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Fernando Vallejo abre una dura polémica contra la Iglesia

30 de mayo de 2007

No se lo conoce por moderado al colombiano Fernando Vallejo. No lo fue en su famoso La virgen de los sicarios; no lo fue hace unos días, cuando anunció que renunciaba a su nacionalidad porque "desde niño sabía que Colombia era un país asesino, el más asesino de la tierra." Nunca ha sido moderado ni políticamente correcto y no lo es ahora, cuando vino a Buenos Aires a presentar su último libro, La puta de Babilonia, una investigación sobre la Iglesia y el cristianismo, en la que niega la existencia del Jesús histórico y acusa a la Iglesia de una larga lista de crímenes.

"La iglesia es una institución torturadora y defensora de la muerte", dice. "Criminal, manchada de sangre humana y de animales". ¿Alguien quiere discutírselo? Eso es lo que busca: "Aquí, me gustaría que el cardenal Bergoglio sostuviera una polémica pública conmigo. Lo estoy invitando a que responda al memorial de agravios de mi libro. Y me gustaría sostener el debate en los seminarios católicos. Porque mi libro ante todo está dirigido a los seminaristas, a quienes les están lavando el cerebro".

—¿Les dirá que Jesús no existió?

—El asunto es de cuál Jesús estamos hablando. En los veintisiete libros del Nuevo Testamento hay tres. Uno es el de los sinópticos: Marcos, Mateo y Lucas, un Jesús que come como un descosido y bebe como un polaco. El de Pablo casi no tiene carne ni huesos: es una entelequia filosófica. Y Pablo del Jesús histórico no sabe nada: ni que nació en Belén, ni que lo llevaron a Egipto, ni de la matanza de los inocentes. ¡Y era contemporáneo y coterráneo! El de Juan es el Logos: en el principio era el verbo... eso. Y es un ególatra, que dice "yo soy la verdad, yo soy el camino, yo, yo, yo".

—¿Usted cree que fue inventado?

—Antes del año 100 no hay cristos ni cristianismo. Jesús es un mito histórico. Es decir, un mito apuntalado en la historia, con tres o cuatro datos tomados de la historia judía de Flavio Josefo. Se armó hacia el año 160, cuando había muchas sectas cristianas.

—¿Para qué lo habrían armado?

—Podemos encontrar distintas razones. Lo que estamos padeciendo ahora es una empresa criminal que toma como bandera un personaje que nunca existió.

—¿Qué busca con este libro?

—Quiero abrirle un boquete a la Iglesia para que se hunda.

—¿Cómo?

—Mi libro está dirigido a quienes quieren pensar sobre qué es esto que llamamos cristianismo, qué es esto que llamamos Cristo. Ahora empiezo una campaña paque se proscriba a la Iglesia. Si el nazismo, que sólo atropelló a la humanidad durante trece años, está proscripto en Alemania y su apoogía es un delito, por qué vamos a estar sosteniendo al cristianismo, una empresa bimilenaria manchada de sangre.

—Me parece que tiene mayoría...

—La mayoría la hacemos de a poco. El autócrata de Roma viaja en jet privado. ¿Por qué? ¿Acaso la institución que representa hizo algo por el progreso de la ciencia y la tecnología? Si tenemos jets, es a contracorriente de ellos.

—Sigue teniendo mayoría.

—Si alguien es un engañatontos es el actual Papa... y el anterior. Saben que no hay ningún Reino de los Cielos, que nos van a comer los gusanos. Y viven como potentados.

—¿Hay un puñado de engañatontos y millones de tontos?

—Exactamente. La humanidad no piensa, está ocupada en ganarse el pan para que funcione la maquinaria reproductiva.

—¿El libro es militante?

—Es terrorismo moral. La causa de mi vida es la defensa de los animales. El cristianismo no los ha visto, ni el Islam, ni el judaísmo. No puede haber religión si no empezamos por ahí.

—¿A qué llama religión?

—No a las semíticas, que son fanatismos. Religión es la mía, que tiene dos mandamientos. Uno: No te reproduzcas porque no tienes derecho a imponer la existencia. Dos: Respeta a los animales.

—Usted dice en el libro que es el turno del Islam...

—Si la Iglesia no nos vuelve a las oscuridades medievales, nos vuelve el Islam, que no ha salido de ellas y no quiere salir. El porvenir es siniestro.

—En el texto, usted anuncia que se va a cobrar sus deudas con la Iglesia. ¿Cuáles son?

—Las cuentas personales las puedo perdonar. Que me hayan ensombrecido la infancia con el terror del infierno, con la represión sexual y con la amenaza del pecado mortal. Pero los atropellos a los animales y su complicidad frente a la crueldad con ellos; la actitud misógina, esclavista y antijudía, no. El derramamiento de sangre no lo puedo perdonar.

Por Patricia Kolesnikov
Buenos Aires, Clarín, 29 de mayo 2007




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