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Salman Rushdie: El último suspiro del Moro (Cap. I, 1)

25 de octubre de 2009






I. Un hogar dividido



He perdido la cuenta de los días transcurridos desde que huí de los horrores de la demente fortaleza del pueblo andaluz de Benengeli; escapé de la muerte al amparo de la oscuridad y dejé un mensaje clavado en la puerta. Y desde entonces, a lo largo de mi camino hambriento y envuelto en la calima, ha habido otros montones de papeles garrapateados, martillazos y exclamaciones agudas de clavos de dos pulgadas. Hace tiempo, cuando era joven e inexperto, mi amada me dijo con cariño: «Oh, Moro, extraño hombre negro, siempre con la boca llena de tesis y sin una mala puerta de iglesia en que clavarlas.» (Ella, que se autodeclaraba india devotamente poco cristiana, bromeaba con la protesta de Lutero en Wittenberg, para tomare! pelo a su amante cristiano, decidida y devotamente indio: ¡cómo viajan las historias, en qué bocas acaban!) Desgraciadamente, mi madre la oyó; y disparó su dardo, rápida como una serpiente al morder: «Quieres decir tan llena de heces.» Sí, madre, tú tienes la última palabra también en ese tema: como en todo.

«Amrika» y «Moskvá», las llamó alguien alguna vez, Aurora mi madre y Urna mi amor, apodándolas como las dos grandes superpotencias; y la gente decía que se asemejaban, pero a mí nunca me lo pareció, no me lo parecía en absoluto. Las dos están muertas, por causas no naturales, y yo en un país lejano con la muerte a mis talones y su historia entre mis manos, una historia que he estado crucificando en una puerta, una valla, un olivo, extendiendo, por este paisaje de mi último viaje, la historia queme señala. En mi carrera, he convertido al mundo en mi mapa pirata, con todas sus pistas que conducen (irla X indica el lugar») al tesoro que soy yo. Cuando mis perseguidores hayan seguido el rastro, me encontrarán esperándolos, sin quejarme,jadeando, dispuesto. Aquí estoy. No hubiera podido hacer otra cosa.

(Mejor: aquí estoy sentado. En esta selva oscura —es decir, en este monte de los Olivos, dentro de este grupo de árboles, observado por las cruces de piedra burlonamente inclinadas de un pequeño cementerio lleno de maleza y algo adentrado en la ruta de la estación de gasolina del «Último Suspiro»—, sin contar con Virgilios ni necesitarlos, en lo que debería seria mitad del camino de mi vida, pero, por razones complejas, se ha convertido en el final del camino, me derrumbo exhausto, carajo.)

Y sí, señoras, se han clavado muchas cosas. Por ejemplo, la bandera al mástil. Pero, después de una vida no tan larga (aunque chillonamente coloreada), siento que estoy libre de tesis. La vida misma es crucifixión suficiente.


Cuando se te está acabando el gas, cuando casi se ha extinguido el sopio que te impulsa, ha llegado el momento de confesarte. Llámalo testamento o como quieras, a tu (última) voluntad; el Salón de las Postrimerías de la vida. De ahí este aquí-estoy-o-aquí-me-siento con las frases de mi vida clavadas al paisaje, y las llaves de un fuerte rojo en el bolsillo, estos momentos de espera antes de la rendición final.

Por ello, resulta ahora apropiado cantar los finales; de lo que fue y no puede ya ser; de lo que estuvo bien en ello, o mal. Un último suspiro por un mundo perdido, una lágrima por su desaparición. También, sin embargo, una última ovación, una escandalosa madeja de historias larguísimas (las palabras tendrán que bastar, a falta de medios audiovisuales) y una serie de canciones alborotadoras para despertar. El relato de un Moro, lleno de ruido y de furia. ¿Lo queréis? Bueno, pues aunque no lo queráis. Y, para comenzar, pasadme la pimienta.

—¿Qué dices?

Hasta a los árboles se los sorprende hablando. (Solos y desesperados, ¿no habéis hablado a las paredes, a vuestro chucho idiota, al vacío?)

Repito: la pimienta, por favor; porque, si no hubiera sido por los granos de pimienta, lo que ahora es un final en Oriente y Occidente podría no haber comenzado nunca. Pimienta es lo que trajeron los altos barcos de Vasco da Gama a través del océano, desde la Torre de Belém de Lisboa hasta la costa de Malabar: primero a Calicut y, luego, por su puerto de laguna. Los ingleses y franceses siguieron la estela de aquel portugués primer llegado, de forma que, en el período llamado Descubrimiento de la India —~cómo podían descubrirnos si no estábamos cubiertos?— fuimos «no tanto un subcontinente como un subcondimento», como decía mi ilustre madre.

—Desde el principio, lo que quería el mundo de la maldita madre India estuvo clarísimo —decía—. Vinieron buscando algo picante, como cualquier hombre que se va de putas.

Mi historia es la de la caída en desgracia de un mestizo de alta cuna: yo, Moraes Zogoiby, llamado «el Moro», durante la mayor parte de mi vida único heredero varón de los crores de las especias-y-altas-firianzas de la dinastía Da Gama-Zogoiby de Cochin, y de mi destierro de lo que tenía todo el derecho a considerar mi vida natural, por mi madre Aurora, de soltera Da Gama, la más ilustre de nuestros artistas modernos, una gran belleza que era también la mujer de lengua más afilada de su generación, y administraba sus picardías a todo el que se ponía a su alcance. No se apiadaba de sus hijos.

—Nosotras, las chicas beatniks de cruz y rosario, tenemos guindiLla en las venas —solía decir.

¡Nada de privilegios para los de nuestra carne y sangre! Queridos míos, nosotras mascamos la carne yla sangre es nuestra bebida favorita.

—Ser un vástago de nuestra demoníaca Aurora —me dijo de joven el pintor de Goa V. (de Vasco) Miranda—, significa ser, realmente, un moderno Lucifer. Ya sabes: hijo de la condenada mañana.

Para entonces, mi familia se había trasladado a Bombay, y ésa era la clase de cosas que, en el paraíso del legendario salón de Aurora Zogoiby, pasaba por un cumplido; sin embargo, yo lo recuerdo como una profecía, porque llegó el día en que fui realmente arrojado de aquel jardín fabuloso y precipitado al Pandemonio. (Desterrado de lo natural, ¿qué otra opción tenía que abrazar lo opuesto? Lo que quiere decir el antinaturalismo, el único ismo verdadero de estos días de continuo enfrentamiento y galimatías. Puestos más allá de lo Pálido, ¿no trataríais de hacer de lo Oscuro día? Como lo oís. Moraes Zogoiby, expulsado de su propia historia, cayó dando tumbos hacia la Historia.)

- ¡Y todo eso desde un pimentero!

No sólo pimienta, sino también cardamomos, anacardos, canela, jengibre, pistachos, clavos; y además de especias y frutos secos estaban los granos de café y hasta la hoja de té poderosa. Pero el hecho es que, según Aurora, «la pimienta era lo primero y primoeminente... sí, sí, primoeminente, ¿por qué decir pre-eminente? ¿Por qué destacar el «antes» silo que importa es que era lo primero? Lo que era cierto de la Historia en general lo era también de las fortunas de nuestra familia en particular: la pimienta, la codiciada especialidad de mis viejos, podridos de dinero, los comerciantes más ricos en especias, frutos secos, granos y hojas de Cochin, que, sin prueba alguna, salvo siglos de tradición, pretendían ser descendientes por la puerta falsa del mismísimo Vasco da Gama...

Se acabaron los secretos. Los he clavado en la puerta ya.


Trad. Miguel Sáenz
Barcelona, Plaza & Janes, 1995





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