A Borges le fascinaba el azar que brinda la vida. A
pesar de su timidez, se entregaba al azar en cuanto podía.
Para él fue azar tanto viajar en globo como perderse en
los arrabales de Buenos Aires o recorrer países remotos.
No fue ajeno al juego. Alguna vez me comentó: «En una
época fui jugador. Nunca me interesaron el póker ni la
canasta, pero jugué al truco y al mus, que no llegué a
entender demasiado».
RA —Al truco, usted me contó que había jugado con
Nicolás Paredes —interrumpí.
JLB —Sí. Él era un gran jugador —recordó Borges—. Yo
aprendí muchas picardías de Paredes y llegué a jugar en
pareja con él. Otras veces jugamos mano a mano.
Recuerdo que en la segunda visita que le hice, Paredes
me preguntó si sabía jugar al truco; yo le contesté
imprudentemente que sí. Entonces él sacó las barajas y
nos pusimos a jugar. Al principio él me dejó ganar.
Después me di cuenta de que ésa era la clásica o la
consabida astucia de los tahúres; empezó luego a ganar
él, y finalmente me ganó todo el dinero que yo tenía, que
era bastante para la época. Paredes era un profesional
del juego. Entonces le pedí que me prestara diez
centavos para el tranvía. Paredes me devolvió todo el
dinero que estaba encima de la mesa. Un poco molesto
yo le pregunté si él había hecho trampa; y me contestó:
«Bueno, usted tiene que entender que siempre yo voy a
ser el ganador».
RA —¡Qué linda anécdota! ¿Y él le enseñó luego a jugar
bien?
JLB —Sí, yo fui aprendiendo con él, y algunas veces
jugamos en pareja contra otros. Era un excelente jugador
de truco.
RA —¿Alguna vez usted me contó que jugaba a la ruleta, también? —vuelvo a preguntar.
RA —¿Alguna vez usted me contó que jugaba a la ruleta, también? —vuelvo a preguntar.
JLB —Bueno, en una época sí; me gustaba la ruleta y fui
inventor de algunas martingalas que no tuvieron
demasiado éxito, ya que eran totalmente ineficaces.
Alguna vez, sin embargo, llegué a ganar siguiendo ese
método.
RA —¿En qué consistía, Borges?
JLB —Yo anotaba los pares y los impares de, digamos, diez o doce bolillas, en el exacto orden en que iban saliendo; los anotaba y luego trazaba una línea, los unía y formaba una simetría. Una vez logrado esto, yo los seguí y, algunas veces, me dio buen resultado.
RA —¿Con ese procedimiento esperaba salir de pobre?
JLB —No, no. Yo lo hacía para entretenerme, para demostrarme a mí mismo que podía ganar con ese método; pero no por codicia. No, digamos, al estilo Dostoievski, que lo hacía de una manera casi enfermiza. Yo tenía en claro que nadie gana a la ruleta y lo hacía con un interés que, bueno, podemos llamar placer intelectual.
RA —¿Llegó a perder dinero con su sistema?
JLB —La mayoría de las veces sí. Gané otras, pero cuando perdía, perdía lo que ganaba y el capital invertido también. De manera que nunca me fue bien en el juego. Luego yo pensé en inventar un sistema de juego en el que no se ganara ni se perdiera nunca. La gente juega, en la mayoría de los casos, porque está desesperada, porque debe dinero o porque quiere dejar de ser pobre. Y luego viene la humillación de perder, la humillación que perdiendo en el juego puede llegar a ser trágica. Sin embargo, usted ve cómo se fomenta el juego, y eso lo hacen hasta los gobiernos; a mí me parece una inmoralidad… Yrigoyen fue el presidente más íntegro en ese sentido. Él quería cerrar el Jockey Club y el casino de Mar del Plata, pero no tuvo éxito. Tampoco llegó a pisar el hipódromo, y cuando lo invitaron a una carrera donde se corría un Gran Premio, él se ofendió y les contestó con una carta muy severa. ¡Cómo lo iban a invitar al Presidente de la República a concurrir a un sitio donde se jugaba por dinero! Él lo sintió como una ofensa, y yo creo que tenía razón, ya que el juego es un vicio, una cuestión de azar donde no hay esfuerzo personal.
RA —También a la lotería jugó durante un largo tiempo. Borges entrecierra los ojos y concluye nostálgico:
JLB —Sí, yo seguí por años, cuando trabajaba en la biblioteca de Almagro, un número de lotería. Ahora, fíjese cómo en el azar la suerte siempre me fue esquiva. Cuando dejé de trabajar en la biblioteca, dejé también de comprar el billete, y a los pocos días salió premiado con la grande.
RA —¿En qué consistía, Borges?
JLB —Yo anotaba los pares y los impares de, digamos, diez o doce bolillas, en el exacto orden en que iban saliendo; los anotaba y luego trazaba una línea, los unía y formaba una simetría. Una vez logrado esto, yo los seguí y, algunas veces, me dio buen resultado.
RA —¿Con ese procedimiento esperaba salir de pobre?
JLB —No, no. Yo lo hacía para entretenerme, para demostrarme a mí mismo que podía ganar con ese método; pero no por codicia. No, digamos, al estilo Dostoievski, que lo hacía de una manera casi enfermiza. Yo tenía en claro que nadie gana a la ruleta y lo hacía con un interés que, bueno, podemos llamar placer intelectual.
RA —¿Llegó a perder dinero con su sistema?
JLB —La mayoría de las veces sí. Gané otras, pero cuando perdía, perdía lo que ganaba y el capital invertido también. De manera que nunca me fue bien en el juego. Luego yo pensé en inventar un sistema de juego en el que no se ganara ni se perdiera nunca. La gente juega, en la mayoría de los casos, porque está desesperada, porque debe dinero o porque quiere dejar de ser pobre. Y luego viene la humillación de perder, la humillación que perdiendo en el juego puede llegar a ser trágica. Sin embargo, usted ve cómo se fomenta el juego, y eso lo hacen hasta los gobiernos; a mí me parece una inmoralidad… Yrigoyen fue el presidente más íntegro en ese sentido. Él quería cerrar el Jockey Club y el casino de Mar del Plata, pero no tuvo éxito. Tampoco llegó a pisar el hipódromo, y cuando lo invitaron a una carrera donde se corría un Gran Premio, él se ofendió y les contestó con una carta muy severa. ¡Cómo lo iban a invitar al Presidente de la República a concurrir a un sitio donde se jugaba por dinero! Él lo sintió como una ofensa, y yo creo que tenía razón, ya que el juego es un vicio, una cuestión de azar donde no hay esfuerzo personal.
RA —También a la lotería jugó durante un largo tiempo. Borges entrecierra los ojos y concluye nostálgico:
JLB —Sí, yo seguí por años, cuando trabajaba en la biblioteca de Almagro, un número de lotería. Ahora, fíjese cómo en el azar la suerte siempre me fue esquiva. Cuando dejé de trabajar en la biblioteca, dejé también de comprar el billete, y a los pocos días salió premiado con la grande.
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