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Michel Houellebecq: Sumisión (Cap. III, fragm.)

7 de enero de 2016



Me venían vagamente a la memoria algunas frases de Huysmans acerca de la Edad Media, aquel armagnac era absolutamente delicioso, y me disponía a responderle cuando me di cuenta de que era incapaz de articular un pensamiento claro. Para mi gran sorpresa, con voz firme y bien ritmada, empezó a recitar a Péguy:
Dichosos los que han muerto por la tierra carnal,
con tal que fuera en una guerra justa.
Dichosos los que han muerto por un pedazo de tierra,
dichosos los que han muerto de una muerte solemne.
Es muy difícil comprender a los demás, saber qué se oculta en el fondo de sus corazones, y sin la ayuda del alcohol quizá no podría lograrse nunca. Era sorprendente y emocionante ver a aquel viejo pulcro, peripuesto, cultivado e irónico ponerse a declamar poemas:
Dichosos los que han muerto en grandes batallas,
tendidos en el suelo ante la faz de Dios.
Dichosos los que han muerto en un último baluarte
rodeados del boato de los grandes funerales.
Meneó la cabeza con resignación, casi con tristeza.
Como ve, ya en la segunda estrofa, para dar mayor amplitud a su poema, tiene que evocar a Dios. La idea de la patria no basta por sí sola, debe estar unida a algo más fuerte, a una mística de un orden superior; y ese vínculo lo expresa claramente en los versos siguientes:
Dichosos los que han muerto por las ciudades carnales,
pues estas son el cuerpo de la ciudad de Dios.
Dichosos los que han muerto por su hogar
y por los pobres honores de las casas paternas.
Pues estas son la imagen y el comienzo
y el cuerpo y la prueba de la casa de Dios.
Dichosos los que han muerto en ese abrazo,
en esa acolada de honor y terrenal confesión.
»La Revolución Francesa, la República, la patria…, sí, eso pudo dar lugar a algo; algo que ha durado un poco más de un siglo. La cristiandad medieval, en cambio, duró más de un milenio. Sé que es especialista en Huysmans, me lo dijo Marie-Françoise. Pero, en mi opinión, nadie ha sentido el alma de la Martes 31 de mayo
La información estalló, en efecto, poco después de las dos de la tarde: la UMP, la Unión de Demócratas e Independientes y el PS habían cerrado un acuerdo de gobierno, un «frente republicano amplio», y se sumaban al candidato de la Hermandad Musulmana. Sobreexcitados, los periodistas de las cadenas de información se relevaron toda la tarde para tratar de saber más acerca de las condiciones del acuerdo y el reparto de ministerios, obteniendo siempre idénticas respuestas acerca de la vanidad de las consideraciones políticas, la urgencia de la unidad nacional y de cerrar las heridas de un país dividido, etc. Todo eso era de esperar, previsible; lo era menos, sin embargo, la reaparición de François Bayrou en primera línea de la escena política. Efectivamente, había llegado a un acuerdo con Mohammed Ben Abbes y este se había comprometido a nombrarle primer ministro si salía victorioso de las elecciones presidenciales.
El viejo político bearnés, derrotado en prácticamente todas las elecciones a las que se había presentado desde hacía treinta años, se esforzaba en cultivar una imagen de altura, con la complicidad de diversas revistas; es decir, que se hacía fotografiar regularmente, apoyándose en un cayado y vestido con una esclavina como Justin Bridou en un paisaje mixto de prados y campos de cultivo, por lo general en Labourd. La imagen que trataba de vender en sus múltiples entrevistas era la del hombre que dijo no, al estilo De Gaulle.
—¡Eso de Bayrou es una idea genial, absolutamente genial…! —exclamó Alain Tanneur en cuanto me vio, literalmente estremeciéndose de entusiasmo—. Confieso que nunca se me habría ocurrido; realmente ese Ben Abbes es muy bueno…
Marie-Françoise me recibió con una gran sonrisa; no solo parecía alegrarse de verme, sino que en general tenía aspecto de estar en plena forma. Al verla atareada frente a la encimera, provista de un delantal de cocina con un chiste del tipo «No riñan a la cocinera, aquí manda el jefe», costaba imaginar que unos días atrás impartía unos cursos de doctorado sobre las circunstancias tan particulares en las que Balzac corrigió las pruebas de Béatrix. Había preparado unas tartaletas de cuello de pato y escaloñas, deliciosas. Su marido, sobreexcitado, abrió una tras otra una botella de Cahors y otra de Sauternes, y acto seguido recordó que, sin falta, tenía que probar su oporto. De momento, no veía yo por qué el retorno de François Bayrou a la política tenía que calificarse de idea genial; pero, sin duda, Tanneur no tardaría en desarrollar su reflexión. Marie-Françoise lo miraba con benevolencia, visiblemente aliviada al ver que su marido se tomaba tan bien su destitución y se amoldaba con tanta facilidad a su nuevo papel de estratega de salón, que podría desempeñar honorablemente ante el alcalde, el médico, el notario y todos los notables locales, aún muy presentes en esos pueblos grandes de provincias, frente a los cuales conservaría su aureola de una carrera en el servicio secreto. Su jubilación, decididamente, se presentaba bajo los mejores auspicios.
—Lo más extraordinario de Bayrou, lo que le hace insustituible —prosiguió Tanneur con entusiasmo— es que es completamente estúpido, su proyecto político siempre se ha limitado a su propio deseo de acceder por cualquier medio a la «magistratura suprema», como se dice; nunca ha tenido, ni siquiera ha fingido tener la menor idea personal; resulta incluso sospechoso. Eso le convierte en el político ideal para encarnar la noción de humanismo, sobre todo porque se cree Enrique IV y se las da de gran pacificador del diálogo interreligioso; además, cuenta con un gran apoyo entre los votantes católicos, a los que su memez les tranquiliza. Es exactamente lo que necesita Ben Abbes, que desea sobre todo encarnar un nuevo humanismo, presentar al islam como la forma perfeccionada de un nuevo humanismo, reunificador, y que además es absolutamente sincero cuando proclama su respeto por las tres religiones del Libro.
Marie-Françoise nos invitó a sentarnos a la mesa; había preparado una ensalada de habas con diente de león y virutas de parmesano. Era tan deliciosa que hasta perdí por un instante el hilo del discurso de su marido. Los católicos prácticamente habían desaparecido en Francia, prosiguió, pero parecían aún envueltos en una especie de magisterio moral, en todo caso Ben Abbes había hecho desde el principio todo lo posible para ganarse su favor: a lo largo del año anterior, había ido por lo menos tres veces al Vaticano. Dotado de un aura tercermundista por el simple hecho de sus orígenes, había sabido sin embargo tranquilizar al electorado conservador. Contrariamente a su antiguo rival Tariq Ramadan, lastrado por sus simpatías trotskistas, Ben Abbes siempre había evitado comprometerse con la izquierda anticapitalista; había comprendido perfectamente que la derecha liberal había ganado la «batalla de las ideas», los jóvenes se habían vuelto emprendedores y el carácter insoslayable de la economía de mercado estaba ya unánimemente aceptado. Pero, sobre todo, el verdadero golpe genial del líder musulmán había sido comprender que las elecciones no se jugarían en el terreno de la economía sino en el de los valores; y que, en eso también, la derecha se disponía a ganar la «batalla de las ideas», sin tener siquiera que combatir. En lugar de presentar, como Ramadan, la sharia como una opción innovadora o incluso revolucionaria, le restituía su valor apaciguador, tradicional, con un perfume exótico que además la hacía deseable. En lo concerniente a la restauración de la familia, de la moral tradicional e implícitamente del patriarcado, se abría ante él un amplio camino que la derecha no podía tomar, y tampoco el Frente Nacional, sin ser tildados de reaccionarios o de fascistas por los sesentayochistas, momias progresistas agonizantes, sociológicamente exangües pero refugiados en ciudadelas mediáticas desde las que aún eran capaces de lanzar imprecaciones sobre la desgracia de los tiempos y el ambiente nauseabundo que se abatía sobre el país; solo él estaba al abrigo de todo peligro. Paralizada por su antirracismo constitutivo, la izquierda había sido incapaz de combatirlo desde el principio, e incluso de mencionarlo.
Marie-Françoise nos sirvió a continuación garrones de cordero confitados acompañados de patatas salteadas, y empecé a sentirme desconcertado.
—No deja de ser musulmán… —objeté confusamente.
—Sí. ¿Y qué…? —Me miró, radiante—. Es un musulmánmoderado, ese es el punto central: lo afirma constantemente, y es verdad. No hay que imaginarle como un talibán ni como un terrorista, sería un error de bulto; siempre ha demostrado desprecio hacia esa gente. Cuando habla de ello en los artículos de opinión que ha publicado en Le Monde, más allá de la reprobación moral manifiesta, se distingue muy bien ese dejo de desprecio; en el fondo, considera a los terroristas unos aficionados. Ben Abbes es en realidad un político extremadamente hábil, sin duda el más hábil y retorcido que hayamos conocido en Francia desde François Mitterrand; y, al contrario que Mitterrand, tiene una verdadera visión histórica.
—En resumidas cuentas, cree que los católicos no tienen nada que temer.
—No solo no tienen nada que temer, ¡hasta tienen mucho que ganar! Sabe… —sonrió excusándose—, hace diez años que sigo el caso de Ben Abbes, puedo decir sin exagerar que soy una de las personas en Francia que mejor lo conoce. He consagrado prácticamente toda mi carrera a la vigilancia de los movimientos islamistas. El primer caso en el que trabajé, en esa época era muy joven, aún estudiaba en Saint-Cyr-au-Mont-d’Or, fueron los atentados de 1986 en París, que finalmente se descubrió que fueron ordenados por Hezbollá e indirectamente por Irán. Luego vinieron los argelinos, los kosovares, las facciones más directamente ligadas a Al Qaeda, los lobos solitarios… Nunca ha cesado, bajo formas diversas. Por todo ello, cuando se creó la Hermandad Musulmana, ya los teníamos en el punto de mira. Fueron necesarios años para convencernos de que Ben Abbes tenía realmente un proyecto, e incluso un proyecto extremadamente ambicioso, pero que este no tenía nada que ver con el fundamentalismo islámico. En los círculos de extrema derecha se extendió la idea de que cuando los musulmanes llegaran al poder los cristianos serían necesariamente reducidos a un estatus de dhimmis, ciudadanos de segunda clase. La dhimmahforma parte en efecto de los principios generales del islam; pero en la práctica, el estatus de dhimmi es muy flexible. El islam tiene una extensión geográfica enorme; la manera en que se practica en Arabia Saudí no tiene nada que ver con la de Indonesia o Marruecos. En lo que respecta a Francia, estoy absolutamente convencido y me apostaría cualquier cosa a que no solo no se pondrá ninguna traba al culto cristiano, sino que las subvenciones concedidas a las asociaciones católicas y al mantenimiento de los edificios religiosos serán aumentadas, pues pueden permitírselo, y de todas formas las que las petromonarquías concederán a las mezquitas serán mucho mayores. Y, sobre todo, el verdadero enemigo de los musulmanes, lo que temen y odian más por encima de todo, no es el catolicismo: es el secularismo, el laicismo, el materialismo ateo. Para ellos los católicos son creyentes, el catolicismo es una religión del Libro; se trata solo de convencerlos de dar un paso más, de convertirse al islam: esa es la verdadera visión musulmana de la cristiandad, la visión original.
—¿Y los judíos? —Se me escapó, no había previsto preguntarlo. La imagen de Myriam sobre mi cama, en camiseta, la última mañana, la imagen de su culito redondo me vino brevemente a la mente; me serví otra copa generosa de Cahors.
—Ah… —Sonrió de nuevo—. Para los judíos es evidentemente un poco más complicado. En principio, la teoría es la misma, el judaísmo es una religión del Libro, Abraham y Moisés están reconocidos como profetas del islam; sin embargo, en la práctica, en los países musulmanes las relaciones con los judíos a menudo han sido más difíciles que con los cristianos; y además, por supuesto, la cuestión palestina lo ha envenenado todo. Así que hay ciertas corrientes minoritarias en el seno de la Hermandad Musulmana que desearían ejercer medidas de represalia contra los judíos; pero creo, también, que no tienen posibilidades de imponerse. Ben Abbes siempre se ha cuidado de mantener buenas relaciones con el gran rabino de Francia; quizá de todas formas de vez en cuando les aflojará un poco la brida a sus extremistas; porque si realmente piensa obtener conversiones masivas entre los cristianos, y nada prueba que eso sea imposible, sin duda se hace pocas ilusiones en lo que respecta a los judíos. Creo que lo que espera en el fondo es que decidirán por sí mismos marcharse de Francia para emigrar a Israel. En todo caso, puedo asegurarle que no tiene ninguna intención de comprometer sus ambiciones personales, que son enormes, por la cara bonita del pueblo palestino. Sorprendentemente, poca gente ha leído lo que escribió en sus inicios, aunque es cierto que se publicó en revistas de geopolítica poco conocidas. Pero su gran referencia, como salta a la vista, es el imperio romano, y para él la construcción europea no es más que un medio para hacer realidad esa milenaria ambición. El principal eje de su política exterior será desplazar al sur el centro de gravedad de Europa; ya existen organizaciones que persiguen ese objetivo, como la Unión para el Mediterráneo. Los primeros países susceptibles de sumarse a la construcción europea serán seguramente Turquía y Marruecos; luego vendrán Túnez y Argelia. A más largo plazo, está Egipto, que es una pieza más grande pero que sería decisiva. Paralelamente, cabe pensar que las instituciones europeas, que en la actualidad son poco democráticas, evolucionarán hacia más consultas populares; el resultado lógico sería la elección por sufragio universal de un presidente europeo. En ese contexto, la integración europea de países ya muy poblados y con una demografía dinámica, como Turquía y Egipto, podría desempeñar un papel decisivo. La verdadera ambición de Ben Abbes, estoy convencido de ello, es convertirse en su momento en el primer presidente electo de Europa, de una Europa ampliada, incluyendo los países del perímetro mediterráneo. Hay que recordar que solo tiene cuarenta y tres años, aunque para tranquilizar a su electorado se esfuerce en aparentar más cultivando su tripa y negándose a teñirse el cabello. En cierto sentido la vieja Bat Ye’or no se equivoca, con su fantasía del complot de Eurabia; pero se equivoca completamente cuando se imagina que el conjunto euromediterráneo se hallará en posición de inferioridad respecto a las monarquías del Golfo: nos hallaremos ante unas de las primeras potencias económicas mundiales y estarán perfectamente en condiciones de tratarse de tú a tú. Ahora mismo se está desarrollando un juego extraño con Arabia Saudí y las otras petromonarquías: Ben Abbes está absolutamente dispuesto a aprovecharse, sin medida alguna, de sus petrodólares; pero no tiene ninguna intención de consentir la menor cesión de soberanía. En cierto sentido no hace más que retomar la ambición de De Gaulle, la de una gran política árabe de Francia, y le aseguro que no le faltan aliados incluso entre las monarquías del Golfo, cuyo alineamiento con las posiciones norteamericanas las obliga a tragarse muchos sapos y culebras y las coloca permanentemente en entredicho ante la opinión pública árabe, y empiezan a decirse que un aliado como Europa, menos orgánicamente ligado a Israel, podría constituir una mejor elección…
Calló. Había hablado sin parar más de media hora. Me preguntaba si iba a escribir un libro, ahora que estaba jubilado, si iba a poner sus ideas por escrito. Su discurso me parecía interesante; en fin, para la gente a la que le interesa la historia, evidentemente. Marie-Françoise trajo el postre, una empanada landesa de manzana y nueces. Hacía mucho tiempo que no había comido tan bien. Después de la cena, lo que se imponía era pasar al salón para degustar un bas-armagnac; y eso fue exactamente lo que hicimos. Aplacado por el aroma del alcohol, contemplando el cráneo lustrado del antiguo espía, su bata corta de estampado escocés, me pregunté qué debía de pensar él mismo, personalmente. ¿Qué puede pensar alguien que ha consagrado su vida entera a investigar los entresijos geopolíticos? Probablemente nada, e imagino que ni siquiera votaba; sabía demasiado.
—Obviamente —retomó en un tono más calmado— entré en el servicio secreto francés porque de niño me fascinaban las historias de espionaje; pero fue también, creo, porque heredé el patriotismo de mi padre, que siempre me impresionó mucho. ¡Nació en 1922, figúrese! ¡Hace exactamente cien años…! Se alistó en la Resistencia desde el principio, a finales de junio de 1940. Ya en su época el patriotismo francés era una idea un poco menospreciada, puede decirse que nació en Valmy en 1792 y empezó a morir en las trincheras de Verdún en 1917. Un poco más de un siglo, en el fondo, es poco. Hoy, ¿quién cree en eso? El Frente Nacional finge que cree, es cierto, pero en su creencia hay algo muy incierto, muy desesperado; los demás partidos, por su lado, han apostado decididamente por la disolución de Francia en Europa. Ben Abbes también cree en Europa, cree en ella más incluso que los demás, pero es diferente, tiene una idea de Europa, un verdadero proyecto de civilización. Su modelo último, en el fondo, es el emperador Augusto; no es un modelo cualquiera. Como sabrá, se conservan los discursos de Augusto en el Senado, y estoy seguro de que los ha estudiado atentamente. —Calló y añadió, cada vez más pensativo—: Podría ser una gran civilización, no lo sé… ¿Conoce Rocamadour? —me preguntó de repente, empezaba a adormilarme un poco y le respondí que no, no lo creía, o quizá sí, tal vez lo había visto en la televisión—. Tiene que ir allí. Está a solo veinte kilómetros; no se lo puede perder. La peregrinación de Rocamadour era una de las más famosas de la cristiandad, figúrese. Enrique II Plantagenet, Santo Domingo, San Bernardo, San Luis, Luis XI, Felipe IV el Hermoso…, todos se arrodillaron a los pies de la Virgen negra, todos ascendieron, de rodillas, las escaleras que conducen al santuario, rogando humildemente el perdón de sus pecados. En Rocamadour podrá hacerse una idea de hasta qué punto la cristiandad medieval fue una gran civilización.
Me venían vagamente a la memoria algunas frases de Huysmans acerca de la Edad Media, aquel armagnac era absolutamente delicioso, y me disponía a responderle cuando me di cuenta de que era incapaz de articular un pensamiento claro. Para mi gran sorpresa, con voz firme y bien ritmada, empezó a recitar a Péguy:
Dichosos los que han muerto por la tierra carnal,
con tal que fuera en una guerra justa.
Dichosos los que han muerto por un pedazo de tierra,
dichosos los que han muerto de una muerte solemne.
Es muy difícil comprender a los demás, saber qué se oculta en el fondo de sus corazones, y sin la ayuda del alcohol quizá no podría lograrse nunca. Era sorprendente y emocionante ver a aquel viejo pulcro, peripuesto, cultivado e irónico ponerse a declamar poemas:
Dichosos los que han muerto en grandes batallas,
tendidos en el suelo ante la faz de Dios.
Dichosos los que han muerto en un último baluarte
rodeados del boato de los grandes funerales.
Meneó la cabeza con resignación, casi con tristeza.
—Como ve, ya en la segunda estrofa, para dar mayor amplitud a su poema, tiene que evocar a Dios. La idea de la patria no basta por sí sola, debe estar unida a algo más fuerte, a una mística de un orden superior; y ese vínculo lo expresa claramente en los versos siguientes:
Dichosos los que han muerto por las ciudades carnales,
pues estas son el cuerpo de la ciudad de Dios.
Dichosos los que han muerto por su hogar
y por los pobres honores de las casas paternas.
Pues estas son la imagen y el comienzo
y el cuerpo y la prueba de la casa de Dios.
Dichosos los que han muerto en ese abrazo,
en esa acolada de honor y terrenal confesión.
»La Revolución Francesa, la República, la patria…, sí, eso pudo dar lugar a algo; algo que ha durado un poco más de un siglo. La cristiandad medieval, en cambio, duró más de un milenio. Sé que es especialista en Huysmans, me lo dijo Marie-Françoise. Pero, en mi opinión, nadie ha sentido el alma de la Edad Media cristiana con tanta fuerza como Péguy, por republicano, laico y dreyfusista que fuera. Y lo que también sintió fue que la verdadera divinidad de la Edad Media, el corazón vivo de su devoción, no es el Padre, ni siquiera Jesucristo; es la Virgen María. Y eso también lo sentirá en Rocamadour…
Sabía que habían previsto regresar a París al día siguiente o dos días después para preparar la mudanza. Ahora que se habían cerrado los acuerdos de gobierno del frente republicano ampliado, los resultados de la segunda vuelta ya no albergaban duda alguna y su jubilación se había convertido en una certeza. Al despedirme, después de felicitar sinceramente a Marie-Françoise por su talento culinario, le dije adiós a su marido en la puerta. En el fondo me impresionaba un poco: había bebido casi tanto como yo y seguía siendo capaz de recitar de memoria estrofas enteras de Péguy. Por mi parte, no estaba muy convencido de que la república y el patriotismo hubieran podido «dar lugar a algo», aparte de a una sucesión ininterrumpida de guerras estúpidas, pero en cualquier caso Tanneur no chocheaba, me gustaría llegar a su edad en sus condiciones. Bajé los pocos peldaños que conducían a la calle, me volví en su dirección y le dije:
—Iré a Rocamadour.





Título original: Soumission
Michel Houellebecq, 2015
Traducción: Joan Riambau


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