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Augusto Monterroso: Las niñas de Lewis Carroll

6 de diciembre de 2012




Contraviniendo mis principios y movido quién sabe por qué fuerzas extrañas, el otro día me encontré dando una conferencia (que preferí llamar charla y convertir en una especie de diálogo con el público, lo que no logré), sobre literatura infantil, en la Capilla Alfonsina. En México muchos damos por supuesto que este nombre de Capilla Alfonsina se entiende fácilmente porque conocemos su historia, tratamos aunque fuera de lejos a Alfonso Reyes, y sabemos que originalmente ésta fue su biblioteca y que él mismo, en broma o en serio, esto será siempre un enigma para mí, la llamaba gustoso en esta forma. Pero a un extranjero, si es que a Borges se le puede llamar extranjero, la cosa no le suena y se ríe un poco, y ahora recuerdo que en una conversación le dijo a un periodista en Buenos Aires: «Imagínese si aquí se le ocurriera a alguien llamar Capilla Leopoldina a la biblioteca de Lugones». Como quiera que sea, la Capilla es la Capilla y últimamente, ya sin los libros que formaron la biblioteca original de Reyes, se ha convertido en museo y en centro de conferencias y presentaciones de escritores. En otro tiempo, todavía rodeado por los viejos volúmenes, me tocó dirigir en ella un taller de cuento, más bien de teoría literaria con el pretexto del cuento, y una vez por semana, como a las once de la mañana, acudía allí a enseñar algo que yo necesitaba aprender, lo que no dejaba de atormentarme los seis días anteriores. En esta ocasión fui presentado por Florencio Sánchez Cámara, cuyo libro Los conquistadores de papel acaba de aparecer. Previamente me había pasado más de un mes leyendo unas veces y releyendo otras lo que tenía olvidado o recordaba mal del tema. Fue un gran placer reexaminar Alicia y cuanto encontré a su alrededor; halagó mi vanidad ver otra vez mi nombre, a propósito de espejos fantásticos, en el prólogo de Ulalume González de León a su libro El riesgo del placer, que recoge sus traducciones de La caza del Snark, Jabberwocky y otros divertimientos de Carroll que sólo con gran optimismo podría considerarse hoy en día literatura para niños; leí y releí otros prólogos y biografías de este hombre extraño y me acerqué a sus juegos matemáticos que no entiendo para nada, si bien poco me costó entender su afición a las niñas menores de edad cuando una vez más escudriñé, con curiosidad malsana, sus fotografías de la ninfita Alice Liddell y amigas a quienes el buen Lewis trataba incluso de fotografiar desnudas. Ni qué decir que releí también El principito, con la melancolía propia del caso ante la inutilidad de los llamados a la cordura que en él hace Saint-Exupéry y el recuerdo de su desaparición nocturna; o que intenté con denuedo interesarme en el Platero de Juan Ramón Jiménez, libro demasiado angelical según mi gusto deformado para siempre por las inmundicias de los yahoos de Swift. Total, más de un mes de lecturas para a última hora no decir nada de la literatura infantil sino dos o tres cosas contra los crímenes que se cometen en su nombre, cuando para alimentar las supuestamente ingenuas mentes de los niños se adaptan, por ejemplo, los Viajes de Gulliver en veinte páginas y Don Quijote en otras tantas, con por lo menos dos resultados nefastos: reducir esos libros a su más pobre expresión visual (enanitos febriles empeñados en mantener atado a un hombre inmenso que comienza a despertar en una playa; un hombre y un caballo escuálidos lanzados al ataque de unos molinos de viento, ante la alarma de un hombre rechoncho y su burro condenados sin remedio a representar la postura contraria al ideal) y hacer que, de adultos, esos niños crean sinceramente haber leído esos libros e incluso lo aseguren sin pudor.

17 de diciembre de 1983





En La letra E (Fragmentos de un diario)
Madrid, Alianza, 1987

Foto: AM (CVC)


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