Steve Jobs

15 de mayo de 2013









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Joaquín O. Giannuzzi: Cuando el mundo es puesto en duda







Entre verso y verso se instala una pausa
donde el mundo es puesto en duda: entonces
pongo mi amarga cabeza a circular por el jardín.
Busco un rumor terrenal
a un costado de la escritura consciente.
Palpo un higo maduro, una dalia inclinada
por el peso del agua
hacia este oscuro planeta. No residen aquí,
en estos suaves, acuerdos, las negaciones
de la existencia, su sonido negro. Al pie del muro
un susurro de violetas, la humedad feliz
de la vida individual. Del otro lado
los días de la muchedumbre que alza los puños
poseída por un conocimiento decisivo. Estas cosas
han optado por sí mismas. Toman la tierra
por asalto, la fecundan con un sentido
que me estoy debiendo. Ahora suena un disparo:
¿debo elegir? ¿Mentir en la oscuridad de mi
habitación?
¿Cómo ser exacto? La época apresura su pánico
dentro de mi cabeza, allí
donde un aullido oscila oscuramente
de un extremo a otro de lo desconocido.


En Violín obligado
Buenos Aires, Libros de Tierra Firme, 1984
Fuente foto


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Shadi Ghadirian, "Miss Butterfly" en Teheran (2011)

12 de mayo de 2013





















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Jorge Luis Borges: Los traductores de Las 1001 Noches

10 de mayo de 2013






1. El Capitán Burton

En Trieste, en 1872, en un palacio con estatuas húmedas y obras de salubridad deficientes, un caballero con la cara historiada por una cicatriz africana —el capitán Richard Francis Burton, cónsul inglés— emprendió una famosa traducción del Quitab alif laila ua laila, libro que también los rumíes llaman de las 1001 Noches. Uno de los secretos fines de su trabajo era la aniquilación de otro caballero (también de barba tenebrosa de moro, también curtido) que estaba compilando en Inglaterra un vasto diccionario y que murió mucho antes de ser aniquilado por Burton. Ése era Eduardo Lane, el orientalista, autor de una versión harto escrupulosa de las 1001 Noches, que había suplantado a otra de Galland. Lane tradujo contra Galland, Burton contra Lane; para entender a Burton hay que entender esa dinastía enemiga.

Empiezo por el fundador. Es sabido que Jean Antoine Galland era un arabista francés que trajo de Estambul una paciente colección de monedas, una monografía sobre la difusión del café, un ejemplar arábigo de las Noches y un maronita suplementario, de memoria no menos inspirada que la de Shahrazad. A ese oscuro asesor —de cuyo nombre no quiero olvidarme, y dicen que es Hanna— debemos ciertos cuentos fundamentales, que el original no conoce: el de Aladino, el de los Cuarenta Ladrones, el del príncipe Ahmed y el hada Peri Banú, el de Abulhasán el dormido despierto, el de la aventura nocturna de Harún Arrashid, el de las dos hermanas envidiosas de la hermana menor. Basta la sola enumeración de esos nombres para evidenciar que Galland establece un canon, incorporando historias que hará indispensables el tiempo y que los traductores venideros —sus enemigos— no se atreverían a omitir. Hay otro hecho innegable. Los más famosos y felices elogios de las 1001 Noches —el de Coleridge, el de Tomás De Quincey, el de Stendhal, el de Tennyson, el de Edgar Allan Poe, el de Newman— son de lectores de la traducción de Galland. Doscientos años y diez traducciones mejores han trascurrido, pero el hombre de Europa o de las Américas que piensa en las 1001 Noches, piensa invariablemente en esa primer traducción. El epíteto milyunanochesco (milyunanochero adolece de criollismo, milyunanocturno de divergencia) nada tiene que ver con las eruditas obscenidades de Burton o de Mardrus, y todo con las joyas y las magias de Antoine Galland.

Palabra por palabra, la versión de Galland es la peor escrita de todas, la más embustera y más débil, pero fue la mejor leída. Quienes intimaron con ella, conocieron la felicidad y el asombro. Su orientalismo, que ahora nos parece frugal, encandiló a cuantos aspiraban rapé y complotaban una tragedia en cinco actos. Doce primorosos volúmenes aparecieron de 1707 a 1717, doce volúmenes innumerablemente leídos y que pasaron a diversos idiomas, incluso el hindustani y el árabe. Nosotros, meros lectores anacrónicos del siglo veinte, percibimos en ellos el sabor dulzarrón del siglo dieciocho y no el desvanecido aroma oriental, que hace doscientos años determinó su innovación y su gloria. Nadie tiene la culpa del desencuentro y menos que nadie, Galland. Alguna vez, los cambios del idioma lo perjudican. En el prefacio de una traducción alemana de las 1001 Noches, el doctor Weil estampó que los mercaderes del imperdonable Galland se arman de una "valija con dátiles", cada vez que la historia los obliga a cruzar el desierto. Podría argumentarse que por 1710 la mención de los dátiles bastaba para borrar la imagen de la valija, pero es innecesario: valise, entonces, era una subclase de alforja.

Hay otras agresiones. En cierto panegírico atolondrado que sobrevive en los Morceaux choisis de 1921, André Gide vitupera las licencias de Antoine Galland, para mejor borrar (con un candor del todo superior a su reputación) la literalidad de Mardrus, tan fin de siècle como aquél es siglo dieciocho, y mucho más infiel.

Las reservas de Galland son mundanas; las inspira el decoro, no la moral. Copio unas líneas de la tercer página de sus Noches: II alia droit à l'appartement de cette princesse, qui, ne s'attendant pas a le revoir, avait reçu dans son lit un des derniers officiers de sa maison. Burton concreta a ese nebuloso "officier": un negro cocinero, rancio de grasa de cocina y de hollín. Ambos, diversamente, deforman: el original es menos ceremonioso que Galland y menos grasiento que Burton. (Efectos del decoro: en la mesurada prosa de aquél, la circunstancia recevoir dans son lit resulta brutal.)

A noventa años de la muerte de Antoine Galland, nace un diverso traductor de las Noches: Eduardo Lane. Sus biógrafos no dejan de repetir que es hijo del doctor Theophilus Lane, prebendado de Hereford. Ese dato genésico (y la terrible Forma que evoca) es tal vez suficiente. Cinco estudiosos años vivió el arabizado Lane en El Cairo, "casi exclusivamente entre musulmanes, hablando y escuchando su idioma, conformándose a sus costumbres con el más perfecto cuidado y recibido por todos ellos como un igual". Sin embargo, ni las altas noches egipcias, ni el opulento y negro café con semilla de cardamomo, ni la frecuente discusión literaria con los doctores de la ley, ni el venerado turbante de muselina, ni el comer con los dedos, le hicieron olvidar su pudor británico, la delicada soledad central de los amos del mundo. De ahí que su versión eruditísima de las Noches sea (o parezca ser) una mera enciclopedia de la evasión. El original no es profesionalmente obsceno; Galland corrige las torpezas ocasionales por creerlas de mal gusto. Lane las rebusca y las persigue como un inquisidor. Su probidad no pacta con el silencio: prefiere un alarmado coro de notas en un apretado cuerpo menor, que murmuran cosas como éstas: Paso por alto un episodio de lo más reprensible, Suprimo una explicación repugnante, Aquí una línea demasiado grosera para la traducción, Suprimo necesariamente otra anécdota, Desde aquí doy curso a las omisiones, Aquí la historia del esclavo Bujait, del todo inapta para ser traducida. La mutilación no excluye la muerte: hay cuentos rechazados íntegramente "porque no pueden ser purificados sin destrucción". Ese repudio responsable y total no me parece ilógico: el subterfugio puritano es lo que condeno. Lane es un virtuoso del subterfugio, un indudable precursor de los pudores más extraños de Hollywood. Mis notas me suministran un par de ejemplos. En la noche 391, un pescador le presenta un pez al rey de los reyes y éste quiere saber si es macho o hembra y le dicen que hermafrodita. Lane consigue aplacar ese improcedente coloquio, traduciendo que el rey ha preguntado de qué especie es el animal y que el astuto pescador le responde que es de una especie mixta. En la noche 217, se habla de un rey con dos mujeres, que yacía una noche con la primera y la noche siguiente con la segunda, y así fueron dichosos. Lane dilucida la ventura de ese monarca, diciendo que trataba a sus mujeres "con imparcialidad"... Una razón es que destinaba su obra "a la mesita de la sala", centro de la lectura sin alarmas y de la recatada conversación.

Basta la más oblicua y pasajera alusión carnal para que Lane olvide su honor y abunde en torceduras y ocultaciones. No hay otra falta en él. Sin el contacto peculiar de esa tentación, Lane es de una admirable veracidad. Carece de propósitos, lo cual es una positiva ventaja. No se propone destacar el colorido bárbaro de las Noches como el capitán Burton, ni tampoco olvidarlo y atenuarlo, como Galland. Éste domesticaba a sus árabes, para que no desentonaran irreparablemente en París; Lane es minuciosamente agareno. Éste ignoraba toda precisión literal; Lane justifica su interpretación de cada palabra dudosa. Éste invocaba un manuscrito invisible y un maronita muerto; Lane suministra la edición y la página. Éste no se cuidaba de notas; Lane acumula un caos de aclaraciones que, organizadas, integran un volumen independiente. Diferir: tal es la norma que le impone su precursor. Lane cumplirá con ella: le bastará no compendiar el original.

La hermosa discusión Newman-Arnold (1861-62), más memorable que sus dos interlocutores, ha razonado extensamente las dos maneras generales de traducir. Newman vindicó en ella el modo literal, la retención de todas las singularidades verbales: Arnold, la severa eliminación de los detalles que distraen o detienen. Esta conducta puede suministrar los agrados de la uniformidad y la gravedad; aquélla, de los continuos y pequeños asombros. Ambas son menos importantes que el traductor y que sus hábitos literarios. Traducir el espíritu es una intención tan enorme y tan fantasmal que bien puede quedar como inofensiva; traducir la letra, una precisión tan extravagante que no hay riesgo de que la ensayen. Más grave que esos infinitos propósitos es la conservación o supresión de ciertos pormenores; más grave que esas preferencias y olvidos, es el movimiento sintáctico. El de Lane es ameno, según conviene a la distinguida mesita. En su vocabulario es común reprender una demasía de palabras latinas, no rescatadas por ningún artificio de brevedad. Es distraído: en la página liminar de su traducción pone el adjetivo romántico, lo cual es una especie de futurismo, en una boca musulmana y barbada del siglo doce. Alguna vez la falta de sensibilidad le es propicia, pues le permite la interpolación de voces muy llanas en un párrafo noble, con involuntario buen éxito. El ejemplo más rico de esa cooperación de palabras heterogéneas, debe ser éste que traslado: And in this palace is the last information respecting lords collected in the dust. Otro puede ser esta invocación: Por el Viviente que no muere ni ha de morir, por el nombre de Aquel a quien pertenecen la gloria y la permanencia. En Burton —ocasional precursor del siempre fabuloso Mardrus— yo sospecharía de fórmulas tan satisfactoriamente orientales; en Lane escasean tanto que debo suponerlas involuntarias, vale decir genuinas.

El escandaloso decoro de las versiones de Galland y de Lane ha provocado un género de burlas que es tradicional repetir. Yo mismo no he faltado a esa tradición. Es muy sabido que no cumplieron con el desventurado que vio la Noche del Poder, con las imprecaciones de un basurero del siglo trece defraudado por un derviche y con los hábitos de Sodoma. Es muy sabido que desinfectaron las Noches.

Los detractores argumentan que ese proceso aniquila o lastima la buena ingenuidad del original. Están en un error: el libro de mil noches y una noche no es (moralmente) ingenuo; es una adaptación de antiguas historias al gusto aplebeyado, o soez, de las clases medias de El Cairo. Salvo en los cuentos ejemplares del Sendebar, los impudores de las 1001 Noches nada tienen que ver con la libertad del estado paradisíaco. Son especulaciones del editor: su objeto es una risotada, sus héroes nunca pasan de changadores, de mendigos o eunucos. Las antiguas historias amorosas del repertorio, las que refieren casos del Desierto o de las ciudades de Arabia, no son obscenas, como no lo es ninguna producción de la literatura preislámica. Son apasionadas y tristes, y uno de los motivos que prefieren es la muerte de amor, esa muerte que un juicio de los alemas ha declarado no menos santa que la del mártir que atestigua la fe... Si aprobamos ese argumento las timideces de Galland y de Lane nos pueden parecer restituciones de una redacción primitiva.

Sé de otro alegato mejor. Eludir las oportunidades eróticas del original, no es una culpa de las que el Señor no perdona, cuando lo primordial es destacar el ambiente mágico. Proponer a los hombres un nuevo Decamerón es una operación comercial como tantas otras; proponerles un Ancient mariner o un Bateau ivre, ya merece otro cielo. Littmann observa que las 1001 Noches es, más que nada, un repertorio de maravillas. La imposición universal de ese parecer en todas las mentes occidentales, es obra de Galland. Que ello no quede en duda. Menos felices que nosotros, los árabes dicen tener en poco el original: ya conocen los hombres, las costumbres, los talismanes, los desiertos y los demonios que esas historias nos revelan.

*

En algún lugar de su obra, Rafael Cansinos Asséns jura que puede saludar las estrellas en catorce idiomas clásicos y modernos. Burton soñaba en diecisiete idiomas y cuenta que dominó treinta y cinco: semitas, dravidios, indoeuropeos, etiópicos... Ese caudal no agota su definición: es un rasgo que concuerda con los demás, igualmente excesivos. Nadie menos expuesto a la repetida burla de Hudibras contra los doctores capaces de no decir absolutamente nada en varios idiomas: Burton era hombre que tenía muchísimo que decir, y los setenta y dos volúmenes de su obra siguen diciéndolo. Destaco algunos títulos al azar: Goa y las Montañas Azules, 1851; Sistema de ejercicios de bayoneta, 1853; Relato personal de una peregrinación a Medina, 1855; Las regiones lacustres del África Ecuatorial, 1860; La Ciudad, de los Santos, 1861; Exploración de las mesetas del Brasil, 1869; Sobre un hermafrodita de las islas del Cabo Verde, 1869; Cartas desde los campos de batalla del Paraguay, 1870; Última Thule o un verano en Islandia, 1875; A la Costa de Oro en pos de oro, 1883; El Libro de la Espada (primer volumen) 1884; El jardín fragante de Nafzauí —obra póstuma, entregada al fuego por Lady Burton, así como una Recopilación de epigramas inspirados por Priapo. El escritor se deja traslucir en ese catálogo: el capitán inglés que tenía la pasión de la geografía y de las innumerables maneras de ser un hombre, que conocen los hombres. No difamaré su memoria, comparándolo con Morand, caballero bilingüe y sedentario que sube y baja infinitamente en los ascensores de un idéntico hotel internacional y que venera el espectáculo de un baúl... Burton, disfrazado de afghán, había peregrinado a las ciudades santas de Arabia: su voz había pedido al Señor que negara sus huesos y su piel, su dolorosa carne y su sangre, al Fuego de la Ira y de la Justicia; su boca, resecada por el samún, había dejado un beso en el aerolito que se adora en la Caaba. Esa aventura es célebre: el posible rumor de que un incircunciso, un nazraní, estaba profanando el santuario hubiera determinado su muerte. Antes, en hábito de derviche, había ejercido la medicina en El Cairo —no sin variarla con la prestidigitación y la magia, para obtener la confianza de los enfermos. Hacia 1858, había comandado una expedición a las secretas fuentes del Nilo: cargo que lo llevó a descubrir el lago Tanganika. En esa empresa lo agredió una alta fiebre; en 1855 los somalíes le atravesaron los carrillos con una lanza. (Burton venía de Harrar, que era ciudad vedada a los europeo, en el interior de Abisinia.) Nueve años más tarde, ensayó la terrible hospitalidad de los ceremoniosos caníbales del Dahomé; a su regreso no faltaron rumores (acaso propalados, y ciertamente fomentados, por él) de que había "comido extrañas carnes" —como el omnívoro procónsul de Shakespeare [*]. Los judíos, la democracia, el Ministerio de Relaciones Exteriores y el cristianismo, eran sus odios preferidos; Lord Byron y el Islam, sus veneraciones. Del solitario oficio de escribir había hecho algo valeroso y plural: lo acometía desde el alba, en un vasto salón multiplicado por once mesas, cada una de ellas con el material para un libro —y alguna con un claro jazmín en un vaso de agua. Inspiró ilustres amistades y amores: de las primeras básteme nombrar la de Swinburne, que le dedicó la segunda serie de Poems and Ballads —in recognition of a friendship which I must always count among the highest honours of my life— y que deploró su deceso en muchas estrofas. Hombre de palabras y hazañas, bien pudo Burton asumir el alarde del Diván de Almotanabí:

El caballo, el desierto, la noche me conocen,
El huésped y la espada, el papel y la pluma.

Se advertirá que desde el antropófago amateur hasta el polígloto durmiente, no he rechazado aquellos caracteres de Richard Burton que sin disminución de fervor podemos apodar legendarios. La razón es clara: el Burton de la leyenda de Burton, es el traductor de las Noches. Yo he sospechado alguna vez que la distinción radical entre la poesía y la prosa está en la muy diversa expectativa de quien las lee: la primera presupone una intensidad que no se tolera en la última. Algo parecido acontece con la obra de Burton: tiene un prestigio previo con el que no ha logrado competir ningún arabista. Las atracciones de lo prohibido le corresponden. Se trata de una sola edición, limitada a mil ejemplares para mil suscritores del Burton Club, y que hay el compromiso judicial de no repetir. (La reedición de Leonard C. Smithers "omite determinados pasajes de un gusto pésimo, cuya eliminación no será lamentada por nadie"; la selección representativa de Bennett Cerf —que simula ser integral— procede de aquel texto purificado.) Aventuro la hipérbole: recorrer las 1001 Noches en la traslación de Sir Richard no es menos increíble que recorrerlas "vertidas literalmente del árabe y comentadas" por Simbad el Marino.

Los problemas que Burton resolvió son innumerables, pero una conveniente ficción puede reducirlos a tres: justificar y dilatar su reputación de arabista; diferir ostensiblemente de Lane; interesar a caballeros británicos del siglo diecinueve con la versión escrita de cuentos musulmanes y orales del siglo trece. El primero de esos propósitos era tal vez incompatible con el tercero; el segundo lo indujo a una grave falta, que paso a declarar. Centenares de dísticos y canciones figuran en las Noches; Lane (incapaz de mentir salvo en lo referente a la carne) los había trasladado con precisión, en una prosa cómoda. Burton era poeta: en 1880 había hecho imprimir las Casidas, una rapsodia evolucionista que Lady Burton siempre juzgó muy superior a las Rubaiyát de Fitzgerald... La solución "prosaica" del rival no dejó de indignarlo, y optó por un traslado en versos ingleses —procedimiento de antemano infeliz, ya que contravenía a su propia norma de total literalidad. El oído, por lo demás, quedó casi tan agraviado como la lógica. No es imposible que esta cuarteta sea de las mejores que armó:

A night whose stars refused to run their course,
A night of those which never seem outworn:
Like Resurrection-day, of longsome length
To him that watched and waited for the morn. [**]

Es muy posible que la peor no sea ésta:

A sun on wand in knoll of sand she showed,
Clad in her cramoisy-hued chemisette:
Of her lips' honey-dew she gave me drink
And with her rosy cheeks quencht fire she set.

He mencionado la diferencia fundamental entre el primitivo auditorio de los relatos y el club de suscritores de Burton. Aquellos eran pícaros, noveleros, analfabetos, infinitamente suspicaces de lo presente y crédulos de la maravilla remota; éstos eran señores del West End, aptos para el desdén y la erudición y no para el espanto o la risotada. Aquéllos apreciaban que la ballena muriera al escuchar el grito del hombre; éstos, que hubiera hombres que dieran crédito a una capacidad mortal de ese grito. Los prodigios del texto —sin duda suficientes en el Kordofán o en Bulak, donde los proponían como verdades— corrían el albur de parecer muy pobres en Inglaterra. (Nadie requiere de la verdad que sea verosímil o inmediatamente ingeniosa: pocos lectores de la Vida y Correspondencia de Carlos Marx reclaman indignados la simetría de las Contrerimes de Toulet o la severa precisión de un acróstico.) Para que los suscritores no se le fueran, Burton abundó en notas explicativas "de las costumbres de los hombres islámicos". Cabe afirmar que Lane había preocupado el terreno. Indumentaria, régimen cotidiano, prácticas religiosas, arquitectura, referencias históricas o alcoránicas, juegos, artes, mitología —eso ya estaba elucidado en los tres volúmenes del incómodo precursor. Faltaba, previsiblemente, la erótica. Burton (cuyo primer ensayo estilístico había sido un informe harto personal sobre los prostíbulos de Bengala) era desaforadamente capaz de tal adición. De las delectaciones morosas en que paró, es buen ejemplo cierta nota arbitraria del tomo séptimo, graciosamente titulada en el índice capotes mélancoliques. La Edinburgh Review lo acusó de escribir para el albañal; la Enciclopedia Británica resolvió que una traslación integral era inadmisible, y que la de Edward Lane "seguía insuperada para un empleo realmente serio". No nos indigne demasiado esa oscura teoría de la superioridad científica y documental de la expurgación: Burton cortejaba esas cóleras. Por lo demás, las muy poco variadas variaciones del amor físico no agotan la atención de su comentario. Éste es enciclopédico y montonero, y su interés está en razón inversa de su necesidad. Así el volumen 6 (que tengo a la vista) incluye unas trescientas notas, de las que cabe destacar las siguientes: una condenación de las cárceles y una defensa de los castigos corporales y de las multas; unos ejemplos del respeto islámico por el pan; una leyenda sobre la capilaridad de las piernas de la reina Belkís; una declaración de los cuatro colores emblemáticos de la muerte; una teoría y práctica oriental de la ingratitud; el informe de que el pelaje overo es el que prefieren los ángeles, así como los genios el doradillo; un resumen de la mitología de la secreta Noche del Poder o Noche de las Noches; una denuncia de la superficialidad de Andrew Lang; una diatriba contra el régimen democrático; un censo de los nombres de Mohámed, en la Tierra, en el Fuego y en el Jardín; una mención del pueblo amalecita, de largos años y de larga estatura; una noticia de las partes pudendas del musulmán, que en el varón abarcan del ombligo hasta la rodilla, y en la mujer de pies a cabeza; una ponderación del asa'o del gaucho argentino; un aviso de las molestias de la "equitación" cuando también la cabalgadura es humana; un grandioso proyecto de encastar monos cinocéfalos con mujeres y derivar así una subraza de buenos proletarios. A los cincuenta años, el hombre ha acumulado ternuras, ironías, obscenidades y copiosas anécdotas; Burton las descargó en sus notas. Queda el problema fundamental. ¿Cómo divertir a los caballeros del siglo diecinueve con las novelas por entregas del siglo trece? Es harto conocida la pobreza estilística de las Noches. Burton, alguna vez, habla del "tono seco y comercial" de los prosistas árabes, en contraposición al exceso retórico de los persas; Littmann, el novísimo traductor, se acusa de haber interpolado palabras como preguntó, pidió, contestó, en cinco mil páginas que ignoran otra fórmula que dijo —invocada invariablemente. Burton prodiga con amor las sustituciones de ese orden. Su vocabulario no es menos dispar que sus notas. El arcaísmo convive con el argot, la jerga carcelaria o marinera con el término técnico. No se abochorna de la gloriosa hibridación del inglés: ni el repertorio escandinavo de Morris ni el latino de Johnson tienen su beneplácito, sino el contacto y la repercusión de los dos. El neologismo y los extranjerismos abundan: castrato, inconséquence, hauteur, in gloria, bagnio, langue fourrée, pundonor, vendetta, Wazir. Cada una de esas palabras debe ser justa, pero su intercalación importa un falseo. Un buen falseo, ya que esas travesuras verbales —y otras sintácticas— distraen el curso a veces abrumador de las Noches. Burton las administra: al comienzo traduce gravemente Sulayman, Son of David (on the twain he peace!); luego —cuando nos es familiar esa majestad— lo rebaja a Salomón Davidson, Hace de un rey que para los demás traductores es "rey de Samarcanda en Persia", a King of Samarcand in Barbarian-land; de un comprador que para los demás es "colérico", a man of wrath. Ello no es todo: Burton reescribe íntegramente —con adición de pormenores circunstanciales y rasgos fisiológicos— la historia liminar y el final. Inaugura así, hacia 1885, un procedimiento cuya perfección (o cuya reductio ad absurdum) consideraremos luego en Mardrus. Siempre un inglés es más intemporal que un francés: el heterogéneo estilo de Burton se ha anticuado menos que el de Mardrus, que es de fecha notoria.


2. El Doctor Mardrus

Destino paradójico el de Mardrus. Se le adjudica la virtud moral de ser el traductor más veraz de las 1001 Noches, libro de admirable lascivia, antes escamoteada a los compradores por la buena educación de Galland o los remilgos puritanos de Lane. Se venera su genial literalidad, muy demostrada por el inapelable subtítulo Versión literal y completa del texto árabe y por la inspiración de escribir Libro de las mil noches y una noche. La historia de ese nombre es edificante; podemos recordarla antes de revisar a Mardrus.

Las Praderas de oro y minas de piedras preciosas del Masudí describen una recopilación titulada Hezár Afsane, palabras persas cuyo recto valor es Mil aventuras, pero que la gente apoda Mil noches. Otro documento del siglo diez, el Fihrist, narra la historia liminar de la serie: el juramento desolado del rey que cada noche se desposa con una virgen que hace decapitar en el alba, y la resolución de Shahrazad que lo distrae con maravillosas historias, hasta que encima de los dos, han rodado mil noches y ella le muestra su hijo. Esa invención —tan superior a las venideras y análogas de la piadosa cabalgata de Chaucer o la epidemia de Giovanni Boccacio— dicen que es posterior al título, y que se urdió con el fin de justificarlo... Sea lo que fuere, la primitiva cifra de 1000 pronto ascendió a 1001. ¿Cómo surgió esa noche adicional que ya es imprescindible, esa maquette de la irrisión de Quevedo —y luego de Voltaire— contra Pico de la Mirándola: Libro de todas las cosas y otras muchas más? Littmann sugiere una contaminación de la frase turca bin bir, cuyo sentido literal es mil y uno y cuyo empleo es muchos. Lane, a principios de 1840, adujo una razón más hermosa: el mágico temor de las cifras pares. Lo cierto es que las aventuras del título no pararon ahí. Antoine Galland, desde 1704, eliminó la repetición del original y tradujo Mil y una noches: nombre que ahora es familiar en todas las naciones de Europa, salvo Inglaterra, que prefiere el de Noches árabes. En 1839 el editor de la impresión de Calcuta. W. H. Macnaghten, tuvo el singular escrúpulo de traducir Quitab alif laila ua laila por Libro de las mil noches y una noche. Esa renovación por deletreo no pasó inadvertida. John Payne, desde 1882, comenzó a publicar su Book of the thousand nights and one night; el capitán Burton, desde 1885, su Book of the thousand nights and a night; J. C. Mardrus, desde 1899, su Livre des mille nuits et une nuit.

Busco el pasaje que me hizo definitivamente dudar de la veracidad de este último. Pertenece a la historia doctrinal de la Ciudad de Latón, que abarca en todas las versiones el fin de la noche 566 y parte de la 578, pero que el doctor Mardrus ha remitido (el Ángel de su Guarda sabrá la causa) a las noches 338-346. No insisto; esa reforma inconcebible de un calendario ideal no debe agotar nuestro espanto. Refiere Shahrazad-Mardrus: El agua seguía cuatro canales trazados en el piso de la sala con desvíos encantadores, y cada canal tenía un lecho de color especial: el primer canal tenía un lecho de pórfido rosado; el segundo, de topacios; el tercero, de esmeraldas, y el cuarto, de turquesas; de modo que el agua se teñía según el lecho, y herida por la atenuada luz que filtraban las sederías en la altura, proyectaba sobre los objetos ambientes y los muros de mármol una dulzura de paisaje marino.

Corno ensayo de prosa visual a la manera del Retrato de Dorian Grey, acepto (y aun venero) esa descripción; come versión "literal y completa" de un pasaje compuesto en el siglo trece, repito que me alarma infinitamente. Las razones son múltiples. Una Shahrazad sin Mardrus describe por enumeración de las partes, no por mutuas reacciones, y no alega detalles circunstanciales como el del agua que trasluce el color de su lecho, y no define la calidad de la luz filtrada por la seda, y no alude al Salón de Acuarelistas en la imagen final. Otra pequeña grieta: desvíos encantadores no es árabe, es notoriamente francés. Ignoro si las anteriores razones pueden satisfacer; a mí no me bastaron, y tuve el indolente agrado de compulsar las tres versiones alemanas de Weil, de Henning y de Littmann, y las dos inglesas de Lane y de Sir Richard Burton. En ellas comprobé que el original de las diez líneas de Mardrus era éste: Las cuatro acequias desembocaban en una pila, que era de mármol de diversos colores.

Las interpolaciones de Mardrus no son uniformes. Alguna vez son descaradamente anacrónicas —como si de golpe discutiera la retirada de la misión Marchand. Por ejemplo: Dominaban una ciudad de ensueño... Hasta donde abarcaba la vista fija en los horizontes ahogados en la noche, cúpulas de palacios, terrazas de casas, serenos jardines, se escalonaban en aquel recinto de bronce, y canales iluminados por el astro se paseaban en mil circuitos claros a la sombra de los macizos, mientras que allá en el fondo, un mar de metal contenía en su frío seno los fuegos del cielo reflejado. O ésta, cuyo galicismo no es menos público: El magnífico tapiz de colores gloriosos, de diestra lana, abría sus flores sin olor en un prado sin savia, y vivía toda la vida artificial de sus florestas llenas de pájaros y animales, sorprendidos en su exacta belleza natural y sus líneas precisas. (Ahí las ediciones árabes rezan: A los lados había tapices, con variedad de pájaros y de fieras, recamados en oro rojo y en plata blanca, pero con los ojos de perlas y de rubíes. Quien los miró, no dejó de maravillarse.)

Mardrus no deja nunca de maravillarse de la pobreza de "color oriental" de las 1001 Noches. Con una persistencia no indigna de Cecil B. de Mille, prodiga los visires, los besos, las palmeras y las lunas. Le ocurre leer, en la noche 570: Arribaron a una columna de piedra negra, en la que un hombre estaba enterrado hasta las axilas. Tenía dos enormes alas y cuatro brazos: dos de los cuales eran como los brazos de los hijos de Adán y dos como las patas de los leones, con las uñas de hierro. El pelo de su cabeza era semejante a las colas de los caballos y los ojos eran como ascuas y tenía en la frente un tercer ojo que era como el ojo del lince. Traduce lujosamente: Un atardecer, la caravana llegó ante una columna de piedra negra, a la que estaba encadenado un ser extraño del que no se veía sobresalir mas que medio cuerpo, ya que el otro medio estaba enterrado en el suelo. Aquel busto que surgía de la tierra, parecía algún engendro monstruoso clavado ahí por la fuerza de las potencias infernales. Era negro y del tamaño del tronco de una vieja palmera decaída, despojada de sus palmas. Tenía dos enormes alas negras y cuatro manos de las cuales dos eran semejantes a las patas uñosas de los leones. Una erizada cabellera de crines ásperas como cola de onagro se movía salvajemente sobre su cráneo espantoso. Bajó los arcos orbitales llameaban dos pupilas rojas, en tanto que la frente de dobles cuernos estaba taladrada por un ojo único, que se abría inmóvil y fijo, lanzando resplandores verdes como la mirada de los tigres y las panteras.

Algo más tarde escribe: El bronce de las murallas, las pedrerías encendidas de las cúpulas, las terrazas cándidas, los canales y todo el mar, así como las sombras proyectadas hacia Occidente, se casaban bajo la brisa nocturna y la luna mágica. Mágica, para un hombre del siglo trece, debe haber sido una calificación muy precisa, no el mero epíteto mundano del galante doctor... Yo sospecho que el árabe no es capaz de una versión "literal y completa" del párrafo de Mardrus, así como tampoco lo es el latín, o el castellano de Miguel de Cervantes.

En dos procedimientos abunda el libro de las 1001 Noches: uno, puramente formal, la prosa rimada; otro, las predicaciones morales. El primero, conservado por Burton y por Littmann, corresponde a las animaciones del narrador: personas agraciadas, palacios, jardines, operaciones mágicas, menciones de la Divinidad, puestas de sol, batallas, auroras, principios y finales de cuentos. Mardrus, quizá misericordiosamente, lo omite. El segundo requiere dos facultades: la de combinar con majestad palabras abstractas y la de proponer sin bochorno un lugar común. De las dos carece Mardrus. De aquel versículo que Lane memorablemente tradujo: And in this palace is the last information respecting lords collected in the dust, nuestro doctor apenas extrae: Pasaron, todos aquellos! Tuvieron apenas tiempo de reposar a la sombra de mis torres. La confesión del ángel: Estoy aprisionado por el Poder, confinado por el Esplendor, y castigado mientras el Eterno lo mande, de quien son la Fuerza y la Gloria, es para el lector de Mardrus: Aquí estoy encadenado por la Fuerza Invisible hasta la extinción de los siglos.

Tampoco la hechicería tiene en Mardrus un coadjutor de buena voluntad. Es incapaz de mencionar lo sobrenatural sin alguna sonrisa. Finge traducir, por ejemplo: Un día que el califa Abdelmélik, oyendo hablar de ciertas vasijas de cobre antiguo, cuyo contenido era una extraña humareda negra de forma diabólica, se maravillaba en extremo y parecía poner en duda la realidad de hechos tan notorios, hubo de intervenir el viajero Tálib ben-Sahl. En ese párrafo (que pertenece, como los demás que alegué, a la Historia de la Ciudad de Latón, que es de imponente Bronce en Mardrus) el candor voluntario de tan notorios y la duda más bien inverosímil del califa Abdelmélik, son dos obsequios personales del traductor.

Continuamente, Mardrus quiere completar el trabajo que los lánguidos árabes anónimos descuidaron. Añade paisajes art-nouveau, buenas obscenidades, breves interludios cómicos, rasgos circunstanciales, simetrías, mucho orientalismo visual. Un ejemplo de tantos: en la noche 573, el gualí Muza Bennuseir ordena a sus herreros y carpinteros la construcción de una escalera muy fuerte de madera y de hierro. Mardrus (en su noche 344) reforma ese episodio insípido, agregando que los hombres del campamento buscaron ramas secas, las mondaron con los alfanjes y los cuchillos, y las ataron con los turbantes, los cinturones, las cuerdas de los camellos, las cinchas y las guarniciones de cuero, hasta construir una escalera muy alta que arrimaron a la pared, sosteniéndola con piedras por todos lados... En general, cabe decir que Mardrus no traduce las palabras sino las representaciones del libro: libertad negada a los traductores, pero tolerada en los dibujantes —a quienes les permiten la adición de rasgos de ese orden... Ignoro si esas diversiones sonrientes son las que infunden a la obra ese aire tan feliz, ese aire de patraña personal, no de tarea de mover diccionarios. Sólo me consta que la "traducción" de Mardrus es la más legible de todas —después de la incomparable de Burton, que tampoco es veraz. (En ésta, la falsificación es de otro orden. Reside en el empleo gigantesco de un inglés charro, cargado de arcaísmos y barbarismos.)

*

Deploraría (no por Mardrus, por mí) que en las comprobaciones anteriores se leyera un propósito policial. Mardrus es el único arabista de cuya gloria se encargaron los literatos, con tan desaforado éxito que ya los mismos arabistas saben quien es. André Gide fue de los primeros en elogiarlo, en agosto de 1899; no pienso que Cancela y Capdevila serán los últimos. Mi fin no es demoler esa admiración, es documentarla. Celebrar la fidelidad de Mardrus es omitir el alma de Mardrus, es no aludir siquiera a Mardrus. Su infidelidad, su infidelidad creadora y feliz, es lo que nos debe importar.


3. Enno Littmann

Patria de una famosa edición árabe de las 1001 Noches, Alemania se puede (vana) gloriar de cuatro versiones: la del "bibliotecario aunque israelita" Gustavo Weil —la adversativa está en las páginas catalanas de cierta Enciclopedia—; la de Max Henning, traductor del Curán; la del hombre de letras Félix Paul Greve; la de Enno Littmann, descifrador de las inscripciones etiópicas de la fortaleza de Axum. Los cuatro volúmenes de la primera (1839-1842) son los más agradables, ya que su autor —desterrado del África y del Asia por la disentería— cuida de mantener o de suplir el estilo oriental. Sus interpolaciones me merecen todo respeto. A unos intrusos en una reunión les hace decir: No queremos parecernos a la mañana, que dispersa las fiestas. De un generoso rey asegura: El fuego que arde para sus huéspedes trae a la memoria el Infierno y el rocío de su mano benigna es como el Diluvio; de otro nos dice que sus manos eran tan liberales como el mar. Esas buenas apocrifidades no son indignas de Burton o Mardrus, y el traductor las destinó a las partes en verso —donde su bella animación puede ser un Ersatz o sucedáneo de las rimas originales. En lo que se refiere a la prosa, entiendo que la tradujo tal cual, con ciertas omisiones justificadas, equidistantes de la hipocresía y del impudor. Burton elogia su trabajo— "todo lo fiel que puede ser una traslación de índole popular". No en vano era judío el doctor Weil "aunque bibliotecario"; en su lenguaje creo percibir algún sabor de las Escrituras.

La segunda versión (1895-1897) prescinde de los encantos de la puntualidad, pero también de los del estilo. Hablo de la suministrada por Henning, arabista de Leipzig, a la Universalbibliothek de Philipp Reclam. Se trata de una versión expurgada, aunque la casa editorial diga lo contrario. El estilo es insípido, tesonero. Su más indiscutible virtud debe ser la extensión. Las ediciones de Bulak y de Breslau están representadas, amén de los manuscritos de Zotenberg y de las Noches Suplementales de Burton. Henning traductor de Sir Richard es literariamente superior a Henning traductor del árabe, lo cual es una mera confirmación de la primacía de Sir Richard sobre los árabes.

En el prefacio y en la terminación de la obra abundan las alabanzas de Burton —casi desautorizadas por el informe de que éste manejó "el lenguaje de Chaucer, equivalente al árabe medieval". La indicación de Chaucer como una de las fuentes del vocabulario de Burton hubiera sido más razonable. (Otra es el Rabelais de Sir Thomas Urquhart.)

La tercera versión, la de Greve, deriva de la inglesa de Burton y la repite, con exclusión de las enciclopédicas notas. La publicó antes de la guerra el Insel-Verlag.

La cuarta (1923-1928) viene a suplantar la anterior. Abarca seis volúmenes como aquélla, y la firma Enno Littmann: descifrador de los monumentos de Axum, enumerador de los 283 manuscritos etiópicos que hay en Jerusalén, colaborador de la Zeitschrift für Assyriologie. Sin las demoras complacientes de Burton, su traducción es de una franqueza total. No lo retraen las obscenidades más inefables: las vierte a su tranquilo alemán, alguna rara vez al latín. No omite una palabra, ni siquiera las que registran —1000 veces— el pasaje de cada noche a la subsiguiente. Desatiende o rehúsa el color local; ha sido menester una indicación de los editores para que conserve el nombre de Alá, y no lo sustituya por Dios. A semejanza de Burton y de John Payne, traduce en verso occidental el verso árabe. Anota ingenuamente que si después de la advertencia ritual "Fulano pronunció estos versos" viniera un párrafo de prosa alemana, sus lectores quedarían desconcertados. Suministra las notas necesarias para la buena inteligencia del texto: una veintena por volumen, todas lacónicas. Es siempre lúcido, legible, mediocre. Sigue (nos dicen) la respiración misma del árabe. Si no hay error en la Enciclopedia Británica, su traducción es la mejor de cuantas circulan. Oigo que los arabistas están de acuerdo; nada importa que un mero literato —y ése, de la República meramente Argentina— prefiera disentir.

Mi razón es esta: las versiones de Burton y de Mardrus, y aun la de Galland, sólo se dejan concebir después de una literatura. Cualesquiera sus lacras o sus méritos, esas obras características presuponen un rico proceso anterior. En algún modo, el casi inagotable proceso inglés está adumbrado en Burton —la dura obscenidad de John Donne, el gigantesco vocabulario de Shakespeare y de Cyril Tourneur, la afición arcaica de Swinburne, la crasa erudición de los tratadistas del mil seiscientos, la energía y la vaguedad, el amor de las tempestades y de la magia. En los risueños párrafos de Mardrus conviven Salammbó y Lafontaine, el Manequí de Mimbre y el ballet ruso. En Littmann, incapaz como Washington de mentir, no hay otra cosa que la probidad de Alemania. Es tan poco, es poquísimo. El comercio de las Noches y de Alemania debió producir algo más.

Ya en el terreno filosófico, ya en el de las novelas, Alemania posee una literatura fantástica —mejor dicho, sólo posee una literatura fantástica. Hay maravillas en las Noches que me gustaría ver repensadas en alemán. Al formular ese deseo, pienso en los deliberados prodigios del repertorio —los todopoderosos esclavos de una lámpara o de un anillo, la reina Lab que convierte a los musulmanes en pájaros, el barquero de cobre con talismanes y fórmulas en el pecho— y en aquellas más generales que proceden de su índole colectiva, de la necesidad de completar mil y una secciones. Agotadas las magias, los copistas debieron recurrir a noticias históricas o piadosas, cuya inclusión parece acreditar la buena fe del resto. En un mismo tomo conviven el rubí que sube hasta el cielo y la primera descripción de Sumatra, los rasgos de la corte de los Abbasidas y los ángeles de plata cuyo alimento es la justificación del Señor. Esa mezcla queda poética; digo lo mismo de ciertas repeticiones. ¿No es portentoso que en la noche 602 el rey Shahriar oiga de boca de la reina su propia historia? A imitación del marco general, un cuento suele contener otros cuentos, de extensión no menor: escenas dentro de la escena como en la tragedia de Hamlet, elevaciones a potencia del sueño. Un arduo y claro verso de Tennyson parece definirlos:

Laborious orient ivory, sphere in sphere.

Para mayor asombro, esas cabezas adventicias de la Hidra pueden ser más concretas que el cuerpo: Shahriar, fabuloso rey "de las Islas de la China y del Indostán" recibe nuevas de Tárik Benzeyad, gobernador de Tánger y vencedor en la batalla del Guadalete... Las antesalas se confunden con los espejos, la máscara está debajo del rostro, ya nadie sabe cuál es el hombre verdadero y cuáles sus ídolos. Y nada de eso importa; ese desorden es trivial y aceptable como las invenciones del entresueño.

El azar ha jugado a las simetrías, al contraste, a la digresión. ¿Qué no haría un hombre, un Kafka, que organizara y acentuara esos juegos, que los rehiciera según la deformación alemana, según la Unheimlichkeit de Alemania?

Adrogué, 1935

Entre los libros compulsados, debo enumerar los que siguen:

Les Mille et une Nuits. Contes árabes traduits par Galland. París, s. d.
The Thousand and One Nights commonly called The Arabian Nights' Entertainments A new translation from the Arabic, by E. W. Lane. London, 1839.
The Book of the Thousand Nights and a Night. A plain and literal translation by Richard F. Burton. London (?), n. d. Vols VI, VII, VIII.
The Arabian Nights. A complete (sic) and unabridged selection from the famous literal translation of R. F. Burton. New York, 1932.
Le Livre des Mille Nuits et Une Nuit. Traduction littérale et complete du texte árabe, par le Dr. J. C Mardrus. París, 1906.
Tausend und eme Nacht. Aus dem Arabischen übertragen von Max Henning. Leipzig, 1897.
Die Erzählungen aus den Tausendundein Nächten. Nach dem arabischen Urtext der Calcuttaer Ausgabe vom Jahre 1839 übertragen von Enno Littmann. Leipzig, 1928.


Notas

[*] Aludo al Marco Antonio invocado por el apóstrofe de César:

... on the Alps
It is reported, thou didst eat strange flesh
Which some did die to look on ...

En esas líneas, creo entrever algún invertido reflejo del mito zoológico del basilisco, serpiente de mirada mortal. Plinio (Historia Natural, libro octavo, párrafo 53) nada nos dice de las aptitudes póstumas de ese ofidio, pero la conjunción de las dos ideas de mirar y morir (vedi Napoli e poi mori). tiene que haber influido en Shakespeare.
La mirada del basilisco era venenosa; la Divinidad, en cambio, puede matar a puro esplendor —o a pura irradiación de mana. La visión directa de Dios es intolerable. Moisés cubre su rostro en el monte Horeb, porque tuvo miedo de ver a Dios; Hakim, profeta del Jorasán, usó un cuádruple velo de seda blanca para no cegar a los hombres. Cf. también Isaías, VI, 5, y I Reyes, XIX, 13.

[**]  También es memorable esta variación de los motivos de Abulbeca de Ronda y Jorge Manrique:
Where is the wight who peopled in the pass
Hind-land and Sind; and there the tyrant played?


En Historia de la Eternidad 
Primera edición: Editorial Viau y Zona de Buenos Aires, 1936
Alianza Editorial, 1997
Foto JLB en Sicilia, Palermo, 1984 © Ferdinando Scianna/Magnum Photos
Descarga Libro de las mil y una noches - Versión de J. C. Mardrus, traducción de Vicente Blasco Ibáñez


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Samuel Beckett: A lo lejos un pájaro





Tierra cubierta de ruinas, ha caminado toda la noche, yo renuncié, rozando los setos, entre calzada y cuneta, sobre la hierba seca, pasitos lentos, toda la noche sin ruido, deteniéndose a menudo, más o menos cada diez pasos, pasitos desconfiados, volviendo a tomar aliento, escuchando luego, tierra cubierta de ruinas, yo renuncié antes de nacer, no es posible de otro modo, pero era preciso que eso naciese, fue él, yo estaba dentro, se ha detenido, es la centésima vez esta noche, más o menos, eso indica el espacio recorrido, es la última, se ha encorvado sobre su bastón, yo estoy dentro, es él quien ha gritado, él quien ha salido a la luz, yo no he gritado, yo no he salido a la luz, las dos manos, una sobre otra, descargan su peso en el bastón, la frente en las manos, ha vuelto a tomar aliento, puede escuchar, tronco horizontal, piernas separadas, dobladas las rodillas, mismo abrigo viejo, los faldones envarados se levantan por atrás, despunta el día, no tendría más que levantar los ojos, que abrirlos, que levantarlos, se confunde con el seto, a lo lejos un pájaro, lo justo para sorprender y se larga, es él quien ha vivido, yo no he vivido, malvivido, por mi culpa, es imposible que yo posea una conciencia y tengo una, otro me com prende, nos comprende, está ahí, ha terminado por llegar hasta ahí, le imagino, ahí comprendiéndonos, las dos manos y la cabeza hacen un montoncito, las horas pasan, él no se mueve, me busca una voz, es imposible que yo tenga voz y no la tengo, va a encontrarme una, me irá mal a él, le ajustaré las cuentas, sus cuentas, pero nada más, esta imagen, el montoncito de las manos con la cabeza, el tronco horizontal, los codos por ambas partes, los ojos cerrados y el rostro paralizado a la escucha, los ojos que no se ven y todo el rostro que no se ve, el tiempo no cambia nada, esta imagen y nada más, tierra cubierta de ruinas, la noche se retira, se ha largado, yo estoy dentro, va a matarse, por mi culpa, voy a vivir eso, voy a vivir su muerte, el final de su vida y después su muerte, poco a poco, en presente, cómo va a arreglárselas, es imposible que yo lo sepa, no lo sabré, poco a poco, él es quien morirá, yo no moriré, no quedará de él más que los huesos, yo estaré dentro, no quedará de él más que arena, yo estaré dentro, no es posible de otro modo, tierra cubierta de ruinas, ha atravesado el seto, ya no se detiene, nunca dirá yo, por mi culpa, no hablará con nadie, nadie le hablará, no hablará solo, no queda nada en su cabeza, yo pondré en ella lo que se necesita, para acabar, para no decir más yo, para no abrir ya la boca, confundidos recuerdos y pesares, confusión de seres queridos y juventud imposible, inclinado hacia delante y sosteniendo el bastón por el medio avanza tropezando a campo traviesa, una vida mía, lo intenté, ha sido un fracaso, nunca más que suya, mala, por mi culpa, él decía que no había sólo una, pero sí, sólo hay una todavía, la misma, pondré rostros en su cabeza, nombres, lugares, lo tramaré todo, con qué terminar, sombras para huir, últimas sombras, para huir y para perseguir, confundirá a su madre con unas grullas, a su padre con un peón caminero llamado Balfe, le pegaré un viejo chucho enfermo para que ame todavía, se pierda todavía, tierra cubierta de ruinas, pequeños pasos enloquecidos.

1950


En Detritus
Edición preparada por Jenaro Talens
Barcelona, Tusquets Editores, 1978
Foto: © Bruce Davidson/Magnum Photos


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Edmond, Edmond

9 de mayo de 2013






Y tú escribirás mi libro falsificándolo, y esa falsificación será el tormento que te agitará en extremo.

Mi libro falsificado inspirará otro, y éste, otro, y así hasta el fin de los tiempos; pues larga será tu descendencia.





En Edmond Jabès, Du désert au livre
Trad. Esther Seligson
Editions Pierre Belfond, París, 1980
Foto: Bernard Carrere





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Stephane Mallarme: Crisis de verso

7 de mayo de 2013






Un momento ha, tal abandono de gesta, con la modorra que provoca el mal tiempo desesperante tarde tras tarde, dejé caer, otra vez, sin curiosidad alguna, dado que pareciera haberlo leído todo hace ya una pila de años, la estrecha franja de multicolores perlas que trasunta la lluvia, aún, en el tornasoleo de las encuadernaduras de la biblioteca. Muchísima obra, bajo el abalorio de la cortina, alineará su propio centelleo: me gusta, como en el cielo maduro, contra el vidrio, seguir, del temporal, destellos. Nuestra fase, reciente, si no se clausura toma aliento o, tal vez, conciencia: cierta atención libera la creadora y relativamente segura voluntad.

Incluso la prensa, cuya información anhela los años, se ocupa del asunto, repentinamente, con precisa data.

La literatura enfrenta una exquisita crisis, aquí, fundamental.

Quien le otorga a esta función un lugar, o el primero, reconoce, en ello, el dato actual: asístese a, como final de un siglo, y no como lo fuera en el pasado, trastornos; pero, fuera de la plaza pública, a una inquietud de velo en el templo con significativos pliegues y, algo, a su rasgadura.

Un lector francés, interrumpidos sus hábitos a la muerte de Victor Hugo, no puede sino desconcertarse. Hugo, en su misteriosa tarea, rebajó toda la prosa, filosofía, elocuencia, historia, al verso y, como él era el verso en persona, embargó en quien piensa, discurre o narra, el derecho a pronunciarse, casi. Monumento en tal desierto, con el silencio lejos — en una cripta, así, la divinidad de una mejestuosa idea inconsciente, a saber: que la forma llamada verso es, simplemente, ella misma, la literatura; que verso hay tan pronto se acentúa la dicción, ritmo, desde que hay estilo. El verso, creo, esperó respetuosamente que el gigante que lo identificaba a su mano tenaz y siempre más firme de herrero, faltara; para, él, quebrarse. Toda la lengua, ajustada a la métrica, velando sus pausas vitales, se evade, de acuerdo a una disyunción libre de miríadas de elementos simples; y, lo indicaré, no sin cierta similitud con la multiplicidad de voces de una orquestación, que persiste: verbal.

La variación data, de ahí, si bien, por lo bajo y por anticipado, inopinadamente preparada por Verlaine, tan fluido, de vuelta a primitivos deletreos.

Testigo de esta aventura, en la que se me quiso asignar un papel más eficaz, que a nadie conviene, yo dirigía, al menos, mi ferviente interés, y, es tiempo ya de hablar, a distancia preferentemente, tal como ello fuera, anónima, casi.

Concordarán que la poesía francesa, por la primacía encantatoria dada a la rima, en su evolución hasta nosotros se da a calar intermitente: brilla un lapso, lo consume y espera. Extinción, más bien, usura del mostrar la trama, inútil insistencia. La urgencia de poetizar, por oposición a variadas circunstancias, hace, ahora, tras uno de esos orgiásticos excesos periódicos de casi un siglo, comparable al único Renacimiento, o el giro imponiéndose de sombra y enfriamiento, ¡para nada!, que el destello difiera, continuo: el temple, tan a menudo oculto, se ejerce pública‐mente, vía deliciosos masomenos.

Creo poder discriminar, triplemente, el trato otorgado al cánon hierático del verso — gradualmente.

Esa prosodia, reglas tan breves, por lo demás intratable: ella notifica ese acto de prudencia, tal el hemistiquio, y estatuye el menor esfuerzo, para simular la versificación, al modo de los códigos según los cuales abstenerse de hurtar es la condición de rectitud, ejemplar. Justo lo que no importa aprender; como no haberlo adivinado por sí mismo y de entrada, instituye la inutilidad de, ahí, contreñirse.

Los fieles del alejandrino, nuestro hexámetro, aflojan interiormente tal rígido y pueril mecanismo, de su medida; la oreja, quita de un conteo ficticio, experimenta un placer por discernir, sola, todas las combinaciones posibles de, entre ellos, doce timbres. Cálese el gusto bien moderno.

Un caso, de ninguna manera el más curioso, intermedio — el que viene.

El poeta de agudo tacto que considera este alejandrino como la joya definitiva, empero, surgiendo, espada, flor, sólo de vez en cuando y con motivo premedi‐tado, toca tal púdicamente o se la juega en torno a, acuerda vecinos acuerdos, antes de darla soberbia y desnuda: dejando su tiento desfallecer contra la undécima sílaba o propagarse, muy a menudo, a una décimotercera. Regnier sobresale en estos acompañamientos, su invención, sé, discreta y orgullosa como el genio que él instauró, y reveladora de la turbulencia transitoria entre los ejecutantes frente el hereditario instrumento. Otra cosa, o simplemente lo contrario, se deja pispear un vil motín, consciente, en la vacancia del viejo molde agotado, cuando Jules Laforgue, comenzando por el comienzo, nos inició en los encantos ciertos de los versos en falso.

Hasta ahora, o tanto en uno como en el otro de los modelos precitados, nada, sino más bien reserva y abandono, a causa del agotamiento por el abuso de la cadencia nacional — cuyo uso, como el de la bandera, ha de seguir siendo excepcional. Con esta particularidad, con todo, graciosa, que tanto infracciones voluntarias como académicas disonancias apelan a nuestra delicadeza, en el lugar que ocupara, hace quince años apenas, el preceptor, que seguiéramos, exasperado, como ante un cierto sacrílego ignaro. Yo diría que la evocación del verso estricto, su memoria, acosa a estos juegos marginales y les otorga ganancias.

Toda la novedad se instala, con respecto al verso libre, no como el siglo XVII se le atribuyó a la fábula o a la ópera (sólo se trataba de un arreglo, sin la estrofa, de los metros más notorios) sino, llamémosle, como se merece, “polimorfo”: y vislumbremos ahora la disolución del número oficial, en lo deseado, al infinito, en tanto se reitere un placer. Tanto una eufonía fragmentada de acuerdo al asentimiento del lector instuitivo, con una ingenua y preciosa justeza — otrora el Sr. Moréas; o bien un gesto, languideciente, de ensoñadera, sobresaltante, de pasión, que acompasa, el Sr. Vielé‐Griffin; previamente el Sr. Kahn con una harto sabia notación del valor tonal de las palabras. No doy nombres, hay otros típicos, los de los Srs. Charles Morice, Verhaeren, Dujardin, Mockel y todos, sino como pruebas de mis decires — y a fin de remitir a las publicaciones.

Lo destacable es que por primera vez en la historia literaria de pueblo alguno, conjuntamente con los grandes órganos generales y seculares donde se exalta, en consonancia con un teclado latente, la ortodoxia, cualquiera con su juego y su oído, individuales, puede hacerse de un instrumento, dado que respira, lo roza o golpea con ciencia — a usarlo aparte y, también, dedicarlo a la Lengua.

Una alta libertad, ganada, la más nueva: no veo, y sigue siendo mi intensa opinión, ningún borramiento, de nada que haya sido bello en el pasado; sigo estando convencido que en las amplias ocasiones se obedecerá siempre a la tradi‐ción solemne, cuya preponderancia tiene que ver con el genio, clásico: solamente, cuando no haya habido lugar, por una sentimental comilona o por un relato, para molestar a los venerables ecos, lo veremos hacerlo. Toda alma es una melodía, de lo que se trata es de retomarla; y para ello son la flauta o la viola de cada cual.

Brilla tarde una condición cierta o la posibilidad, a mi parecer, no sólo de expresarse, sino también de modularse, a su agrado. 

Imperfectas las lenguas, dado que varias, falta la suprema: siendo pensar escribir sin accesorios, ni susurro sino tácita aún la inmortal palabra, la diversidad, en la tierra, de idiomas, a nadie impide pronunciar los vocablos que, o sino se hallarían, por una cuña única, ella misma materialmente la verdad. Esta prohibición, reina expresamente en la naturaleza (nos empeñamos en ello con una sonrisa), que no valga como razón para considerarse Dios — pero, al momento, vuelto a la estética, mi mollera lamenta que el discurso no logre expresar los objetos por pinceladas correspondiendo en colorido y en cariz, los que existen en el instrumento de la voz, entre las lenguas y, a veces, en alguien. Al lado de sombra, opaca, tenebroso se oscurece poco; qué lata, ante la perversidad que le otorga a jour como a nuit, contradictoriamente, timbre oscuro allí, claro acá. El deseo de un término de brillante esplendor, o de que se extinga, inverso; en cuanto a alternativas luminosas — Solamente, a saber, no existiría el verso: él, filosóficamente remunera, la falta de las lenguas, enteramente superior.

Arcano extraño — y, de no menores intenciones, brilló la métrica en los tiempos incubatorios.

Que un lote de palabras, ante la comprensión de la mirada, se disponga en distintivos trazos, con lo cual: el silencio.

Si, en el caso francés, invención privada no sobrepasa el legado prosódico, el disgusto estallaría, sin embargo, si un cantor no supiese aparte y a merced de pasos en la infinidad de florcillas galantes, en cualquier parte en que su voz encuentra una notación, coger... La tentativa, hace un momento, ocurrió y, salvo indagaciones eruditas aún en tal sentido, acentuación, etc., anunciadas, sólo conozco un juego, atractivo, se despliega con los fragmentos del antiguo verso advertibles, a eludirlo o descubrirlo, antes que un hallazgo súbito, extranjero, entero. El tiempo que afloja la presión, la forzadura, y se repliega el celo, donde desafinó la escuela. Muy preciosamente: pero, de esta liberación, aún por calibrar, o, mejor, que cada individuo aporte una prosodia, nueva, participando con su aliento — también, claro, alguna ortografía —, la broma ríe a todo dar o inspira el tinglado de los prefacieros. Similitud entre los versos, y viejas proporciones, una regularidad perdurará porque el acto poético consiste de pronto en ver que una idea se fracciona en una cantidad de motivos iguales por valor y en agruparlos — riman: por sello externo, su medida común que aparenta el golpe definitivo.

En el tratamiento, tan interesante, para con la versificación acaecido, de des‐canso e interregno, yace, menos que en nuestras vírgenes circunstancias mentales, la crisis.

Oír el indiscutible rayo — como algunas trazas doran y rasgan un meandro de melodías: o la Música converge con el Verso para formar, tras Wagner, la Poesía.

No que tal y tal elemento se aparte, con ventaja, hacia una integridad separada triunfante, en tanto concierto mudo si no articula y el poema, enunciador de su comunidad y temple, claree la instrumentación hasta la evidencia bajo el velo, como la elocución desciende por la tarde de las sonoridades. Lo moderno de los meteoros, la sinfonía, a voluntad o a espaldas del músico, se aproxima al pensa‐miento — el cual no sólo se autoriza de la expresión corriente.

Cierta explosión del Misterio en todos los cielos de su impersonal magni‐ficencia, donde la orquesta no debía influir el esfuerzo antiguo que, durante mucho tiempo, la pretendía traducir por la boca, únicamente, de la raza.

Índice doble consecuente —

Decadente, Mística, las Escuelas se declaran o etiquetan a la rápida en nuestra prensa informativa; adoptan, como lugar de encuentro, el punto de un Idealismo que (análogamente a las fugas, a las sonatas) evita los materiales naturales y, como brutal, que un exacto pensamiento los ordene — para no retener sino lo sugerente. Instituir una relación entre las imágenes exacta, y que de tal se desprenda un tercer aspecto fusible y claro presentado a la adivinación... Abolida, la pretensión, estéticamente un error, pese a que rija las obras maestras, de incluir en el sutil papel del volumen otra cosa que, por ejemplo, el horror del bosque, o el trueno mudo disperso en el follaje — y no la madera intrínsica y densa de los árboles. Algunos arrojos del íntimo orgullo verídicamente publicitados despiertan la arquitectura del palacio, el único habitable — fuera de toda piedra, con que las páginas se cerrarían mal.

“Los monumentos, el mar, el rostro humano, en su plenitud, nativos, conservando una virtud singularmente atrayente tal que no los vela una descripción, evocación, dichas, alusión, sé, sugerencia: esta terminología algo azarosa atestigua la tendencia, una decisiva, harto, tal vez, que experimentara el arte literario, la delimita y la exceptúa. Su sortilegio, el suyo, si no es liberar, fuera de un puñado de polvo o realidad sin cercarla, para el libro, incluso como texto, la dispersión volátil o el espíritu, que nada tiene que ver, salvo, con la musicalidad de todo.” [pasaje de La Musique et les Lettres]

Hablar tiene relación con la realidad de las cosas sólo comercialmente: en literatura, tal se contenta con hacerle una alusión o distraer su calidad que algún día incorporará.

Con esa condición se eleva el canto, no más un gozo aligerado.

Esta perspectiva, la llamo Transposición — Estructura, otra.

La obra pura implica la desaparición elocutoria del poeta, que cede la inicia‐tiva a las palabras, por el contraste de su igualdad, movilizadas; se iluminan con recíprocos reflejos como una virtual estela de fuego sobre preciosas piedras, rem‐plazando la respiración perceptible en el antiguo aliento lírico o la dirección per‐sonal entusiasta de la frase.

Una disposición del libro de verso despunta innata o en todo lugar, elimina el azar; se la requiere aún, para omitir al autor: ahora bien, un sujeto, fatal, implica, entre los fragmentos juntos, tal acuerdo con respecto al lugar, en el volumen, que corresponde. Susceptibilidad dado que la voz posee un eco — motivos del mismo juego se equilibrarán, balanceados, a distancia, ni el sublime incoherente de la paginación romántica ni esa unidad artificial, antiguamente, a la medida, en bloque, del libro. Todo se vuelve suspenso, disposición fragmentaria con alternacia y cara a cara, concurriendo al ritmo total, tal sería el poema callado, en los blancos — únicamente traducido, de un modo, uno, por cada deriva. Instinto, quiero, columbrado para publicaciones y, si tal tipo, no permanece como exclusivo de complementarios, la juventud, por esta vez, en poesía, donde se impone una fulminante y armoniosa plenitud, tartamudeó el mágico concepto de Obra. Cierta simetría, paralelamente, que, de la situación de los versos en la pieza, se liga a la autenticidad de la pieza en el volumen, hurta, además del volumen, inscribiendo a varios, en el espacio espiritual, la rúbrica amplificada del genio, anónimo y perfecto como una existencia de arte.

Quimera, haberlo pensado, atestigua, en el reflejo de sus escamas, cuánto el presente ciclo, o último cuarto de siglo, experimenta tal relámpago absoluto — cuyo apuntalamiento de aguacero en mis cristales despeja el trastorno rutilante, hasta iluminar éste — que, más menos, todos los libros contienen la fusión de algu‐nas contadas repeticiones: incluso entonces sería sólo uno — en el mundo, su ley —, biblia como la simulan las naciones. La diferencia, de una obra a otra, ofreciendo tantas lecciones propuestas en un inmenso concurrir en pos del texto verídico, entre las edades llamadas civilizadas o — letradas.

Por cierto, nunca me siento en las graderías de los conciertos sin catear entre la oscura sublimidad tal bosquejo de alguno de los poemas inmanentes a la humanidad o a su original estado, tanto más comprensible cuanto callado y que para de‐terminar su vasta línea el compositor experimentó esa facilidad de suspender hasta la tentación de explicarse. Yo me figuro por un, sin duda, indesarraigable prejuicio de escritor, que nada queda sin ser proferido; que estamos en ello, precisamente, indagando, ante un quiebre de los grandes ritmos literarios (del que se ha hecho alusión más arriba) y su desperdigamiento en articulados estremecimientos cercanos a la instrumentación, un arte de finalizar la trasposición, al Libro, de la sinfonía o lisa y llanamente de retomar lo nuestro: pues no es de las sonoridades elementales de los cobres, cuerdas, maderos, innegablemente, sino de la intelectual palabra en su apogeo que ha, con plenitud y evidencia, de provenir, en tanto conjunto de las relaciones existentes en el todo, la Música.

Un deseo innegable en mi tiempo es separar, como en vistas a atribuciones diferentes, la doble estancia de la palabra, brutal o inmediata aquí, por ahí esencial.

Narrar, enseñar, describir incluso, ocurre y aún que a cada uno le bastaría tal vez para intercambiar pensamiento humano, tomar o poner en la mano de otro, en silencio, una moneda, el empleo elemental del discurso desengasta el universal reportaje que, exeptuada la literatura, comparte todo entre los géneros de los escri‐tos contemporáneos.

¿A qué tanto, a fin de cuentas, la maravilla de trasponer un hecho de natura en su, casi, desaparición vibratoria, según el juego de la palabra, con todo, si no para que de ello emane, sin la molestia de un próximo o concreto llamamiento, la noción pura?

Yo digo: ¡una flor!, y, fuera del olvido en que mi voz relega algún contorno, en tanto que otra cosa que los cálices consabidos, musicalmente se eleva, idea incluso y suave, lo ausente de todo bouquet.

Al contrario de una función de numerario fácil y representativo, como lo trata de entrada la multitud, el decir, antes que nada sueño y canto, reencuentra en el Poeta, por necesidad constitutiva de un arte consagrado a las ficciones, su virtualidad.

El verso que, de más de un vocablo, recompone un término total, nuevo, ajeno a la lengua y como encantatorio, acaba con este aislamiento de la palabra: negando, por un rasgo soberano, el azar demorado en cada término, pese al artificio de su retemple alternado en el sentido y la sonoridad, y les (os) causa esta sorpresa de no haber oído jamás tal pasaje ordinario de elocución, al mismo tiempo que la reminiscencia del objeto nombrado chapotea en una atmósfera nueva.


Traducción de Andrés Ajens
Fuente Escuela de Filosofía Universidad ARCIS
Foto 22 abril 1893 © adoc-photos/Corbis


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Descubro a Bernard Noël: El jardín de tinta (Secuencia 6)

2 de mayo de 2013




1.

y ahora el que habla ha cerrado la puerta al devenir
ser pobre dice lo he sido lo seré toda la vida
el mundo tal como va se para un momento al borde de lo que esconde
la esperanza es de siempre la lengua podrida de lo aceptable
su vieja descomposición apesta de pronto en la garganta
no hay excusa para el mantenimiento del desamparo
pero todo contribuye en la moral y la ley a la justicia
se siente eso llega luego la mirada loca de quien vio la muerte
entonces se busca en torno la vida por debajo de la vida
cuando el mundo era un poco más joven bastaba levantar el puño
el porvenir se ponía a cantar al fondo de la bella ilusión
todos tienen miedo ahora de perder lo que ya han perdido
mientras a cada uno el deseo de seguridad le mete en la cabeza
una soledad ávida de lo mismo que la hace insaciable
el vínculo social de donde su desdicha podría sacar el único descanso
los vivos a diferencia de los muertos no pueden revivir
el serrín de su conciencia les llena de polvo el pensamiento

2.

y ahora hay quien desde allí se acuerda de haberse acordado
cuando privados del cuerpo tenemos por bien último un demasiado tarde
hay quien hoy cuando el tiempo dejó de pronto su viejo camino
mientras el mal cambiaba a la vez de rutina y de naturaleza
todo un engaño plegado sobre sí mismo para sembrar la confusión
y hubo entonces una cascada de olvido que se vertía en la memoria
nos acabábamos de arrancar no los ojos sino la reflexión de los ojos
mientras colgada en los ganchos de los media la cultura agonizaba
no había ya lengua en las bocas y en lo alto la vulgaridad
se pavoneaba creyendo probar así su legitimidad
el asesino no se hace valer agitando el cuchillo
pero cómo denunciar el arma secreta e invisible de la mentira
todo se intenta en un mover de sílabas y nada sin embargo dice
qué heridas resultan sobre todo cuando llega el tiempo de un hoy
un tiempo en que cada frase es pervertida para que se pudra en la cabeza
el lugar donde vocales y consonantes se reúnen para el acto de pensar
convocando entre saliva y dientes huecos la voluntad de resistir

3.

pero ahora que el sin-sentido hace la ley que a la resistencia da sentido
cuando los pobres son cada vez más pobres los ricos más ricos
la poesía busca a tientas entre sus viejos temas da palos al aire
lo que fue tierra prometida ya es sólo paraíso perdido
sin duda uno consigue plantarse en medio del presente
para desafiar su propia desesperanza con bocanadas de silencio
sabe que hay que incubar la ceniza mascar la sombra hasta el final
cada día tragar las amarguras descubriendo que nada valen
rebelión ni ira ni uno ni otro de estos impulsos a contra-tiempo
hace falta en el fondo de la noche inventar un sobrevivir al vivir
escupir al aire un resto de rencor habituándose al miedo
nadie sabe por cuánto tiempo queda el porvenir tras nosotros
el presente ya no sabe ir más allá de lo inmediato
cada uno toca en este límite el borde de su condena
sea al exilio al campo de detención a la fosa común
y estamos de pie bajo la amenaza que sirve de nuevo cielo
se olvida el azul bajo ese cielo y el placer de respirar

4.

y ahora para no ceder en nada hay que hablar hasta el hastío
hablar de los golpes de la humillación de lo arbitrario y la brutalidad
la cabeza está corrompida alguien quiere el país a su servicio
que la igualdad sea sólo una quimera y la intimidad mutilada
la poesía se mira los pies para encontrar la bajeza exacta
la abyección no viene de abajo nace el lodo a causa del orden
se desnaturaliza la naturaleza y se oxidan los órganos
el servilismo está listo siempre para más servidumbre
qué hacer contra la humanidad para volver a levantar la especie
cuando la especulación no tiene otro papel que bendecir la estafa
el aire está tan lleno de esputos que hace falta lavar la vista para ver
pero hay quien quiere ver las huellas del desprecio babear aún en su rostro
el odio es la única forma de enjuagar los ojos y el cerebro
es necesario que la boca siga abierta hasta allá hasta la sombra
y que un desgarrón entre purulencias y excrementos haga la limpieza
por todos lados estruendo ira extrema y ningún socorro al fin un grito
suena de súbito sobre los mocos de imágenes y discursos

5.

y ahora quien necesita palabras sólo tiene cadáveres ante sí
la putrefacción del vocabulario ha impregnado el aliento
cómo hablar de resistencia con todo lo podrido en la boca
no se sabe ya si nuestro pensamiento es pensamiento por sí mismo
o si algún virus agita en nosotros su perfecto simulacro
cuando lo virtual es más fuerte que la realidad todo finge
la ilusión ha vencido en el debate del ser y el parecer
lo duradero ha perdido su valor en provecho de la mercancía
la revolución estaría de moda si fuera vendible
el presente se traga a la vez el porvenir y el pasado
y además qué es el tiempo si es igual al consumo
el valor de uso es menos apreciado que la velocidad de la usura
o la necesidad sin cesar acelerada de cambio
se espera incluso seguridad de la comisaría y de la banca
con la esperanza final de una plusvalía de la vida sobre la vida
en el reflujo de los deseos humanistas el sentido va dando tumbos
la mirada cae al fondo del fondo bajo el peso de la espesa estupidez

6.

y ahora tiras a la izquierda tu ira y la agonía empieza
hay ahí alguien que busca en ti el sentido de su triste cansancio
ningún ideal ni siquiera una meta el único deseo de terminar
porque siendo el mundo el mundo su movimiento lo arrastra hacia abajo
hacia el lugar exacto en que lo humano perece en su caricatura
para qué querer sublevar a quien se inclina a la servidumbre
la historia añade todo su peso a esta vieja tendencia
por qué se encuentra desde el origen tan al gusto de clérigos
y reyes en todas partes el mismo apetito insaciable de sumisión
sólo aquí o allá para el poema y la leyenda algunas revoluciones
pero para qué formular sin ninguna esperanza tal clase de evidencia
las cartas están dadas y ahora es sólo la continuación de siempre
por qué rumiar aún lo que el papel mejor haría en vomitar
la mano debería arrancar una a una las letras y plantar silencio
la muerte podría así venirnos dulcemente por la espalda
y la nuca quebrada se inclinaría al fin por una buena razón
el adiós definitivo a la pequeña comedia humana

7.

y ahora todavía algo de rabia gruñe en la cabeza o el corazón
el verso se ha alargado para darse tiempo a reflejar su murmullo
pero ahí lo tienes dudando ya en medio de un brote de angustia
qué ocurre nada nuevo en todas partes el mismo desastre
es la guerra y clase contra clase va sin haberse declarado
sólo una mirada un desafío un gesto de ira y la boca balbucea
llena de palabras que lanzadas una a una nada cambian bajo el horizonte
a falta de mañana se tienen indigestiones de presente
cada acción carece de aliento o de un no sé qué de esperanza
esa moneda de ilusión que gastábamos riéndonos de nosotros mismos
lo que fue política no es ya más que pobre publicidad
no se sabe que la naturaleza ha cambiado de naturaleza y lo humano
ha cambiado de humanidad pero nunca se supo quién ni por qué
quién decidía el contenido y si el continente era absoluto o relativo
el asco es ahora el último valor sin tarifa posible
peor para un porvenir vomitado de antemano a la vez que yo
que nosotros que vosotros que todos los consumidores de la nada actual





Le Jardin de'encre séquence 6

1 // et maintenant celui qui parle a fermé la porte au devenir / être pauvre dit-il je l’ai été je le serai toute ma vie / le monde tel qu’il va s’arrête un moment au bord de ce qu’il cache / l’espoir depuis toujours est la langue pourrie de l’acceptable / sa vieille décomposition empuantit soudain la gorge / il n’y a pas d’excuse à l’entretien de la déréliction / tout y contribue pourtant de la morale et de la loi à la justice / on a cette impression puis vient le regard fou de qui a vu la mort / on cherche alors autour de soi la vie d’au-dessous de la vie / quand le monde était un peu plus jeune il suffisait de lever le poing / l’avenir aussitôt chantait au bout de la belle illusion / tous ont peur désormais de perdre ce qu’ils ont déjà perdu / cependant qu’en chacun le désir de la sécurité met en tête / une solitude affamée de cela même qui la rend dévorante / du lien social d’où son malheur pourrait tirer le seul repos / les vivants à la différence des morts sont incapables de revivre / la sciure de leur conscience empoussière en eux toute la pensée

2 // et maintenant qui depuis là-bas se souvient de s’être souvenu / quand privé de nos corps nous n’avons pour bien dernier qu’un grand trop tard / qui de cet aujourd’hui où le temps quitta soudain son vieux chemin / cependant que le mal changeait à la fois d’ornière et de nature / toute une tromperie sur elle-même retroussée pour semer l’égarement / et ce fut alors comme une cascade d’oubli versant dans la mémoire / on venait d’arracher non pas les yeux mais dans les yeux la réflexion / tandis que pendue aux crocs des media la culture agonisait / il n’y avait plus de langue dans les bouches et là-haut la vulgarité / faisait la roue en croyant prouver ainsi sa légitimité / l’assassin ne se fait-il pas valoir en agitant son couteau / mais comment dénoncer l’arme secrète et invisible du mensonge / tout s’éprouve au mouvement de nos syllabes et rien pourtant ne dit / quelles blessures en découlent surtout quand vient le temps d’un aujourd’hui / un temps où toute phrase est faisandée pour que se gâte dans la tête / le lieu où consonnes et voyelles s’assemblent pour l’acte de penser / rameutant parmi salive et dents creuses la volonté de résister

3 // mais maintenant que le non-sens fait la loi que signifie la résistance / quand les pauvres sont toujours plus pauvres les riches toujours plus riches / la poésie cherche à tâtons parmi ses vieux sujets puis se bat les flancs / ce qui fut terres promises n’est déjà plus que paradis perdus / sans doute y gagne-t-on de se planter au milieu du présent / pour défier son propre désespoir à coup de bouffées de silence / on sait qu’il faut cuver la cendre puis mâcher l’ombre jusqu’au bout / chaque jour gober la chose amère en découvrant qu’à rien ne servent / révolte ni colère ni l’un ni l’autre de ces élans à contre époque / il faut dans le fond de la nuit inventer la survie de la vie / cracher en l’air un reste de rancœur en s’entraînant à la terreur / nul ne sait pour combien de temps l’avenir est derrière nous / le présent désormais ne sait aller plus loin que l’immédiat / chacun touche dans cette extrémité le bord d’une condamnation / est-ce à l’exil au camp de rétention à la fosse commune / et nous sommes debout sous la menace qui sert de nouveau ciel / on oublie l’azur sous ce ciel là et le plaisir de respirer

4 // et maintenant pour ne rien céder il faut dire jusqu’à l’écoeurement / dire les coups l’humiliation l’arbitraire et la brutalité / la tête est corrompue qui veut tout le pays à son service / que l’égalité ne soit qu’une chimère et l’intimité mutilée / la poésie regarde vers ses pieds pour trouver la juste bassesse / l’abjection ne vient pas d’en bas c’est par l’ordre que naît la boue / se dénature la nature et s’encrassent les organismes / la servilité est toujours prête à davantage de servitude / que faire à contre humanité afin de relever l’espèce / quand la spéculation n’a pour fonction que de bénir l’escroquerie / l’air est plein de crachats si bien qu’il faut laver la vue pour voir / mais qui veut voir les traces du mépris baver encore sur sa face / la haine est la seule façon de rincer les yeux et le cerveau / il faut que l’ouverture de la bouche aille tout là-bas jusqu’à l’ombre / et qu’un déchirement entre sanie et excréments fasse le nettoyage / fracas partout colère extrême et rien pas de secours un cri enfin / chie soudain par en haut la morve des images et des discours

5 // et maintenant qui a besoin des mots n’a que cadavres devant lui / la putréfaction du vocabulaire a gagné le souffle / comment parler de résistance avec tout ce pourri en bouche / on ne sait plus si la pensée est en nous pensée par elle-même / ou si quelque virus agite en nous son parfait simulacre / quand le virtuel est plus fort que la réalité tout fait semblant / l’illusion l’a emporté dans le débat de l’être et du paraître / le durable a perdu sa valeur au profit de la marchandise / la révolution serait à la mode si elle était vendable / le présent mange tout à la fois l’avenir et le passé / d’ailleurs qu’est-ce que le temps dès lors qu’il est égal à la consommation / la valeur d’usage est moins prisée que la vitesse de l’usure / ou la nécessité sans cesse accélérée du changement / on attend même sécurité de la banque et du commissariat / avec l’espoir à la fin d’une plus value de sa vie sur la vie / le sens tourne en rond dans le reflux des désirs humanistes / le regard tombe au fond du fond sous le poids de l’épaisse bêtise 


6 // et maintenant tu jettes à gauche ta colère et l’agonie commence / quelqu’un est là qui cherche en toi le sens de sa triste fatigue / plus d’idéal et pas même un but le seul désir d’en finir / car le monde étant le monde son mouvement l’entraîne vers le bas / vers le lieu exact où l’humain périt dans sa caricature / à quoi bon vouloir révolter le penchant à la servitude / l’histoire ajoute tout son poids à cette vieille inclination / pourquoi la trouve-t-on dès l’origine avec le goût des prêtres / et des rois partout le même insatiable appétit de soumission / avec par-ci par-là pour le poème et la légende quelques révolutions / mais à quoi bon formuler sans espoir aucun ce genre d’évidence / les jeux sont faits et maintenant n’est que la suite de toujours / pourquoi ressasser encore ce que le papier ferait mieux de vomir / la main devrait arracher une à une les lettres et planter du silence / la mort pourrait ainsi venir tout doucement dans notre dos / et la nuque brisée s’inclinerait enfin pour la bonne raison / l’adieu définitif à la petite comédie humaine

7 // et maintenant un peu de rage râle encore est-ce en tête ou dans le cœur / le vers s’est allongé pour se donner le temps de réfléchir son bruissement / mais le voilà qui déjà hésite au milieu d’une poussée d’angoisse / qu’arrive-t-il rien de nouveau car partout le même désastre / c’est la guerre et classe contre classe elle va sans déclaration / juste un regard un défi un geste de colère et la bouche bredouille / pleine de mots qui lancés un à un ne changent rien sous l’horizon / faute de lendemains on a des indigestions de présent / il manque à chaque action un souffle ou ce je ne sais quoi d’espoir / cette monnaie de l’illusion qu’on dépensait en riant de soi même / désormais ce qui fut politique n’est plus que pauvre publicité / on ne sait pas qu’ainsi la nature a changé de nature et l’humain / changé d’humanité mais a-t-on jamais su qui et pourquoi / qui décidait du contenu et si le contenant était relatif ou complet / le dégoût est à présent la dernière valeur intarifiable / tant pis pour l’avenir vomi d’avance en même temps que je / que nous que vous que tous les consommateurs du rien actuel


Versión Miguel Casado
Cortesía Revista Minerva, n° 19
Imagen: Busto de Bernard Noël,1994, bronce Boris Lejeune


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