Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...

Jorge Luis Borges-Osvaldo Ferrari: Borges con Platón y Aristóteles ("En diálogo", I, 11)

17 de junio de 2019




Osvaldo Ferrari: Bien, Borges, ahora que usted está de regreso, voy a recordar los temas de que nos hemos ocupado en las audiciones anteriores a su último viaje: hemos hablado de la posible identidad de los argentinos; del orden y el tiempo; de las distintas versiones que propone el sur porteño y bonaerense a lo largo de la historia; de su viaje a Italia, Grecia y Japón; de Macedonio Fernández, Silvina Ocampo, Bioy Casares, Wilcock; y de cómo nace y se hace un texto de Borges. Naturalmente, ahora se impone que hablemos de la experiencia que usted trae de este viaje que realizó por Italia, Grecia y Japón. La primera impresión que uno tiene al verlo es la de que ese viaje le ha sentado muy bien, y que usted tiene el aire de haber hecho nuevos descubrimientos.

Jorge Luis Borges: No sé si descubrimientos… confirmaciones, más bien, desde luego. Vuelvo con una excelente impresión, y siempre con el asombro… no sé, de que me respete tanto la gente, de que me tomen en serio. Yo no sé si mi obra merece esa atención, yo creo que no, creo que soy como una suerte de superstición ahora… internacional. Pero la agradezco muchísimo y no deja de asombrarme eso; el hecho de haber recibido esos premios, esos honores: usted está hablando ahora con un doctor honoris causa de la Universidad de Creta. Todo eso me parece tan fantástico… bueno, me parece tan fantástico a mí como les parecerá a otros también, ¿no? Es decir, yo estoy asombrado de todo eso; pienso que quizá, bueno, ellos me han leído en traducciones, las traducciones pueden haber mejorado mis textos, o quizás haya algo entre líneas que no alcanzo a percibir, y que está allí. Porque si no, yo no sé por qué merezco todo esto. Pero vuelvo con la mejor impresión de esos países; yo no conocía el sur de Italia, aunque sabía que era Magna Grecia aquello. Estuve en Creta también, y tuve ocasión de decir que aquella expresión «Magna Grecia», expresión que se aplica al Asia Menor, al sur de Italia, a ciertas islas, podría aplicarse al mundo entero o, en todo caso, al Occidente entero. Es decir, que todos somos Magna Grecia. Eso lo dije allí, es decir, que todos somos griegos en el destierro —en un destierro no necesariamente elegíaco o desdichado, ya que quizá nos permite ser más griegos que los griegos, o más europeos que los europeos—. De modo que tengo el mejor recuerdo de esos países; yo no conocía el sur de Italia: me sorprendió oír la música popular, oí a un individuo tocando la guitarra, un campesino, me dijeron que estaba tocando temas sicilianos, y me pareció oír, bueno, esas tonadas criollas que corresponden a la provincia de Buenos Aires o a la República Oriental: esas tonadas con las que se toca «La tapera», o «El gaucho», de Elías Regules. Bueno, ése es exactamente el tipo de música que yo oí en Sicilia. Y luego, en Vicenza, estuvieron espléndidos conmigo, en Venecia también, y en el Japón, desde luego, confirmé las espléndidas experiencias de mi viaje anterior. Es decir, de un país que ejerce a la vez su cultura oriental y la cultura occidental y que, en lo que se refiere a cultura occidental, en lo que se refiere a técnica, parece que está, bueno, dejándonos atrás.

—Cierto. He visto que en un lugar de Italia lo han designado Maestro de vida.

—Bueno, ojalá eso pudiera referirse a mi propia vida, que ha sido una serie de errores, ¡eh! Pero posiblemente uno pueda enseñar lo que no sepa, o lo que no ha practicado, ¿no? (ríe).

—Sí. Pero, además, es curioso: después de que en los últimos años viajó muchas veces por países, digamos, donde se impone la actual tecnocracia —el sistema más moderno—: Estados Unidos, Europa occidental (la parte del norte), ahora parece que usted hubiera sido convocado por el sur, por el antiguo Occidente: Creta, Grecia y Sicilia.

—Bueno, pero lo que no es Creta, Grecia o Sicilia es un reflejo de esos lugares, es una extensión de esos lugares. Cuando tuve que hablar en Creta, cuando me hicieron doctor de esa Universidad de Grecia, recordé un hecho bastante curioso: uno piensa en el norte como opuesto al sur y, sin embargo, cuando —creo que Snorri Sturluson— en ocasión de referirse al dios Thor, el dios que había dado su nombre al Thursday (jueves) inglés, ya que, bueno, el día de Thor, es decir, el día de Jove (Júpiter), ¿no? Bueno, cuando Snorri Sturluson, en el siglo XIII, tiene ocasión de referirse a Thor, da esta etimología —que, desde luego, es falsa— pero que muestra el deseo que tenía el norte de incorporarse al sur. Es esto: él dice que Thor es hijo de Príamo y hermano de Héctor, por la similitud de los sonidos. Claro que eso es del todo falso, pero no importa; muestra el deseo de aquella gente allá… y, él escribió en Islandia, bueno, querían de algún modo vincularse al sur, querían acercarse a La Eneida, que es lo que ellos conocerían del sur, ya que no podrían conocer los poemas homéricos, desde luego; pero, en fin, el deseo de querer ser parte de la cultura mediterránea. Bueno, y eso se ve, por ejemplo… en alemán, la palabra «Vaterland», o en inglés «motherland», parecen muy germánicas y, sin embargo, ¿qué es «Vaterland» si no una traducción de «patria»? No es una idea que los germanos tuvieran, ya que para los germanos lo importante era pertenecer a tal o cual tribu, ser leales a tal o cual caudillo.

—Tierra de los padres.

—Sí, tierra de los padres. Bueno, esa idea, «Vaterland», o «motherland» en inglés, para no confundir con «Vaterland» que parece exclusivamente alemán, esa idea es la misma idea, traducida, de «patria» en latín. Curiosamente, Groussac indicó la posibilidad de «matria», pero, claro, es un poco tarde ya, esa palabra resultaría muy artificial; pero vendría a ser «motherland» en inglés lo de «matria». Quizá la idea de «tierra de la madre», bueno, por lo pronto es más segura que la idea de «tierra del padre», ¿no? (ríe): la paternidad es un acto de fe, como dijo Goethe, ¿no?; la maternidad es un hecho, bueno, que los animales reconocen, y que todo el mundo reconoce, sí.

—Ahora, usted ha recordado la mitología escandinava y la griega, y yo he estado leyendo a una escritora francesa, Simone Weil, que al recordar la mitología griega y también la oriental sostiene que Platón fue el primer místico de Occidente, heredero de toda la mística de Oriente.

—Bueno, no sé si el primero, porque sería Pitágoras, que es algo anterior, creo. Y Pitágoras… creo que hay un busto de Pitágoras en que lo representan con un gorro frigio; es decir, asiático. Además, la idea de la transmigración y la idea del tiempo cíclico de los estoicos y los pitagóricos tiene que ser algo que ha llegado del Oriente. Y en el Oriente, la idea de los ciclos tiene sentido, porque la gente, bueno, las almas, la transmigración de las almas en sus diversos ciclos, van mejorando, van empeorando, van modificándose. En cambio, la idea de ciclos exactamente iguales, que es la que tienen los pitagóricos y los estoicos, esa idea parece insensata, ya que, en realidad, no serviría absolutamente para nada: no sé hasta dónde podemos hablar, bueno, de un primer ciclo, un segundo y un tercero, ya que no hay nadie que pueda percibir las diferencias entre dos ciclos exactamente iguales. Posiblemente, la teoría del tiempo circular fue algo mal entendido por los griegos de la doctrina asiática, en que se supone que hay ciclos, pero esos ciclos son distintos.

—Los griegos pueden haber malentendido esa tradición pero, a la vez, Occidente puede haber malentendido a los griegos. Porque si decimos que Platón, y también quizá Pitágoras, son los primeros místicos de Occidente…

—Bueno, creo que la palabra primero no tiene mayor sentido, ya que no puede saberse, pero, en fin…

—Es que nuestra filosofía ha partido de allí, pero en lugar de tomar a Platón como punto de partida, ha tomado a Aristóteles como punto de partida, y tendríamos que llegar a saber algún día cuál fue el acierto y cuál el error, porque todo hubiera sido diferente…

—Bueno, representan… creo que, en todo caso, representan para nosotros dos hechos muy distintos. El hecho de que uno piensa, bueno, Aristóteles es una persona que piensa por medio de razones. En cambio, Platón piensa, además, por medio de mitos.

—Justamente.

—Y eso se ve en el último diálogo de Sócrates: parece que él usa, a la vez, el razonamiento y el mito. En cambio, ya después de Aristóteles, o se usa un sistema u otro, ¿no?; ya no somos capaces de usar ambas cosas. En cuanto a mí, personalmente, me creo casi incapaz de pensar por medio de razones; parece que yo pensara —sabiendo lo peligroso y lo falible del método—, yo tiendo a pensar, bueno, por el mito, o en todo caso, por sueños, por invenciones mías, ¿no?

—O por la intuición, como en Oriente.

—O por la intuición, sí. Pero sé que es más riguroso el otro sistema, y trato de razonar, aunque no sé si soy capaz de hacerlo; pero me dicen que soy capaz de soñar, y espero serlo, ¿no? Al fin de todo, yo no soy un pensador, soy un mero cuentista, un mero poeta. Bueno, me resigno a ese destino, que ciertamente no tiene por qué ser inferior a otro.

—Pero usted advierte que en lugar de la mística y la poesía como tradición, se ha optado por la razón y el método.

—Sí, pero, sin embargo nos rigen la mística y la poesía.

—Ah, claro.

—Eso desde luego, y nos rigen inconscientemente, pero nos rigen.

—Pero, es curioso, porque filósofos occidentales, como Wittgenstein, por ejemplo, terminan hablando de las posibilidades de lo místico o de lo divino, después de todo el circuito cumplido por la razón a lo largo de siglos.

—Y, posiblemente si se practica exclusivamente la razón, uno llegue a ser escéptico de ella, ¿no?, ya que toda persona llega a ser escéptica de lo que conoce. Los poetas respecto del lenguaje, por ejemplo, son fácilmente escépticos del lenguaje, precisamente porque lo manejan y porque conocen sus límites. Creo que Goethe dijo: «A mí, que me ha tocado la peor materia», que era el idioma alemán —cosa que creo que es un error de él— pero, en fin, él, que tenía que lidiar con el alemán, sabía sus límites. Bueno, y si no es inmodesto decirlo… yo, en fin, mi destino es la lengua castellana y por eso soy muy sensible a sus obstáculos y a sus torpezas; precisamente porque tengo que manejarla. En cambio, en el caso de otros idiomas, los recibo, simplemente. Pero los recibo con gratitud, yo trato de recibir con gratitud todas las cosas, y no advierto sus defectos. Pero, posiblemente, si mi destino hubiera sido otro idioma, yo me daría cuenta, bueno, de las deficiencias o de las incapacidades de ese idioma.

—Es curioso: usted habla últimamente cada vez más de la aceptación y la gratitud.

—… Es que yo creo, como Chesterton, que uno debería agradecer todo. Chesterton dijo que el hecho, bueno, de estar sobre la Tierra, de estar de pie sobre la Tierra, de ver el cielo, bueno, de haber estado enamorado, son como dones que uno no puede cesar de agradecer. Y yo trato de sentir eso, y he tratado de sentir, por ejemplo, que mi ceguera no es sólo una desventura, aunque ciertamente lo es, sino que también me permite, bueno, me da más tiempo para la soledad, para el pensamiento, para la invención de fábulas, para la fabricación de poesías. Es decir, que todo eso es un bien, ¿no? Recuerdo aquello de aquel griego, Demócrito, que se arrancó los ojos en un jardín para que no le estorbara la contemplación del mundo externo. Bueno, en un poema yo dije: «El tiempo ha sido mi Demócrito». Es verdad, yo ahora estoy ciego, pero quizás el estar ciego no sea solamente una tristeza. Aunque me basta pensar en los libros, que están tan cerca y que están tan lejos de mí, para, bueno, para querer ver. Y hasta llego a pensar que si yo recobrara mi vista, yo no saldría de esta casa y me pondría a leer todos los libros que tengo aquí, y que apenas conozco, aunque los conozco por la memoria, que modifica las cosas.

—En un diálogo que tuvimos recientemente, yo le dije que últimamente usted se alejaba de Platón, pero ahora veo que está más cerca que nunca del Platón místico que mencioné antes.

—Y quizás alejarse de Platón sea peligroso. Y de Aristóteles también, ¿no?, ¿por qué no aceptar a los dos?; son dos bienhechores.

—Quizá la mejor posibilidad esté en la síntesis de ambos.


















Título original: En diálogo
Jorge Luis Borges & Osvaldo Ferrari, 1985
Prefacio: Jaime Labastida
Prólogos: Jorge Luis Borges & Osvaldo Ferrari


Foto: Borges en Hotel del Parque. Ciudad de México, ca. 1973
© Rogelio Cuéllar







Read more...

A 33 años de la muerte de Jorge Luis Borges: La prueba

14 de junio de 2019





Del otro lado de la puerta un hombre
deja caer su corrupción. En vano
elevará esta noche su plegaria
a su curioso Dios que es tres, dos, uno,
y se dirá que es inmortal. Ahora
oye la profecía de su muerte
y sabe que es un animal sentado.
Eres, hermano, ese hombre. Agradezcamos
los vermes y el olvido.









La cifra (1981)
Foto: Borges en Hotel del Parque. Ciudad de México, ca. 1973
© Rogelio Cuéllar




Read more...

Héctor Bianciotti: La muerte de Borges




Cuando fui a verlo en el mes de abril, Borges estaba en el hospital cantonal, en cama, y sin embargo, al oírlo, cualquiera hubiera dicho que se hallaba en uno de los cafés de Saint-Germain-des-Prés que tanto le gustaba frecuentar. Si su sapiencia siempre me había impresionado, la tarde en que fui a verlo al hospital permanece como ejemplar en mi memoria, por su sencillez, por esa lección que parecía venir de los antiguos, del fondo de los siglos. Yo pensaba como él, aceptaba que nadie escapa a las leyes y a las pautas que rigen este mundo, que nuestro destino es luchar como si el mundo fuese un proyecto y nosotros sus obreros.

Si tuviera que describir brevemente la sapiencia que emanaba de él durante esas horas pasadas en su compañía, diría que consistía, ese día, en su capacidad de ignorar la enfermedad, de no aludir a ella, de vivir con dulzura, llenando su tiempo, que se había vuelto tan lento, con lo que todavía le quedaba por empezar, o por terminar; el porvenir ya no le concernía, no invadía el presente, donde ayer es todavía y mañana, ya.

Se parecía en eso a lo que tardíamente pude constatar en mi madre: ni añoranza del pasado, ni esperanza o miedo hacia el porvenir, sino una humilde atención al instante. Y la costumbre de imponerse una conducta que no suscitara la preocupación en el testigo, o su compasión: cada compromiso, como si fuese el primero y el único.

Borges trabajaba en un guión sobre Venecia, que le habían encargado, y en el prefacio a la edición de su obra en la Pléiade, que terminaría un mes más tarde, tres semanas antes de su muerte. Recitaba poemas, entre ellos una pieza de Cocteau, para comentarme que el poeta había logrado encontrar una palabra que rimaba con "sífilis", volviendo así aceptable esa palabra que la poesía no ha previsto. Nos hizo reír cuando le trajeron la cena, tres purés cuyos colores nos pidió que le describiéramos, comparándolos con la insipidez común a los tres. E imaginó un paté de conejo en su propia piel, o un fénix cocinado en su propia ceniza.

Ignoro si estos fragmentos de recuerdos, estas migajas, pueden sugerir lo que fue ese rato. A Borges le gustaba reír, aunque a menudo no reía de manera evidente, hasta cuando su risa, siempre dispuesta, ya se había extinguido para decir algo que la provocaba a su vez en el interlocutor.

Estas imágenes, como en el caso de Guibert, me parecen preciosas si no se pierden de vista las circunstancias, la muerte, que él sabía inminente. ¿Se preparaba para entrar en la muerte como se entra, conforme lo deseaba, en una fiesta, o quería permanecer fiel a uno de sus últimos poemas, en memoria del amigo ginebrino que acababa de morir?

María lo incitó a levantarse, era necesario que caminase, que se paseara. Mientras cruzábamos el umbral de la habitación y entrábamos en el vasto, interminable corredor, salió tomándonos del brazo, declamando, con esa voz que le ahuecaba el pecho, buscando la férrea música del idioma sajón, el pasaje de la "Balada de Maldon" en el que un joven soldado que ha ido a cazar, al oír de repente el llamado de su jefe, deja que el bienamado halcón vuele de su mano hacia el bosque, y él entra en la batalla.

Nos sentamos en el fondo del corredor, en la rotonda, bajo la claraboya que a esa hora de la tarde irradiaba una feroz luminosidad química. Borges advirtió su intensidad: "Ahora ya no veo más que ese horrible color violeta". Largo tiempo le había sido fiel el amarillo; al comienzo de la ceguera, distinguía el verde del azul.

Temeroso siempre de expresarme con imprecisión delante de él, de proferir trivialidades —que él cazaba al vuelo, no sin agregar, según su costumbre, esa interrogación monosilábica de cortesía, al final de una frase: "¿No?"— debí de preguntarle algo sobre las literaturas antiguas que él amaba. Sin responder a mi pregunta, empezó a recitar, escandiendo párrafos rimados en los que creí reconocer sonidos ingleses. "Es horrible, ¿no?" Se trataba de la traducción de la Odisea perpetrada por el prerrafaelista William Morris, que pretendía extirpar del inglés todas las palabras de origen latino.

Sólo por el placer de oírlo repetir una de las frases de él que prefiero, le pregunté por qué había aprendido de memoria algo horrible. "La fealdad es tan memorable como la belleza", contestó, con un tono casi alegre.

* * *

Cuando llegamos a la callejuela sin nombre y nos detuvimos frente a la puerta sin número, comprendí por qué María había tomado la precaución de citarme en el hotel. Quince días antes, Marguerite Yourcenar había viajado a Ginebra para visitar a Borges. En espera de que la compañía de teléfonos instalara uno en su nueva pero última morada, él todavía estaba en el hotel. Le había hablado a Marguerite del departamento, pidiéndole que fuera a verlo y luego se lo describiera minuciosamente. Él guardaba la llave, la tenía en el bolsillo de la bata. Exactamente un año más tarde, en el mes de junio, Marguerite Yourcenar me contará eso, en el transcurso de la única verdadera entrevista que tendremos —y no olvidó añadir que omitió mencionar el vasto espejo que, al abrir la puerta, se alzaba frente al visitante y se prolongaba a derecha e izquierda creando un pasillo: ¿cómo se hubiera atrevido ella a aludir a ese mundo de reflejos inciertos, cuando tantas páginas del poeta hablan del horror que desde la infancia ese mundo le provocaba?

* * *

Una sucesión de habitaciones vacías pero lujosas, a juzgar por los revestimientos de roble. El silencio que parecía reinar en el departamento súbitamente se rompió al abrir la puerta: lamentos que parecían vagidos. En su cama —tan angosta como la que usaba en Buenos Aires, la de toda su vida—, sin duda Borges tenía una pesadilla. Pero María le tomó la mano: "Borges, ya estamos aquí", y de inmediato cesó su desolada queja, los rasgos distendidos, los labios entre la sonrisa y la palabra. No volvería a mostrar señales de angustia, apenas de una ansiedad intermitente, un temblor brusco y ligero, como cuando soñamos. Nosotros permanecimos atentos al menor signo, al mínimo gesto. "Nosotros" éramos María, uno de los dos médicos que lo habían atendido en el hospital cantonal, la enfermera de día —su lectora en francés—, yo y, más tarde, la enfermera alemana. El médico, sentado al borde del lecho, la mano sobre la rodilla de Borges. Sin duda, uno muere menos solo cuando una mano tranquila y que reconocemos nos toca.

Sobre la mesita baja, junto a la cama, dos libros: una selección de cartas de Voltaire y los Fragmentos de Novalis, que le leía la enfermera de noche, la alemana. Al pie de la cama, que tocaba a la pared, una estrecha ventana contrastaba con el revestimiento de madera, reciente, cuidado. Era el 13 de junio. Hacía calor. El sol se ponía tarde. Un haz de rayos de sol se derramó sobre el lecho, iluminando el hueco en que éste se encastraba, y luego a nuestro pequeño grupo. Borges sacudió el índice sin mover la mano, como quien espanta una mosca. La sábana blanca resplandeció largo rato, pero el tiempo se llevaba consigo la luz, como quien retira un velo. Borges tenía la chaqueta del pijama, que era de color gris perla, desabrochada hasta el tercer botón. Su cuello, alisado por la posición de la cabeza, echada hacia atrás, era ancho y hasta poderoso. En esta residencia de la ciudad vieja, donde él quería que tuviera lugar la cita con la muerte, el destino le había reservado un lugar tranquilo donde retirarse cuya pequeña ventana debía de crear un vínculo con las casas de antaño, allá lejos —un vínculo para que él muriese un poco en su casa, donde la mecedora de su madre se había inmovilizado muchos años atrás—. Puesto que no podía morir en esa Buenos Aires que, a su entender, ya no existía, quería que el gran encuentro ocurriese allí, en el barrio ginebrino donde él había despertado a la ciencia vagabunda de la literatura.

Sus médicos, que se habían convertido en sus amigos, hablaban de su alegría cuando se encontró por fin en la casa que había elegido. Había pasado el día exultante, con una euforia por momentos convulsiva, y repentinamente se alejaba, inmerso en una suerte de beatitud. ¿Había abandonado ya el universo de las palabras, donde todo ocurría para él? Estaba tranquilo, la gravedad y la dulzura pintadas en el rostro, una mano sobre el pecho, abismado en sí mismo, sustraído al tiempo —¿cara a cara con esos espacios infinitos que aterraban a Pascal?

Hay en la espera de la muerte un no sé qué de fin del mundo. Próximo a la fuente de las lágrimas, el testigo tropieza con sus propios límites, y llega a tener la sensación de hallarse en el lugar del moribundo.

En otro cantón de la Confederación, Joyce. La balsa de la noche avanzaba. Llegábamos al centro de la noche, la noche que respiraba a grandes bocanadas.

Siglos habían transcurrido cuando una luz grisácea tiñó la pequeña ventana. Una luz opaca, glauca, que viraba al amarillo. Y el sol. Adormecido en la sustancia de la muerte, el espíritu resucitaba entre la vigilia y el sueño. De pronto, un rayo de luz atravesó el vidrio, disipando un poco la penumbra. Y vi el pie de Borges que, fuera de la sábana, apuntaba con el dedo gordo hacia el techo. Ese pie que, como a él le gustaba decir, había "fatigado las calles". La desnudez del pie, tan íntima, que evocaba las palabras del poeta: "De sus pies sube entonces en él la muerte azul". De cuando en cuando, Sócrates, glorioso u oscuro, vuelve a morir sobre la Tierra. Cuántas veces habremos oído a Borges recordar que Sócrates no quiso prodigar adioses patéticos a sus amigos, a la hora de la cicuta, sino conversar con ellos tranquilamente, seguir pensando. ¿No había comentado, en el umbral mismo de la muerte, que el placer y el dolor son inseparables, puesto que si las cadenas le pesaban en la prisión, acarreando una forma de dolor, una vez que se las quitaron experimentó un feliz alivio?

También Borges, en su cama del hospital, no había hablado sino de literatura, toda una tarde. La enfermera empezó a friccionarle el pie —el pie que se ponía azul; la sangre carecía de impulso para subir hasta el corazón. Yo había convencido a María de que descansara un rato. Ahora era necesario llamarla. No tuve tiempo de dar un paso: María estaba en el vano de la puerta.

Se sentó a la cabecera de Borges, su mano en las suyas. Moví mi silla un poco hacia atrás. Yo no había advertido movimiento alguno, y sin embargo la cabeza de Borges se inclinaba ahora hacia ella.

Entre las cosas que nos ocurren, algunas son demasiado grandes para ser tan sólo un acontecimiento. El suelo de la realidad no las soporta, el espíritu las rechaza.

Borges murió muy lentamente y en silencio, como un reloj de arena que se vacía.

Era el 14 de junio, un sábado. Mi reloj marcaba las siete y cuarenta y siete.

Nunca le confesé que escribía. Está bien así.








Extracto de Héctor Bianciotti, Como la huella del pájaro en el aire 
Madrid, 2001
Publicado antes en Ignoria (2007) y en Borges todo el año (2014)

desde fuente


Read more...

Jorge Luis Borges: El Squonk

12 de junio de 2019





(Lacrima corpus dissolvens)

«La zona del Squonk es muy limitada. Fuera de Pennsylvania pocas personas han oído hablar de él, aunque se dice que es bastante común en los cicutales de aquel Estado. El Squonk es muy hosco y generalmente viaja a la hora del crepúsculo. La piel, que está cubierta de verrugas y lunares, no le calza bien; los mejores jueces declaran que es el más desdichado de todos los animales. Rastrearlo es fácil, porque llora continuamente y deja una huella de lágrimas. Cuando lo acorralan y no puede huir o cuando lo sorprenden y lo asustan, se disuelve en lágrimas. Los cazadores de Squonks tienen más éxito en las noches de frío y de luna, cuando las lágrimas caen despacio y al animal no le gusta moverse; su llanto se oye bajo las ramas de los oscuros arbustos de cicuta.

»El señor J. P. Wentling, antes de Pennsylvania y ahora establecido en St. Anthony Park, Minnesota, tuvo una triste experiencia con un Squonk cerca de Monte Alto. Había remedado el llanto del Squonk y lo había inducido a meterse en una bolsa, que llevaba a su casa, cuando de pronto el peso se aligeró y el llanto cesó. Wentling abrió la bolsa; sólo quedaban lágrimas y burbujas.»


William T. Cox.
Fearsome Creatures of the Lumberwoods
Washington, 1910








En Jorge Luis Borges y Margarita Guerrero
En Manual de Zoología Fantástica (1957)
Luego, en El Libro de los Seres Imaginarios (1967)

Incluido en Obras Completas en Colaboración 
© María Kodama, 1995
© Emecé Editores 1979, 1991, 1997 y ss.

Imagen: Jorge Luis Borges en Hotel del Parque 
Ciudad de Mexico, ca.1973 
Foto: © Rogelio Cuéllar






Read more...

Amos Oz: Judas (fragmento)

6 de junio de 2019


A Deborah Owen


El traidor corre por el borde del campo. 
No el vivo sino el muerto le lanza la piedra.
Natan Alterman, «El traidor», de Alegría de los pobres


1


Ésta es una historia del invierno de finales del año cincuenta y nueve y principios del sesenta. En esta historia hay error y pasión, hay amor no correspondido y cierta cuestión religiosa que queda aquí sin resolver. En algunos edificios aún se aprecian las señales de la guerra que dividió la ciudad hace diez años. De fondo, puede oírse al atardecer una lejana melodía de acordeón o los nostálgicos sonidos de una armónica detrás de una contraventana cerrada. 

En muchas casas de Jerusalem pueden verse en la pared del salón los remolinos de estrellas o la ebullición de cipreses de Van Gogh, esteras de paja extendidas aún en las pequeñas habitaciones, y Los días de Ziklag * o Doctor Zhivago abierto bocabajo sobre un sofá cama de espuma cubierto por una tela de estilo oriental y un montón de cojines bordados. Una estufa de queroseno con una llama azul permanece encendida toda la tarde. De la carcasa de un proyectil, en una esquina de la habitación, brota una especie de ramo de cardos decorativo. 

A principios de diciembre, Shmuel Ash dejó sus estudios en la universidad y se dispuso a marcharse de Jerusalem debido a un fracaso amoroso, a un trabajo de investigación estancado y, sobre todo, porque la ruina económica de su padre le obligó a buscarse un trabajo. 

Era un chico corpulento, con barba, de unos veinticinco años, tímido, emotivo, socialista, asmático y con tendencia a entusiasmarse fácilmente y a decepcionarse enseguida. Tenía los hombros fuertes, el cuello corto y grueso, al igual que los dedos: gruesos y cortos como si a cada uno le faltase una falange. De todos los poros de la cara y del cuello de Shmuel Ash salía sin control una barba encrespada que parecía un estropajo de aluminio. Esa barba se le juntaba con el pelo rizado y rebelde de la cabeza y con la maraña de rizos del pecho. De lejos, parecía que siempre, en verano y en invierno, estaba completamente acalorado y empapado de sudor. Pero la sorpresa era mayúscula, porque, de cerca, resultaba que de la piel de Shmuel no emanaba un olor agrio a sudor, sino un delicado aroma a polvos de talco. Las nuevas ideas lo embriagaban al instante, siempre y cuando esas ideas estuviesen recubiertas de ingenio y conllevasen alguna paradoja. Pero también tendía a cansarse enseguida, tal vez por tener el corazón dilatado y también por los efectos nocivos del asma. 

Sus ojos se llenaban fácilmente de lágrimas, y eso le ponía en situaciones muy embarazosas: a los pies de una cerca, una noche de invierno, un gatito maullaba, tal vez había perdido a su madre; el gatito dirigía a Shmuel una mirada desgarradora mientras se refregaba suavemente contra su pierna, y los ojos de Shmuel se enturbiaban al instante. O al final de una película mediocre sobre la soledad y la desesperación en el cine Edison, resultaba que precisamente el personaje más duro de todos era capaz de dar muestras de generosidad, las lágrimas empezaban al instante a hacerle un nudo en la garganta. Si veía a la salida del hospital Shaarei Tzedek a una mujer delgada y a un niño, completamente desconocidos, abrazados y sollozando, de inmediato también él se echaba a llorar. 

En aquellos tiempos era habitual considerar que el llanto era propio de mujeres. Un hombre empapado de lágrimas provocaba recelo, e incluso cierta aversión, más o menos como una mujer con pelos en la barbilla. A Shmuel le avergonzaba mucho esa debilidad suya y hacía grandes esfuerzos por superarla, pero no lo conseguía. En el fondo de su corazón, él mismo se unía al desprecio que provocaba su emotividad y también compartía la idea de que su hombría estaba algo defectuosa, y, por eso, seguramente pasaría por la vida sin pena ni gloria y sin alcanzar ningún objetivo.

Pero ¿qué haces?, se preguntaba a veces con desprecio, en el fondo no haces más que compadecerte. ¿No habrías podido, por ejemplo, meter a ese gato debajo de tu abrigo y llevártelo a tu habitación? ¿Quién te lo impedía? Y la mujer que lloraba con el niño, sencillamente podrías haberte acercado a ellos y preguntarles en qué podías ayudarles. O dejar al niño con un libro y unas galletas en la terraza, mientras la mujer y tú os sentabais juntos sobre la cama de tu habitación para aclarar en voz baja qué le ocurría y qué podías intentar hacer por ella.

Unos días antes de dejarle, Yardena le dijo: «Tú, o eres una especie de perrito inquieto, ruidoso, juguetón y mimoso, hasta cuando estás sentado en una silla corres todo el rato persiguiendo tu cola, o todo lo contrario, te pasas días enteros clavado en tu cama como una manta de invierno sin ventilar».

Por una parte, Yardena se refería con eso al constante cansancio de Shmuel y, por otra, a algo frenético que se apreciaba en su forma de caminar, en la que siempre había una carrera latente. Se zampaba las escaleras con ansia, de dos en dos. Cruzaba calles bulliciosas en diagonal, precipitadamente, distraído, sin mirar a derecha ni a izquierda, como lanzándose al centro mismo de la pelea, con la encrespada cabeza barbuda dirigida hacia delante como un pendenciero, con el tronco echado hacia el frente. Siempre parecía que sus piernas perseguían con todas sus fuerzas al tronco que perseguía a la cabeza, como si las piernas temieran retrasarse y que Shmuel desapareciera a la vuelta de la esquina y las dejase atrás. Se pasaba el día corriendo, jadeando, febril, no porque temiese llegar tarde a una clase o a una reunión política, sino porque a cada momento, mañana o tarde, estaba ansioso por terminar de una vez todo lo que debía hacer, por borrar todo lo que estaba anotado en su lista diaria de tareas. Y regresar por fin al silencio de su habitación. Cada día de su vida le parecía una agotadora carrera de obstáculos en el camino circular desde el sueño del que era arrancado por la mañana hasta volver a estar bajo la manta de invierno.

Le gustaba mucho dar discursos ante quien fuese, sobre todo ante sus compañeros del círculo para la renovación socialista: le gustaba aclarar, sentenciar, refutar, contradecir, innovar. Hablaba largo y tendido, con placer, con vehemencia y con visión. Pero cuando le respondían, cuando llegaba su turno de escuchar las ideas de los demás, Shmuel enseguida se impacientaba, se distraía y se cansaba tanto que hasta se le cerraban los ojos y la desgreñada cabeza caía hacia la alfombra del pecho.

También ante Yardena le gustaba dar todo tipo de discursos impetuosos, eliminar prejuicios y rechazar convencionalismos, sacar conclusiones de hipótesis e hipótesis de conclusiones. Pero, cuando ella le hablaba, normalmente se le cerraban los párpados al cabo de dos o tres minutos. Ella lo acusaba de que no le prestaba ninguna atención, él lo negaba, ella le pedía que repitiese lo que acababa de decir, y él cambiaba de tema y hablaba con ella del error de Ben Gurión. Era bueno, generoso, estaba lleno de bondad y era suave como un guante, buscaba la forma de ser siempre útil a los demás, pero también era impaciente y distraído: olvidaba dónde había dejado exactamente uno de los calcetines, qué quería de él el dueño de la casa o a quién le había prestado el cuaderno donde anotaba sus discursos. Sin embargo, jamás se equivocaba cuando se ponía en pie para citar con absoluta precisión lo que había dicho Koprotkin sobre Nechayev tras su primer encuentro y lo que había dicho de él dos años después. O cuál de los discípulos de Jesús hablaba menos que el resto.

Aunque le gustaba su espíritu nervioso, su indefensión y lo que ella calificaba como un carácter de perro amigable, bullicioso e impetuoso, un perro grande siempre pegado a ti, que se refriega y te pringa las piernas de babas, Yardena decidió separarse de él y aceptar la proposición de matrimonio de su anterior novio, un hidrólogo diligente y taciturno llamado Nesher Shereshevski, un experto en recogida de aguas pluviales que casi siempre solía adivinar cuál iba a ser el siguiente deseo de Yardena. Nesher Shereshevski le compró un bonito pañuelo para el cuello por el día de su cumpleaños, según la fecha del calendario gregoriano, y después le compró también una alfombra oriental verdosa según la fecha del calendario hebreo, dos días después. Recordaba hasta los cumpleaños de los padres de Yardena.


2

Unas tres semanas antes de la boda de Yardena, Shmuel dejó de manera definitiva su trabajo de fin de máster «Jesús a ojos de los judíos», un trabajo que había comenzado con enorme entusiasmo, totalmente electrificado por la potencia de la audaz intuición que brilló en su cerebro cuando eligió el tema. Sin embargo, cuando empezó a analizar los detalles y a rastrear las fuentes, enseguida descubrió que en su brillante idea no había nada nuevo, que ya se había publicado antes de que él naciera, a comienzos de los años treinta, en una nota a pie de página de un pequeño artículo escrito por su gran maestro, el profesor Gustav Yom-Tov Eisenschloss.

También en el círculo para la renovación socialista estalló la crisis: el grupo se reunía todos los miércoles a las ocho de la tarde en un renegrido café de techo bajo situado en una de las callejuelas traseras del barrio de Yegia Kapaim. Artesanos, fontaneros, electricistas, pintores y tipógrafos se reunían allí de vez en cuando para jugar al backgammon y, por eso, aquel café les parecía a los miembros del grupo un lugar más o menos proletario. Es cierto que los albañiles y los que arreglaban radios no se acercaban a la mesa de los miembros del grupo, pero, a veces, alguno de ellos preguntaba algo o hacía algún comentario a dos mesas de distancia, o al revés, a veces alguno de los miembros del grupo se levantaba y se acercaba sin miedo a la mesa de los jugadores de backgammon para pedir fuego a la clase obrera.

Después de continuas objeciones, casi todos los miembros del círculo coincidieron con lo manifestado en la vigésima sesión de la Asamblea del Partido Comunista Soviético respecto al régimen de terror de Stalin, pero entre ellos había un grupo muy obstinado que exigió a los demás que reexaminaran no solo su adhesión a Stalin, sino también su actitud hacia los propios fundamentos de la dictadura del proletariado tal y como Lenin la había concebido. Dos de los miembros del círculo fueron aún más lejos y utilizaron las ideas del joven Marx para cuestionar la doctrina acorazada del Marx adulto. Cuando Shmuel Ash intentó detener el desgaste, cuatro de los seis miembros del grupo anunciaron una escisión y la formación de una célula independiente. Entre los cuatro disidentes estaban las dos chicas del grupo, sin las cuales aquello no tenía sentido.

Ese mismo mes, después de varios años luchando en distintas instancias judiciales contra su viejo socio en una pequeña empresa de Haifa (Gaviota S. L., Cartografía y Fotografía Aérea), el padre de Shmuel perdió la apelación. Los padres de Shmuel se vieron obligados a dejar de entregarle la asignación mensual con la que se mantenía desde que había empezado la carrera. Por tanto, bajó al patio, buscó detrás del cuarto de los cubos de basura tres o cuatro cajas de cartón usadas, las subió a su habitación alquilada en el barrio de Tel Arza y cada día, sin orden ni concierto, fue metiendo en ellas parte de sus libros, de su ropa y demás pertenencias. Aunque aún no tenía ni la menor idea de adónde podía ir.

Shmuel, un oso aturdido al que habían sacado de su hibernación, se pasó varios días deambulando por las calles lluviosas hasta bien entrada la noche. Caminando pesadamente casi a la carrera, surcaba las calles del centro de la ciudad, que estaban casi vacías debido al frío y al viento. A veces, tras caer la noche, se quedaba plantado bajo la lluvia en una callejuela del barrio de Nahalat Shivá, mirando embobado el portón de hierro del edificio en el que ya no vivía Yardena. Con frecuencia, sus pasos le llevaban a perderse por alejados barrios invernales que no conocía, por Nahlaot, Bet Israel, Ahva o Musrara, pisando charcos, sorteando cubos de basura tirados por el viento. Dos o tres veces, con la desgreñada cabeza dirigida hacia delante como si fuese a embestir, estuvo a punto de estamparse contra el muro de hormigón que separaba la Jerusalem israelí de la Jerusalem jordana.

Distraídamente, se paraba a leer los letreros abombados que le advertían desde las bobinas de alambre de espino oxidadas: ¡Alto! ¡Frontera! ¡Atención, minas! ¡Peligro, tierra de nadie! Y también: ¡Queda advertido, está a punto de atravesar un área expuesta a francotiradores enemigos! Shmuel dudaba entre esos letreros como si tuviese delante un menú variado del que debía elegir lo más apetecible. 

Se pasaba casi todas las tardes así, deambulando hasta bien entrada la noche, calado hasta los huesos por la lluvia, con la barba de salvaje chorreando, temblando de frío y desesperado, hasta que al fin llegaba arrastrándose de cansancio otra vez a su cama y se acurrucaba allí hasta la tarde siguiente: se cansaba con facilidad, tal vez por culpa de su corazón dilatado. Volvía a levantarse pesadamente al atardecer, se ponía la ropa y el abrigo, que aún no se habían secado desde el vagabundeo del día anterior, y sus pasos insistían en llevarlo hasta las afueras de la ciudad, hasta Talpiot, hasta Arnona. Sólo cuando se topaba con la barrera del portón del kibutz Ramat Rahel y el receloso vigilante lo iluminaba con una linterna de bolsillo, reaccionaba, daba media vuelta y retornaba a casa con pasos nerviosos, apresurados, que parecían una carrera a la fuga. De regreso, se comía rápidamente dos rebanadas de pan con requesón, extendía la ropa mojada, volvía a escarbar y a cavar en la manta y durante un buen rato intentaba en vano entrar en calor. Se quedaba adormilado y al final dormía hasta la tarde siguiente. 

Una vez soñó con un encuentro con Stalin. El encuentro acontecía en la habitación trasera del renegrido café del círculo para la renovación socialista. Stalin ordenaba al profesor Gustav Eisenschloss que librase al padre de Shmuel de sus apuros económicos, mientras que Shmuel, por alguna razón, desde el lejano puesto de observación sobre la azotea del monasterio de La Dormición, ubicado en lo alto del monte Sion, le mostraba a Stalin la esquina del Muro de las Lamentaciones, que había quedado aprisionado al otro lado de la frontera, en territorio de la Jerusalem jordana. No fue capaz de ninguna manera de explicarle a Stalin, que se reía bajo su bigote, por qué los judíos habían rechazado a Jesús ni por qué aún seguían obstinados en darle la espalda. Stalin llamó Judas a Shmuel. Al final del sueño, también centelleó por un instante la enjuta figura de Nesher Shereshevski, que le entregaba a Stalin un perrito lloroso dentro de una caja de metal. Por culpa de esos gemidos, Shmuel se despertó con la turbia sensación de que sus enrevesadas explicaciones habían empeorado aún más la situación, ya que habían despertado las burlas y las sospechas de Stalin.

El viento y la lluvia golpearon la ventana de su habitación. Un barreño metálico, que estaba colgado por fuera en las rejas del balcón, empezó a dar unos golpes secos en la balaustrada al amanecer, cuando arreció la tormenta. Dos perros que estaban lejos de su casa, y tal vez también alejados el uno del otro, no pararon de ladrar en toda la noche y, de cuando en cuando, esos ladridos se convertían en un débil gemido.

Por tanto, se le ocurrió alejarse de Jerusalem e intentar encontrar un trabajo sencillo en un lugar remoto, tal vez de vigilante nocturno en las montañas de Ramon, donde, por lo que había oído, se estaba levantando una nueva ciudad de desierto. Pero, entretanto, le llegó la invitación para la boda de Yardena: al parecer ella y Nesher Shereshevski, su obediente hidrólogo, el experto en recogida de aguas pluviales, tenían mucha prisa por contraer matrimonio. No podían esperar ni siquiera a que acabara el invierno. Así pues, Shmuel decidió sorprenderlos, y sorprender también a todos los asistentes, y aceptar la invitación: en contra de todas las convenciones sociales, simplemente aparecería allí de pronto, alegre y bullicioso, derrochando sonrisas y palmadas en el hombro, un invitado inesperado, irrumpiría justo en medio de la ceremonia a la que estaba previsto que asistiese sólo el círculo íntimo de familiares y de amigos más cercanos, y después se uniría encantado a la fiesta posterior, e incluso compartiría la alegría y contribuiría al espectáculo con sus gloriosas imitaciones del acento y de los gestos del profesor Eisenschloss.

Pero la mañana de la boda de Yardena, Shmuel Ash tuvo un fuerte ataque de asma y él mismo se arrastró hasta el ambulatorio, allí intentaron ayudarle con un inhalador y diversas pastillas contra la alergia, pero fue inútil. Cuando empeoró, lo trasladaron al hospital Bikur Holim.

Shmuel pasó en urgencias todo el tiempo que duró la boda de Yardena. Después, durante toda su noche de bodas, no dejó ni por un instante de chupar oxígeno de la mascarilla. Al día siguiente, decidió abandonar sin demora Jerusalem. 







Notas
* Obra del escritor israelí S. Yizhar, publicada en 1958 (N. de la T.)

Traducción del hebreo de Raquel García Lozano
Madrid, Editorial Siruela, 2015





Read more...

Marguerite Yourcenar: El visionario




Yo he visto a un ciervo
atrapado en la nieve.

He visto en el lago
flotar a un ahogado.

He visto en la playa
una concha seca.

He visto en las aguas
pájaros temblando.

A los malditos serviles
he visto en las ciudades.

He visto en las llanuras
el humo del odio.

He visto en el mar
el sol amargo.

En el cielo he visto
pasar este siglo.

En el espacio he visto
insondables ojos.

He visto en mi alma
la ceniza y la llama.

Un negro dios vencer
en mi corazón he visto.










Traducción Humberto Saldaña Pico
México, UNAM, 2012

Marguerite Yourcenar, Material de Lectura,
Serie Poesía Moderna, núm. 156 de la
Coordinación de Difusión Cultural de la UNAM.
Cuidado de la edición: Ana Cecilia Lazcano y Teresa Solís

Foto: Marguerite Yourcenar, Paris, 1987 
© Édouard Boubat





Read more...

Jorge Luis Borges-Osvaldo Ferrari: El eterno viajero ("En diálogo", I, 3)

4 de junio de 2019




Osvaldo Ferrari: Me gustaría que usted me explicara, Borges, y creo que lo mismo les ocurre a nuestros oyentes, ante este segundo viaje suyo al Japón, que incluye además, a Italia y Grecia, qué es lo que determina esa excelente predisposición suya a los viajes, que, por lo demás, parece haber crecido en los últimos años.

Jorge Luis Borges: Una razón sería la ceguera, el hecho de sentir los países aunque no los vea. Y, además, si me quedo en Buenos Aires, bueno, mi vida es... pobre, debo estar continuamente fabulando, dictando. En cambio, si viajo estoy recibiendo nuevas impresiones, y todo eso, a la larga, se convierte en literatura —lo cual no sé si es una ventaja—; en fin, pero yo trato de seguir... aceptando y agradeciendo las cosas. Creo que si yo fuera realmente un poeta —evidentemente, no lo soy—, sentiría cada instante de la vida como poético. Es decir, es un error suponer que hay, por ejemplo, temas poéticos o momentos poéticos: todos los temas pueden serlo. Ya lo demostró Walt Whitman eso, y Gómez de la Serna a su modo también; el hecho de ver lo cotidiano como poético. Hay una frase que dice... sí: "reality stranger than fiction": la realidad es más rara que la ficción, Y Chesterton lo comenta aguda y justamente, yo creo; él dice: "porque la ficción la hacemos nosotros, en cambio la realidad es mucho más rara porque la hace otro, el Otro: Dios". De modo que tiene que ser más rara la realidad. Y ahora que digo aquello de otro, recuerdo que en la primera parte de La Divina Comedia... claro, la primera parte es el "Infierno", ahí no está permitido el nombre de Dios, y entonces lo llaman el Otro. "Como quiso el Otro", dice Ulises, por ejemplo, porque el nombre de Dios no puede ser pronunciado en el Infierno. Y entonces Dante inventó ese hermoso sinónimo: el Otro. Que es terrible además, ¿no?, porque significa, bueno, que uno está muy lejos del otro, que uno no es el Otro. Por eso, en La Divina Comedia el nombre de Dios ocurre, bueno, ya ha podido ocurrir en el Purgatorio, porque ahí están en el fuego que los... purifica, y en el Cielo, desde luego, pero en el Infierno no —se dice Otro— y suele imprimirse con una "o" mayúscula para que no haya ninguna duda.

—Cierto, ahora, volviendo a este viaje en particular, qué finalidades, o qué buenos pretextos tiene para realizarse.

—Bueno... uno de los buenos pretextos es ese generoso, inmerecido doctorado honoris causa que recibiré en la Universidad de Palermo, en Sicilia. Es decir, voy a conocer el sur de Italia. Yo conozco el admirable norte, conozco Roma... claro que puedo decir, como todos los occidentales, "civis romanus sum”: soy un ciudadano romano. Ya que todos lo somos; hemos nacido en el destierro, un poco a trasmano. Pero ahora conoceré el sur, la Magna Grecia. Puede decirse que el Occidente comenzó a pensar en la Magna Grecia. Es decir, parte en Asia Menor, y en el sur de Italia. Qué raro que la filosofía empezara, digamos, en los arrabales de Grecia, ¿no? Bueno, ahí empezaron a pensar los hombres, y hemos tratado de seguir pensando después. En fin, esa excelente costumbre empezó en la Magna Grecia. Y luego, bueno, el sur de Italia significa otros grandes nombres. Significa Vico, por ejemplo, tan citado por Joyce por su teoría de los ciclos de la historia. Y quizá, quien ha escrito mejor sobre estética: Croce, del sur de Italia también. Y el Marino, además, el máximo poeta barroco; que fue maestro de Góngora. Bueno, en fin, hay tantos recuerdos del sur de Italia. Pero yo querría conocer el sur de Italia, y eso me falta hasta ahora, como tantas otras cosas, ya que si uno considera, no diré lo vasto del universo, pero sí lo vasto del planeta, lo que un hombre puede ver es muy poco. Yo he pensado a veces, cuando la gente me dice que he leído mucho, que no. Si uno se imagina, bueno, todas las bibliotecas del mundo o una sola biblioteca; digamos... la Biblioteca Nacional de la calle México. ¿Y qué ha leído uno?, unas páginas. De lo escrito, uno ha leído unas páginas nada más, y del mundo, uno ha visto unas cuantas visiones. Pero, cabría pensar que en ésas están las otras, es decir, que platónicamente uno ha visto todas las cosas, y que ha leído todos los libros. Aun los libros escritos en idiomas desconocidos. Por eso se dice que todos los libros son un solo libro. Yo he pensado, tantas veces, que los temas de la literatura, bueno, son escasos, y que cada generación busca ligeras variantes, cada generación reescribe en el dialecto de su época, lo que ha sido escrito ya. Y que hay pequeñas diferencias, pero esas pequeñas diferencias son muy, muy importantes, como es natural, por lo menos para nosotros. Bueno, yo vaya recibir ese muy honroso doctorado en Palermo, en Italia, y después otro no menos honroso pero más raro por una reciente universidad griega: la Universidad de Creta. Yo conozco Creta ya, pero jamás pensé recibir un doctorado cretense, lo cual me acerca de algún modo... bueno, no preciso que me acerque, y... al laberinto (ríe). Además, creo que Doménico Theotocopulos, el Greco, era cretense también, ¿no?
Bueno, y luego tengo que asistir a un congreso en el Japón, y en junio creo que vaya recibir un doctorado... desde luego de una de las más antiguas universidades del mundo, una de las más famosas: la Universidad de Cambridge. y ya soy doctor honoris causa de Oxford, la otra universidad rival. De modo que voy a ser doctorado en esas dos famosas universidades.
Si recordamos, veremos que en Europa las primeras universidades fueron las italianas. La primera la de Bolonia, creo, después vinieron las de Inglaterra, después las de Francia, y creo que, en último término, las de Alemania, Heidelberg.

—Ahora, en Italia parecen estar particularmente compenetrados con su obra, desde hace tiempo.

—Y... sí, aunque eso de que les guste mucho podría indicar que no la han leído (ríe), pero yo creo que a pesar de haberla leído me aprecian, ¿no?, lo cual no deja de asombrarme un poco. Sí, Italia ha sido muy generosa conmigo. Bueno, el mundo ha sido muy generoso conmigo. Yo no creo tener enemigos personales, por ejemplo, y además, quizá cuando uno llega a los ochenta y cuatro años, uno ya es, de algún modo, póstumo y puede ser querido sin mayor riesgo, ¿no?, sin mayor incomodidad, posiblemente sea una de las formas de la vejez.

—Los japoneses también parecen sentir cierta curiosa predilección por expresiones típicas de nuestro país, como la música, por ejemplo.

—Sí, por el tango. Cuando yo les dije que el tango era casi olvidado en Buenos Aires, que se oía mucho más rock, se sintieron un poco escandalizados, aunque les gusta el rock también, desde luego. La mente japonesa es muy hospitalaria, usted ve cómo ellos, sin renunciar a su cultura oriental, ejercen admirablemente la cultura occidental. Y creo que, por ejemplo, en Estados Unidos, en Inglaterra, en Alemania, están alarmados por los progresos de la industria del Japón. Todo lo hacen mejor, y además con un sentido estético. Por ejemplo, un grabador japonés, un telescopio japonés, una afeitadora japonesa, bueno, son más livianos y más elegantes, para no decir nada de las máquinas fotográficas y de los coches también. Y las computadoras también parece que las hacen mejor.

—Pero también hay otros rubros. Por ejemplo, Adolfo Bioy Casares me regaló un libro japonés, una hermosa edición. Se trata de los Cuentos breves y extraordinarios escritos por usted y él en el sesenta y siete, que se publicaron en el Japón en el setenta y seis.

—Yo no sabía eso, yo no tenía ninguna noticia. Sí, nosotros compilamos ese libro más o menos para aquella fecha, pero mis fechas son muy vagas. La verdad es que estoy perdiendo la memoria, pero guardo lo mejor, que son, no mis experiencias personales sino los libros que he leído. Mi memoria está llena de versos en muchos idiomas, yo jamás he tratado de aprender un poema de memoria, pero los que me gustaban se han quedado, y ahí están. De modo que yo podría decirle versos en muchos idiomas, sin excluir el inglés antiguo; el anglosajón, por ejemplo.
Y yo creo que muchos versos latinos también, pero no sé si sé escandirlos bien, quizá me equivoque en la cantidad de sílabas, pero, en fin, yo recuerdo más lo que he leído que lo que me ha pasado. Pero claro que una de las cosas más importantes que pueden pasarle a un hombre, es el haber leído tal o cual página que lo ha conmovido, una experiencia muy intensa, no menos intensa que otras. Aunque Montaigne dijo que la lectura es un placer lánguido. Pero yo creo que se equivocaba, en mi caso la lectura no es lánguida, es intensa. Supongo que en el caso de él también, ya que si usted lee los ensayos de Montaigne, las páginas están llenas de citas latinas, a las cuales han tenido que agregarles la traducción ahora, porque el latín, desgraciadamente, es una lengua muerta. En cambio, antes era el idioma común de toda Europa culta. Un bisabuelo mío, el doctor Haslam, bueno, no podía costearse Oxford o Cambridge, entonces fue a la universidad de Heidelberg, en Alemania. Y volvió, al cabo de cinco años, con su título de doctor en Filosofía y Letras, sin una palabra de alemán. Había dado todos los exámenes en latín. Un latín muy británico sin duda, ¿no?, pero suficiente para, bueno, para esos exámenes. Actualmente, no creo que se encuentre a un profesor capaz de tomar esos exámenes; en aquel tiempo, sí. Bueno, un amigo mío, Néstor Ibarra, me dijo que en su casa los obligaban a usar el latín durante el almuerzo y la comida. Toda la conversación tenía que ser en latín, me parece que está bien.

—Eso, en Buenos Aires.

—En Buenos Aires, sí. Y Montaigne, creo que él tenía un tutor alemán que le enseñó, no el alemán —era una lengua bárbara entonces— pero sí el latín y el griego. Se acostumbró al manejo familiar de esos idiomas.

—Ahora, quiero preguntarle: usted sabe que hay escritores que dicen que los viajes les producen una gran distorsión, algo así como un desconcentrarse, como una violenta irrupción en sus vidas y en su escritura, que después les cuesta recomponer.

—A mí no me pasa eso. Yo vuelvo, digamos, enriquecido con mis viajes, no empobrecido, y menos distorsionado.

—Inciden positivamente.

—Usted dirá que soy tan caótico que no puedo desordenarme mucho (ríen ambos). Empiezo siendo un desorden, es decir, un caos. Qué cosa, esa palabra "cosmética" tiene su origen en cosmos. El cosmos es el gran orden del mundo, y la cosmética el pequeño orden que una persona impone a su cara. Es la misma raíz, cosmos: orden.

—Entonces, habría una posibilidad cósmica u ordenada en estos viajes suyos.

—Esperemos que sí, sería muy triste viajar en vano. En todo caso, es tan lindo... sobre todo despertarse. Uno tiene... cuando uno se despierta no sabe muy bien donde está, pero si al despertarse piensa: estoy en Nara, la antigua capital del Japón, muy cerca está la gran imagen del Buda... es muy grato eso, aunque yo no pueda ver la imagen, por razones obvias. Sin embargo, el hecho es el poder decirse esto en un lugar así, bueno, que para uno es un lugar romántico, lleno de sugestiones; bueno, como es el Japón para mí. Yo conozco los dos extremos del Oriente: conozco el Egipto y conozco el Japón, pero querría conocer, y espero poder hacerlo algún día, querría conocer sobre todo la China y la India, y me gustaría conocer Persia también, pero, es más difícil eso... el Irán ahora... pero yo quisiera conocer el mundo entero.

—Pero debe hacerlo. Bueno, vamos a seguir conversando sobre este viaje suyo, aunque por hoy debemos despedirnos, pero seguiremos conversando sobre esto.

—Espero que sí, dentro de una semana conversaremos.














Título original: En diálogo (edición definitiva 1998)
Jorge Luis Borges & Osvaldo Ferrari, 1985
Prefacio: Jaime Labastida
Prólogos: Jorge Luis Borges (1985) & Osvaldo Ferrari (1998)


Foto: 1970. Blind Argentinian writer Jorge Luis Borges after receiving his Doctorate of Letters from Oxford University
(Photo by Keystone/Getty Images)

Read more...

Marguerite Yourcenar: Basho va de camino

19 de mayo de 2019




El día y la noche son los viajeros de la eternidad... Los que pilotan una chalana o llevan todos los días su caballo al campo hasta que sucumben de vejez también viajan continuamente. Muchos hombres de tiempos remotos murieron por los caminos. A mí me ha tentado, a mi vez, el viento que desplaza las nubes, y me ha invadido el deseo de viajar también.


Así hablaba, a finales del siglo , el poeta japonés Basho, que caminaba errante por las provincias del norte calzado con sus endebles sandalias de paja (¡cuántas sandalias usadas y abandonadas a orillas del camino en el transcurso de un viaje así!), tocado con el cono de paja que todavía hoy constituye el sombrero de los monjes errantes y de los peregrinos. Visita, de paso, el templo Chûson y su santuario, todo él de oro, poblado de estatuas del mismo metal, ante las cuales, incluso en nuestra época, los peregrinos abren desorbitadamente los ojos, y sueñan con los esplendores de la Tierra Pura. Las minas de la región habían alimentado los lejanos esplendores de los Fujiwara; agotadas desde hacía siglos, su espejismo aún obsesionaba a Cristóbal Colón, y entre ellas la de Cipango (es decir, Japón) era uno de los objetivos que él creyó primero encontrar en el mar Caribe. Sólo se equivocaba de océano. Los atavíos de gala que el almirante había llevado consigo, en previsión de un hipotético encuentro con el emperador, el Gran Daimyô, como entonces se decía, o el Gran Dairi, no llegaron a utilizarse. Pero esas minas caducas y esos navegantes procedentes de ultramar, de los que él ignora casi todo, no interesan a Basho, quien, tal vez más que cualquier otro hombre, vive en la eternidad del instante.

Y no porque desprecie el pasado: un poeta que se encuentra tan a gusto en lo instantáneo no puede por menos de tener en cuenta esos millones de instantes ya vividos y que siguen presentes mientras subsista un recuerdo o una consecuencia de los mismos. Cerca de Hiraizumi, medita en el lugar donde se refugió el más amado de los jóvenes héroes medievales del Japón, Yoshitsune, perseguido por un hermano ingrato que le debía su acceso al poder, fue traicionado por los hijos de su protector apenas finalizados los ritos fúnebres por la muerte del padre de ambos hermanos. Aquí mismo, delante de su morada asediada por el enemigo, su intrépido escudero, el enorme Benkei, antiguo monje con algo de bandido, murió de pie, traspasado por las flechas, sostenido por su sólida armadura, sin dejar de guardar de manera formidable el umbral para permitirle a su príncipe que llevara a cabo, allá dentro, el rito de su suicidio. Bella historia que ha inspirado a muchos cantores de baladas desde la Edad Media, y el mismo Basho encontrará por el camino al menos a uno de esos cantores ciegos. Pero el poeta no retiene, de ese heroísmo y de esa salvaje fidelidad, sino una esencia: sueña al borde de un prado donde se agitan suavemente los tallos del susuki, esas hierbas altas, flexibles y temblorosas que, de una punta a la otra del Japón, palpitan durante el verano a lo largo de los caminos:

Las hierbas del verano:
Es todo lo que queda
De los sueños de los guerreros muertos.


Este hombre ambulante, que tituló uno de sus ensayos Recuerdos de un esqueleto expuesto a las intemperies, viaja no tanto para instruirse o conmoverse como para sufrir. Sufrir es una facultad japonesa, llevada a veces hasta el masoquismo, pero la emoción y el conocimiento en Basho nacen de esa sumisión al acontecimiento o al incidente. La lluvia, el viento, las largas marchas, las ascensiones por los senderos helados de las montañas, los albergues de paso, como el del fielato en Shitomae, donde comparte una habitación, cuyo suelo es de tierra batida, con un caballo que se pasa orinando toda la noche, y donde lo devoran los piojos hasta la madrugada; o también esa posada donde los murmullos de dos cortesanas y un viejo le impiden dormir, irritado quizá, o tal vez esqueleto preso aún del deseo. Lo que él retiene es que un mismo techo albergó a esas personas tan diversas, entre los mismos matorrales y bajo la misma luna. Le da pena ver cómo se valen de los cormoranes para pescar. ¿Siente pena por los pescados devorados, por los grandes pájaros frustrados a los que fuerzan a vomitar los pescados sangrientos o por nosotros todos? En una cala, los pescadores han dispuesto unos tarros con los que atrapan a los pulpos; encerrados entre las paredes de su cárcel, viven «un corto sueño» antes de ser despedazados para servir de alimento; un caballo arranca una a una, para comerlas, las flores de un arbusto. En Matsushima, ante el gran paisaje de rocas e islotes aún no contaminados en su época, Basho no halla palabras para ir más allá de ellas: compone el tradicional poema de diecisiete sílabas y añade al nombre de la bahía una serie de exclamaciones: «¡Oh, oh! Matsushima, ¡oh, oh!..» El procedimiento no es absurdo para un poeta que ve sobre todo, en los sonidos, la puntuación del silencio. El más ilustre de sus haiku se contenta con evocar el plof de la rana en el estanque, que acrecienta todavía más, al interrumpirla un instante, aquella líquida, aquella muda serenidad.

Como todo viajero que parte para mucho tiempo, Basho arrastra consigo su equipaje: indumentaria de repuesto, más caliente o, por el contrario, más ligera, medicinas, herramientas propias de su oficio (el suyo es ser poeta y, por tanto, también pintor), sin contar esos objetos con los que uno carga porque un amigo nos los ha dado o porque tal vez sirvan para probarnos nuestra identidad. Su equipaje pesa por entero sobre sus flacos hombros. Enumera un abrigo para resguardarse del frío de las noches, pero cuyo peso le hace sudar al sol, un kimono de algodón para el descanso que sigue al baño hirviendo, deleite de su raza, al que no renuncia ni siquiera un asceta, una de esas capas de paja para la lluvia que dan el aspecto, a quien las lleva, de un almiar de arroz en marcha; tinta, pinceles y todo lo necesario para escribir, y finalmente, los regalos recibidos la víspera de la partida, que no se atrevió a rechazar ni tampoco puede abandonar bajo la lluvia. Este hombre en marcha sobre la tierra que gira (¿pero acaso sabe él que lo hace? En suma, poco importa) va también, como todos nosotros, caminando dentro de sí mismo: los datos registrados en el interior de su cerebro, y que van creciendo de día en día, se esfuman o se modifican con impresiones nuevas; las entrañas que se mueven dentro de su vientre como espirales de nebulosas —morirá de mal de entrañas—; la sangre que corre o se estanca dentro de sus venas de hombre ya mayor. Viajes superpuestos unos a otros. La última etapa fue Osaka, donde nada aún hacía prever el futuro de la gran ciudad dura y americanizada de nuestros días. Una disentería de otoño se lo llevó. Se esperaba con cierta avidez el poema tradicional de los últimos momentos, pero Basho había dicho, ya unos años atrás, que todos sus poemas eran poemas de los últimos momentos.

No vemos dos veces el mismo cerezo, ni la misma luna sobre la que se recorta un pino. Todo momento es el último porque es único. Para el viajero, esa percepción se agudiza debido a la ausencia de rutinas engañosamente tranquilizadoras, propias del sedentario, que nos hacen creer que la existencia va a seguir siendo como es por algún tiempo. La noche antes de morir, Basho garabateó unas líneas inacabadas que no eran, para hablar con propiedad, el ritual «último poema»; pero sus discípulos, decepcionados, tuvieron que contentarse con ellas. En dichas líneas se mostraba a sí mismo errando en sueños por una landa otoñal. El viaje continuaba.

La amistad jalona el camino. Fue para cumplir una peregrinación en honor del alma de un joven señor, de quien había sido condiscípulo y amigo, por lo que Basho emprendió el camino por primera vez. Y fue en casa de una amiga, monja y poetisa, donde, en Osaka, terminará su último viaje. Entretanto, nuevas amistades sirven de relevo. Juntos contemplan la luna de verano; se ejercitan componiendo «cadenas» de haiku, ejercicio de moda en una época en que la poesía era a la vez un modo de vida y un juego de sociedad, mientras que ahora ya no es ni una cosa ni otra. Para separarse necesitan hacer un esfuerzo, «como si se arrancaran las dos valvas de un molusco». Es la amistad, y no el amor, lo que inspira la gran poesía de Extremo Oriente. Ese cuerpo con «cien huesos y nueve aberturas», esa alma sentida como un harapo que flota al viento, fraternizan por el camino con otros cuerpos, con otros harapos. Ese «viejo saco de viaje usado» choca con otros sacos viejos al azar de los caminos.


Un amigo japonés me guió por un barrio de las afueras de Kioto relativamente respetado por los promotores, hacia lo que fue una de las últimas etapas del poeta. Su cabaña, en Edo, había sido incendiada estando él aún vivo —los incendios eran un mal endémico en Edo, como lo fueron en Constantinopla—; sus discípulos la reconstruyeron casi en el mismo lugar, pero cabaña y jardín han desaparecido debido al enorme crecimiento del Tokio moderno. En Kioto vimos la casita de un amigo que le dio alojamiento hacia el final de su vida: Rakushisha, «la casa de los kaki caídos en tierra», subsiste, en cambio, gracias a los dones de unos cuantos letrados que se encargan de su mantenimiento.

Caparazón a medio estallar, esa casita nos recuerda al ligero despojo de una cigarra. El mismo Basho la describió en la estación de las lluvias: «El refugio de mi discípulo Kiorai se encuentra entre los bosquecillos de bambúes de Shima Saga, no lejos del monte Arashi y del río Oi. Envuelto en un silencio sigiloso, es un lugar ideal para la meditación. Mi amigo Kiorai es tan indolente que deja crecer las altas hierbas hasta que llegan a tapar sus ventanas, y las ramas cargadas de kaki  hasta que pesan en exceso sobre su tejado. Son numerosos los agujeros en la cubierta de paja, y las lluvias de mayo llenan las esteras de moho hasta el punto de que uno no sabe muy bien dónde acostarse...». El monte Arashi sigue estando allí, y también los hermosos bambúes, más rectos y mas orgullosos en el Japón, según parece, que en cualquier otro lugar. Al lado de la puerta hay colgado de un clavo un gran sombrero redondo de peregrino. En el interior —si es que puede hablarse de interior en un lugar tan abierto a las intemperies, refugio más que morada—, el escaso mobiliario, compuesto de esteras y utensilios, debe de parecerse al que utilizaban el poeta y su amigo. Un brasero incrustado en el suelo, que hoy no contiene más que cenizas, les dio probablemente un poco de su calor avaro. Cuando leemos a Basho, nos sorprende ver cómo las estaciones del año, cuyo ciclo él sigue tan atentamente, son percibidas tanto por los inconvenientes y molestias que aportan como por el éxtasis de los ojos y del espíritu que dispensa su belleza. El verano, la estación cálida y húmeda, viene acompañado por las hordas de mosquitos y la humedad que todo lo pudre; pero es sobre todo al frío del invierno a lo que parece más sensible Basho. Durante las largas marchas, su sombra le acompaña «helada en el suelo». Dentro de una cabaña, donde pasa la noche con la lámpara apagada, da vueltas alrededor del brasero moribundo, reanimando como puede sus miembros ateridos. La naturaleza es amada pese a sus aspectos penosos, o a veces incongruentes, que los poetas de Occidente silenciarían discretamente. Para este japonés, por el contrario, los insectos que le corren por la piel le permiten sentir mejor el verano; si sus manos y sus pies no estuvieran entumecidos, la nieve del invierno no sería más real de lo que puede serlo en una pintura.

En el umbral de la casita de los kaki caídos en el suelo, Basho escucha el desagüe de una rústica pompa, cuyo chorro intermitente se ve acompasado por el ruido seco de dos conductos de bambú unidos uno al otro; los frutos se estrellan contra el suelo, demasiado abundantes para ser recogidos. ¿Estará pensando Basho que la ruta de montaña, la que va desde Kioto a Osaka, es muy empinada, y que sus pasos ya no son tan seguros como antaño? ¿Sería aquí —al recibir dentro de sí avisos de mortalidad— donde compuso este haiku que tal vez sea su más bello poema?

Su muerte próxima
Nada la hace prever
En el canto de la cigarra






En Una vuelta por mi cárcel (I)
Traducción de Emma Calatayud
Título original: Le tour de la prison
© 1991, Editions Gallimard
© De la traducción: Emma Calatayud
© De esta edición:
2009, Santillana Ediciones Generales, S.L.
Fuente digital

Foto sin data vía (Posiblemente de Carlos Freire)





Read more...

Rafael Felipe Oteriño: «Adiós a Szymborska»

7 de mayo de 2019





Murió Szymborska.
Quedaron más solos los gatos, las semillas y las cucharas.

Los traductores se verán en aprietos
para completar su “Poesía no completa”.
No podrán localizar la ironía que escapa por los márgenes
y corre a refugiarse en el silbido de un tren.

Pero también en la letra sucia de los periódicos
y en la borra de los cafés de la ciudad barroca.

Sin metáforas ni metonimias, rimas ni ecos,
porque no hubo tiempo para tallar diamantes,
aunque los diamantes, con su silencio, dijeran toda la verdad.

También los críticos deberán cuidarse
de censurar sus diálogos de feria.
Son escenografías en las que el cosmos se adelgaza
para hablar al oído.

Confesiones de una persona alegre
que pone los platos sobre la mesa y da de comer a los fantasmas.

Tienen años de elaboración y comparaciones traviesas,
nacen de una boca que adoptó el lenguaje de las hormigas
hasta que los gendarmes dejaron de pasar por su puerta.

Así es su poesía:
un juego irónico plagado de sobreentendidos,
en parte puestos en acto, en parte crónica viva.

Vuelo de saetas que fueron dando en el blanco.










En Rafael Felipe Oteriño, Viento extranjero
Buenos Aires, Ediciones del Dock, 2014
Foto Rafael Felipe Oteriño por Camila Toledo. Fuente






Read more...

Elías Canetti: Libertad

6 de mayo de 2019





La palabra libertad sirve para expresar una tensión importante, acaso la más importante. Siempre queremos irnos, y cuando el lugar adonde queremos ir carece de nombre, cuando es impreciso y no vemos en él límite alguno, lo llamamos libertad.

La expresión espacial de esta tensión es el intenso deseo de traspasar un límite, como si éste no existiera. En el vuelo, la libertad se remonta hasta el antiguo sentimiento místico de ascender hacia el sol. La libertad en el tiempo es la superación de la muerte, y nos sentimos contentos cuando logramos aplazarla más y más. La libertad entre las cosas es la disolución de los precios, y el despilfarrador ideal, un hombre muy libre, nada desea tanto como una variación incesante de los precios, no sometida a norma alguna, una variación mudable como el clima, no influenciable y ni siquiera realmente predecible. No hay ninguna libertad «para algo»; la gracia y la dicha de la libertad es la tensión del ser humano que quiere ir más allá de sus propias barreras y, para cumplir este deseo, elige siempre las barreras más perversas. Alguien que quiera asesinar tendrá que enfrentarse a las terribles amenazas que acompañan la prohibición de matar, y si estas amenazas no lo hubieran torturado tanto, seguro que se habría cargado de tensiones más afortunadas. –‍ Pero el origen de la libertad se encuentra en el respirar. Todo el mundo ha podido siempre inhalar cualquier aire, y la libertad de respirar es la única que no ha sido realmente destruida hasta el día de hoy.






En La provincia del hombre

Antologado en Elías Canetti, El libro contra la muerte
Título de la edición original: Das Buch gegen den Tod
Traducción del alemán: Adán Kovacsics Meszaros
Barcelona, Galaxia Gutenberg, S.L., 2017

Elías Canetti en el Mont Ventoux 1957 
Foto de archivo de Elías Canetti



Read more...



***

Archivo

  © Blogger templates Romantico by Ourblogtemplates.com 2008

Back to TOP