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Elías Canetti: El arco del triunfo

12 de marzo de 2014




De todas las construcciones que Hitler proyecta para Berlín, el arco del triunfo es quizás, junto con la gran Kuppelhalle, la más próxima a su corazón. Ya lo había esbozado en 1925. Una maqueta de casi cuatro metros de alto, concebida con base en aquel proyecto inicial, fue la sorpresa de Speer para el quincuagésimo cumpleaños de Hitler, en abril de 1939. Pocas semanas antes sus tropas habían entrado en Praga. Parecía, pues, un momento muy indicado para construir un arco del triunfo. Hitler queda sumamente conmovido por este regalo, que lo atrae constantemente: lo contempla largo rato, se lo enseña a sus huéspedes; a las Memorias de Speer va unida una fotografía que ilustra su entusiasmo. Difícilmente otro regalo ha conmovido tanto el corazón de su destinatario.

Hitler y Speer ya habían hablado a menudo de este arco del triunfo. Su altura debía ser de 120 metros: más del doble de la del Arc de Triomphe de Napoleón en París. "Al menos será un monumento digno para nuestros muertos de la Guerra Mundial. ¡El nombre de cada uno de nuestros 1.800.000 caídos será grabado en el granito!" Son palabras del propio Hitler, transmitidas por Speer. No hay nada que resuma en forma tan concisa la esencia de Hitler. La derrota de la primera Guerra Mundial no es reconocida y acaba transformada en victoria. Será celebrada por un arco del triunfo dos veces más grande que el que le fue concedido a Napoleón por todas sus victorias. De este modo se manifiesta su intención de superar las victorias napoleónicas. Como se ha previsto que su duración sea eterna, el arco será fabricado con piedra muy dura. Pero en realidad está constituido por algo mucho más precioso: 1.800.000 muertos. El nombre de cada uno de estos caídos será grabado en el granito. De este modo se les rinden honores, pero también se los mantiene unidos, más densamente unidos aún que en cualquier masa. En aquel número enorme constituyen el arco del triunfo de Hitler. Todavía no son los muertos de su nueva guerra, planeada y deseada por él mismo, sino los de la primera, en la que él participó como cualquier otro ciudadano. Logró sobrevivirla, pero permaneció fiel a su recuerdo y nunca renegó de ella. El reconocimiento de esos muertos le dio la fuerza necesaria para no aceptar jamás el resultado de la guerra. Ellos eran su masa cuando aún no tenía otra, y siente que realmente lo ayudaron a conquistar el poder: sin los muertos de la primera Guerra Mundial Hitler nunca hubiera existido. Su intención de reunirlos en un arco del triunfo es el reconocimiento de esta verdad y de su deuda para con ellos. Pero se trata de su arco del triunfo, que llevará su nombre. Será difícil que alguien lea muchos de los otros nombres; aun cuando lograse hacer grabar en la piedra 1.800.000 nombres, la gran mayoría de éstos nunca será tomada en consideración. Lo que permanecerá en la memoria será su número, y este número inmenso pertenece a su nombre.

La sensación de esta masa de muertos es decisiva en Hitler. Es su verdadera masa. Sin ella es imposible entenderlo de veras, imposible entender sus inicios, su poder, lo que llegó a emprender con este poder y el objetivo final de sus empresas. Su obsesión, manifiesta en una vitalidad siniestra, son estos muertos.






En La conciencia de las palabras
Ensayos 1962-1974, "Hitler según Speer" 
Traducción de Juan José del Solar
Imagen: Albert Speer y Adolf Hitler por Heinrich Hoffmann 
Archivos Federales de Alemania


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