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Susana Thénon: Las mujeres poetas

14 de abril de 2017





las poetas mujeres
tenemos que juntarnos
para salir
para enfrentar
la humanidad hostil
pero hay que hacerlo con dulzura
¡Femineidad!

las poetas mujeres
hemos de unirnos
para vencer
a poemazo limpio
aunque nos tiren la casa abajo
a pedradas
a pleonasmos

las mujeres poetas
debemos mantenernos codo a codo
pero sin codearnos
mano a mano
pero sin manosearnos
check to check
pero sin chequearnos
y teté a teté
pero sin pecharnos

muy difícil

las mujeres poetas
hemos de divorciarnos
¿y de quién? ¿y de quién?
de las poetas mujeres

hombres no hay hace rato

31-08-86




En La morada imposible
Buenos Aires, Editorial Corregidor, Biblioteca de Poesía, Tomo II
Edición a cargo de Ana María Barrenechea y María Negroni
Poemas inéditos II, 1981-1988

Foto: Anatole Saderman




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Alejandra Pizarnik: Lenguaje*

11 de abril de 2017




7 de septiembre. Noche de insomnio. Pensé con tristeza en el lenguaje. ¿Para qué escribo? Respondí con esta escena imaginaria: vivo en el Tíbet, sola, en una choza. Nunca hablo con nadie pues ignoro el idioma de mis vecinos.
¿Por qué no habla un niño recién nacido? Porque sus deseos y temores son demasiado intensos. El silencio, el llanto y el grito son «expresiones» del deseo puro.
Lo terrible de la conversación: nunca se está preparado para dialogar, no existen ensayos previos, de nada valen las experiencias de otros diálogos.
Escribir es mi mayor ingenuidad, es querer contener lo que se desborda… Pero si lo mío es el sueño, es el silencio. Dominio acechado. Entonces, escribir para defenderlo, para merecer mi espacio silencioso.
Cada vez que interviene la razón, que me preocupo por leyes de armonía —heredadas o no—, que escamoteo y sustraigo el caos, la mentira se me vuelve evidente, se aparece como una visión, como si fuera una revelación sobrenatural.
La moral es la gramática del deseo.
*
18 de abril. Las palabras no pueden ser vividas como un rostro amado. Esto es correcto pero apenas señala mi desesperación nacida junto al gesto de amor inútil con que se despidió B.
*
24 de febrero. Las palabras son cosas y las cosas palabras. Al no poder creer en la realidad de las cosas, las nombro y luego creo en sus nombres: el nombre se vuelve real y la cosa nombrada es la fantasma del nombre. Ahora sé por qué escribo poemas tan inmóviles[**]. Es mi sueño de un materialismo del sueño.
*
El desamor, los ojos cerrados, el deseo que se evapora frente a los rostros reales, la sabiduría apócrifa de la que se duerme en la espera. La infancia, una ventana cerrada por la que se columbraba la continuidad de una sola estrella. Los deseos enunciados mediante voces llorosas. Esa noche al borde del mar: la fosforescencia de las aguas, la luna roja en lo oscuro, noche en que aprendí la supremacía del azar. Allí esperaba, allí esperé. ¿Para qué tanta espera? Para llegar al día de hoy, a mi voz que habla para no decir. Y ese lugar de silencio perfecto, entrevisto en los horrores del alcohol. Deseo muerto, compañero traidor. Hablábamos con palabras vivas y he aquí las sombras repentinamente.
*
26 de julio. El yo de mi diario no es, necesariamente, la persona ávida por sincerarse que lo está escribiendo.
*
27 de julio. 21 h. Sucede lo siguiente: sufro.






[*] Legajo de cuatro hojas blancas tamaño libreta, mecanografiadas y corregidas a mano. En la primera hoja en la parte superior, la autora escribió con lápiz «carp. jaune» y «Lenguaje» con tinta roja. 

[**] Encima de «inmóviles» escribió a mano «extáticos».


Alejandra Pizarnik, Diarios, 2003
Apéndice V
Edición a cargo de: Ana Becciu

Foto (presumiblemente la última) sin atribución ni data
en todos los medios Vía ABC


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Pascal Quignard: Butes [Capítulo II)

8 de abril de 2017


Cuando, en Plutarco LXX 6, Catón quiere preparar su alma para darse la muerte, comienza por enviar a Butas, su secretario, al borde del mar; luego pide a sus esclavos y a sus oficiales que se vayan; busca entre los volúmenes que hay en su equipaje; quiere escoger un último libro para pasar lo más agradablemente posible su última noche.
Escoge un libro griego.
Consagra lo esencial de su noche a releer el Fedón.
Lee una vez, dos veces, tres veces.
De pronto, crecido por lo que ha leído, decide morir en el acto reproduciendo el ejemplo ateniense con el que ha impregnado su alma, busca su espada. Busca su espada pero no la encuentra. Esto es lo que escribe Plutarco: Catón buscó su espada pero ya no estaba colgada sobre su cama. Llamó a los suyos que le dijeron que se la habían quitado porque temían que se matara. Catón dio un puñetazo a uno de ellos porque no quería devolvérsela. Su mano se ensangrentó enseguida. El hombre perdió el sentido y cayó. Catón no pudo evitar gritar de dolor cuando se hirió la mano. Todos corrieron. Le trajeron su espada. Le dijo a Demetrio: «¿Por qué no me habéis atado las manos a la espalda?» Entonces Demetrio se fue llorando. Pero Catón no perdió el tiempo; desenvainó la espada; verificó el filo; examinó su punta; pero los dedos que acababa de herirse le dolían y estaban demasiado débiles para sostener el peso de la espada; entonces dejó la espada sobre la cama y llamó a un médico para que le vendara los dedos ensangrentados. Una vez hecho, el médico salió y Catón se estiró en la cama y volvió a ponerse a leer. Entonces oyó cantar a los pájaros. Butas regresó y le dijo que todo estaba en calma en los puertos. Catón le abrazó, le rogó que cerrara la puerta y se hundió la espada en el pecho.
*
Palabra por palabra: Ya los pájaros cantaban. Ἤδη δ’ ὄρνιθες ᾖδον.
Los pájaros comienzan a cantar, la muerte surge, deja el libro.
Es el tiempo natural que vuelve de pronto en el mundo filosófico.
Es el tiempo de la tierra que salta en el tiempo del mundo.
La melodía animal hace que se despliegue de repente, en el interior de la psique virtuosa del último republicano de Roma, todo el lenguaje escrito por Platón para evocar la muerte de Sócrates en Atenas. Catón abandona el griego. Es dos veces libre. Se reúne con la naturaleza por la muerte a partir de una llamada que proviene de la naturaleza.
*
Los pájaros cantan. Catón se abre el vientre con la ayuda de su espada.
*
Pero el relato de Plutarco no acaba aquí porque la mano vendada de Catón es demasiado débil para hundir la hoja hasta que alcance el corazón y lo atraviese. Sus entrañas caen al suelo; las recogen; se las introducen de nuevo; tratan de coser su vientre. Catón se da cuenta de lo que los suyos intentan hacer. Con las dos manos desgarra de nuevo la piel de su vientre. Palabra por palabra τò τραῦμα ἐπαναρρήξας άπέθανεν: la herida volviendo a desgarrar, murió. Los pájaros cantan cada vez más fuerte. El sol se eleva progresivamente en el cielo.





Pascal Quignard: Butes Capítulo II
Título original: Butes
Pascal Quignard, 2011
Traducción: Miguel Morey
Traducción: Carmen Pardo

Foto: PQ por Hannah Assouline París 2002


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Susana Thénon: Omnes generationes

6 de abril de 2017






que marchen uno in vitro
y una in poliuretano
de Estocolmo

los educaré como pueda

no los educaré

benedice garrafam et monitorem
quia mineralia sunt et
penes mineralia revententur

o mejor tres
in fórmica
in cobalto

o cuatro o seis o esquirla enamorada






En Ova completa (1987)
La morada imposible, Tomo I
Edición a cargo de Ana María Barrenechea y  María Negroni
Buenos Aires, Ediciones Corregidor, 2001

Foto: Anatole Saderman


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Herta Müller: ¿Está rico el matarratas? *

5 de abril de 2017




«Dónde estará mi escalera, con lo bien que encajaba debajo del árbol y ahora no está. Me la han robado, a ver si no», dice la anciana. «Si es que ésos te lo roban todo, desde que han venido ésos ya no se puede tener de nada», y se refiere a los inmigrantes.
Esta manera de insultar se ha vuelto tan natural en el pueblo que ya no hace falta pronunciar la palabra «inmigrante» o «extranjero». La mujer espera que secunden su opinión.
El hombre –de unos sesenta años– que me acompaña hasta la linde del pueblo, a las colinas con árboles frutales, asiente con la cabeza al mirarla. Ella le conoce y conoce también su opinión sobre el tema por conversaciones anteriores. Él se atormenta porque ahora no puede decir lo que piensa. Porque estoy yo a su lado y sabe que le replicaría furiosa. Y para que su paisana no se entere de que conoce a gente de opiniones muy distintas, se calla. Pero también para ocultar que a su lado va una persona que también es extranjera.
Semanas antes intentó explicarme que yo soy distinta de los extranjeros porque soy alemana de Rumanía. Desde aquel intento sabe que no admito su diferenciación, esa engañosa buena intención de su parte que, sin embargo, apunta a otros.
El hombre se agacha a coger manzanas y la mujer sigue su camino insatisfecha. Cuando ya se ha ido, él no comenta ni palabra sobre lo que acaba de ocurrir. Hace como si la mujer ni siquiera hubiese pasado.
Una hora más tarde camino a su lado «de regreso a casa» y cruzamos el pueblo, que ofrece el mismo aspecto que otros miles de pueblos del oeste de Alemania: todo está tan cuidadito hasta el último detalle que parece que jamás soplara una pizca de viento en el cielo, ni lloviera, ni helara, ni hiciera un calor que se come los colores. Como si allí, sin rozar las casas, el tiempo sólo afectara a los rostros de las personas. Pero también éstas envejecen más tarde y de un modo diferente al de los países de la pobreza. Y pienso que la gente que vive en esas calles, con sus casas de vigas de madera, sus arbustos decorativos y sus macizos de áster tardío, no soporta oír la palabra «pobreza». La gente mayor sabe que después de la guerra fueron pobres y que se habían quedado en la mitad de sí mismos. Porque también sabían que la guerra la había empezado Hitler.
Eran perdedores en la guerra y perdedores en sus casas y campos, pues también habían puesto sus canciones y usos populares al servicio de la guerra. Por eso no tenían derecho a quejarse. Fuera de allí, en los demás países –países pisoteados por Hitler en su nombre–, se les tenía por monstruos. Y se pusieron a trabajar como bestias para no ver lo que quedaba de ellos.
Y los jóvenes saben que muchas cosas que para ellos son algo natural no dejan de ser un sueño para muchos en los países pobres, y un lujo para muy pocos. Sólo con que la pobreza de los pobres roce este pueblo ya tienen miedo sus habitantes. Los viejos y los jóvenes. Un miedo exagerado en tanto que es un miedo figurado que muy fácilmente puede revertir en odio. Consideran que la pobreza es indigna, con lo cual la pobreza ajena ya les parece absolutamente inaceptable. Ellos están por encima. Y lo que encarna la pobreza son los extranjeros. Hasta para mirar la pobreza ajena se creen demasiado buenos. Pensar así es propio de quien se cree de una raza superior[1]. Protegiendo su pueblo de la pobreza mediante el odio sienten que están en casa.
Quien pronuncia la palabra «extranjero» por las calles de estos pueblos la vincula al odio. Y ya tiene tema de conversación con cualquiera. Una conversación que siempre sigue el mismo desarrollo. Las fórmulas huecas y llenas de prejuicios sobre los extranjeros bastan para hablar durante un buen rato, para desahogar sin despertar sospechas tantas insatisfacciones particulares por otros motivos muy distintos (y que jamás reconocerían o jamás verbalizarían).
El periódico local había publicado un panfleto sobre los extranjeros unos días atrás. Una auténtica muestra de «poesía popular» cubierta de una gruesa costra de prejuicios y en el ameno tono del desprecio a la humanidad. El tibio comentario de los redactores de que aquello tan sólo era un ejemplo del ambiente en que vivimos y de que circulaban cientos de octavillas con ese texto denota una falsa moral. Del contenido del panfleto no comentaba nada.
La mayoría de las Cartas al director de los días siguientes fueron cartas de agradecimiento: Ahora se ha dicho claro de una vez. Las cartas indignadas eran muy pocas… es probable que la redacción ya lo supiera antes de publicar el texto.
La anciana que despotrica al pie del manzano no se refiere a un inmigrante en concreto, se refiere a todos. Cómo iba a referirse a ninguno, no había visto al ladrón de la escalera. Ahora bien, sabe que quien busca asilo no tiene casa ni techo ni árbol, claro que lo sabe. Y también sabe que su vieja escalera de madera no le serviría para nada. Pero eso no le hace cuestionarse sus prejuicios.
La lugareña inculpa arbitrariamente, calumnia y sabe que puede hacerlo como le venga en gana; nunca tendrá que demostrar lo que dice. Y aunque hubiera sido un extranjero, ella querría que desaparecieran del pueblo y de todos los lugares del país todos ellos. Ella es una de muchos, hace lo que es habitual en esa zona, calumnia a diario en cuanto se presenta la ocasión. Cambia de interlocutor pero el tema siempre es el mismo. Eso le da vida, a ella y a su pequeño pueblo.
Esta vida que da el odio se convierte en algo natural. La imagen del enemigo que todos comparten no requiere rectificaciones puesto que sus características son inventadas. Al compartir esa imagen del enemigo en sus conversaciones, los del pueblo hallan la aprobación sin tener que asumir ninguna responsabilidad. Eso crea adicción. El odio a los extranjeros se convierte en opinión pública. Crea un sentimiento de pertenencia a un colectivo, muy necesario cuando en todos los demás terrenos son la envidia, las intrigas o la competencia lo que determina las relaciones. El que se mantiene al margen de esa comunidad resulta sospechoso y la comunidad lo presiona para que se justifique.
Hace tres años yo todavía decía: Eso le pasa a la gente que vive «eternamente aferrada al ayer». Cada vez hablarán menos y callarán más porque su entorno no los aceptará. Se quedarán solos, pensaba yo aún hace tres años. Hace tres años aún no imaginaba lo ágiles que son las frases del odio, lo deprisa que se extiende una y otra vez esa ideología de la raza superior, lo sólida que puede ser la cobardía como pilar de la vida y hasta dónde puede llegar. Y menos aún imaginaba lo poco que tarda la ideología de la raza superior en arraigar en los jóvenes, puesto que aúna la autocompasión y el delirio de grandeza en un mismo aliento.
Sabía que andaban por ahí el grupo paramilitar Wehrsportgruppe Hoffmann y otros grupos neonazis de similar pelaje. Sabía también que los republicanos y el DVU[2] cada vez tenían más votos. Ni en el caso de Berlín o de Pforzheim, de Stuttgart o de donde fuera me creí el término «voto de protesta». Y, sin embargo, pensaba que las cosas que decían esos agitadores se caían por su propio peso.
Lo que me tranquilizaba era la fe en el efecto del conflicto generacional de 1968. Aquello supuso una cesura para siempre, pensaba. Y pensaba que la gran mayoría de los nacidos después de 1968 no darían vuelta atrás respecto a esa cesura. Después de que los hijos e hijas de entonces buscaran y encontraran a los criminales y encubridores de Hitler en sus propios padres, de que plantearan el problema de la culpa, de la culpa personal precisamente, nunca pensé que eso dejara de ser vinculante en este país.
Me cuenta una pediatra de Hamburgo que los padres muy jóvenes que llevan a sus hijos al hospital dicen a los médicos: «No quiero que mi niño esté en una habitación con niños extranjeros». Me cuenta la pediatra que esos padres a veces traen a niños muy enfermos y que, a pesar de la preocupación y de la angustia, tienen esa frase en la cabeza. Y que no reparan en soltarla.
Los neonazis que tiran piedras y provocan incendios, los agresores de Hoyerswerda y Rostock no son grupos marginales. Se mueven en el centro. No sólo pueden contar con el aplauso desde los márgenes, sino también con la aprobación de aquellos cuyo aspecto no se asociaría con los cabezas rapadas. Ciudadanos modositos que no se rapan la cabeza sino que, por lo bajo y sin llamar la atención, van forjando esa opinión pública y personal que convierte las agresiones a las personas en algo compatible con la sociedad. Los neonazis con sus puños americanos son, desde hace al menos dos años, los ejecutores de una opinión pública. Por eso no salen huyendo. Actúan delante de las cámaras de los reporteros y hasta hacen el salvaje en el mismo sitio una noche tras otra. No tienen motivos para cubrir sus rostros ni para pasar a la clandestinidad. Nos presentan el crimen organizado como algo legal. Porque se sienten portavoces de la comunidad. Llevan a efecto lo que los mayores ya no pueden hacer porque el cuerpo ya no se lo permite. Hallan el reconocimiento y se convierten en héroes.
Ya puede el canciller federal predicar otras mil veces la frase: «Somos un país amable con los extranjeros». Eso ya no se lo cree nadie. Es una frase insensible, ciega, y una provocación.
Los políticos aseguran que se sienten «afectados», pero ni por casualidad se les ocurre una frase que despierte nuestra atención. De su boca no sale una sola idea. En lugar de eso, la misma cantinela manida a base de metáforas muertas. Se las llevan a la boca para escapar de los hechos. Y les resbalan, frías. Al propio lenguaje, a la lengua alemana se le pone carne de gallina cuando hablan los políticos alemanes. Las imágenes del lenguaje de los políticos son metáforas con carne de gallina. La Comunidad Europea (o la democracia, o el Estado) debe ser «capaz de defenderse con arrojo, un ancla firme en un mar tempestuoso» (ministro de Exteriores Kinkel). Todo es intercambiable, se dicen las mismas naderías todo el tiempo.
¿Por qué será que la gente que se dedica a la política –es decir, la gente para quien los discursos en público forman parte de la profesión tanto como las decisiones a puerta cerrada no lee? ¿Por qué no leen al menos lo necesario para dominar el tono general de un lenguaje creíble? ¿Por qué para hablar hoy en día de los neonazis se llevan a la boca un lenguaje que, estéticamente, apenas se diferencia de las metáforas del fascismo? Todas sus imágenes van a dar en la misma cicatriz fea de siempre:
«Hay que arremangarse», se dijo después de la reunificación, luego vino el «fondo del valle» que «no se había tocado aún», luego sí «se había tocado» pero no había perspectivas de «remontada», de «país floreciente», nada. Ahora «está lleno el barco». En el décimo aniversario de su llegada a la Cancillería, el canciller sigue diciendo: «Cada cual se labra su propio destino». Todas, metáforas con carne de gallina.
Cuando se prende fuego a los extranjeros, a los políticos les viene antes a la boca la palabra «vergüenza» que la palabra «acto criminal». Pero «vergüenza» no significa más que la mirada que, de reojo, se dirige hacia el extranjero para calibrar la repercusión negativa en política exterior. Perseguir y agredir a las personas no es una «vergüenza», es un crimen.
Hace una semana, unos skinheads dieron una paliza a un alemán. «Es que parecía extranjero», dijeron los agresores. Fue sin querer. Cuando se prende fuego a un albergue para inmigrantes se acierta seguro. Claro que, por la calle, hasta el ojo experto en cuestiones de raza superior se puede equivocar.
Si uno intenta seguir el razonamiento desde la perspectiva de un neonazi, resulta que, para evitar estos errores, los extranjeros deberían marcar su identidad ante los ojos de los demás cuando salen de casa: coserse un símbolo en la ropa.
Los pocos agresores que fueron llevados ante los tribunales hablaron de «aburrimiento». Una palabra que no encaja en absoluto en un proceso judicial. La xenofobia no se explica aludiendo al paro o la falta de discotecas o de proyectos para los jóvenes. Porque el aburrimiento, se entienda lo que se quiera bajo este concepto, no induce a atentar contra las personas.
Tampoco el hecho de que en Alemania nunca hubiera una revolución como el «derramamiento de sangre» de Francia conduce a estas agresiones. Quien aún pretenda cabalgar sobre este caballo de la filosofía de la historia pronto se verá a lomos de una mula parda. La sangre de los muertos nunca ha vuelto más sensato a ningún vivo. La mirada hacia Rumanía lo demuestra. Con la caída de Ceauşescu salieron a la luz muchos muertos: fosas comunes ocultas con víctimas de la tortura. Personas fusiladas en plena calle. ¿Y después?
Un año después, los rumanos se dirigieron hacia las afueras de los pueblos al son de las campanas y prendieron fuego a las casas de los romaníes. A calles enteras.
No puedo evitar hacer la comparación de que la gente de la antigua RDA se encuentra en una situación similar a la mía en la Alemania reunificada: son alemanes por el alemán que hablan. Pero no son alemanes occidentales. Son extranjeros en todos los demás aspectos de su biografía y socialización. Existe una mayor semejanza entre las costumbres de los polacos, checos, húngaros y rumanos y las de los alemanes de la antigua RDA que entre éstas y las de los alemanes occidentales. Las dictaduras del este de Europa se parecían todas en sus calles y en los interiores de sus casas. A veces por casualidad, por la misma planificación de la miseria, y a veces intencionadamente, de acuerdo a las mismas estructuras de los aparatos de represión del Estado, dieron lugar y luego dejaron tras de sí mundos similares… y personas con los mismos daños.
Los alemanes de la antigua RDA no son «personas de segunda clase», sino alemanes occidentales en su superficie y europeos del este en el interior de sus cabezas. Eso no es ninguna forma de segregación, es la verdad de los hechos. Lo que sucede es que, al lado de esa tan estudiada hipocresía de la igualdad, suena como un sacrilegio.
Como la gente de Rostock se reconoce en cada inmigrante, como estos refugiados son su pasado inmediato, surge el odio. La reunificación debería crear y garantizar la distancia segura con respecto al pasado. Así lo hizo, pero sólo de cara a la galería. Cambiar los años vividos es imposible. La reunificación no se plantea siquiera el problema de la semejanza entre la antigua RDA y los países del este, que son justo como era la RDA hace dos años. A ello se añade que la gente esperaba la llegada del bienestar con la reunificación y quería dejar tras de sí de una vez la escasez (pues pobreza no llegaba a ser). Y ahora resulta que encuentran la pobreza extranjera viviendo delante de su puerta. Ahora que se han librado de la dictadura, los alemanes del este protegen sus aceras de la pobreza extranjera. Además, es más fácil afirmar la propia identidad frente a esa pobreza extranjera que frente a los alemanes occidentales.
El trato de odio que los alemanes de la antigua RDA dan a los extranjeros del este de Europa delata un rechazo de su identidad en tanto europeos del este. Recuerda la actitud de los nuevos ricos y resulta tan repugnante y moralmente insostenible en la gran masa como en los casos de fanfarronería individual. Sólo que en la masa es mucho más peligroso. El nuevo odio también se remonta en la historia. El antifascismo, del que tanto se había abusado como pilar de una ideología también odiada, se deja de lado. Ahora se sienten «libres». La rabia que debería ir dirigida a los que abusaron ideológicamente del antifascismo se canaliza, en lugar de ello, pintando cruces gamadas sobre tumbas judías y provocando un incendio en Sachsenhausen[3].
Los políticos balbucean sus metáforas con carne de gallina. Para distanciarse, proponen nuevas leyes penales. Como si hubieran muerto las leyes viejas, las leyes contra la intimidación, la coacción, la agresión física, la provocación de incendios, el asesinato.
El canciller federal sigue siendo incapaz de pronunciar la palabra «extrema derecha» sin emparejarla con el otro polo, la «extrema izquierda». De lo segundo –y bien que lo sabeno se trata. Y es precisamente de la época del extremismo de izquierdas de la que aún se conservan leyes y artículos y una tropa especial de la policía que recibe una formación intensiva constante. En Brokdorf o Kreuzberg, esa tropa tan especial resultó muy curiosamente «incapaz de actuar». En su día, los disturbios sólo consistían en ocupar calles o prender fuego a algún supermercado. ¿Dónde están esos policías cuando prenden fuego a personas?
La política ya no actúa. De cuando en cuando, en la competencia diaria entre los partidos se extiende un pánico colectivo y cada cual trata de reaccionar a lo sucedido a título pasado. En lugar de actuar contra el extremismo de derecha, se reacciona a él.
Los debates giran en torno a una fórmula mágica para cambiar la ley de asilo a los inmigrantes. Cuando el cambio sea efectivo, todo se quedará igual que estaba, a menos que entre en vigor otra ley de inmigración en el mismo momento. No sería la primera ni la última vez que todo se queda como estaba. A pesar de todo, cada día los políticos cierran el pacto con una postura corta de vista.
El derecho al asilo político debe conservarse «en esencia»; es lo que dicen. ¿Qué es la «esencia»? Lo que tiene que haber es una lista de países en los que no hay persecución política. Eso quiere decir también: sin persecución a las minorías y sin persecución religiosa. Rumanía tendría que estar en esa lista. Aunque igual un día llegan autobuses estatales llenos de rumanos para masacrar a los húngaros con porras como ya sucedió en Tirgu Mureş, aunque haya pogromos contra los romaníes. Aunque los nuevos servicios secretos hayan reciclado al viejo personal de la Securitate y de nuevo campen a sus anchas por fábricas, oficinas o entidades postales. Y aunque los miembros de los partidos de la oposición sean espiados y amenazados.
El hecho de que cada cual nace y muere como individuo es una banalidad que se presta a las metáforas con carne de gallina. A los políticos no se les ocurre jamás. Cuando el grupo de individuos es demasiado numeroso, piensan en Estados.
Hablar de persecución política tiene tan poco sentido para el que la sufre como para el que emigra por culpa de la pobreza. Porque ahora se ha decidido no creer a estas personas. Ahora los políticos esperan que los Estados expidan certificados de persecución a sus perseguidos.
El concepto de «asilo político» se ha visto degradado por la nueva ley de inmigración. Se coacciona a los que huyen de la pobreza para que lo aleguen como único argumento, como mentira obligada. Eso se les debe echar en cara a los políticos, no a los refugiados.
Ya no es posible establecer la diferenciación entre inmigrantes que huyen de la pobreza y refugiados políticos, puesto que se ha generalizado la expresión «asilo político» y se utiliza igual para todas las variantes de la penuria. Pero el lema de la política es hoy: cerremos los ojos y daremos con el camino.
Quien, hoy en día, promete a la población tiempos con menos exiliados de países pobres engaña conscientemente, pues el motivo para su exilio, la pobreza, no desaparece. Es imposible mantener a las personas pobres alejadas de los países ricos.
Tampoco en sus países de origen están en su casa esas personas que no poseen más que cuatro porquerías y en cuyas sienes sólo retumban la desesperación y el hastío. Las cuatro porquerías no les sirven de anclaje. Y la desesperación y la comedura de cabeza los incitan a marcharse de allí.
La actitud de raza superior mediante la cual la mediocridad alemana reclama la atención tampoco se frena ante los italianos, griegos y turcos que llevan veinte años viviendo en Alemania. Los institutos Goethe del extranjero se ven en la necesidad de justificarse, los ejecutivos japoneses retiran sus proyectos de inversión en el este de Alemania por miedo a la xenofobia de la población.
Un día, en el mercadillo de Hamburgo, una mujer pedía limosna con un papel en la mano. La gente, jóvenes o viejos, ponía cara de asco cuando les enseñaba su papel. Algunos la empujaban para que se alejase. Un verdulero le gritó al compañero del puesto de jamones: «¡Échale algo para hincar el diente, o, ya de paso, le das un jamón entero!» Los dos se echaron a reír y los clientes de ambos puestos rieron con ellos.
Delante de la Gedächtniskirche de Berlín, un joven me tiró de la manga y me dijo: «¿Qué, está rico el matarratas?». Yo iba comiéndome un kebab por la calle. Le solté: «Yo no tengo matarratas en la boca, lo tienes tú en el cerebro». Me sacó la lengua, hizo una mueca grotesca y profirió una sonora arcada.

Notas
[1] En el original, Herta Müller utiliza sin tapujos el inequívoco término acuñado durante el nazismo y adoptado también por el régimen fascista del Japón: Herrenmenschen, que equivale a «amos», «raza de amos» o «pueblo de amos». La palabra «raza» es prácticamente tabú en alemán desde la posguerra. (N. de la T.)
[2] Deutsche Volksunion [Unión Popular Alemana], un partido nacionalista que actualmente está aliado con los nacionaldemócratas del NDP [Nationaldemokratische Partei]. (N. de la T.)
[3] Sachsenhausen fue uno de los campos de concentración más grandes de Alemania. Después de utilizarlo también los rusos como campo de prisioneros, en 1961 se convirtió en museo y lugar conmemorativo. En septiembre de 1992, un grupo de neonazis prendió fuego a uno de los barracones. (N. de la T.)







[*] Schmeckt das Rattengift. Publicado anteriormente en Frankfurter Rundschau el 31 de octubre de 1992

En Herta Müller: Hambre y seda
Título original: Hunger und Seide Herta Müller, 1995
Traducción: Isabel García Adánez

Foto original color: Herta Müller / Getty Images





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Estefanía González: Órgano

24 de marzo de 2017






La única habitación interior de mi casa es el cuarto de baño.
Hay un conducto de ventilación estrecho y vertical hasta el tejado. Una vena de aire en el edificio.
Es un órgano.
El viento en él suena como música.
Arrastra nieve de la estepa y polvo del desierto.
Ululan trompas de los ángeles en lo alto, en el oro del paraíso.
Yo entro y me siento en el suelo del cuarto de baño a escuchar.
Veo montañas púrpura y salmón, mares que se levantan.
Porque todo el cielo está en esa pequeña habitación interior.
El costoso avance, cuerpo inclinado, mejillas mordidas por lo inmenso.
El fuego protegido, el frágil parapeto en el linde del bosque, y ya oscurece.
La tundra. Todo en la pequeña habitación, la enterrada en ladrillo.
La emparedada. La madriguera. En la entraña del cielo se gesta la tormenta.
En la entraña del órgano yo escucho.








Blog personal: Hilo de sombra
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Jorge Méndez Blake: El impacto de un libro

12 de marzo de 2017








Ladrillos y edición de El Castillo, de Franz Kafka
2300 x 1750 x 40 cm
Detalles



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Robert Walser: El ángel

5 de marzo de 2017





Un ángel así hace bien al aguardar a que le digan que necesitan de él. Esto tarda a veces más de lo que él sospecha, pero el caso es que también deberá moderarse, no ha de pensar que es insustituible. No me gustaría ser aquél a quien he convertido en ángel. Lo endiosé para no encontrármelo más en ningún sitio, para que permanezca inmutable como una imagen y yo pueda dirigirle siempre la mirada, según mis necesidades y deseos, cobrando ánimos al verlo. Me da casi lástima, creyó que yo tendría curiosidad y me iría tras él, mientras que prácticamente lo tengo en el bolsillo, o como una cinta en la frente. Yo ya no voy hacia él, su valor me circunda, me veo bañado en su luz. Quien ha sido capaz de dar, también ha sabido recibir. Ambas cosas hay que practicarlas. Él surgió de la compasión, pero puede ocurrir que yo, el suplicante, juegue con él. Duda y tiene miedo. A ratos soy creyente, y a ratos incrédulo, y él debe aguantarlo, el muy querido.





En La rosa
Título original: Die Rose
Robert Walser, 1925
Traducción: Juan José Del Solar B.
Image: Robert Walser in 1937, some years after he stopped writing entirely
Photo by Carl Seeligr/Walter Foundation Keystone

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Miguel Ruibal, 2012

14 de febrero de 2017








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Henri Michaux: Nosotros dos aún (1948) [bilingüe] Versiones de Silvio Mattoni y Raúl Gustavo Aguirre

21 de enero de 2017


Versión Silvio Mattoni 
Antología poética 1927-1986 
Buenos Aires, Adriana Hidalgo Editora, 2005 





Aire del fuego, no supiste jugar.
Arrojaste sobre mi casa una tela negra. ¿Qué es esa opacidad por todas partes? Es la opacidad 
que ha tapado mi cielo.
¿Qué es ese silencio por todas partes? Es el silencio que hizo callar mi canto.


*


De esperanza, me hubiera bastado un arroyito. Pero te llevaste todo. El sonido que vibra me fue quitado.


*


No supiste jugar. Atrapaste las cuerdas. Pero no supiste tocar. Lo destrozaste todo en seguida. Rompiste el violín. Arrojaste una llama sobre la piel de seda para formar un horrible pantano de sangre.


*


Su felicidad reía en su alma. Pero todo era un engaño. No duró mucho esa risa.



*



Ella estaba en un tren que rodaba hacia el mar. Estaba en un cohete que enfilaba hacia las piedras. Se abalanzaba aunque inmóvil sobre la serpiente de fuego que iba a consumirla. Y de pronto estuvo allí, sorprendiendo a la confiada mientras peinaba su cabellera y contemplaba su dicha en el espejo.



*


Y cuando vio que esa llama subía hacia ella, oh...






Al instante, la copa le fue arrebatada. Sus manos ya no sostuvieron nada. Ella vio que la encerraban en un rincón. Se demoró en ello como en un enorme tema de meditación para resolver antes que nada. Dos segundos más tarde, dos segundos demasiado tarde, huía hacia la ventana pidiendo auxilio.
Toda la llama entonces la rodeó.



*



Se despierta en una cama donde el sufrimiento sube hasta el cielo, hasta el cielo, sin encontrar a ningún dios... donde el sufrimiento baja hasta el fondo del infierno, hasta el fondo del infierno sin encontrar a ningún demonio.



*


El hospital duerme. La quemadura despierta. Su cuerpo, como un parque abandonado...



*



Desalojada de sí misma, busca cómo volver. El vacío en donde maniobra no responde a sus movimientos.



*


Lentamente, en el granero, su trigo arde.



*



Ciega, a través de la larga barrera de sufrimiento, durante un mes remonta el río de la vida, navegación atroz.
Paciente, en lo innombrable tumefacto vuelve a trazar sus formas elegantes, teje de nuevo la camisa de su fina piel. Es la curación. Mañana caerá el último vendaje. Mañana...



*



Aire de la sangre, no supiste jugar. Tampoco tú supiste. Arrojaste súbitamente, estúpidamente tu necio coágulo obstructor en medio de una nueva aurora.
En ese instante, ella no encontró más un lugar. Tuvo que dirigirse hacia la Muerte.
Apenas si llegó a ver la ruta.
Un segundo abrió el abismo. El siguiente la precipitó en él.



*



De este lado quedamos aturdidos. No tuvimos tiempo de decir adiós. No tuvimos tiempo para una promesa.
El la había desaparecido de la película de esta tierra.





Lou
Lou
Lou, en el retrovisor de un breve instante
Lou, ¿no me ves?
Lou, el destino de estar juntos para siempre
en el que tanto confiabas
¿Y entonces?
No vas a ser como las otras que ya nunca más hacen señas, sepultadas en el silencio.
No, no debe bastarte con una muerte para quitarte tu amor.
En la pompa horrible
que te distancia hasta no sé qué milésima disolución
todavía buscas, nos buscas un lugar
Pero tengo miedo
No hemos tomado bastantes precauciones



Debimos haber estado mejor informados,
Alguien me escribe que serás tú, mártir, quien velará por mí ahora.
¡Oh! Lo dudo.
Cuando toco tu fluido tan delicado
demorado en tu cuarto y tus objetos familiares que aprieto entre mis manos
ese fluido tenue al que siempre había que proteger
Oh, lo dudo, lo dudo y tengo miedo por ti,
impetuosa y frágil, ofrecida a las catástrofes
Sin embargo, voy a las oficinas en busca de certificados
derrochando momentos preciosos
que más bien debería emplear para nosotros, precipitadamente mientras tiritas
esperando con tu maravillosa confianza que yo llegue y te ayude a salir de allí, pensando “Seguro que vendrá.
Habrá tenido algo que hacer, pero no se va a demorar
Vendrá, lo conozco
No me va a dejar sola
No es posible
no va a dejar sola a su pobre Lou...”



*



Yo desconocía mi vida. Mi vida pasaba a través tuyo. Se volvía simple este gran asunto complicado. Se volvía simple a pesar de la preocupación.
Tu debilidad, cuando se apoyaba en mí me sentía fortalecido.



*


Dime, ¿de verdad no volveremos a encontrarnos nunca más?



*



Lou, hablo una lengua muerta ahora que ya no te hablo. Tus grandes esfuerzos de liana en mí, lo ves, han tenido éxito. ¿Lo ves al menos? Es verdad que nunca lo dudaste. Hacía falta un ciego como yo, le hacía falta tiempo, le hacía falta tu larga enfermedad, tu belleza resurgiendo de la delgadez y las fiebres, hacía falta esa luz en ti, esa fe, para horadar al fin la pared caprichosa de su autonomía.


*



Tarde lo vi. Tarde lo supe. Tarde aprendí “juntos” lo que no parecía estar en mi destino. Aunque no demasiado tarde. Los años pasaron para nosotros, no contra nosotros.



*



Nuestras sombras respiraron juntas. Debajo de nosotros las aguas del río de los acontecimientos fluían casi en silencio.
Nuestras sombras respiraban juntas y todo era cubierto por ellas.



*

Tuve frío con tu frío. Bebí sorbos de tu pena. Nos perdíamos en el lago de nuestros intercambios.


*

 Rico con un amor inmerecido, rico que ignoraba serlo con la inconciencia de los poseedores, perdí ser amado. Mi fortuna se consumió en un día.


*


  Árida, se reanuda mi vida. Pero no me repongo. Mi cuerpo sigue estando en tu cuerpo delicioso y unas antenas plumosas en mi pecho me hacen sufrir con el soplo de la resaca. La que ya no está, aferra, y su ausencia devoradora me invade y me corroe.



*

Añoro los días de tu sufrimiento atroz en la cama del hospital, cuando yo llegaba por los pasillos nauseabundos, surcados de gemidos hasta la momia gruesa de tu cuerpo vendado y escuchaba de pronto emerger como el “la” de nuestra alianza, tu voz, suave, musical, modulada, resistiéndose con orgullo a la fealdad de la desesperación, cuando a tu vez escuchabas mis pasos y murmurabas, liberada “Ah, aquí estás”.
Apoyaba mi mano en tu rodilla por encima de la frazada sucia y entonces todo desaparecía, el mal olor, la horrible indecencia del cuerpo tratado como un barril o como una alcantarilla por unos extraños atareados y cuidadosos, todo quedaba atrás dejando que nuestros dos fluidos se reencontraran a través de las vendas, uniéndose, mezclándose en un aturdimiento del corazón, en el colmo de la desgracia, en el colmo de la dulzura. 
Las enfermeras, el médico de guardia sonreían; tus ojos llenos de fe apagaban los de los otros. 



*



El que está solo, de noche se vuelve hacia la pared para hablarte. Sabe lo que te animaba. Viene a compartir el día. Ha observado con tus ojos. Ha escuchado con tus oídos. Siempre tiene cosas que decirte. 



*


¿No me responderás algún día?



*



Pero acaso tu persona se haya vuelto como un aire de época de nieve que entra por esa ventana que uno vuelve a cerrar presa de temblores o de un malestar vaticinador de un drama, como me sucedió hace unas semanas. El frío cayó rápido sobre mis hombros y me tapé precipitadamente, me aparté cuando tal vez eras tú y lo más cálida que podías ponerte, esperando ser bien recibida; tú, tan lúcida, ya no podías expresarte de otro modo. Quién sabe si en este mismo momento no esperas ansiosa que yo al fin comprenda y vaya, lejos de la vida donde ya no estás, a reunirme contigo, pobremente, de verdad pobremente, sin medios, pero nosotros dos aún, nosotros dos... 







Versión de Raúl Gustavo Aguirre 



 Aire del fuego, no supiste jugar.


Arrojaste sobre mi casa una tela negra. ¿Qué es esta opacidad en todas partes? Es la opacidad que cubrió mi cielo. ¿Qué es este silencio en todas partes? Es el silencio que hizo callar mi canto.

Para esperar me hubiera bastado con un hilo de agua. Pero te lo llevaste todo. El sonido que vibra me fue quitado. No supiste jugar. Atrapaste las cuerdas. Pero no supiste jugar. Tapiaste todo en seguida. Rompiste el violín. Arrojaste una llama sobre la piel de seda para hacer un horrible pantano de sangre.

El bienestar reía en su alma. Pero era todo mentira. No fue largo el reír.

Ella estaba en un tren que rodaba hacia el mar. Estaba en un huso que hilaba sobre la roca. Se abalanzaba, aunque inmóvil, hacia la serpiente de fuego que iba a consumirla. Y fue allí, de pronto, cuando sorprendió a la confiada, mientras peinaba sus cabellos, contemplando, en el espejo, su felicidad.

Y cuando vio subir esa llama sobre ella, oh...

Al instante, la copa le fue arrancada. Sus manos ya no han sido nada más. Vio como se la apretaba en un rincón. Se detuvo allí arriba como un enorme tema de meditación por resolver antes que nada. Dos segundos más tarde, dos segundos demasiado tarde, huía hacia la ventana, pidiendo socorro.
Toda la llama entonces la rodeó.

Ella se encuentra ahora en una cama, y su sufrimiento sube hasta el cielo, sin encontrar a Dios... y su sufrimiento desciende hasta el fondo del infierno sin hallar al demonio.

El hospital duerme. La quemadura despierta. Su cuerpo, como un parque abandonado...

Defenestrada de sí misma, busca cómo volver a entrar. El vacío por donde deriva no responde a sus movimientos.

Lentamente, en la granja, su trigo arde.

Ciega, a través de la larga barrera del sufrimiento, durante un mes, remonta el río de la vida, natación atroz.
Paciente, en lo innombrable inflado, vuelve a trazar sus formas elegantes, teje de nuevo la camisa de su piel fina. La curación está allí. Mañana cae la última venda. Mañana...

Aire de la sangre, no supiste jugar. Tampoco tú supiste. Arrojaste súbitamente, estúpidamente, tu tonta piedrecilla obstructora a través de una aurora nueva.

Ella ya no encontró lugar en el tiempo. Le fue preciso volverse hacia la muerte.
Apenas si divisó la ruta. Un segundo abrió el abismo. El siguiente la precipitó en él.

Uno se ha quedado confundido de este lado. No ha habido tiempo para decir hasta luego. No ha habido tiempo para una promesa.

Ella había desaparecido del film de esta tierra.



Lou
Lou
Lou, en el retrovisor de un breve instante
Lou ¿no me ves?
Lou, el destino de estar juntos para siempre
en que tenías tanta fe
¿Y bien?
No vas a ser como las otras que ya nunca más hacen una seña,
sumergidas en el silencio.

No, no debe besarte a ti una muerte para separarte de tu amor.
En la pompa horrible
que te espacia hasta yo no sé qué milésima disolución
buscas aún, nos buscas lugar
Pero tengo miedo
No hemos tomado bastantes precauciones
Debimos haber sido informados mejor,
Alguien me escribe que tú, mártir, velarás ahora por mí.
¡Oh! Lo dudo.
Cuando toco tu fluido tan delicado, persistente en tu cuarto y tus objetos familiares
/que aprieto en mis manos
este fluido tenue al que sería preciso proteger para siempre
Oh lo dudo, dudo y tengo miedo por ti,
impetuosa y frágil, dispuesta a las catástrofes
Con todo, voy a las oficinas en busca de certificados
dilapidando momentos preciosos
que sería preciso emplear antes que nada entre nosotros precipitadamente
mientras tiritas
esperando en tu maravillosa confianza que yo venga a ayudarte a sacarte de allí, pensando "seguramente vendrá"
Habrá podido tener algún percance pero no tardará
Vendrá, yo lo conozco
No va a dejarme sola
No es posible
No va a dejar sola a su pobre Lou..."


Yo no conocía mi vida. Mi vida pasaba a través de ti. Se había vuelto simple, ese gran asunto complicado. Se había vuelto simple a pesar del dolor.
Tu fragilidad: yo era fuerte cuando se apoyaba en mí.

Dime, ¿es que verdaderamente no nos encontraremos nunca más?


Lou, hablo una lengua muerta, ahora que ya no te hablo. Tus grandes esfuerzos de liana en mí, lo ves, han logrado su fin. ¿Lo ves al menos? Es cierto, tú jamás dudaste. Se necesitaba un ciego como yo, se necesitaba tiempo, tu larga enfermedad, tu belleza, resurgiendo de la debilidad y de las fiebres, se necesitaba esta claridad en ti, esta fe, para horadar por fin la pared de la apariencia de su autonomía.

Tarde lo vi. Tarde lo supe. Tarde, aprendí "juntos" aquello que no parecía estar en mi destino. Pero no demasiado tarde.
Los años han existido para nosotros, no contra nosotros.

Nuestras sombras respiraban juntas. Bajo nosotros, las aguas del río de los acontecimientos corrían casi en silencio.

Nuestras sombras respiraban juntas, y todo estaba por ellas recubierto.

Tuve frío con tu frío. Bebí sorbos de tu dolor. Nos perdemos en el lago de nuestros intercambios.

Rico de un amor inmerecido, rico que se ignoraba con la inconciencia de los poseedores, he perdido ser amado. Mi fortuna ha quebrado en un día.

Árida, mi vida continúa. Pero no me doy cuenta. Mi cuerpo permanece en tu cuerpo delicioso y en mi pecho hay antenas plumosas que me hacen sufrir con el viento del saqueado. La que ya no está se aleja, y su ausencia devoradora me invade y me consume.

Extraño los días de tu sufrimiento atroz en la cama del hospital, cuando yo llegaba por los corredores nauseabundos, atravesados por gemidos, hasta la momia espesa de tu cuerpo vendado y esperaba emerger de pronto, como el "la" de nuestra alianza, tu voz dulce, musical, contenida, resistiendo con valor la fealdad de la desesperación, cuando, a tu vez, escuchabas mis pasos y murmurabas, libre: "Ah, estás allí". 

Yo apoyaba mi mano sobre tu rodilla, por encima del sucio cobertor, y todo desaparecía entonces: el hedor, la horrible indecencia del cuerpo tratado como un barril o como un albañal por seres extraños, atareados y recelosos, todo se deslizaba hacia atrás, dejando que nuestros dos fluidos, a través de los remedios, se encontraran de nuevo, se mezclaran en un aturdimiento del corazón, en el colmo de la amargura, en el colmo de la dulzura.

Las enfermeras, el interno, sonreían; tus ojos llenos de fe apagaban los de los otros.

Aquel que está solo, se vuelve de noche contra la pared para hablarte. Sabe lo que te animaba. Viene de compartir el día. Ha mirado con tus ojos. Ha escuchado con tus oídos. Siempre tiene cosas para ti.

¿No me responderás algún día?

Pero tal vez tu persona se ha vuelto como un aire del tiempo de la nieve, que entra por la ventana, que uno cierra, presa de escalofríos o de un malestar precursor del drama, como me ha ocurrido hace algunas semanas. El frío se echó de pronto sobre mis espaldas, yo me cubrí precipitadamente y me volví cuando eras tú quizás y la más cálida que pudieras darte, esperando ser bien recibida; tú, tan lúcida, no podías expresarte de otra manera. Quién sabe si en este mismo momento no esperas, ansiosa, que yo por fin comprenda, y vaya, lejos de la vida donde ya no estás, a reunirme contigo, pobremente, pobremente, es verdad, sin medios, pero nosotros dos aún, nosotros dos...








Nous deux encore
 



Air du feu, tu n’as pas su jouer.
Tu as jeté sur ma maison une toile noire. Qu’est-ce que cet opaque partout ? C’est l’opaque qui a bouché mon ciel.Qu’est-ce que ce silence partout ? C’est le silence qui a fait taire mon chant.

L’espoir, il m’eût suffi d’un ruisselet. Mais tu as tout pris. Le son qui vibre m’a été retiré.

Tu n’as pas su jouer. Tu as attrapé les cordes. Mais tu n’as pas su jouer. Tu as tout bousillé tout de suite. Tu as cassé le violon. Tu as jeté une flamme sur la peau de soie.
Pour faire un affreux marais de sang.

Son bonheur riait dans son âme. Mais c’était tout tromperie. Ca n’a pas fait long rire.


Elle était dans un train roulant vers la mer. Elle était dans une fusée filant sur le roc. Elle s’élançait quoiqu’immobile vers le serpent de feu qui allait la consumer. Et fut là tout à coup, saisissant la confiante, tandis qu’elle peignait sa chevelure, contemplant sa félicité dans la glace.

Et lorsqu’elle vit monter cette flamme sur elle, oh…

Dans l’instant la coupe lui a été arrachée. Ses mains n’ont plus rien tenu. Elle a vu qu’on la serrait dans un coin. Elle s’est arrêtée là-dessus comme sur un énorme sujet de méditation à résoudre avant tout. Deux secondes plus tard, deux secondes trop tard, elle fuyait vers la fenêtre, appelant au secours.

Toute la flamme alors l’a entourée.

Elle se retrouve dans un lit, dont la souffrance monte jusqu’au ciel, jusqu’au ciel, sans rencontrer de dieu… dont la souffrance descend jusqu’au fond de l’enfer, jusqu’au fond de l’enfer sans rencontrer de démon.

L’hôpital dort. La brûlure éveille. Son corps, comme un parc abandonné...

Défenestrée d’elle-même, elle cherche comment rentrer. Le vide où elle godille ne répond pas à ses mouvements.

Lentement, dans la grange, son blé brûle.
Aveugle, à travers le long barrage de souffrance, un mois durant, elle remonte le fleuve de vie, nage atroce.
Patiente, dans l’innommable boursouflé elle retrace ses formes élégantes, elle tisse à nouveau la chemise de sa peau fine. La guérison est là.
Demain tombe le dernier pansement. Demain… 
Air du sang, tu n’as pas su jouer. Toi non plus, tu n’as pas su. Tu as jeté subitement, stupidement, ton sot petit caillot obstructeur en travers d’une nouvelle aurore.
Dans l’instant elle n’a plus trouvé de place. Il a bien fallu se tourner vers la Mort.
A peine si elle a aperçu la route. Une seconde ouvrit l’abîme. La suivante l’y précipitait.
On est resté hébété de ce côté-ci. On n’a pas eu le temps de dire au revoir. On n’a pas eu le temps d’une promesse.
Elle avait disparu du film de cette terre.



Lou

Lou
Lou, dans le rétroviseur d’un bref instant
Lou, ne me vois-tu pas ?
Lou, le destin d’être ensemble à jamais
dans quoi tu avais tellement foi
Eh bien ?
Tu ne vas pas être comme les autres qui jamais plus ne font signe, englouties dans le silence.
Non, il ne doit pas te suffire à toi d’une mort pour t’enlever ton amour.
Dans la pompe horrible
qui t’espace jusqu’à je ne sais quelle millième dilution
tu cherches encore, tu nous cherches place
Mais j’ai peur
On n’a pas pris assez de précautions
On aurait dû être plus renseigné,
Quelqu’un m’écrit que c’est toi, martyre, qui va veiller sur moi à présent.
Oh ! J’en doute.
Quand je touche ton fluide si délicat
demeuré dans ta chambre et tes objets familiers que je presse dans mes mains
ce fluide ténu qu’il fallait toujours protéger
Oh j’en doute, j’en doute et j’ai peur pour toi,
Impétueuse et fragile, offerte aux catastrophes
Cependant, je vais à des bureaux, à la recherche de certificats gaspillant des moments précieux qu’il faudrait utiliser plutôt entre nous précipitamment tandis que tu grelottes
attendant en ta merveilleuse confiance que je vienne t’aider à te tirer de là, pensant « A coup sûr, il viendra
« il a pu être empêché, mais il ne saurait tarder
« il viendra, je le connais
« il ne va pas me laisser seule
« ce n’est pas possible
« il ne vas pas laisser seule, sa pauvre Lou…
Je ne connaissais pas ma vie. Ma vie passait à travers toi. Ca devenait simple, cette grande affaire compliquée. Ca devenait simple, malgré le souci.
Ta faiblesse, j’étais raffermi lorsqu’elle s’appuyait sur moi.
Dis, est-ce qu’on ne se rencontrera vraiment plus jamais ?
Lou, je parle une langue morte, maintenant que je ne te parle plus. Tes grands efforts de liane en moi, tu vois ont abouti. Tu le vois au moins ? Il est vrai, jamais tu ne doutas, toi. Il fallait un aveugle comme moi, il lui fallait du temps, lui, il fallait ta longue maladie, ta beauté, ressurgissant de la maigreur et des fièvres, il fallait cette lumière en toi, cette foi, pour percer enfin le mur de la marotte de son autonomie. 
Tard j’ai vu. Tard j’ai su. Tard, j’ai appris « ensemble » qui ne semblait pas être dans ma destinée. Mais non trop tard.

Les années ont été pour nous, pas contre nous.


Nos ombres ont respiré ensemble. Sous nous les eaux du fleuve des événements coulaient presque avec silence.

Nos ombres respiraient ensemble et tout en était recouvert.

J’ai eu froid à ton froid. J’ai bu des gorgées de ta peine.

Nous nous perdions dans le lac de nos échanges.
Riche d’un amour immérité, riche qui s’ignorait avec l’inconscience des possédants, j’ai perdu d’être aimé. Ma fortune a fondu en un jour.
Aride, ma vie reprend. Mais je ne me reviens pas. Mon corps demeure en ton corps délicieux et des antennes plumeuses en ma poitrine me font souffrir du vent du retrait. Celle qui n’est plus, prend, et son absence dévoratrice me mange et m’envahit.
J’en suis à regretter les jours de ta souffrance atroce sur le lit d’hôpital, quand j’arrivais par les corridors nauséabonds, traversés de gémissements vers la momie épaisse de ton corps emmailloté et que j’entendais tout à coup émerger comme le « la » de notre alliance, ta voix, douce, musicale, contrôlée, résistant avec fierté à la laideur du désespoir, quand à ton tour tu entendais mon pas, et que tu murmurais, délivrée « Ah tu es là ».

Je posais ma main sur ton genou, par-dessus la couverture souillée et tout alors disparaissait, la puanteur, l’horrible indécence du corps traité comme une barrique ou comme un égout, par des étrangers affairés et soucieux, tout glissait en arrière, laissant nos deux fluides, à travers les pansements, se retrouver, se joindre, se mêler dans un étourdissement du cœur, au comble du malheur, au comble de la douceur. Les infirmières, l’interne souriaient ; tes yeux pleins de foi éteignaient ceux des autres. Celui qui est seul, se tourne le soir vers le mur, pour te parler. Il sait ce qui t’animait. Il vient partager la journée. Il a observé avec tes yeux. Il a entendu avec tes oreilles.


Toujours il a des choses pour toi.


Ne me répondras-tu pas un jour ?


Mais peut-être ta personne est devenue comme un air de temps de neige, qui entre par la fenêtre, qu’on referme, pris de frissons ou d’un malaise avant-coureur de drame, comme il m’est arrivé il y a quelques semaines. Le froid s’appliqua soudain sur mes épaules je me couvris précipitamment et me détournai quand c’était toi peut-être et la plus chaude que tu pouvais te rendre, espérant être bien accueillie ; toi, si lucide, tu ne pouvais plus t’exprimer autrement. Qui sait si en ce moment même, tu n’attends pas, anxieuse, que je comprenne enfin, et que je vienne, loin de la vie où tu n’es plus, me joindre à toi, pauvrement, pauvrement certes, sans moyens mais nous deux encore, nous deux…" 




Foto: Henri Michaux, Paris, 1925 -by Claude Cahun


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