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Johan Huizinga: Las formas del trato amoroso en la Edad Media

8 de abril de 2018





Por la literatura llegamos a conocer las formas del amor en aquella época. Mas para representárnoslas, es menester que lo hagamos en la vida misma. Había todo un sistema de formas prescritas para llenar una vida juvenil de porte aristocrático. ¡Cuántos signos y símbolos del amor han  ido abandonando poco a poco los siglos posteriores! En lugar del amor se tenía entonces toda la múltiple mitología personal del Roman de la Rose. No cabe duda de que Bel-Accueil, Doux-Penser, Faux-Semblant y las demás figuras del Roman han vivido en la fantasía y no sólo en los productos directos de la literatura. Había además todo el delicado simbolismo de los colores del vestido, de las flores y de los adornos. El simbolismo de los colores, que aún hoy no está completamente olvidado, ocupaba un lugar muy importante en la vida amorosa de la Edad Media. Quien no lo conocía suficientemente, encontraba una guía en Le blasón des couleurs, compuesto alrededor de 1458 por el heraldo Sicilia[*378] puesto en verso en el siglo XVI y ridiculizado por Rabelais, no tanto por desprecio del asunto como porque acaso pensaba él mismo escribir algo semejante[379]. Cuando Guillaume de Machaut se encuentra por primera vez con su amada desconocida, queda embelesado al ver que lleva además de un vestido blanco una cofia de tela azul celeste, con papagayos verdes, pues el verde es el color de un amor nuevo, y azul, el de la fidelidad. Más tarde, cuando ha pasado el hermoso período de su amor de poeta, sueña que el retrato de su amada, que está colgado sobre su lecho, vuelve la cabeza, y que ella está vestida completamente de verde, qui nouvelleté signifie. Entonces compone una balada recriminatoria:
En lieu de bleu, dame, vous vestez vert[380].
Los anillos, los velos, todas las joyas y presentes del Amor tenían su función especial, con sus misteriosas divisas y emblemas, que degeneraban frecuentemente en los más artificiosos jeroglíficos. El delfín sale al palenque en 1414 con un estandarte, en el cual se veían bordadas en oro una K, un cisne (cygne) y una L[381], que significaban el nombre de una dama de honor de su madre Isabel, que se llamaba la Cassinelle. Rabelais se burla todavía un siglo después de los glorieux de court et transporteurs de noms, que indican en sus divisas espoir por medio de una sphere, peine por medio de pennes d’oiseaux, melancholie por medio de una ancolia (ancholie)[382]. Coquillart habla de una
Mignonne de haulte entreprise (de gran denuedo)
Qui porte des devises à tas[383].
Había, además, los juegos de sociedad, de asunto amoroso, como Le roi qui ne ment, Le chastel d’amours, Ventes d’amour, Jeux à vendre. La joven dice el nombre de una flor u otra cosa; el galán ha de componer sobre él una rima que contenga un cumplido:
Je vous vens la passerose,
—Relie, dire ne vous ose (no me atrevo a deciros)
Comment Amours vers vous me tire,
Si l’apercevez tout sanz dire[*384]
El Chastel d’amours era un juego análogo de preguntas y respuestas, tomando por base las figuras del Roman de la Rose:
Du chastel d’Amours vous demant (pregunto):
Dites le premier fondement!
—Amer loyaument.
Or (Ahora) me nommez le mestre mur (paredes maestras)
Qui joli le font, fort et seur! (seguro)
—Celer (callar) sagement,
Dites moy qui sont li crenel (almenas),
Les fenestres et li carrel! (sillares)
—Regart atraiant.
Amis, nommez moy le portier!
—Dangier mauparlant.
Qui est la clef qui le puet deffermer? (pueda abrirlo)
—Prier courtoisement[385].
Desde los días de los trovadores ocupaba un gran espacio en las conversaciones de la corte la casuística del amor. Ésta constituye, por decirlo así, el ennoblecimiento de la curiosidad y de la maledicencia por medio de una forma literaria. En la corte de Luis de Orleáns son animadas las comidas —además de beaulx livres, dits, ballades— por demandes gracieuses[386], que se proponen ante todo al poeta para que las resuelva. Un grupo de damas y caballeros viene a ver a Machaut con una serie de partures (disputas) d’amours et de ses aventures[387]. Machaut había defendido en su Jugement d’amour la tesis de que la dama que pierde por la muerte a su amador es un caso menos lamentable que el amador de una amada infiel. Toda cuestión de amor está discutida de este modo con arreglo a normas rigurosas. Beau sire, ¿qué preferiríais?, que se dijese algo malo de vuestra amada y vos supieseis que os era fiel, o que se hablase bien de ella y vos descubrieseis que no lo era? A lo cual el alto concepto formal del honor y el deber riguroso que tenía el amador de velar por la buena fama de su amada, exigían la siguiente respuesta: Dame, j’aroie plus chier que j’en oïsse bien dire et y trouvasse mal. Una dama es abandonada por su primer amador; ¿obra infielmente si toma otro que sea más fiel? ¿Puede volverse, por fin, hacia un nuevo amor un caballero que ha perdido toda esperanza de ver a su dama, porque la tiene encerrada un marido celoso? Si un caballero se desvía de su amada, para entregarse a una dama de elevada alcurnia, y rechazado por ésta, pide de nuevo a aquélla su gracia, ¿admite el honor de ésta que le perdone?[388] Desde esta casuística sólo hay un paso a tratar las cuestiones de amor por completo en forma de proceso, como hace Martial d’Auvergne en los Arrestz d’amour.
Todas estas formas del trato amoroso nos son conocidas únicamente por su cristalización en la literatura. Su verdadero terreno era la vida real. El código de los conceptos, las reglas y las formas cortesanas no servían exclusivamente para hacer poesías a base de ellas, sino también para aplicarlas en la vida aristocrática o, al menos, en la conversación. Es, sin embargo, muy difícil percibir con verdad la vida afectiva de aquel tiempo a través de los velos de la poesía, pues aún allí donde se describe lo más exactamente posible un amor real, se describe, a pesar de todo, desde el punto de vista del ideal corriente, con el aparato técnico de los conceptos eróticos usuales y con la estilización del caso literario. Así sucede con la larga y prolija narración del amor entre un viejo poeta y una Mariana del siglo XIVLe Livre du Voir-Dit (suceso verdadero), de Guillaume Machaut[*389]. Debía de tener éste más de sesenta años cuando Peronelle d’Armentières[*390], joven de unos dieciocho años, perteneciente a una distinguida familia de Champaña, le envió el año 1362 su primer rondel, en el cual ofrecía su corazón al famoso poeta, desconocido de ella, a la vez que le rogaba empezase con ella una correspondencia poético-amorosa. El pobre poeta, achacoso, ciego de un ojo, atormentado por la gota, se inflama al punto. Responde al rondel de ella y empieza un intercambio de cartas y poesías. Peronelle está orgullosa de estas sus relaciones literarias sobre las que en un principio no guarda secreto alguno. Quiere que él escriba todo su amor con arreglo a la verdad, incluyendo sus cartas y poesías. Él cumple esta tarea con alegría: «je feray, à vostre gloire et loenge, chose dont il sera bon mémoire»[391]. Et mon très-dous cuer —escribe a ella— vous estes courrecié (enojada) de ce que nous avons si tart (tarde) comencié? —¿cómo hubiese podido ella antes?— par Dieu aussi suis-je (con más razón); mais ves-cy le remède; menons si bonne vie que nous porrons, en lieu et en temps, que nous recompensons le temps que nous avons perdu; et qu’on parle de nos amours jusques à cent ans cy après, en tout bien et en toute honneur; car s’il y avoit mal, vous le celeriés a Dieu, se vous poviés (lo ocultaríais a Dios [mismo], si pudieseis)[392].
Lo que era entonces compatible con un amor honesto nos lo enseña la narración en que Machaut inserta las cartas y las poesías. El poeta obtiene a ruegos suyos el retrato pintado de su amada, al que tributa veneración como su Dios sobre la tierra. Lleno de angustia por sus quebrantos físicos ve acercarse el primer encuentro, y su dicha es irreprimible cuando ve que su aspecto no causa aversión a su joven amada. Ésta se pone a dormir —o a hacer que duerme— en el regazo de él, bajo la sombra de un cerezo, y le otorga aún mayores favores. Una peregrinación a Saint Denis y la Feria del Lendit les deparan ocasión de pasar juntos algunos días. Un mediodía de mediados de junio están todos muertos de cansancio por el ajetreo y el calor del sol. En la ciudad rebosante encuentran albergue en casa de un hombre, que les cede un cuarto con dos camas. En una de ellas se echa la cuñada de Peronelle para pasar la siesta en el cuarto a obscuras. En la otra se echa con su camarera la propia Peronelle, que obliga al tímido poeta a acostarse entre ambas. Éste permanece tendido y callado como un muerto, por miedo a despertarla. Ella, cuando despierta, le manda que la bese. Al acercarse el término del pequeño viaje y advertir ella la aflicción de él, le permite, como despedida, ir a despertarla. Y aunque él sigue hablando también en esta ocasión de onneur y de onnesté no resulta claro de su relato, bastante sincero, qué es lo que ella pudo haberle rehusado todavía. Ella le da la áurea llavecita de su honor, su tesoro, para que él lo guarde cuidadosamente; pero lo que aún había que guardar sólo podía ser su honestidad ante los hombres[393].
Más dicha no le fue otorgada al poeta, y a falta de otras personales experiencias, llena la segunda mitad de su libro con interminables referencias a la mitología. Por último, ella le comunica que sus relaciones deben tener un fin, manifiestamente con vistas a su matrimonio. Él resuelve, sin embargo, seguir amándola y venerándola siempre, y cuando ambos hayan muerto, el espíritu de él pedirá a Dios poder seguir llamando Toute-belle al alma glorificada de ella.
Tanto respecto de las costumbres como de los sentimientos, nos enseña Le Voir-Dit más que la mayor parte de la literatura erótica de aquel tiempo. En primer término, las extraordinarias libertades que aquella muchacha podía permitirse, sin llamar la atención. Luego, la ingenua intrepidez con que todo, hasta lo más íntimo, se desarrolla en presencia de otras personas, ya sea la cuñada, ya la camarera, ya incluso el secretario. Cuando los amantes están juntos bajo el cerezo, se le ocurre al secretario un gracioso ardid. Pone una hoja verde sobre la boca de Peronelle y dice a Machaut que debe besarla. Cuando éste se atreve, por último, aquél quita la hoja y el poeta roza la boca de la joven[*394]. No menos notable es la compatibilidad de los deberes amorosos con los religiosos. No hay que tener demasiado en cuenta el hecho de que Machaut perteneciese al estado eclesiástico, como canónigo de la iglesia de Reims. Los votos menores, que bastaban en aquel tiempo para el canonicato, no eran demasiado imperiosos en la exigencia del celibato. También Petrarca era canónigo. Tampoco es nada extraordinario escoger una peregrinación para un rendezrvous.Las peregrinaciones eran muy preferidas para las aventuras amorosas. La de Machaut y Peronelle fue llevada a cabo, prescindiendo de esto, con gran seriedad, très devotement[395]
En un encuentro anterior oyen juntos la misa, sentado él detrás de ella:
… Quan on dist: Agnus dei.
Foy que je doy à Saint Crepais (por San Crispín)
Doucement me donna la pais,
Entre deux pilers du moustier (iglesia)
Et j’en (de la paz) avoie bien mestier (menester)
Car mes cuers amoureus estoit
Troublés, quant si tost se partoit (cuando partió tan rápidamente)[396].
La paix era la tablilla que pasaba de mano en mano para ser besada en lugar del beso de paz de boca en boca[397]. Aquí tiene, naturalmente, el sentido de que Peronelle le ofreció sus propios labios. Él la espera en el jardín recitando su breviario. Al entrar en la iglesia para empezar una novena, hace interiormente el voto de componer cada uno de los nueve días una nueva poesía a la muy amada, lo que no le impide hablar de la gran devoción con que reza[398].
No debemos imaginarnos en todo esto frivolidad ni profanación conscientes. Guillaume de Machaut es, en último término, un poeta grave y de espíritu elevado. Es algo casi incomprensible para nosotros la ingenuidad con que se injertaban en la vida diaria las prácticas religiosas en los días anteriores al Concilio de Trento. Pronto tendremos que decir más todavía sobre esto.
El sentimiento que emana de las cartas y de la descripción de este caso amoroso histórico es un sentimiento poco intenso, pedestre, ligeramente afectado. Su expresión resulta encubierta por el gran fárrago de las consideraciones reflexivas y por el revestimiento de fantasías y sueños alegóricos. Hay algo conmovedor en la ternura con que el viejo poeta, a la vez que describe la grandeza de su dicha y la bondad de Toute-belle, no se da cuenta de que ésta no ha hecho en definitiva más que jugar con él y con su corazón.
De la misma época, aproximadamente, que el Voir-Dit de Machaut procede otra obra que podía servir de réplica en cierto respecto: Le livre du chevalier de la Tour Landry pour l’enseignement de ses filles[399]. Es una obra procedente de la esfera de la nobleza, como la novela de Machaut y Peronelle d’Armentières. Si ésta transcurre en Champaña y en París y sus alrededores, el caballero de la Tour Landry nos transporta al Anjou y al Poitou. Este caballero no es un viejo poeta que ama, sino un padre bastante prosaico que cuenta a la buena de Dios recuerdos de sus años mozos, anécdotas e historias, pour mes filles aprandre a roumancier, o como nosotros diríamos: para enseñarles las formas sociales en los negocios de amor. Pero la enseñanza no resulta nada romántica. La tendencia de los ejemplos y amonestaciones, que el solicito gentilhombre expone a la consideración de sus hijas, es más bien la de ponerlas en guardia ante los peligros de un flirt romántico. Guardaos de las gentes facundas, que están siempre a punto, con faulx regars longs et pensifs et petits soupirs et de merveilleuses contenances (gestos) affectées et ont plus de paroles à main que autres gens[400]. No seáis demasiado benévolas. Su padre le había llevado siendo muy joven a un castillo, para que trabase conocimiento con la hija del dueño, con vistas a un enlace deseado por ambas partes. La joven le había recibido con excepcional afectuosidad. Para saber lo que había dentro de ella habló con ella sobre toda clase de cosas. La conversación recayó sobre los prisioneros y el joven hizo un digno cumplido: Ma demoiselle, il vaudroit mieulx cheoir (escoger) à estre vostre prisonnier que à tout plain d’autres, et pense que vostre prison ne seroit pas si dure comme celle des Angloys. Si (y) me respondit, qu’elle avoyt vue nagaires cel qu’elle vouldroit bien qu’il feust son prisonnier. Et (y) lors je luy demanday se elle luy feroit male prison, et elle ne dit que nennil (de ninguna manera) et qu’elle le tandroit (trataría) ainsi chier comme son propre corps, et je lui dis que celui estoit bien eureux d’avoir si doulce et si noble prison. Que vous dirai-je? Elle avoit assez de langaige et lui sambloit bien (y parecía), selon ses parolles, qu’elle savoit assez, et si (y además) avoit l’ueil (los ojos) bien vif et legier. Al despedirse le rogó por dos o tres veces que volviese pronto, como si le conociese ya de largo tiempo. Et quant nous fumes partis, mon seigneur de pére me dists: Que te samble de celle que tu as veue. Dy m’en ton avis. Pero el entusiasmo, demasiado solícito de ella, le había quitado todo deseo de intimar más. Mon seigneur, elle me samble belle et bonne, maiz je ne luy seray jà plus de près que je suis (no trataría de conocerla más de lo que ya la conozco), si vous plaist. El enlace quedó en suspenso y el caballero tuvo, naturalmente, motivos para no deplorarlo más tarde[401]. Análogos recuerdos, tomados directamente de la vida, que nos ponen en claro cómo se adaptaban las costumbres al ideal, son, por desgracia, sumamente raros en los siglos de que hablamos aquí. ¡Lástima que el caballero de la Tour Landry no nos haya contado algo más aún de su vida! Lo preponderante son también en él las consideraciones generales. Piensa, en primer lugar, en un buen matrimonio para sus hijas. Y el matrimonio tenía poco que ver con el amor. Hay un extenso debat entre él mismo y su mujer sobre lo permitido del amor, le fait d’amer par amours. Él opina que una muchacha puede, en ciertos casos, amar honestamente; por ejemplo, en esperance de mariage. La mujer es opuesta. Una muchacha es preferible que no se enamore, ni siquiera de su novio. Esto no hace más que apartarla de la verdadera piedad. Car j’ay ouy dire à plusieurs, qui avoient éste amoureuses en leur juenesce (juventud), que quant elles estoient à l’eglise, que la pensée et la merencollie leur faisoit plus souvent penser à ces estrois (íntimos) pensiers et deliz (delicia) de leurs amours que ou (al) Service de Dieu[*402], et est l’art d’amours de telle nature que quant l’en(se) est plus au divin office, c’est tant comme (a saber, cuándo) le prestre tient nostre seigneur sur l’autel, lors leur venoit plus de menus pensiers[403]. Con esta profunda observación psicológica podían estar de acuerdo Machaut y Peronelle. Pero, ¡qué diferencia, por lo demás, en el modo de ver las cosas el poeta y el caballero! Por otra parte, ¿cómo se compagina este rigor con el hecho de que el padre relate repetidas veces, para enseñanza de sus hijas, historias que por su contenido obsceno figurarían mejor en las Cent nouvelles nouvelles?
Justamente la escasa conexión entre las bellas formas del ideal del amor cortés y la realidad del noviazgo y del matrimonio era causa de que el elemento del juego, de la conversación, del pasatiempo literario, pudiese desplegarse tanto más sin trabas en todo lo concerniente a la vida amorosa refinada. El ideal del amor, la bella ficción de lealtad y abnegación, no tenía plaza en las consideraciones harto materiales con que se contraía matrimonio, y, sobre todo, matrimonio noble. Sólo podía vivirse en la forma de un juego encantador o regocijante. El torneo presentaba el juego del amor romántico en su forma heroica. El ideal pastoril suministraba su forma idílica.


Notas

[*378] En Le Trésor des pièces rares ou medites, editado en 1860 por H. Cocheris, que ha desconocido por completo la relación entre la primitiva obra de Sicille y una adición posterior 

[379] Oeuvres de Rabelais, ed. Abel Lefranc, c. s. I, Gargantúa,c. 9, pág, 96 

[380] Guillaume de Machaut: Le Livre du Voir-Dit, ed. P. París (Société des bibliophiles françois, 1875), págs. 82, 21S, 214, 240, 299, 309, 313, 347, 351 

[381] Juvenal des Ursins, pág. 496 

[382] Rabelais: Gargantúa c. 9

[383] Coquillart: Droits nouveaux, I, pág. 111

[*384] Por eso debéis advertirlo sólo por vos misma. Christine de Pisan, I, páginas 187 y siguientes

[385] E. Hoepffner: Frage und Antwortspiete in der franz. Literatur des 14 Jahrh., Zeitschrift f. roman. Philologie, XXXIII, 1909, págs. 695, 703

[386] Christine de Pisan: Le dit de la rose, 75; Oeuvres poitiques, II, pág. 31

[387] Machaut: Remède de fortune, 3.879 y sigs. Oeuvres, ed. Hoepffner (Soc. des anc. textes français) 1908-11, dos vols., II, pág. 142

[388] Christine de Pisan: Le livre des trois jugements; Oeuvres poétiques, II, página III

[*389] Le livre du Voir-Dit, ed. P. Parir, Société des bibliophiles françois, 1875. La hipótesis de que la obra de Machaut no tiene por fundamento la historia de un amor real (Hanf, Zeitschrift für roman. Philologie, XXII, pág. 145) carece de todo fundamento

[*390] Un castillo cerca de Château Thierry

[391] Voir-Dit, carta II, pág. 20

[392] Voir-Dit, carta XXVII, pág. 203

[393] Voir-Dit, págs. 26, 96, 146, 154 y 162

[*394] El beso con una hoja como aislador encuéntrase también en otras partes; cf. Le grand garde derriére, estr. 6. W. G. C. Byvanck: Un poéte inconnu de la Société de François Villon, París, Champion, 1891, pág. 27. Cf. la expresión: no pone hoja delante de la boca

[395] Voir-Dit, págs. 143-144

[396] Voir-Dit, pág. 110

[397] Véase supra, pág. 65

[398] Voir-Dit, págs. 70, 98

[399] Le livre du chevalier de la Tour Landry, ed. A. de Montaiglon (Bibl. elzevirienne) 1854

[400] Página 245

[401] Página 28

[*402] La frase es totalmente ilógica (pensée… fait penser… à pensiers); entiéndase así: en ninguna parte tan frecuentemente como en la iglesia

[403] Páginas 249, 252-254



En El otoño de la Edad Media Estudios sobre la forma de la vida y del espíritu durante los siglos 
XIV y XV en Francia y en los Países Bajos, Capítulo 9
Título original: Herbst des Mittelalters
Johan Huizinga, 1919
Traducción: José Gaos
Madrid, Alianza Universidad, 1978


















Imagen: Johan Huizinga (sin atribución) Vía






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