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Israel Centeno - Marión

13 de mayo de 2007



Un día cualquiera en una ciudad cualquiera, mentira, en mi ciudad no, bajo, hace años bajo, desde una calle oblicua, voy montado sobre la parrilla de una moto, rodeo con mis brazos la cintura de Marión. Ella me dice que se va a América. El día es azul y cálido, un poco frío para ser un día cálido, recuerdo que vengo del trópico y mis días cálidos son húmedos veranos. Las diferencias entre mis días cálidos y éste día cálido son sutiles, pero no divaguemos, voy con un mechón del pelo de Marión entre mis labios, veo a través de su pelo, huelo el polen y el shampoo en aquella mujer que se va a América y me asalta la nostalgia, ella se va al lugar de donde yo vengo, cortamos la brisa embalados sobre una Vespa, el corte es diagonal y preciso.

Le grito a Marión que debo regalarle algo. Que vaya al boulevard, a las ramblas, al paseo, a la rue, a la street, chillo para imponer mi voz sobre el golpe de brisa. He comenzado a leer. En una biblioteca pública conocí a Francisco Massiani, pienso, los venezolanos nos conocemos en el exilio ¿Acaso estoy exiliado? Sí, en la memoria, se trata de unos treinta años que no han pasado, están aquí, conmigo. Un regalo para Julia, Piedra de Mar. A propósito de regalos, Marión se detiene y yo brinco de la parrilla de la moto, viene conmigo su aroma enmadejado en la agitación de las hojas verdes de los almendros. Las palomas van de un lado a otro, edificios viejos, cúpulas de catedrales, plazas color café, obeliscos, toldos coloridos, trajes sueltos. Mañana se irá Marión, le guiño un ojo desde el kiosco, en ese momento un chispazo, un escupitajo blanco mancha mi saco a cuadros. Me ha cagado una paloma, maldigo y sonrío, es suerte, plata del Potosí, real de la avenida Leonardo Ruiz Pineda, un regalo para Marión, quiero ser escritor y un libro encaja en la lógica implacable. Miro esos tomos de bolsillo, de papel barato, de una sola lectura, los autores rusos y los autores ingleses se imponen a todos los demás.

Hay autores que se parecen a los lugares comunes, tú dices cuentos y de inmediato el interlocutor responde Cortázar o Borges. Es innegable que Borges es un icono de la literatura latinoamericana, pero es lluvia sobre mojado, se sabe ¿Qué comes que adivinas? Otro tanto pasa con Cortázar o con las novelas telúricas y maravillosas. A pesar del día, del paseo en moto, de haberme apretado a la espalda de Marión en caída diagonal hacia un kiosco del boulevard, las ramblas, el paseo, la rue o la street, siento un gran desasosiego, la inestabilidad y el pánico que preceden a un hallazgo, siento miedo porque de tanto hallar se consigue la muerte, un gran descubrimiento en solitario.

Oscurece. Nos reunimos para cenar. Es la cena de despedida. Descorchamos botellas de vino tinto, mecemos en copas grandes el coñac, dejamos entrar la noche de primavera por todas las ventanas del departamento, miro los ojos grises de Marión y comprendo que no la volveré a ver jamás en mi vida. Le regalo un libro, es de un autor venezolano, el único ejemplar del inventario, para leerlo tendré que ir a la biblioteca y buscar a Adriano González León, inciso autores latinoamericanos. Los invitados se retiran, debemos acostarnos, Marión se marcha a Buenos Aires, sólo una noche más, la vida es mezquina.

Paso el día confundido entre la gente que sube y baja por los boulevares, las ramblas, paseos, rues o streets. Me sé atrapado en la memoria, fue hace treinta años, un poco más un poco menos. ¿Marión? nunca supe de ella. Ni una postal. Ni un comentario de amigos comunes. Los cardenales con los que marcó mi cuello se desvanecen. Subo por la calle en diagonal, hago zetas sobre el empedrado. Estoy seguro, Marión no está en Caracas, ni conoce el Ávila, mucho menos va en un autobús, sudorosa, ruta este-oeste, -La Florida- Magallanes-. Me lanzo de espalda sobre la cama, enciendo la luz del velador, miro el libro sobre la mesa de noche, lo ha dejado. Comienza a encenderse el neón de los bares de la Plaza Catia, el humo sale cumular desde de las polleras, desde las parrillas ambulantes, “cruzar, seguir la hilera, hacía allá, en dirección de Los Magallanes de Catia”, atmósfera especial y única. Ahora estoy aquí, en el coño viejo, con el arraigo en un bolso. Parezco medio gafo, siempre lloro sobre estas líneas de País Portátil, porque veo “las calles pintarrajeadas, las verjas de hierro”, por allí van todos los Barazarte, la neblina baja desde Guaicaipuro, desde las zonas más pobres de la ciudad y cubren las “paredes de bloques sin blanquear”. Los almendros se mecen acá fuera, en el exilio y allá lejos, treinta años antes o treinta años después el país dispara tiro a tiro.

Nunca fuiste a Buenos Aires, Marión, voy montado sobre la parrilla de una moto, rodeo con mis brazos tu cintura. Me dice, estuve en Caracas, no le creo.

Caracas, 2001

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