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Pascal Quignard: El camino del pensamiento

18 de octubre de 2015



Hay un sollozo propio del funcionamiento de la mente que hace salir sangre por la nariz.
Hay una relación del pensamiento con la muerte porque hay una relación entre el retorno de la predación al hogar y la muerte que se ejecutó lejos del hogar, en el saltus, en el desierto, en el banco de hielo, en el outfield, en la jungla. Hay una relación del pensamiento entre el predador que el cazador acecha y la presa muerta que el sacerdote destroza, cocina, reparte jerárquicamente, y que el grupo santificado por el número a la vez unánime y escalonado consume.
Muerte, vuelta a los cuarteles.
Apenas hay un intruso en el espacio, o bien huir (horizontalmente hacia el horizonte), o bien enterrarse (verticalmente, por rotación, de manera de perforar el mismo lugar y desaparecer allí).
Antiguamente se decía (había una vez, es decir, en el tiempo en que los animales hablaban, es decir, en la época en que los hombres de la Antigüedad, todavía íntegramente cubiertos de pelo, eran más a menudo presas que predadores, vivían en los árboles, se refugiaban en las cuevas de las montañas) que un lugar maldito se revelaba olfateando (noesis).
Un olor a sangre antigua “emana” de todos los lugares donde se daba muerte en el espacio y eso “dimana” en todas las artes. Es el término que usa Rembrandt para la hediondez fecal de su pintura cuando los comanditarios tenían la mala idea de acercarse demasiado a su caballete en su taller, en Amsterdam, en el tercer piso de la casa situada en la esquina de la Breestraat y el Zwanenburgwal. Cuando uno se acerca a la ventana todavía es posible ver el canal y la imprenta del rabino Menasseh. Los cazadores que se acercan al arte son fulminados en primer lugar por el olor putrefacto y nutricio y peligroso de antaño. Cuando las mujeres y los hombres son súbitamente presas de una especie de malestar que no explica ninguna causa, huelen algo que viene de la muerte, del instante que sigue a la muerte, de la consumación de la muerte o del relajamiento de las vísceras en la muerte. Esa impresión de desarreglo mezclada con ansiedad no presenta en absoluto las características del miedo o la náusea. Estado de alerta, salto, aferramiento, abrazo a su vez todavía saltando, mortal, hambriento, engarzador, devorador, tal es el noos (el pensamiento arcaico). Tal es el impulso de pensar en medio de la carroña. La mente es una carne viva que persiste en vivir de sus muertos. Jesús de pronto exclama: “¿Quién me tocó?” Una mujer había apretado entre sus dedos el borde de su manto. Pero en el acto su hemorragia se detuvo. En el acto la sangre originaria dejó de manar desde el instante en que las zarpas de la mujer tocaron a la fiera originaria que persiste dentro del dios.

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Miren a los gatos que se van afuera, por el jardín, que llegan al río, al amanecer. De pronto olfatean por todas partes. ¿Ha pasado un congénere? ¿Otro animal? Buscan. Se plantean una sola pregunta mientras deambulan. ¿Dónde está el Señor? Levantan los ojos al cielo todavía nocturno, miran alrededor. El Señor en verdad no es una pregunta. El Señor es el lugar. El Señor es el Alba en el Lugar. Sin pausa, sus pequeñas narices húmedas se abren y se cierran sobre él en la oscuridad que se destruye.

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Yagyu de pronto sintió un sakki en el jardín de su morada mientras contemplaba un cerezo (porque su paje, que llegaba detrás suyo, trayendo su sable, había pensado que hubiese podido matar fácilmente a su señor, de un golpe en la espalda, en ese instante).

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El burlador burlado. La primera figuración humana en Lascaux: el cazador matado por su presa. Tal es el desarreglo, y la inquietud que conlleva, en cada cuerpo que devora para vivir, antes incluso del pensamiento. Eso podría pasarme. La inversión, al menos la retroversión, la enantiodromía está en el origen de la noesis.
Una extraña simetría habita el pensamiento.
En un fresco del antiguo Egipto, como en las paredes de Lascaux, la imagen incluso linda con lo soñado, anterior al pensamiento. Los ratones y las ratas se toman revancha del gato. Lo llevan con las cuatro patas atadas sobre un bote. Un pájaro está sentado encima.
La simetría siempre es agresiva. (En la naturaleza, la simetría nunca es amistad entre dos heterogéneos sino envidia mimética entre dos seres vivos que devoran. En la materia igual: tensión eléctrica entre dos polos que se oponen.) En el pensamiento arcaico, la reversión argumentativa va de la presa al predador. En la política, va de degollado a degollador, de ingerido a devorador, de contenido a continente.
Un papiro egipcio del IIº milenio muestra a un general Ratón victorioso subido a un gato tirado por perros. De igual modo, el pensamiento lingüístico no desmiente su origen de imágenes naturales invertidas. El pensamiento sigue los procedimientos de lo soñado. El pensamiento persigue la alucinación animal aun cuando cree emanciparse de ella revistiéndola de palabras. La pregunta “¿Cómo encontrar su camino?” cubre un campo mucho más vasto que el espacio humano. Con el retorno de los insectos a los nidos, de los peces a las colonias, de las abejas a las colmenas. Con la retrogresión de todos los animales hacia sus madrigueras. La pregunta “¿Cómo encontrar su camino?” es luego temporal: ¿Cómo encontrar a la madre en el presente? ¿Cómo encontrarnos, en lo comestible que se ofrece a la vista, lo que amamos en el pasado? ¿Lo que entonces bebimos? ¿Cómo encontrar el estado anterior dentro de lo actual?
El alma de los humanos, como los gustos alimentarios de todos los animales, está dominada por la figura de la regresión. Todo deseo retorno a lo preferido. La compulsión de repetición no es intrínsecamente mala. Metáfora en griego significa lo mismo que transferencia en latín. El retorno a lo idéntico es el conatus en sí mismo. Es vital volver sobre sus propios pasos. Es bueno devorar con deleite lo que se comió con alegría. La retrogressio es adquirida al mismo tiempo que la migratio, porque es el mismo movimiento ex utero que va a fundar la elipse (tanto espacial como temporal) de la regresión (tanto temporal como espacial).

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El movimiento de salida ex utero constituye el nacer.
El nacimiento extrauterino de los vivíparos predetermina el pensamiento.
Gno es conocer. Conocer [connaître] viene a su vez de “nacer” [naître]. Es el perfecto de nacer.
Conocer es haber sido engendrado. Si nacer es aprender, haber nacido es saber.
Movimientos de ida y vuelta, tales son en principio los movimientos de conocer y de saber.
Olas anteriores a la vida en la tierra, que se retiran para volver hasta donde el acantilado se derrumba e inventa la arena.
Gignosko es reconocer a un ser por el sonido de su voz, rastrear a un animal por la audición de su canto, distinguir un fenómeno meteorológico inspeccionando la forma de las nubes o la dirección del vuelo de los pájaros en el cielo que surcan. En latín gignosko se convierte en cognosco. Cognomen es la señal de reconocimiento. Es el nombre propio por excelencia. Es lo que permite la narración de su vida en la singularidad de una forma. Cada apodo es el trazado de una silueta en el campo. Incluso narrar no se aleja de nacer. Se trata de engendrar en detalle lo que nace sin fin. Inenarrable tiene el sentido de inengendrable.

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Tesis 1.
El pensamiento no deja de apartarse para volver. En el vocabulario griego el noos-nostos instaura la relación noética. En el pensamiento, la relación misma constituye el lazo.
Escolio 1.
En latín la amistad de la natura naturata (la tierra, los vegetales, los animales) por la natura naturans (el impulso físico que los anima y el destello solar que los nutre y los ilumina) resulta de una dependencia, propia de los vivíparos, de contenido a continente (según tres modalidades: de hijo a madre, de reciente a antiguo, de devorador a devorado). De allí la adhesión del pensamiento a su ejercicio como movimiento temporal iniciado por un retorno.

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Heráclito de Éfeso tuvo una intuición obsesiva que sobrepasaba a todas las demás. El lenguaje (logos) es ese movimiento en sentido contrario (nostos en el trayecto, culpa en la psique, bustrofedón en la escritura). Heráclito inventa el término “eniantodromía” para designar ese movimiento que observa hasta en su mano mientras escribe. La reja del arado va de este a oeste, luego de oeste a este, luego de este a oeste sin cesar.
Lo mismo ocurre con la escritura del sol en el cielo.
Vitupera a Homero por haber dicho: “Que cese el conflicto”.
No hay ser vivo sin la diferencia irreductible entre la hembra y el macho y sólo su enfrentamiento cara a cara y vientre a vientre los reproduce. La armonía es la oposición cuya violencia no se interrumpe. Los vivos tocan la muerte cada vez que duermen. Los hombres, una vez despiertos, moldean todavía los sueños donde el deseo que sienten por otros seres que difieren un poco de ellos los orienta. Los alfareros no hacen girar el torno ni en un sentido ni en el otro; la vasija se eleva entre sus dedos húmedos con los dos movimientos a la vez; de tal modo los alfareros imitan la rotación del universo. El movimiento de la escritura alfabética de los griegos es comparable con el movimiento del torno porque con pocas letras la combinación de sus trazos anota todos los diversos objetos, incluso los que han desaparecido en el pasado, y también los que nunca han sido vistos y que no mostrarán sus rostros más que en el futuro. La noche y el día son uno. El tornillo, que no es sino curva tras curva, es recto. La ruta ascendente es descendente de la misma manera que las dos laderas, una iluminada, la otra en sombras, constituyen la misma montaña. Vida y muerte intercambian sus rostros. Aquel que olvida completamente adónde lleva la ruta llega sin fin a la luz original.

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En Grecia, durante toda la historia de la filosofía que sucedió a la vida del gran pensador efesio (que sucedió al depósito de su libro en el templo de Artemis Salvaje en Éfeso antes de que dejase el mundo de los hombres y se internara en la montaña), el olfateo del aire es un soplo, una vez que surge en el aire, del olor del pasado. En términos griegos: la noesis del noos es nostos. Damaskios el Diádoco –más de mil años después de que Heráclito se negara a ser rey de Éfeso–, a comienzos del siglo VI, exiliado ya no en Turquía sino en Persia, insistiendo en escribir como el príncipe de Éfeso, en la misma lengua, empleó las mismas palabras: “Porque el conocimiento (noesis) como su nombre lo indica no se distingue del movimiento de pensar (noein). De tal modo que el pensamiento se lleva (neitai) y ‘asciende’ al Ser. El pensamiento es por lo tanto neoesis (ascensión). Si llamamos neoesis a la noesis es por sinéresis. El nous es epanodos (en términos franceses: el espíritu es un movimiento que va refluyendo de la vida al Ser). La noesis (el pensar) asciende de la zoé (el vivir animal en el espacio natural) hasta la ousía (la sustancia del ser en el fondo del cielo entre los astros)”.   
De este modo, en el pensamiento de Damascius, la búsqueda noética asciende hacia el origen en la recapitulación de las etapas del desarrollo de los seres, de círculo en círculo, de la vida animal, de la naturaleza, de la materia, del cosmos.
En ese punto los platónicos y los estoicos pensaron lo mismo. La ontogénesis reproduce la filogénesis. La regresión asciende.

Como se dice de los salmones que están en la remontada, el pensamiento también está en la remontada. 




En Morir por pensar, Cap. V
Ultimo Reino IX
Buenos Aires, Cuenco de Plata, 2015
Foto: Pascal Quingard en 1989 © Jean-François Rault/Kipa/Corbis



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