25 de agosto de 2025

Arthur Koetsler: El verdugo

 



Cuenta la historia que había una vez un verdugo llamado Wang Lun, que vivía en el reino del segundo emperador de la dinastía Ming. Era famoso por su habilidad y rapidez al decapitar a sus víctimas, pero toda su vida había tenido una secreta aspiración jamás realizada todavía: cortar tan rápidamente el cuello de una persona que la cabeza quedara sobre el cuello, posada sobre él. Practicó y practicó y finalmente, en su año sesenta y seis, realizó su ambición.

Era un atareado día de ejecuciones y él despachaba cada hombre con graciosa velocidad; las cabezas rodaban en el polvo. Llegó el duodécimo hombre, empezó a subir el patíbulo y Wang Lun, con un golpe de su espada, lo decapitó con tal celeridad que la víctima continuó subiendo. Cuando llegó arriba, se dirigió airadamente al verdugo:

-¿Por qué prolongas mi agonía? -le preguntó-. ¡Habías sido tan misericordiosamente rápido con los otros!

Fue el gran momento de Wang Lun; había coronado el trabajo de toda su vida. En su rostro apareció una serena sonrisa; se volvió hacia su víctima y le dijo:

-Tenga la bondad de inclinar la cabeza, por favor.




Foto: AK en Londres, en 1967


© Gisèle Freund


Centre Pompidou

15 de agosto de 2025

Pascal Quignard: «El origen de la danza» Cap. III 'Insultar y exultar'



 



1. ¿Qué es un insulto? Insultar a alguien, insultare, es tirarlo al piso. Ser insultado, en Roma, es ser arrojado al suelo, golpeado a patadas. El ser insultado es disminuido en su tamaño, ha caído de su estado, es humillado en su identidad, es pisoteado por el conjunto del grupo. Es estar por el piso. Humilis, humilianus, humanus, son tres palabras que significan humillado, humano, ctónico. Un niño cae de la madre en el mundo. El desecho cae del continente. La mierda cae de las nalgas bajo el cuerpo del comilón que ha dejado el mundo uterino y que en adelante vive en el día donde está agachado y donde empuja fuera de sí, en cada día que vuelve con el alba, el animal o el pescado o el ave que devoró el día anterior. El ciruja cae del mundo social. El mendigo sentado en el suelo y que tiende la mano para la limosna define al desdichado que no se levanta de una “decadencia” (una "mala caída”, una mala suerte que se ha vuelto, con el correr de los días y en la superposición de las horas, como un destino). Es el que cae, que a la vez cae “mal” y que ya no “anda”. Se apoya contra el pilar de la iglesia. Se acuesta sobre el respiradero cerrado con candado encima del subterráneo que corre entre la oscuridad y los gritos. Es como el depresivo que se desploma sin cesar en su propio vértigo. Es como el adolescente que se tumba en todas partes, se estira, ya no quiere seguir creciendo, ya no quiere ser consciente de su metamorfosis, ya no quiere participar, se duerme en todos los sillones, ocupa todo el banco del tren, recogiendo sus rodillas, metiendo su mentón entre ellas, durmiendo en la extraña bolsa que procura crear a su alrededor. 

2. Corrida de los españoles, tourada de los portugueses

España. El toro arremete en la arena, agarra al hombre que lo enfrenta, sus cuernos puntean, aciertan, abaten, perforan el cuerpo de pronto tirado (insultatus) que pisotea (insultat). Es la corrida de los españoles. 

Portugal. Los hombres, cada uno avanzando con las manos en la cintura del que lo precede, forman un largo dragón que se ondula frente al toro inmóvil y nunca ejecutado. El hombre que se encuentra adelante salta con los pies juntos, se arroja en dirección a los dos cuernos del toro que agarra bien con sus manos, trata de hacerle poner una rodilla en tierra. Tal es el sentido del verbo exsultare: saltar en el aire con riesgo de morir (por así decir, ensartado voluntaria mente en los cuernos solares) de modo de poder bajar (insultare) la cabeza del toro (la cabeza alfa del alfabeto de los fenicios, la letra aleph del aleph y beth de los hebreos) hasta el suelo. Es la tourada de los portugueses. 

3. Las tres danzas fundamentales 

Un día, Joaquín, el marido de Santa Isabel, se quedó mudo. “Entonces, en ese momento, Santa Isabel sintió un estremecimiento en el fondo de su vientre que no podía hablar en voz alta.” 

Ese salto, ese sobresalto, ese estremecimiento que no tiene voz alta (que no tiene lengua hablada), que se manifiesta en silencio en el fondo del útero, es San Juan Bautista que danza. La vieja danza prenatal se basa en el viejo silencio prelingüístico. 

Vorágine escribe exactamente: In matris útero tripudiavit quem voce non potuit. (En el útero de la madre pataleó algo que no puede ser dicho por la voz. Aunque también: En el útero materno tuvo lugar la danza de tres pasos (la danza en tres momentos) de alguien que no tenía voz para poder hablar.) 

La tripudiado -dos tiempos y uno más- prepara la saltatio extra uterina. “Saillir” [“sobresalir”], anticipando el nacimiento, se recoge en “tressaillir” [“estremecerse”]. Antes del salto, el sobresalto. El sobresalto de las entrañas es sensible con la mano, claro que invisible al aire libre, solamente un tanto visible bajo la piel del vientre donde el cuerpo fetal se desplaza, o se da vuelta, antes del surgimiento. 

El tripudium define la danza perdida. La saltatio lo continúa. Y culmina en la insultatio natal. Un pequeño cuerpo contenido es expulsado por un gran cuerpo continente, y cae en la tierra. Proveniente del reino de Poseidón, cae en Gaia: es Anteo. Aborda lo que los antiguos romanos llamaban la “orilla de la luz”. Al término de ese viaje, llega al aire (donde lanza su grito que se vuelve aliento regular) y luego su cuerpo y sus cuatro miembros entran en contacto con la tierra como pueden (es la insultatio natal). 

Finalmente, un día sobreviene la exsultatio genital, que ocurre dos veces siete años más tarde entre los humanos, especie animal en la cual la sexualidad y la sensación voluptuosa son extraordinariamente tardías. Es la erectio. La erección produce la exaltación erótica y provoca los extraordinarios trances corporales que el deseo saca a la luz. 

Resulta así que hay tres danzas fundamentales: saltatio intra-uterina, insultatio natal, exsultatio genital.


Quignard, Pascal El origen de la danza / Pascal Quignard. - 1ᵃ ed . 
Buenos Aires, Interzona Editora, 2017. 208 p.; 21 x 13 cm. 
Traducción de Silvio Mattoni

Foto: Manuel Braun

11 de agosto de 2025

Francisco Alvez Francese: Visiones de Josephine (1883-1968)



Proemio

Jo. Déjate encerrar por el cuadro.
Sé buena, Jo. Déjate apresar por los duros marcos.
No es que yo quiera atraparte,
sólo ahí, ese instante. Esa luz que te golpea la mejilla
tan suavemente. Este minuto en que el sol va saliendo
o se oculta lejos, tras las montañas (si lo prefieres, Jo,
serán cerros). El tren es todo vértigo, pero no lo notas,
Jo, querida. Los libros no nos permiten estremecernos demasiado.
Siempre dentro de los márgenes de la hoja, ¿sabes?
Pero también soñamos, Jo. También caemos torpemente
sobre duras camas. Y para ver el día, así, desnudándote,
te cubres de una luz espesa.

Creo ver un lento armatoste rojo cubriendo el horizonte
y el cuadro luminoso sobre el verde parduzco.
Pero no sé, todo está en mi memoria, y tal vez me equivoque, Jo.
Yo no sabía que tus manos alguna vez serían mías,
pero ya te pintaba desde la infancia.
En alegres farolas, en los pliegues de un mantel,
en la sonrisa lastimera de una sombra.
Estabas conmigo, siempre en mi paleta, en mis pinceles o como un cristo sobre los lienzos.
Y te vi otro día esperar a que terminara la función.
El cine es también un paraíso, Jo,
me gustaría morir en un cine, en medio de una proyección.
No importa, esperabas, con la mano apenas apoyada
sobre el rostro. Esperabas con tu traje azul con una raya roja
de acomodadora. Y yo te vi al pasar,
difusa entre el humo. Pero cuando quise acordar
el humo no existía. Y la acomodadora no existías,
pero Jo, Jo. Sí que existías. Existías
en la sala de espera de un hotel. Mirabas a tu viejo marido
y en frente, existías leyendo, distraída, el tercer tomo
de aquella novela.
Bueno, eso lo digo ahora,
tal vez leyeras el catálogo
de una tienda, o la Guía Azul.
Creo, tímidamente, recordar que tu vestido era azul.
Yo no sabía que un día podría quitarte
de un tirón, todos los vestidos reales o imaginados.
Y que tendría por la mañana el sabor de tu sangre en mi boca herida.
Pero así, te pintaba en los cristales y en el miedo y en el sueño.
¿Estarías de luto? No lo recuerdo, pero el tren es un vértigo.
Claro, todo pasa tan de prisa cuando uno camina mirando
casi por el rabillo del ojo
a la gente. Pero siempre te tendré, Jo, para completar mis alucinadas vibraciones.
Me gustaría ahora, Jo, que te quedes un instante quieta
sentada desnuda, como estás, sobre la cama. Apoyada en la pared
blanca. Estira las piernas, así, con tus tacones. Con las manos
entrelazadas sobre las piernas. Da vuelta la página. Imaginemos
por un instante, este instante,
que el día termina. Y que el horizonte, cubierto de luces raras
es inalcanzable. Pero que no importe, no, Jo, no llores.
Que no importe, que todo lo que importe
sea la tarde precisa, las cuatro maderitas del marco.



1931

Lista para partir. O quizá recién llegada.
La soledad del viaje no se parece a la otra soledad,
la de la cama. Pero a veces son la misma.
La soledad de separarse y que todo termine
una vez terminado. El vestidito rosado ¿no quiere
romperse? Y el pelo ¿no quiere soltarse?
Y el libro ¿no anhela, en tus manos, su destrucción?
Todo tiende a la disolución, a la muerte.
El verde al azul, el marrón al rojo, el amarillo al gris.
Todo tiende a desvanecerse. Los sombreros también,
y las doradas bisagras de las maletas.
Por eso la cortina está entrecerrada.
Pero no sabía nada de esto, buscando algo en las líneas
continuas e insistentes de letras. Pero cuidado: el libro
está en blanco. Y la piel transparenta toda la habitación.
Ella no sabía nada, ni por qué ni cómo ni dónde ni quién
recorta arbitrariamente los muebles o los marcos
de la puerta. ¿La habrá dejado abierta? Es claro que la puerta
estaba cerrada. Ella nunca estuvo ahí. Quién sabe.
Ese sofá, la cama, la ropa levemente apoyada, la entrevista
sandalia. Quién sabe.
Sólo una puerta blanca
vista al pasar
por el corredor
vacío de un hotel.


1952

Claro que él nunca estuvo aquí.
Es un personaje de la literatura, o es aquél hombre
que en noches calurosas supo tirar las sábanas
lejos, acariciar los muslos y la espalda, besar
por incontables horas el mismo círculo.
Pero ahora está. El espejo no refleja nada.
Y ella no mira. Ser vieja es una incomodidad,
pero no hay vejez en ella. Un vestido rosado,
el mismo que compró con su esposo, Edward,
en New York, en 1928. Pero claro, el tiempo
se confunde. Se mezcla. Y entonces
una mano de 1931 y una mano de 1915,
y los ojos de 1949 y los senos de 1908.
No hay tiempo para la vida. Por eso se detiene
a cada instante a pensarse.
El tren vertiginoso está atrasado.
El fantasma triste lo espera, a punto de dejar,
esta vez para siempre, el cigarrillo.
Como si todo esto importara. Las tapas
negras del libro, los verticales poemas
delatan la existencia de un orden.
El simple hecho de esta constatación,
de la luz de sol entrando por la ventana,
debería alcanzar. Ella está levantando los ojos
lentamente, del libro al hombre.
No sé qué visión o qué silencio los puso allí juntos,
para siempre. A punto de desaparecer o de corporizarse
en esta habitación, de luz ambigua.


1941

La luz del reflector atraviesa la sala,
ojos ávidos, metal de saxofones.
Siempre quiso volar. No había forma, le dijo,
de volar, sin precipitarse al vuelo.
Sin alzarse, completamente abstraída,
sin alas, sin ropa, sin ojos que determinen
la ligazón con el mundo. Levantando apenas
los pies, impulsada por una extraña congoja
y por la vibrante música.
No basta el dorado, todo el dorado del mundo
ni toda la firme seguridad de las tablas así dispuestas.
El vuelo requiere otras disciplinas.
La luz no es necesaria. La boca sí. También
la caída.
Pero no va a volar, claro. Es sólo una imagen
en un cuadro. No iba a volar tampoco
en su club, no era siquiera así exactamente.
Fue más fácil recordar sus pechos,
sus brazos, su pelvis, su cintura, sus piernas,
que el recuerdo que llevaba, como una seda,
entre las manos. Fue más fácil completar
en otros borradores la imagen fiel.
No hay nada real aquí. Nada que no lo sea.


Epílogo

Ya no están las dos casitas sobre los blancos médanos,
se han ido los últimos parroquianos del bar y el frío
de las cañerías ha despoblado finalmente los hoteles,
las plazas, los cines y las avenidas.
Los perros, finalmente, se han diluido, como manchas,
en el trigo.
Ya no queda el payaso, ni el hombre feliz, ni aquel verso
que leímos una madrugada. Ya no queda la vida.
Vayámonos.
Pero queda.


Cuadros de Edward Hopper relacionados:

Al Proemio
Hotel lobby
New York movie
Soir blue
Compartment C Car
Eleven a.m.
Morning sun
A woman in the sun
Night windows

A 1931
Hotel room

A 1952
Hotel by a railroad

1941
Girlie show

Al Epílogo
Nighthawks
Cape Code evening
Two comedians







Texto incluido en el poemario inédito
Troilo (2013)

http://www.edwardhopper.net/
http://www.edwardhopperhouse.org/

Crepúsculo en Arcadia, blog del autor [FB] 
Foro original color de Fernanda Sesto (2014)




6 de agosto de 2025

Gustavo Espinosa: Diatriba del poeta pobre




Cuando Pablo Neruda corrigió las galeras
de su Oda a la pobreza,
ya era inflado y lujoso como un globo aerostático:
un poeta parecido al tapir o a la luna
que ya había obstruido
cañerías laberínticas
de lentos transatlánticos, pagodas y embajadas,
con cagadas pomposas
(fabricaba fantásticos pasteles el poeta
con peces o con frutos de Rangún o de India
o con caviar birlado al bigote de Stalin).
Cuando el mismo Neruda
dijo que estaba en contra de las aristocracias,
de la tuberculosis en los picapedreros,
de la nariz de Nixon,
su vulcanología de pedos polifónicos
detonados mediante champán y madreperlas
ya había marchitado
corolas de sombreros, alas de fracs vultúridos
y narices de cónsules.
¡Viva Pablo Neruda!

Quien esto escribe, en cambio,
atesta con dentales su inédita diatriba
asistido por todas las tubas de su estómago
y por radios que cantan
sus alegres teoremas a favor de la pepsi.
Este poeta está siendo
acechado por flacos lavatorios de fierro
en piezas que se alquilan
solamente a suicidas o a mujeres que juran
no volver a ovular.
Este mismo poeta
que ha masticado oscuros objetos del infierno
—carne de perro muerto y plástico revuelto—
llora frente al vacío de las ensaladeras,
frente a un deslumbramiento de tomates perdidos,
y eructa una penumbra
de papas sin sentido.

Y este mismo poeta, junto a los habitantes
de algún Pirarajá o Kabul de la mente,
junto a otros para quienes
Ferlinghetti es el nombre de un auto supersónico
(o sería Lamborghini, o talvez Alighieri),
farfulla el jingle inmundo
del vacío. Se aturde
ante la muchedumbre de todo lo que falta:
el desierto de cielo y mar en las ventanas,
la fuga de ventanas
(lo que es decir paredes ciegas y cascarudas),
la huida del calor, el pimentón, o el hielo,
cuando no es que lo asedian
materia conjurada, artilugios traidores:
cacerolas convexas y quirófanos negros.
Luego:
sabe el poeta que una gallina arpía
del tamaño de un boeing
desprogramó la trama tremenda de la Eneida,
la transmutó en naufragio de las declinaciones,
que estableció su podre, su mina de parálisis,
su huevo miserable
dentro de la alegría:
piénsese en Maiakovski, la nube en pantalones,
o el pobre Roque Dalton;
o recuérdese a Góngora,
el cura alucinógeno,
entubado en sotanas torvas y culteranas
bajo el verano atómico del siglo diecisiete.

Es el poeta pobre
el mutante que ambula en un supermercado
fantasma («Viuda e hijos de Gutemberga & Co.»)
porno y superpoblado como un sueño del Papa;
es la vieja que traga
teleteatros vencidos
coprotagonizados por galanes de Marte,
y, como ella, merece
morir bajo el tamaño del elefante negro
de Quinto Horacio Flaco.


26/3/1989




En Cólico miserere
Montevideo, Ediciones Trilce, 2009

Foto: Gustavo Espinosa por Iván Franco


Patricia Damiano - El punto débil



el corredor anuncia
lo que jamás ha de ser
a tierra en cielo, a voz en agua, lo que nunca
ha de fingir
exaltación de la vigilia

cruje ese libro extremo que la lluvia nos roba si hemos volteado
y la noche negra cabalga

y una forma que dijimos no importa
perturba
el pan

y la violencia que dijimos no importa
asciende
el hierro

y el cerro que dijimos no importa
es mujer periplo
cascada
o vos, hombre

y las sirenas ya gritan
y la cabeza tiniebla el interior del templo
y todo silbo vegetal insinúa
un después

y toda barca estalla diluvio
y dijimos no importa
toda
barca
nos lleva
adonde
no

no


En Playa Köchel (2007)