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Jacqueline Goldberg, en "El orden de las ramas"

24 de abril de 2007


—Si te asemejaras al silencio que pretendes

—Créeme que sería inútil el sacrificio. Nos arrojaríamos sin comprender la desnudez primigenia, la represalia de ciertos abandonos


***


—Padecemos el deber de perdurar, el deber del vocablo, el deber del escarnio

—¿Tantos?

—Tantos y muchos más, so pena de que la belleza vuelva a sus inhóspitos caudales, de que las fieras aprendan de la carroña


***


—Hemos recaído en la virtud. Imbéciles, domeñamos la palabra para jactarnos de cuanto ocurre en vano

—Lo peor es ser dignos y desprovistos de cimientos

—Vertebrados por el asco. Suficientes de tanto rigor


***

—¿De qué escalón se ha prendado la fatiga? ¿Qué migaja de ella traerás a casa? ¿Eres tú quien defiende el rumor de las palabras curtidas? ¿Tú acaso quien rehúsa la lentitud que desolla a las bestias? ¿Tú el de la ignorancia?

—Quise cargar con lo imperceptible, frases que maduraron a fuerza de calcinarse como las hojas del saúco. Pero nada parecido a tu insolencia. Nada suficiente para tu sed de insulto


***

—Como si no fuera lícito cerciorarse de que las cosas siguen teniendo nombre propio. Como si fuera una astucia desproporcionada habitar de nuevo. Como si yo, nudoso y escampado, no tuviera derecho a desconocerme

—Culpable. Tuyo era el laurel, el frío subterráneo, los deslaves, la tierra jamás prometida


***

—¿Puede uno hacerse trizas en cualquier momento?

—Puede

—¿Destrozarse en los malecones; inmolarse frente a la casa materna?

—Uno puede rendirse, pero en silencio


***

— Los zoológicos están llenos de niños a los que hay que golpear. Sus párpados, tan volátiles, tan gloriosos, deben ser deshojados; sus bellas dentaduras, esparcidas sobre la copa de los abetos

—Eres inclemente. Yo mismo pude tener una infancia masacrada en orillas extranjeras

—Eras entonces tan liso, tan descreído: un desmayo en el oleaje de los charcos



***


—Regresamos curtidos, desmemoriados. Nos trajo el deber, la holgura del desastre

—Quedarnos era fingir

—Pero volvimos indomables. Y dígase del mar y no de los arrecifes, no del islote, no de la piedad

—Volvimos de un caldo misericordioso que se traga a los héroes. No podíamos ir más lejos

—En todo paraíso hay siempre un impostor



***


—Me asquea el ruido de la laboriosidad materna, la obligación de perdurar en las minucias de la casa

—Te crees aprisionado por los océanos, por las juntas del mediodía, cuando en realidad la templanza es en sí misma el hogar

—Es que sospecho de las labranzas madrugadoras, la cadencia de los vergeles, de esas largas paciencias con las que nos laceran y nos crían


***


—Dicen que de estos días debo guardar la sospecha, el deseo de arreciar entre los sarmientos

—Así es. Cuenta la hiedra pendiente; mide el ardor de tus músculos. Habla de los zumbidos disipados por la ebriedad. Más no desatiendas el rencor. De él se surtirá tu memoria y algún día la mía



***


—Si al menos te quedara ánimo para desertar

—No podría entonces atarme a la bruma, curtirme en mi blanda armadura vegetal. Estimaría ventanas como si se tratara de la arrogancia postrera

—Dirás que de ahí te viene lo adusto

—Apenas me percato de ello. En el fondo sólo aspiro a la perversidad que otorgan las ventanas clausuradas, los pórticos oxidados

—Lo terrible, pues

—Lo humano



***


—El mío era un destino de agujas, lo viré en la torpeza de un lenguaje aniquilado. El orden de las ramas venía dado por los destierros. No había forma de refugiarse sino en la duda

— No puedes abrevar en la medianía, en el engaño de los tuyos

—Yo sólo quería ser suficiente; colmar las formas del sueño que pasa; superar al Creador



***


—Hablas poco de la muerte, de su bóveda temblorosa

—No la eludo, espero su rodeo malicioso

—Pero no dices de su inexorabilidad

—No quiero darle hogar en mi lengua, pálpito en mis huesos. Hay que dejar que la parca se repudie a sí misma. Cuando algún día vuelva por mí, arremeterá implacable; su tamiz dejará pasar las desgracias. Nos aliaremos en la misma sumisión; seremos, juntos, eso que los torpes llaman el mal


***


—Una marea se disuelve sobre los techos de la ciudad

—¿Habrá de petrificarnos en la víspera?

—Peor aún, nos mantendrá tan interrumpidos como somos, hediondos a sacrificio

—¿Y las lágrimas de las noches plomizas? ¿Y la liturgia de las casas visitadas? ¿Y qué de los minutos arraigados en la despedida de una larga sangre?inhóspitos caudales, de que las fieras aprendan de la carroña


Del libro El orden de las ramas , Madrid, Ediciones Torremozas, 2003

2 comentarios:
El Toro de Barro 21 de julio de 2007, 6:18  

Conocí a Jackeline Goldberg en Jerusalén, vestida de negro. Compartimos en el Yad Vashem el dolor de las víctimas del Holocausto. Te agradezco que la hayas devuelto a mi memoria. Y las noticias de su libro.
Carlos

El Toro de Barro 21 de julio de 2007, 6:20  

Ah, se me olvidaba decirte que he recomendado tu blog a mis amigos y colegas.
Gracias de nuevo
Carlos

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