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Paulina Vinderman - Íconos

30 de abril de 2008





Habíamos dispuesto que esto era la vida:
los ojos de Hemingway joven entre las astas
de su víctima,
la ambigüedad de su tristeza y una flor.
La escritura posible -casi reverenciada-
era un camino de campo, una absorción cotidiana,
mi bolso estaba hinchado de libros, no de
píldoras
y me esforzaba en imaginar equipajes
para Madagascar.
Esa flor ilusoria sobre la mesa
no me quita el oxígeno (aprendí a respirar
hasta en pantanos)
y no me atemoriza tropezar con las sillas
en la noche oscura
o con el silencio, indómito y ruinoso
de un intervalo de sequía.
Pero algunos pétalos se han vuelto rígidos,
la corola es tan plena que parece grotesca
y mi escritorio ni siquiera tiene
la gracia de un madero flotante en un naufragio
pictórico.
No es -si se lo mira bien- un cambio tan notable:
sólo una dureza de maquillaje:
una hierba que de tan verde
empieza a cubrir el vaso que olvidé.
La ventana que de tan contemplada encierra
el crimen, el secreto y el investigador,
dentro de un espacio, apenas indulgente.





En Diario de Poesía, 24
Buenos Aires, Primavera de 1992


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