Un Judío no judío, un Judío pervertido, un traidor. De ahí la impresión de insinceridad que se desprende de sus llamadas, de sus exhortaciones, de sus violencias. Es sospechoso: parece demasiado convencido. No se saber por dónde tomarlo, ni cómo definirlo; situado en una encrucijada de la historia, debió sufrir múltiples influencias. Tras haber vacilado entre varios caminos, eligió uno, el bueno. Los de su especie juegan sobre seguro: obsesionados por la posteridad, por el eco que suscitarán sus gestos, si se sacrifican por una causa, lo hacen como víctimas eficaces.
Cuando ya no sé a quien detestar, abro las Epístolas y en seguida me tranquilizo. Tengo a mi hombre. Me pone en trance. Me hace temblar. Para odiarle de cerca, como a un contemporáneo, doy un salto de veinte siglos y le sigo en sus giras; sus éxitos me descorazonan, los suplicios que se inflige me llenan de gozo. El frenesí que me comunica, lo vuelvo contra él: no fue así ¡ay! como procedió el Imperio (pág. 83).
Transcripto de la edición de Alianza Editorial
Traducción de Fernando Savater
Madrid, 1980
Fantástica cita. Saludos, Rodrigo.
ResponderBorrar