, 1983)
Luego en Arañas 
Buenos Aires, Libros de Tierra Firme, 2007




Gerardo Gambolini: Libros recibidos
Libros recién recibidos
[sin dedicatoria]






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Moby Dick by David Austen





Fuente y audio: Moby Dick Big Read




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George Steiner: Desde la casa de los muertos

13 de mayo de 2016




Albert Speer fue el arquitecto y ministro de armamento y producción de guerra de Hitler. Dos rasgos lo distinguen del resto de los criminales nazis. Primero, había en los sentimientos de Speer hacia Hitler un núcleo de afecto desinteresado, de calor que iba más allá de la fascinación animal. El 23 de abril de 1945, con Berlín convertido en un mar de llamas y todas las oportunidades de una escapatoria segura casi perdidas, Speer regresó a la capital para despedirse personalmente del Führer. La total frialdad de la reacción de Hitler lo destrozó. Segundo, Speer mantuvo vivo en su interior un atisbo de cordura y sentido moral durante el tiempo que duró el circo demencial del Reich y luego por espacio de casi veinte años de prisión en Spandau. Son estos dos elementos —el hechizo ejercido sobre él por la persona de Hitler y la decisión de salir cuerdo de dos décadas de entierro en vida— lo que domina Spandau: The secret diaries (traducido del alemán para Macmillan por Richard y Clara Winston[*]).
En los procesos de Nuremberg por crímenes de guerra, Albert Speer reconoció que era él quien en última instancia estaba a cargo de la utilización de los muchos millones de trabajadores esclavos que componían el arsenal del Reich. No había estado directamente implicado ni en la brutal mecánica de la deportación que trajo a aquellos desdichados seres humanos desde los territorios ocupados, ni en el maltrato y exterminio rutinario que con frecuencia siguieron. Pero le había correspondido el señorío supremo de la movilización fabril e industrial, y hasta ese punto Speer admitió su culpa, incluso habló extensamente de ella. La sentencia de veinte años de prisión pareció, desde un principio, brutal, y se pensó que reflejaba las insistencias soviéticas. Casi inmediatamente después de Nuremberg hubo murmuraciones en el sentido de que las autoridades rusas no tenían ningún deseo de ver a tan brillante director de armamento y obtención de materiales pasar con toda tranquilidad a manos occidentales.
Speer entró en la prisión de Spandau, en Berlín, el 18 de julio de 1947; salió de ella la medianoche en punto del 30 de septiembre de 1966. Junto con el tiempo pasado en la cárcel de Nuremberg tras ser sentenciado, fueron exactamente veinte años. Speer cumplió la segunda década de su sentencia con la única compañía de otros dos hombres: Baldur von Schirach, antiguo jefe de las Juventudes Hitlerianas, y Rudolf Hess. Speer entró en el resonante ataúd de Spandau a los cuarenta y dos años, en la cima de sus capacidades y después de una carrera meteórica. Fue puesto en libertad a los sesenta y uno. Pero se pasó el cautiverio escribiendo: más de veinte mil hojas de notas de diario, cartas autorizadas y clandestinas, fragmentos de autobiografía. Escribió en hojas de calendario, tapas de cartón, papel higiénico (el tradicional papiro del preso). Y consiguió sacar de contrabando de Spandau este prodigioso alijo a pesar del vigilante escrutinio de los guardianes americanos, rusos, británicos y franceses. Speer sacó de contrabando suficiente material para su primer libro, Memorias, para su diario de la prisión y, si ciertos indicios son correctos, para lo que tal vez fuera un estudio a gran escala de Hitler. ¿Cómo lo hizo? La explicación de Speer es a la vez curiosamente circunstancial y esquiva. Nos dice que tiene que proteger la identidad de quienes le ayudaron. El principal canal fue uno de los enfermeros de la prisión, que, irónicamente, había sido a su vez un deportado en la máquina de guerra del Reich. Pero tuvo que haber otras vías. Es difícil evitar la impresión de que las autoridades, en especial las de las tres potencias occidentales, tenían que saber algo del voluminoso comercio de Speer con el mundo exterior y con el futuro. Incluso, en una fecha tan temprana como octubre de 1948, la esposa de un importante editor judío de Nueva York se puso en contacto con un miembro de la familia de Speer en relación con sus memorias (la sutil indecencia de la idea le resultó repelente a Speer, aunque no a la señora).
Hitler llena este libro como una niebla negra. En los primeros años de su cautiverio, Speer trató de recordar y relatar metódicamente la historia de su relación con el Führer. Muchas de las estampas son memorables. Vemos a Hitler planeando crear un centro mundial de arte en su ciudad natal, Linz. Lo observamos durante los años de su ascenso sonambular al poder, entre las enloquecidas multitudes ansiosas por verlo pasar como un torbellino en un coche abierto, o en la íntima compañía de sus matones, perorando, burlándose, pontificando y cayendo, bruscamente, en el silencioso vórtice de su visión. Hay extraordinarias instantáneas de Hitler en una vena doméstica en Obersalzberg, afanándose en una espontánea sociabilidad entre sus adláteres, asistentes y seguidores de su campo, cuyas vidas pendían de su aliento. Speer deja constancia de las opiniones de Hitler sobre literatura (el individuo tenía pasión por Karl May, la versión alemana de Fenimore Cooper), sobre escultura, sobre el sentido de la Historia. Rememora los momentos de generosidad mostrados por el Führer a sus compañeros y partidarios de los primeros tiempos y habla de la obsesión de Hitler por el fuego, por las llamas en la chimenea y la tempestad de fuego sobre la ciudad.
Speer sabe que Hitler está estrechamente engranado con la raíz de su propia identidad. 20 de noviembre de 1952: «Sea cual sea el giro que dé mi vida en el futuro, siempre que se mencione mi nombre la gente pensará en Hitler. Nunca tendré una existencia independiente. Y a veces me veo como un hombre de setenta años, con hijos ya adultos desde hace mucho y nietos que van creciendo, y dondequiera que vaya la gente no me preguntará más que por Hitler». Tres años antes, Speer cavila sobre la predestinada lógica de su encuentro con el Amo: «Yo consideraba a Hitler, sobre todo, como el preservador del mundo del siglo diecinueve contra aquel perturbador mundo metropolitano que, me temía, estaba en el futuro de todos nosotros. Visto así, quizás en realidad estuviera esperando a Hitler. Además —y esto lo justifica aún más— me comunicó una fuerza que me elevó muy por encima de los límites de mis capacidades. Si esto es así, entonces no puedo decir que me apartara de mí mismo: por el contrario, a través de él encontré una identidad realzada».
En el túnel interminable de los días en prisión, Speer trata de llegar a una imagen clara del hombre que construyó y destrozó su vida. Si hubo crueldad —aunque de un género curiosamente abstracto, indiferente—, megalomanía, una áspera vulgaridad, autocompasión y falsedad más allá del alcance humano corriente, hubo también justo lo contrario. Speer conocía a Hitler como «un solícito padre de familia, un superior generoso, afable, ecuánime, orgulloso y capaz de entusiasmo por la belleza y la grandeza». Este último punto obsesiona a Speer. La política de Hitler en relación con las artes y la arquitectura podía surgir de una brutal miopía. Pero en otros momentos había verdaderos destellos de percepción, relámpagos de inventiva y saber. El carisma del individuo era profundo y frío, a un tiempo paralizador y magnético. Y también lo era su desnudo filo intelectual con respecto a la táctica política, el dominio retórico y la penetración psicológica de los cansados o corruptos jugadores en la sombra que se enfrentaban con él en el país y en el extranjero. «Verdaderamente venía de otro mundo… Los militares habían aprendido todos a vérselas con una gran variedad de situaciones inusitadas. Pero no estaban en absoluto preparados para vérselas con aquel visionario».
No hay nada nuevo en todo esto. Otros testimonios han hecho rutinaria la imagen de pesadilla. Pero Speer sí toca asuntos de primera importancia cuando se propone diagnosticar el antisemitismo de Hitler. Solo recuerda una única conversación sobre el asunto entre el Führer y él (en el nauseabundo miasma de la charla de sobremesa de Hitler apenas encontramos una alusión al mundo de los campos de concentración). Sin embargo, al repasar más detenidamente el enorme cúmulo de sus recuerdos, Speer llega a la conclusión de que el odio a los judíos fue el eje absoluto e inconmovible del ser de Hitler. La totalidad de los planes políticos y bélicos de Hitler «era un mero camuflaje para este verdadero factor motivador». Reflexionando sobre el testamento de Hitler, con su visión apocalíptica de la culpa de la guerra, que atribuía a los judíos, y del exterminio de los judíos europeos, Speer viene a darse cuenta de que dicho exterminio significaba más para Hitler que la victoria o la supervivencia de la nación alemana.
Los historiadores racionalistas han discutido esta cuestión. Se han esforzado en encontrar un marco económico-estratégico «normal» para la carrera de Hitler. Speer se acerca mucho más a la verdad. No es posible entender bien el fenómeno Hitler —con su venenosa magia y con la atrocidad de su autodestrucción— si no nos fijamos estrictamente en el motivo central del antisemitismo. En cierto tenebroso modo, Hitler vio en la mesiánica coherencia del pueblo judío, en su manera de permanecer apartado, en la metáfora de que es un «pueblo elegido», un inalterable contrapeso burlón a sus propios impulsos más íntimos. Cuando proclamó que el nazismo y el judaísmo no podían coexistir, que uno de los dos debía ser aniquilado en un conflicto final, estaba afirmando una verdad demencial. Al tener noticia del juicio de Eichmann y de las pruebas del Holocausto, que no cesan de aumentar, Speer anota que su propio deseo de ser liberado de la prisión se le antoja «casi absurdo».
Pero el deseo persistió, desde luego. Este es el sentido de toda la literatura carcelaria: la esperanza contra toda esperanza de que más de siete mil días invariables pasarán, de que es posible dar un significado o una forma consoladora al tiempo atravesando un vacío de veinte inviernos. La asfixia de Speer se hizo peor a causa de las repetidas rachas de rumores: John McCloy, el alto comisario estadounidense para Alemania, estaba presionando para que se mitigara su condena o fuese liberado; Adenauer se mostraba comprensivo; el Foreign Office británico había realizado acercamientos a los rusos. Sin duda la Guerra Fría conduciría a la evacuación de Spandau y a una visión más oportuna de los crímenes de Speer. ¿Por qué iban a dejar las potencias occidentales que el brujo del armamento alemán se pudriera cuando ellos mismos estaban remilitarizando Alemania? Pero todas las esperanzas se revelaron falsas y Speer acabó por soportar, y expresar, la convicción de que tendría que cumplir su pena hasta la última y casi inconcebible medianoche.
Conservó la cordura utilizando medios clásicos en los testimonios de sepultados en vida. Daba afanosos paseos cotidianos por los terrenos de Spandau, llevando un cálculo exacto de la distancia. Al final había recorrido 31 939 kilómetros. Pero esa marcha forzada era más que un ejercicio abstracto. Speer se imaginó que daba la vuelta al mundo a pie, desde Europa, pasando por Oriente Próximo, hasta China y el estrecho de Bering, y luego cruzando México. Mientras caminaba, evocaba mentalmente lo que conocía del paisaje, la arquitectura y el clima pertinentes. «Ya estoy en la India», dice una típica entrada de diario, «y conforme al plan estaré en Benarés dentro de cinco meses». Luego estaba el jardín de la prisión. A partir de la primavera de 1959, Speer dedicó cada vez más tiempo y energía a cultivarlo. Cada arbusto, cada lecho de flores pasó a ser objeto de un tenaz diseño y cuidado: «Spandau se ha convertido en un sentido en sí mismo. Hace mucho, tenía que organizar mi supervivencia aquí. Eso ya no es necesario. El jardín ha tomado plena posesión de mí».
Speer leía infatigablemente: historia, filosofía, literatura narrativa e, inquietantemente, libros que trataban de los acontecimientos en los que él mismo había tenido un papel tan drástico. Cuando se le permitió ver revistas de ingeniería y arquitectura, puso su empeño en refrescar sus habilidades y mantenerse en algún tipo de contacto con el mundo exterior, que estaba cambiando. Speer dibujaba: planos para casas unifamiliares, muy apreciados por sus carceleros rusos, siluetas y perfiles de monumentos ahora convertidos en escombros y, ocasionalmente, extrañas escenas alegóricas en las que resonaba estridente la soledad. Por encima de todo escribía: miles y miles de páginas. Su razón pendía de este sólido hilo.
Sin embargo, hubo períodos de desesperación y casi locura: al final del décimo año, cuando los almirantes Dönitz y Raeder fueron puestos en libertad tras cumplir su condena; en julio de 1961, cuando el temor a haber extraviado una de sus cartas ilegales lo sumió en un pánico frenético. Cuando el derrumbamiento parecía inminente, Speer se permitía una «cura de sueño», tres semanas a píldoras para dormir, que le garantizaban noches ininterrumpidas y días borrosos. Pero más que nada recurría a su formidable resistencia. Después de una semana en una celda de castigo, donde pasó once horas diarias sentado sin moverse ante las lisas paredes, Speer salió «tan fresco como el primer día».
Las estratagemas de las autoridades aliadas —actuando, desde luego, en nombre de la ofendida humanidad— no siempre contribuyen a una interpretación agradable. Después de once años de prisión, Speer pidió lienzos y pinturas al óleo. Esta peligrosa petición fue denegada. Nunca se dirigían a los presos por sus nombres —únicamente por el número que llevaban en la espalda—, pues llamar a un hombre por su nombre es hacerle el honor de su humanidad. Las visitas familiares siguieron siendo escasas y breves. Debían tener lugar en presencia de los observadores soviético, americano, francés y británico. Pasaron dieciséis años antes de que se permitiera a Speer, por un descuido bondadoso, pasar un instante a solas con su esposa. Llegado el momento, estaba demasiado paralizado para tocarle siquiera la mano. Los estereotipos nacionales marcan a los diferentes carceleros y oficiales responsables (Spandau está bajo el mando de las cuatro potencias ocupantes por turnos de un mes). Los ingleses son puntillosos. Los franceses hacen gala de cierta fácil fanfarronería. En la inocencia y espontaneidad americanas hay con frecuencia un filo de brutalidad. Durante cada «mes soviético», la dieta carcelaria cae en picado. Pero el personal soviético está ansioso por instruirse. Mientras sus colegas occidentales hojean novelas policíacas o se quedan dormidos haciendo crucigramas, los rusos de Spandau estudian química, física y matemáticas o leen a Dickens, Jack London o Tolstói. De acuerdo con las variaciones en la temperatura de la Guerra Fría, las relaciones interaliadas dentro de la prisión se hacen más tensas o más relajadas, y los presos son tratados en consecuencia. Durante la crisis cubana de los misiles, la tensión eléctrica proporciona a los presos un centro de gravedad. Es el guardián ruso el que trae la noticia de la paz.
Son las instantáneas como esta, risibles y trágicas, las que hacen soportables estas claustrofóbicas páginas. Speer tiene una mirada entrenada. En Nuremberg pasa por delante de las celdas de los que están esperando para ser ahorcados: «Como prescriben las normas, la mayoría de ellos están tumbados boca arriba, con las manos encima de la manta, la cabeza vuelta hacia el interior de la celda. En su inmovilidad, ofrecen un espectáculo fantasmal; parece como si los hubieran colocado ya en sus ataúdes». En el invierno de 1953, se permite un sillón al preso número 3, Konstantin von Neurath, antaño ministro de Asuntos Exteriores de Hitler (la salud del anciano se estaba deteriorando). Speer reconoce ese sillón como el que había diseñado para la Cancillería de Berlín en 1938: «La tapicería de damasco está desgarrada, ha perdido el brillo, la madera está arañada, pero todavía me gustan las proporciones, en especial la curva de las patas de atrás». Las orgullosas monstruosidades que Speer había construido para el Reich, las columnas de un rojo vivo y los pórticos triunfales de mármol han caído en el olvido. Quedan dos cosas: el recuerdo de la impalpable «catedral de hielo», que Speer creó usando los rayos de ciento treinta reflectores en una asamblea del partido en Nuremberg, y este sillón.
Conforme se aproxima la puesta en libertad, la mente de Speer le hace jugarretas de mal agüero. Deja de oír la radio. Ordena a su familia que cese toda correspondencia. Nítidos sueños le revelan que nunca volverá a casa, que nada compensará nunca su vida no vivida. Tres días antes de partir: una vez más, arranca los hierbajos del jardín para que todo quede en perfectas condiciones. Percibe, como todos los que han estado largo tiempo presos, que su relación con su prisión se ha tornado «semierótica», que, de alguna disparatada manera, ya no desea salir del féretro que ha dominado. El último día, mientras aguarda que Schirach y él sean puestos en libertad, Speer añade diez kilómetros a su vuelta al mundo. El clímax es un toque de terror y desolación humana más allá del alcance de la ficción. Están descargando grandes montones de carbón en el patio de la prisión. Speer está junto a Hess, mirando: «Entonces Hess dijo: “Cuánto carbón. Y desde mañana, para mí solo”». Era el 30 de septiembre de 1966. El viejo vándalo demente, que no había tenido parte en las mayores atrocidades nazis por haber huido en avión a Escocia, permanece todavía en Spandau, solo, custodiado por cuatro ejércitos en miniatura y treinta y ocho mil metros cúbicos de espacio amurallado. Las potencias occidentales han apremiado hace mucho para su liberación. La Unión Soviética se niega, por temor a perder la única mínima posición militar que tiene en Berlín Este. Nuestra aquiescencia al chantaje ruso en este rasgo de inhumanidad está fuera de todo comentario.
Pero dicho esto, y reconocido el vigor del testimonio y de la supervivencia de Speer, hay que dejar claro otro aspecto. En Spandau había libros y música, cartas de la familia y atención médica. Durante tres de cada cuatro meses, la comida era excelente. Había baños calientes y un jardín que cuidar. No se ahogó a nadie, no se sumergió en excrementos ni se quemó a nadie poco a poco hasta convertirlo en cenizas. En pocas palabras, veinte años en Spandau eran un paraíso en comparación con un solo día en Belsen, Majdanek, Auschwitz o cualquiera del centenar de los anexos del infierno construidos por el régimen al que Speer sirvió de forma tan brillante. La fuerza y el dolor de este libro es que uno tiene que decirse esto a sí mismo, ya que no puede decírselo a él (que ahora declara saberlo). Sin embargo, ni siquiera decir esto es bastante. No es solo en comparación con Belsen como Spandau es una cura de reposo, sino que, en comparación con el Gulag, con las penitenciarías psiquiátricas soviéticas, con las cárceles de Chile y con los indescriptibles campos de exterminio de Camboya, Speer no fue más que uno de los maestros constructores, aunque tal vez el castigado con mayor dureza. La arquitectura de la muerte sigue prosperando.
19 de abril de 1976




[*] Existe edición en castellano: Diario de Spandau
Trad. de Manuel Vázquez y Ángel Sabrido
Barcelona, Plaza & Janés, 1977 (N. del T.)

En George Steiner at The New Yorker 
Título original: George Steiner at «The New Yorker», 2009
Traducción: María Condor
Prólogo: Robert Boyers

Foto: George Steiner at home with his dog. Cambridge, 2005
© Peter Marlow/Magnum Photos



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