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Virginia Woolf, Las olas (fragmento)

24 de marzo de 2012





Después me levanté y me marché de allí. Yo, Yo, Yo y no Byron, ni Shelley ni Dostoiewski, sino Yo: Bernardo. Dos o tres veces incluso repetí mi nombre. Enseguida entré a un negocio, balanceando mi bastón, y compré un retrato de Beethoven en un marco de plata. No es que yo amara la música, sino que la vida en su totalidad, con sus hombres de genio y sus aventureros, se me aparecía en aquellos momentos bajo la forma de largas hileras de seres humanos alineados detrás de mí. Y yo era el heredero de todos ellos, la persona milagrosamente designada para continuar su obra. En este estado de espíritu, con los ojos velados no de orgullo sino más bien de humildad, seguí calle abajo balanceando mi bastón. El primer batir de alas, las canciones de caza, las exclamaciones habían cesado: ahora uno entra a su casa, a la clara mansión sin compromisos, habitada por los suyos, al lugar lleno de tradiciones, de objetos, donde las cosas inútiles se acumulan junto a los tesoros sobre las mesas. Fui a ver al sastre de la familia que recordaba a mi tía. Las gentes entraron entonces en mi vida por multitudes y sus rostros ya no aparecían claramente trazados como en tiempos de mi juventud los de Neville, Luis, Jinny, Susana y Rhoda, sino confusos, vagos, o bien se transformaban tan rápidamente que parecían no tener osamenta. Lleno a la vez de desdén y de vergüenza, de la más extraña mezcla de escepticismo y entusiasmo, acepté estos golpes que nos infiere la vida: esta confusión de sensaciones inquietantes y complejas y enteramente imprevistas que caen sobre mí por todas partes simultáneamente. ¡Pero, cuán humillante, cuán descorazonador es el no estar jamás seguro de cuál será nuestra próxima palabra y el tener que soportar esos silencios penosos, relucientes como las arenas del desierto en que el menor guijarro es visible a la distancia; y luego el haber dicho lo que no se debió haber dicho y saberse en posesión de un lingote de sinceridad incorruptible que uno hubiera trocado de buena gana por una lluvia de grandes monedas. Pero, ¿Cómo haberlo hecho allí, en aquella fiesta donde Jinny estaba sentada, absolutamente dueña de sí, en un sillón dorado?

Después, con un gesto elocuente, una dama nos pide que la acompañemos y nos conduce a un rincón solitario donde nos hace el honor de admitirnos en sus confidencias. Los nombres de pila reemplazan a los apellidos; los sobrenombres reemplazan a los nombres de pila. ¿Y que hay del problema de la India y de la cuestión irlandesa y la de Marruecos? Los viejos señores que se yerguen con sus condecoraciones debajo de las arañas de luces, tienen siempre una solución para todos los problemas. Uno se encuentra de pronto asombrosamente informado acerca de los asuntos del mundo. Afuera, ruge el ruido confuso de las fuerzas indiferenciadas; aquí, estamos en la intimidad; nuestras palabras son nítidas y precisas y tenemos la sensación de que es aquí, en esta pequeña habitación, donde determinamos nosotros qué día de la semana es: viernes o sábado. El alma blanda, reluciente y nacarada se envuelve en una concha sobre la cual las sensaciones van a picotear en vano. Ella se formó en mí más temprano que en la mayoría de los seres. Muy pronto aprendió a mondar apaciblemente mi pera cuando los demás invitados habían concluido su postre y a terminar mis frases en medio de un completo silencio. En aquella estación de la vida es cuando la perfección adquiere también su mayor atractivo. Uno cree que basta con vencer el sueño de la mañana y levantarse temprano para aprender el español; uno cubre las páginas de su carnet con invitaciones a comer a las ocho en punto y a almorzar a la una y media. Y uno encuentra sus camisas, sus corbatas y calcetines preparados sobre el lecho.

Pero esta precisión extrema, esta regularidad militar constituyen un error, un convencionalismo, una mentira. Incluso cuando llegamos puntualmente, a la hora convenida, con nuestro chaleco blanco y nuestras cortesías, fluye, en el fondo de nuestro ser, una corriente de sueños continuamente interrumpida, de canciones infantiles, de gritos de la calle, de frases inconclusas, y de visiones —olmos, sauces, jardineros con escobas, mujeres escribiendo— que surgen y desaparecen hasta cuando conducimos nuestra vecina al comedor. Al tocar el cubierto tan meticulosamente ordenado sobre el mantel, evocamos miles de rostros. No hay allí nada que se pueda coger con una cuchara: nada que se pueda denominar un acontecimiento. Sin embargo, esta corriente profunda está llena de vida. Sumergido en ella, yo me detengo entre dos bocados, contemplo fijamente un vaso que no contiene quizás sino una sola flor roja y la luz de una repentina revelación se hace dentro de mí. O bien, caminando a lo largo del Strand, me digo: «He ahí la frase que buscaba», al ver surgir el fantasma de un pájaro fabuloso, de un pez o de una nube sublime, en la cual se condensa para siempre alguna de las verdades que me obseden. Después de lo cual prosigo mi paseo contemplando con una alegría nueva las vitrinas en que se exhiben corbatas.


(...)


Y fue entonces cuando se produjo aquella brusca catástrofe: la muerte de Percival. «¿Qué es la felicidad?», me pregunte, (nuestro hijo acababa de nacer) «¿qué es el sufrimiento?», aludiendo a estas dos sensaciones que parecían dividir mi cuerpo al descender aquel día la escalera. Al mismo tiempo, observaba lo que ocurría en la casa: una cortina agitada por el viento, la cocinera que cantaba y una puerta entornada que dejaba entrever un armario. Y me dije hablando de mí mismo cual si se tratara de otro: «Acordemos un instante de tregua a este desdichado. Apenas entre a este salón va a ponerse a sufrir. No hay medio de escapar a ello». Pero las palabras no bastan para expresar el dolor. Serían precisos gritos, crujidos, hendeduras, reflejos blancos pasando sobre las cretonas que cubren los muebles, una nueva percepción del tiempo, del espacio; sería preciso también dar la impresión de una extrema fijeza en las cosas que pasan; de ruidos muy remotos y bruscamente muy cercanos; de cara acuchillada, en la que estalla la sangre: de una articulación repentinamente retorcida; y más allá de todas estas cosas, surgiría algo muy importante y muy remoto que no se puede captar sino en la soledad. Por eso salí a la calle. Y vi la primera mañana que Percival no vería jamás: los gorriones semejaban juguetes colgando de una cuerda sostenida por un niño. ¡Cuán extraño es ver las cosas desde afuera, admirar su belleza con desprendimiento! Y luego, la sensación de haberse liberado de un fardo. Toda pretensión, todo lo que parece falso, toda la ilusión desaparece y, dotado a la vez de ligereza y transparencia, se tiene la extraña impresión de ser uno mismo invisible y de ver a través de las cosas. «¿Cuál será el próximo descubrimiento?». me pregunté, y para conservar el estado de espíritu propicio no quise comprar ningún periódico sino que me dirigí a un Museo. Madonnas y columnas, arcadas y naranjos pendían sobre los muros, apacibles como en el primer día de la creación, pero habituados al dolor, y yo los contemplaba. «Aquí», me dije, «estamos juntos y nada puede interponerse entre Percival y yo.» Esta libertad, esta inmunidad, me parecieron entonces una conquista y me sumieron en un estado de exaltación tal, que me ocurre todavía retorna a aquel Museo, aun después de tantos años, para volver a encontrar dicha exaltación, para volver a encontrar a Percival. Pero aquello no duró. El peor tormento es esta horrible actividad de la imaginación: el ojo del pensamiento ve a Percival caer, y la expresión de su rostro, y el sitio adonde le transportaron, y los hombres desnudos, con un lienzo alrededor de las caderas, maniobrando cordeles y vendas y el barro. Enseguida viene el golpe terrible del recuerdo contra el cual jamás podré defenderme, que jamás podré alejar: el de no haberle acompañado a Hampton Court. Las garras destrozan, aquel colmillo corroe: yo no fui con él a Hampton Court. A pesar de sus protestas impacientes de que aquello no tenía ninguna importancia, ¿por qué he interrumpido yo, por qué he echado a perder aquel momento de perfecta comunión? Y, sin embargo, repito con obstinación, no fui a Hampton Court, y expulsado en esta forma del santuario por demonios vengadores, corrí a refugiarme junto a Jinny porque ella tenía una habitación propia, una habitación con mesitas y bibelots dispuestos sobre ellas. Allí confesé llorando que no había ido a Hampton Court. Y Jinny, recordando otras faltas del mismo género cometidas por ella, ligeras a mis ojos, pero cuyo recuerdo la torturaba, me demostró cómo se marchita la vida cuando existen cosas que no podemos compartir. Muy pronto entró una doncella con una carta, y al volverse Jinny para contestarla, al sentir yo mi propia curiosidad por saber qué escribía y a quién, fue como si hubiera visto caer las primeras hojas sobre la tumba de Percival. La vi a ella, y me vi a mí mismo, empujados más allá del momento presente que dejábamos a nuestras espaldas para siempre. Enseguida, sentados muy próximos en el diván, recordamos inevitablemente los lugares comunes mil veces empleados antes de nosotros. Comparamos a Percival con el lirio que se marchita tan pronto… a Percival, a quien yo hubiera querido ver vivir lo suficiente para que hubiera comenzado a perder sus cabellos, para sacudir a las gentes de su sopor, para envejecer conmigo. Pero su tumba estaba ya cubierta con los lirios de nuestras frases.


Trad. Lenka Franulic (edición de 1940)



Virginia Woolf and Dame Ethel Smyth
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