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Miguel Ruibal: de inter-axiomas habidos

3 de noviembre de 2016









Tintas, pasteles grasos y acuarelas sobre papel
30 cms. de base por 42 cms. de alto
Tarrasa, Barcelona, 2016


http://miguelruibal.blogspot.com.es/
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Michel Maffesoli: Dioniso (El retorno)

1 de noviembre de 2016






Estar poseídos por los objetos que creíamos poseer, conceder importancia al sentido estético de las cosas, participar en las múltiples histerias (deportivas, musicales, religiosas, políticas) que ritman la vida social, es lo que debe hacernos prestar atención a una antigua figura mitológica cuya significación es difícil calibrar. ¡Al hablar de Dioniso de una manera insolente, o en cualquier caso poco académica, Nietzsche había sobresaltado a los lameculos universitarios de su época! Y, todo hay que decirlo, en los diferentes cenáculos de la intelligentsia moderna el sobresalto sigue estando a la orden del día.


Por el contrario, grupos musicales, líneas de ropa, marcas de licores, producciones cinematográficas, instalaciones artísticas, círculos de reflexión filosóficos e incluso locales de intercambio de parejas, no dudan en reivindicar el patronazgo de este dios petulante y ambiguo.


En efecto, si hay un icono cuyo renacimiento es difícil negar es, a buen seguro, el de Dioniso. En sentido estricto, se trata de la reaparición de una corriente subterránea. De una capa freática que no se veía, pero que irrigaba toda vida en la superficie. Mito recurrente. Es, más allá o más acá del eclipse moderno, un mito perdurable. El del placer de ser, del que la posmodernidad proporciona múltiples y constantes ilustraciones.


Nombre propio, Dioniso puede convertirse en adjetivo calificativo, dionisíaco. Asimismo, puede designar una forma de sabiduría, dionisíaca, que incita a gozar, bien que mal, de esta tierra y sus frutos. Y no es necesario ser un especialista en mitología griega para comprender que se trata de uno de esos arquetipos eternos que, en determinadas épocas, vuelven a adquirir fuerza y vigor.


Por consiguiente, se trata de un ícono emblemático, una especie de tótem inconsciente en torno al cual se producen los múltiples agregados sociales que constituyen la sociedad. Dioniso es el dios «de los cien nombres». Es múltiple y, a semejanza de la vida misma, fluidez total y perpetuo devenir. Es un dios proteiforme.


Se lo ha comparado con el «Inmortal Proteo» que, acompañado por su tropa de focas, imita las olas del mar. Un mar a la vez variado en sus olas y único en su reunión. En este sentido, está cerca de la maya de los hindúes, con sus innumerables formas. Es pues una entidad que, bajo nombres variados, repite una sola y única realidad.


A título personal, siempre me pregunté por qué mi pequeño ensayo[13] sobre la significación sociológica y metafórica de este dios petulante se tradujo, aparte de a otras lenguas europeas, al japonés, al coreano y al chino.


Y es porque, pensándolo bien, este arquetipo entra en correspondencia, en las cuatro esquinas del mundo, con el resurgimiento de la función orgiástica en nuestras sociedades. Se trata pues, en un modo transversal, de un estado de la conciencia o del inconsciente colectivos que, bajo distintos nombres, expresa el retorno de una nueva, o más bien renovada, vitalidad.


¡Cuánto desprecio, sonrisitas tácitas o, sencillamente, encogimiento de hombros suscitó esta orgía! ¡Cuando no se producía la famosa y habitual conspiración de silencio!


Y es que en la opinión intelectual moderna prevalece el espíritu de seriedad. Ese profundismo cuyos perjuicios puso de manifiesto el mediterráneo Paul Valéry. En pocas palabras, ese miedo a la vida, ese desprecio por este mundo en nombre de hipotéticos paraísos futuros, ya sean religiosos o políticos.


El catastrofismo vigente vitupera al Homo festivus que, en su efervescencia, tiende a eludir la admonición moral. A burlarse incluso, con una desenvoltura que no puede resultar más irritante.


No hay más que escuchar las innumerables tertulias televisivas para darse cuenta de la obsesión curiosa, acaso malsana (?), de la mayoría de los participantes por dar una explicación en términos políticos o económicos de todos los fenómenos sociales. Y si a un iluso se le ocurriese proponer una interpretación de esos mismos fenómenos mediante un recurso al factor emocional o a las pasiones enfrentadas, tras escucharlo distraídamente, se le conminaría insistentemente a que ¡vuelva a poner los pies en el suelo!


Curiosa denegación, porque es precisamente en este «suelo» donde arraiga quien fue calificado como «divinidad arbustiva»: Dioniso. Y el orgiasmo, al no ser en absoluto reductible al orgasmo sexual, es ante todo, y en todos los aspectos, el juego de las pasiones (orgé) colectivas. Pues una libido generalizada no se limita a un pansexualismo un tanto reductor. Es una especie de rumor subterráneo, que contamina, progresivamente, todas las maneras de interpretar el mundo.

¿Cuáles son, por tanto, las grandes características del icono dionisíaco?


En primer lugar, precisamente, esta dimensión «terrena»: es una divinidad llamada «ctónica», un dios autóctono. Se consagra y está unido a esta tierra. Con ello, y para retomar un término de la filosofía clásica, se pone el acento en un fuerte inmanentismo. ¿Qué quiere decir sino no esperar otro goce que del aquí y el ahora?


Podemos decirlo en varios idiomas sin que la comprensión disminuya para la mayoría. Por ejemplo, el Carpe diem de larga memoria, y que veremos declinarse en francés textualmente de todas las formas posibles. Restaurantes, camisetas, grupos de rock, círculos de meditación, campings para el intercambio de parejas, cofradías báquicas, líneas de ropa, asociaciones zen: ¿acaso hay algo, around the world, a lo que no se le haya aplicado el viejo adagio latino?

Sucede lo mismo con el no menos célebre, aunque más reciente, No future. También aquí se expresa la repatriación del goce característica de las variadas prácticas o técnicas dionisíacas. No posponer el placer para más tarde, sino obtenerlo, aunque sea relativamente, de lo que se presenta y se vive, con los demás, en este Instante eterno que se ha logrado arrebatar a las obligaciones sociales.


El momento adecuado, la ocasión propicia, el sentido de la oportunidad: eso es lo que caracteriza el presenteísmo[14] dionisíaco. Y no se trata aquí de una simple cuestión de escuela, desde el momento en que la falta o incluso el rechazo del proyecto es aquello mediante lo cual se puede caracterizar la sensibilidad juvenil ante el porvenir.


No se trata de la angustia existencial ante un futuro incierto, sino más bien de una actitud vital, en concordancia con el espíritu de la época. Basta con sacar provecho de lo que el tiempo nos concede. Ya veremos qué pasará mañana.

Postura trágica donde las haya, que siempre, cuando reaparece, viene acompañada de júbilo. El goce y lo trágico avanzan cogidos de la mano. Y el presenteísmo dionisíaco es una forma de sabiduría que pretende homeopatizar la muerte, reconciliarnos con la intensidad del momento vivido y, por ello, combatir la angustia del tiempo que pasa.


La otra marca distintiva de este mito es el culto al cuerpo. Pues ya que conocemos su precariedad, es preciso que lo celebremos y lo valoremos con la mayor intensidad posible.


Los historiadores mostraron cómo en el siglo XIX, y podemos añadir una buena parte del XX, el cuerpo sólo se legitimaba en su actividad productora o reproductora.


Eso a cuyo comienzo estamos asistiendo es la reanudación de las grandes épocas culturales que fueron, por ejemplo, la decadencia romana y el Renacimiento europeo, en las que lo importante era, por retomar el consejo de Ronsard, aprender a «coger las rosas de la vida». Conocemos su condición efímera, y eso es un acicate mayor para que apreciemos su fragancia.


Un cuerpo amoroso, un cuerpo gozoso. Es lo que la moda, la dietética o el body building muestran. Proliferan tiendas y revistas especializadas en él. Y los lugares en los que se cultiva su bienestar son, en la actualidad, moneda corriente. Por ejemplo, saunas, spa, diferentes talasoterapias, salones de masaje thais, californianos, cachemires, coreanos, etc., cuya enumeración pasa por técnicas ancestrales con denominaciones étnicas reales o inventadas.

Ayurveda, baños de barro de varias procedencias, aceites de perilla, de argán, de higos chumbos, jarabe de espino amarillo, jugo de abedul, sin olvidar el tantra, el tao o el qi-gong: todo sirve para celebrar el bienestar integral o para dar más valor al cuerpo individual.


Pero, al hacerlo, lo que se celebra también es el cuerpo social, porque el hedonismo inducido mediante estas técnicas y prácticas va contaminando poco a poco el conjunto de la sociedad. De lo que, en realidad, se trata es de un medio ambiente, en el sentido fuerte del término, que determina los modos de vida de todos y cada uno de nosotros. Nada ni nadie permanece inmune. El corporeísmo es, a buen seguro, el valor dominante. El goce se vive a flor de piel.


Para retomar una expresión que se encuentra, curiosamente, en la sociología clásica de Durkheim y en el vocabulario New Age contemporáneo, nos enfrentamos a una concepción holística de la existencia.

Hay que entender por ello la globalidad como una interacción entre el cuerpo y el alma, pero también, y al mismo tiempo, lo que se relaciona con la sociedad concebida como un todo. Y tocamos aquí el corazón palpitante de la última característica del mito de Dioniso.

Lo propio de estas pasiones vividas en común es todo menos individualista. Dejemos que los hechizos del coro de vírgenes desconsoladas, que son los desheredados intelectuales modernos, canten el reforzamiento del individualismo contemporáneo. Y, empíricamente, observemos todos esos frenesíes multitudinarios[15] posmodernos en que el colectivo efervescente disfruta saliéndose de madre.


Lo corroboran investigaciones de prestigio, que revelan que raros son los ámbitos en que las concentraciones tribales no constituyan la regla.[16]

Desde luego, es el caso de la música, de cualquier tipo: techno, metal extremo, rock, rap… Encontramos ahí el éxtasis en estado puro. Y tales concentraciones no son ya excepcionales paréntesis en la tediosa rutina de la vida cotidiana, sino, muy al contrario, pulsaciones regulares que ritman y, a menudo, determinan la existencia toda de sus protagonistas.

Política, actividad económica, seriedad de la existencia, todo se deja de lado cuando se celebra un mundial de fútbol o de rugby, un torneo de tenis o un gran premio de Fórmula 1. También aquí revelan su pertinencia los factores emocionales, y prevalecen las histerias colectivas que no desmerecen en nada a las que tenían lugar en las tribus primitivas o las sociedades tradicionales. De un modo similar es como hay que analizar los momentos y los lugares del fervor religioso. Concentraciones mundiales de la juventud, peregrinaciones a Santiago de Compostela o a Chartres, fiestas rituales hindúes a orillas del Ganges, cultos de posesión afrobrasileños, fiestas marianas diseminadas por el mundo, celebraciones de Halloween y demás comidas del Ramadán son miríadas las manifestaciones de este orden cuya relevancia es imposible negar.


En cada uno de estos casos, el pretexto doctrinal tiene poca importancia. Ante todo, se trata de vibrar en compañía. De entrar en comunión y, eventualmente, en trance. La religiosidad ambiente debe entenderse en uno de los sentidos etimológicos que se atribuyen a esa palabra: el deseo, el placer, de estar religado al otro. Ya sea este otro el grupo, la naturaleza o la divinidad. Religancia[17] fundamental, que relega el individualismo a la categoría del pasado moderno.


Basta con observar, igualmente, el aspecto que cobran las campañas políticas para convencerse de que Dioniso ha vuelto entre nosotros. El cuerpo doctrinal sólo se murmura en voz baja: lo único que importa es la excitación no racional propia de los mítines y diversas galas «a la americana», donde reina la histeria. Y, en todos los campos, es significativo ver cómo los políticos más teóricos se eclipsan ante los bufones del estrado.


En efecto, incluso la seriedad política ha perdido su dimensión apolínea, su armazón racional, para dejar paso a la expresión de las pasiones colectivas en que la música, los gritos, las escenificaciones y las invectivas prevalecen con mucho sobre la exposición ordenada de una argumentada demostración.


En suma, al acentuar el factor emocional, también la política posmoderna se ha vuelto dionisíaca.


Es lo mismo, en fin, que se presenta en lo que podemos llamar la sociedad de consumo. Ésta adopta múltiples formas. Sólo aludiré aquí a esos momentos de excitación colectiva que son las épocas de «saldos y rebajas». También aquí se revela de un modo flagrante el culto al tumultuoso Dioniso. Sin falsas vergüenzas ni contención alguna, el día «D» y a la hora «H», una turba desenfrenada de bacantes se precipita sobre los objetos codiciados, a riesgo incluso de pisotear a los demás o de destrozar lo que se pretende adquirir.


La muchedumbre furiosa se mueve por el deseo de poseer tal o cual objeto que la atrae, pero se ve rápidamente poseída por eso mismo que cree poseer. ¿Seguimos estando en el terreno de la economía cuando en el origen de estos movimientos consumistas multitudinarios actúa una especie de pulsión animal? Pues es innegable que el «efecto desencadenante» resulta de la acción subterránea de Dioniso, ese «bribón divino».

Una mitología de efervescencia, un tanto gregaria, se está esbozando. Es el retomo de un societal profundo en que la simpatía, incluso la empatía, prevalecen sobre la racionalidad que se había impuesto durante la modernidad. Nada resiste ante las bruscas acometidas del Dioniso polimorfo.


Pero lo que destruye es, al mismo tiempo, garantía de creación. Esta creación, que adopta formas múltiples y minúsculas, es la misma que caracteriza a las pequeñas utopías o libertades intersticiales que, mediante sedimentaciones sucesivas, constituyen el imaginario social del momento.






Notas

[13] Michel Maffesoli, L’Ombre de Dionysos. Contribution à une sociologie de l’orgie (1982), 3a edición, París, Editions du CNRS, 2008. 

[14] Neologismo compuesto por las palabras «presente» y «teísmo», o sea, la divinidad del presente. (N. del T.)
[15] Maffesoli escribe afoulements: palabra-maleta que funde los términos foule (‘muchedumbre’) y affollement (‘enloquecimiento’). (N. del T.)
[16] Consúltense las investigaciones del Centro de Estudios sobre lo Actual y lo Cotidiano de la Universidad París-Descartes (Sorbona): www.ceaq-sorbonne.org 
[17] Véase la nota 4 (N. del T.)  "Como explicará más adelante en este mismo texto (véase la p. 61), Maffesoli emplea el neologismo religancia según una de las etimologías hipotéticas del término «religión»: como aquello que re-liga, que sirve para establecer un vínculo. (N. del T.)"



En Michel Maffesoli: Iconologías. Nuestras idolatrías postmodernas
Título original: Iconologies. Nos idolatries postmodernes
Michel Maffesoli, 2008
Traducción: Jordi Terré
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Foto: Michel Maffesoli (+) por Rudy Waks


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Marcel Schwob: Plangon y Bacquis

17 de octubre de 2016




I

Ésta es la aventura de la cadena de oro tal como se le relata en Ateneo, libro XIII, capítulo LXVI.
“Plangon de Mileto fue una célebre hetera. Su belleza era tan perfecta que un joven de Colofón se enamoró de ella, aunque ya tenía por amante a Bacquis de Samos. La presionaba con sus súplicas. Pero Plangon supo de la belleza de Bacquis, y quiso alejar al joven de este amor. Como esto parecía imposible, exigió como precio de sus favores el collar de Bacquis, que era célebre. El enamorado, enardecido, estimó que Bacquis no sufriría al deshacerse de él. Y Bacquis tuvo piedad ante su pasión y le entregó la joya. Entonces Plangon, emocionada al ver que Bacquis no estaba celosa, le envió el collar de vuelta y recibió al joven en sus brazos. Y a partir de ese momento se hicieron amigas y gozaban juntas de su amante. Llenos de admiración, los jonios, tal como lo relata Menetor en el Libro de las ofrendas, dieron a Plangon el nombre de Pasifilea. Es a ella a quien Arquíloco[52] nombra en estos versos:
Figuier des roches becqueté par les volées de corneilles,
Charmante accueilleuse d’étrangers, Pasiphilê[53].
Plangon era de Mileto, su amigo de Colofón, y Bacquis, de Samos. La historia del collar es una historia de Jonia. Fueron los jonios quienes inventaron el nombre de Pasifilea. Jonia es un país de maravillas. Todos los tesoros de nuestros cuentos son producto del botín de Mileto. Era una ciudad rodeada de pinos aromáticos y llena de lana y de rosas. Estaba situada en una de las puntas de la bahía de Latmos, frente a la desembocadura del Meandro. Las pequeñas islas de Lade, Dromiskos y Pernea daban abrigo a sus cuatro puertos. Los milesios vivían con el mismo lujo que los sibaritas, de quienes eran amigos. Usaban túnicas de amorgina transparente, togas de lino de color violeta, púrpura y azafrán, sarápidas blancas y rojas, togas de Egipto que tenían el color del jacinto, del fuego y del mar, y calasiris de Persia sembrados de granos de oro. Sus mantas, nos dice Teócrito, eran más suaves que el sueño. Fue allí donde los pescadores sacaron a la playa, en sus redes, el trípode de oro de Apolo; allí también las vírgenes, cansadas de vivir, no dejaron de ahorcarse hasta que los magistrados ordenaron que se las enterrara desnudas, con la cuerda al cuello y, por último, era allí donde las mujeres, según testimonio de un escoliasta de Lisístrata, se entregaban al libertinaje. ¡Ciudad de voluptuosidades, de telas preciosas, de flores, de cortesanas y de leyendas! Su huella ha sido borrada de la tierra; desde la punta de Samos ya no se ven más sus casas pintadas, y la misma bahía de Latmos ha desaparecido desde que los aluviones han hecho cambiar la fisonomía de las orillas.
Y, al igual que la ciudad perfumada por el aroma de pinos y rosas, la tierna historia de Bacquis y Plangon hubiera desaparecido si Teófilo Gautier no la hubiera rescatado amorosamente. La transplantó para hacerla florecer otra vez; precisó los contornos un poco desgastados de sus personajes y los iluminó con luces magníficas y vivaces. Suponía que Plangon había abandonado las orillas fabulosas de Jonia, al igual que Aspasia, quien también había nacido en Mileto; la hizo contemporánea de Pericles y de Alcibíades, que era un admirador tan delicado de la belleza física que destruyó la flauta de su maestro de música, Antígenes, porque la forma en que torcía la boca el ejecutante le parecía poco agraciada. Le dio al joven de Colofón el nombre de Otesias, y sin duda sólo dejó a Bacquis en su isla para hacer navegar hasta ella a su afligido amante en el soberbio trirreme Argos. Le dio más fuerza al sacrificio de Bacquis contándonos que su collar estaba hecho con una gruesa cadena de oro que constituía toda su fortuna, e inspiró en Plangon una deliciosa emoción en la cual los celos dan paso a la aceptación del amor compartido.
Sabemos poco de Plangon de Mileto. Timocles la menciona, ya vieja, viviendo entre Nannion y Lico. Anaxilao, otro poeta cómico, se burla de ella en Neottis:
Il faut voir, pour commencer, d’abord Plangôn;
Semblable a la Chimère, elle incendie les barbares.
Mais un seul chevalier lui a ôté la vie;
Il a emporté tous ses meubles et a quitté se maison[54].
La aventura del caballero no es tan sorprendente, siempre y cuando Plangon lo hubiera amado. Pero no hay que darle mucho crédito a Anaxilao. No tenía piedad con las heteras. Para él, Sínope era la Hidra; Gnataina, la peste; Pirne, Caribdis, y Nannon, Scila; todas han envejecido y parecen “sirenas depiladas”. Atengámonos más bien al relato de Ateneo donde Plangon es encantadora. Plangon debe haber sido su sobrenombre, ya que era así como se llamaba a las muñecas de cera que representaban a Afrodita.
Es más fácil adivinar la historia de Bacquis, la de Samos. Era flautista y había sido esclava de la gran hetera Sínope. Liberada y enriquecida, tuvo por esclava a Pitoniké, que a su vez llegó a ser hetera y arruinó a Hárpalo, el rico macedonio. Sínope tenía una especie de escuela de heteras, al estilo de Aspasia. Era tracia, y traía a todas sus pupilas de Egina a Atenas. Esto es lo que nos relata el historiador Teopompo en una carta dirigida al rey Alejandro. Sínope tenía dos hijas. Una de ellas, Gnataina, fue hetera a su vez. La otra (no conocemos su nombre) tuvo una niña, Gnatainion, que fue su ahijada y discípula. Se puede creer que Bacquis, mientras fue esclava de Sínope, fue compañera de Gnataina. Esta Gnataina era muy reputada por su inteligencia. Se han conservado muchas de sus apreciaciones. Era amiga del gran poeta cómico Difilo, rival de Menandro y de Filemón. Esto es lo que nos permite saber en qué época vivieron Bacquis y Plangon. Deben de haberse tratado y apreciado hacia fines del siglo IV antes de Cristo. No es posible que su historia fuera conocida en tiempos de Pericles, y Alcibíades no las vio jamás: ellas nacieron un siglo más tarde.
Las historias de las cortesanas abundan en anécdotas sobre Gnataina. Las cortesanas de Atenas tenían sus poetas, sus historiadores y sus pintores, y muchas comedias llevaron sus nombres como Korianno, de Perécrates; Tais y Fanion, de Menandro; Opora, de Alexis. Más tarde, Macón de Sicione, que vivía en Alejandría, compuso sobre ellas cuentos en verso. Macón puso varias obras en escena y fue maestro del gramático Aristófanes de Bizancio. Este gramático, que puso en rima los argumentos de las comedias de su gran homónimo, sin duda recibió de Macón la idea de escribir una comedia sobre las heteras. Escribió sobre la vida de treinta y cinco de ellas; pero Apolodoro, Amonio, Antífano y Gorgias también mencionan a muchas que se asegura fueron olvidadas. Aristófanes de Bizancio olvidó mencionar a una joven llamada Paroinos, que bebía sin moderación; Eufrosina, cuyo padre era batanero; Teocleia la Corneja y Sinoris la Linterna, y la Grande, y Mouron, y la pequeña Milagros, y Silencio, y la Mecha, y la Lámpara, y el Trapo. En el libro de Apolodoro, sólo encontramos mención de dos hermanas, Stagonion y Antis, conocidas como “las lochas”, porque eran blancas, delgadas y tenían ojos grandes. Antífanes nos cuenta que Nannion tenía el apodo de Proscenio, porque usaba ropas muy bellas y espléndidas joyas, pero era fea cuando se desnudaba. Otro de estos historiadores solamente nos dejó su nombre: Kalístratos. Linceo de Samos registró los rasgos de sus personalidades; habla de Kaliction, a quien llamaba “la pobre Helena”, y de Leontion, que fue la amante de Epicuro. Los pintores de las cortesanas fueron Pausanias Arístides y Nicófanes. La mayoría de sus cuadros estaban en la galería de Sicione, donde los vio el viajero Polemón. Sicione era una ciudad de pintores sobre el mar Corintio, ubicada en una tierra boscosa, fértil y encantadora, rodeada de plantíos de calabazas y adormideras. En cuanto las heteras se establecieron en Corinto, su leyenda debe de haberse relacionado con las pesadas plantas del sueño. Más tarde, Macón recibió los últimos ecos y los llevó hasta Alejandría. Y son los Chries de Macón de Sicione los que nos dan una impresión precisa de las cortesanas griegas.
Macón no era un poeta talentoso. Nos preguntamos cómo logró urdir intrigas de comedia. Sus versos están lejos de igualar la calidad de los versos del mismo género que abundaban en Francia y en Inglaterra durante el siglo pasado, pero se parecen en algo a la poesía grosera de nuestra Edad Media: la compilación de las Repues franches nos puede dar una idea aproximada de lo que eran. Hay que reconocer que los cuentos de Macón carecen de delicadeza. Las bromas siempre son de doble sentido y las pullas de los estibadores del mercado tienen más altura que una conversación entre Lamia y Demetrios de Falera. Macón eligió a Gnataina como heroína y a ella atribuye casi todas las frases más o menos espirituales. En general no son más que injurias de muchacha. Parece ser que Difilo no podía apartarse de ella, y por su parte ella parecía sentir algo por él. Las noches en que fracasaba en el teatro, Difilo iba a consolarse a su lado. Pero, si juzgamos por los relatos de Macón, no era poesía lo que ella le enseñaba, como Aspasia le había enseñado retórica a Pericles. Gnataina, educada con la esclava de su madre, debe de haber tenido una cierta influencia sobre Bacquis. Deberemos entonces resignarnos a ver en Bacquis de Samos a una mujer ligeramente vulgar. No es por despreciar su bondad; al contrario, ella debió haberse sacrificado francamente a Plangon como una muchacha valiente que no tiene nada que esconder. Pero no sería acertado evocar, al contar la historia de la muñeca y de esta flautista, los nombres de Aspasia, de Frine o de Lais. Es cierto que estos nombres están rodeados por una aureola de ficción. No podemos olvidar que fueron amigas de Pericles, de Hipéride, de Aristipo, de Diógenes y de Demóstenes. Sin embargo, si se le da crédito a Aristófanes, la sabia Aspasia no criaba heteras en su casa, sino jóvenes de una categoría más vil, que él llama pornai. Epícrates, en su Anti-Lais, hablaba de una vieja cortesana sin trabajo que se había dado a la bebida. De acuerdo con el testimonio de Timocles, Frine, Plangon y Gnataina también llegaron a viejas. No son imágenes muy halagüeñas, pero es difícil tener alguna seguridad sobre todo esto. En efecto, un escoliasta del Plutus y Ateneo (XIII, LV) contradicen a Epícrates. Nos relatan la muerte trágica de Lais cuando aún era joven y hermosa. Lais había nacido en Hicara, Sicilia. Hay quienes cuentan que fue capturada, a los siete años, por la expedición de Nicias, y que un corintio la compró para enviársela a su mujer; otros dicen que su madre, Timandra, fue regalada al poeta ditirámbico Filógeno por el tirano Dionisio. Filógeno la llevó a Corinto y allí se hizo célebre, aunque Lais fue más famosa que ella. Por lo demás, conocemos la vida de Lais en Corinto, aunque después se prendó de un tal Euríloco, Aristónico (o Pausanias) y lo siguió a Tesalia. Otros tesalónicos se enamoraron de ella: regaban con vino los escalones frente a su puerta. Las mujeres tesalónicas, celosas, se indignaron, y el día de la fiesta de Afrodita, cuando los hombres no tenían acceso al templo, se arrojaron sobre Lais y la aplastaron con las banquetas de madera del santurario. Así fue ultimada Lais, ante su diosa, cuando había sido ella quien introdujo en Corinto el servicio de las hieródulas, esclavas sagradas de Afrodita. Ya vemos hasta qué punto estas aventuras de las cortesanas son vagas y contradictorias. Resulta difícil deducir su personalidad a partir de tantos datos confusos. Sin embargo, el relato de Macón debe de describir con bastante exactitud el tipo de vida y la forma de ser de las mujeres que rodeaban a Gnataina. Y no sería aventurado pensar que Plangon y Bacquis no eran muy diferentes a ellas. Eran jóvenes hermosas y sin pulir, de ímpetus generosos, aunque sin duda un poco bestiales, al igual que otras de sus contemporáneas, Calisto la Puerca, Nicola la Cabra e Hipea la Yegua.


II

Si bien Bacquis y Plangon no fueron espíritus refinados, al menos fueron capaces de abnegación y de ternura. Habían tenido quienes les dieran grandes ejemplos. La hetera Leaina, que estaba enamorada de Harmodio, se dejó torturar por los verdugos de Hipias, y se dice que se cortó la lengua para no revelar, entre sus gritos de dolor, el nombre de su amante. Pero hay una mujer más conocida cuya historia hace pensar en la de las dos cortesanas de Samos y de Mileto. Es Teodota, quien fue la amiga de Alcibíades. Teodota era ateniense y conoció a Sócrates. Jenofonte, en sus Memorables, nos hace sobre eso un precioso relato, donde queda bien claro que fue una cortesana griega de su época. Aunque Plangon y Bacquis vivieron después que ella, no deben de haber sido muy diferentes. El retrato de Teodota puede servirnos para imaginarlas.
Como ya lo hemos visto, la hija de una hetera, en general, se convertía a su vez en cortesana, al igual que las jóvenes esclavas de la casa. Era ésa una especie de tradición, que duró casi un siglo. El origen de su oficio era casi divino, y el contenido religioso del mismo las mantuvo en una casta bastante uniforme. Hay versiones que dicen que fue Solón quien las hizo llevar a Atenas. Pero sabemos que desde antes se consagraban al servicio de Afrodita en las ciudades jónicas. Se le habían dedicado templos a Afrodita-Hetera en Magnesia, Abidos, Mileto y Éfeso, y su fiesta se celebraba cada año. En Grecia, tales funciones sagradas se instituyeron, primero, en Corinto, donde las heteras hieródulas eran esclavas libertas dedicadas al culto de esta diosa. Sin duda de allí viene el renombre que adquirieron las cortesanas corintias. En cuanto a los rasgos de contenido religioso que las heteras mantuvieron durante tanto tiempo, es probable que sean muy antiguos. Pitágoras, que fue el iniciador de un dogma, parece haber admirado, ya en el siglo VI a. C., a las hieródulas de Samos, donde se adoraba a Afrodita bajo dos nombres, Afrodita de los rosales y Afrodita de los pantanos. Cuando relata a sus discípulos sus metamorfosis pretéritas, declara haber sido anteriormente Euforbio, luego Pirandro y después Kaliqueo, pero dice que, en su cuarta encarnación, vivió como una cortesana de bellísimas facciones llamada Alquea. Estos recuerdos sagrados otorgaban a las heteras privilegios que se transmitían de madre a hija, y de educadora a esclava, y si dejamos de lado a las grandes enamoradas que provocaron guerras o a las que llegaron a amenazar el orden de la República, podemos distinguir los mismos rasgos de carácter en todas ellas. La forma en la cual Bacquis vivió con Plangon y su amante de Colofón se parece claramente a la vida que Teodota llevó con Alcibíades y Timandra.
Alcibíades siempre gustó sobremanera de las cortesanas. El famoso rapto de dos muchachas que pertenecían a Aspasia, perpetrado por los megarenses, fue una venganza contra Alcibíades. Había hecho raptar a una cortesana de Megara, llamada Simaita. Pero no la tuvo con él mucho tiempo. En cambio, la siciliana Timandra, madre de Lais, no lo dejó jamás desde que él comenzó a amarla. Una nota muy breve nos dice que Alcibíades llevaba siempre consigo a Timandra y a Teodota. Ellas aceptaron, como Plangon y Bacquis, un amor en común. La ateniense y la siciliana sacrificaron los celos por su amante, pero el final de su historia es más trágico que el de la milesiana y la muchacha de Samos. Luego de la toma de Atenas por Lisandro, Alcibíades, quien desconfiaba del Gobierno de los Treinta, se refugió en Frigia, donde se alojó en una casa del pequeño poblado de Melisa. Vivía apaciblemente con Timandra y Teodota. Pero Lisandro obtuvo de Farnabaso, sátrapa de Frigia, la promesa de dar muerte a Alcibíades. Una noche, soldados bárbaros rodearon la casa. Alcibíades soñaba, en brazos de Timandra, que ésta acababa de vestirlo con una toga de mujer y que lo peinaba y maquillaba. Un acre olor de humo lo despertó. Los bárbaros habían incendiado la casa por los cuatro costados. Alcibíades, semidesnudo, enrolló su manta alrededor del brazo izquierdo, y se lanzó sobre los asaltantes, espada en mano. No se atrevieron a acercársele y lo abatieron a flechazos. El cuerpo yacía frente a la casa en llamas. Timandra y Teodota lo recogieron, lo lavaron, lo envolvieron en un sudario y lo enterraron con sus propias manos. Plutarco atribuye esta acción a Timandra; Ateneo a Teodota; esto prueba que lo hicieron las dos juntas. Unidas rindieron honores a su amante muerto. Era peligroso dar sepultura a los asesinados por orden del gobierno, y estas dos simples muchachas desafiaron el peligro.
Podemos imaginarnos que después de largos años de amor, el joven de Colofón fue colocado en el sarcófago entre los amados cuerpos de sus queridas Bacquis y Plangon. Nada interrumpió su felicidad hasta el día en que la Moira los reclamó. Otra fue la suerte de Alcibíades. Manos tiernas y queridas lo acostaron solo en su tumba de Melisa, y no se sabe qué ocurrió con Timandra y Teodota. Una estatua de mármol de Paros, que aún existía en tiempos de Ateneo, en el humilde pueblecito de Frigia, recordaba su piadosa dedicación y su amor sin celos.
Sin embargo, Teodota, cuya dedicación fue más allá de la muerte de Alcibíades, no era una joven brillante o de especial inteligencia. Ateneo dice que la forma de su garganta era perfecta. Jenofonte, que la había visto, no la describe, pero asegura que su belleza era imposible de describir, y que los pintores venían a suplicarle que les sirviera de modelo. Fue así que despertó la curiosidad de Sócrates, quien quiso verla. La encontró justamente mientras posaba para un pintor. Su madre estaba sentada a su lado, vestida elegantemente gracias a ella, y había bellas servidoras en la estancia. Él le preguntó si tenía campos, rentas u obreras. Teodota, sorprendida, le respondió que no. Entonces Sócrates le pidió que le explicara cómo hacía para mantener su casa. “Cuando encuentro un amigo que quiera ser bueno conmigo —dijo sencillamente Teodota—, ésta es mi forma de vida”. Sócrates le explicó que no tenía que esperar a que vinieran los amigos “como moscas volando”, sino que debía valerse de artificios para cazar amigos y hacerlos caer en sus redes, negarse para hacerse desear más, provocarles hambre para que la deseasen. “¿Cuáles artificios?”, decía Teodota. “¿Qué caza, cuáles redes, qué hambre?” No comprendía nada de todas estas sutilezas. Creía que Sócrates le proponía ayudarla a encontrar amigos. Se lo rogó con ingenuidad. No se daba cuenta de que estaba sirviéndole al filósofo de material para un apólogo. “¿Quieres ayudarme a encontrar amigos?”, le dijo ella. “Si logras persuadirme”, respondió Sócrates. “¿Pero… cómo puedo hacerlo?” “Busca, y encontrarás”. Teodota reflexionó. No pudo imaginar otra respuesta que aquella a la que estaba acostumbrada por experiencia: “Tienes que venir a verme más a menudo”, le dijo. “¡Ah!, respondió Sócrates, es que no soy un hombre libre; además de mis ocupaciones, tengo los asuntos públicos, y además yo también tengo amigas, las cuales no me permiten separarme de ellas ni de día ni de noche, porque les enseño a hacer filtros mágicos y encantamientos”. Entonces, esta buena muchacha comprendió, a su manera, cuál era la ciencia del filósofo. “¿Es cierto —dijo ella— que conoces esas cosas, Sócrates?” “¿Y de qué otra forma crees que puedo conservar a mis amigos Apolodoro o Antisteno, o hacer venir desde Tebas a Cebes y a Simias? Puedes estar segura que no podría lograrlo sin muchos filtros, encantamientos y pociones mágicas”. “Entonces, préstame tu poción mágica para que te atraiga a ti”. “No, no quiero ser atraído, quiero que vengas tú a buscarme”. “Claro que iré —dijo la ingenua Teodota—: Pero… ¿Me recibirás?” “Te recibiré, dijo Sócrates, si en ese momento no estoy con alguna amiga más querida”.
La pobre Teodota debió sentirse bastante confundida. Seguramente creyó que Sócrates vivía con una cortesana más bonita que ella. No se dio cuenta de que Sócrates hablaba de su alma. Y el implacable bromista no se preocupó por darle ninguna explicación. A veces Sócrates se divertía haciendo surgir la divinidad de la idea, que creía innata en los ignorantes. Podernos ver en el Menón cómo simula que ha hecho a un esclavo ignorante demostrar el teorema del cuadrado de la hipotenusa. Pero dejó a la cortesana sin haberle revelado cuál era su idea sobre el amor. Tal vez pensó que sería superfluo. Teodota la conocía por instinto mejor que Sócrates por su dialéctica. No tuvo necesidad de ningún artificio para ser fiel a los despojos mortales de Alcibíades. Todas las sutilezas del moralista hubieran sido incapaces de enseñarle a amortajar tiernamente el cuerpo ensangrentado de su amigo. Tampoco le hubieran enseñado a Bacquis que debía sacrificar su hermoso collar de oro a una rival para que el joven de Colofón no muriera de dolor. Porque Bacquis y Plangon deben de haber sido iguales a Teodota. Educadas en forma rústica, de espíritu no más refinado que el de esta muchacha simple, fueron bondadosas como ella, y comprendieron el amor de la misma manera. Son más conmovedoras por su inocencia que la hábil política que fue Aspasia.







Notas

[52] Este Arquíloco no puede ser el célebre autor de los Yambos, que vivió a principios del siglo VII a. C., de donde se colige que los jonios del tiempo de Plangon le aplicaron un antiguo dístico. 

[53] Higuera de las rocas picoteada por las bandadas de cornejas, / Encantadora anfitriona de extranjeros, Pasifilea. [T.] 

[54] Para empezar, habría que hablar de Plangon; / tal como la quimera, incendiaba a los bárbaros. / Pero un solo caballero le arruinó la vida; / Se llevó todos sus muebles y abandonó su casa. 






En Ensayos y perfiles, IV
Título original: Spicilège 
Marcel Schwob, 1896
Traducción: Juan Damonte
Foto s-d: Marcel Schwob Vía


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Mark Strand: En celebración (Bilingüe. Versión de Octavio Paz)

11 de octubre de 2016





Estás sentado en una silla, nada te toca, sientes
cómo se vuelve el viejo ser un ser más viejo, imaginas
sólo la paciencia del agua, el fastidio de la piedra.
Piensas que el silencio es la página de más,
piensas que nada es bueno, ni malo, ni siquiera
la sombra que invade la casa mientras tú miras, sentado,
cómo la invade. Otras veces la has visto. Tus amigos
pasan tras la ventana, en sus rostros la marca de la pena.
Quisieras saludarlos pero no puedes ni alzar la mano.
Estás sentado en una silla. Te vuelves hacia la yerbamora
que extiende sobre la casa su red ponzoñosa.
Pruebas la miel de la ausencia. Es lo mismo.
Dondequiera que estés, es lo mismo que se pudra
la voz antes que el cuerpo o que se pudra el cuerpo
antes que la voz. Sabes que el deseo lleva a la pena,
la pena a la consumación, la consumación
al vacío. Sabes que esto es diferente, esto
es la celebración, la única celebración,
sabes que si te das entero a la nada
habrás sanado. Sabes que hay alegría en sentir
cómo tus pulmones preparan su futuro de ceniza,
y así esperas, miras y esperas: el polvo se establece.
Rondan las sombras las horas milagrosas de la infancia.




Texto original en inglés

In Celebration

You sit in a chair, touched by nothing, feeling
the old self become the older self, imagining
only the patience of water, the boredom of stone.
You think that silence is the extra page,
you think that nothing is good or bad, not even
the darkness that fills the house while you sit
watching it happen. You have seen it happen before.
Your friends move past the window, their faces soiled with regret.
You want to wave, but cannot raise your hand.
You sit in a chair. You turn to the nightshade spreading
a poisonous net around the house. You taste the honey
of absence. It is the same wherever you are,
the same if the voice rots before the body,
or the vody rots before the voice.
You know that this is different, that this is
the celebration, the only celebration,
that by giving yourself over to nothing,
you shall be healed. You know there is joy in feeling
your lungs prepare themselves for an ashen future,
so you wait, you stare and you wait, and the dust settles
and the miraculous hours of childhood wander in darkness.























Cortesía de Francisco R. Durandarte Hernández [+]
Foto: Octavio Paz y Mark Strand en NY, 1995/AP



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Agota Kristof: Hermana Line, hermano Lanoé

30 de septiembre de 2016




—Hermana Line, vago por las calles, no me atrevo a decírtelo pero tú lo sabes, hermana mía, amor mío, tus labios, el borde de tus orejas, hermana Line, para mí no existen las otras niñas, solo estás tú, hermana Line, te he visto desnuda desde la infancia, sin senos, sin sexo, solo he visto tus muslos, por lo demás eras parecida a mí. Hermana Line, han pasado los años, me vuelvo loco por sentir tus apretados muslos a mi lado, tu cara asustada, tu labio tembloroso por el llanto contenido. Line, hermana Line. Hoy he visto entre la ropa sucia tus bragas manchadas de sangre, te has convertido en una mujer, tengo que venderte, hermana, ¡oh, hermana Line!

—Hermano Lanoé, ¿así es como son las cosas? Hermano Lanoé, esta noche te has ido. Yo me he quedado aquí, sola con el viejo, y tenía miedo porque no estabas. Luego el viejo y la vieja se han acostado pero tú, hermano Lanoé, no has vuelto. He esperado durante mucho rato delante de la ventana hasta que has llegado con otro hombre. Habéis entrado en mi habitación, tú y el desconocido, y he hecho todo lo que querías que hiciera. Soy una mujer, hermano Lanoé, sé lo que os debo a ti y al viejo y lo hago de buena gana, hermano Lanoé, no me importa entregar mi cuerpo a quien sea. Pero agárrame la mano mientras los viejos duermen, acaríciame el pelo mientras el otro me toma. Ámame, Lanoé, hermano mío, amor mío, ámame o anúdame una cuerda al cuello.







Agota Kristof: No importa
Título original: C’est égal
Agota Kristof, 2005
Traducción: Julieta Carmona Lombardo

Foto original color: Agota Kristof. Quelle: DPA/dpa


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Marco Polo: Donde trata del aspecto del Gran Khan

28 de septiembre de 2016




Éste es el aspecto de Kublai Khan, Señor de los Señores: es de buena estatura, ni muy bajo ni muy alto, sino de mediana talla. No es excesivamente gordo ni delgado sino de adecuadas proporciones, bien formado de todos sus miembros. Tiene su rostro muy blanco con mejillas bermejas, del color de la rosa, lo que le da una agradable expresión, con los ojos negros y hermosos y la nariz bien hecha y adecuada a sus facciones.
Tiene cuatro mujeres a las que considera como sus verdaderas esposas; y un hijo primogénito que, por pleno derecho, será Señor de todo el imperio cuando fallezca el Gran Khan. Las cuatro esposas tienen título de Emperatriz, distinguiéndose cada una por su nombre; todas ellas presiden una hermosa corte en su propio palacio y ninguna tiene menos de trescientas damas de honor, muy jóvenes y escogidas por su gentileza y hermosura. Tienen muchos criados eunucos y otros muchos servidores, hombres y mujeres, manteniendo cada una de estas damas una corte de unas diez mil personas.
Cuando el Gran Khan quiere yacer con una de las cuatro la hace venir a su cámara; y otras veces es él quien se dirige a la habitación de sus esposas. Y tiene además muchas concubinas elegidas del siguiente modo. Hay una tribu tártara, llamada Ungrat, cuyos miembros son de hermosa piel y bien proporcionados; sus mujeres son de una gran belleza, realzada aún más por una educación exquisita. Cada dos años escogen cien vírgenes, las más hermosas de la tribu, y las llevan ante el Gran Khan. Los mensajeros que el Gran Señor envía a esta provincia tienen como misión seleccionar las doncellas más hermosas, de acuerdo con el tipo de belleza que aquél determina. Para elegirlas, estos mensajeros llaman a su presencia a todas las doncellas de la región; y establecen jueces experimentados quienes, viendo y considerando por separado todas las partes del cuerpo de cada una, cabello, rostro, cejas, boca, labios y otros miembros, de modo que sean armoniosas y proporcionadas al conjunto, van evaluando a las más bellas en dieciséis quilates, diecisiete, dieciocho, veinte o más, según su mayor o menor hermosura. Y si el Gran Khan les ha encargado seleccionar las que alcancen hasta veinte o veintiún quilates, las llevan ante su presencia de acuerdo con la cifra exigida. Cuando llegan ante él las hace comparecer ante otros jueces; y, de entre todas ellas, quedan al final para su servicio las treinta o cuarenta que más quilates han logrado. A continuación confía su guarda a las viejas damas de palacio, una por cada una de ellas, que se aplican con mucho cuidado en vigilarlas; así manda el Señor que se acuesten con ellas en el mismo lecho, para saber si cada una de las elegidas tiene buen aliento, y si es limpia, y si duerme tranquila, sin moverse y sin roncar, y si no tiene mal olor en parte alguna; y también para que comprueben si es virgen y si está sana de todas sus partes. Tras ser detalladamente examinadas y observadas, las que resulten buenas, hermosas y totalmente saludables, son enviadas a servir a su Señor. Cada tres días con sus noches escogen seis de estas doncellas para que dediquen toda su atención al Gran Khan, desde que se acuesta hasta que se levanta, tanto en su cámara como en su lecho, realizando todos sus deseos; y así hace con ellas cuanto le apetece. Al cabo de estos tres días con sus noches vienen otras seis doncellas a ocupar el lugar de las primeras, que abandonan su presencia; y de este modo durante todo el año las seis doncellas van cambiando cada tres días con sus noches, hasta llegar al número de cien; entonces comienza de nuevo la misma rueda.
Algunas veces, mientras que una parte de ellas permanece en la cámara del Señor, otras esperan en una habitación contigua; de suerte que si el Gran Khan tiene algún deseo o necesidad, como beber, comer, o cualquier otra cosa que se le venga a las mientes, las que están en la cámara del Señor ordenan a las que aguardan en la vecina cuadra lo que deben hacer o preparar; y ellas cumplen de inmediato cuanto se les ordena. Así el Señor nunca es servido sino por estas doncellas. En cuanto a las que obtuvieron una calificación inferior en quilates, permanecen con las demás mujeres del Señor, en el interior del palacio, aprendiendo a coser, cortar, confeccionar guantes y realizar todo género de nobles trabajos. Y cuando un gentilhombre busca una esposa, el Gran Khan le concede una de aquéllas junto con una gran pensión; y así va encontrando para todas un marido de alcurnia.
A esto se podría objetar: «¿Mas no se ofenden los hombres de aquellas provincias cuando el Gran Khan les arrebata sus hijas?» Desde luego que no; y, muy al contrario, ven en ello un gran favor y un honor inmenso; y se alegran de tener hijas hermosas que el Señor se digna aceptar, pues se dicen: «Si mi hija nació bajo el influjo de un planeta favorable y goza de buena suerte, el Gran Señor la colmará de bienes y la casará noblemente, cosa que yo no podría hacer de la misma manera». Y si la hija en cuestión no se comporta bien, o tiene mala suerte, dice su padre: «Esto le ocurre por tener mala estrella».





Marco Polo:  Viajes por la tierra de Kublai Khan
Título original: Le divisament dou monde, Il Milione, Viajes (Extractos)
Marco Polo, 1324
Traducción: Juan Barja de Quiroga

Imagen: Statue of Kublai Khan in Sükhbaatar Square, Ulaanbaatar 


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Jerry Allen Coyne: A vueltas con la evolución

15 de septiembre de 2016







Tras un sueño de un centenar de millones de años por fin hemos abierto los ojos a un espléndido planeta, brillante de color, abundante de vida. Al cabo de unas pocas décadas tenemos que cerrar los ojos de nuevo. ¿No es acaso una forma noble e inteligente de pasar nuestro breve tiempo bajo el sol la de intentar comprender el universo y cómo hemos venido a despertamos en él? Eso es lo que respondo cuando me preguntan —lo que ocurre con sorprendente frecuencia— por qué me molesto en levantarme por la mañana.
RICHARD DAWKINS
Hace varios años, un grupo de hombres de negocios de un lujoso barrio de Chicago me pidió que diera una conferencia sobre la evolución contra el diseño inteligente. En su descargo debo decir que tenían la suficiente curiosidad intelectual como para desear saber más sobre la supuesta «controversia». Presenté las pruebas de la evolución y luego expliqué por qué el diseño inteligente era una explicación de la vida religiosa y no científica. Tras la charla, una persona de la audiencia se acercó a mí y me dijo: «Admito que sus pruebas a favor de la evolución son muy convincentes, pero todavía no me la creo».
Esta frase compendia la amplia y profunda ambigüedad que muchos sienten hacia la biología evolutiva. Las pruebas son convincentes, pero no los convencen. ¿Cómo es posible? Otras áreas de la ciencia no sufren este tipo de problemas. No dudamos de la existencia de los electrones o los agujeros negros pese al hecho de que estos fenómenos están más alejados de nuestra experiencia cotidiana que la evolución. Al fin y al cabo, cualquiera puede ir a ver fósiles a un museo de historia natural, y constantemente oímos que virus y bacterias están desarrollando, por evolución, resistencia a los fármacos. Entonces, ¿cuál es el problema en el caso de la evolución?
Lo que desde luego no es un problema es la falta de pruebas. Puesto que el lector ha llegado hasta aquí, espero que haya quedado convencido de que la evolución es mucho más que una teoría científica: es un hecho científico. Hemos examinado las pruebas provenientes de muchas áreas: el registro fósil, la biogeografía, la embriología, las estructuras vestigiales, el diseño subóptimo, y otras; y todas estas pruebas muestran, sin el más mínimo destello de duda, que los organismos han evolucionado. Y no se trata únicamente de pequeños cambios «microevolutivos»: hemos visto cómo se forman nuevas especies, en tiempo real y en el registro fósil, y hemos hallado formas de transición entre grandes grupos, como las ballenas y los animales terrestres. Hemos observado la selección natural en acción, y tenemos todas las razones para pensar que puede producir organismos y caracteres complejos.
También hemos visto que la biología evolutiva realiza predicciones contrastables, aunque no, naturalmente, en el sentido de predecir cómo evolucionará una especie determinada, pues eso depende de una miríada de factores inciertos, por ejemplo qué mutaciones surgirán y cómo cambiará el medio. Pero podemos predecir dónde se encontrarán fósiles (como en el caso de la predicción de Darwin de que los antepasados de los humanos se encontrarían en África), podemos predecir cuándo en el registro fósil aparecerán antepasados comunes (por ejemplo, el descubrimiento del «piscípodo» Tiktaalik en rocas de hace 370 millones de años, descrito en el capítulo 2), y podemos predecir qué aspecto tendrán esos antepasados antes de que los encontremos (como en el notable caso del «eslabón perdido» entre las hormigas y las avispas, también descrito en el capítulo 2). Los científicos predijeron que encontrarían fósiles de marsupiales en la Antártida, y lo hicieron. Y podemos predecir que si encontramos una especie de animal en la que los machos tengan colores vivos pero las hembras no, esa especie tendrá un sistema de apareamiento polígino.
Cada día caen cientos de observaciones y experimentos en la tolva de la literatura científica. Muchos tienen poco que ver con la evolución; son observaciones sobre detalles de fisiología, bioquímica, desarrollo, etc., pero muchos sí que la tienen. Y cada hecho que tiene algo que ver con la evolución confirma que es verdad. Cada fósil que hallamos, cada vez que secuenciamos moléculas de ADN, cada sistema de órganos que disecamos apoya la idea de que las especies evolucionaron a partir de antepasados comunes. Pese a las innumerables observaciones posibles que pueden demostrar que la evolución no es cierta, no tenemos ni una sola que lo haga. No encontramos mamíferos en rocas precámbricas, humanos en el mismo lecho de los dinosaurios, ni ningún otro fósil fuera de su orden evolutivo. La secuenciación del ADN apoya las relaciones evolutivas entre las especies que ya habíamos deducido del registro fósil. Y, tal como predice la selección natural, no encontramos ninguna especie con adaptaciones que beneficien sólo a otra especie. Hallamos genes muertos y órganos vestigiales, incomprensibles desde el prisma de la creación especial. Pese al millón de oportunidades de que se muestre falsa, la evolución siempre sale airosa. Es imposible una solidez mayor en una verdad científica.
Ahora bien, cuando decimos que «la evolución es verdad», lo que queremos decir es que las principales proposiciones del darwinismo han sido verificadas. Los organismos han evolucionado, lo han hecho de forma gradual, los linajes se han dividido en especies distintas a partir de antepasados comunes, y la selección natural es el principal motor de la adaptación. Ningún biólogo serio duda de estas proposiciones. Pero esto no significa que el darwinismo esté científicamente agotado, que no le quede nada por entender. En absoluto. La biología evolutiva está rebosante de preguntas y controversias. ¿Cómo funciona exactamente la selección sexual? ¿Seleccionan las hembras a los machos que tienen buenos genes? ¿Qué papel desempeña la deriva genética (en contraste con la selección sexual) en la evolución de las secuencias de ADN o los caracteres de los organismos? ¿Qué homíninos fósiles se encuentran en la línea directa hacia Homo sapiens? ¿Qué causó la «explosión» cámbrica de la vida, durante la cual aparecieron muchos nuevos tipos de organismos en el plazo de tan sólo unos pocos millones de años?
Los críticos de la evolución se aferran a estas polémicas, argumentando que muestran que algo no anda bien en la teoría de la evolución. Pero eso es falaz. No existe desacuerdo entre los biólogos serios sobre las principales aserciones de la teoría evolutiva, sino sólo sobre los detalles de cómo se produjo la evolución, y sobre los papeles relativos desempeñados por diversos mecanismos evolutivos. Lejos de desacreditar la evolución, las «controversias» son en realidad la señal de un campo de investigación vivo y en progreso. Lo que impulsa a la ciencia es la ignorancia, el debate y el contraste de teorías alternativas por medio de observaciones y experimentos. Una ciencia sin controversias es una ciencia sin progreso.
Llegados a este punto podría decir simplemente: «Ya he presentado las pruebas, y muestran que la evolución es cierta. Q.E.D.». Pero eso sería negligente por mi parte, porque, como el hombre de negocios que se me acercó después de mi conferencia, muchas personas exigen más que pruebas antes de aceptar la evolución. Para ellos, la evolución plantea cuestiones tan profundas sobre el propósito, la moralidad y el significado que sencillamente no pueden aceptarla por muchas pruebas que se les presenten. No es el hecho de que hayamos evolucionado desde los simios lo que más les molesta, sino lasconsecuencias emocionales de enfrentarse a ese hecho. Pero a menos que abordemos estas preocupaciones, no conseguiremos progresar en hacer de la evolución una verdad universalmente aceptada. Cómo bien observó el filósofo norteamericano Michael Ruse: «Nadie pasa las noches en vela preocupado por las lagunas del registro fósil. Muchas personas pasan las noches en vela preocupados por el aborto y las drogas, y el declive de la familia, y el matrimonio gay, y todas las otras cosas que se oponen a los llamados “valores morales”».
Nancy Pearcey, una filósofa norteamericana conservadora y defensora del diseño inteligente, expresó este temor común:
¿Por qué se preocupa la gente de manera tan apasionada por una teoría de la biología? Porque la gente percibe intuitivamente que lo que está en juego es mucho más que una teoría científica. Saben que cuando la evolución naturalista se enseña en la clase de ciencias, también se enseñará una visión naturalista de la ética en las clases contiguas de historia, de sociología, de vida familiar y en todas las áreas del currículo.
Pearcey argumenta (y con ella están de acuerdo muchos creacionistas americanos) que todos los males percibidos en la evolución provienen de dos visiones del mundo que forman parte de la ciencia: el naturalismo y el materialismo. El naturalismo es la concepción de que la única manera de entender nuestro universo es por medio del método científico. El materialismo es la idea de que la única realidad es la materia física del universo, y que todo lo demás, incluidos los pensamientos, las voluntades y las emociones, proviene de la actuación de las leyes físicas sobre la materia. El mensaje de la evolución, y el de toda la ciencia, es de materialismo naturalista. El darwinismo nos dice que, como todas las especies, los seres humanos surgieron de la actuación de fuerzas ciegas y carentes de propósito a lo largo de millones de años. En la medida que sabemos, las mismas fuerzas que dieron origen a los helechos, las setas y las ardillas también nos produjeron a nosotros. Ahora bien, la ciencia no puede excluir completamente la posibilidad de una explicación sobrenatural. Es posible, aunque muy improbable, que todo nuestro mundo esté controlado por elfos. Pero las explicaciones sobrenaturales como ésta no son nunca necesarias: nos las arreglamos bastante bien utilizando la razón y el materialismo. Además, las explicaciones sobrenaturales siempre comportan el fin de la indagación: así lo quiso Dios, y punto. La ciencia, en cambio, nunca está satisfecha: nuestros estudios del universo proseguirán hasta la extinción de los humanos.
Pero la idea de Pearcey de que estas lecciones de la evolución inevitablemente se vierten en el estudio de la ética, la historia y la «vida familiar» es innecesariamente alarmista. ¿Cómo puede extraerse significado, propósito o ética de la evolución? No se puede. La evolución es simplemente una teoría sobre el proceso y las pautas de diversificación de la vida, no un grandioso sistema filosófico sobre el significado de la vida. No puede decirnos qué debemos hacer o cómo debemos comportarnos. Y éste es el gran problema para muchos creyentes, deseosos de hallar en la historia de nuestros orígenes una razón para existir y un sentido de cómo comportarse.
Casi todos necesitamos significado, propósito y una guía moral en nuestras vidas. ¿Cómo podemos hallarlos si aceptamos que la evolución es la historia verdadera de nuestro origen? Esta pregunta cae fuera del dominio de la ciencia. No obstante, la evolución puede arrojar algo de luz sobre si nuestra moralidad está de algún modo coartada por nuestra genética. Si nuestro cuerpo es el producto de la evolución, ¿qué podemos decir de nuestro comportamiento? ¿Llevamos todavía con nosotros el bagaje psicológico de los millones de años que pasamos en la sabana africana? Y, si es así, ¿hasta qué punto podemos superarlo?
La bestia que llevamos dentro
Una creencia extendida sobre la evolución es que si reconocemos que sólo somos mamíferos evolucionados, nada podrá impedirnos que actuemos como bestias. La moralidad se desvanecerá y prevalecerá la ley de la selva. Ésta es la «concepción naturalista de la ética» que Nancy Pearcey teme que invada nuestras escuelas. Como dice la vieja canción de Cole Porter:
Dicen que los osos tienen devaneos, e incluso los camellos;
somos hombres y mamíferos: ¡portémonos mal![1]
Una versión más reciente de esta idea fue la facilitada por el ex congresista Tom DeLay en 1999. Para sugerir que la masacre del instituto de Columbine, en Colorado, podría haber tenido raíces darwinistas, DeLay leyó en voz alta, en el recinto del congreso de Estados Unidos, una carta a un periódico de Texas en la que se sugería, con sarcasmo, que «[la masacre] podría deberse a que nuestros sistemas escolares enseñan a los niños que no somos más que unos simios pretenciosos que han evolucionado a partir de algún primordial caldo de lodo». En su superventas Godless: The Church of Liberalism, la crítica conservadora Ann Coulter es si cabe más explícita, afirmando que, a los liberales, la evolución «les permite desvincularse de la moralidad. Haz lo que te parezca: tírate a la secretaria, asesina a la abuela, aborta a tu hijo deficiente… ¡Darwin dice que eso beneficia a la humanidad!» Darwin, por supuesto, nunca dijo nada parecido.
Pero ¿afirma siquiera la moderna biología evolutiva que estamos genéticamente constituidos para comportarnos como nuestros supuestamente bestiales antepasados? Para muchos, esta impresión proviene de la inmensamente popular obra del evolucionista Richard Dawkins, El gen egoísta, o más bien de su título. Éste parece implicar que la evolución hace que nos comportemos de manera egoísta, que nos preocupemos sólo por nosotros mismos. ¿Quién querría vivir en un mundo así? Pero el libro no dice nada de eso. Como Dawkins explica con toda claridad, el gen «egoísta» es una metáfora de cómo funciona la selección natural. Los genes actúan como si fueran moléculas egoístas: las que producen las mejores adaptaciones actúan como si estuvieran apartando a codazos a otros genes en la batalla por la existencia futura. Desde luego que los genes egoístas pueden producir comportamientos egoístas. Pero existe también una voluminosa literatura científica que muestra cómo la evolución puede favorecer a genes que conducen a la cooperación, el altruismo e incluso la moralidad. Quizá nuestros antepasados no fuesen las bestias imaginadas, y en cualquier caso la jungla, con su gran diversidad de animales, muchos de los cuales viven en sociedades bastante complejas y basadas en la cooperación, no es el lugar sin ley que podría suponerse.
Así pues, si nuestra evolución como simios sociales ha dejado una huella en nuestro cerebro, ¿qué tipo de conductas humanas podrían estar escritas en los genes? El propio Dawkins ha dicho que El gen egoísta podría haberse titulado igualmente El gen cooperativo. ¿Estamos constituidos genéticamente para ser egoístas, cooperativos o ambos?
En años recientes ha surgido una nueva disciplina académica que intenta dar respuesta a esta pregunta, interpretando el comportamiento humano a la luz de la evolución. Los orígenes de la psicología evolutiva se remontan al libro de E. O. Wilson Sociobiología, una amplia síntesis evolutiva del comportamiento animal que sugería, en su último capítulo, que el comportamiento humano podía tener también explicaciones evolutivas. Buena parte de la psicología evolutiva intenta explicar las conductas de los humanos modernos como resultados adaptativos de la actuación de la selección natural en nuestros antepasados. Si situamos los comienzos de la civilización hacia 4.000 a. C., cuando existían ya complejas sociedades tanto urbanas como agrícolas, entonces sólo han transcurrido unos seis mil años. Esto representa sólo una milésima parte del tiempo total que el linaje humano ha estado separado del linaje de los chimpancés. Como la guinda encima del pastel, unas 250 generaciones de sociedad civilizada descansan sobre unas 300.000 generaciones durante las cuales debimos ser cazadores-recolectores que vivían en pequeños grupos sociales. La selección debió disponer de mucho tiempo para adaptarnos a ese estilo de vida. Los psicólogos evolutivos denominan al entorno físico y social al que nos adaptamos durante este largo período «Ambiente de Adaptación Evolutiva», o AAE.[2] Sin duda, como dicen los psicólogos evolutivos, debemos retener muchas conductas que evolucionaron en el AAE, aunque ya no tengan valor adaptativo, o que incluso sean maladaptativas. Después de todo, ha habido relativamente poco tiempo para el cambio evolutivo desde el auge de la civilización moderna.
Lo cierto es que todas las sociedades humanas comparten cierto número de «universales humanos» que son ampliamente reconocidos. Donald Brown ha confeccionado una lista de docenas de caracteres de este tipo en su libro del mismo título, entre ellos el uso del lenguaje simbólico (en el que las palabras son símbolos abstractos de acciones, objetos y pensamientos), la división del trabajo entre los sexos, la dominancia masculina, las creencias religiosas o sobrenaturales, el duelo de los muertos, la tendencia a favorecer a los parientes antes que a quienes no lo son, las artes decorativas y la moda, la danza y la música, el cotilleo, la ornamentación del cuerpo y el gusto por los dulces. Como la mayoría de estos comportamientos distinguen a los humanos de otros animales, pueden verse como aspectos de la «naturaleza humana».
Pero no deberíamos suponer siempre que las conductas extendidas reflejan adaptaciones con base genética. El problema es que para muchos comportamientos humanos modernos es demasiado fácil erigir una razón evolutiva de por qué debían haber sido adaptativos en el AAE. Por ejemplo, el arte y la literatura podrían haber sido el equivalente de la cola del pavo real, de manera que los artistas y los escritores dejarían más genes porque sus obras atraían a las mujeres. ¿La violación? Es una forma de que los hombres que no logran encontrar pareja dejen descendencia; estos hombres habrían sido seleccionados en el AAE por su propensión a domeñar y forzar a copular a las mujeres. ¿La depresión? No hay problema: podría haber sido una manera de liberarse de manera adaptativa de las situaciones de estrés, de recoger los propios recursos mentales para poder enfrentarse a la vida. O podría representar una forma ritual de derrota social que permitida al individuo retirarse de la competición, recuperarse y volver a luchar otro día. ¿La homosexualidad? Aunque este comportamiento parezca ser justo lo contrario de lo que la selección natural promovería (los genes de la conducta sexual no se transmitirían y pronto desaparecerían de las poblaciones), puede salvarse la situación si suponemos que, en el AAE, los machos homosexuales se quedaban en casa y ayudaban a sus madres a producir más descendencia. En esta circunstancia, los genes «gays» se transmitirían debido a que los homosexuales producirían más hermanos y hermanas, y estos individuos compartirían esos genes. Por cierto que ninguna de estas explicaciones ha salido de mi magín. Todas han aparecido en publicaciones científicas.
Se está produciendo un tendencia creciente (y perturbadora) a que psicólogos, biólogos y filósofos «darwinicen» todo aspecto de la conducta humana, convirtiendo su estudio en una suerte de juego de salón científico. Pero las reconstrucciones imaginativas de cómo podrían haber evolucionado las cosas no son ciencia; son relatos. Stephen Jay Gould las satirizaba llamándolas «Just-So Stories» («historias ad hoc») en referencia al libro epónimo de Kipling que daba explicaciones deliciosas y fantasiosas de diversos caracteres de los animales («Cómo el leopardo obtuvo sus manchas» y otros cuentos).
Pese a ello, no podemos suponer tampoco que todos los comportamientos carezcan de una base evolutiva. Seguro que algunos sí la tienen. Se incluyen aquí aquellas conductas que casi con certeza son adaptaciones porque están ampliamente compartidas entre los animales, y cuya importancia para la supervivencia y la reproducción es obvia. Las conductas que vienen a la mente son las de comer, dormir (aunque sigamos sin saber por qué necesitamos dormir, un período de reposo del cerebro es común a muchos animales), el impulso sexual, el cuidado parental y la tendencia a favorecer a los parientes antes que a quienes no lo son.
Una segunda categoría de conductas incluye aquellas que muy posiblemente han evolucionado por selección, pero cuyo significado adaptativo no es tan claro como el de, por ejemplo, el cuidado parental. El comportamiento sexual es el más obvio. Como en muchos animales, los machos humanos son en general promiscuos y las hembras selectivas (y eso pese a la monogamia socialmente forzada que prevalece en muchas sociedades). Los machos son de mayor tamaño y más fuertes que las hembras, y tienen niveles más altos de testosterona, una hormona asociada con la agresión. En las sociedades en las que se ha medido el éxito reproductor, su variación entre los machos es invariablemente mayor que entre las hembras. Los muestreos estadísticos de anuncios personales en los periódicos (que, debo admitir, no es la forma más rigurosa de investigación científica) revelan que mientras que los hombres buscan mujeres más jóvenes con cuerpos apropiados para tener hijos, las mujeres prefieren hombres algo mayores que ellas que tengan riqueza, estatus social y estén dispuestos a invertir en su relación. Todas estas características tienen sentido a la luz de lo que sabemos sobre la selección sexual en los animales. Aunque esto no nos convierta en el equivalente de los elefantes marinos, los paralelos implican fuertemente que las características de nuestro cuerpo y comportamiento fueron moldeados por la selección sexual.
Pero una vez más conviene que seamos cautelosos a la hora de extrapolar de otros animales. Los hombres podrían ser de mayor talla no porque compitan por las mujeres, sino por el resultado evolutivo de una división del trabajo: en el AAE, quizá los hombres cazaban mientras las mujeres, que paren los hijos, se quedan a criarlos y a recolectar alimentos. (Nótese que ésta sigue siendo una explicación evolutiva, pero que apela a la selección natural, no a la sexual.) También hacen falta verdaderos malabarismos mentales para explicar evolutivamente todos los aspectos de la sexualidad humana. En las sociedades occidentales modernas, por ejemplo, las mujeres se adornan mucho más que los hombres: maquillaje, vestidos variados y atractivos, etc. Esto es muy distinto de lo que ocurre en la mayoría de los animales con selección sexual, como las aves del paraíso, en los que son los machos los que evolucionan hacia exhibiciones elaboradas, colores corporales y ornamentos. Además, siempre existe la tentación de mirar el comportamiento en nuestro entorno más inmediato, en nuestra sociedad, y olvidarse de que los comportamientos suelen ser variables en el tiempo y el espacio. Ser homosexual seguramente no es igual en San Francisco en la actualidad que en Atenas hace dos mil quinientos años. Pocos comportamientos son tan absolutos, tan inflexibles como el lenguaje o el dormir. No obstante, podemos estar bastante seguros de que algunos aspectos de la conducta sexual, la pasión universal por los dulces y las grasas, y nuestra tendencia a acumular reservas de grasa son caracteres que fueron adaptativos en nuestros antepasados, pero no necesariamente en la actualidad. Los lingüistas como Noam Chomsky y Steven Pinker han argumentado de manera convincente que el uso del lenguaje simbólico es probablemente una adaptación genética, y que algunos aspectos de la sintaxis y la gramática están codificados en nuestro cerebro.
Por último, está la gran categoría de conductas que a veces se han visto como adaptaciones pero sobre cuya evolución no sabemos prácticamente nada. Se incluyen aquí muchos de los universales humanos más interesantes, como los códigos éticos, la religión y la música. Es inacabable el número de historias (y libros) que explican cómo podrían haber evolucionado estos caracteres. Algunos pensadores modernos han construido elaboradas historias de cómo nuestro sentido de la moralidad, y muchos preceptos morales, podrían ser el resultado de la actuación de la selección natural sobre la mentalidad de un primate social, del mismo modo que el lenguaje permitió construir una sociedad y una cultura complejas. Pero al final estas ideas acaban en especulaciones no contrastadas, y probablemente incontrastables. Es casi imposible reconstruir la evolución de estas características (o incluso determinar si son caracteres genéticos que hayan evolucionado) y si son adaptaciones directas o, como el hacer fuego, simples productos secundarios de un cerebro complejo que por evolución desarrolló una flexibilidad conductual que le permitiera cuidar de su cuerpo. Es conveniente sospechar profundamente de las especulaciones que no vienen acompañadas de pruebas contundentes. Mi propia opinión es que las conclusiones sobre la evolución de la conducta humana deberían cimentarse en investigaciones al menos tan rigurosas como las utilizadas en el estudio de los animales distintos de los humanos. Si el lector se molesta en leer las revistas científicas sobre comportamiento animal, verá que este requisito supone un nivel de exigencia bastante alto que llevaría a muchas de las proposiciones de la psicología evolutiva a desaparecer sin dejar rastro.
No hay razón, por tanto, para que nos veamos a nosotros mismos como simples marionetas que bailan movidas por los hilos de la evolución. Sí, ciertas partes de nuestra conducta podrían estar codificadas genéticamente, infundidas por la selección natural en nuestros ancestros de la sabana. Pero los genes no son el destino. Una lección que todos los genetistas conocen, pero que no parece haber penetrado en la conciencia de los legos en ciencia, es que «genético» no significa «que no puede cambiarse». Son muchos y variados los factores ambientales que pueden afectar a la expresión de los genes. La diabetes juvenil, por ejemplo, es una enfermedad genética, pero sus efectos perniciosos pueden eliminarse casi completamente con pequeñas dosis de insulina: una intervención ambiental. Mi mala visión, que corre en la familia, no es ningún impedimento gracias a las gafas. De igual modo, podemos limitar nuestro voraz apetito de chocolate y carne con un poco de voluntad y la ayuda de algunas reuniones de obesos anónimos, y la institución del matrimonio ha hecho mucho por refrenar el comportamiento promiscuo de los hombres.
El mundo sigue rebosante de egoísmo, inmoralidad e injusticia. Pero si se mira en otros lugares se encontrarán también actos innumerables de bondad y altruismo. Algunos elementos de ambas conductas quizá provengan de nuestra herencia evolutiva, pero estos actos son sobre todo una cuestión de elección, no de genes. Donar dinero a una ONG, trabajar de voluntario para erradicar la enfermedad en los países pobres o luchar contra los incendios con enorme riesgo personal; ninguno de estos actos nos puede haber sido inculcado directamente por la evolución. A medida que pasan los años, y aunque no nos han abandonado horrores como la «limpieza étnica» de Ruanda y de los Balcanes, vemos cómo un aumento del sentido de justicia barre el mundo. En tiempos de los romanos, algunas de las mentes más sofisticadas que jamás hayan existido consideraban que sentarse a ver cómo unos seres humanos literalmente luchaban por su vida unos contra otros, o contra animales salvajes, era un exquisito entretenimiento para pasar la tarde. No hay en la actualidad ninguna cultura en el planeta que no lo considere una barbarie. De igual modo, el sacrificio humano fue en otro tiempo un acto importante en muchas sociedades. También eso, por fortuna, ha desaparecido. En muchos países, la igualdad de hombres y mujeres se da por hecho. Las naciones ricas están ganando conciencia de su obligación de ayudar a los países más pobres, no de explotarlos. Nos preocupamos más por el trato a los animales. Nada de esto tiene nada que ver con la evolución, pues son cambios que se producen demasiado rápido como para estar causados por los genes. Está claro, pues, que sea cual sea nuestra herencia genética, no es una camisa de fuerza que nos atrape para siempre en las maneras «bestiales» de nuestros antepasados. La evolución nos dice de dónde venimos, no adónde vamos.
Y aunque la evolución actúa de forma materialista y sin propósito, eso no quiere decir que nuestra vida carezca de propósito. Ya sea por medio del pensamiento religioso o del secular, establecemos nuestros propios propósitos, significado y moralidad. Somos muchos los que encontramos significado en nuestro trabajo, en nuestra familia o en nuestras vocaciones. Hallamos solaz y alimento para el cerebro en la música, el arte, la literatura y la filosofía.
Muchos científicos han hallado una profunda satisfacción espiritual en la contemplación de las maravillas del universo y en nuestra capacidad para extraer sentido de ellas. Albert Einstein, a quien a menudo se califica, equivocadamente, de persona convencionalmente religiosa, veía en el estudio de la naturaleza una experiencia espiritual:
Lo mejor que podemos experimentar es el misterio. Es la emoción fundamental que descansa en la cuna del verdadero arte y de la verdadera ciencia. Quien lo conozca y no pueda ya sentir la admiración, quien no pueda ya sentir el asombro, es como si estuviera muerto, es como una vela apagada. Fue la experiencia del misterio, aunque se mezclaba con el temor, lo que engendró la religión. Un conocimiento de la existencia de algo que no podemos penetrar, de las manifestaciones de la más profunda razón y la más radiante belleza, que sólo son accesibles para nuestra razón en sus formas más elementales, éste es el conocimiento y ésta la emoción que constituyen la verdadera actitud religiosa; en este sentido, y sólo en este, soy una persona profundamente religiosa… Basta para mí el misterio de la eternidad de la vida, y el atisbo de la maravillosa estructura de la realidad, junto con el empeño incondicional por comprender una porción, por pequeña que sea, de la razón que se manifiesta a sí misma en la naturaleza.
Obtener de la ciencia la espiritualidad significa también aceptar el sentido de humildad que la acompaña, humildad ante el universo y ante la posibilidad de que nunca tengamos todas las respuestas. El físico Richard Feynman fue uno de estos incondicionales:
No tengo que conocer la respuesta. No me atemoriza no saber las cosas, estar perdido en un universo misterioso y sin propósito, que posiblemente es como realmente es, por lo que yo sé. No me asusta.
Pero es demasiado esperar que todos sientan lo mismo, o suponer que El origen de las especies puede suplantar la Biblia. Sólo relativamente pocas personas pueden encontrar consuelo y sustento perdurables en los prodigios de la naturaleza; aún menos tienen el privilegio de acrecentar esas maravillas gracias a sus propias investigaciones. El novelista inglés Ian McEwan lamenta el fracaso de la ciencia a la hora de reemplazar la religión convencional:
Nuestra cultura secular y científica no ha reemplazado o siquiera desafiado a estos sistemas de pensamiento sobrenaturales y mutuamente incompatibles. El método científico, el escepticismo o la racionalidad en general tienen que encontrar todavía una narración de ámbito general y con el suficiente poder, simplicidad y atractivo general para competir con las viejas historias que dieron sentido a la vida de las gentes. La selección natural es una explicación poderosa, elegante y económica de la vida en la tierra en toda su diversidad, y quizá contenga las simientes de un mito de la creación rival que tenga el valor añadido de ser cierto. Pero todavía espera la llegada de alguien que lo sintetice, de su Milton… La razón y el mito siguen siendo incómodos compañeros de lecho.
Yo ciertamente no me arrogo el papel de Milton del darwinismo. Pero puedo al menos intentar despejar las concepciones erróneas que atemorizan a la gente sobre la evolución y sobre la prodigiosa derivación de la abrumadora diversidad de la vida a partir de un sola molécula desnuda con capacidad de replicación. La mayor de estas concepciones erróneas es que por aceptar la evolución de algún modo la sociedad se vendrá abajo, se desmoronará la moral, nos veremos impelidos a comportarnos como bestias y procrearemos una nueva generación de Hitlers y Stalins.
Eso simplemente no ocurrirá, como sabemos gracias a los muchos países europeos cuyos residentes han abrazado plenamente la evolución y aun así se las arreglan para seguir siendo civilizados. La evolución no es ni moral ni inmoral. Simplemente es, y a nosotros nos toca entenderla. He intentado mostrar que dos cosas que podemos entender de la evolución son que es simple y que es prodigiosa. Lejos de coartar nuestras acciones, el estudio de la evolución puede liberarnos la mente. Los seres humanos quizá no sean más que una única ramita en todo el vasto y ramoso árbol de la evolución, pero somos un animal muy especial. Al forjar nuestro cerebro, la selección natural ha abierto ante nosotros mundos enteros. Hemos aprendido cómo mejorar nuestras vidas inmensurablemente con respecto a las de nuestros antepasados, aquejados por la enfermedad, el malestar y la búsqueda constante de alimentos. Podemos volar sobre las más altas montañas, bucear a las profundidades de los mares e incluso viajar a otros planetas. Tenemos sinfonías, poemas y libros que llenan nuestras pasiones estéticas y satisfacen nuestras necesidades emocionales. Ninguna otra especie ha conseguido nada remotamente parecido.
Pero hay algo todavía más maravilloso. Somos el único animal a quien la selección natural ha legado un cerebro lo bastante complejo para comprender las leyes que gobiernan el universo. Deberíamos sentimos orgullosos de ser la única especie que ha averiguado cómo ha llegado a ser.


Notas

[1] «They say that bears have love affairs / And even camels / We’re men and mammals —let’s misbehave!» 

[2] La mayoría de los psicólogos evolutivos creen que el AAE es una realidad, que durante los millones de años de la evolución humana, el entorno, tanto físico como social, se mantuvo relativamente constante. Pero por supuesto no sabemos que sea así. Al fin y al cabo, durante 7 millones de años de evolución, nuestros antepasados vivieron en distintos climas, interaccionaron con diversas especies (incluidos otros homíninos), interaccionaron con varios tipos de sociedad y se extendieron por todo el planeta. La sola idea de que existió un «ambiente ancestral» al que podemos apelar para explicar las conductas de los humanos actuales es una presunción intelectual, una suposición que hacemos porque, al final, es lo único que podemos hacer.


En Por qué la teoría de la evolución es verdadera (Cap. 9)
Título original: Why Evolution Is True
Jerry A. Coyne, 2009
Traducción: Joan Lluís Riera Rey
Foto original color en www.oxfordmail.co.uk
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