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Carl Sandburg: Cadenza (bilingüe)

19 de enero de 2017






Las rodillas
de esta mujer altiva
son hueso.

Los codos
de esta mujer altiva
son hueso.

Las estrellas blancas del verano
y las estrellas blancas del invierno
nunca dejan de girar
alrededor de esta mujer altiva.

Los huesos
de esta mujer altiva
responden a las vibraciones
de las estrellas.

En verano
las estrellas
expresan pensamientos profundos
en invierno
las estrellas repiten su discurso del verano.

Las rodillas
de esta mujer altiva
conocen estos pensamientos
y estos discursos
de las estrellas del invierno y del verano.




Carl Sandburg - Cadenza


The knees
of this proud woman
are bone.

The elbows
of this proud woman
are bone.

The summer-white stars
and the winter-white stars
never stop circling
around this proud woman.

The bones
of this proud woman
answer the vibrations
of the stars.

In summer
the stars speak deep thoughts
In the winter
the stars repeat summer speeches.

The knees
of this proud woman
know these thoughts
and know these speeches
of the summer and winter stars.








Carl August Sandburg
Illinois, 6 de enero de 1878 - Flat Rock, 22 de julio de 1967
Versión Isaías Garde
Fuente Zoonphonanta




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Susana Thénon: El poema

8 de enero de 2017



I

enfermo de tu sol
no podrías hablarme
sin perder tu moneda
tu árbol radiante
en este invierno de raíces prohibidas

condenado ardes hoy     la muerte es sólo
porvenir     ciudad confusa
donde estrellas y manos se aglomeran

el alto frío surto en el mar
abre sus letras impasibles

de la maligna eternidad
escapas     noche del alma
diciendo no



II

términos bordes muros
donde grabo promesas
donde salvo tu nombre de la invasión
donde una vez
resonarás mal pronunciado
sustraído al silencio
tú que fuiste
rumor secreto de los días

amor te digo     amor dirá en el tiempo
otra boca
de óxido y sol mañana

sobre esta piedra
donde escribo tu nombre
donde lo borro
ennegrecido
puro de muerte
mientras todo cae



III

arte dulce y oscuro de pensar
tu desnudo en la muerte como un extraño
allí tu nombre     el tiempo
ya no piden por agua     estás muy solo
con los tuyos     cielos antiguos
por sí mismos caen
bajo el delirio de la luz     sin manos
creces y huyes

cerca anda el mar





En La morada imposible, Tomo II
[Otros poemas inéditos sin fechar] págs. 168-170
Edición a cargo de Ana María Barrenechea y María Negroni
Buenos Aires, Corregidor, 2004

Foto: Anatole Saderman


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Gustavo Espinosa: Diatriba del poeta pobre

27 de diciembre de 2016




Cuando Pablo Neruda corrigió las galeras
de su Oda a la pobreza,
ya era inflado y lujoso como un globo aerostático:
un poeta parecido al tapir o a la luna
que ya había obstruido
cañerías laberínticas
de lentos transatlánticos, pagodas y embajadas,
con cagadas pomposas
(fabricaba fantásticos pasteles el poeta
con peces o con frutos de Rangún o de India
o con caviar birlado al bigote de Stalin).
Cuando el mismo Neruda
dijo que estaba en contra de las aristocracias,
de la tuberculosis en los picapedreros,
de la nariz de Nixon,
su vulcanología de pedos polifónicos
detonados mediante champán y madreperlas
ya había marchitado
corolas de sombreros, alas de fracs vultúridos
y narices de cónsules.
¡Viva Pablo Neruda!

Quien esto escribe, en cambio,
atesta con dentales su inédita diatriba
asistido por todas las tubas de su estómago
y por radios que cantan
sus alegres teoremas a favor de la pepsi.
Este poeta está siendo
acechado por flacos lavatorios de fierro
en piezas que se alquilan
solamente a suicidas o a mujeres que juran
no volver a ovular.
Este mismo poeta
que ha masticado oscuros objetos del infierno
—carne de perro muerto y plástico revuelto—
llora frente al vacío de las ensaladeras,
frente a un deslumbramiento de tomates perdidos,
y eructa una penumbra
de papas sin sentido.

Y este mismo poeta, junto a los habitantes
de algún Pirarajá o Kabul de la mente,
junto a otros para quienes
Ferlinghetti es el nombre de un auto supersónico
(o sería Lamborghini, o talvez Alighieri),
farfulla el jingle inmundo
del vacío. Se aturde
ante la muchedumbre de todo lo que falta:
el desierto de cielo y mar en las ventanas,
la fuga de ventanas
(lo que es decir paredes ciegas y cascarudas),
la huida del calor, el pimentón, o el hielo,
cuando no es que lo asedian
materia conjurada, artilugios traidores:
cacerolas convexas y quirófanos negros.
Luego:
sabe el poeta que una gallina arpía
del tamaño de un boeing
desprogramó la trama tremenda de la Eneida,
la transmutó en naufragio de las declinaciones,
que estableció su podre, su mina de parálisis,
su huevo miserable
dentro de la alegría:
piénsese en Maiakovski, la nube en pantalones,
o el pobre Roque Dalton;
o recuérdese a Góngora,
el cura alucinógeno,
entubado en sotanas torvas y culteranas
bajo el verano atómico del siglo diecisiete.

Es el poeta pobre
el mutante que ambula en un supermercado
fantasma («Viuda e hijos de Gutemberga & Co.»)
porno y superpoblado como un sueño del Papa;
es la vieja que traga
teleteatros vencidos
coprotagonizados por galanes de Marte,
y, como ella, merece
morir bajo el tamaño del elefante negro
de Quinto Horacio Flaco.


26/3/1989




En Cólico miserere
Montevideo, Ediciones Trilce, 2009

Foto: Gustavo Espinosa por Iván Franco


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Alberto Laiseca (11 de febrero de 1941-22 de diciembre de 2016): Poemas chinos

22 de diciembre de 2016





La Gran Muralla


No es su costumbre,
pero la garza amarilla desplegó sus alas e inició anoche un vuelo nocturno.

No es frecuente en China;
pero a veces ocurre que alguien desarma la Gran Muralla
para que el corazón quede expuesto
y pueda volver a amar.

Yuan Ho. Dinastía Han





Despedida flotante


Hace once años que partiste.
Nadie toca ese laúd pintado de rojo
pero yo todavía escucho su despedida flotante.
Los caballos pasaron ayer frente a la casa donde vivo;
sin embargo, el coral aún tintinea sobre mi mesa.
La tarde no ha terminado
y el campesino sigue empeñado en el arrozal.
Ni la más severa disciplina logró dispersar la niebla de la mañana,
que conservo en el hueco de mi mano.

Yang Ch'eng. Dinastía T'ang




El rey Ch'in quema libros y construye murallas

El rey Ch'in quema libros y contruye murallas;
pero la nieve de las cuatro montañas aún no se ha fundido,
pese al estío.
El rey Ch'in lleva un trozo de jade desde su nacimiento;
pero entre los cañaverales una mujer ha parido.
El rey Ch'in ha escrito la Historia, con finos caracteres,
sobre papel de arroz;
pero Confucio dijo: "Odio el color púrpura
porque se confunde con el color rojo".
Los emperadores Yao y Shun, sonríen.

Yen Ts'anglang. Dinastía Ch'i




El recuerdo de tu sonrisa


El rocío aumenta el peso de mi túnica.
El sueño danza lejos de mí
ignorando la entrada que le proponen mis ojos.
Sin embargo es preciso que descanse esta noche,
pues mañana deberé cruzar ese desierto de bambúes de arena.

Casi no tengo agua,
pero el recuerdo de tu sonrisa
puede cambiar la desesperación y el destino.

Cho Tang. Dinastía Chin




Ayer, no estabas


Oigo la abominable música de Cheng.
Su disonancia convierte mi alma en Reinos Combatientes.
No es música del cielo ni del mundo terrenal.
Detesto la pintura de Foh,
porque sus masas intencionalmente mal balanceadas
arrojan a un Mundo Amarillo.
Veo huecos fundidos
que con insolencia arguyen contra las formas.
Maldigo los excecrables poemas de Tut,
porque dan bríos al puñado de arena del centro del oasis;
así, la mancha en la cosecha crece
hasta tomar dimensiones gigantescas
y la pasta del fondo adquiere magisterio sobre el agua clara.
Ayer, no estabas.

Chung Tshia. Ducado de Ts'in




El crecimiento de las grandes aguas


Por ti me he vuelto extravagante
como un diablo extranjero.
Miro tus ojos y veo florestas oscuras con algo de amarillo.
Senos infantiles pero de inmensos vértices;
pies diminutos y perfectos.
Entre tus piernas una pequeña Diosa China desnuda.
Cuán clamoroso el brote de bambú,
el marfil rosado,
con que la deidad se corona
como atributo divino.
Me fascina tu pelo negro
sobre la convulsión marrón de los tapices.
Pero Grandes Oídos captan el roce de los dedos
antes de que éstos lleguen a tocar la piel.
Te miro en público y mi corrección se altera.
Sé demasiado bien que múltiples ojos lo registran,
mientras las verdes aguas de la vergüenza
amenazan tragarnos.
No comprendo por qué,
a causa de mi condición femenina,
y de tu Origen Celestial,
sería mal visto si dijese
que eres encantadora.

Poema escrito por una cortesana desconocida del palacio de Nancia a la Reina




Arreglos de paisajes en miniatura

Tomo un puñado de tierra y hago creer a quien mira,
que se trata de una montaña.
Ella toma una copa labrada, llena de agua,
y la convierte en un río.
Ayer la vi
y acordamos transformar algo entre los dos
para burlar a los Seis Demonios del desierto.

Ho Yuan Chen. Dinastía Legendaria




Conociendo a una persona antes del momento adecuado
Pocas desgracias pueden ser tan formidables,
como la de estar deslizado en el tiempo.
Cinco años puede ser todo lo que hace falta
para la diferencia entre el horror y la felicidad.

Ho Yuan Chen. Dinastía Legendaria




Pequeño gorrión

Mi amada no conoce jaulas;
va y vuelve cuando se le ocurre.
No te cantaré cuando te hayas ido,
pequeño gorrión salvaje.
Te canto ahora que me amas.

Shen Chin. Dinastía Wei



El trueno de la seda

Escucho el trueno de la seda,
miro el brillo deslumbrador de una piedra opaca,
y huelo las escamas del pez de madera.
Sin embargo, no supe sentir a tiempo tu corazón.

Lu Ch'iu. Dinastía Hsia





Bajando el opuesto

Insinúas con tu actitud
que mi excesivo interés te inspira rechazo.
Pero el movimiento es siempre un punto de vista.
Yo digo que es la terraza la que baja su vuelo
alejándose de la grulla.

Tsé Fung Tsi. Reino de Chou





Tres años

Hay un momento donde más muerta está la ilusión
de eso que, desesperados, conseguimos en sueños.
No mucho después,
sino en el instante del despertar.
Abro los ojos luego de un sueño de tres años.

Cho Tang. Dinastía Chin





En aguas bajas

Mis poemas antes tenían
toda la profundidad de la superficie.
Ahora tienen toda la superficialidad
de lo profundo.
Yo sé de la molicie que espera en las aguas bajas.

Shen Chin. Dinastía Wei




La concubina

Ella, desnuda, se expone ante mí,
en una variedad de su invitación clásica.

Yen Ts'anglang. Dinastía Ch'i








En Poemas Chinos, 1987
Foto sin atribución Vía
Cortesía Biblioteca Ignoria


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Amelia Biagioni: San Simeón el Estilita




Por un ansia del mundo brota
la montaña de Telanissa
y sobre la montaña la columna
                             —cuarenta codos—
que alarga Simeón signo.

Cuarenta espadas o años
sin comer
sin dormir
             —ni con el pensamiento—
siempre de pie en la penitencia
             —sólo un bastón
             para apoyar su sombra—.

Cuarenta salmos o años
celebrando
             no con palabras:
con el crepúsculo hacedor
             del día y de la noche
con los astros de mirra
y el espacio capaz de soportarse
             fuego hielo ciclón diluvio
y con el buitre misericordioso.

Cuarenta aureolas o años
perseverando
            en el cénit
            en el milagro
contemplando y oyendo
                                          no con ojos
                                          no con oídos
entrando arriba
                       por gravedad
                       y sin saberlo por asalto
                       de amor
en el misterio
mientras el cuerpo
se le va
desmoronan-
do ver-
tical
has-
ta
mo-
rir.

Cuarenta combas o años
de firmamento en ansia
que exhala a Simeón rayo columna ardiendo
que se prolonga piedra
que alcanza a la montaña de Telanissa
que penetra en el mundo misterioso.





En El humo
Buenos Aires, Emecé, 1967
Foto: AB por Silvio Fabrykant


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Susana Thénon: Un poema de De lugares extraños, 1967

6 de diciembre de 2016





¿En qué es menos Aquiles que una rosa?
El hado los hizo crecer
con gloria,
les dio la inmortalidad, la ruina,
la caída y el rumoroso cielo.
Y sin prisa tomaron su minuto,
su luz, su espeso vino, su cólera.
Juntos se yerguen -alta sombra-
toda vez que labios humanos eligen.






En Obras completas, tomo I, pág. 80
Buenos Aires, Ediciones Corregidor, 2001
Foto: Anatole Saderman



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Miguel Ruibal: de inter-axiomas habidos

3 de noviembre de 2016









Tintas, pasteles grasos y acuarelas sobre papel
30 cms. de base por 42 cms. de alto
Tarrasa, Barcelona, 2016


http://miguelruibal.blogspot.com.es/
Flickr gallery TW FB


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Michel Maffesoli: Dioniso (El retorno)

1 de noviembre de 2016






Estar poseídos por los objetos que creíamos poseer, conceder importancia al sentido estético de las cosas, participar en las múltiples histerias (deportivas, musicales, religiosas, políticas) que ritman la vida social, es lo que debe hacernos prestar atención a una antigua figura mitológica cuya significación es difícil calibrar. ¡Al hablar de Dioniso de una manera insolente, o en cualquier caso poco académica, Nietzsche había sobresaltado a los lameculos universitarios de su época! Y, todo hay que decirlo, en los diferentes cenáculos de la intelligentsia moderna el sobresalto sigue estando a la orden del día.


Por el contrario, grupos musicales, líneas de ropa, marcas de licores, producciones cinematográficas, instalaciones artísticas, círculos de reflexión filosóficos e incluso locales de intercambio de parejas, no dudan en reivindicar el patronazgo de este dios petulante y ambiguo.


En efecto, si hay un icono cuyo renacimiento es difícil negar es, a buen seguro, el de Dioniso. En sentido estricto, se trata de la reaparición de una corriente subterránea. De una capa freática que no se veía, pero que irrigaba toda vida en la superficie. Mito recurrente. Es, más allá o más acá del eclipse moderno, un mito perdurable. El del placer de ser, del que la posmodernidad proporciona múltiples y constantes ilustraciones.


Nombre propio, Dioniso puede convertirse en adjetivo calificativo, dionisíaco. Asimismo, puede designar una forma de sabiduría, dionisíaca, que incita a gozar, bien que mal, de esta tierra y sus frutos. Y no es necesario ser un especialista en mitología griega para comprender que se trata de uno de esos arquetipos eternos que, en determinadas épocas, vuelven a adquirir fuerza y vigor.


Por consiguiente, se trata de un ícono emblemático, una especie de tótem inconsciente en torno al cual se producen los múltiples agregados sociales que constituyen la sociedad. Dioniso es el dios «de los cien nombres». Es múltiple y, a semejanza de la vida misma, fluidez total y perpetuo devenir. Es un dios proteiforme.


Se lo ha comparado con el «Inmortal Proteo» que, acompañado por su tropa de focas, imita las olas del mar. Un mar a la vez variado en sus olas y único en su reunión. En este sentido, está cerca de la maya de los hindúes, con sus innumerables formas. Es pues una entidad que, bajo nombres variados, repite una sola y única realidad.


A título personal, siempre me pregunté por qué mi pequeño ensayo[13] sobre la significación sociológica y metafórica de este dios petulante se tradujo, aparte de a otras lenguas europeas, al japonés, al coreano y al chino.


Y es porque, pensándolo bien, este arquetipo entra en correspondencia, en las cuatro esquinas del mundo, con el resurgimiento de la función orgiástica en nuestras sociedades. Se trata pues, en un modo transversal, de un estado de la conciencia o del inconsciente colectivos que, bajo distintos nombres, expresa el retorno de una nueva, o más bien renovada, vitalidad.


¡Cuánto desprecio, sonrisitas tácitas o, sencillamente, encogimiento de hombros suscitó esta orgía! ¡Cuando no se producía la famosa y habitual conspiración de silencio!


Y es que en la opinión intelectual moderna prevalece el espíritu de seriedad. Ese profundismo cuyos perjuicios puso de manifiesto el mediterráneo Paul Valéry. En pocas palabras, ese miedo a la vida, ese desprecio por este mundo en nombre de hipotéticos paraísos futuros, ya sean religiosos o políticos.


El catastrofismo vigente vitupera al Homo festivus que, en su efervescencia, tiende a eludir la admonición moral. A burlarse incluso, con una desenvoltura que no puede resultar más irritante.


No hay más que escuchar las innumerables tertulias televisivas para darse cuenta de la obsesión curiosa, acaso malsana (?), de la mayoría de los participantes por dar una explicación en términos políticos o económicos de todos los fenómenos sociales. Y si a un iluso se le ocurriese proponer una interpretación de esos mismos fenómenos mediante un recurso al factor emocional o a las pasiones enfrentadas, tras escucharlo distraídamente, se le conminaría insistentemente a que ¡vuelva a poner los pies en el suelo!


Curiosa denegación, porque es precisamente en este «suelo» donde arraiga quien fue calificado como «divinidad arbustiva»: Dioniso. Y el orgiasmo, al no ser en absoluto reductible al orgasmo sexual, es ante todo, y en todos los aspectos, el juego de las pasiones (orgé) colectivas. Pues una libido generalizada no se limita a un pansexualismo un tanto reductor. Es una especie de rumor subterráneo, que contamina, progresivamente, todas las maneras de interpretar el mundo.

¿Cuáles son, por tanto, las grandes características del icono dionisíaco?


En primer lugar, precisamente, esta dimensión «terrena»: es una divinidad llamada «ctónica», un dios autóctono. Se consagra y está unido a esta tierra. Con ello, y para retomar un término de la filosofía clásica, se pone el acento en un fuerte inmanentismo. ¿Qué quiere decir sino no esperar otro goce que del aquí y el ahora?


Podemos decirlo en varios idiomas sin que la comprensión disminuya para la mayoría. Por ejemplo, el Carpe diem de larga memoria, y que veremos declinarse en francés textualmente de todas las formas posibles. Restaurantes, camisetas, grupos de rock, círculos de meditación, campings para el intercambio de parejas, cofradías báquicas, líneas de ropa, asociaciones zen: ¿acaso hay algo, around the world, a lo que no se le haya aplicado el viejo adagio latino?

Sucede lo mismo con el no menos célebre, aunque más reciente, No future. También aquí se expresa la repatriación del goce característica de las variadas prácticas o técnicas dionisíacas. No posponer el placer para más tarde, sino obtenerlo, aunque sea relativamente, de lo que se presenta y se vive, con los demás, en este Instante eterno que se ha logrado arrebatar a las obligaciones sociales.


El momento adecuado, la ocasión propicia, el sentido de la oportunidad: eso es lo que caracteriza el presenteísmo[14] dionisíaco. Y no se trata aquí de una simple cuestión de escuela, desde el momento en que la falta o incluso el rechazo del proyecto es aquello mediante lo cual se puede caracterizar la sensibilidad juvenil ante el porvenir.


No se trata de la angustia existencial ante un futuro incierto, sino más bien de una actitud vital, en concordancia con el espíritu de la época. Basta con sacar provecho de lo que el tiempo nos concede. Ya veremos qué pasará mañana.

Postura trágica donde las haya, que siempre, cuando reaparece, viene acompañada de júbilo. El goce y lo trágico avanzan cogidos de la mano. Y el presenteísmo dionisíaco es una forma de sabiduría que pretende homeopatizar la muerte, reconciliarnos con la intensidad del momento vivido y, por ello, combatir la angustia del tiempo que pasa.


La otra marca distintiva de este mito es el culto al cuerpo. Pues ya que conocemos su precariedad, es preciso que lo celebremos y lo valoremos con la mayor intensidad posible.


Los historiadores mostraron cómo en el siglo XIX, y podemos añadir una buena parte del XX, el cuerpo sólo se legitimaba en su actividad productora o reproductora.


Eso a cuyo comienzo estamos asistiendo es la reanudación de las grandes épocas culturales que fueron, por ejemplo, la decadencia romana y el Renacimiento europeo, en las que lo importante era, por retomar el consejo de Ronsard, aprender a «coger las rosas de la vida». Conocemos su condición efímera, y eso es un acicate mayor para que apreciemos su fragancia.


Un cuerpo amoroso, un cuerpo gozoso. Es lo que la moda, la dietética o el body building muestran. Proliferan tiendas y revistas especializadas en él. Y los lugares en los que se cultiva su bienestar son, en la actualidad, moneda corriente. Por ejemplo, saunas, spa, diferentes talasoterapias, salones de masaje thais, californianos, cachemires, coreanos, etc., cuya enumeración pasa por técnicas ancestrales con denominaciones étnicas reales o inventadas.

Ayurveda, baños de barro de varias procedencias, aceites de perilla, de argán, de higos chumbos, jarabe de espino amarillo, jugo de abedul, sin olvidar el tantra, el tao o el qi-gong: todo sirve para celebrar el bienestar integral o para dar más valor al cuerpo individual.


Pero, al hacerlo, lo que se celebra también es el cuerpo social, porque el hedonismo inducido mediante estas técnicas y prácticas va contaminando poco a poco el conjunto de la sociedad. De lo que, en realidad, se trata es de un medio ambiente, en el sentido fuerte del término, que determina los modos de vida de todos y cada uno de nosotros. Nada ni nadie permanece inmune. El corporeísmo es, a buen seguro, el valor dominante. El goce se vive a flor de piel.


Para retomar una expresión que se encuentra, curiosamente, en la sociología clásica de Durkheim y en el vocabulario New Age contemporáneo, nos enfrentamos a una concepción holística de la existencia.

Hay que entender por ello la globalidad como una interacción entre el cuerpo y el alma, pero también, y al mismo tiempo, lo que se relaciona con la sociedad concebida como un todo. Y tocamos aquí el corazón palpitante de la última característica del mito de Dioniso.

Lo propio de estas pasiones vividas en común es todo menos individualista. Dejemos que los hechizos del coro de vírgenes desconsoladas, que son los desheredados intelectuales modernos, canten el reforzamiento del individualismo contemporáneo. Y, empíricamente, observemos todos esos frenesíes multitudinarios[15] posmodernos en que el colectivo efervescente disfruta saliéndose de madre.


Lo corroboran investigaciones de prestigio, que revelan que raros son los ámbitos en que las concentraciones tribales no constituyan la regla.[16]

Desde luego, es el caso de la música, de cualquier tipo: techno, metal extremo, rock, rap… Encontramos ahí el éxtasis en estado puro. Y tales concentraciones no son ya excepcionales paréntesis en la tediosa rutina de la vida cotidiana, sino, muy al contrario, pulsaciones regulares que ritman y, a menudo, determinan la existencia toda de sus protagonistas.

Política, actividad económica, seriedad de la existencia, todo se deja de lado cuando se celebra un mundial de fútbol o de rugby, un torneo de tenis o un gran premio de Fórmula 1. También aquí revelan su pertinencia los factores emocionales, y prevalecen las histerias colectivas que no desmerecen en nada a las que tenían lugar en las tribus primitivas o las sociedades tradicionales. De un modo similar es como hay que analizar los momentos y los lugares del fervor religioso. Concentraciones mundiales de la juventud, peregrinaciones a Santiago de Compostela o a Chartres, fiestas rituales hindúes a orillas del Ganges, cultos de posesión afrobrasileños, fiestas marianas diseminadas por el mundo, celebraciones de Halloween y demás comidas del Ramadán son miríadas las manifestaciones de este orden cuya relevancia es imposible negar.


En cada uno de estos casos, el pretexto doctrinal tiene poca importancia. Ante todo, se trata de vibrar en compañía. De entrar en comunión y, eventualmente, en trance. La religiosidad ambiente debe entenderse en uno de los sentidos etimológicos que se atribuyen a esa palabra: el deseo, el placer, de estar religado al otro. Ya sea este otro el grupo, la naturaleza o la divinidad. Religancia[17] fundamental, que relega el individualismo a la categoría del pasado moderno.


Basta con observar, igualmente, el aspecto que cobran las campañas políticas para convencerse de que Dioniso ha vuelto entre nosotros. El cuerpo doctrinal sólo se murmura en voz baja: lo único que importa es la excitación no racional propia de los mítines y diversas galas «a la americana», donde reina la histeria. Y, en todos los campos, es significativo ver cómo los políticos más teóricos se eclipsan ante los bufones del estrado.


En efecto, incluso la seriedad política ha perdido su dimensión apolínea, su armazón racional, para dejar paso a la expresión de las pasiones colectivas en que la música, los gritos, las escenificaciones y las invectivas prevalecen con mucho sobre la exposición ordenada de una argumentada demostración.


En suma, al acentuar el factor emocional, también la política posmoderna se ha vuelto dionisíaca.


Es lo mismo, en fin, que se presenta en lo que podemos llamar la sociedad de consumo. Ésta adopta múltiples formas. Sólo aludiré aquí a esos momentos de excitación colectiva que son las épocas de «saldos y rebajas». También aquí se revela de un modo flagrante el culto al tumultuoso Dioniso. Sin falsas vergüenzas ni contención alguna, el día «D» y a la hora «H», una turba desenfrenada de bacantes se precipita sobre los objetos codiciados, a riesgo incluso de pisotear a los demás o de destrozar lo que se pretende adquirir.


La muchedumbre furiosa se mueve por el deseo de poseer tal o cual objeto que la atrae, pero se ve rápidamente poseída por eso mismo que cree poseer. ¿Seguimos estando en el terreno de la economía cuando en el origen de estos movimientos consumistas multitudinarios actúa una especie de pulsión animal? Pues es innegable que el «efecto desencadenante» resulta de la acción subterránea de Dioniso, ese «bribón divino».

Una mitología de efervescencia, un tanto gregaria, se está esbozando. Es el retomo de un societal profundo en que la simpatía, incluso la empatía, prevalecen sobre la racionalidad que se había impuesto durante la modernidad. Nada resiste ante las bruscas acometidas del Dioniso polimorfo.


Pero lo que destruye es, al mismo tiempo, garantía de creación. Esta creación, que adopta formas múltiples y minúsculas, es la misma que caracteriza a las pequeñas utopías o libertades intersticiales que, mediante sedimentaciones sucesivas, constituyen el imaginario social del momento.






Notas

[13] Michel Maffesoli, L’Ombre de Dionysos. Contribution à une sociologie de l’orgie (1982), 3a edición, París, Editions du CNRS, 2008. 

[14] Neologismo compuesto por las palabras «presente» y «teísmo», o sea, la divinidad del presente. (N. del T.)
[15] Maffesoli escribe afoulements: palabra-maleta que funde los términos foule (‘muchedumbre’) y affollement (‘enloquecimiento’). (N. del T.)
[16] Consúltense las investigaciones del Centro de Estudios sobre lo Actual y lo Cotidiano de la Universidad París-Descartes (Sorbona): www.ceaq-sorbonne.org 
[17] Véase la nota 4 (N. del T.)  "Como explicará más adelante en este mismo texto (véase la p. 61), Maffesoli emplea el neologismo religancia según una de las etimologías hipotéticas del término «religión»: como aquello que re-liga, que sirve para establecer un vínculo. (N. del T.)"



En Michel Maffesoli: Iconologías. Nuestras idolatrías postmodernas
Título original: Iconologies. Nos idolatries postmodernes
Michel Maffesoli, 2008
Traducción: Jordi Terré
Descarga Ignoria
Foto: Michel Maffesoli (+) por Rudy Waks


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Marcel Schwob: Plangon y Bacquis

17 de octubre de 2016




I

Ésta es la aventura de la cadena de oro tal como se le relata en Ateneo, libro XIII, capítulo LXVI.
“Plangon de Mileto fue una célebre hetera. Su belleza era tan perfecta que un joven de Colofón se enamoró de ella, aunque ya tenía por amante a Bacquis de Samos. La presionaba con sus súplicas. Pero Plangon supo de la belleza de Bacquis, y quiso alejar al joven de este amor. Como esto parecía imposible, exigió como precio de sus favores el collar de Bacquis, que era célebre. El enamorado, enardecido, estimó que Bacquis no sufriría al deshacerse de él. Y Bacquis tuvo piedad ante su pasión y le entregó la joya. Entonces Plangon, emocionada al ver que Bacquis no estaba celosa, le envió el collar de vuelta y recibió al joven en sus brazos. Y a partir de ese momento se hicieron amigas y gozaban juntas de su amante. Llenos de admiración, los jonios, tal como lo relata Menetor en el Libro de las ofrendas, dieron a Plangon el nombre de Pasifilea. Es a ella a quien Arquíloco[52] nombra en estos versos:
Figuier des roches becqueté par les volées de corneilles,
Charmante accueilleuse d’étrangers, Pasiphilê[53].
Plangon era de Mileto, su amigo de Colofón, y Bacquis, de Samos. La historia del collar es una historia de Jonia. Fueron los jonios quienes inventaron el nombre de Pasifilea. Jonia es un país de maravillas. Todos los tesoros de nuestros cuentos son producto del botín de Mileto. Era una ciudad rodeada de pinos aromáticos y llena de lana y de rosas. Estaba situada en una de las puntas de la bahía de Latmos, frente a la desembocadura del Meandro. Las pequeñas islas de Lade, Dromiskos y Pernea daban abrigo a sus cuatro puertos. Los milesios vivían con el mismo lujo que los sibaritas, de quienes eran amigos. Usaban túnicas de amorgina transparente, togas de lino de color violeta, púrpura y azafrán, sarápidas blancas y rojas, togas de Egipto que tenían el color del jacinto, del fuego y del mar, y calasiris de Persia sembrados de granos de oro. Sus mantas, nos dice Teócrito, eran más suaves que el sueño. Fue allí donde los pescadores sacaron a la playa, en sus redes, el trípode de oro de Apolo; allí también las vírgenes, cansadas de vivir, no dejaron de ahorcarse hasta que los magistrados ordenaron que se las enterrara desnudas, con la cuerda al cuello y, por último, era allí donde las mujeres, según testimonio de un escoliasta de Lisístrata, se entregaban al libertinaje. ¡Ciudad de voluptuosidades, de telas preciosas, de flores, de cortesanas y de leyendas! Su huella ha sido borrada de la tierra; desde la punta de Samos ya no se ven más sus casas pintadas, y la misma bahía de Latmos ha desaparecido desde que los aluviones han hecho cambiar la fisonomía de las orillas.
Y, al igual que la ciudad perfumada por el aroma de pinos y rosas, la tierna historia de Bacquis y Plangon hubiera desaparecido si Teófilo Gautier no la hubiera rescatado amorosamente. La transplantó para hacerla florecer otra vez; precisó los contornos un poco desgastados de sus personajes y los iluminó con luces magníficas y vivaces. Suponía que Plangon había abandonado las orillas fabulosas de Jonia, al igual que Aspasia, quien también había nacido en Mileto; la hizo contemporánea de Pericles y de Alcibíades, que era un admirador tan delicado de la belleza física que destruyó la flauta de su maestro de música, Antígenes, porque la forma en que torcía la boca el ejecutante le parecía poco agraciada. Le dio al joven de Colofón el nombre de Otesias, y sin duda sólo dejó a Bacquis en su isla para hacer navegar hasta ella a su afligido amante en el soberbio trirreme Argos. Le dio más fuerza al sacrificio de Bacquis contándonos que su collar estaba hecho con una gruesa cadena de oro que constituía toda su fortuna, e inspiró en Plangon una deliciosa emoción en la cual los celos dan paso a la aceptación del amor compartido.
Sabemos poco de Plangon de Mileto. Timocles la menciona, ya vieja, viviendo entre Nannion y Lico. Anaxilao, otro poeta cómico, se burla de ella en Neottis:
Il faut voir, pour commencer, d’abord Plangôn;
Semblable a la Chimère, elle incendie les barbares.
Mais un seul chevalier lui a ôté la vie;
Il a emporté tous ses meubles et a quitté se maison[54].
La aventura del caballero no es tan sorprendente, siempre y cuando Plangon lo hubiera amado. Pero no hay que darle mucho crédito a Anaxilao. No tenía piedad con las heteras. Para él, Sínope era la Hidra; Gnataina, la peste; Pirne, Caribdis, y Nannon, Scila; todas han envejecido y parecen “sirenas depiladas”. Atengámonos más bien al relato de Ateneo donde Plangon es encantadora. Plangon debe haber sido su sobrenombre, ya que era así como se llamaba a las muñecas de cera que representaban a Afrodita.
Es más fácil adivinar la historia de Bacquis, la de Samos. Era flautista y había sido esclava de la gran hetera Sínope. Liberada y enriquecida, tuvo por esclava a Pitoniké, que a su vez llegó a ser hetera y arruinó a Hárpalo, el rico macedonio. Sínope tenía una especie de escuela de heteras, al estilo de Aspasia. Era tracia, y traía a todas sus pupilas de Egina a Atenas. Esto es lo que nos relata el historiador Teopompo en una carta dirigida al rey Alejandro. Sínope tenía dos hijas. Una de ellas, Gnataina, fue hetera a su vez. La otra (no conocemos su nombre) tuvo una niña, Gnatainion, que fue su ahijada y discípula. Se puede creer que Bacquis, mientras fue esclava de Sínope, fue compañera de Gnataina. Esta Gnataina era muy reputada por su inteligencia. Se han conservado muchas de sus apreciaciones. Era amiga del gran poeta cómico Difilo, rival de Menandro y de Filemón. Esto es lo que nos permite saber en qué época vivieron Bacquis y Plangon. Deben de haberse tratado y apreciado hacia fines del siglo IV antes de Cristo. No es posible que su historia fuera conocida en tiempos de Pericles, y Alcibíades no las vio jamás: ellas nacieron un siglo más tarde.
Las historias de las cortesanas abundan en anécdotas sobre Gnataina. Las cortesanas de Atenas tenían sus poetas, sus historiadores y sus pintores, y muchas comedias llevaron sus nombres como Korianno, de Perécrates; Tais y Fanion, de Menandro; Opora, de Alexis. Más tarde, Macón de Sicione, que vivía en Alejandría, compuso sobre ellas cuentos en verso. Macón puso varias obras en escena y fue maestro del gramático Aristófanes de Bizancio. Este gramático, que puso en rima los argumentos de las comedias de su gran homónimo, sin duda recibió de Macón la idea de escribir una comedia sobre las heteras. Escribió sobre la vida de treinta y cinco de ellas; pero Apolodoro, Amonio, Antífano y Gorgias también mencionan a muchas que se asegura fueron olvidadas. Aristófanes de Bizancio olvidó mencionar a una joven llamada Paroinos, que bebía sin moderación; Eufrosina, cuyo padre era batanero; Teocleia la Corneja y Sinoris la Linterna, y la Grande, y Mouron, y la pequeña Milagros, y Silencio, y la Mecha, y la Lámpara, y el Trapo. En el libro de Apolodoro, sólo encontramos mención de dos hermanas, Stagonion y Antis, conocidas como “las lochas”, porque eran blancas, delgadas y tenían ojos grandes. Antífanes nos cuenta que Nannion tenía el apodo de Proscenio, porque usaba ropas muy bellas y espléndidas joyas, pero era fea cuando se desnudaba. Otro de estos historiadores solamente nos dejó su nombre: Kalístratos. Linceo de Samos registró los rasgos de sus personalidades; habla de Kaliction, a quien llamaba “la pobre Helena”, y de Leontion, que fue la amante de Epicuro. Los pintores de las cortesanas fueron Pausanias Arístides y Nicófanes. La mayoría de sus cuadros estaban en la galería de Sicione, donde los vio el viajero Polemón. Sicione era una ciudad de pintores sobre el mar Corintio, ubicada en una tierra boscosa, fértil y encantadora, rodeada de plantíos de calabazas y adormideras. En cuanto las heteras se establecieron en Corinto, su leyenda debe de haberse relacionado con las pesadas plantas del sueño. Más tarde, Macón recibió los últimos ecos y los llevó hasta Alejandría. Y son los Chries de Macón de Sicione los que nos dan una impresión precisa de las cortesanas griegas.
Macón no era un poeta talentoso. Nos preguntamos cómo logró urdir intrigas de comedia. Sus versos están lejos de igualar la calidad de los versos del mismo género que abundaban en Francia y en Inglaterra durante el siglo pasado, pero se parecen en algo a la poesía grosera de nuestra Edad Media: la compilación de las Repues franches nos puede dar una idea aproximada de lo que eran. Hay que reconocer que los cuentos de Macón carecen de delicadeza. Las bromas siempre son de doble sentido y las pullas de los estibadores del mercado tienen más altura que una conversación entre Lamia y Demetrios de Falera. Macón eligió a Gnataina como heroína y a ella atribuye casi todas las frases más o menos espirituales. En general no son más que injurias de muchacha. Parece ser que Difilo no podía apartarse de ella, y por su parte ella parecía sentir algo por él. Las noches en que fracasaba en el teatro, Difilo iba a consolarse a su lado. Pero, si juzgamos por los relatos de Macón, no era poesía lo que ella le enseñaba, como Aspasia le había enseñado retórica a Pericles. Gnataina, educada con la esclava de su madre, debe de haber tenido una cierta influencia sobre Bacquis. Deberemos entonces resignarnos a ver en Bacquis de Samos a una mujer ligeramente vulgar. No es por despreciar su bondad; al contrario, ella debió haberse sacrificado francamente a Plangon como una muchacha valiente que no tiene nada que esconder. Pero no sería acertado evocar, al contar la historia de la muñeca y de esta flautista, los nombres de Aspasia, de Frine o de Lais. Es cierto que estos nombres están rodeados por una aureola de ficción. No podemos olvidar que fueron amigas de Pericles, de Hipéride, de Aristipo, de Diógenes y de Demóstenes. Sin embargo, si se le da crédito a Aristófanes, la sabia Aspasia no criaba heteras en su casa, sino jóvenes de una categoría más vil, que él llama pornai. Epícrates, en su Anti-Lais, hablaba de una vieja cortesana sin trabajo que se había dado a la bebida. De acuerdo con el testimonio de Timocles, Frine, Plangon y Gnataina también llegaron a viejas. No son imágenes muy halagüeñas, pero es difícil tener alguna seguridad sobre todo esto. En efecto, un escoliasta del Plutus y Ateneo (XIII, LV) contradicen a Epícrates. Nos relatan la muerte trágica de Lais cuando aún era joven y hermosa. Lais había nacido en Hicara, Sicilia. Hay quienes cuentan que fue capturada, a los siete años, por la expedición de Nicias, y que un corintio la compró para enviársela a su mujer; otros dicen que su madre, Timandra, fue regalada al poeta ditirámbico Filógeno por el tirano Dionisio. Filógeno la llevó a Corinto y allí se hizo célebre, aunque Lais fue más famosa que ella. Por lo demás, conocemos la vida de Lais en Corinto, aunque después se prendó de un tal Euríloco, Aristónico (o Pausanias) y lo siguió a Tesalia. Otros tesalónicos se enamoraron de ella: regaban con vino los escalones frente a su puerta. Las mujeres tesalónicas, celosas, se indignaron, y el día de la fiesta de Afrodita, cuando los hombres no tenían acceso al templo, se arrojaron sobre Lais y la aplastaron con las banquetas de madera del santurario. Así fue ultimada Lais, ante su diosa, cuando había sido ella quien introdujo en Corinto el servicio de las hieródulas, esclavas sagradas de Afrodita. Ya vemos hasta qué punto estas aventuras de las cortesanas son vagas y contradictorias. Resulta difícil deducir su personalidad a partir de tantos datos confusos. Sin embargo, el relato de Macón debe de describir con bastante exactitud el tipo de vida y la forma de ser de las mujeres que rodeaban a Gnataina. Y no sería aventurado pensar que Plangon y Bacquis no eran muy diferentes a ellas. Eran jóvenes hermosas y sin pulir, de ímpetus generosos, aunque sin duda un poco bestiales, al igual que otras de sus contemporáneas, Calisto la Puerca, Nicola la Cabra e Hipea la Yegua.


II

Si bien Bacquis y Plangon no fueron espíritus refinados, al menos fueron capaces de abnegación y de ternura. Habían tenido quienes les dieran grandes ejemplos. La hetera Leaina, que estaba enamorada de Harmodio, se dejó torturar por los verdugos de Hipias, y se dice que se cortó la lengua para no revelar, entre sus gritos de dolor, el nombre de su amante. Pero hay una mujer más conocida cuya historia hace pensar en la de las dos cortesanas de Samos y de Mileto. Es Teodota, quien fue la amiga de Alcibíades. Teodota era ateniense y conoció a Sócrates. Jenofonte, en sus Memorables, nos hace sobre eso un precioso relato, donde queda bien claro que fue una cortesana griega de su época. Aunque Plangon y Bacquis vivieron después que ella, no deben de haber sido muy diferentes. El retrato de Teodota puede servirnos para imaginarlas.
Como ya lo hemos visto, la hija de una hetera, en general, se convertía a su vez en cortesana, al igual que las jóvenes esclavas de la casa. Era ésa una especie de tradición, que duró casi un siglo. El origen de su oficio era casi divino, y el contenido religioso del mismo las mantuvo en una casta bastante uniforme. Hay versiones que dicen que fue Solón quien las hizo llevar a Atenas. Pero sabemos que desde antes se consagraban al servicio de Afrodita en las ciudades jónicas. Se le habían dedicado templos a Afrodita-Hetera en Magnesia, Abidos, Mileto y Éfeso, y su fiesta se celebraba cada año. En Grecia, tales funciones sagradas se instituyeron, primero, en Corinto, donde las heteras hieródulas eran esclavas libertas dedicadas al culto de esta diosa. Sin duda de allí viene el renombre que adquirieron las cortesanas corintias. En cuanto a los rasgos de contenido religioso que las heteras mantuvieron durante tanto tiempo, es probable que sean muy antiguos. Pitágoras, que fue el iniciador de un dogma, parece haber admirado, ya en el siglo VI a. C., a las hieródulas de Samos, donde se adoraba a Afrodita bajo dos nombres, Afrodita de los rosales y Afrodita de los pantanos. Cuando relata a sus discípulos sus metamorfosis pretéritas, declara haber sido anteriormente Euforbio, luego Pirandro y después Kaliqueo, pero dice que, en su cuarta encarnación, vivió como una cortesana de bellísimas facciones llamada Alquea. Estos recuerdos sagrados otorgaban a las heteras privilegios que se transmitían de madre a hija, y de educadora a esclava, y si dejamos de lado a las grandes enamoradas que provocaron guerras o a las que llegaron a amenazar el orden de la República, podemos distinguir los mismos rasgos de carácter en todas ellas. La forma en la cual Bacquis vivió con Plangon y su amante de Colofón se parece claramente a la vida que Teodota llevó con Alcibíades y Timandra.
Alcibíades siempre gustó sobremanera de las cortesanas. El famoso rapto de dos muchachas que pertenecían a Aspasia, perpetrado por los megarenses, fue una venganza contra Alcibíades. Había hecho raptar a una cortesana de Megara, llamada Simaita. Pero no la tuvo con él mucho tiempo. En cambio, la siciliana Timandra, madre de Lais, no lo dejó jamás desde que él comenzó a amarla. Una nota muy breve nos dice que Alcibíades llevaba siempre consigo a Timandra y a Teodota. Ellas aceptaron, como Plangon y Bacquis, un amor en común. La ateniense y la siciliana sacrificaron los celos por su amante, pero el final de su historia es más trágico que el de la milesiana y la muchacha de Samos. Luego de la toma de Atenas por Lisandro, Alcibíades, quien desconfiaba del Gobierno de los Treinta, se refugió en Frigia, donde se alojó en una casa del pequeño poblado de Melisa. Vivía apaciblemente con Timandra y Teodota. Pero Lisandro obtuvo de Farnabaso, sátrapa de Frigia, la promesa de dar muerte a Alcibíades. Una noche, soldados bárbaros rodearon la casa. Alcibíades soñaba, en brazos de Timandra, que ésta acababa de vestirlo con una toga de mujer y que lo peinaba y maquillaba. Un acre olor de humo lo despertó. Los bárbaros habían incendiado la casa por los cuatro costados. Alcibíades, semidesnudo, enrolló su manta alrededor del brazo izquierdo, y se lanzó sobre los asaltantes, espada en mano. No se atrevieron a acercársele y lo abatieron a flechazos. El cuerpo yacía frente a la casa en llamas. Timandra y Teodota lo recogieron, lo lavaron, lo envolvieron en un sudario y lo enterraron con sus propias manos. Plutarco atribuye esta acción a Timandra; Ateneo a Teodota; esto prueba que lo hicieron las dos juntas. Unidas rindieron honores a su amante muerto. Era peligroso dar sepultura a los asesinados por orden del gobierno, y estas dos simples muchachas desafiaron el peligro.
Podemos imaginarnos que después de largos años de amor, el joven de Colofón fue colocado en el sarcófago entre los amados cuerpos de sus queridas Bacquis y Plangon. Nada interrumpió su felicidad hasta el día en que la Moira los reclamó. Otra fue la suerte de Alcibíades. Manos tiernas y queridas lo acostaron solo en su tumba de Melisa, y no se sabe qué ocurrió con Timandra y Teodota. Una estatua de mármol de Paros, que aún existía en tiempos de Ateneo, en el humilde pueblecito de Frigia, recordaba su piadosa dedicación y su amor sin celos.
Sin embargo, Teodota, cuya dedicación fue más allá de la muerte de Alcibíades, no era una joven brillante o de especial inteligencia. Ateneo dice que la forma de su garganta era perfecta. Jenofonte, que la había visto, no la describe, pero asegura que su belleza era imposible de describir, y que los pintores venían a suplicarle que les sirviera de modelo. Fue así que despertó la curiosidad de Sócrates, quien quiso verla. La encontró justamente mientras posaba para un pintor. Su madre estaba sentada a su lado, vestida elegantemente gracias a ella, y había bellas servidoras en la estancia. Él le preguntó si tenía campos, rentas u obreras. Teodota, sorprendida, le respondió que no. Entonces Sócrates le pidió que le explicara cómo hacía para mantener su casa. “Cuando encuentro un amigo que quiera ser bueno conmigo —dijo sencillamente Teodota—, ésta es mi forma de vida”. Sócrates le explicó que no tenía que esperar a que vinieran los amigos “como moscas volando”, sino que debía valerse de artificios para cazar amigos y hacerlos caer en sus redes, negarse para hacerse desear más, provocarles hambre para que la deseasen. “¿Cuáles artificios?”, decía Teodota. “¿Qué caza, cuáles redes, qué hambre?” No comprendía nada de todas estas sutilezas. Creía que Sócrates le proponía ayudarla a encontrar amigos. Se lo rogó con ingenuidad. No se daba cuenta de que estaba sirviéndole al filósofo de material para un apólogo. “¿Quieres ayudarme a encontrar amigos?”, le dijo ella. “Si logras persuadirme”, respondió Sócrates. “¿Pero… cómo puedo hacerlo?” “Busca, y encontrarás”. Teodota reflexionó. No pudo imaginar otra respuesta que aquella a la que estaba acostumbrada por experiencia: “Tienes que venir a verme más a menudo”, le dijo. “¡Ah!, respondió Sócrates, es que no soy un hombre libre; además de mis ocupaciones, tengo los asuntos públicos, y además yo también tengo amigas, las cuales no me permiten separarme de ellas ni de día ni de noche, porque les enseño a hacer filtros mágicos y encantamientos”. Entonces, esta buena muchacha comprendió, a su manera, cuál era la ciencia del filósofo. “¿Es cierto —dijo ella— que conoces esas cosas, Sócrates?” “¿Y de qué otra forma crees que puedo conservar a mis amigos Apolodoro o Antisteno, o hacer venir desde Tebas a Cebes y a Simias? Puedes estar segura que no podría lograrlo sin muchos filtros, encantamientos y pociones mágicas”. “Entonces, préstame tu poción mágica para que te atraiga a ti”. “No, no quiero ser atraído, quiero que vengas tú a buscarme”. “Claro que iré —dijo la ingenua Teodota—: Pero… ¿Me recibirás?” “Te recibiré, dijo Sócrates, si en ese momento no estoy con alguna amiga más querida”.
La pobre Teodota debió sentirse bastante confundida. Seguramente creyó que Sócrates vivía con una cortesana más bonita que ella. No se dio cuenta de que Sócrates hablaba de su alma. Y el implacable bromista no se preocupó por darle ninguna explicación. A veces Sócrates se divertía haciendo surgir la divinidad de la idea, que creía innata en los ignorantes. Podernos ver en el Menón cómo simula que ha hecho a un esclavo ignorante demostrar el teorema del cuadrado de la hipotenusa. Pero dejó a la cortesana sin haberle revelado cuál era su idea sobre el amor. Tal vez pensó que sería superfluo. Teodota la conocía por instinto mejor que Sócrates por su dialéctica. No tuvo necesidad de ningún artificio para ser fiel a los despojos mortales de Alcibíades. Todas las sutilezas del moralista hubieran sido incapaces de enseñarle a amortajar tiernamente el cuerpo ensangrentado de su amigo. Tampoco le hubieran enseñado a Bacquis que debía sacrificar su hermoso collar de oro a una rival para que el joven de Colofón no muriera de dolor. Porque Bacquis y Plangon deben de haber sido iguales a Teodota. Educadas en forma rústica, de espíritu no más refinado que el de esta muchacha simple, fueron bondadosas como ella, y comprendieron el amor de la misma manera. Son más conmovedoras por su inocencia que la hábil política que fue Aspasia.







Notas

[52] Este Arquíloco no puede ser el célebre autor de los Yambos, que vivió a principios del siglo VII a. C., de donde se colige que los jonios del tiempo de Plangon le aplicaron un antiguo dístico. 

[53] Higuera de las rocas picoteada por las bandadas de cornejas, / Encantadora anfitriona de extranjeros, Pasifilea. [T.] 

[54] Para empezar, habría que hablar de Plangon; / tal como la quimera, incendiaba a los bárbaros. / Pero un solo caballero le arruinó la vida; / Se llevó todos sus muebles y abandonó su casa. 






En Ensayos y perfiles, IV
Título original: Spicilège 
Marcel Schwob, 1896
Traducción: Juan Damonte
Foto s-d: Marcel Schwob Vía


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Mark Strand: En celebración (Bilingüe. Versión de Octavio Paz)

11 de octubre de 2016





Estás sentado en una silla, nada te toca, sientes
cómo se vuelve el viejo ser un ser más viejo, imaginas
sólo la paciencia del agua, el fastidio de la piedra.
Piensas que el silencio es la página de más,
piensas que nada es bueno, ni malo, ni siquiera
la sombra que invade la casa mientras tú miras, sentado,
cómo la invade. Otras veces la has visto. Tus amigos
pasan tras la ventana, en sus rostros la marca de la pena.
Quisieras saludarlos pero no puedes ni alzar la mano.
Estás sentado en una silla. Te vuelves hacia la yerbamora
que extiende sobre la casa su red ponzoñosa.
Pruebas la miel de la ausencia. Es lo mismo.
Dondequiera que estés, es lo mismo que se pudra
la voz antes que el cuerpo o que se pudra el cuerpo
antes que la voz. Sabes que el deseo lleva a la pena,
la pena a la consumación, la consumación
al vacío. Sabes que esto es diferente, esto
es la celebración, la única celebración,
sabes que si te das entero a la nada
habrás sanado. Sabes que hay alegría en sentir
cómo tus pulmones preparan su futuro de ceniza,
y así esperas, miras y esperas: el polvo se establece.
Rondan las sombras las horas milagrosas de la infancia.




Texto original en inglés

In Celebration

You sit in a chair, touched by nothing, feeling
the old self become the older self, imagining
only the patience of water, the boredom of stone.
You think that silence is the extra page,
you think that nothing is good or bad, not even
the darkness that fills the house while you sit
watching it happen. You have seen it happen before.
Your friends move past the window, their faces soiled with regret.
You want to wave, but cannot raise your hand.
You sit in a chair. You turn to the nightshade spreading
a poisonous net around the house. You taste the honey
of absence. It is the same wherever you are,
the same if the voice rots before the body,
or the vody rots before the voice.
You know that this is different, that this is
the celebration, the only celebration,
that by giving yourself over to nothing,
you shall be healed. You know there is joy in feeling
your lungs prepare themselves for an ashen future,
so you wait, you stare and you wait, and the dust settles
and the miraculous hours of childhood wander in darkness.























Cortesía de Francisco R. Durandarte Hernández [+]
Foto: Octavio Paz y Mark Strand en NY, 1995/AP



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