Alejandra Pizarnik: Cuaderno de diciembre de 1962

24 de mayo de 2015

19 de diciembre
M. me dice que sólo quedará lo que se escribe. Me dio miedo porque pensé que hasta la lluvia puede borrar un poema.










Alejandra Pizarnik, Diarios 
Edición a cargo de Ana Becciu (2003)
Foto sin data alguna (a editar)



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Pascal Quignard: De deo ignoto (fragmento)

5 de mayo de 2015





Meister Eckhart dice en uno de sus más bellos sermones que María Magdalena se sintió horriblemente decepcionada: Allí donde esperaba ver a Jesús vio a dos ángeles, allí donde esperaba a uno vio a dos, allí donde esperaba la eternidad encontró el tiempo, allí donde esperaba la antigua unión descubrió el lenguaje.
¿Por qué las mujeres, los hombres, fueron llevados a hacer que regresara después de la vida, en el seno de un Padre que a su vez oficia en el fondo de la noche de la muerte, el desconocido que los engendró tras haberse desnudado durante la escena que no pueden haber visto puesto que son su efecto?
¿Por qué un Padre único después de la muerte? Porque fue forzosamente único antes de la concepción.
Magdalena, la santa pecadora, se decepciona porque no hay una unidad que se levante frente a su cuerpo, ante la piedra removida del Dios muerto. Es llevada de nuevo al mundo viviente donde no hay lengua natural que no insinúe de inmediato en el cuerpo la separación, la interlocución, la guerra civil.

Los héroes de Homero todavía manifestaban histéricamente esos desdoblamientos socráticos, aun cuando no tomaran la forma de “monólogos” interiores. Siempre se trataba de “diálogos” que el aeda cantaba en el interior del cuerpo del héroe. Una voz alucinógena se dirigía al héroe y le aconsejaba extensamente sosteniendo discursos, dialogando con su corazón, con su hígado, con su aliento, con su valor, como un hombre con un hombre. Hay dos dioses desconocidos. Hay dos agnostos theos. Hay dos deus ignotus. Hay dos sexos que de inmediato difieren como los Manes, es decir que prescriben de inmediato, en el instante del nacimiento a la segunda vida, la diferencia sexual como destino tenaz y sempiterno. Siempre soñamos con uno solo –que es el otro. 








En Morir por pensar, XXVII
Ultimo reino, IX
Buenos Aires, El cuenco de plata, 2015
Traducción: Silvio Mattoni

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Pascal Quignard: Las sombras errantes, Cap. III

3 de mayo de 2015





Pertenece a la estructura del lenguaje ser su propio tercero.
El escritor tanto como el pensador saben que en ellos está el verdadero narrador: la formulación.

Lo que hago es así: el trabajo del lenguaje que pesa, piensa, pende, se dispensa a sí mismo. 











Las sombras errantes 
Ultimo reino, I
Premio Goncourt en 2002
Versión Silvio Mattoni
Buenos Aires, El cuenco de plata, 2014
Foto: PQ Paris, 1984 © Marianne Rosenstiehl/Sygma/Corbis


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Rufino Tamayo: Perro ladrando a la luna

24 de abril de 2015







México, 1943
Además y porque






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Pascal Quignard: La invención de la conciencia (fragmento)

20 de abril de 2015






Cada cual soporta su Estado interior.
Cada cual padece su policía interna.
Cada cual padece a su padre y a su madre.
Cada cual padece sus Manes.
Lo real es más imprevisible que la lengua que nos defiende de ello.
Lo real es más indomable que el mundo.

La seda proviene de un gusano, el hilo del grito de la cuna, la obediencia de la voz perdida del primer mundo, el pecado de la obsequiosidad, el miedo de la vida, el fuego de las ramas secas, el hombre de una vulva, el daimon de un espejo, las alas de la luna, el ángel de la masturbación.







Pascal Quignard
Morir por pensar
Ultimo reino IX
Buenos Aires, El cuenco de plata, 2015


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Günter Grass: Ojeada retrospectiva a "El tambor de hojalata" o el autor como testigo dudoso

13 de abril de 2015







En la primavera y el verano de 1952 hice un viaje en auto-stop por toda Francia. Vivía del aire, dibujaba en papel de envolver y escribía incesantemente: me había entrado la diarrea del lenguaje. Además de unos cantos bastante imitativos —creo— sobre el difunto timonel Palinuro, surgió un poema largo y proliferante, en el que Óscar Matzerath, antes de que se llamara así, aparecía como santo estilita.
Un joven, existencialista, como imponía la moda de entonces. Albañil de profesión. Vivía en nuestra época. Rebelde e instruido más bien al azar, no escatimaba las citas. Antes incluso de que el bienestar llegara, estaba harto de tanto bienestar: totalmente enamorado de su propio asco. Por eso levantaba en medio de su pequeña ciudad (que quedaba innominada) una columna, sobre la que tomaba posiciones encadenado. Con una larga pértiga, su refunfuñona madre le daba de comer en una tartera. Sus intentos de seducirlo para que bajara eran apoyados por un coro de muchachas peinadas al estilo mitológico. Alrededor de la columna circulaba el tráfico de la pequeña ciudad, se reunían amigos y enemigos y, finalmente, una congregación de papanatas. Él, el estilita, apartado de todo, los miraba desde las alturas, se apoyaba tranquila y alternativamente en un pie y en otro, había encontrado su perspectiva y reaccionaba cargado de metáforas.
Aquella larga poesía no estaba lograda, se quedó en algún lado y únicamente he conservado algunos fragmentos que muestran tan sólo lo influido que estaba yo entonces, simultáneamente, por Trakl y Apollinaire, Ringelnatz y Rilke, y detestables traducciones de Lorca. Únicamente era interesante la búsqueda de una perspectiva distante: el punto de vista elevado del estilita resultaba demasiado estático. Sólo la altura de los tres años de Óscar Matzerath ofrecería a un tiempo movilidad y distancia. Si se quiere, Óscar Matzerath es un estilita al revés.
A finales del verano de aquel mismo año, cuando, viniendo del sur de Francia, me dirigía por Suiza hacia Dusseldorf, no sólo encontré por primera vez a Anna, sino que también, por contemplación pura, fue derrocado el estilita. En una ocasión sin importancia, por la tarde, vi entre adultos que tomaban su café a un chico de tres años que llevaba colgado un tambor de hojalata. Me llamó la atención y se me quedó grabado: el ensimismamiento absorto de aquel chico de tres años con su instrumento, y también la forma en que, al mismo tiempo, hacía caso omiso del mundo de los adultos (bebedores de café que conversaban en la tarde).
Durante sus buenos tres años, aquel «hallazgo» quedó sepultado. Me mudé de Dusseldorf a Berlín, cambié de profesor de escultura, volví a encontrar a Anna, me casé al año siguiente; saqué a mi hermana, que se había emperrado, de un convento católico; dibujé y modelé figuras aviformes, saltamontes y gallinas afiligranadas; fracasé en un primer intento en prosa de más vuelo, que se llamaba La barrera y tomaba prestado de Kafka el modelo y de los primeros expresionistas el aparato de metáforas, y sólo entonces escribí, porque estaba menos tenso, las primeras poesías relajadas de circunstancias, imágenes puestas a prueba en el dibujo que se apartaban de su autor y cobraban esa independencia que permite la publicación: Las ventajas de las gallinas de viento, mi primer libro.
Con ese bagaje —material acumulado, proyectos vagos y ambiciones más concretas: yo quería escribir mi novela, Anna buscaba una disciplina de ballet más estricta— dejamos Berlín a principios de 1956, sin recursos pero despreocupados, y nos fuimos a París. En las proximidades de la Place Pigalle, Anna encontró en madame Nora una severa nodriza balletística rusa; yo, mientras pulía aún mi pieza teatral Los malvados cocineros, comencé la primera redacción de una novela, que llevó títulos de trabajo cambiantes: «Óscar el tamborilero», «El tamborilero», «El tambor de hojalata». Y ahí, precisamente, se me resiste la memoria. Sé, desde luego, que tracé gráficamente varios planes, que condensaban todo el material narrativo, y los llené de palabras clave, pero esos planes se anularon a sí mismos y, al avanzar el trabajo, quedaron sin valor.
Sin embargo, también los manuscritos de la primera y la segunda versión, y finalmente de la tercera, alimentaron la estufa de mi cuarto de trabajo, del que todavía tengo que hablar aquí.
Con la primera frase: «Pues sí: soy huésped de un sanatorio», cayó la barrera, se precipitó el lenguaje, corrieron a su antojo la capacidad de recuerdo y la fantasía, el placer lúdico y la obsesión por los detalles, brotaron capítulos de capítulos, salté cuando los agujeros estorbaban al río del relato, acudió a mi encuentro la historia ofreciéndome productos locales, se abrieron de golpe cajitas liberando olores, adquirí una familia que creció desenfrenadamente, me peleé con Óscar Matzerath y sus compinches por los tranvías y su trazado, por acontecimientos simultáneos y la absurda coacción de la cronología, por el derecho de Óscar a hablar en primera o tercera persona, por su pretensión de engendrar un hijo, por sus deudas auténticas y su culpa fingida.
Así, mi intento de darle a él, el individualista, una hermanita perversa, fracasó por la oposición de Óscar; es posible que esa hermana frustrada insistiera luego en tener existencia literaria como Tulla Pokriefke.
Mucho mejor que del proceso de la escritura me acuerdo de mi cuarto de trabajo: un cuchitril húmedo en la planta baja, que me servía de taller para trabajos de escultura comenzados pero que, desde que empecé la redacción de El tambor de hojalata, se estaban desmoronando. Mi cuarto de trabajo era al mismo tiempo sótano de calefacción de nuestro diminuto piso de dos habitaciones, situado encima. Con el proceso de escritura engranaba mi actividad como calefactor. Cuando mis trabajos en el manuscrito se atascaban, iba con dos cubos a traer coque de un cobertizo de la parte delantera de la casa. Mi cuarto de trabajo olía a paredes mohosas y, nostálgicamente, a gas. Aquellas paredes chorreantes alimentaban el río de mi imaginación. Es posible que la humedad del cuarto favoreciera el ingenio de Óscar Matzerath.
Una vez al año, durante los meses de verano, podía escribir unas semanas al aire libre en Tesina, porque Anna es suiza. Allí me sentaba en una mesa de piedra bajo una pérgola, contemplaba el centelleante paisaje de bambalinas de la región meridional y describía, sudando, el Báltico helado.
A veces, para cambiar de aires, emborronaba proyectos de capítulos en los bistrós de París, tal como se han conservado en las películas: entre parejas de enamorados trágicamente enlazadas, ancianas embutidas en sus abrigos, paredes de espejos y adornos art nouveau, algo sobre afinidades electivas: Goethe y Rasputín.
Y, sin embargo, durante esa época, debí de vivir vigorosamente, cocinar con cariño y bailar de alegría por las bailarinas piernas de Anna en toda ocasión propicia, porque en septiembre de 1957 —estaba en mitad de la segunda versión— nacieron nuestros gemelos Franz y Raoul. No eran un problema de escritura, sólo financiero. Al fin y al cabo, vivíamos con trescientos marcos al mes exactamente administrados, que yo ganaba como de pasada. A veces creo que el hecho simple, pero que afligía a mi padre y mi madre, de no haber hecho el bachillerato me protegió. Porque con el bachillerato hubiera recibido sin duda ofertas de trabajo, me hubiera convertido en redactor del programa de noche, hubiera guardado mi manuscrito comenzado en un cajón y, como escritor fracasado, hubiera acumulado un rencor creciente hacia todos los que se expresaban escribiendo libremente a su aire, mientras el Padre celestial los alimentaba.
El trabajo en la versión final del capítulo sobre la defensa de los correos polacos de Danzig hizo necesario, en la primavera de 1958, un viaje a Polonia. Hóllerer medió, Andrzej Wirth escribió la invitación y fui a Gdansk pasando por Varsovia. Sospechando que pudiera haber todavía antiguos defensores supervivientes de los correos polacos, me informé en el Ministerio del Interior, que mantenía una oficina en la que se acumulaban los documentos sobre los crímenes de guerra alemanes en Polonia. Me dieron la dirección de tres exfuncionarios de correos (las últimas señas eran del 49), pero me dijeron también que aquellos supuestos supervivientes no habían sido reconocidos por el sindicato polaco de trabajadores de correos (ni tampoco de otra forma oficial), porque en el otoño de 1939, según la versión alemana y polaca, se dijo públicamente que todos habían muerto: pasados por las armas. Por eso habían grabado todos los nombres en las lápidas conmemorativas, y quien está grabado en piedra no vive ya.
En Gdansk buscaba a Danzig, pero encontré a dos de los antiguos funcionarios de correos polacos, que entretanto habían encontrado trabajo en los astilleros, ganaban allí más que en correos y, en realidad, estaban contentos con su situación no reconocida. Sin embargo, los hijos querían que sus padres fueran héroes y se esforzaban (infructuosamente) para que los reconocieran: como luchadores de la resistencia. De los dos funcionarios (uno de ellos había sido distribuidor de giros postales) obtuve descripciones detalladas de lo que pasó en los correos polacos durante la defensa. No hubiera sabido inventar sus huidas.
En Gdansk recorrí los caminos de mi colegio de Danzig, hablé en cementerios con nostálgicas losas sepulcrales, me senté (como me había sentado de colegial) en la sala de lectura de la biblioteca pública, hojeando tomos de El Mensajero de Danzig, y olí el Mottlau y el Radaune. En Gdansk era un extraño y, sin embargo, lo encontré otra vez todo en fragmentos: baños públicos, caminos del bosque, gótico de ladrillo y aquella gran casa de vecindad del Labesweg, entre la plaza Max-Halbe y el Mercado Nuevo; también visité otra vez (por consejo de Óscar) la iglesia del Sagrado Corazón: el viciado aire católico seguía en pie.
Y entonces me encontré en la cocina-comedor de mi tía abuela cachuba Anna. Hasta que no le enseñé mi pasaporte no me creyó: «Vaya, Guinterín, t'as hecho gandote». Allí me quedé algún tiempo escuchando. Su hijo Franz, en otro tiempo empleado de los correos polacos, fue fusilado realmente después de la capitulación de los defensores. Grabado en piedra, encontré su nombre en la placa conmemorativa, reconocido.
Cuando en la primavera de 1959 había terminado el manuscrito, corregido las pruebas de imprenta y decidido la composición, me concedieron una beca de cuatro meses. Hóllerer había mediado una vez más. Yo tenía que ir a los Estados Unidos y responder de vez en cuando a preguntas de los estudiantes. Pero no pude. En aquella época, para obtener un visado, había que pasar un riguroso examen médico. Lo hice y me enteré de que, en distintos puntos, mis pulmones mostraban tuberculomas, formaciones nodulosas: cuando los tuberculomas revientan, hacen agujeros.
Por eso, y también porque, entretanto, De Gaulle había subido al poder en Francia y, tras una noche de detención policíaca francesa sentí franca nostalgia de la policía de la Alemania federal, dejamos París, poco después de haber aparecido como libro (y haberme dejado) El tambor de hojalata, y nos fuimos otra vez a Berlín. Allí tuve que dormir la siesta, renunciar al alcohol, pasar periódicamente reconocimientos médicos, beber nata y tragar tres veces al día unas pastillitas blancas que, según creo, se llamaban Neoteben: con lo que me puse gordo y colorado.
Sin embargo, todavía en París empecé los primeros trabajos para la novela Años de perro, que al principio se llamó «Mondas de patata» y fue mal planteada en sus comienzos. Sólo la novela corta El gato y el ratónquebró aquella concepción de corto aliento. No obstante, en aquella época era ya famoso y no tenía que alimentar la calefacción con coque mientras escribía. Desde entonces escribir me resulta más difícil.
Günter Grass 1973


Publicado en Aufsdtze zur LiteraturDarmstadt, Luchterhand Verlag, 1980
Traducción Miguel Sáenz


Incluido como apéndice en la edición digital
Título original: Die Blechtrommel
Primera edición: Günter Grass, 1959

Traducción: Carlos Gerhard y Joaquín Mortiz
Prólogo de Mario Vargas Llosa

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Pascal Quignard: Sobre la crisis griega (fragmento)

11 de abril de 2015




¿Por qué la filosofía fue el callejón sin salida del pensamiento mítico en Occidente? ¿Por qué el pensamiento mítico, de manera tan imprevisible como suntuosa, en el oeste del mundo procuró desmitificarse? Momento imprevisible, en el siglo V antes de nuestra era, en el borde del mundo oriental, durante el infatigable ascenso potencial de los gimnosofistas de la India y de los sofistas de Oriente que recorrían el mundo antiguo de caravana en caravana, de factoría en factoría, de encrucijada en encrucijada, de feria en feria, de barco en barco, de puerto en puerto.
La primera filosofía no es primera. La filosofía fue una reacción a la errancia salvaje del pensamiento, de origen chamánico, que se irradió a partir del lago Baikal, que cruzó el estrecho de Bering, que se realizó poco a poco, en Asia y en Europa, en el transcurso del neolítico.
La filosofía quiso ser, precisamente, una anti-sofística.
Al libre juego de la lengua a partir de la alucinación del sueño, el budismo respondió mediante el estallido de esa alucinación (en sánscrito, el nirvana); la filosofía respondió mediante la verdad (en griego, alétheia).
La palabra nirvana significa extinción. Extinguir el reflejo. La palabra a-létheia significa no-olvido. No olvidar, detrás de las siluetas proyectadas sobre la pared que está enfrente, la luz que las alumbra. La filosofía se niega a apagar la mecha. A la ascesis de Medio Oriente, la filosofía de los antiguos griegos respondió con una paideia que asigna un fin en el interior de la polis. Antes que la noesis, la filo-sofía prefirió la pedagogía de los niños y puso por delante la constitución política de las ciudades autónomas, muy celosas de su hegemonía. La educación inicia en el saber constituido, predispone a la deliberación de la asamblea, inserta el mundo psíquico en la fascinación política, la orientación de las virtudes, la jerarquía de valores, la coerción de las leyes, el miedo a los jueces. Tal integración comunitaria constituye su alegría particular. Su tarea consiste en sujetar al sujeto de arriba abajo. Es la felicidad de la pertenencia. Es la politeia.
Ahora bien, dicha facultad inclusiva es contraria al pensamiento errático (a la búsqueda aporética) así como el saber es lo contrario del conocimiento. Saber y conocer son heterogéneos. El chamán era rechazado a la periferia del grupo de caza (machos adolescentes y machos maduros, todos portadores de lanzas) así como era excluido del hogar (a la vez femenino, infantil y senil).

La secesión de los cazadores de espíritus y su vida solitaria comenzó mucho antes de la Historia, muchísimo antes de la politización de las ciudades griegas, mucho antes de la mitificación de los grandes relatos. Incluso mucho antes de las primeras ciudades del mundo neolítico. El pensamiento comenzó mucho antes de Atenas, Roma, Alejandría, Bizancio, Bolonia, París, Oxford, Berlín, Viena. Comenzó ya en el mundo paleolítico con el movimiento de la aproximación que entrega al cazador a la proeza solitaria. El movimiento que preside la anacoresis es originario. Precedió al mismo Buda. Ya está en Shiva desnudo, itifálico y cubierto de cuernos en el bosque de pinos. 






En Morir por pensar, Cap. XVII
Ultimo Reino IX
Trad. Silvio Mattoni
Buenos Aires, Cuenco de Plata, 2015
Foto original color: Pascal Quignard, Paris, 1989
© Sergio Gaudenti/Kipa/Corbis


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Miguel Ruibal no necesita título

10 de abril de 2015










Abril 2015
Acrílicos, tíntas y pasteles sobre cartón
21 cm de base x 30 cm de alto
Sitio oficial
Flick Gallery - FB



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Pascal Quignard: Se puede morir por pensar (2)

8 de abril de 2015







Ulises en harapos es reconocido por su viejo perro Argos.
Homero escribió, hace 2800 años, en Odisea XVII, 301: Enoesen Odyssea eggus eonta. Palabra por palabra: Pensó a “Ulises” en aquel que avanzaba frente a él.
La escena es perturbadora, porque ningún hombre ni ninguna mujer en la isla de Ítaca han reconocido todavía a Ulises disfrazado de mendigo: es su viejo perro Argos quien reconoce de pronto a ese hombre. El primero al que se descubre pensando en la historia europea es un perro.
Es un perro que piensa a un hombre.
Retomo la escena: El perro está acostado sobre el estiércol. Ante el sonido de una voz que se alza cerca de la puerta, levanta la cabeza. Ve a un mendigo que está hablando con el porquerizo. Pero el disfraz no engaña por mucho tiempo al perro: piensa a Ulises con el mendigo.
Pero en el mismo momento, de pronto, el mismo Ulises siente que lo reconocen en el espacio (que alguien “piensa” en él en el entorno). Ulises mira a su alrededor, percibe finalmente, no muy lejos del pórtico, yaciendo sobre el montón de basuras y de pajas sucias, a su muy viejo perro de caza, Argos, con el cual perseguía jabalíes, ciervos, liebres, cabras montesas veinte años antes, cuando era el rey de la isla.  
Sobre todo, Ulises no quiere ser reconocido. Enjuga apresuradamente una lágrima que corre por su mejilla, que previamente ensució con un pedazo de madera quemada para no ser identificable.
Argos por su parte alza la vista, estira su hocico en el aire, “piensa” a Ulises en el mendigo, mueve la cola, baja las dos orejas, muere.
Piensa y muere.
Así, el primer ser que piensa en Homero resulta ser un perro porque el verbo “noein” (que es el verbo griego que se traduce como pensar) quería decir primero “oler”. Pensar es olfatear la cosa nueva que surge en el aire circundante. Es intuir más allá de los harapos, más allá del rostro embadurnado de negro, en el seno de la apariencia falsa, en el fondo del entorno que no deja de modificarse, la presa, una velocidad, el tiempo mismo, un salto, una muerte posible. Provenimos de una especie donde la predación prevalecía por encima de toda contemplación. La contemplación, en griego, se decía theoría. La presa era engullida por el devorador. La presa no era contemplable sin una agresión casi inmediata, sin la destrucción consecutiva a la visión, y sin su consumo exhaustivo en los restos de la carroña desarticulada por cada predador saciado.
No era contemplable, una vez satisfecho su propia hambre, más que el desecho de la comida: cuernos, huesos, dientes, colmillos, astas, pieles, pellejos, caparazones, plumas, excrementos, estiércol.
Es el primer léxico.
Todos esos relieves en el campo visual, vestigios de lo viviente, huellas de la motricidad de las fieras, mnemotecnias de sus muertes, son otras tantas letras (en latín litterae) que formaban lo único contemplable.
Parménides escribió que los signos (en griego los sémata) son primero los excrementos de los animales perseguidos, luego las huellas que indican su camino, finalmente los astros (en latín los sidera) que jalonan sus recorridos.
Los signos del paso de los animales se vuelven signos de reconocimiento que guían a los cazadores hacia sus presas –hasta que de pronto se dan vuelta y se tornan signos del rastro que permite regresar del lugar de la rapiña hasta el “hogar”, hasta su “fuego”, hasta la cocción de las presas muertas y destrozadas, hasta la posibilidad del relato no solamente de la caza sino también de la supervivencia junto a los suyos, sentados en círculo alrededor de las llamas que asan a las presas muertas.
El movimiento de volver atrás se dice en griego meta-fora.
El movimiento de desandar el camino se dice en chino tao.
Los antiguos griegos de Turquía (como los antiguos chinos del taoísmo) pensaban el pensamiento como un ir y volver: noein y neomai. Pensaban el pensamiento como un ir que no olvida el camino por el que va. Un ir que va pero ya volviendo, tal es el camino, la senda, la vía que constituye el fondo del pensamiento. Chuang-tsé escribe: tal es el tao. Heráclito escribe, más sabiamente, en la misma época: es una enantiodromía (una carrera que vuelve sobre sus pasos). Por tal motivo, los primeros pensadores de Grecia, mucho antes de que se constituyera la filosofía, desearon fundar el término noos (pensamiento) en la palabra nostos (regreso). Pensar era errar por cualquier parte acordándose sin embargo de poder regresar vivo entre los suyos a la salida de la prueba mortal. Hay una añoranza (en latín un regressus) hasta en la audacia de pensar. Hay un camino que no se olvida en aquello que piensa. Es lo que significa la palabra griega método (meta-hodos): el camino inverso (la vía recapitulativa) donde precisamente el trans-porte (la meta-fora) se hace al revés. Hay algo perdido que se ama sin terminar en el movimiento nostálgico de pensar. ¿Son capaces los humanos de pensar sin retorno? No. Se entiende por qué Rachord piensa en primer lugar, antes de tomar la decisión de transformar su cuerpo, antes de hundirlo en una nueva agua originaria: “¿A dónde fueron mis muertos?” Lo invade una añoranza y huye del agua eterna para encontrarlos, luego de tres días, allí donde está la mayoría: en la oscuridad del otro mundo donde se amontonan, debajo de la tierra, todos los muertos que se descomponen.

De tal modo, el verso 326 del canto XVII de la Odisea de Homero describe el extraño thanatos (la voluptuosidad, la deflación, la depresión, la muerte) del perro de caza en el momento que sigue inmediatamente a su noesis (su olfato, su pensamiento). Las sombras de la muerte cubrieron los ojos de Argos inmediatamente después de que percibieran a Ulises, al que esperaban ver después de veinte años. 





En Morir por pensar, Cap. III
Ultimo Reino IX
Trad. Silvio Mattoni
Buenos Aires, Cuenco de Plata, 2015
Foto: Pascal Quignard 1986 Paris © Patrick Zachmann/Magnum Photos



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Francisco de Goya y Lucientes: Nadie se conoce

30 de marzo de 2015







Aguafuerte, aguatinta
210 x 148 mm.
Según Colección Ayala.
El mundo es una máscara: el rostro, el traje y la voz, todo es fingido. Un general afeminado obsequia a madama delante de otros cornudos.

Según Museo del Prado.
El mundo es una máscara: el rostro, el traje y la voz, todo es fingido: todos quieren aparentar lo que no son, todos se engañan y nadie se conoce.

Según Biblioteca Nacional.
Un general afeminado o disfrazado de mujer en una fiesta, se lo está pidiendo a una buena moza; él se deja conocer por los bordados de la manga; los maridos están detrás, y en vez de sombreros, se figuran con tremendos cuernos como de unicornio. Al que se tapa bien le sale derecho; al que no, torcido.



Los caprichos (1799), 6
Fuente InfoGoya, Universidad de Zaragoza



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