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Jaime Alazraki: Conversación con Borges sobre la Cábala. Entrevista de 1971

8 de diciembre de 2019








Mi primer encuentro con Borges data de 1969. Tuvo lugar en diciembre de ese año, durante las jornadas del Simposio Internacional dedicado a su obra en la Universidad de Oklahoma. Borges regresaba de su primer viaje a Israel y había venido a los Estados Unidos a dictar una serie de conferencias en esa Universidad. Entre 1956 y 1962, yo había vivido en Israel y, naturalmente, las impresiones de su viaje reciente constituyeron el foco de nuestra conversación. Encuentros sucesivos ocurrirían en la Universidad de California en San Diego, en cuya ocasión Borges recibió “The Tryton Award”, un premio inventado ex profeso por la administración universitaria para esa oportunidad; en Los Ángeles, donde Borges habló para un público abigarrado que rebasaba la capacidad de la sala y entre los que se encontraban Anais Nïn, Carlos Castañeda y otros, que aún con la ayuda de las autoridades de UCLA no pudimos identificar (después de la conferencia, mientras cruzábamos los jardines del campus, Borges, recriminándose, le confesó a una estudiante argentina que lo guiaba del brazo que había representado al Borges público que todos querían oír, al otro, al actor de la prosa “Borges y yo”); en Orono, Maine, en abril de 1976, donde memorable y paradójicamente comentó y hasta discutió, con una rueda de críticos, los méritos y deméritos de su obra. Y luego los encuentros se prolongaron en Chicago, en Dickinson College, en Harvard, donde Borges fue homenajeado con un doctorado honoris causa que recibió ese año, 1981, junto a otros galardonados, entre los que figuraban Marguerite Yourcenar, el fotógrafo Ansel Adams y la soprano Leontyne Price; en Ginebra, donde vivió junto a María Kodama los últimos meses de su vida, y finalmente en Buenos Aires, que fue sin duda para mí el que dejó huella más profunda.

Con una beca Guggenheim, viajé a Buenos Aires en 1971 para trabajar en mi libro En busca del unicornio. Alquilé un apartamento en la calle Paraguay, cerca de esquina Uruguay. Borges era director de la Biblioteca Nacional desde 1955 y lo llamé apenas dispuse de un lugar y de un teléfono. Convinimos en almorzar al día siguiente en un restorán a la vuelta de su casa de la calle Maipú, donde Borges vivía con su madre. En esa ocasión le conté de mi largo ensayo sobre Borges y la Cábala, que acababa de terminar para la revista norteamericana TriQuaterly, un homenaje que sería algo así como la contrapartida para el público anglosajón de lo que había sido la revista L’Herne para el lector francés. Le pregunté si no era importunarlo demasiado sugerirle una entrevista que cubriera su larga amistad con la Cábala, con exclusión de otros temas sobre los cuales había sido ya entrevistado de manera casi machacona. Con esa generosidad que siempre tuvo para sus amigos y lectores, Borges propuso que nos encontráramos una mañana de septiembre en su despacho de la Biblioteca Nacional.

Yo había armado mis notas y había hecho un cuestionario que me serviría de guía. Cuando estuve frente a él y comenzamos a charlar, comprendí de inmediato que de poco me servirían esos adarmes tan meticulosamente preparados. El entrevistador propone y el entrevistado dispone. No sé de ningún caso en el que ese lugar común se haya probado tan al pie de la letra como en el caso de Borges. Mis primeras preguntas cayeron derrotadas por la imaginación y la enorme latitud intelectual de una mente que recuerda el relato “El jardín de senderos que se bifurcan”. La memoria y el pensamiento de Borges se ramifican en un entramado inagotable, donde cada idea, cada autor, cada reflexión y hasta cada cita forman una red en la que una noción, un recuerdo, una lectura, evocan, o más bien provocan, otras.

Mi error, primero, fue asumir que para trazar algo así como un mapa de su contacto y fascinación con la Cábala, Borges necesitaba de un itinerario, cuando en realidad la más leve de las alusiones bastaba para abrir los caudales de su memoria. Al final de la entrevista, Borges se disculpó por haberme defraudado con sus respuestas. En realidad, el defraudado debió haber sido él: el problema no estaba en sus respuestas sino en mis preguntas. A tal punto los dos debimos habernos sentido insatisfechos con los resultados de la entrevista que, cuando yo le sugerí, a las pocas semanas, que me permitiera publicar una conferencia sobre la Cábala que él había dado en 1970 en la Sociedad Hebraica Argentina de Buenos Aires, repuso de inmediato: “Sí, puede publicarla, pero como ésa es una conferencia que yo he improvisado habrá que trabajarla para convertirla en texto escrito”. Borges propuso que nos reuniéramos en su despacho de la Biblioteca con ese fin, y así lo hicimos.

Por un amigo me había enterado de esa conferencia sobre la Cábala que Borges había dado el año anterior en la Sociedad Hebraica. ¿Estaría grabada? ¿La habrían conservado? Para averiguar eso fui a ver a Bernardo Koremblit, que entonces dirigía la sección de Cultura de la Hebraica. Muy amablemente Koremblit me confirmó que Borges había dado esa conferencia sobre la Cábala y que, como era costumbre en esas ocasiones, la habían grabado para sus archivos. Le pedí que me la prestara por unos días y accedió de inmediato. A las pocas semanas pude conseguir, con la ayuda de una oficina de mecanógrafos en la calle Uruguay, una transcripción de la misma. Era apenas un borrador, casi una sombra de la conferencia de Borges, con nombres deformados, títulos equivocados y un texto plagado de errores inverosímiles. De esa hojarasca tipográfica salió la perla que la inteligencia infatigable de Borges rescataría.

Dos días de trabajo tupido no fueron suficientes para convertir el texto hablado en texto escrito. Borges sugirió que nos reuniéramos un domingo por la mañana, cuando la Biblioteca estaba cerrada al público y se podía trabajar más productivamente en el silencio de la soledad. Una vez más me conmovió su generosidad y su incansable capacidad de trabajo.

El domingo acordado yo lo esperé, como habíamos quedado, en la puerta de la Biblioteca. La Biblioteca por supuesto estaba cerrada y yo empecé a dudar de si Borges no se habría confundido, pero para mi sorpresa y apenas con unos minutos de retraso, apareció en la esquina de la calle Mexico, tanteando y abriéndose camino con su bastón. Misteriosamente, apenas estuvo frente a la puerta, apareció por dentro una persona que seguramente era el portero y que, habiendo reconocido a Borges, nos abrió la puerta. Al silencio de la Biblioteca vacía se unía el silencio del domingo. Instalados en su despacho, retomamos el texto donde lo habíamos dejado la última vez. El método de trabajo era simple: Borges me hacía leer una frase, que él repetía y que luego expurgaba hasta que quedara convertida en la frase que respondía a sus exigencias. Cuando eso ocurría, yo escribía la frase nueva y limpia que reemplazaba a la antigua. Algunas frases y palabras fueron suprimidas y nombres y títulos, aclarados. Cuidaba además de la coherencia y fluidez del texto y repetía las frases entre sus labios sin pronunciarlas, como si ensayara las varias versiones posibles hasta que alcanzaba la formulación que le parecía más satisfactoria y que me dictaba en voz alta.

Tanto me entusiasmó el haber sido el amanuense de ese texto que recogía la información y las reflexiones más quintaesenciadas del trato de Borges con la Cábala, tan satisfecho me sentía de haber contribuido a rescatar esa síntesis apretada de la percepción de Borges de la Cábala que, naturalmente, me olvidé de mi modesta entrevista. La conferencia de la Hebraica de 1970, convertida en ensayo, fue publicada en traducción inglesa en mi libro Borges and the Kabbalah (1988). En 1977, Borges repitió en Buenos Aires esa conferencia sobre la Cábala en un ciclo de siete charlas sobre temas varios, que luego se publicaron en el volumen titulado Siete noches (1980). Cotejada con la variante del 70, esta última emerge como una versión más íntima y concentrada del tema, como si los diez años que median entre una y otra hubieran desgastado la densidad y limpidez con que se nos impone la primera.

La entrevista cayó en la oscuridad del olvido, eclipsada como estaba por la conferencia, hasta un día en que, leyendo y organizando viejos papeles, encontré la cinta y decidí oírla como quien abre una puerta prohibida. No tenía ni la coherencia ni la complejidad de la conferencia, pero, en compensación, la voz de Borges se oía con la claridad de sus mejores años. Puedo decirlo porque en 1986, cuando visité a Borges en el Hotel L’Arbalète, en Ginebra, tres semanas antes de su muerte, su voz era una sombra de aquélla y resultaba virtualmente inaudible. La voz de Borges de 1971, en cambio, tenía todo el vigor, toda la tesitura intelectual de sus mejores años. La entrevista está punteada con bromas de su mejor humor, con expresiones inglesas que venían en su ayuda cuando el español le resultaba estrecho o no se avenía al espíritu de su intención. Además, como la entrevista tuvo lugar un día hábil, se ha filtrado también, superponiéndose a la voz de Borges, un verdadero trasfondo de ronroneos de colectivos, corcoveos de automóviles y voces porteñas de niños que salían de la escuela o jugaban en la calle. Esos ruidos y voces se mezclan con la voz de Borges como si de alguna manera la acompañaran como lo acompañó siempre su ciudad. Es una suerte de subtexto que define muy concentradamente la relación de Borges con Buenos Aires, aunque hablara de libros esotéricos o historias fantásticas o crímenes cabalísticos. O precisamente por eso. Ya se sabe que en el paisaje fantástico de la Rue de Toulon, del Hotel du Nord y de unas tapias rosadas que aparecen en “La muerte y la brújula”, definió lo más íntimo y auténtico de la ciudad de Buenos Aires. Habría que decir, entonces, que es una entrevista más para oír que para leer: ¡qué felicidad para el lector de Borges poder oír su risa, saborear su humor, volver a sentir la idiosincrasia de una voz que dialogaba aun desde sus propias vacilaciones! Pero como tal cosa no es posible, ya que la página escrita no lo permite, habrá que resignarse a esta transcripción e imaginar detrás de los signos mudos de la escritura, la familiar voz de Borges, su risa que acompasa anécdotas y comentarios, su humor sardónico, a veces, travieso y juguetón, otras, su discurrir eslabonado con modalidades de su estilo oral, su legendaria memoria, su filosa agudeza, su inteligencia diáfana. Porque todo eso palpita entre líneas y porque la perspectiva del tiempo ha ido generando en sus respuestas un valor que, si en su momento no supe ver, hoy, quince años más tarde, refulge con la nitidez de una inteligencia clásica, publico ahora este texto que, quiero creer, representa un modesto trazo del dibujo de su cara.


Question: Have you tried to make your own stories Kabbalistic?
Borges: Yes, sometimes I have.
The Paris Review, 1967

J.A.: En uno de sus primeros libros de ensayo, El tamaño de mi esperanza, de 1926, en ese ensayo titulado “Historia de los ángeles”, hay ya dos referencias a la Cábala.

Borges: Bueno, esas referencias fueron tomadas de dos fuentes. Una, la versión de la Divina Comedia de Longfellow, que es una buena versión. Ya no me acuerdo si están en los apéndices del Infierno, del Purgatorio o del Paraíso, pero hay unas tres páginas de un libro de un señor algo como Stehelin o Stahelin [1], es un nombre así —no recuerdo porque hace cuarenta o cincuenta años que no he visto el nombre— y ahí él se refiere a las diversas letras, Alef, Beth, Guimmel, todo eso, y a su valor y a los diversos sentidos que tenían para los cabalistas. Y la otra referencia tiene que haber sido el artículo en la Encyclopaedia Britannica. Yo venía aquí a la Biblioteca. Yo era muy tímido y no me atrevía a pedir libros, pero los volúmenes de la Encyclopaedia Britannica, de la antigua Encyclopaedia Britannica, que es muy superior a la actual porque en los Estados Unidos la han echado a perder, la han convertido en un libro de consulta y antes era un libro de lectura. De modo que yo sacaba un volumen cualquiera de los estantes, no tenía por qué hablar con ningún empleado, y lo leía. Veníamos con mi padre aquí. Jamás se me ocurrió pensar que yo llegaría a ser director de esta casa. Y recuerdo, recuerdo una tarde, una noche que me sentí muy feliz porque leí artículos sobre los... Espere… Sobre los druidas, sobre los drusos, y empezó un artículo sobre Dryden.

J.A.: ¿Tuvo contacto con drusos en su último viaje a Israel?

Borges: No, no vi drusos. Hay una referencia muy curiosa a los drusos. En esa edición vieja de la Encyclopaedia Britannica, se dice que los drusos creen —y esto podría ser un cuento fantástico— que, aunque ellos son muy pocos, hay sin embargo una vasta comunidad de drusos en la China. Pero ese párrafo, que me parece lindo, esa idea de un pequeño grupo que cree que pertenece a un vasto grupo ¿no? puede corresponder, no sé, a tantas esperanzas de tipo teológico. Esa referencia desaparece en el mismo artículo de una edición posterior, como si yo la hubiera descubierto por error. Ahora, yo hablé una vez con un druso y me dijo que nunca había oído eso de que los drusos se consideraran relacionados con la China. Y hay también una obra de teatro de Browning, El retorno de los drusos.

J.A.: Borges, entonces mi pregunta es ¿cuándo comenzaron sus primeros contactos con la Cábala, sus primeros flirteos?

Borges: Yo creo que habrán empezado con esas… bueno, esas dos o tres páginas de Longfellow que usted encontrará en su versión de la Divina Comedia, pero no recuerdo si en el apéndice del Infierno, del Purgatorio o del Cielo; están traducidas por él, creo que del alemán, de un libro que se llama algo como Rabbinical Learning, o algo así. Pero en fin es muy fácil encontrarlos. Yo en casa tengo una edición, tengo esa edición de Longfellow en un solo volumen, pero en Estados Unidos no veo ninguna dificultad en encontrar la versión de la Divina Comedia de Longfellow. Él la hizo durante la Guerra de Secesión, ¿no? para no pensar en la guerra, que le preocupaba mucho. Yo viví a la vuelta de la casa de él en Cambridge [2]. Cuando daba la vuelta a la manzana —si es que puede hablarse de manzanas en Cambridge— recitaba unos versos en anglosajón que él tradujo.

J.A.: Los dos títulos que yo recuerdo que menciona en ese ensayo “Historia de los ángeles” eran el libro de Erich Bischoff Die Elemente der Kabbalah y el de Stehelin, Rabbinical Literature.

Borges: Ese, bueno, ese libro, ah bueno el de Stehelin, lo tomé de Longfellow. El otro libro es un libro bastante malo, que me prestó Xul Solar y que lo leí todo. Es un libro hecho de traducciones fragmentarias del Zohar y del Sefer Yetzirah, pero a diferencia de Scholem, por ejemplo, él no explica nada, dice las cosas son así y nada más, y el prólogo es una serie de ataques a la filosofía materialista, ataques… groseros ¿no?, como diciendo “qué saben estos ignorantes de la Cábala” y cosas así, que no tienen ningún valor. Erich Bichoff, sí.

J.A.: Y pasando al libro de Scholem recuerdo que en el poema “El Golem” decía usted: “Estas verdades las refiere Scholem...”. Ahora, el que se ha tomado el trabajo de leer Maior Trends in Jewish Mysticism recuerda que eso no está en el libro.

Borges: No, no, no. No está en Sholem, está en Trachtemberg, pero la rima, caramba…Y además que creo que Scholem es un escritor más importante que Trachtemberg, ¿no?, de modo que…

J.A.: Y todo esto lo ha ampliado Scholem en otro libro que se llama On The Kabbalah and Its Symbolism.

Borges: Sí, lo tengo. Yo lo considero como un amigo mío y creo que él me considera como un amigo aunque en conjunto nos habremos visto ocho horas en toda la vida, pero como yo lo he leído y lo he releído tanto... Porque yo a Scholem lo leí en inglés, yo leí el libro Maior Trends in Jewish Mysticism. Ahora, el libro de Trachtemberg es mucho menos importante, es una miscelánea, pero bueno…

J.A.: Es una tesis doctoral que luego se publicó en forma de libro.

Borges: Bueno, lo habrá, claro, ampliado… cambiado.

J.A.: ¿Vio a Scholem en su último viaje a Israel?

Borges: Cuando me dijeron qué quería ver, les dije no me pregunten qué quiero ver porque soy ciego, pregúntenme a quién quiero ver y les voy a contestar inmediatamente, Scholem. Y pasé una tarde muy linda en casa de él. Nos vimos un par de veces. Es una persona encantadora. Habla inglés perfectamente.

J.A.: ¿Lo llevaron a visitar Safed, que fue el centro cabalista del siglo XVI donde vivieron Moisés Cordovero, Isaac Luria?

Borges: Cordovero, sí... Isaac Luria…, que yo conozco. No, no, no me llevaron a Safed. Bueno, pero como yo dependía un poco, como a mí me habían dado el Premio de la Municipalidad de Jerusalén, yo dependía de mis anfitriones ¿no?, yo era un huésped, de modo que…

J.A.: Borges, usted dice que su conocimiento de la Cábala es de segundo orden, sin embargo creo yo que en sus cuentos ha trascendido mucho.

Borges: Yo creo que sí. Cuando Dante se refiere a Virgilio habla de il lungo studio e il grande amore, creo, my italian is not to be trusted, pero en el caso mío se puede hablar, más que de gran amor, de largo estudio porque ese estudio ha existido. Claro como yo perdí la vista, for reading purposes, en el año 55, y me he dedicado, bueno, a Old English y ahora a Islandic. Tengo una cátedra de Literatura Inglesa en la Universidad Católica, tengo un curso de Old English Poetry en la Asociación Argentina de Cultura Inglesa y además tengo un seminario para estudiar islandés los sábados a la tarde y otro para estudiar Old English los domingos a la tarde en casa. Tengo unos cuatro alumnos. We do it for the sheer love of it, ¿no?

J.A.: Recordará, Borges, que en ese número de la revista L’Herne dedicado a su obra…

Borges: La verdad es que yo no he leído esa revista, for the sheer bulk of it. Me sentí como si fuera una especie de tombstone (risas), me sentí como literalmente en una pesadilla, algo que me oprimía, ¿no? Y creo que están preparando otro. Y L’Herne, yo creo que es por la hidra, creo que se refiere al hecho de que va a ramificarse en muchos temas, en muchos sectores.

J.A.: Bueno, en ese número, yo encontré la única nota, muy breve, que estudia algo de sus relaciones con la Cábala y se titula “Fascinación de la Cábala”.

Borges: Ah, está bien.

J.A.: Y lo que yo quería preguntarle…

Borges: ¿De quién es esa nota?

J.A.: De alguien que firma Rabbi o Rabi, no sé quién es.

Borges: Bueno, lo que yo he leído sobre la Cábala es un libro que me regaló Carlos Mastronardi, un poeta entrerriano, un libro de un autor francés, Sérouya, La kabbale, que es quizá el libro más copioso, de unas seiscientas páginas, tiene muchas ilustraciones y está todo hecho de traducciones de obras clásicas de la Cábala.

J.A.: Si usted tuviera que definir en qué residió en usted esa fascinación de la Cábala…

Borges: Yo creo que tiene una doble fuente. En primer término, todo lo hebreo me ha fascinado y eso porque mi abuela paterna era protestante, pertenecía a the Church of England, ¿no? She knew her Bible, tanto que uno podía citar un versículo cualquiera y ella decía, sí, Job libro tal, versículo tal, o Reyes, tal libro, lo que fuera ¿no? De modo que ha habido ese lado y luego como yo no he podido creer nunca en un dios personal, la idea de ese vasto Dios impersonal —creo que se llama En-Sof ¿no?— de la Cábala, eso me ha fascinado y eso lo he encontrado naturalmente ahí...y en Spinoza también, ¿no?, y en el panteísmo en general, y en Schopenhauer también, y en Samuel Butler, y en la idea de life ‘s force de Bernard Shaw, y en el elan vital de Bergson. Todo eso deriva de una misma fuente. Pero además hay otro hecho circunstancial que es que el primer libro que yo leí en alemán, cuando yo estudié alemán solo, hacia 1916, fue la novela El Golem de Meyrink. Y por eso después escribí el poema “El Golem”. Yo fui llevado al estudio del alemán por mi lectura de Carlyle, que yo admiraba mucho. Y ahora, aunque estoy de acuerdo con muchas opiniones suyas, como escritor me resulta, no sé, ese estilo dogmático, ese estilo que tiende menos a persuadir que a intimidar no me gusta y tampoco, no sé, ese estilo demasiado vívido y metafórico... Pero he sent me to the study of German. Yo empecé, una tontería que mucha gente comete, empecé tratando de leer la Crítica de la razón pura en alemán, que los alemanes no entienden y posiblemente muy poca gente entiende. Entonces una amiga mía —¿cómo se llamaba?— era baronesa, era de Praga, ah sí, la baronesa Forschtümer [sic. Es Hélène von Stummer], me dijo que se había publicado hace poco un libro muy interesante, una novela fantástica que se llamaba Der Golem. Yo no había oído esa palabra y ése fue el primer libro que I read through en alemán, el primer libro en prosa, pero ya antes yo había leído Lyrisches Intermezzo de Heine. La poesía naturalmente, en gracia de su brevedad, es de lectura más fácil que la prosa, sobre todo que la prosa alemana, en que las frases no aciertan nunca con el fin.

J.A.: Borges, ¿recuerda usted cuando en “La muerte y la brújula”, Lönnrot se lleva la biblioteca del doctor Yarmolinsky a su casa? Y en esa lista de libros, ¿no hay algo así como lo que podría llamarse el escrutinio de su propia biblioteca, de la suya Borges, sobre la Cábala?

Borges: Puede ser, sí, pero yo casi no recuerdo ese cuento. Lo que recuerdo es que se sugiere que todo el cuento es simbólico, es decir, que el detective no se hace matar porque es un imbécil sino porque él y el que lo mata son la misma persona. Usted recuerda que uno se llama Lönnrot, rot es rojo en alemán y supongo que tendrá un sentido parecido en sueco, y Lönnrot fue el que juntó los libros del... el que organizó la Kalevala ¿no?, o Kalévala [3], bueno… y el que lo mata se llama Red Scharlach, y además usted ve que razonan del mismo modo y que en la conversación final, aunque el uno lo mata al otro, se entienden perfectamente porque hablan en un plano intelectual, hablan de laberintos, hablan de Zenón de Elea…

J.A.: Más aún, entre las obras de Yarmolinsky usted menciona “Una vindicación de la Cábala” que, claro, recuerda la referencia a La Galatea en el escrutinio de la biblioteca de don Quijote, es decir, entre las obras del escrutinio figura…

Borges: Claro, porque yo tengo un artículo “Una vindicación de la Cábala”. Sí, bueno, es una pequeña broma secreta (risas) que usted ha sido el primero en… Pero cuando uno escribe, o cuando yo escribo, yo tiendo a hacer esas pequeñas..., a esos private jokes, que son para mí no más. Usted es la primera persona que se ha dado cuenta de eso, yo lo había olvidado enteramente.

J.A.: Usted menciona también en el cuento la obra Historia de la secta de los Hasidim entre las obras de Yarmolinsky, y la Biografía del Baal-Shem, que son títulos ligeramente modificados de dos obras de…

Borges: Buber. Sí, sí, sí… y además, como yo dije en el Prólogo, le atribuyo a los Hasidim la idea del sacrificio que es totalmente falsa, pero era necesario para el mecanismo policial del cuento.

J.A.: En algún lugar que no recuerdo menciona la colección de cuentos de Buber Tales of the Hasidim

Borges: Bueno, ese libro yo lo tenía en alemán y traduje dos o tres… No, no, no, yo lo tengo en inglés, lo que yo traduje del alemán es de un libro que se llama La leyenda del Baal-Shem, el otro lo tengo en casa. O lo tendré aquí en la Biblioteca, porque cuando yo me divorcié, yo tuve que irme de casa un poco apurado y luego mandaron los libros, pero están todos embarullados y ahora estoy poniéndolos en orden lentamente y tengo unos aquí y otros en casa.

J.A.: Ahora, esos Tales of the Hasidim, ¿cree que han tenido alguna repercusión en su obra?

Borges: Puede ser, porque algunos me han impresionado mucho, pero no podría detallarlo…

J.A.: Por supuesto, ése es nuestro trabajo…

Borges: Usted conoce mi obra mucho mejor que yo, porque yo escribo y trato de olvidar y de pasar a otra cosa. Porque si me detengo a pensar en lo que he escrito, pienso que no debo seguir escribiendo.

J.A.: No debería haberle preguntado cosas que usted ya ha dicho y que están en sus textos…

Borges: Yo las he dicho y las he olvidado además (risas). 

J.A.: Una de las cosas que he tratado de demostrar en ese ensayo sobre la Cábala y Borges es que me parece que el sueño del mago en “Las ruinas circulares” sigue mucho toda la doctrina del Golem.

Borges: Es cierto. Una chica en Texas, cuando yo estuve en Lubbock, me acuerdo, una chica alta, rubia, tejana, supongo que sería linda, me dijo: “Cuando usted escribió el poema ‘El Golem’ of course you were aware that you were rewriting ‘The circular ruins’”. Yo le dije: “Of course there is a hidden link between them, pero yo he tenido que venir from the far ends of the world, yo he tenido que venir de Buenos Aires para que usted me revele eso. Ahora que usted me lo dice, es evidente, pero yo no había pensado nunca en eso”. Quizá la idea sea más compleja en “El Golem”, porque en el poema “El Golem” hay la idea de que el hombre, de que el Golem, que es un muñeco estúpido, es al rabino lo que el rabino es a Dios: ¿Quién nos dirá las cosas que sentía / Dios, almirar a su rabino en Praga?

J.A.: He buscado estudiar esa idea que a usted le fue revelada en Texas en algunos detalles. Por ejemplo, en su cuento usted dice que el mago le da el olvido a su hijo soñado para que no supiera nunca que era un fantasma, y en la Cábala, en un Midrash que se llama “De la creación del niño”, se dice que Dios, antes de enviar sus criaturas a la tierra, es decir, antes de hacerlas nacer, instruye a su ángel guardián para que con un papirotazo en la nariz les infunda el olvido de todo lo que vieron en el mundo celeste.

Borges: Posiblemente haya algo parecido en Platón, me parece. Como la Cábala es neoplatónica, ¿no? no tendría nada de extraño. Yo creo que hay alguna referencia a las aguas del Leteo, pero no después de la muerte sino antes del nacimiento. Eso posiblemente esté en la última conversación de Sócrates, posiblemente haya algo, puede que sea en La República, en fin… yo no sé, hace tanto tiempo que he leído a Platón…

J.A.: Usted acaba de mencionar el valor de las letras en la Cábala para la formación de ciertos órganos. Es decir, con una combinación puede salir un ser hembra, con otra combinación puede salir un ser macho.

Borges: Sí, recuerdo que decían, por ejemplo, que no sé qué patriarca bíblico no podía engendrar hijos hasta que le agregaron una letra a su nombre, una cosa así. Eso está en Stehelin, si es que el nombre es Stehelin, que tampoco estoy seguro.

J.A.: Y no sé si recuerda que en “Las ruinas circulares” lo va soñando órgano por órgano, primero dice la arteria pulmonar, luego el corazón…

Borges: Sí, sí, porque primero se equivoca y lo sueña como una apariencia en un espejo. Después lo va haciendo desde dentro, muy detalladamente. Tuve que hacer todo eso para que el cuento resultara, bueno, más o menos believable mientras uno lo lee, ¿no?

J.A.: Y otra de las paradojas que he encontrado en su obra y en ese libro que usted conoce, el Zohar, es que en el Zohar se dan dos estilos, esto lo dice Scholem, un estilo que es muy conciso, muy neto, y otro que en cambio es más bien…

Borges: ¿Metafórico?

J.A.: No, excesivo, verboso, retórico, inflado, dice Scholem. Y es interesante, porque yo creo que en su obra hay una evolución semejante. Sus primeros libros que usted se niega a reeditar…

Borges: Bueno, yo empecé escribiendo de un modo muy barroco y ahora trato de escribir de un modo sencillo. Hace un mes escribí un soneto y al leerlo encontré la palabra “irreversible”, que me pareció una palabra, bueno, no rebuscada pero que uno no espera encontrar en verso. Pero luego me di cuenta que no había ninguna otra palabra que diera esa idea. Algo como no desandable, no sé, en cambio “irreversible” es una palabra breve y no fea, es como “invisible”…

J.A.: Otro detalle es que sus referencias no tienen una sola fuente —Platón o Plotino, digamos—, sino varias.

Borges: Bueno, claro, porque yo no he estudiado mucho, deep into those writers, ¿no?, lo he hecho sobre todo en busca de estímulos. He leído muchas historias de la filosofía, por ejemplo. Mi padre era profesor de Psicología, pero muy escéptico de la psicología, generalmente eso les sucede a los profesores que a medida que van internándose en la materia, empiezan a descreer de ella ¿no?

J.A.: ¿Su padre tenía algún interés por la Cábala?

Borges: Que yo recuerde no, pero por el idealismo sí, por los presócraticos. 

J.A.: Recuerdo que en una entrevista le preguntaron si algunos de sus cuentos estaban elaborados o estructurados cabalísticamente y usted dijo que sí…

Borges: ¿Sí?… yo no sé.

J.A.: Eso fue lo que a mí me estimuló a buscar y a encontrar las cosas que creo que he hallado.

Borges: Bueno, si las encuentra… yo no puedo... yo no recuerdo nada en este momento.

J.A.: Bueno, no quiero quitarle más tiempo, Borges. Le agradezco mucho el tiempo que ya me ha dedicado.

Borges: Muchas gracias. Usted me encuentra todas las mañanas aquí, salvo los sábados y los domingos. Todas las mañanas más o menos a esta hora estoy aquí, estoy a sus órdenes.

J.A.: Una cosa más. El profesor Pearce, que le envía ese libro sobre Hawthorne y que es director de mi Departamento, me ha pedido invitarlo oficialmente a nuestra Universidad.

Borges: ¿Qué universidad es?

J.A.: La Universidad de California en San Diego.

Borges: Ah, sí, bueno pero, desde luego, este año ya no puede ser. Yo he vuelto deshecho del último viaje. En el último viaje yo estuve en Salt Lake City, estuve en New England, estuve en New York, estuve en Islandia, estuve en Israel, estuve en Escocia, estuve en Inglaterra, y todo eso en dos meses. De modo que volví deshecho. El año próximo pueden cambiar las cosas. Ahora, no sé si cambiarán para bien o para mal. Una amiga mía, astróloga, me dice que este año yo no debo emprender nada porque todo lo que yo emprenda va a fracasar, pero que el año que viene ya puedo emprender. Pero al mismo tiempo yo no puedo dejar de escribir. Ella me dijo: “Sí, pero cualquier cosa más íntima, más importante, mejor que la dejés para el año que viene, los astros ya lo han decidido así”. The stars know all about it.

J.A.: Do you believe that?

Borges: No, no creo en eso pero, con todo, sigo el consejo, eso es lo raro (risas). Sí, razonablemente no creo, pero quizá instintivamente creo… ¿Usted se encuentra bien en San Diego? ¿Sí?

J.A.: Sí. Además le traigo saludos de un gran amigo suyo, de Jorge Guillén.

Borges: Bueno… un gran poeta que yo siempre recuerdo y hablo de él…

J.A.: Su hijo Claudio, que está en San Diego, es mi colega…

Borges: Es un lugar que se llama La Jolla.

J.A.: La Jolla, eso es. Y don Jorge viene a menudo a La Jolla a descansar, sobre todo en invierno. El invierno es muy agradable allí, en realidad no hay invierno.

Borges: Eso es lo que no me gusta

J.A.: No le gusta.

Borges: No, porque lo que me gusta mucho es la nieve. Lo que pasa es que como aquí yo estoy cheated out of snow, prefiero no estar cheated out of snow en los Estados Unidos. Y allí creo que no hay nieve, ¿no?

J.A.: No, no hay nieve.

Borges: Creo que yo solo no podría viajar, yo tendría que viajar con alguien. Si yo emprendiera un viaje solo, me pasaría la vida dando vueltas… y llegaría a una aduana, a un aeropuerto, posiblemente llegaría a Ezeiza y no pasaría de Ezeiza (risas).

J.A.: No, no, sabemos que si viniera, vendría acompañado.

Borges: Bueno, muchas gracias entonces. Lo que siento es haberlo defraudado en estas contestaciones, pero realmente…

Jaime Alazraki
Columbia University

Notas

1 En efecto, el apéndice está incluido en la versión inglesa de la Divina Comedia de Longfellow (Vol. III: Paradise. Boston: Houghton, Mifflin & Co., 1886, pp. 428-433). Borges repite el error de Longfellow y atribuye el libro Rabbinical Learning a Johann Peter Stehelin. Aunque Stehelin tradujo el libro del alemán al inglés y escribió un largo prólogo de unas 65 páginas, la obra, cuyo título exacto es Rabbinical Writing, fue escrita por Johann Andreas Eisenmenger y publicada en su original alemán en 1711.

2 Invitado a dictar las conferencias Charles Eliot Norton en la Universidad de Harvard, Borges vivió en Cambridge, Massachusetts, en 1967. Residió en la calle Cragie. Un testimonio de ese período es el poema “Cambridge”, incluido en Elogio de la sombra (1969). Hay allí una referencia a la vecindad con la casa de Longfellow: “Más allá están los árboles de Longfellow”.

3 Borges juega aquí con el nombre del personaje imaginario y del personaje histórico. El detective Lönnrot de su cuento reúne los libros del rabino asesinado con el propósito de resolver el crimen. Elias Lönnrot (1802-1884), filólogo finlandés compilador del Kalevala, viajó por Finlandia, Laponia y el noroeste de Rusia, y recogió de los cantantes runas fragmentos del Kalevala, la epopeya nacional finlandesa, que Lönnrot reconstruyó a partir de los fragmentos desperdigados.


En Variaciones Borges: revista del Centro de Estudios y Documentación Jorge Luis Borges
ISSN 1396-0482, Nº 3, 1997, págs. 163-176

Foto: Jaime Alazraki y María Kodama en 2009

Antes en Borges todo el año, sugerido por Yonah Kranz a quien agradecí y agradezco.



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Jorge Luis Borges-Osvaldo Ferrari: Apología de la amistad ("En diálogo", II, 104)

3 de diciembre de 2019




Osvaldo Ferrari: Nadie ha hecho, que yo sepa, Borges, una apología de la amistad en el país, como la que usted ha hecho a lo largo del tiempo.

Jorge Luis Borges: No sabía eso, sin embargo, es posible. Yo le conté que cuando leí el título del libro de Mallea, Historia de una pasión argentina, pensé: esa pasión tiene que ser la amistad, ya que no hay otra pasión aquí. Luego resultó que no. Y luego, sin duda habremos hablado más de una vez del tema de la amistad a lo largo de nuestra breve literatura. No sé si se ha observado muchas veces que el verdadero tema del Fausto, de Estanislao del Campo, no es la parodia de la ópera; el verdadero tema es la amistad de los dos aparceros, ¿no?

Sí, en el Fausto, usted nos dice que hay «un alegre sentimiento de la amistad».

—Ah, creo que sí. Y luego, el tema de Don Segundo Sombra es el mismo. Y quizás el tema esencial del Martín Fierro sería esa extraña amistad entre un policía y un desertor, ¿no?, de Cruz y de Fierro.

—Estaba seguro de que usted lo iba a ver así.

—Sí, y luego hay un libro que no he leído, de Eduardo Gutiérrez: Una amistad hasta la muerte, bueno, y ese título a uno le suena más o menos natural, al lado de libros como Hormiga negra o Los hermanos Barrientos, que se relacionan con el tema de la amistad.

—Dentro de la literatura, encontramos también la amistad de Don Segundo y Faino.
    
—Es cierto. ¿Se llama Fabio?; claro, Fabio Cáceres. 

—Justamente.

—Sí, qué raro esas cosas que uno no sabe que sabe, ¿no?

—Uno no sabe que sabe. Pero usted le atribuyó antecedentes ilustres a esa amistad.

—Sí, creo que pensé en Huckleberry Finn y en Kim.

—En Twain y en Kipling.

—Sí, ahora yo no sé si Güiraldes leyó a Mark Twain, posiblemente no, pero sin duda leyó a Kipling, porque cuando me lo presentaron, él me dijo: me han dicho que usted sabe inglés. El saber inglés por aquellos años era algo, bueno, más raro que ahora. Yo le dije que sí, y me dijo: qué suertudo, puede leer a Kipling en el original. Sí, él me habló de Kipling. Y lo habría leído en alguna versión francesa, sin duda.

—Sospecho que Güiraldes, en su vida personal, también hacía una especie de culto de la amistad.

—Ah sí, desde luego. Sin duda yo le habré hablado de aquella oportunidad en que ellos vinieron a almorzar a casa —Ricardo y Adelina del Carril—, y luego de una larga sobremesa él se levantó, se fueron; mi madre los llamó porque él había dejado la guitarra olvidada, no se llevaba la guitarra. Entonces él le dijo que la había dejado a propósito, ya que se iba a Europa, y quería que algo suyo quedara en la casa; y dejó la guitarra. Y mucha gente que venía a casa tocó la guitarra de Ricardo Güiraldes.

—Un gesto muy lindo de parte de él.

—Un gesto muy lindo, sí y yo recuerdo, cuando él estaba escribiendo Don Segundo Sombra, fuimos a verlo a su casa, que era cerca de la plaza del Congreso. Era un departamento bastante raro, porque los muebles estaban empotrados en las paredes. Y entonces se tocaba un botón, y caía un sillón, o una cama. En la calle Solís era; yo creo que era Solís y Alsina, pero no estoy muy seguro. No sé si la casa existe todavía.

Esa casa ellos la tomaron en vísperas de un viaje a Europa. Era una casa bastante sencilla, y creo que fue la única vez que él vivió en el sur. Bueno, un sur modesto, digamos, ya que era a dos cuadras de la plaza del Congreso. Entonces, él estaba escribiendo en el gran libro, en el libro mayor de la Estancia, su novela Don Segundo Sombra. Pero como era muy haragán, él dejaba enseguida el texto y conversaba con nosotros, o tocaba la guitarra. Y luego Adelina nos pidió que nos fuéramos, porque cualquier pretexto era bueno para que él dejara de escribir, ¿no?

—Su mujer ayudó a que él se concentrara y escribiera el libro.

—Sí, exactamente. Claro que si yo fuera Néstor Ibarra, diría que ella tenía un fino sentido literario, y que quería impedir que él escribiera Don Segundo Sombra, ¿no? (ríe). Pero a mí no se me ocurre eso, se le ocurre a Ibarra, tal como yo lo imagino, no a mí. Hubiera sido una lástima que él no escribiera el libro.

—Realmente. En cuanto al valor de la amistad entre los argentinos, usted dice que es una, o quizá nuestra única virtud.

—Sí, pero es una virtud peligrosa, porque eso nos puede llevar fácilmente al caudillismo; que viene a ser como una forma de amistad, ¿no?

—¿Obligada?

—Sí, que la gente sea leal no a la ética, o a ciertas opiniones, sino a un hombre, a un amigo. De modo que esa hermosa pasión, se presta a abusos, digamos.

—Entiendo.

—Como sucede con todas las cosas, sí y eso de algún modo explicaría una de las malas costumbres de la historia sudamericana: las dictaduras, que bien pueden estar apoyadas por amigos, y por amigos quizá no siempre interesados.

—En ese caso no se trata de amistad sino de «amiguismo».

—Y puede ser, sí.

—De «amiguismo» perjudicial.

—Sí, puede ser amiguismo, como usted dice, sí, es un buen neologismo ya que establece una diferencia entre las dos cosas.

—Ahora, ¿ha pensado Borges, que quizá nuestro aislamiento geográfico e histórico pudo haber contribuido al desarrollo del sentimiento de la amistad entre nosotros?

—Sí, y luego también el hecho de que una buena parte de los argentinos, sobre todo cuando este país era ganadero, se acostumbraron a vivir en la soledad, o simplemente con la compañía de los vecinos. Porque lo que habrá sido la vida en una estancia… bueno posiblemente los hacendados no fueran muy distintos de los peones, ¿no?; los patrones no serían muy distintos de los gauchos.

—La soledad los identificaba.

—Sí, yo creo que sí, y ahora parece que hemos perdido esa capacidad para la soledad, que sin duda tuvimos antes, y que los ingleses tienen, ya que a los ingleses les gusta mucho la soledad. Creo que Lawrence dice que los ingleses tienen «A hunger for lonely places» (El hambre de lugares solitarios). Yo comprobé eso cuando estuve en Escocia; me dijeron: «We lead you to the loneliest place in Scotland» (Lo llevamos al lugar más solitario de Escocia). Y era un lugar realmente muy solo; yo pensé: qué raro, a mí, que vengo de Sudamérica, me hablan de lugares solos como meritorios o admirables. Cosa que no sucede aquí, porque más bien la gente no se resigna a la soledad, ahora; todo el mundo… aun los que viven en Córdoba o en Rosario, están deseando vivir en Buenos Aires; y en Buenos Aires estamos deseando vivir en Europa, de modo que siempre parece que estamos condenados a no estar… (ríe).

—(Ríe). A no estar donde estamos.

—Donde estamos o donde querríamos estar, sí.

—Un aspecto extraño es que creo que somos capaces de amistades individuales…

—Ah, yo creo que sí.

—Pero no de esa amistad de conjunto que se llama comunidad, ¿no es cierto?

—Que es la más importante; para un país es la más importante.

—Naturalmente.

—Porque la otra, bueno vendría a ser de ésas… antes había rivalidades entre los barrios, ahora eso se ha derivado hacia el fútbol, curiosamente, ¿no?

—En todo caso, todo es un buen pretexto para dividirnos entre nosotros.

—Eso es cierto, la verdad es que hemos abusado de ese pretexto, de ese motivo. Sí, sentido de comunidad no hay.

—No hay, y quizás el país no ha progresado como debía, precisamente por ese aspecto.

—Claro, que es una forma de la falta de ética, porque se piensa en función de fulano de tal, y ese fulano de tal suele ser uno mismo… y no en función de la ética, que es demasiado abstracta y general.

—Claro, en función de uno, o de su grupo, o de su medio, pero no del país en conjunto. ¿Podríamos decir que el tipo de amistad que cultivamos es propia del tipo de individualismo que usted ha visto en el argentino? 

—Bueno, nuestro individualismo sería un buen rasgo, pero no sé si hemos sabido aprovechar ese rasgo; yo creo que no. Aunque la política no puede aprovecharlo, ya que consiste precisamente en lo contrario.






Título original: En diálogo (edición definitiva 1998), II, 104
Jorge Luis Borges & Osvaldo Ferrari, 1985
Prefacio: Jaime Labastida
Prólogos: Jorge Luis Borges (1985) & Osvaldo Ferrari (1998)


Foto: Borges en Hotel del Parque
Mexico ca.1973





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Susana Thénon: «Libretos»

28 de noviembre de 2019




Foto 1

Foto 2



I

rapsodia homericana

desde San Petersburgo
los Cuatro Grandes
rubrican otro armisticio
Simeón y Volodia son arrestados
por escribir graffiti con aerosoles
Simeón y Volodia son fusilados
en los salones de Castel Gandolfo
Su Santidad Papa
moscas mientras un chambelán
limpia fija y da esplendor
cunden viruela negra peste negra viuda negra
un vidente declara al New York Times
que tales epidemias se llamarán un día
viruela boba peste rosa y viuda alegre
otro vidente pronostica el retorno al futuro
Juan Cruz Montejo muere madura crece
nace en Paysandú
gateando en los corredores
los Cuatro Grandes
juegan con honda
yo-yo nuclear
genitales podados por la vieja
(esto se entenderá
dice el tercer vidente
cuando advenga un tal Sigmundo
o Segismundo)
en Glasgow nieva
en Túnez hay nubosidad variable
moscas d. C. Papa Su Santidad
en los jardines de Castel Gandolfo
trinan los cardenales por más y mejor
ira gula envidia soberbia lujuria
etcétera codicia y adulterio
en la quiniela gana el 666
desde las casamatas
los Cuatro Grandes
dan pase libre
a todo vatecónsul
y/o bardo-Nobel

mirá lo que hay en el cielo
no veo nada
mirá lo que hay en el suelo
no veo nada
mirá lo que hay en el agua en el fuego
no veo nada

en Troya sale el sol

no veo nada


II

la segunda partida

comienza
y comienza
y comienza

edad de la risa

dame un beso (vos)
contagiame (¡ya mismo! ¡ya!
¡zaguanes curvos del otro mundo!)

consuma más hostia más crimen

teniendo en cuenta la extensión de la noche polar
Yo te habría dicho: No cantará el gallo
sin que me hayas negado trescientas veces tres

por otra parte —innecesario es recalcarlo—
fue lo que hiciste

claro que según A. Camus Yo me sabía responsable indirecto
del asunto de Herodes y "todos los niños menores de dos años
que había en Belén y en todos sus alrededores"
pero eso no te justifica
aunque en el fondo a quién le importa
el libreto es como es
hay que seguirlo

ahora prestame una lombriz
ahora prestame un beso en la mejilla
ahora meté la mano en mis gangrenas
ahora llorá
y ahora consolate
soñando que ya vuelvo
y tus horrendos sacrificios
te ganarán mi diestra

roca       roca
(sobre esta roca)
arenisca
Yo te abandono a los libretos del tiempo


III

la segunda espera

agotados los medios para obtener amor
(:elemento plegable en forma de pajarita)
se alza la Vía Verdadera
cuyo tránsito no es fácil
pero sí inevitable
como es inevitable
sobrevivir a las b..bas
mirá los japoneses cucaracha
.ermanos del mundo
necesitamos mantas vacunas
aspiradoras ..che en polvo
.............. famél .....................
....sitamos plasma rencor y whisky dietético
hermanos del mundo
bienhadados Abeles
necesitamos todo
excepto logos
.........................................................
.........................................................
erigir
.........................................................
ruina(s) ............................................
hacen de un mundo nuevo un
v..erable emplazamiento
........mos pa.
....... .. ... .. yoghurt
..........................................................
cráteres en el mar ..tacumbas
nuevo .... a podrido
pestes flam.....
más arte
más dep....
..ofesorado
más ironía, darling

de este Árbol
no elijas .... .. .... . no hay historia
seguí el lib....
picoteá de lo otro
vagina .ndeleble parí muertos
que construyan




Agradezco fotos inéditas, propiedad y cortesía de Jorge Kersman
Noche de fin de año 31/12/1975. Departamento en el Barrio de Belgrano. Susana Thénon toma las fotos (salvo en las siguientes):

Foto 1, (izq.-der.): Viviana Guibert de Kersman, Dora Kerzman de Thénon, Susana Thénon
Foto 2, (izq.-der.): Carmen Muruzábal, Dora Kerzman de Thénon, Susana Thénon, Viviana, Jorge Kersman

Jorge Eduardo Kersman (hermano de Dora, tío de ST, padre de JK)


En La morada imposible
Buenos Aires, Editorial Corregidor, Biblioteca de Poesía, Tomo I, 2001
Edición a cargo de Ana María Barrenechea y María Negroni

Más de Susana Thénon en este blog


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Santiago Kovadloff: La emoción de traducir

26 de noviembre de 2019




Sobre el goce de traducir poco y nada he leído. Mucho, en cambio, sobre los riesgos a que se expone quien lo intenta, los infortunios que acarrea al traducido o la indigencia en la que fatalmente naufragan los resultados del traductor. No obstante, en traducir se insiste y creo que con razón. Dudo que no sean mayoría quienes, sin saber dos palabras de griego, han accedido, acceden y accederán a muy buena parte de la riqueza de Eurípides y Platón. ¿Y a cuántos ascienden los que valoran la Eneida de Virgilio o la Divina Comedia, ignorando el latín y sin comprender el italiano? Reconocerlo es admitir que, en muchas ocasiones y más allá de peros y resquemores, la traducción inspirada sabe consumar su cometido. Hacerla bien es posible y si resulta infrecuente no lo es más que llevar a cabo cualquier emprendimiento de calidad. Al final de cuentas y puesto que traducir es un arte, resulta lógico que en su ejercicio no sobreabunden los agraciados. Un arte y, claro está, labor de altísima artesanía. Traducir es, para mí, tarea equiparable por su exigencia y disfrute a la del intérprete musical, labor neta de ejecutante, como bien lo sostuvo hace ya mucho Jaime Rest [1], y ocupación en varios aspectos equivalente a la del actor. Demanda, como dije, no menos inspiración que conocimiento, no menos veteranía que disposición. Y si en esto de traducir las imposiciones de la objetividad no pueden desoírse puesto que atañen a los mandatos del texto que se aborda, tampoco cabe dejar de lado la íntima valoración, el olfato selectivo, la intuición del catador y ese espíritu agraciado que no puede estar ausente en quien emprenda la faena.

Es mi convicción, nada original por otra parte, que la piedra de toque en el logro de una versión afortunada no es otra que el amor por lo que se traduce. De modo que no vierte bien quien conoce sino quien ama lo que conoce y de divulgarlo se alegra tanto o más que si de cosecha propia se tratara. Así lo entiende Axel Gasquet:

¿Qué encontrarnos en una traducción si la despojamos de una mera decisión administrativa o editorial? Un gesto de amor y entrega, de don que se prodiga sin esperar devolución. El traductor literario (y aquí incluyo no solo la narrativa, sino la poesía, el ensayo, la filosofía) trabaja por evidente simpatía con una obra, trabaja por “afinidades electivas” con tal o cual original, con ese o con aquel otro autor. [...] Porque se traduce lo que se hubiera querido escribir [2]. 

No conviene, a mi parecer, traducir sino de los idiomas que habitaron nuestras vidas. Quiero decir que no basta con saberlos. Lo esencial es haber sido o ser en ellos. Las lenguas en las que hemos sucedido, aquellas en las que el tiempo se nos brindó con sus goces y sus penas, y en las que expresarnos fue para nosotros vitalmente decisivo, son las que, cuando hay vocación literaria, mejor dotados nos encuentran para encarar su traducción. Yo ocurrí en portugués, si así se me acepta que lo diga, y ello durante años para mí fundamentales. Dejé, en esa medida, de frecuentarlo y sentirlo como un idioma extranjero. Quien sabe abrirse a los secretos de la lengua que traduce, capta y comulga tanto con el sentido de lo dicho como con la cadencia del enunciado escrito, y es esa respiración hábilmente preservada la que vuelve inconfundible una versión exitosa [3]. Se deja en cambio de escucharla al optar por el camino de la literalidad, vía que se revela muerta cuando lo que se busca es acceso a los acentos personales de la voz de quien escribe. El mejor acatamiento al texto traducido demanda imaginación, aptitud para el desvío o las sendas laterales, así como saber valerse de las analogías y lo latente, siempre que con ello no se afecte el propósito ni el tono del autor. Y ello, estoy seguro, en igual medida para la prosa y el verso, puesto que la prosa, cuando de veras lo es, no va a la zaga de la poesía ni en logros ni en exigencias. Es obvio que la alegría de traducir proviene, en amplia medida, de saberse sirviendo a la difusión de quien a juicio nuestro lo merece, alentando así su reconocimiento. ¿Pero cómo no pensar además que, al proceder de este modo, se deja atrás la maldición de Babel, el mandato que forzó la dispersión de quienes debieron haberse buscado, no para volver a homologarse, sino para empeñarse en dialogar a partir de su diferencia? La hostilidad que reviste casi siempre lo que nos impresiona como extraño, los recaudos que suele aconsejar el trato con lo escasamente identificado o con lo que a fuerza de ser otro parece desafiar nuestro afán de cercanía dejan de ser lo que aparentan mediante la traducción. Los puentes del intercambio enlazan, así, orillas que parecían mutuamente inabordables. No es que el otro en su otredad desaparezca. Todo lo contrario. Su singularidad se proyecta al primer plano, se afirma y gana evidencia al volverse inteligible en la buena traducción. Ofertándole transparencia, la traducción infunde a esa alteridad la indispensable nitidez que permite reconocerla. Es, pues, por obra del discernimiento que ella resulta identificable. Lo que sí se neutraliza y con seguridad decrece es la angustia que acarrea lo inasimilable, la diferencia en lo que tiene de inaccesible, lo que en un primer momento no nos remite a nada familiar. De modo que traducir es ir haciendo del otro, en principio ajeno, un semejante; acogiéndolo y dejándose acoger por él, sin que por ello su singularidad se desdibuje.

La aptitud para traducir nos habla de ese don facultador de cercanía, de esa hospitalaria propensión a inscribir al extranjero en el rango de lo abordable. El hecho de poder hacerlo proporciona una alegría inconfundible, a la que me inclino a llamar solidaria. Consiste en convertir al otro en un prójimo y disolver, en esa vecindad, la ancestral desconfianza que nos despierta lo desconocido. Traducir es ofrendar la maravillosa especificidad de ese vecino a quienes de otro modo no la podrían disfrutar. En esta medida es servicio y nos trae la buena nueva de que el mundo del otro no solo no es infranqueable sino que es un mundo que nos atañe ya que también él es revelador de lo que somos.

Se impone aquí, en consecuencia, una digresión que busca el debate con quienes atribuyen a la tarea de traducir una finalidad metafísica y presuntamente más radical que la de acercarnos a ese extranjero que con su diferencia tanto dice de nosotros. 

Si bien Roberto Juarroz sostiene que “Una de las funciones esenciales [de la traducción] es superar la confusión de las lenguas” [4], no llega a tanto como Walter Benjamin en su célebre ensayo “La tarea del traductor” [5]. Benjamin afirma que el empeño en traducir responde al imperativo de ir más allá, tanto de la lengua extranjera cuanto de la propia, en pos de una “lengua pura”. Ésta opera como paradigma y, si bien es inalcanzable, ideal o irrecuperable –lengua primigenia cuya vigencia habría precedido la catástrofe del desentendimiento y la dispersión suscitados en Babel–, aflora o cristaliza como anhelo o vocación que estimula el proyecto o el acto de la traducción. Es esa meta canónica, donde idealmente se disuelven las últimas disonancias entre el idioma del que se vierte y al que se vierte, el horizonte hacia el que tiene la secreta voluntad del traductor cabal. Se trataría, en fin, de hacer patente la sed de reencuentro con la lengua inaugural y unitaria cuya hegemonía la gran torre trunca sepultó en el fracaso.

Antoine Berman [6] discrepa con la concepción benjaminiana de la traducción. Su punto de vista, con el cual coincido, entiende que es metafísica la visión del ensayista alemán en tanto traducir es aspirar o proponerse como objetivo la exaltación de esa “lengua pura” y universal que restablecería, si se la reencontrara, la perdida unidad sobre cuya extinción nos habla Génesis 11. Metafísica es esa visión, insiste Berman [7], porque consiste en buscar, más allá de la profusión de las lenguas empíricas, el “puro lenguaje” que toda lengua lleva ínsito en ella como su eco mesiánico. Un objetivo como ése –que nada tiene que ver con el objetivo ético– es metafísico en la medida en que, platónicamente, busca un más allá “verdadero” de las lenguas naturales. [...] Es la traducción contra Babel, contra el reino de las diferencias, contra el dominio de lo empírico.

Como bien se lo ve, a esta perspectiva trascendentalista de los fines últimos de la traducción opone Berman una valoración ética de dichos fines. Él nos habla de una “pulsión hacia la traducción” (pulsion traductrice) a la que concibe como fundamento psíquico del acto de traducir y a la que llama también “deseo de traducir” (désir de traduir). Sin esta “pulsión psíquica”, sin este “deseo de traducir”, [la] meta ética no sería más que un imperativo impotente. La mimesis consumada por la traducción [mimesis traduisante] es forzosamente pulsional. Pero, al mismo tiempo, rebasa la pulsión, porque no aspira ya a esta secreta destrucción/transformación de la lengua materna que esa pulsión busca al orientarse hacia un objetivo metafísico. En la superación que representa la meta ética se pone de manifiesto otro deseo: el de entablar una relación dialógica entre la lengua extranjera y la lengua propia [8].

Este encuentro de resonancias buberianas entre las lenguas no anhela sino la concreción de un recíproco reconocimiento inmanente, celebración de la convergencia en el marco de la diversidad que les es propia, y que ya no constituye un empecinado intento de reducir la diferencia a mera mediación orientada hacia un horizonte trascendente o externo a esas mismas lenguas. 

Vuelvo ahora al cauce de mi reflexión. Cuando se afirma que el traductor de poesía debe ser, él mismo, poeta, se asegura algo igualmente decisivo para el abordaje de la prosa. Pero no necesariamente porque el traductor cultive como autor el género del caso. Se trata de algo más sutil. El traductor literario, sea cual fuere el registro que lo convoque, debe sentir los desvelos expresivos que soporta el escritor. Debe ser, en el ejercicio de su trabajo interpretativo, él también un escritor. De lo contrario no podrá hacerse responsable de lo que el texto le solicita. Y lo que el texto le solicita es que haga “claro y vivido”, según el clásico enunciado de Maurice Bowra, lo que al propio idioma se vierte; de hacer lo posible, y aun lo imposible, para que no domine la impresión de estar leyendo una traducción.

Si bien es inusual que el lector medio retenga el nombre del traductor que tanto le ha dado (y al que, por eso, más que lector medio, habría que llamar medio lector), hay en este hecho algo que de algún modo lo explica. Se afirma que el buen traductor es aquel cuya presencia pasa inadvertida. Habría que decir, más bien, que en toda versión consumada el buen traductor y el autor se enhebran en una singularísima interdependencia que, sin homologarlos, impide distinguirlos con entera precisión. Hay, pues, una región de difusos contornos donde sin duda convergen; una comunión eminente que los vuelve inescindibles para bien de ambos artistas, y todo ello, claro está, en la percepción de quien los lee y por obra de su lectura. De modo que cada logro del escritor en otro idioma que el suyo es un triunfo simultáneo de su traductor. Ello explica que el traductor pase fatalmente desapercibido, ya que sabe cómo proceder para no resentir el indispensable protagonismo del autor. Su eficacia es tal que no se lo nota. Pero –y ésta es la paradoja– si no se lo nota, debiera advertírselo pues no hay duda de que, para pasar inadvertido, allí debe estar [9]. Corresponde, pues, reconocerlo tal como ocurre con el actor que desempeñando su papel acabadamente logra hacer olvidar, por lo menos hasta el momento en que la obra culmina, que alguien sostiene con su cuerpo y con su temple al personaje que nos atrapó.

He oído decir que no es habitual que los traductores sean también autores. Más allá de su papel de intérpretes, según me cuentan, suelen argumentar que ellos mismos no tienen, en cuanto tales, nada que decir. Así me lo aseguraba Alicia Zorrilla, amiga, gramatóloga y colega en la Academia Argentina de Letras, y miembro de una prestigiosa corporación de traductores. Así también, mi mujer, que es psicoanalista, recordándome que ésas fueron más o menos las palabras que unos de los principales traductores argentinos de la intrincadísima escritura de Lacan se endilgó a sí mismo terminantemente.

En cambio, entre poetas, narradores y ensayistas, por lo que sé, esto no ocurre. En estas latitudes de la expresión es, por el contrario, creencia asentada que sólo un escritor puede desempeñarse como traductor de otro, creencia que estoy dispuesto a hacer mía si se entiende que ese escritor que el traductor debe ser no necesariamente se revelará como tal produciendo ficción, poemas u obras de imaginación conceptual, sino que lo hará traduciendo, en el trato con el libro cuya versión emprende, y no fuera de él. Debe, en suma, ejercer como escritor al traducir, responsabilidad que si bien no le impone crear un mundo, sí lo convoca a sostener, en la credibilidad y el encanto de su enunciado, el mundo que da a conocer.

Para llegar a infundir vida en nuestra lengua a una obra foránea, sea ésta de arte o ideas, hace falta comulgar con el espíritu de quien la ha creado. Intérpretes musicales y compositores deben ser el mismo artista, aunque sean distintas personas y ello vale, por supuesto, para la relación entre autores y traductores de literatura. La empatía alcanzada en tal sentido es ese punto axial de convergencia que impide distinguir, al leer la traducción, quién ha escrito y quién ha traducido. Mucho es, dicho sea de paso, lo que la tradición judía aportó a la comprensión de la naturaleza de la interpretación, de la cual la traducción no es sino una variante. Su concepción de la exégesis bíblica guarda notables coincidencias con lo que me empeño en transmitir.

La tradición judía se refiere comúnmente a dos partes de la Torá: la Torá escrita (los cinco libros de Pentateuco) y la Torá oral (el conjunto de los textos exegéticos que se esfuerzan por echar luz sobre el sentido de la primera). Esta Torá oral, como lo indica su nombre, es considerada como parte intrínseca de la Revelación. ¿Cómo decir más claramente que no hay revelación pura, separada de su interpretación y que el texto no vive más que por la gracia de un encuentro? [10]

Cuando a fines de año 62, regresé de San Pablo a Buenos Aires, la literatura brasileña se encontraba malamente difundida en la Argentina. El portugués era poco menos que un idioma ignorado, cuando no subestimado por los interesados en las lenguas modernas. Nada significaban todavía, para la mayor parte de los aficionados locales a la literatura, nombres como los de Manuel Bandeira, Mário de Andrade, Graciliano Ramos, António Cândido, Guimarães Rosa, Euclides da Cunha, Carlos Drummond de Andrade, João Cabral de Melo Neto y muchos otros, aunque ciertamente ya abundaban los espíritus cautivados por la prosa de Jorge Amado.

Empecé a traducir como se empiezan tantas cosas: porque sí, para probar, a los tanteos y sin programa o intención que excediera el impulso ocasional, aunque alentado por las ganas y sin sospechar todavía que ya estaba incursionando en uno de los terrenos donde habría de arraigar mi vocación de escritor.

Traduje, en un principio, por el gusto de hacerlo y para mis amigos, interesado en dar a conocer alguno que otro fragmento de una literatura querida y sin ningún propósito de divulgación que excediera a ese círculo afectivo.

En aquellos años sesenta, mi portugués, aun siendo endeble, era mejor que mi castellano, estropeado como andaba por el desuso, tras un lustro absorbente y largo de vida en el Brasil. Empezar a traducir era también empezar a traducirme, ir en mi búsqueda, empeñarme en recuperar un idioma, el idioma en el que yo quería escribir. Tampoco era consciente de ello por entonces pero así resultó en los hechos. Más aún: creo hoy todavía, al cabo de tanto tiempo, que traducir sigue siendo, en mí, un incesante e interminable ejercicio de retorno, pues por más que el regreso haya tenido lugar hace ahora cinco décadas, sigo de algún modo sintiendo que no termino de estar aquí, aunque la Argentina sea mi tierra y en ningún otro sitio sepa vivir. De manera que es para seguir llegando que traduzco y vuelvo a traducir, y seguiré seguramente traduciendo. Este empeño simultáneo de celebración y reconquista, al que también debo llamar de reconstrucción, fue en un comienzo, como queda dicho, esporádico aunque siempre festivo. Un día se me ocurrió desplegar esa alegría en forma orgánica y mediante un proyecto de larga duración: componer una antología de poesía brasileña. En el año 72, Aldo Pellegrini resolvió editarla y con ella vio la luz el primero de mis libros [11]. Así fue como el gusto de traducir, que aún estaba lejos de ser un arte en el que hubiese logrado la indispensable pericia, se convirtió de lleno en interés central y en aspiración mayor de mi vida literaria. Alguna vez, me decía por entonces, traduciré a Guimarães Rosa; alguna vez, a Fernando Pessoa.

Con la fatal insolvencia de los advenedizos pero no sin resolución, ideé en aquel momento un método de trabajo que me permitió abordar con algún criterio los textos de esa antología inaugural. Mediante aproximaciones sucesivas, me propuse ir dejando atrás distintas clases de problemas: terminológicos y semánticos, métricos y prosódicos, tonales y temáticos, según los textos fueran más o menos cercanos al lenguaje coloquial.

Mis primeras incursiones en la traducción –aquéllas en que se me insinuó el placer de traducir– no fueron sin embargo del portugués sino al portugués y las realicé en el colegio secundario. Al portugués desde el latín de Catulo, César, Séneca, Virgilio, Horacio, Ovidio y Cicerón, tal como por entonces solía ocurrir en buena parte de los colegios de Brasil, y especialmente en el mío que, siendo italiano, enaltecía como ninguno la enseñanza de la lengua romana.

Encontré muy pronto, en la resolución tenazmente imperfecta de los problemas de concordancia y conjugación que me imponía la traducción del latín, un gusto y una emoción que no supe descubrir en las matemáticas, aunque en más de un aspecto calcular y traducir guarden parentesco. El cumplimiento regular de ese tránsito de una lengua a otra brinda, a quien lo realiza con vocación, un júbilo al que no concibo como muy distinto del que los alquimistas, consagrándose a lo suyo, dijeron conocer. Traduce de veras quien sirve a la íntima intención del escritor elegido, en un ir y venir del que nos habla literalmente la palabra traducción, y que si se distingue por el fervor del empeño con que se lo cumple, no menos lo hace por el placer que depara esa búsqueda amorosa de acoplamientos y correspondencias. A mi modo y como pude, empecé a sentirlo yo hacia los quince años y de allí en más, siempre que traduje, me premió con abundancia aunque no lo mereciera. 

El esfuerzo que demanda el discernimiento de los mejores criterios para traducir a un maestro del idioma, lejos de descorazonarme, me entusiasma y me invita al trabajo lento, minucioso y ajustado, con la misma resolución con que otros se lanzan a navegar en aguas turbulentas o a escalar cumbres escabrosas. La paciencia cumple aquí, al igual que en la escritura, un papel invalorable. Algo del buen viñatero o del sembrador templado por su oficio se juega en todo esto. No me extraña, por eso, que la palabra poesía haya estado estrechamente unida, en el griego primitivo, a la noción de la tierra que se trabaja.

Interrogo una línea, pondero un verso, exploro sin apuro los matices de un término, sometiendo sus propiedades a una consideración que sólo estimo suficiente cuando, a fuerza de prolongarla, me deja extenuado. Busco debilitar las resistencias del original mediante avances sucesivos, entrándole al texto por distintos flancos, más que en una arremetida única, general e indiscriminada. 

Pero no todo lo recaudado resulta de la premeditación y la estrategia. Con frecuencia me he visto sorprendido por propuestas inesperadas y rebosantes de inspiración. Aun así, no se me escapa que las ocurrencias y los hallazgos súbitos sólo premian con creces la convivencia demorada y atenta con los enigmas de la obra, sólo coronan la búsqueda tenaz y a veces obstinada de la mejor solución. Por eso hay que decir francamente que es imposible dejar de sentirse, si no coautor, al menos fogonero de las maravillas que guarda el texto vertido, cuando se las preserva y se las realza en una buena traducción. Y así como se afirma de una composición musical o de una obra de teatro que se la valora especialmente en la versión o en la puesta de tal o cual director, así también debiera afirmarse más seguido de la lectura que de un libro extranjero se realiza en el propio idioma. Pero no son éstas sino sutilezas de la sensibilidad y el entendimiento cuyo disfrute a casi todos, por varios motivos, se nos escapa. Considero –y vaya esto sólo a título de ejemplo personal– que mi desconocimiento sustantivo del alemán y del hebreo no me ha privado de la felicidad de leer ni a Schopenhauer, ni a Kafka, ni a Rilke, ni a Shmuel Agnon. Y por ello no me canso de dar gracias a sus buenos traductores, a quienes he aprendido a apreciar cotejándolos con los malos, tanto en mi idioma como en otros que sí puedo leer. No sabría disociarlos de mi admiración por esos cinco grandes, así que, sin confundirlos ni olvidar quién precede a quién, los integro en un solo y hondo reconocimiento.

Sé pues y por último que esta alegría que me gana al traducir es equiparable, cuando no equivalente, a la que me produjo el retorno definitivo a la Argentina. Goce de la lengua gradualmente reconquistada, restañada en mí poco a poco, y goce enlazado a la emoción del suelo vuelto a habitar, reanudación de algo muy mío y por fin recuperado, al menos en ese orden simbólico que alienta a soñar nuestra vida, si no como unidad, sí como un continuo en cuyo despliegue creemos reconocernos.



Notas

1 Jaime Rest, “Reflexiones de un traductor”, Sur, Nos 338 y 339, Buenos Aires, enero-diciembre de 1976, pág. 192.

2 Axel Gasquet, “Babel redimida”, ídem, pág. 20.

3 Recuerda Roberto Bein que Luis Jorge Prieto entendía el concepto de fidelidad en la traducción como “invariancia de sentido […], como equivalencia en términos semánticos”. [“Las ideas de Luis Prieto sobre la traducción”, ídem, pág. 10.] A su vez, Fernando Sánchez Sorondo cree que “Si la traducción es válida, existirá siempre una invariante con respecto al texto original que persistirá en la traducción.” “El oficio de traducir”, ídem, pág. 17.

4 Roberto Juarroz, Poesía y creación. Diálogos con Guillermo Boido, Carlos Lohlé, Buenos Aires, 1980, pág. 106.

5 Walter Benjamin, Angelus Novus, Edhasa, Barcelona, 1971, págs. 127-144.

6 Antoine Berman, L´épreuve de l´étranger, Gallimard, París, 1984.

7 Ob. cit., pág. 21.

8 Antoine Berman, ob. cit., pág. 23.

9 A la del traductor, B. J. Chute la llama “la profesión invisible”. (“La necesidad de traducción”, Sur, N° 338 y 339, Buenos Aires, 1976, pág. 47.)

10 Marlène Zarader, La dette impensée. Heidegger et l´heritage hébraïque, Éditions du Seuil, París, 1990, pág. 105.

11 Santiago Kovadloff, Poesía contemporánea del Brasil, Fabril Editora, Buenos Aires, 1972, 167 págs.







Comunicación del académico Santiago Kovadloff en la sesión privada de la Academia Nacional de Ciencias Morales y Políticas, el 10 de julio de 2013
© Academia Nacional de Ciencias Morales y Políticas
Avenida Alvear 1711 (1014) Buenos Aires - República Argentina

Foto original color: SK [s-a] Archivo La Nación






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Gerardo Lewin: «¿Qué desean los muertos?»

21 de noviembre de 2019





¿Qué desean los muertos?
No nos avergoncemos de las viejas preguntas.
Ésta es la mesa,
tómame la mano,
interroguemos cruelmente a los fantasmas,
echemos a rodar vastas operaciones
de inteligencia espiritual,
interpelemos a las discretas sombras,
al ectoplasma renuente:
arrojémonos a un pozo profundo.

¿Qué desean los muertos?
La tierra no consigue retenerlos.
Sus deseos se esparcen en el aire nocturno
para ser percibidos como un perfume tenue,
impregnan nuestro pan, las herramientas diarias,
nos llaman desde lugares altos con voluntades rotas
y así, pensamos que los muertos aún desean
las caricias perdidas de la vida,
el roce tierno de la piel del hijo,
la súbita tristeza que sucede al amor,
el ansia por tocar las nubes.

¿Qué desean los muertos?
Estuvieron aquí pero se han ido.
¿Qué desean, ahora, los muertos?
¿De qué nos serviría si supiéramos?
Vamos a levantar llantos o monumentos,
buscaremos perdón, venganza, olvido
en ocultos parajes, en congresos terribles,
les llevaremos flores, compondremos poemas.

¿Qué desean los muertos?
Tienen, en el final, simplicidad.
Sumersos en la nada, nada quieren
y en esta nada nos excluyen
en esto que conforma su único deseo:
que vivamos. Más y larga vida para todos nosotros.

Los muertos no buscan nuestra compañía.
Quedémonos aquí, respiremos el aire, despertemos.

Seamos como una melodía que va de boca en boca
sin que nadie conozca su final
o su origen: el niño del futuro que pregunta
quiénes fueron, qué nombres ostentaron
ahora y en las horas todas de sus deseantes vidas.







En Nombre impropio + Tránsito
Buenos Aires, editorial deacá, 2016
Prólogo José Emilio Tallarico
Gerardo Lewin (Buenos Aires, 1955), poeta, traductor y docente.

En 1982 egresó de la ENAD en la carrera de actuación y cursó estudios
de posgrado en Dirección Teatral en la Universidad de Tel Aviv.
Desde 2007 traduce a poetas hebreos en su blog de_canta_sión
En 2003 publicó Amores Muertos (en El Jabalí)
Participa en la organización del ciclo El Orate y la Musa

Fuente foto original (s/f)








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