Inés Marful: «Poemas para Albert»

1 de octubre de 2026

 







Lo que voy a decir precisa de la noche.
Pascal Quignard

Soy yo la que anochece.
Francisco Hernández


Decapitada, con la cabeza
sangrante bajo el brazo
bajo la lluvia torrencial de octubre
vimos a Ana Bolena por la torre de Londres.

Éramos raros, dulces,

audaces, solitarios.
Mi memoria era un mapa
sin ríos ni contorno
y mi lengua un naufragio
de velas doblegadas.

Y, aun así,

aun así, amor
de alas inmensas
recuerdo las palabras que dije aquella noche
que robamos un monje
solar, inmaculado
que degollaba versos
con su hacha de cobre.

Recuerdo a Adonis muerto

en los brazos de Venus,
la bóveda anular
del asombro en tus labios
y una capa pluvial
que ocultaba tu pecho
y albergaba en silencio
sus ápices dorados.

Éramos bellos,

líquidos,
errantes.
Nuestra figura no paraba nunca
por los tornos sellados de la tarde.

Éramos huecos, mudos, milenarios,

y una monja novicia, elemental,
tallada,
me grababa en la espalda
la magnitud del orbe
y un oratorio lento de puñales exactos.

Hoy te confieso, amor, que antes de conocerte yo había sido el erizo de Schopenhauer. De mi piel brotaban púas tan gruesas como los números sumerios y, para ser sincera, no había sentido nunca el milagro del tacto. En mi atril descansaba un martillo de brujas, la sonrisa perdida del profeta Daniel, las cámaras de South Bridge, los hielos de Pompeya, un poema de Philips donde miente al decir que uno

sueña solo,
nace y desea solo y,
por fin,
muere solo.
Pero te tuve a ti, my sweetest, sweetest choice, y fui fiera y feliz como un cuerno de caza. Oh solitude, a ground, very slow, in do minor…, … de qué sagrada forma te apiadaste de mí hasta ceñirme al aro de tu analecta sacra. Mi cintura tensaba tu fajín de guerrero y mi vientre paría sacramentos y aliagas. Del Libro de los muertos a la gare d’Austerlitz mis pasos escribían tu epopeya de abril y un temblor de cenizas me acunaba sin ruido mientras doce bautismos sin pecado ni dueño iban ungiendo el óleo con miel y agua salada.

Éramos raros,
locos, indomables.
Quemábamos palabras con una zarza ardiente,
y apretamos los signos contra su fuste mudo
para abrevar las yeguas de la quietud y el canto.

“Esto es una locura, pero hay método en ella”, me dijiste una tarde que ardía suavemente

contra un cielo sin nubes
febril y deshojado.
Luego añadiste:
“Hay un tiempo en el que todo pasa el muro del sonido. Es un extraño silencio de la lengua. A eso se llama escribir. Un flujo único que rebosa sin perseguir un orden”.

Y aún, con un tono casi distante,

casi ayer,
casi nada:
“Te llamaré Ofelia:
La que busca socorro”.

Y aún:
“Cuando te encontré vi que estabas herida, así que te cuidé, hice una férula con una ramita y recubrí tus huesos con un bálsamo.”

Y aún, “sin ti, nada de lo que existe existiría. Fine. Deo Soli Gloria.

Esto es lo que anotaba Bach, esto es lo que anotaba Haydn, haciendo grandes círculos, al término de sus partituras.”

Y aún, eternamente:

“Tal vez no lo recuerdes, pero aprendimos a hablar con nuestras manos mientras caía la nieve. Allí, en la pared de las grutas magdalenienses.
Y aprendimos a leer junto a un hombre que volvía del campo de Dachau.”

Fuera batía el mar.

El mar en la memoria.

El mar bajo las piedras de Le Havre.



Foto: Alonso y Marful / Retrato de I. Marful con fondo de Eugène Atget


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