Enrico Cocuccioni, fotografía - Ali Legate

30 de noviembre de 2009




 

 

 

ali legate 1




 

 

ali legate 2





Enrico Cocuccioni
Chiesa di San Rocco all'Augusteo de Roma
2009

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Patricia Damiano - Claudia

29 de noviembre de 2009






Me dispuso arabesco en el césped
bajo un arco de ladrillos rojos
al sur

Esculpió con aire mi cabello como si de espinas como si de ella

Ajustó dos margaritas sobre los ojos
y disparó

Conservo el ícono y el destello
sin volver a casa
la tiniebla




Calamo currente




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Arthur Schopenhauer - La música

25 de noviembre de 2009






La música constituye un capítulo aparte respecto de todas las demás artes. En ella no reconocemos la copia, cierta reproducción de una idea de la esencia del mundo; sin embargo, es un arte tan sumamente grande y magnífico e incide tan poderosamente sobre lo más íntimo del hombre, donde éste la comprende tan íntima y hondamente como un lenguaje enteramente universal, cuya claridad supera incluso la del propio mundo intuitivo, que a buen seguro hemos de buscar en ella algo más que aquel “oculto ejercicio de aritmética en donde el ánimo no sabe que numera” del cual nos habla Leibniz 1 acertadamente, en tanto que él sólo considera su signifi cación inmediata y externa, su envoltura. Si la música no fuera más que eso, la satisfacción que procura sería similar a la que sentimos al solucionar correctamente un problema de cálculo y no podría suponer ese goce interno que nos produce al convertir en lenguaje la más profunda intimidad de nuestra esencia. Desde nuestro punto de vista, donde atendemos al efecto estético, hemos de reconocerle una significación mucho más profunda e importante que se refiere a la esencia más íntima del mundo y de nuestro propio yo, de suerte que las relaciones numéricas a las cuales cabe reducirla no se comportan como lo designado, sino como signos. Que en cierto sentido la música ha de comportarse con respecto al mundo como la representación para con lo representado, como la copia para con el modelo, podemos concluirlo de la analogía con las restantes artes, a todas las cuales les es propio este carácter, cuyo efecto sobre nosotros es semejante al suyo en conjunto, sólo que aquí es más fuerte, rápido, necesario e infalible. Esa relación suya como copia del mundo ha de ser íntima, infinitamente verdadera y certeramente precisa, puesto que es comprendida al instante por cualquiera y se da a conocer mediante una cierta infalibilidad que determina por entero su forma, al expresarse en números y retrotraerse a reglas de las cuales no puede apartarse sin dejar de ser música. Sin embargo, el punto de comparación entre la música y el mundo, el sentido en que aquélla guarda con éste una relación de imitación o reproducción, se halla muy profundamente oculto. La música se ha ejercitado en todas las épocas sin rendir cuentas de tal relación, contentándose con comprenderla inmediatamente y desistiendo de forjar un concepto abstracto relativo a esta intelección inmediata.

[…]

Las ideas (platónicas) son la adecuada objetivación de la voluntad; suscitar el conocimiento de éstas (lo que sólo es posible bajo una modificación en el sujeto cognoscente) mediante la representación de una cosa singular (pues en eso consiste siempre la propia obra de arte) es el fi n de todas las artes. Así pues, todas ellas objetivan la voluntad sólo indirectamente, a saber, por medio de las ideas; y como nuestro mundo no es más que la manifestación de las ideas en la pluralidad por medio del ingreso en el principio de individuación (la forma del conocimiento posible del individuo en cuanto tal), entonces la música, al pasar por encima de las ideas, es también enteramente independiente del mundo fenoménico al que ignora sin más y, en cierta medida, también podría subsistir aun cuando el mundo no existiera en absoluto, siendo esto algo que no cabe decir de las demás artes. La música es una objetivación y un trasunto tan inmediato de la íntegra voluntad como lo es el mundo mismo e incluso como lo son las ideas, cuya polifacética manifestación constituye el mundo de las cosas singulares. Por lo tanto, la música no es en modo alguno, como las otras artes, el trasunto de las ideas, sino el trasunto de la voluntad misma, cuya objetivación son también las ideas; por eso el efecto de la música es mucho más poderoso y penetrante que el de las otras artes, pues éstas sólo hablan de sombras, mientras que aquélla habla de la esencia. Ahora bien, como es la misma voluntad la que se objetiva tanto en las ideas como en la música, sólo que de un modo diferente en cada ámbito, aunque no se dé ninguna semejanza inmediata, sí ha de haber un paralelismo, una analogía entre la música y las ideas, cuya manifestación en la pluralidad e imperfección es el mundo visible.

[…]

Como la esencia del hombre consiste en que su voluntad anhela, se satisface y anhela de nuevo, y así continuamente, su dicha y bienestar se reducen a que ese tránsito del deseo a la satisfacción y de ésta hacia un nuevo deseo avance rápidamente, dado que un retraso en la satisfacción supone sufrimiento y un lánguido anhelo del nuevo deseo supone aburrimiento; en correspondencia con ello, la esencia de la melodía es un continuo apartarse del tono fundamental, extraviándose por mil caminos, no sólo hacia los niveles armónicos, hacia la tercera y la dominante, sino hacia cualquier tono, hacia la séptima disonante y las escalas extremas, pero siguiendo siempre un retorno final hacia el tono fundamental; por todos esos caminos la melodía expresa los polifacéticos anhelos de la voluntad, pero también la satisfacción mediante el hallazgo final de un intervalo armónico y el reencuentro con el tono fundamental. La invención de la melodía, el descubrimiento de los más profundos secretos del querer y el sentir humanos en ella, es la obra del genio, cuyo efecto se evidencia aquí como por doquier lejos de toda reflexión e intencionalidad consciente, y puede ser llamado una inspiración. El concepto es aquí infructuoso, como siempre lo es en el arte; el compositor revela la esencia íntima del mundo y expresa la más profunda sabiduría en un lenguaje que no comprende la razón, al igual que un sonámbulo hipnótico las explicaciones sobre cosas acerca de las cuales no tiene concepto alguno una vez despierto. Por eso en un compositor el hombre se disocia y se diferencia del artista más que en cualquier otro caso. El concepto muestra su menesterosidad y sus límites incluso en la explicación de este maravilloso arte, mas pese a ello quiero intentar llevar a cabo nuestra analogía. Tal como el rápido tránsito del deseo hacia la satisfacción y de ésta hacia un nuevo deseo supone dicha y bienestar, asimismo resultan alegres las melodías vivaces sin grandes extravíos; las melodías lentas plagadas de dolorosas disonancias y que sólo se remiten al tono fundamental mediante muchos compases resultan tristes, como análogas de la satisfacción ardua y retardada. El retraso de una nueva agitación de la voluntad, la languidez, no puede tener otra expresión que el tono fundamental sostenido, cuyo efecto se hace insoportable en seguida; a éste se aproximan las melodías muy monótonas e insípidas. Las composiciones cortas y asequibles de la música de baile parecen hablarnos de una dicha ordinaria; en cambio, el allegro maestoso de grandes composiciones, con períodos largos y amplias digresiones, designan un anhelo más noble, tendente a un objetivo lejano y a su logro fi nal. El adagio habla del padecimiento de un gran y noble anhelo que desdeña toda dicha nimia. ¡Mas cuán maravilloso es el efecto del la menor y el do mayor! Cuán asombroso resulta que el cambio de un semitono puesto en tercera menor en vez de mayor nos infunda tan súbita como inevitablemente un medroso sentimiento de pena, del que nos libera instantáneamente el do mayor. El adagio en la menor consigue expresar un dolor supremo, al volverse un lamento estremecedor. La música de baile en tono menor parece designar la pérdida de una dicha nimia que uno debería desdeñar, parece hablarnos de la consecución de una meta ínfima entre tormentos y penalidades sin cuento. La inagotabilidad de melodías posibles responde a la inagotabilidad de la naturaleza en la variedad de individuos, fisionomías y cursos vitales. El tránsito de una tonalidad a otra suprimiendo cualquier hilazón con la precedente se asemeja a la muerte en cuanto fin del individuo, mas la voluntad que se manifiesta en éste vive tanto antes como después, manifestándose en otros individuos cuya consciencia no tiene ninguna conexión con la del primero.

Pero al constatar todas estas analogías jamás cabe olvidar que la música no tiene una relación directa con ella, sino tan sólo una mediación mediata; pues la música nunca expresa el fenómeno, sino únicamente la esencia íntima, el “en-sí” de todo fenómeno, la voluntad misma. Por ello no expresa esta o aquella alegría singular y concreta, esta o aquella aflicción, o dolor, o espanto, o júbilo, o regocijo, o serenidad, sino la alegría, la aflicción, el dolor, el espanto, el júbilo, el regocijo, la serenidad mismos en abstracto, lo esencial de tales sentimientos sin accesorios, sin los motivos que inducen a ellos. Pese a lo cual los comprendemos perfectamente en esta nuda quintaesencia. A ello se debe que nuestra fantasía se vea tan fácilmente suscitada por la música y trate de dar forma a ese mundo sobrenatural e invisible, pero sin embargo tan vivo que nos interpela directamente, para revestirlo con carne y hueso, materializándolo en un ejemplo análogo. Tal es el origen del canto con palabras y finalmente de la ópera, cuyo texto justamente por eso nunca debería abandonar este lugar subordinado para convertirse en lo principal y hacer de la música un mero medio de su expresión, lo cual es un enorme desacierto y un grave absurdo. Pues la música sólo expresa siempre la quintaesencia de la vida y de sus procesos, nunca estos mismos, cuyas diferencia jamás desembocan en ella. Esta universalidad tan propia y exclusivamente suya, junto a una exacta precisión, es justamente lo que le confi ere el alto valor que tiene como panacea de todo nuestro padecer. Por lo tanto, cuando la música intenta ceñirse a las palabras y amoldarse a los acontecimientos, se esfuerza en hablar un lenguaje que no es el suyo. Nadie se ha guardado tanto de este error como Rossini; de ahí que la música de éste hable tan clara y puramente su propio lenguaje, hasta el punto de que no precisa de las palabras y por eso también surte todo su efecto al ser interpretada con simples instrumentos orquestales.



* Arthur Schopenhauer, El mundo como voluntad y representación, España, FCE/Círculo De Lectores, Tomo I, 2005.
1 Cfr., Leibniz, Epístolas a diversos teólogos, juristas, médicos, fi lósofos, matemáticos, historiadores y filólogos, recopiladas por [Christian] Kortholtus [Leipzig, 1734; vol. i], carta 154.
Fuente: La Gaceta 444, FCE, diciembre 2007

Cortesía: Gabriel Pulecio Mariño en Factor Serpiente





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Marcela Pernía (1965-2009)
La máscara y el poema, XXX

22 de noviembre de 2009

















Tenía la piel casi transparente como si
hubiese salido de uno de sus versos

Chantal Maillard




XLIII


colmada/ verdecida tierra
fértil mis íntimas paredes/ ansia

gozosa de correr por senderos apenas
presentidos/ hasta tu desnuda cima

lasitud de ciego mecanismo
despeñando ecos/

noches de sueño incierto/

cielo del invierno que pare
lluvia en el horizonte más puro/

verso callejero/ asfalto
sorprendido de tu carne

amorosa posesión





XXXVII


Bebo el agua de lo cotidiano:
sus arcanos, sus secretos.




Tacto ha de ser
tiempo que madura hasta volverse
tan sólo un instante eterno

Hacer el amor o el morir

Jadeo de la vida que nace
en el breve diálogo
entre dos silencios




En Factor Serpiente




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Jym Davis - Espacio en blanco












Espacio en blanco fue creado como una variación sobre el tema de la creación. El trabajo utiliza la historia de la creación de Adán, como una guía ("formó al hombre del polvo de la tierra"). Una cabeza humana aparece como animación "polvo" que sale de y desciende en una piscina de color blanco tiza. Puede considerarse como el hombre original creado por Dios. También hay referencias a la ciencia-ficción: la cabeza tiene una cualidad etérea fantasmal. como un extranjero de otro planeta. Nótense las influencias de David Lynch y, en la música repetitiva, la de los compositores minimalistas Philip Glass y Steve Reich.

Su director, Jym Davis, es quien aparece en el video.



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Pequeña antología vergonzante de la poesía argentina

19 de noviembre de 2009






Ricardo Güiraldes (1886-1927)

Luna


Luna que haces ulular a los perros y los poetas.
Faro de tiza
astro en camisa.

Disco, casco y guadaña, colgada al hombro de la noche, representante de muerte.
Impotente
intermitente.

Parásito luminoso del sol, chinchorro giratorio de nuestra barca sideral.
Ronda vejiga
pálida miga.

Surtidora de falsas purezas. Frígido ovillo.
Pulcro botón de calzoncillo.

Nadie te teme; todos te quieren. Inofensivo bollo de harina sin importancia.
Blanca jactancia.

Sudario de azoteas. Velador de noctámbulos.
Orgullo hinchado
de trasnochado.

Luna, muerte, maleficio
gorda madama del precipicio.

Ojalá se ahogue dentro de un charco,
tu ojo zarco.

Ángel caído en frialdad, per-in-eternum.
Mundo maldito,
me importa un pito.



Carlos Guido y Spano (1827-1918)

Trova


He nacido en Buenos Aires
¡qué me importan los desaires
con que me trate la suerte!
Argentino hasta la muerte
he nacido en Buenos Aires.

Tierra no hay como la mía;
¡ni Dios otra inventaría
que más bella y noble fuera!
¡Viva el sol de mi bandera!
Tierra no hay como la mía.

Hasta el aire aquí es sabroso;
nace el hombre alegre, brioso,
y las mujeres son lindas
como en el árbol las guindas;
hasta el aire aquí es sabroso.

¡Oh, Buenos Aires, mi cuna!
¡De mi noche amparo y luna!
aunque en placeres desbordes,
oye estos dulces acordes
¡oh, Buenos Aires, mi cuna!

Fanal de amor encendido,
borda el cielo tu vestido
de rosas y rayos de oro:
eres del mundo tesoro,
fanal de amor encendido.

¿Quién al verte no te admira
y al dejarte no suspira
por retornar a tus playas?
Deidad de las fiestas mayas,
¿quién al verte no te admira?

De tus glorias que otros canten,
y a las nubes te levanten
entre palmas y trofeos.
Yo no asisto a esos torneos:
de tus glorias que otros canten.

Tu esplendor diré tan sólo,
si no del ya viejo Apolo
con la lira acorde y fina,
en mi guitarra argentina
tu esplendor diré tan sólo.

Voluptuosa te perfumas
de junquillos y arirumas;
cuando te adornas y encintas,
en las áureas de tus quintas
voluptuosa te perfumas.

Goza del Plata al arrullo
llena de garbo y orgullo,
criolla sin par, blasonante
de tu destino brillante,
goza del Plata al arrullo.

Triunfa, baila, canta, ríe;
la fortuna te sonríe
eres libre, eres hermosa;
entre sueños, color rosa,
triunfa, baila, canta, ríe.

¡Cuántos medran a tu sombra!
Tu campiña es verde alfombra,
tus astros vivos topacios;
habitando tus palacios
¡cuántos medran a tu sombra!

Bajo de un humilde techo
vivo, en tanto, satisfecho
bendiciendo tu hermosura,
que bien cabe la ventura
bajo de un humilde techo.

La riqueza no es la dicha;
si perdí la última ficha
al azar de la existencia,
saqué en limpio esta sentencia:
la riqueza no es la dicha.

He nacido en Buenos Aires
¡qué me importan los desaires
con que me trate la suerte!
Argentino hasta la muerte
he nacido en Buenos Aires.


Nenia - Canción Fúnebre

En idioma guaraní,
una joven paraguaya
tiernas endechas ensaya
cantando en el arpa así,
en idioma guaraní:

¡Llora, llora urutaú
en las ramas del yatay,
ya no existe el Paraguay
donde nací como tú ?
¡llora, llora urutaú!

¡En el dulce Lambaré
feliz era en mi cabaña;
vino la guerra y su saña
no ha dejado nada en pie
en el dulce Lambaré!

¡Padre, madre, hermanos! ¡Ay!
Todo en el mundo he perdido;
en mi corazón partido
sólo amargas penas hay ?
¡Padre, madre, hermanos! ¡Ay!

De un verde ubirapitá
mi novio que combatió
como un héroe en el Timbó,
al pie sepultado está
¡de un verde ubirapitá!

Rasgado el blanco tipoy
tengo en señal de mi duelo,
y en aquel sagrado suelo
de rodillas siempre estoy,
rasgado en blando tipoy.

Lo mataron los cambá
no pudiéndolo rendir;
él fue el último en salir
de Curuzú y Humaitá ?
¡Lo mataron los cambá!

¡Por qué, cielos, no morí
cuando me estrechó triunfante
entre sus brazos mi amante
después de Curupaití!
¡Por qué, cielos, no morí!...

¡Llora, llora, urutaú
en las ramas del yatay;
ya no existe el Paraguay
donde nací como tú-
¡Llora, llora, urutaú!



Leopoldo Lugones (1874-1946)

Delectación morosa


La tarde, con ligera pincelada
que iluminó la paz de nuestro asilo,
apuntó en su matiz crisoberilo
una sutil decoración morada.

Surgió enorme la luna en la enramada;
las hojas agravaban su sigilo,
y una araña en la punta de su hilo,
tejía sobre el astro, hipnotizada.

Poblóse de murciélagos el combo
cielo, a manera de chinesco biombo
tus rodillas exangües sobre el plinto

manifestaban la delicia inerte,
y a nuestros pies un río de jacinto
corría sin rumor hacia la muerte.



Baldomero Fernández Moreno (1886-1950)

Setenta balcones y ninguna flor


Setenta balcones hay en esta casa,
setenta balcones y ninguna flor.
¿A sus habitantes, Señor, qué les pasa?
¿Odian el perfume, odian el color?

La piedra desnuda de tristeza agobia,
¡Dan una tristeza los negros balcones!
¿No hay en esta casa una niña novia?
¿No hay algún poeta bobo de ilusiones?

¿Ninguno desea ver tras los cristales
una diminuta copia de jardín?
¿En la piedra blanca trepar los rosales,
en los hierros negros abrirse un jazmín?

Si no aman las plantas no amarán el ave,
no sabrán de música, de rimas, de amor.
Nunca se oirá un beso, jamás se oirá una clave...
¡Setenta balcones y ninguna flor!



La vaca muerta

Lentamente venía la vaca bermeja,
por el campo verde todo lleno de agua;
lentamente venía, los ojos muy tristes,
la cabeza baja,
y colgando del morro brillante
un hilo de baba.

Enferma venía la buena, la única
de la pobre chacra.

-¡Hazla correr, hombre!-
la mujer gritaba
al viejo marido--
¡si viene empastada!

Y el viejo marido,
los brazos subía y bajaba,
y la vaca corrió como pudo,
los ojos más tristes, la cabeza baja.

Junto a un alambrado
salpicando el agua
cayó muerta la vaca bermeja
¡el viejo y la vieja lloraban!

Y vino un vecino
con una cuchilla afilada,
y en el vientre redondo y sonoro
dio otra puñalada.

Un poco de espuma
de un verde muy claro de alfalfa,
surgió por la herida, y el docto vecino,
después de profunda mirada,
acabó sentencioso: la carne está buena,
hay que aprovecharla.

Los cielos estaban color de cenizas,
el viejo y la vieja lloraban.



Carlos Latorre (1916-1980)

Yo, Pantagruel


Siento deseos de vomitar.
Deben ser los residuos de todo lo que me obligaron a tragar,
mas volvería a devorarlo todo porque mi cuerpo está hecho de lo poco o mucho
que pude asimilar.
Mi banquete fue opíparo
y espero todavía,
espero;
espero poco de lo que leí
y el retorno de siquiera parte de lo mucho que viví,
aun sabiendo que el agua no pasa dos veces por el mismo lugar.
No me lamento por eso.
Lo pasado,
hasta aquí.
Ahora espero,
simplemente espero no sé qué
a quién
ni para qué.
Seguramente se trata de algo
o de alguien
que todavía permanece fuera de mí
fuera de sí;
de aquello que,
seguramente,
nunca poseí
y por lo tanto
no llegué a ingerir.
Y no me resigno.




En una antología de los mejores poetas argentinos
No registro por olvidables al antólogo ni a la editorial





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Gottfried Benn (1886-1956) - Novia del negro

17 de noviembre de 2009







Entonces yacía sobre almohadas de sangre oscura
la nuca rubia de una mujer blanca.
El sol rabiaba en su pelo
y le lamía largamente el muslo claro,
y se hincaba en torno de sus más parduscos senos
intactos aún de vicio y parto.
A su lado un negro: por coz de pezuña equina
ojos y frente destrozados. Penetraba
con dos dedos de su inmundo pie izquierdo
en el interior de su pequeña oreja blanca.
Pero ella yacía y dormía como una novia:
en el festón de su dicha del primer amor
y como al umbral del inicio de muchas Ascensiones
de la tibia sangre joven.
Hasta que le
hundieron el cuchillo en la blanca garganta
y le echaron un mandil púrpura de sangre muerta
en torno a las caderas.





Versión Verónica Jaffé
Fondo Editorial Pequeña Venecia
Caracas, 1991




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Catulli Carmina, LI

16 de noviembre de 2009







Parece un dios; si es imaginable,
más que un dios, aquel que
sentado frente a ti, te observa
y te oye

reír dulcemente. Miserable hombre soy:
esto que veo destruye mis sentidos.
Si estás frente a mí, Lesbia,
estoy perdido,

se vuelve torpe la lengua; un filamento
de fuego recorre los miembros; en los oídos
tintinean sonidos gemelos; la noche
cubre la luz.

El ocio, Catulo, te fastidia.
El ocio exalta demasiado.
El ocio perdió en otros tiempos
a reyes y estados.



Versión de Jorge Aulicino





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Catulli Carmina, LXXXV






Odio y amo. Me preguntarás cómo lo hago.
No lo sé. Pero sé qué es, y me crucifica.





Versión Jorge Aulicino


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Joaquín Giannuzzi (1924-2004) - Uvas rosadas

14 de noviembre de 2009






Este breve racimo
de uvas rosadas pertenece
a otro reino.
Yace, sobre mi mesa,
en la fría integridad de su peso terrestre
mientras yo permanezco silencioso
imposibilitado
de oponer mi vida a su carnal exuberancia.
Casi con horror admiro allí
la dura tensión del agua
hacia la piel mortal
como una realidad insoportable.
He aquí un remoto acontecer:
todo transcurre del otro lado, fuera
del rumor insensato
de la existencia humana.
Comprendo que hay un límite
cuyo paso en el tiempo
me está vedado
de modo que el puro conocimiento
sólo cabe en la mera travesura de la mente.
Más allá está la misma tierra
a la que regresamos como extraños;
en el racimo de uvas rosadas yace
la imagen de otro regreso
y este enigmático existir
dulcemente en el rosa
tiende a cumplir el ciclo
que comenzó, radiante, en el verde lejano.

Otros días transcurren
aquí, en otro espacio
que colmó la inutilidad
de una vida ocupada. Ajeno
a la región de las uvas permanece
mi estupor desalentado;
pero nunca la esperanza
tuvo mejor imagen que esto:
la travesía del límite
que da a lo secreto vendrá
de la misma costumbre de la luz
con que las uvas rosadas
van a entrar en la muerte.





Transcripción de Teólogo y otros poemas
Selección y prólogo de Jorge Fondebrider
Buenos Aires, CEAL, 1988




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