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Pierre Michon: Ese poeta que a nada le hace ya sombra

26 de octubre de 2014




Ese poeta que a nada le hace ya sombra recibió, pues, dos cartas del jovencísimo Rimbaud, que nos hace tanta sombra como a la lengua italiana el gorrito del Dante, y a éste los laureles de Virgilio, pues los hombres de letras son fútiles, medrosos, creyentes. Banville, al leerlas, se olió a cincuenta leguas un Julien Sorel de las Ardenas; y no andaba errado: las cartas son diminutas trampas para el prójimo, para un exclusivo prójimo al que pretende uno meterse en el bolsillo; y Rimbaud era maestro en esas artes de pajarero. Los versos son trampas de tamaño mayor para presas más inefables. Y en los versos que acompañaban a esas cartas, que las amalgamaban y las justificaban, lo más probable es que Banville intuyese algo más y muy diferente, algo más que un Rastignac o un Sorel, pues por muy Banville que fuera, es decir, un muérgano y un adocenado burgués con la mirada y el pensamiento continuamente pendientes del reclamo de aquella cúpula distante, sabía cómo enjaretar un par de versos, y también, cosa ya que es harina de otro costal, cómo se pellizca un pedacito de mundo con la pinza de un par de versos; llevaba toda la vida haciéndolo. Tras el joven versificador con buenas dotes, mañoso, hugólatra, bajo las rimas flagrantes, Banville percibió esa otra rima más sombría que el rimador desconoce, a la que le importa un ardite el hombre en cuyo interior canta o chirría; que nace de la antiquísima manera en que cada cual trenza el mes de junio, la lengua y la propia persona; y hay quien así consigue música: un escuálido pentagrama de tres o cuatro notas, mas tiránicas, tiránicamente reiteradas y combinadas, de cuya combinación diversa salen los grandes poetas, como suele decirse; y ese pentagrama, ese canto, esa tiranía, nubla los planes del rimador y decide por él de punta a cabo: de ello depende quizá que amanezcamos siendo Julien Sorel, que en el mediodía de nuestras vidas compongamos una cosita irrefrenable e irrisoria como el gorrito del Dante (publicamos la cosita mientras se presenta algo mejor, la llamamos Las flores del mal, no es sino un ínfimo hito en la conquista de París), que nos pasemos la tarde entera esperando en vano que la cosita aquella nos convierta en rey y que, sin saber cómo, llegado el ocaso, mascullemos, chocheando espantosamente, un eterno me cago en diela en un tabernucho de Bruselas; y, cuando nos llega por fin la hora de irnos a la cama, seguimos creyendo que somos Julien Sorel, pero en las últimas; lo creemos hasta que nos convertimos en cadáveres, por más que hayamos escrito Las flores del mal. Y eso, esa ambición desatentada que hace a los grandes poetas, Banville se topó con ella en carne y hueso una vez al menos, y llegó incluso a robarle en sus propias narices a la oronda Marie Dauburn, y para esa ambición solicitó una pensión de indigente al ministro; y era capaz de reconocerla. Así que la reconoció en los versos de Rimbaud. Esto es lo que nos gusta creer, porque somos devotos; pero, a veces, llegamos a dudarlo; y, cuando lo dudamos, nos decimos que esa música no está tan clara, que a lo mejor la hemos puesto ahí nosotros a fuerza de padrenuestros, y no Dios, ni todas las musas reunidas en el cielo de Charleville, ni el genio; que sólo un siglo de culto devoto ha colocado unas notas en esos pentagramas. Pero tanto monta; ya nos hemos hecho a esa idea: es posible que se trate sólo de una cancioncilla, pero en nuestro fuero interno suena maravillosamente, igual que el órgano mayor al entonar el Te Deum.
Y como buenos devotos tenemos empeño en creer que Banville oyó el Te Deum; que quizá oyó en los versos del colegial un eco muy lejano del brinco con que se metió el hada mala en el tabuco interior; de las nupcias que allí recobró con el Capitán; del impecable desposorio de la corneta y los padrenuestros; del ridículo y mínimo drama doméstico elevado a misa mayor, expuesto en lenguaje cristalino, pero engalanado, irreconocible. O también, si preferimos imágenes más adocenadas, tomadas del catecismo de la época y no de estas historias de familia que son nuestro escuálido catecismo, lo que leyó Banville, la rima oscura que oyó fue esa en que percuten entre sí la ira y la caridad, el rencor infinito y la misericordia, cada una de ellas en diferente mano, separadas, intactas, irreconciliables, enemigas juradas; pero la rima, como si fueran gallos de pelea, las suelta y las azuza, las enzarza, las vuelve a recoger, y puntúa esa fiereza con un desmedido enfrentamiento de drums. Y si nuestra devoción personal nos exige otras metáforas (que consideramos pensamiento y son pensamiento), llamamos de otra forma a los dos elementos de ese tam-tam pequeño: decimos que son la rebeldía y el amor puro, o la nada y la salvación, o la caída inacabable y, dentro de la caída, la persistente presencia de eso a lo que ya no llamamos Dios; decimos que es el luto por Dios y el bluff con el que restablecemos a Dios; y quienes no gustan de Dios dicen que es el libre gozo de sentirse vivo y el gozo más sombrío de sentirse esclavo de la muerte, qué más da: lo importante es tener bien cogidos los anchos platillos, saber percutirlos y que hagan ese ruido que se oye en Rimbaud. Atendiendo a música tal, Banville, que era hombre honrado, que se había quedado hacía mucho sin esa rima interior, pero sabía reconocerla en los demás, Banville, pensativo, cogió una pluma y se dispuso a contestar. Tocado con bonete de seda, sentado ante su escritorio de poeta con peonías, teniendo probablemente ante los ojos una antigualla dórica que hacía las veces de pisapapeles, revolviendo, pensativo, la cucharilla en ese té con ron que Verlaine nos cuenta que se tomaba en casa de Banville, reflexionando, sopesando los pros y los contras, el hombre que se parecía al Gilíes contestó. Tuvo con ese joven de las Ardenas la fineza del augur y envió por correo el esquejillo en esas cartas que no se han conservado.
Es posible que esté perdiendo el tiempo con Banville. Estoy perdiendo el tiempo con ese infeliz anciano que llegó ayer desde Moulins llevando en el corazón toda la poesía del mundo y está ahora en París, quebrado el espinazo por los apaños, el éxito, los poderes y la proximidad de la muerte; con Banville, cuyo único cometido es ser, por delegación, el primero entre los poetas -puesto que Hugo, en su isla, no está para nadie y escucha, inclinado, cómo golpea el suelo el pie de Shakespeare en las cuatro patas de su mesa-, es decir, entregar el esquejillo a jovenzuelos de Douai o de Charleville; con Banville, que no es nada, que apenas es esa sombra que, al regresar de la calle de Rome, alza la cabeza hacia los gorriones de la cúpula. Pero quiero decir una vez más no obstante cuánto valoro el hecho de que ese pobre hombre tenga un parecido tan asombroso con el Gilíes de Watteau.
Así que es el Gilíes quien abre la ronda de los lectores de Rimbaud. Valoro infinitamente que, inclinado sobre ese escritorio de poeta en el que pone su correspondencia al día, fuera él el primero (el primero de París, por descontado; en asuntos así, Charleville no cuenta) en leer los versos del mirlo blanco de Charleville; y que le contestase; que a esas palabras añadiera otras palabras; que fuera, pues, también el primero en comentarle al autor, con expresiones de las que nada sabemos, esos versos que había leído detenidamente; y su sombra lleva cien años bregando con esa carta, igual que los infelices de los cuentos a los que un destino burlón encadena a una tarea inicua y monótona; sentado ante ese escritorio sigue contestando a Rimbaud. Vuelve a escribir la carta, interminablemente. La convicción se esfumó ya, pero el hada quiere que siga: un hada sombría que reside en esa breve mezcla de obra y vida que responde al apellido de Rimbaud y transforma a quienes se le acercan en Banville, en Pierrot. Pues entra dentro de lo posible que todos los libros que sobre Rimbaud se han escrito hasta el día de hoy, este que estoy escribiendo y los que se escribirán mañana, los haya escrito, los esté escribiendo y los vaya a escribir Théodore de Banville; no precisamente Banville, no todos son de Banville, pero todos sin excepción son del Gilíes de Watteau. De algunos es autor efectivamente un hombre al que podemos llamar Banville, como si fuese Banville en persona: el innúmero Banville, es decir, un hombre de bien, un poeta casi perfecto, recto, medroso, pero buena persona; pedante, pero sincero; apasionado; con mucho de muérgano, un tanto pasado de moda incluso aunque sea muy joven; y, atendiendo a lo que en cada momento se lleve, desmelenado o atusado: los desmelenados apuestan por la ira y la nada; los atusados, por la salvación y la caridad, pero siempre les falta un platillo; o tienen los dos platillos, pero no al mismo tiempo; y, si en la juventud fueron desmelenados, al llegar la vejez helos en los jardines del Luxemburgo oreándose las crines blancas bajo las frondas, mirando también de reojo la cúpula del Panteón, o paraísos menos visibles, el oro del Tiempo, los campos magnéticos del más allá, la secreta necrópolis de las Luces, que es como una basílica de Saint-Denis construida en piedra enteramente filosofal y donde tendrá uno la oportunidad de yacer muellemente entre el señor De Sade y el De Lautréamont, los grandes capitanes, los hombres de ira que se han quedado ya sin ira; y, en el Luxemburgo, cambiando de sitio una silla para sentarse cerca de las estatuas de las reinas y de las muchachas que pasan por allí, se quedan quietos de pronto, piensan adonde habrá ido a parar toda aquella ira; y luego sonríen, siguen el paseo, se dicen que les sigue gustando Rimbaud, que no todo está perdido. André Bretón bajo los árboles se recitaDevoción y se sienta cerca de las reinas. O también, si estamos en diciembre y en el Luxemburgo hace demasiado frío, bajan entre ráfagas de viento helado por el bulevar de Saint-Michel, cruzan el puente, entran en Notre-Dame, que es un cortavientos de primera, y allí, en la oscuridad de diciembre, en la oscuridad de las bóvedas, detrás de una pilastra, ven de repente alzarse y zumbar la gigantesca columna de fuego; y, cómo no, encienden con ese fuego, para una temporada de sesenta años, una obra insensata, ridícula, prodigiosa, por la que pasan a zancadas grandes capitanes fogosos que hablan directamente con Dios, y a los que llama Dios por sus nombres ridículos y prodigiosos, Thomas Pollok Nageoire, Monsieur de Coûnfontaine et Dormant, pero que no se les ocurra hacerle un prólogo a Rimbaud, porque pierden las amplias alas y helos convertidos en muérganos, confundiendo el pedal de la caridad con el de la ira y citando a las santas del almanaque. Vuelven a convertirse en Banville. Incluso Bretón y Claudel se convierten en Banville y contestan a Rimbaud, con un bonete de seda coronándoles las crines, sentados ante su escritorio de poeta.

Todos esos libros que tratan de Rimbaud, ese libro único en resumidas cuentas, porque la verdad es que son siempre el mismo libro, que son intercambiables por más que burlescamente enfrentados, igual que, durante la Edad Media, el filioque, todos esos libros son fruto de la mano del Gilles. El Gilles posee mejor documentación que Banville; un siglo de ensayos lo tiene muy bien informado; sabe mucho más de la vida de Rimbaud de lo que supo nunca Rimbaud, como atinadamente se ha dicho; es más moderno que Banville, más resueltamente moderno; enharinado, moderno; se halla también en algo parecido a un jardín, ya que allí fue donde lo colocó Watteau: está en el Luxemburgo, vamos, como Banville, como Mallarmé, como Bretón el de la hermosa e hirsuta cabellera blanca bajo las hojas, como el joven Claudel en el preciso instante en que empuja el portillo de la verja y baja por Saint-Michel para enclaustrarse en el cortavientos de Notre-Dame. Quieto y a pie firme a la orilla de ese jardín, dando la espalda a estatuas de reinas, a risas y juegos que no oye, a una hermosa tarde en la que no está presente, a pinos de Italia, a muchachas, Gilíes mira cómo cruza por el vacío la obra y la vida de otro. Y a ese otro lo llama Arthur Rimbaud. Se lo inventa; es la historia mágica que él no es. Mira cómo resplandece esa magia; ve señas en ella; ve en ella la promesa de la Resurrección de los cuerpos; o del oro del Tiempo, depende; mira el cometa; mira la nada y la salvación, la rebeldía y el amor, el cuerpo vil y la letra, que luchan, se enlazan, danzan, se separan, se vuelven a juntar, pasan y se desploman muy considerablemente. En su cuarto oscuro, en pleno mediodía, proyecta una y otra vez, interminablemente, esa bobina, esa danza, esa caída, y se queda tan patidifuso como la primera vez, él que está ahí clavado, con las manos colgando y unos pies como los de Calibán. Bien podemos reírnos, pero muy atrevido será, quizá el más lerdo de los Gilles, quien se atreva a tirarle la primera piedra.
Los Gilles han visto al transeúnte considerable; creyeron verlo pasar; se inventaron que pasaba; por donde pasó ven un hondo surco que divide en dos el campo de la poesía, colocando, a un lado, las antiguallas, entre las que hay muchas obras hermosas, cierto es, pero que antiguallas son en fin de cuentas, y, al otro, el altanero arpende saqueado de lo moderno, en el que quizá nada crece, pero que es moderno; pasó el transeúnte; y, tras su paso, helos aquí inclinados sobre su escritorio de poetas; y, en silencio, nos hablan de él, del espantoso labrador, del mirlo blanco. Miran el cometa; toman nota de sus perfiles; tiene doce pies, y, a veces, no tiene ninguno, o tiene mil pies, de eso sí se han dado cuenta; buscan el lugar, la fórmula y la clave; creen que hay una clave cifrada; combinan las cifras; ya casi lo tienen; están a punto de ver: y, de repente, si se alza a su espalda una risa más aguda, si susurra una seda bajo los pinos de Italia, si una voz de mujer los llama como desde muy lejos entre el hondo silencio, yerguen la cabeza dejando de mirar su libretita y se preguntan si el cometa ha pasado de verdad, si sus cálculos matemáticos tienen sentido, si la poesía existe en persona, o si es Arlequín quien los ha rebozado de harina. Desafortunadamente, Rimbaud tiene el don de enharinar a todos cuantos se le acercan: y, dicho esto, dejo las manos colgando, me acatarro; si me sacudo los faldones, salen nubes de harina. Pero hay veces en que me imagino, y es muy probable que todos los Gilles lo imaginen junto conmigo durante los fugaces momentos en que nos perdonamos, en que nos soportamos, cuando, por ejemplo, el viento del atardecer pasa por entre esos pinos de Italia que a nuestra espalda puso Watteau, cuando se nos pasa el catarro, cuando al mirarnos no vemos ya la harina sino algo así como un ropaje de luz, entonces sí, en esos instantes nos imaginamos que se halla de pie ante nosotros un muchacho de elevada estatura que también tenía manos grandes y toscas, obreras y como de lavandera, al decir de Mallarmé, un muchacho que para sacudirse la propia harina anduvo azacanado hasta la muerte con rimas, con renuncias a la rima, con rechazos, con trabajos de galeote; que, para hacer como que no era de Charleville, que no tenía por madre a la pobre Cuif, nos recluyó en las galeras modernas; imagino que ese muchacho, exhausto, se halla ante nosotros, de pie, con sus zapatones, y que nos mira con las manazas colgando. Se halla ante nosotros, tiene la misma estatura, o casi, hinca ambos pies en el suelo; viene de lejos, de un lugar donde ya no sabe que realizó eso que llamamos una obra; no siente ya ira; con hondo asombro contempla, en esa mano que llevamos colgando, la innúmera, la fútil glosa rimbaudiana. Mil veces lee su nombre, luego la palabra genio, luego la añeja palabra arcángel, luego las palabras absolutamente moderno, luego unas claves ilegibles y luego su nombre otra vez. Alza los ojos para clavarlos en los nuestros; y ahí nos quedamos, frente a frente, quietos, patidifusos, rancios; a nuestra espalda, los pinos de Italia no se mueven, no hay ni un hálito de viento; va a hablar, vamos a hablar, vamos a hacerle nuestra pregunta, vamos a responder, todo está a punto. Una repentina ráfaga hace alzarse el rumor de los pinos. Rimbaud ha vuelto a meterse de un brinco en su danza; ya estamos solos otra vez, con la pluma en la mano.
Anotando la Vulgata.





En Rimbaud el hijo (1991) 
Título Original: Rimbaud le fils 
Traductor: Gallego Urrutia, María Teresa 
©2001, Anagrama 
Foto: Pierre Michon © Sophie Bassouls-Sygma-Corbis





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