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Salman Rushdie - Los versos satánicos (IV. Ayesha)

4 de enero de 2010






Incluso las visiones seriadas han emigrado; ya se conocen la ciudad mejor que él. Y, en las secuelas de Rosa y Rekha, los mundos soñados de su otro yo arcangélico empiezan a parecer tan tangibles como las cambiantes realidades que habita cuando está despierto. Esto, por ejemplo, ha empezado a aparecérsele: un bloque residencial construido al estilo holandés en una parte de Londres que más adelante él identificará como Kensington, a la que el sueño lo transporta volando a gran velocidad, por delante de los almacenes Barkers y de la pequeña casa gris con doble ventana salediza, en la que Thackeray escribió La feria de las vanidades, y de la plaza con el convento en el que siempre están entrando niñas de uniforme, pero nunca vuelven a salir, y de la casa en la que Talleyrand pasó su vejez, cuando, tras mil y un cambios de lealtad y principios, asumió la apariencia de embajador de Francia en Londres, y llega a un edificio de siete pisos que hace esquina, con balcones de hierro forjado verde hasta el cuarto piso, y ahora el sueño le hace subir por la fachada de la casa y, al llegar al cuarto piso, aparta las pesadas cortinas del balcón de la sala de estar y por fin allí se queda sentado, sin dormir, como siempre, con los ojos muy abiertos a la tenue luz amarilla, mirando el futuro, el Imán barbudo del turbante.

¿Quién es? Un exiliado. No confundir ni permitir que la expresión degenere en todas esas palabras que lanza la gente: emigrado, expatriado, refugiado, inmigrante, silencio, astucia. Exilio es sueño con un retorno glorioso. Exilio es visión de revolución: Elba, no Santa Elena. Es una paradoja interminable: mirar hacia delante de tanto mirar atrás. El exilio es una pelota que se lanza al aire. Él queda colgado, congelado en el tiempo, convertido en fotografía; inmovilizado, suspendido imposiblemente sobre su tierra natal, esperando el momento inevitable en que la fotografía empiece a moverse y la tierra reclame lo que es suyo. En estas cosas piensa el Imán.

Su hogar es un piso alquilado. Es una sala de espera, una fotografía, aire.

El grueso papel de la pared, rayas verde oliva sobre fondo crema, se ha descolorido un poco, lo suficiente para que se noten los rectángulos y óvalos más vivos en los que estaban los cuadros. El Imán es enemigo de imágenes. Cuando él llegó al piso, los cuadros se deslizaron de las paredes y salieron de la habitación sin hacer ruido, hurtándose al furor de su muda reprobación. No obstante, algunas representaciones son toleradas. En la repisa conserva unas cuantas postales con vistas de su patria, que él llama, simplemente, Desh: una montaña que se alza junto a una ciudad; una pintoresca escena aldeana bajo un gran árbol; una mezquita. Pero en su dormitorio, en la pared situada frente al duro camastro en el que él duerme, está colgado un icono más potente, el retrato de una mujer de una fuerza excepcional, famosa por su perfil de estatua griega y por su pelo negro, tan largo como alta es ella. Una mujer poderosa, su enemiga, su oponente: él la guarda cerca. Al igual que, allá lejos, en los palacios de su omnipotencia, ella apretará el retrato de él debajo de su real manto o lo ocultará en un medallón en su garganta. Ella es la Emperatriz y su nombre es —¿y cuál si no?— Ayesha. En esta isla, el Imán exiliado y, en la patria, en Desh, Ella. Cada uno tramando la muerte del otro.

Las cortinas, grueso terciopelo oro, están cerradas todo el día, porque, de lo contrario, el mal podría entrar en el apartamento: lo diferente, lo extranjero, la nación extraña. La triste circunstancia, de que él está aquí y no allá, que centra todos sus pensamientos. En las raras ocasiones en las que el Imán sale a la calle, para respirar el aire de Kensington, en el centro de un cuadrilátero formado por ocho hombres jóvenes con gafas negras y americanas abultadas, él junta las manos delante del pecho y mantiene la mirada fija en ellas, para que ningún elemento ni partícula de esta detestada ciudad —este sumidero de iniquidad que al brindarle refugio lo humilla, porque el Imán tiene que estar en deuda con ella, a pesar de la lujuria, la codicia y la vanidad que rigen sus actuaciones— pueda alojarse, como una mota de polvo, en sus ojos. Cuando abandone este aborrecido exilio para volver en triunfo a aquella otra ciudad situada bajo la montaña de la postal, tendrá a gala poder decir que ha permanecido ignorante de la Sodoma en la que se vio obligado a esperar; ignorante y, por consiguiente, incontaminado, inalterado, puro. Y otra de las razones para mantener las cortinas cerradas es la de que, naturalmente, alrededor de él hay ojos y oídos, y no todos son amigos. Los edificios naranja no son neutrales. En algún lugar al otro lado de la calle habrá lentes zoom, equipos de vídeo, micros ultrasensibles y, naturalmente, siempre el riesgo de los francotiradores. Encima, debajo y a los lados del Imán están los apartamentos seguros ocupados por sus guardias personales que pasean por las calles de Kensington disfrazados de mujeres, con velos y alhajas, porque toda precaución es poca. La paranoia es requisito para la supervivencia del exiliado.

Una fábula, oída a uno de sus favoritos, el converso americano, otrora cantante de éxito y ahora conocido como Bilal X. En determinado club nocturno al que el Imán suele enviar a sus lugartenientes para espiar a determinadas personas que pertenecen a determinados grupos rivales, Bilal conoció a un joven de Desh, cantante también, con el que trabó conversación. Resultó que el tal Mahmood era un individuo terriblemente asustado. Recientemente, se había unido sentimentalmente a una gori, una mujer de cabellera roja, alta, de gran figura, y luego resultó que el anterior amante de su adorada Renata era el jefe exiliado de la SAVAK, la organización de tortura del Sha del Irán. El mismísimo Gran Panjandrum número uno, no un sádico de medio pelo especializado en arrancar uñas de los pies o prender fuego a los párpados, sino el gran haramzada en persona. Al día siguiente de que Mahmood y Renata se mudaran a su nuevo apartamento, llegó una carta para Mahmood. Oye tío mierda, te estás cepillando a mi mujer, sólo quería saludar. Al día siguiente, llegó una segunda carta. Por cierto, imbécil, se me olvidó decírtelo, éste es vuestro nuevo número de teléfono. Mahmood y Renata habían solicitado un número que no figurara en la guía, pero la Compañía telefónica aún no se lo había dado. Cuando, dos días después, se lo comunicó y resultó ser el mismo de la carta, a Mahmood se le cayó el pelo de golpe. Entonces, al verlo encima de la almohada, él juntó las manos delante de Renata y le suplicó: «Nena, te quiero, pero eres un peligro para mí, anda, haz el favor, vete lejos, lejos.» El Imán, al oír la historia, movió la cabeza diciendo: esa ramera, ¿quién se atreverá ahora a tocarla, a pesar de su cuerpo concupiscente? Ha puesto sobre sí una mancha peor que la lepra; así se mutilan los seres humanos. Pero la verdadera moraleja de la anécdota era la necesidad de mantener una constante vigilancia. Londres era una ciudad en la que el ex jefe de la SAVAK tenía influencia en la Compañía telefónica y el ex chef del Sha regentaba un próspero restaurant en Hounslow. Una ciudad muy acogedora, refugio de toda clase de gente. Mejor mantener las cortinas cerradas.

Los pisos tres al cinco del bloque residencial son, por el momento, toda la patria que el Imán posee. Aquí están los rifles y las radios de onda corta y las salas en las que los jóvenes espabilados del traje europeo hablan por varios teléfonos con premura. Aquí no hay alcohol, ni se ven cartas ni dados, y la única mujer es la que está colgada de la pared del dormitorio del viejo. En este sucedáneo de patria que el santo insomne considera su sala de espera o escala de transbordo, la calefacción central está al máximo noche y día y las ventanas están bien cerradas. El exiliado no puede olvidar y, por lo tanto, tiene que simular el calor seco de Desh, la tierra pasada y futura, donde hasta la luna es caliente y húmeda como un chapati recién hecho y untado de mantequilla. Oh, aquella añorada parte del mundo en la que sol y luna son masculinos, pero su luz cálida y dulce recibe nombres femeninos. Por la noche, el exiliado aparta las cortinas y el extraño claro de luna se cuela en la habitación y su frialdad le golpea el globo del ojo como un clavo. Él hace una mueca y entorna los párpados. Un hombre ataviado con amplia túnica, taciturno, amenazador, vigilante: éste es el Imán.

El exilio es una tierra sin alma. En el exilio los muebles son feos, caros, comprados todos al mismo tiempo en la misma tienda y con excesiva prisa: relucientes sofás plateados con aletas como viejos Buick DeSoto Oldsmobile, librerías con puertas de cristal que no contienen libros sino carpetas. En el exilio, la ducha te escalda en cuanto se abre un grifo en la cocina, por lo que cuando el Imán se ducha todo el séquito debe recordar que no se puede llenar un puchero ni aclarar un plato sucio, y cuando el Imán va al water, sus discípulos salen de la ducha, escaldados. En el exilio no se guisa; los guardias de las gafas negras salen a comprar platos preparados. En el exilio todo intento de echar raíces se considera traición: es el reconocimiento de la derrota.

El Imán es el centro de una rueda.

Él irradia movimiento, de día y de noche. Khalid, su hijo, entra en su retiro con un vaso de agua que sostiene con la mano derecha sobre la palma de la izquierda. El Imán bebe agua constantemente, un vaso cada cinco minutos, para mantenerse limpio; el agua en sí también es purificada, antes de que él la beba, en una máquina filtradora americana. Todos los jóvenes de su entorno conocen bien su famosa Monografía sobre el Agua, cuya pureza, cree el Imán, se transmite al que la bebe, así como su claridad y simplicidad, el ascético placer de su sabor. «La Emperatriz bebe vino», señala. Los borgoñas, los claretes y los vinos del Rin mezclan su tóxica corrupción dentro de su cuerpo, a un tiempo bello y degenerado. Este pecado es suficiente para condenarla por los siglos de los siglos sin esperanza de redención. El cuadro que tiene en su habitación muestra a la emperatriz Ayesha sosteniendo con las dos manos un cráneo humano lleno de un fluido rojo oscuro. La Emperatriz bebe sangre, pero el Imán es hombre de agua. «No en vano los pueblos de nuestras tórridas tierras la reverencian —proclama la Monografía—. El agua, protectora de la vida. Ningún individuo civilizado puede negársela a un semejante. La abuela, por artrítica que esté, se levantará inmediatamente para ir al grifo si un niño se le acerca para pedirle pani, nani. Guardaos de los que blasfeman contra ella. El que la contamina, diluye su propia alma.»

El Imán con frecuencia ha desatado su furor contra la memoria del difunto Aga Khan, a raíz de que le mostraran el texto de una entrevista en la que aparecía el jefe de los ismailitas bebiendo champán. Oh, caballero, este champán es sólo aparente. En el instante en que toca mis labios se convierte en agua. Diablo, ruge el Imán. Apóstata, blasfemo, farsante. Cuando llegue el futuro, estos individuos serán juzgados, dice a sus hombres. El agua triunfará y la sangre correrá como el vino. Tal es la milagrosa naturaleza del futuro de los exiliados: lo que se dice en la impotencia de un apartamento sobrecalentado se convierte en el destino de naciones. ¿Quién es el que no ha tenido este sueño, de ser rey por un día? Pero el Imán sueña con algo más que un día; siente que de las yemas de sus dedos parten los hilos de araña con los que ha de controlar el movimiento de la Historia.

No; de la Historia, no.

El suyo es un sueño más extraño.

(...)



Los versos satánicos - Cap. IV, Ayesha
Trad. J. L. Miranda
Madrid, 1989






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