Adonis - Célébrations (bilingüe)

3 de diciembre de 2014









J'ai vu la femme
qui a vu l'hirondelle
qui crée le printemps
et c'était toi


Adonis, Célébrations, trad. Anne Wade Minkowski avec la coll. de l'auteur
Éd. de la différence, 1991


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Mark Strand sobre J. L. Borges en "La vida continua" (bilingüe)

29 de noviembre de 2014



Mark Strand (1934 - 29 November 2014)
Photo nd © Mary Noble Ours


Estaba en la bañera cuando Jorge Luis Borges tropezó con la puerta. “Tenga cuidado, Borges”, grité. “El suelo es resbaladizo y usted está ciego.” Luego, mientras me enjabonaba el pecho, le dije: “Borges, ¿alguna vez se ha parado a pensar en lo que hay de implícito en una afirmación como ‘Traduzco a Apollinaire al inglés’ o ‘Traduzco a De la Mare al francés’? ¿Es decir, que tomamos la obra fuertemente idiosincrásica de un individuo y la vertemos a una lengua que pertenece a todos y a nadie, un sistema de significados lo bastante general como para permitir no sólo malentendidos sino que se ponga en duda la posibilidad misma de permitir algo más?”

“Sí”, me dijo, con aire resignado.

“¿Entonces no piensa”, le dije, “que es mejor dejar la traducción de poesía a aquellos poetas que sean dueños de un inglés que ellos mismos se han forjado, y que los profesores de lengua, que se sienten responsables de la lengua no en sus alteraciones sino en su totalidad monolítica, son los peores traductores? ¿No sería mejor concebir la traducción como una transacción entre idiomas individuales, entre, digamos, el italiano de D’Annunzio y el inglés de Auden? Si lo hiciéramos, podríamos acabar con esas discusiones irrelevantes sobre quién ha hecho una traducción correcta y quién no.”

“Sí”, dijo. Parecía entusiasmarse.

“Digamos, pues”, le dije, “que si la traducción es una suerte de lectura, la asunción o transformación de un idioma personal en otro, ¿no sería posible entonces traducir una obra escrita en la propia lengua de uno? ¿No sería posible traducir a Wordsworth o Shelley a Strand?”

“Descubrirá usted”, dijo Borges, “que Wordsworth se niega a ser traducido. Es usted quien debe ser traducido, quien debe convertirse, por mucho tiempo que le lleve, en el autor de El Preludio. Esto fue lo que le sucedió a Pierre Menard cuando tradujo a Cervantes. Él no quería componer otro Quijote (lo que sería fácil), sino el Quijote. Su admirable ambición era producir páginas que coincidieran –palabra por palabra y línea por línea– con las de Miguel de Cervantes. El método inicial que concibió era relativamente sencillo: aprender bien el español, abrazar de nuevo la fe católica, guerrear con los moros y los turcos, olvidar la historia europea entre 1602 y 1918, y ser Miguel de Cervantes. Componer el Quijote a comienzos del siglo diecisiete era una empresa razonable y necesaria, tal vez inevitable; a comienzos del veinte era casi imposible.”

“No casi”, le dije, “sino totalmente imposible, pues a fin de traducir uno debe dejar de ser.” Cerré los ojos un segundo y me di cuenta de que, si dejaba de ser, nunca podría saberlo. “Borges...” Estaba a punto de decirle que la fuerza de un estilo debía medirse por su resistencia a ser traducido. “Borges...” Pero cuando abrí los ojos, él y el texto al que había sido llamado llegaron a su término.


En La vida continua. Luego en El clima de las palabras V

Mark Strand (Prince Edward Island, Canadá, 1934) es uno de los principales poetas estadounidenses. Autor de una decena de poemarios, obtuvo en 1999 el Premio Pulitzer con Blizzard of One (1998; Ventisca de uno). Este ensayo, originalmente publicado en su libro de poemas The Continuous Life (1990; La vida continua), ha sido recogido con posterioridad en The Weather of Words (Alfred A. Knopf, 2001; El clima de las palabras), reciente compendio de su obra crítica.En España han aparecido dos notables muestras de su poesía: Aliento, edición de Julián Jiménez Heffernan, 4 Estaciones, Lucena, 2004; y Sólo una canción, selección, traducción y prólogo de Eduardo Chirinos, Editorial Pre-Textos, Valencia, 2004. Precisamente en el volumen de Pre-Textos se incluye una traducción de esta la sección quinta del ensayo, aunque mi lectura se aparta en varios puntos de la de Chirinos.


Texto original en inglés

I was in the bathtub when Jorge Luis Borges stumbled in the door. “Borges, be careful,” I yelled. “The floor is slippery and you are blind.” Then, soaping my chest, I said, “Borges, have you ever considered what is implicit in a phrase like “I translate Apollinaire into English”? or “I translate de la Mare into French”? that we take the highly idiosyncratic work of an individual and render it into a language that belongs to everyone and to no one, a system of meanings sufficiently general to permit not only misunderstandings but to throw into doubt the possibility of permitting anything else?”

"Yes," he said, with an air of resignation.

"Then don’t you think," I said, "that the translation of poetry is best left to poets who are in possession of an English they have each made their own, and that language teachers, who feel responsibility to a language not in its modifications but in its monolithic entirety, make the worst translators?

Wouldn’t it be best to think of translation as a transaction between individual idioms, between, say, the Italian of D’Annunzio and the English of Auden? If we did, we could end irrelevant discussions of who has and who hasn’t done a correct translation.”

"Yes," he said, seeming to get excited.

"Say," I said. "If translation is a kind of reading, the assumption or transformation of one personal idiom into another, then shouldn’t it be possible to translate work done in one’s own language? Shouldn’t it be possible to translate Wordsworth or Shelley into Strand?"

"You will discover," said Borges, "that Wordsworth refuses to be translated. It is you who must be translated, who must become, for however long, the author of The Prelude. That is what happened to Pierre Menard when he translated Cervantes. He did not want to compose another Don Quixote – which would be easy – but the Don Quixote. His admirable ambition was to produce pages which would coincide – word for word and line for line – with those of Miguel de Cervantes. The initial method he conceived was relatively simple: to know Spanish well, to re-embrace the Catholic faith, to fight against the Moors and Turks, to forget European history between 1602 and 1918, and to be Miguel de Cervantes. To compose Don Quixote at the beginning of the seventeenth century was a reasonable, necessary, and perhaps inevitable undertaking; at the beginning of the twentieth century it was almost impossible.”

"Not almost impossible," I said, "but absolutely impossible, for in order to translate one must cease to be." I closed my eyes for a second and realized that if I ceased to be, I would never know.

"Borges…" I was about to tell him that the strength of a style must be measured by its resistance to translation.

"Borges…" But when I opened my eyes, he, and the text into which he was drawn, had come to an end.


— Mark Strand, Translation, from The Continuous Life (Knopf, 1990)
Fuente T for Tout - Chagalov





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Wallace Stevens (1879-1955) - Trece maneras de mirar a un mirlo (bilingüe)

27 de noviembre de 2014





1

Entre veinte cerros nevados
lo único que se movía
era el ojo de un mirlo.


2

Yo era de tres pareceres,
como un árbol
en el que hay tres mirlos.


3

En el viento de otoño giraba el mirlo.
Tenía un papel muy breve en la pantomima.


4

Un hombre y una mujer
son uno.
Un hombre y una mujer y un mirlo
son uno.


5

Yo no sé si prefiero
la belleza de las inflexiones
o la belleza de las insinuaciones,
si el nido silbando
o después.


6

El hielo cubría el ventanal
de cristales bárbaros.
La sombra del mirlo
lo cruzaba de un lado a otro.
La fantasía
trazaba en la sombra
una causa indescifrable.


7

Oh, delgados hombres de Haddam,
¿por qué imagináis pájaros dorados?
¿No veis cómo el mirlo
anda entre los pies
de las mujeres que os rodean?


8

Conozco nobles acentos
e inevitables ritmos lúcidos;
pero también conozco
que el mirlo anda complicado
en lo que conozco.


9

Cuando el mirlo se perdió de vista
señaló el límite
de un círculo entre otros muchos.


10

Al ver mirlos
volar en la luz verde,
hasta los charlatanes de la eufonía
gritarían agudamente.


11

Viajaba por Connecticut
en un coche de cristal.
Una vez le entró el miedo,
por haber confundido
la sombra de su equipaje
con mirlos.


12

El río se mueve.
Estará volando el mirlo.


13

Toda la tarde fue de noche.
Nevaba,
iba a seguir nevando.
El mirlo se detuvo
en la rama del cedro





Thirteen ways of looking at a blackbird


I

Among twenty snowy mountains,
The only moving thing
Was the eye of the blackbird.


II

I was of three minds,
Like a tree
In which there are three blackbirds.


III

The blackbird whirled in the autumn winds.
It was a small part of the pantomime.


IV

A man and a woman
Are one.
A man and a woman and a blackbird
Are one.


V

I do not know which to prefer,
The beauty of inflections
Or the beauty of innuendoes,
The blackbird whistling
Or just after.


VI

Icicles filled the long window
With barbaric glass.
The shadow of the blackbird
Crossed it, to and fro.
The mood
Traced in the shadow
An indecipherable cause.


VII

O thin men of Haddam,
Why do you imagine golden birds?
Do you not see how the blackbird
Walks around the feet
Of the women about you?


VIII

I know noble accents
And lucid, inescapable rhythms;
But I know, too,
That the blackbird is involved
In what I know.


IX

When the blackbird flew out of sight,
It marked the edge
Of one of many circles.


X

At the sight of blackbirds
Flying in a green light,
Even the bawds of euphony
Would cry out sharply.


XI

He rode over Connecticut
In a glass coach.
Once, a fear pierced him,
In that he mistook
The shadow of his equipage
For blackbirds.


XII

The river is moving.
The blackbird must be flying.


XIII

It was evening all afternoon.
It was snowing
And it was going to snow.
The blackbird sat
In the cedar-limbs.




















Versión de Raúl Gustavo Aguirre
El movimiento Poesía Buenos Aires, 1950/1960
Buenos Aires, 1979
Foto Wallace Stevens 1954 © Bettmann Corbis








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Thomas Bernhard: Ardía. Relato de viaje para un amigo de otro tiempo

7 de noviembre de 2014




Como sabe usted, llevo ya más de cuatro meses huyendo, pero no, como le indiqué, en dirección sur sino en dirección norte, finalmente no me atrajo el calor sino el frío, no la arquitectura, mi querido arquitecto y artista de la construcción, sino la Naturaleza, y realmente esa Naturaleza del norte muy determinada de la que con tanta frecuencia le he hablado, esa, así llamada, Naturaleza del círculo polar, sobre la que hace treinta años redacté un escrito, uno de esos innumerables escritos escondidos, escritos secretos, que nunca estuvieron destinados a la publicación, sólo a la aniquilación, porque recientemente vuelvo a tener la intención de seguir viviendo, no sólo de prolongar mi existencia sino de continuar sin freno alguno, mi querido arquitecto, mi querido artista de la construcción, mi querido charlatán de superficies. Por decirlo así, haciendo época en secreto, secretamente, mi querido señor. Primero pensé no volver a escribirle en ningún caso, porque nuestra relación me parece ya desde hace muchos años haber terminado real e irrevocablemente, sobre todo terminado espiritualmente, no tener nunca más contacto con usted fue mi intención, como es natural no volver a escribirle una línea, cualquier línea más me parece ya desde hace mucho un completo absurdo, dirigirla a un ser que en otro tiempo fue durante decenios un amigo, un compañero espiritual pero finalmente, durante muchos decenios, nada más que un enemigo, un enemigo de mis pensamientos, un enemigo de mi forma de pensar, un enemigo de esta existencia mía que, sin embargo, no es más que una existencia espiritual. Le escribí varias cartas en Viena y en Madrid, finalmente en Budapest y Palermo, pero no envié esas cartas, realmente dirigí y franqueé todas esas cartas, pero no las envié, para no convertirme en víctima de una vil falta de gusto. Destruí esas cartas y me juré no escribirle una línea más, como a todos los otros, tampoco a usted una línea más. No me permití ninguna correspondencia. Por eso viajo desde hace varios años por Europa y Norteamérica, posiblemente con una inútil locura, como diría usted, sin contactos, sin correspondencia, porque mi capacidad de comunicar se extinguió de repente después de habérmela negado yo durante años. Por decirlo así, entré dentro de mí y no volví a salir. Sin embargo, no puedo decir que esa época careciera de sentido para mí. En pocas palabras, escribí varios artículos para el Times, que como es natural no aparecieron porque no los envié al Times, después de haberme asentado en Oslo en el sentido más literal de la palabra. Oslo es una ciudad aburrida y la gente de allí carece de espíritu, es totalmente carente de interés, como posiblemente todos los noruegos, ésa es una experiencia que sin embargo sólo hice mucho más tarde, después de haber llegado hasta la altura de Murmansk. Allí conocí una raza de perros hasta hoy totalmente desconocida en Centroeuropa, el llamados chaufler, además de que la comida es mala, y el gusto artístico noruego, execrable. Un país totalmente antifilosófico, en el que toda clase de pensamiento se asfixia en el plazo más breve. Lo intenté en un asilo en Mösjohn, una pequeña ciudad de gente pobre, en la que disipan el aburrimiento tocando el piano; al parecer, una de cada dos familias de Mösjohn tiene un piano, yo mismo, en una casa donde pasé, mejor sobreviví, la primera noche tuve que ver y oír un piano de cola Bösendorfer que estaba tan desafinado que hasta la música de peor gusto, por ejemplo la de Schubert, tocada en él, se volvía interesante; la gente de Mösjohn, como supongo los noruegos en general, con sus pianos desafinados, han conseguido tener realmente una idea de la llamada música moderna de hoy, es decir, como puedo decir, más o menos por sí mismos, porque no tienen ni idea de ella. Sin embargo, esas experiencias noruegas, que casi me quitaron toda esperanza sobre mi futuro y que realmente se agotaron con la adquisición de gorros de piel y zapatillas de fieltro y botas de fieltro y, como queda dicho, las más perversas de todas las posibilidades de tocar el piano, no son las que me hacen escribirle estas líneas. He tenido un sueño y, como usted es coleccionista de sueños, no quiero privarle de ese sueño mío soñado en Rotterdam, porque, como sabe, soy un patrocinador y seguidor incondicional de las ciencias y especialmente de la suya y, situándome sencillamente por encima del total enfriamiento de nuestra relación, le cuento ese sueño que soñé en Rotterdam, después de haber dejado Oslo, haberme detenido un tiempo en Lübeck y Kiel y en Hamburgo, y unas semanas también en la repulsiva Brujas, en la que, como en Noruega, lo intenté como cuidador, aunque como cuidador de locos, lo soñé y lo anoté, porque, como sabe, la verdad es que sueño a diario pero no anoto todos esos sueños soñados a diario. ¡Qué pocos sueños realmente soñados y anotados por mí hay! Como usted sabe, desde hace muchos años huyo de Austria a alguna región mejor que Austria y en ningún caso quiero volver a Austria, a no ser que me vea obligado a ello por la fuerza. De manera que viajo, mejor, vago ya desde hace años por Europa y, como sabe, por Norteamérica, de un lado a otro, con la intención de encontrar un lugar en el que pueda realizar mis planes, precisamente los planes filosóficos de existencia de los que le hablé con tanta frecuencia y tanto tiempo, hasta que usted no pudo soportarlo más, sobre todo en el sur del Tirol y sobre todo en Renon. Porque no quería convertirme en un cerebro de Oxford, y tampoco en un cerebro de Cambridge; con el mayor esfuerzo sobre todo, lejos de todas las universidades, me dije siempre en los últimos años y, como sabe, rehúso desde hace años todos los libros de contenido universitario, evito la filosofía, cuando puedo, la literatura, cuando puedo, en general toda lectura, cuando puedo, por miedo de que precisamente esa lectura me vuelva realmente loco y demente y finalmente me mate; de ahí también mis dificultades para atravesar siquiera Europa y Norteamérica. De Asia he tenido siempre el mayor de los miedos, y mi viaje por la India terminó en un fracaso total, como sabe, porque, como sabe, soy de débil constitución física. Y América Latina se ha puesto muy de moda y eso me repele, todo el mundo va allí desde Europa y se agolpa so capa de prestar ayuda social y socialista, que en realidad no es otra cosa que una repulsiva variedad de la meticulosidad cristianosocial. Los europeos se aburren mortalmente y sólo para escapar a ese mortal aburrimiento europeo se meten por todas partes en el, así llamado, Tercer Mundo. Lo misionero es una antivirtud alemana, que hasta ahora sólo ha traído al mundo desgracias, que ha precipitado siempre el mundo entero en crisis. La iglesia ha envenenado a África con su repulsivo Buen Dios y ahora está envenenando con él a América Latina. La iglesia católica es la envenenadora del mundo, la destructora del mundo, la aniquiladora del mundo, ésa es la verdad. Y el alemán de por sí envenena continuamente todo el mundo de fuera de sus fronteras y no descansará hasta haber envenenado mortalmente a todo ese mundo. Por eso hace tiempo que me he retirado totalmente dentro de mí, de mi antimanía de querer ayudar a la gente en África y en Sudamérica. No se puede ayudar a la gente en nuestro mundo, que está lleno de hipocresía desde hace ya siglos. Al mundo como a la gente no se los puede ayudar, porque ambos son por completo hipocresía. Pero eso lo sabe ya por mí y tampoco se trata de eso. La realidad es que le escribo sólo, es decir, que sólo quiero comunicarle lo que hoy he soñado, porque le será útil, según creo. He soñado con Austria con tal intensidad porque he huido de ella, de Austria como el país más odioso y más ridículo del mundo. Todo lo que la gente ha encontrado siempre hermoso y admirable en ese país no era ya más que odioso y ridículo, siempre sólo repulsivo, y no encontraba un solo punto en esa Austria que fuera siquiera aceptable. Sentía mi país como un yermo perverso y una horrible abulia. Sólo ciudades terriblemente mutiladas, un paisaje únicamente espantoso, y en esas ciudades mutiladas y ese paisaje espantoso gentes viles y falsas e infames. No se podía saber qué era lo que había hecho esas ciudades tan mutiladas, ese país tan desolado, a esas gentes tan viles e infames. El paisaje era tan vil como la gente, tan mutilado, tan infame, tanto el uno como la otra espantosos de una forma totalmente mortal, tiene que saber. Si veía gente, sólo veía muecas viles donde habrían debido tener una cara, si abría el periódico, tenía que vomitar ante la abulia y la infamia que había allí impresas, todo lo que veía, lo que oía, todo lo que tenía que percibir me daba náuseas. Estaba condenado a ver y oír durante semanas esa Austria repulsiva, tiene que saber, hasta que finalmente, por desesperación ante ese oír y ver mortales, me quedé en los huesos; por repugnancia ante esa Austria no probaba ya bocado, no podía tomar un trago. Veía, dondequiera que mirase, sólo fealdad y vileza, una naturaleza odiosa y falsa y vil y gentes odiosas y viles y falsas, la absoluta suciedad y vileza de esas gentes. Y no crea que sólo veía el gobierno y la, así llamada, alta sociedad de esa Austria, todo lo austríaco me resultaba de repente de lo más odioso, de lo más estúpido, de lo más repulsivo. En un estado sumamente lesionado, como diría usted, me senté finalmente, después de haber recorrido varias veces esa Austria odiosa y vil y estúpida, a mi estilo sin aliento, tiene que saber, sobre un bloque de conglomerado en la Haunsberg de Salzburgo, desde donde miré la ciudad totalmente embrutecida por sus habitantes y totalmente aniquilada por los arquitectos, los colegas de usted, pero todavía cociéndose en su perversa megalomanía. ¿Qué han hecho las gentes austríacas en sólo cuarenta o cincuenta años de esa joya europea?, pensé, sentado en el conglomerado. Un solo espanto arquitectónico, en el que los salzburgueses, que aborrecen a los judíos y los extranjeros, como católicos y nacionalsocialistas, corretean de un lado a otro con sus horribles trajes regionales de cuero y loden. Debí de dar una cabezada en el bloque de conglomerado de la Haunsberg de Salzburgo, por decirlo así agotado por el mundo, porque de repente me desperté en la Kahlenberg vienesa. E imagínese, mi querido arquitecto y artista de la construcción, lo que pude ver desde la Kahlenberg, después de despertar, no sentado en un bloque de conglomerado como en la Haunsberg de Salzburgo sino en un podrido banco de madera por encima de la llamada Himmelstraβe: toda aquella Austria repulsiva, en definitiva nada más que bestialmente apestosa, con todas sus gentes viles e infames y con sus mundialmente famosos edificios de iglesias y monasterios y teatros y conciertos ardía y quedaba calcinada ante mis ojos. Tapándome las narices, pero con ojos y oídos muy abiertos y con un monstruoso deseo de percibir dejé que se calcinara lentamente y con el efecto más teatral posible ante mí, hasta que no fue más que una superficie apestosa, al principio negroamarilla, luego negrogris, de cenizas pegajosas, y nada más. Y cuando del gobierno austríaco, que, como sabe, es el más estúpido gobierno del mundo, y del clero católico austríaco, que ha sido siempre el más taimado del mundo, apenas veía ya más que restos socialcristianos y católicos y nacionalsocialistas en aquel desierto calcinado negrogris, respiré profundamente, aunque tosiendo, aliviado. Respiré tan aliviado que me desperté. Para mi felicidad, en Rotterdam, en esa ciudad que para mí, por todos los motivos, es la que me está más próxima y por consiguiente la que más quiero, como sabe. Aunque no vale la pena hablar, en ningún caso, de esta Austria ya ridícula desde hace muchos decenios, puede ser interesante sobre todo para usted, señor, según pienso, saber que, después de tantos decenios, he vuelto a soñar con ella.





En Goethe se muere 
Título original: Goethe schtirbt 
Thomas Bernhard, 1982 
Traducción: Miguel Sáenz
Foto: Thomas Bernhard at home, Obernathal, 1981 by Barbara Klemm


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Pierre Reverdy: Partida (bilingüe)

31 de octubre de 2014




El horizonte se inclina
         Los días son más largos
         Viaje
Un corazón salta en una jaula
         Un pájaro canta
         Va a morir
Otra puerta se va a abrir
Al fondo del corredor
         Donde se enciende
         Una estrella
Una mujer morena
         La linterna del tren que parte


De Algunos poemas 
Versión de César Moro
Départ

          L'horizon s'incline
                 Les jours sont plus longs
                Voyage
         Un coeur saute dans une cage
               Un oiseau chante
               Il va mourir
Une autre porte va s'ouvrir
         Au fond du couloir
                Où s'allume
                       Une étoile
Une femme brune
   La lanterne du train qui part


Les ardoises du toit
Paris, 1916-1918

Pierre Reverdy, ca 1960 -by Gisèle Freund





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Thomas Bernhard: Jean-Arthur Rimbaud

27 de octubre de 2014




9 de noviembre de 1954
Por su centenario



Señoras y señores:

Se dice que solo honramos al poeta cuando está muerto, cuando la tapa del sepulcro o el húmedo montón de tierra han establecido una separación definitiva entre él y nosotros, cuando, como se dice tan bella y meticulosamente en las necrológicas escritas por espíritus inferiores, ha entregado su espíritu. Entonces, así lo quiere Dios, hay alguna oficina pública que comienza a hojear su directorio, y el trabajo de la posteridad emprende su camino. Hay coronas y «tertulias», y se desarrolla un divertido intercambio entre bodegas y ministerio hasta que el expediente del poeta desaparece otra vez o se decide publicar su obra. Tienen lugar pompas y celebraciones, se descubren obras del difunto y se sacan a la luz —se «escenifica» al poeta—, casi siempre solo para disipar el aburrimiento, que es para lo que, al fin y al cabo, se cobra un sueldo. Y de esa forma (en nuestro país) ¿no ocurre que no se honra al poeta sino al jefe del departamento de cultura, a quien gestiona los poemas, al actor, al ecitador? Por ello, más de un Hölderlin o un Georg Trakl se revolverían en su tumba ante tanta cultura fabricada, injertada, ante tantas conversaciones sobre el mercado del arte de las que solo se desprende la falta de vergüenza.

Ahora se trata de recordar a Jean-Arthur Rimbaud. ¡Gracias a Dios era francés! De forma que creemos en la fuerza y el esplendor de la palabra poética, creemos en la continuidad de la vida del espíritu, en la indestructibilidad de las imágenes (las imágenes de los muertos y de las visiones), tal como surgen de los elementos que hay en las páginas de algunos grandes hombres, como solo ocurre una o dos veces en cada siglo. No nos engañemos: lo poderoso, excitante, conmovedor y tranquilizador, lo duradero... ¡no crece como la acedera en los prados del verano! Unos versos significativos que permitan al hombre mirar al abismo no surgen cada día, todos los años. Han de imprimirse siempre algunos millares de libros antes de que las máquinas hagan uno de sus esfuerzos elementales y nos den una obra importante de la literatura mundial, aunque solo sea una. Las obras de los que siempre echan las campanas al vuelo y que resuenan hasta en cervecerías llenas de borrachos, las de los poetas de revista y los fabricantes de artículos literarios de exportación, que a veces les reportan el premio Nobel, son en su mayoría solo tonterías engalanadas y productos de moda. Lo que importa en literatura es lo original, precisamente lo elemental, gente como Jean-Arthur Rimbaud.

El poeta de Francia era un auténtico elemento, sus versos eran de carne y sangre. Cien años no son nada para ese maestro de la palabra, el intraducible Rimbaud. Arrancó la vida, sin miramientos, con sus raíces, la agarró con respeto y ansia de muerte a un tiempo. Su poesía acabó, a los veintitrés años cerró sus libros, su «Barco ebrio», su Temporada en el infierno. Nunca volvió a coger la pluma para escribir poesía, porque se había apoderado de él el asco de la literatura. Sin embargo, había acabado, ya bastaba. Absurde! Ridicule! Degoûtant!... se defendía Rimbaud cuando se le hablaba con admiración de sus versos, tratando de recuperarlo para la literatura francesa.

Rimbaud nació el 20 de octubre de 1854 en Charleville. Su padre era oficial, su madre, una mujer como cualquier otra, preocupada por el bienestar de su hijo, pero desconfiada y retraída cuando él comienza a fermentar, cuando a los nueve años trae del colegio sus primeros versos, sus primeros «ensayos», sus visiones, sus primeros poemas, que figuraban entre los mejores de Francia. En julio de 1870 recibe un primer premio por unos magistrales versos latinos en los que elabora la «Alocución de Sancho Panza a su asno». Todavía durante sus estudios escribió para un periódico de las Ardenas, atacando a Napoleón y a Bismarck con idéntica violencia. Para ver y sufrir la pobreza del hombre se dirige a París, se hunde en el desierto y el temor humanos, y estrecha contra su pecho a los atormentados y desposeídos de los bulevares. En aquella época, al parecer, llevaba el cabello tan largo como las crines de un caballo y un transeúnte le ofreció cuatro cuartos para el peluquero, que él, «el poeta de Charleville», se gastó en tabaco. Luego es testigo de la Revolución en el cuartel de Babilonia, en medio de una espesa mezcla de razas y clases sociales, y exclama con pasión: «¡Quiero ser obrero! ¡Luchar!»... Tras un combate de ocho días, las tropas gubernamentales toman por asalto la capital, y los revolucionarios presos, sus amigos y camaradas, se desangran. Él, que ha vivido la mayor conmoción de su vida, escapa de milagro. Pero no puede vivir ya en Charleville.

Rimbaud fue mártir y «social», pero nunca político. No tuvo nada que ver ni en común con la política, esa alienación del arte. Era todo un hombre y, como tal, lo conmovía la violencia del espíritu. En Charleville escribió su fogoso poema «El barco ebrio» —aunque nunca había visto el mar—, escribió «París se repuebla», la orgía, una acusación contra el tumor del odio, el poema de los vicios parisinos, todo en él era indignación, y, cuando caminaba a lo largo del río, «necesitaba horas para tranquilizarse». Tenía diecisiete años cuando escribió la maravillosa composición poética «Los pobres en la iglesia», «con corazón palpitante, muy cerca de esos niños sucios que no dejan de mirar a los ángeles de madera, presintiendo que detrás está Dios...». Rimbaud era comunista, sí, pero no quería incendiar los palacios de los Campos Elíseos, sino que era un comunista del espíritu, un comunista de su poesía y su vívida prosa. Cuando envió sus versos a Verlaine, el único poeta vivo de Francia al que admiraba, este le respondió con una frase que se ha hecho clásica: «Venez, chère grande âme!»... ¡Y qué asombrado se quedó el «Poeta de París», que entraba y salía como un dios en los salones cargados de humo cuando, en lugar de un hombre «respetable», encontró a la puerta de su casa a un chico andrajoso de diecisiete años. ¡Un chico que había escrito ya «Sensación», su gran poema ardiente! ¡Qué tiempos aquellos!

Con Verlaine comenzó para Rimbaud una nueva época, que fue profundamente amistosa y profundísimamente humana, y viajaron juntos a Inglaterra, para conocer Londres, el aire apestoso del mayor puerto del mundo, la Inglaterra central con sus fábricas negras, y fueron a Bruselas para —¡por cierto tiempo!— separarse. Verlaine tenía que volver «a casa» con su familia, a la que había abandonado un buen día, «sin consideración», como suele decirse. Qué distintos eran aquellos dos vagabundos que podían recorrer Europa sin pasaporte, sin nada: el fugitivo Rimbaud, que escapaba siempre, empujado hacia adelante por una nueva realidad monumental «cuya digestión ofrecía en su prosa», y el blando y totalmente prendado de él Verlaine, que tendía al catolicismo, la salvación, al que se deben los profundos poemas, las sagradas canciones de hombre tranquilo que aquel hombre abatido escribió en la prisión, tras haber disparado en una pelea contra su joven hermano de Charleville, hiriéndolo gravemente. Verlaine era para Rimbaud el gran poeta, pero blando y drogadicto. Rimbaud en cambio se había convertido para Verlaine en «la única riqueza en el mundo además de Jesucristo». No se entienda mal: Verlaine amaba la fuerza poética de su «hermano» y el rostro maravillosamente claro de Arthur, nada más.

No hay que arrastrar por las calles la vida de un poeta, pero la de Rimbaud es tan poderosa, tan grande, tan inescrutable y, sin embargo, tan religiosa como la de un santo. Se alza ante nosotros como su poesía: ¡repulsiva, verdadera, hermosa y divina!

Fue en Alemania tutor en casa de un tal doctor Wagner de Stuttgart y recorrió Bélgica hasta Holanda. Se alistó en las tropas coloniales y, tras una travesía de siete semanas, llegó a Java. Pero consideraba el servicio militar con la misma escasa seriedad que en otro tiempo la idea de «hacerse misionero para ver mundo». Cuando desembarcó en las Indias Neerlandesas pareció haber llegado a su objetivo: ¡ser inalcanzable para la horrible civilización! Se largó, se fue a Batavia, vivió de prestado, se abrió paso por aquel nuevo país, vivió con animales y semicretinos y, en 1876, subió a un barco inglés para volver a casa. Por algún tiempo se sintió cansado. Cuando pasaban junto a la isla de Santa Elena, pidió que se detuvieran. Como no atendieron su deseo, saltó sencillamente al mar para nadar hasta tierra. A duras penas pudo ser izado otra vez a bordo el que había querido conocer sin falta el lugar donde vivió Napoleón. El 31 de diciembre estaba otra vez en Charleville.

Toda su vida fue un aventurero y viajó durante la mitad de su existencia. Se había apartado hacía tiempo de la literatura y no volvió a escribir.

Ocho días me destrocé el calzado
en las piedras del camino. A Charleroi llegado
pedí en la Taberna Verde rebanadas
de pan, manteca y jamón, semitempladas.

Feliz, estiré los pies bajo la mesa
verde, contemplando con sorpresa
los dibujos del papel pintado. Fue estupendo
cuando la chica de enormes tetas y ojos ardiendo

—¡sin duda no se asustaría de algún beso!—
me trajo muy risueña pan y todo eso:
el jamón tibio en un plato de color,

un jamón rosa y blanco, con olor

a ajo... Y me llenó el jarro de cerveza
que un sol tardío doraba con largueza.


A partir de entonces disfrutó. Está otra vez en Marsella vendiendo llaveros, va a Egipto, vuelve a Francia y se embarca finalmente hacia Arabia, para comprar café y perfumes. En noviembre deja Arabia y llega a Zeila. En la primera mitad de diciembre, tras cabalgar veinte días por el desierto somalí, se encuentra en Harar, colonia inglesa. Allí se convierte en agente general de una empresa británica «con un sueldo de 330 francos, mantenimiento, gastos de viaje y una comisión del dos por ciento». Sin embargo, antes de dejar Adén, escribe a su madre pidiéndole libros científicos. Había tirado por la borda el arte y se ocupaba de otras cuestiones intelectuales, cualquiera que fuera su importancia, estudiando en lo sucesivo metalurgia, navegación, hidráulica, mineralogía, albañilería, carpintería, maquinaria agrícola, serrerías, minería, vidriería, alfarería y fundición metálica, pozos artesianos... Quiere asimilarlo todo, tiene más hambre que nunca, ¡incluso siendo agente general! La filial de Harar de la empresa comercial prospera bajo la dirección del poeta Rimbaud. A él los negocios le van muy mal. En sus cartas escribe de dinero y oro que habría que buscar. Se impacienta de nuevo y quiere ir a Tonkín, a la India y al canal de Panamá. Y no hace más que negocios, quizá solo para aturdirse, comercia con café y armas que envía al mar Rojo, con algodón y fruta... Había regalado a Francia los poemas juveniles más bellos. Y, lleno de infelicidad, escribe: «Me aburro mucho, nunca he conocido a nadie que se aburriera tanto como yo».

En 1890, cuando pensaba casarse, sintió de pronto una especie de gota, un dolor físico que aquel hombre azotado por tempestades no conocía hasta entonces. Lejos de Francia, entre esclavos y negros, en el apestoso desierto. El final se acercaba a pasos de gigante. Él mismo escribió sobre su enfermedad: «El clima de Harar es frío y, por costumbre, no llevaba casi nada encima, unos sencillos pantalones de paño y una camisa de lana, y de esa forma daba a diario absurdas cabalgadas de 15 a 40 kilómetros por las escarpadas montañas del país. Creo que en la rodilla se me produjo una grave lesión, provocada por el cansancio, el calor y el frío. Realmente comencé a sentir un martilleo bajo la rótula izquierda: un golpeteo ligero que notaba a cada minuto... Iba por ahí y seguía trabajando con diligencia, más que nunca, porque creía que se trataba de un enfriamiento corriente...». El reconocimiento que le hizo el médico inglés del hospital de Adén reveló una inflamación avanzada y peligrosa de la articulación. Rimbaud decidió embarcar en un vapor que se dirigía al Mediterráneo.

En Marsella le amputan la pierna. La anciana madame Rimbaud está a su lado. «Soy un lisiado —escribe con dewww sesperación—, ¿para qué sirve un lisiado en este mundo? Prefiero la muerte, después de todo lo que he soportado ya...» Eso lo escribe tras unos sufrimientos de meses que lo hacen guardar cama. Tiene cáncer. El 23 de julio, como dice su hermana, se hace llevar a Roche, a casa de su familia, que se ha asentado allí. Confía en encontrar definitivamente sueño y tranquilidad. Es 1891. El trigo se había congelado cuando llegó a casa y, al ver la habitación que le habían preparado, exclamó: «¡Esto es Versalles!».

Luego siguieron los meses más horribles de su vida. En octubre se hacen perceptibles los primeros signos mortales. Una vez más quiere marcharse, con una pierna, a la India o, por lo menos, a Harar con los negros. Lo llevan a la estación y lo meten en el tren, pero en la siguiente estación tienen que sacarlo. Siente la más profunda desesperación que puede sentir un hombre. En el hospital de la Concepción se inscribe con el nombre de Jean Rimbaud. Luego solo importa ya la lucha entre la vida que él quería y la muerte. Tiene maravillosas visiones, vuelven sus illuminations, sus iluminaciones. En su agonía vuelve el poeta, de pronto está otra vez allí cuando, a los veintitrés años, se interrumpió, cuando se fue, cuando lo rechazaron desde todos los ángulos y lados como «barbarismo de la literatura», «debilitamiento del intelecto». Es otra vez poeta... aunque no escriba ya. Está otra vez ahí... nunca se fue, salvo a Harar, Egipto, Inglaterra y Java. Solo fue un rodeo, ahora vuelve a ver la poesía desde Charleville y lo sabe: ¡lo ha logrado! Se derrama sobre él un consuelo maravilloso. «Murió el 10 de noviembre, por la tarde, a las dos» —escribe su hermana Isabelle—. El párroco, conmovido por tanto temor de Dios, lo bendijo. «Nunca he visto una fe tan firme», declaró. Gracias a Isabelle, Rimbaud fue llevado a Charleville y enterrado, con gran boato, en el cementerio. Allí yace hoy junto a su hermana Vitalie, bajo un sencillo monumento de mármol.

La obra de Rimbaud ha sido siempre combatida por quienes no respetan la verdad y, sin embargo, comienza con el trabajo escolar felizmente revolucionario y absolutamente poético de un chico de nueve años: El sol caldeaba aún..., que conservó su maestro y amigo Izambard. Se cuenta entre lo más poderoso y original que se ha escrito en francés, incluidos los poemas de todos los grandes: Racine, Verlaine, Valéry, Gide y, últimamente, Claudel. Su poesía no es solo francesa sino europea, es poesía mundial, es sentencias y predicciones, sentimientos y delirios de increíble magia.

No hay que hablar demasiado de Rimbaud, hay que leerlo, dejar que haga su efecto en conjunto como un sueño de la tierra, hay que entrar en su mundo, como entraba él, con los zapatos sucios y el estómago hambriento, primero en la carretera de Mézières y luego en París, en la falta de soluciones. Como el propio Rimbaud, hay que mirar con su iglesia, no contemplar su obra sino vivir y sufrir con ella, sencillamente mirarla como mira una muchacha algo que revolotea en su camino.

«A las cuatro de la mañana, en verano, dura / aún el sueño de amor. / De los arbustos surge / el aroma de las flores en vano...» Algo así se dice pocas veces y nunca en un poema. Es un Rimbaud total, conmovedor, solitario y ca racterísticamente mundial. O bien «Ofelia», los dos poemas, que encierran el mundo entero y a Dios con él. En ellos se puede encontrar todo lo que falta en los poemas de hoy: belleza y veneración en el sentido más auténtico, y hay soledad y en ella un Dios uno y eterno, el gran padre, aunque lo quieran expulsar de los versos de Rimbaud. Para ser creyente no hay que tragar hostias, no hay que confesarse dos veces al año. Basta con que el hombre mire el rostro del mundo, profundice en su centro... como Rimbaud. Nunca se debe hacer mofa de la Iglesia, pero se puede calificar de malos a los malos sacerdotes y de infames a las monjas infames. Sin embargo, se debe también alabar el esplendor y la bondad de Dios, tal como hizo Rimbaud, con fuerza elemental, del principio al fin. Porque lo que hace su obra tan grande es una deformidad cerrada. Rimbaud fue sencillamente el primero que escribió como Rimbaud. Él y nadie entonces sabía que «ello no es nada, pero que ÉL es y que ÉL lo es siempre».

Es un «Shakespeare niño», y no solo porque lo dijera Víctor Hugo. Su «Barco ebrio», su sueño fantástico, es imperecedero. ¿Dónde dejó la estética? Sin embargo, en los grandes montones de basura de la literatura, que mutuamente se devoran y en todo momento difunden su mal olor, lo irreal, cristalino, de un Rilke tardío le resultaba extraño. Era casto y animal a un tiempo, y de él surgían las reflexiones más bellas y sensibles. No escribía en papel de tina, sino en paquetes de queso apestosos... pero precisamente eso seguía siendo poesía. Una temporada en el infierno fue la única obra que publicó durante su vida. Verlaine se ocupó, tras la muerte de Rimbaud, de una edición de sus obras completas.

La poesía no fue para él más que un «intento de liberación », una «válvula para su vitalidad desbordante», dijo de él más tarde Stefan Zweig. Sin embargo, en esas corrientes no se puede descargar una vitalidad desnuda. No la de Rimbaud, porque para él la poesía no era un refugio, sino su patria original. «La religión no lo hizo nunca caer de rodillas » escribió también Stefan Zweig (¡que lo admiraba profundamente!). Y, sin embargo, su literatura era una religión única, evidentemente universal, históricamente libre, independiente, sin refinar, que triunfaba en medio de la suciedad y los zapatos destrozados. ¡Y esa religión suya lo hizo también fracasar, lo hizo hincarse de rodillas!... De su Temporada en el infierno dependía su vida entera, de sus Iluminaciones el latido de su corazón... La riqueza de Harar no le sirvió de nada, todo el dinero no le sirvió de nada, todo, todo no le sirvió de nada, se desploma, aparentemente pequeño en los últimos tiempos, y por eso se arrodilla delirando e implora la última iluminación: ¡la del Padre eterno!

Sólo quien implora al Padre eterno tiene esperanza de existir y puede decir, como dijo Rimbaud: ¡Yo seré siempre!












En busca de la verdad
Título original: Der Wahrheit auf der Spur
Discursos, cartas de lector, entrevistas, artículos
Editado por Wolfram Bayer, Raimund Fellinger y Martin Huber
Traducido del alemán por Miguel Sáenz
Madrid, Alianza Editorial, 2014
Foto: cover edición citada





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Pierre Michon: Ese poeta que a nada le hace ya sombra

26 de octubre de 2014




Ese poeta que a nada le hace ya sombra recibió, pues, dos cartas del jovencísimo Rimbaud, que nos hace tanta sombra como a la lengua italiana el gorrito del Dante, y a éste los laureles de Virgilio, pues los hombres de letras son fútiles, medrosos, creyentes. Banville, al leerlas, se olió a cincuenta leguas un Julien Sorel de las Ardenas; y no andaba errado: las cartas son diminutas trampas para el prójimo, para un exclusivo prójimo al que pretende uno meterse en el bolsillo; y Rimbaud era maestro en esas artes de pajarero. Los versos son trampas de tamaño mayor para presas más inefables. Y en los versos que acompañaban a esas cartas, que las amalgamaban y las justificaban, lo más probable es que Banville intuyese algo más y muy diferente, algo más que un Rastignac o un Sorel, pues por muy Banville que fuera, es decir, un muérgano y un adocenado burgués con la mirada y el pensamiento continuamente pendientes del reclamo de aquella cúpula distante, sabía cómo enjaretar un par de versos, y también, cosa ya que es harina de otro costal, cómo se pellizca un pedacito de mundo con la pinza de un par de versos; llevaba toda la vida haciéndolo. Tras el joven versificador con buenas dotes, mañoso, hugólatra, bajo las rimas flagrantes, Banville percibió esa otra rima más sombría que el rimador desconoce, a la que le importa un ardite el hombre en cuyo interior canta o chirría; que nace de la antiquísima manera en que cada cual trenza el mes de junio, la lengua y la propia persona; y hay quien así consigue música: un escuálido pentagrama de tres o cuatro notas, mas tiránicas, tiránicamente reiteradas y combinadas, de cuya combinación diversa salen los grandes poetas, como suele decirse; y ese pentagrama, ese canto, esa tiranía, nubla los planes del rimador y decide por él de punta a cabo: de ello depende quizá que amanezcamos siendo Julien Sorel, que en el mediodía de nuestras vidas compongamos una cosita irrefrenable e irrisoria como el gorrito del Dante (publicamos la cosita mientras se presenta algo mejor, la llamamos Las flores del mal, no es sino un ínfimo hito en la conquista de París), que nos pasemos la tarde entera esperando en vano que la cosita aquella nos convierta en rey y que, sin saber cómo, llegado el ocaso, mascullemos, chocheando espantosamente, un eterno me cago en diela en un tabernucho de Bruselas; y, cuando nos llega por fin la hora de irnos a la cama, seguimos creyendo que somos Julien Sorel, pero en las últimas; lo creemos hasta que nos convertimos en cadáveres, por más que hayamos escrito Las flores del mal. Y eso, esa ambición desatentada que hace a los grandes poetas, Banville se topó con ella en carne y hueso una vez al menos, y llegó incluso a robarle en sus propias narices a la oronda Marie Dauburn, y para esa ambición solicitó una pensión de indigente al ministro; y era capaz de reconocerla. Así que la reconoció en los versos de Rimbaud. Esto es lo que nos gusta creer, porque somos devotos; pero, a veces, llegamos a dudarlo; y, cuando lo dudamos, nos decimos que esa música no está tan clara, que a lo mejor la hemos puesto ahí nosotros a fuerza de padrenuestros, y no Dios, ni todas las musas reunidas en el cielo de Charleville, ni el genio; que sólo un siglo de culto devoto ha colocado unas notas en esos pentagramas. Pero tanto monta; ya nos hemos hecho a esa idea: es posible que se trate sólo de una cancioncilla, pero en nuestro fuero interno suena maravillosamente, igual que el órgano mayor al entonar el Te Deum.
Y como buenos devotos tenemos empeño en creer que Banville oyó el Te Deum; que quizá oyó en los versos del colegial un eco muy lejano del brinco con que se metió el hada mala en el tabuco interior; de las nupcias que allí recobró con el Capitán; del impecable desposorio de la corneta y los padrenuestros; del ridículo y mínimo drama doméstico elevado a misa mayor, expuesto en lenguaje cristalino, pero engalanado, irreconocible. O también, si preferimos imágenes más adocenadas, tomadas del catecismo de la época y no de estas historias de familia que son nuestro escuálido catecismo, lo que leyó Banville, la rima oscura que oyó fue esa en que percuten entre sí la ira y la caridad, el rencor infinito y la misericordia, cada una de ellas en diferente mano, separadas, intactas, irreconciliables, enemigas juradas; pero la rima, como si fueran gallos de pelea, las suelta y las azuza, las enzarza, las vuelve a recoger, y puntúa esa fiereza con un desmedido enfrentamiento de drums. Y si nuestra devoción personal nos exige otras metáforas (que consideramos pensamiento y son pensamiento), llamamos de otra forma a los dos elementos de ese tam-tam pequeño: decimos que son la rebeldía y el amor puro, o la nada y la salvación, o la caída inacabable y, dentro de la caída, la persistente presencia de eso a lo que ya no llamamos Dios; decimos que es el luto por Dios y el bluff con el que restablecemos a Dios; y quienes no gustan de Dios dicen que es el libre gozo de sentirse vivo y el gozo más sombrío de sentirse esclavo de la muerte, qué más da: lo importante es tener bien cogidos los anchos platillos, saber percutirlos y que hagan ese ruido que se oye en Rimbaud. Atendiendo a música tal, Banville, que era hombre honrado, que se había quedado hacía mucho sin esa rima interior, pero sabía reconocerla en los demás, Banville, pensativo, cogió una pluma y se dispuso a contestar. Tocado con bonete de seda, sentado ante su escritorio de poeta con peonías, teniendo probablemente ante los ojos una antigualla dórica que hacía las veces de pisapapeles, revolviendo, pensativo, la cucharilla en ese té con ron que Verlaine nos cuenta que se tomaba en casa de Banville, reflexionando, sopesando los pros y los contras, el hombre que se parecía al Gilíes contestó. Tuvo con ese joven de las Ardenas la fineza del augur y envió por correo el esquejillo en esas cartas que no se han conservado.
Es posible que esté perdiendo el tiempo con Banville. Estoy perdiendo el tiempo con ese infeliz anciano que llegó ayer desde Moulins llevando en el corazón toda la poesía del mundo y está ahora en París, quebrado el espinazo por los apaños, el éxito, los poderes y la proximidad de la muerte; con Banville, cuyo único cometido es ser, por delegación, el primero entre los poetas -puesto que Hugo, en su isla, no está para nadie y escucha, inclinado, cómo golpea el suelo el pie de Shakespeare en las cuatro patas de su mesa-, es decir, entregar el esquejillo a jovenzuelos de Douai o de Charleville; con Banville, que no es nada, que apenas es esa sombra que, al regresar de la calle de Rome, alza la cabeza hacia los gorriones de la cúpula. Pero quiero decir una vez más no obstante cuánto valoro el hecho de que ese pobre hombre tenga un parecido tan asombroso con el Gilíes de Watteau.
Así que es el Gilíes quien abre la ronda de los lectores de Rimbaud. Valoro infinitamente que, inclinado sobre ese escritorio de poeta en el que pone su correspondencia al día, fuera él el primero (el primero de París, por descontado; en asuntos así, Charleville no cuenta) en leer los versos del mirlo blanco de Charleville; y que le contestase; que a esas palabras añadiera otras palabras; que fuera, pues, también el primero en comentarle al autor, con expresiones de las que nada sabemos, esos versos que había leído detenidamente; y su sombra lleva cien años bregando con esa carta, igual que los infelices de los cuentos a los que un destino burlón encadena a una tarea inicua y monótona; sentado ante ese escritorio sigue contestando a Rimbaud. Vuelve a escribir la carta, interminablemente. La convicción se esfumó ya, pero el hada quiere que siga: un hada sombría que reside en esa breve mezcla de obra y vida que responde al apellido de Rimbaud y transforma a quienes se le acercan en Banville, en Pierrot. Pues entra dentro de lo posible que todos los libros que sobre Rimbaud se han escrito hasta el día de hoy, este que estoy escribiendo y los que se escribirán mañana, los haya escrito, los esté escribiendo y los vaya a escribir Théodore de Banville; no precisamente Banville, no todos son de Banville, pero todos sin excepción son del Gilíes de Watteau. De algunos es autor efectivamente un hombre al que podemos llamar Banville, como si fuese Banville en persona: el innúmero Banville, es decir, un hombre de bien, un poeta casi perfecto, recto, medroso, pero buena persona; pedante, pero sincero; apasionado; con mucho de muérgano, un tanto pasado de moda incluso aunque sea muy joven; y, atendiendo a lo que en cada momento se lleve, desmelenado o atusado: los desmelenados apuestan por la ira y la nada; los atusados, por la salvación y la caridad, pero siempre les falta un platillo; o tienen los dos platillos, pero no al mismo tiempo; y, si en la juventud fueron desmelenados, al llegar la vejez helos en los jardines del Luxemburgo oreándose las crines blancas bajo las frondas, mirando también de reojo la cúpula del Panteón, o paraísos menos visibles, el oro del Tiempo, los campos magnéticos del más allá, la secreta necrópolis de las Luces, que es como una basílica de Saint-Denis construida en piedra enteramente filosofal y donde tendrá uno la oportunidad de yacer muellemente entre el señor De Sade y el De Lautréamont, los grandes capitanes, los hombres de ira que se han quedado ya sin ira; y, en el Luxemburgo, cambiando de sitio una silla para sentarse cerca de las estatuas de las reinas y de las muchachas que pasan por allí, se quedan quietos de pronto, piensan adonde habrá ido a parar toda aquella ira; y luego sonríen, siguen el paseo, se dicen que les sigue gustando Rimbaud, que no todo está perdido. André Bretón bajo los árboles se recitaDevoción y se sienta cerca de las reinas. O también, si estamos en diciembre y en el Luxemburgo hace demasiado frío, bajan entre ráfagas de viento helado por el bulevar de Saint-Michel, cruzan el puente, entran en Notre-Dame, que es un cortavientos de primera, y allí, en la oscuridad de diciembre, en la oscuridad de las bóvedas, detrás de una pilastra, ven de repente alzarse y zumbar la gigantesca columna de fuego; y, cómo no, encienden con ese fuego, para una temporada de sesenta años, una obra insensata, ridícula, prodigiosa, por la que pasan a zancadas grandes capitanes fogosos que hablan directamente con Dios, y a los que llama Dios por sus nombres ridículos y prodigiosos, Thomas Pollok Nageoire, Monsieur de Coûnfontaine et Dormant, pero que no se les ocurra hacerle un prólogo a Rimbaud, porque pierden las amplias alas y helos convertidos en muérganos, confundiendo el pedal de la caridad con el de la ira y citando a las santas del almanaque. Vuelven a convertirse en Banville. Incluso Bretón y Claudel se convierten en Banville y contestan a Rimbaud, con un bonete de seda coronándoles las crines, sentados ante su escritorio de poeta.

Todos esos libros que tratan de Rimbaud, ese libro único en resumidas cuentas, porque la verdad es que son siempre el mismo libro, que son intercambiables por más que burlescamente enfrentados, igual que, durante la Edad Media, el filioque, todos esos libros son fruto de la mano del Gilles. El Gilles posee mejor documentación que Banville; un siglo de ensayos lo tiene muy bien informado; sabe mucho más de la vida de Rimbaud de lo que supo nunca Rimbaud, como atinadamente se ha dicho; es más moderno que Banville, más resueltamente moderno; enharinado, moderno; se halla también en algo parecido a un jardín, ya que allí fue donde lo colocó Watteau: está en el Luxemburgo, vamos, como Banville, como Mallarmé, como Bretón el de la hermosa e hirsuta cabellera blanca bajo las hojas, como el joven Claudel en el preciso instante en que empuja el portillo de la verja y baja por Saint-Michel para enclaustrarse en el cortavientos de Notre-Dame. Quieto y a pie firme a la orilla de ese jardín, dando la espalda a estatuas de reinas, a risas y juegos que no oye, a una hermosa tarde en la que no está presente, a pinos de Italia, a muchachas, Gilíes mira cómo cruza por el vacío la obra y la vida de otro. Y a ese otro lo llama Arthur Rimbaud. Se lo inventa; es la historia mágica que él no es. Mira cómo resplandece esa magia; ve señas en ella; ve en ella la promesa de la Resurrección de los cuerpos; o del oro del Tiempo, depende; mira el cometa; mira la nada y la salvación, la rebeldía y el amor, el cuerpo vil y la letra, que luchan, se enlazan, danzan, se separan, se vuelven a juntar, pasan y se desploman muy considerablemente. En su cuarto oscuro, en pleno mediodía, proyecta una y otra vez, interminablemente, esa bobina, esa danza, esa caída, y se queda tan patidifuso como la primera vez, él que está ahí clavado, con las manos colgando y unos pies como los de Calibán. Bien podemos reírnos, pero muy atrevido será, quizá el más lerdo de los Gilles, quien se atreva a tirarle la primera piedra.
Los Gilles han visto al transeúnte considerable; creyeron verlo pasar; se inventaron que pasaba; por donde pasó ven un hondo surco que divide en dos el campo de la poesía, colocando, a un lado, las antiguallas, entre las que hay muchas obras hermosas, cierto es, pero que antiguallas son en fin de cuentas, y, al otro, el altanero arpende saqueado de lo moderno, en el que quizá nada crece, pero que es moderno; pasó el transeúnte; y, tras su paso, helos aquí inclinados sobre su escritorio de poetas; y, en silencio, nos hablan de él, del espantoso labrador, del mirlo blanco. Miran el cometa; toman nota de sus perfiles; tiene doce pies, y, a veces, no tiene ninguno, o tiene mil pies, de eso sí se han dado cuenta; buscan el lugar, la fórmula y la clave; creen que hay una clave cifrada; combinan las cifras; ya casi lo tienen; están a punto de ver: y, de repente, si se alza a su espalda una risa más aguda, si susurra una seda bajo los pinos de Italia, si una voz de mujer los llama como desde muy lejos entre el hondo silencio, yerguen la cabeza dejando de mirar su libretita y se preguntan si el cometa ha pasado de verdad, si sus cálculos matemáticos tienen sentido, si la poesía existe en persona, o si es Arlequín quien los ha rebozado de harina. Desafortunadamente, Rimbaud tiene el don de enharinar a todos cuantos se le acercan: y, dicho esto, dejo las manos colgando, me acatarro; si me sacudo los faldones, salen nubes de harina. Pero hay veces en que me imagino, y es muy probable que todos los Gilles lo imaginen junto conmigo durante los fugaces momentos en que nos perdonamos, en que nos soportamos, cuando, por ejemplo, el viento del atardecer pasa por entre esos pinos de Italia que a nuestra espalda puso Watteau, cuando se nos pasa el catarro, cuando al mirarnos no vemos ya la harina sino algo así como un ropaje de luz, entonces sí, en esos instantes nos imaginamos que se halla de pie ante nosotros un muchacho de elevada estatura que también tenía manos grandes y toscas, obreras y como de lavandera, al decir de Mallarmé, un muchacho que para sacudirse la propia harina anduvo azacanado hasta la muerte con rimas, con renuncias a la rima, con rechazos, con trabajos de galeote; que, para hacer como que no era de Charleville, que no tenía por madre a la pobre Cuif, nos recluyó en las galeras modernas; imagino que ese muchacho, exhausto, se halla ante nosotros, de pie, con sus zapatones, y que nos mira con las manazas colgando. Se halla ante nosotros, tiene la misma estatura, o casi, hinca ambos pies en el suelo; viene de lejos, de un lugar donde ya no sabe que realizó eso que llamamos una obra; no siente ya ira; con hondo asombro contempla, en esa mano que llevamos colgando, la innúmera, la fútil glosa rimbaudiana. Mil veces lee su nombre, luego la palabra genio, luego la añeja palabra arcángel, luego las palabras absolutamente moderno, luego unas claves ilegibles y luego su nombre otra vez. Alza los ojos para clavarlos en los nuestros; y ahí nos quedamos, frente a frente, quietos, patidifusos, rancios; a nuestra espalda, los pinos de Italia no se mueven, no hay ni un hálito de viento; va a hablar, vamos a hablar, vamos a hacerle nuestra pregunta, vamos a responder, todo está a punto. Una repentina ráfaga hace alzarse el rumor de los pinos. Rimbaud ha vuelto a meterse de un brinco en su danza; ya estamos solos otra vez, con la pluma en la mano.
Anotando la Vulgata.





En Rimbaud el hijo (1991) 
Título Original: Rimbaud le fils 
Traductor: Gallego Urrutia, María Teresa 
©2001, Anagrama 
Foto: Pierre Michon © Sophie Bassouls-Sygma-Corbis





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Shakespeare: Enrique IV (Acto Cuarto, in fine)

19 de octubre de 2014





Rey
La sala donde me he desvanecido ¿tiene algún nombre particular?

Warwick
Se llama Jerusalem, mi noble señor.

Rey
¡Gloria a Dios! Ahí es donde mi vida debe concluir. Me fue profetizado hace muchos años que no moriría sino en Jerusalem, y entonces supuse vanamente que sería en Tierra Santa. Llevadme, pues, a esa sala. Es en esa Jerusalem donde he de morir.















Trad.: Luis Astrana Marin
OC, Madrid, Aguilar, 1951
Image: The "Cobbe Portrait," thought to be the only portrait of William Shakespeare painted during his lifetime, circa 1612, oil on panel, unknown artist. The Latin legend "Principum amicitias!" included at the top of the portrait translates as "The Friendships of Princes!" and is thought to be a quote from Horace's Odes, book 2, ode 1.

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Adonis: Musiques – I, in Commencement du corps fin de l’océan

13 de octubre de 2014




8

Ainsi, dans l’étreinte de la nature et du corps, nous devenons tempête
         nous nous apaisons
         pas de décision pas de stratégie. Nous suivons nos organes
         nous finissons nous commençons.

Nos corps
un seul astre
         nous échangeons nos tristesses
         échangeons nos membres
         nos corps un même sang




Traduction de l’arabe de Vénus Khoury-Ghata
Mercure de France, 2004
Foto original color: Mariusz Kubik/Wikimedia


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Mahmud Darwish: Toma mi caballo y sacrifícalo

12 de octubre de 2014





Tú, no mi obsesión de conquistas, eres mi boda.
He dejado a mi alma y a sus parientes, tus demonios interiores,
la libertad de plegarse a tus deseos.
Toma mi caballo
y sacrifícalo
para que, cual guerrero tras la derrota, yo camine
sin sueños ni emociones...
Paz a la fatiga que deseas,
al príncipe cautivo, al oro necesario para la celebración
del verano por tus seguidores. Mil paces para ti,
entera y plena con tus pretendientes, humanos o genios.
Paz a lo que has hecho de ti para
ti: la horquilla de tu pelo rompe
mi espada y mi escudo,
y el botón de tu camisa porta, en su luz,
la contraseña para toda clase de pájaros.
Toma mi aliento como si tomaras una guitarra que acceda
a tus deseos de viento. Toda mi Andalucía
está en tus manos. No descuides ninguna cuerda
para defender el alma en mi Andalucía.
Yo sabré, en otra época,
sabré que he logrado la victoria con mi desesperación,
que he encontrado mi vida, allí,
fuera de ella, junto a mi pasado.
Toma mi caballo
y sacrifícalo, para que yo porte mi ser,
vivo o muerto.







Mahmud Darwish 
Al-Birwa 13 de marzo de 1941 - Houston 9 de agosto de 2008
Traducción directa del árabe: María Luisa Prieto
Cortesía: Poesía árabe
Foto: Eamonn McCabe




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