28 de noviembre de 2024

Nasser Rabach: «Piedra angular»




Nada me mata a mí, nada.
De a poco voy muriendo, oh Nâzım Hikmet,
más despacio, oh Ritsos.
Pasan ante mí presos ancianos, dicen: “¿me recuerdas?”
Entonces sé quién soy.
Una cárcel vacía. Muertos de paso me saludan agitando la mano,
yo los invito a cenar recuerdos.

Pero
a mí nada me mata, nada.

De a poco voy muriendo, oh Lorca,
leños se contemplan junto a un hogar apagado,
un viejo sin dientes quiere cantar, pero se le confunden los significados.
Calle pierde puerta y ventana cada día.
Aviones cruzan el cielo.

Pero
a mí nada me mata, nada.

De a poco voy muriendo, oh Darwish,
dos millones de mártires ascienden hacia Allah, descalzos y desnudos.
Con ollas vacías perturban el sueño de la vieja Roma,
echan al aire los nombres de sus hijos
y de los cielos llueven cánticos.

Pero
a mí nada me mata, nada.

De a poco voy muriendo, oh Al-Nawab,
más despacio, oh Neruda.
La guerra estira sus piernas hasta florecer la gangrena
como ave exhausta que cepilla de sus plumas las esquirlas de llanto.
Con tiempo médicos compran tiempo para salvar las lágrimas de las madres.
Y a mí nada me mata, nada.

Pero yo, amigos míos,
con muerte grabé mi nombre sobre una piedra invisible,
me convertí en la piedra angular del sitio.





















Gaza, 26 de noviembre de 2024

Nasser Rabah nació en Gaza en 1963 y vive allí hasta hoy. Obtuvo su ‎licenciatura ‎en ‎Ciencias Agrícolas en 1985, antes de trabajar como Director del ‎Departamento de ‎‎Comunicación en el Ministerio de Agricultura gazatí. Es miembro ‎de la Unión de ‎‎Escritores y Autores Palestinos y ha publicado cinco colecciones de ‎poesía en lengua ‎‎árabe. Una colección de sus poemas en inglés, traducidos del árabe por Emna Zghal, ‎Khaled al-Hilli y Ammiel Alcalay, se publicará el año próximo.‎

Trad. del árabe al hebreo: Hani Saloum
Trad. del hebreo al español: Yonah Kranz a quien agradezco este texto y la información sobre su autor.



9 de noviembre de 2024

Esteban Peicovich: Curriculum

 






Nací (es un decir).
Guardo entre gasas mi único cadáver,
aquel cordón umbilical que ella mantuvo
en escondite de múltiple avaricia
hasta dármelo a la edad de mis sesenta.


Tozudo soy como una rosa.
Y sucesivo como las hormigas.
Lento, hasta ser todo invierno.
Y dulce hasta mis huesos.


Fui una sólida monja hasta ser padre.


A mi primera hija se la robé a su madre
un día en que el amor andaba
de animal aturdido dando tumbos
casi de farra loca por la casa
y lo atrapamos.


Tengo otra hija con la cabeza revuelta
por los pájaros.
Tres hijos del otro lado del océano,
dos nietos que por dudar de mi existencia
me llaman Sebastián,
y una madre que resiste riendo
la inundación y el tiempo.


De mis cuatro esposas,
la primera se ahogó en sus propios ojos,
la segunda fundó una maternidad,
la tercera regresó a su sitio natural
de un cuadro de Filippo Lippi
y la cuarta me arropa y alimenta
y con cuchillo de azúcar
hace de mi dos hombres que la aman.


Por mi árbol genealógico ha descendido
tanta gente que me hace ruido dentro.
Desde el minero empaquetador de azúcar
que me trajo
hasta Vidriera, el licenciado
(a pleno día se me ve la noche.)


Por la palabra, al artefacto que soy
le fue dada la rosa en consideración,
el cordero en cuidado
y el silencio de Dios en cautiverio.


Sílaba a sílaba, comparto el gineceo
de las palabras que me aman.
Un mujerío que teje/desteje como Safo
mi inconcluso diccionario perplejo.


Se presentan, ahora, asuntos nuevos:
del girasol se fuga el amarillo.


Llaman a la puerta. Es la humedad.


Ni el licor de lo eterno, ni Sherezade,
ni la picadura súbita del pezón más colibrí
pueden hacer que reviva lo que olvido.


Veré de poner música esta noche.
No vaya a ser que tope con un golpe
de dados y mi azar no lo sepa.




Fuente: Esteban Peicovich, La bañera azul
Madrid, Libertarias / Prodhufi, 1994