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Agota Kristof: Los viajeros del barco

6 de octubre de 2014





Me parece que el cielo se prepara para la lluvia. Quizá ya llovió mientras lloraba.
Es probable. Por encima de las palmas de mis manos, el aire ha tomado un color definitivo y, en comparación con las nubes negras, el azul es transparente.
El sol todavía está ahí, de través, a punto de ponerse. Las lámparas han hundido sus raíces al borde del camino.
En la noche desequilibrada, un pájaro herido emprende su vuelo oblicuo pero, desesperado, vuelve a caer a mis pies.


«Yo fui grande y fuerte —dice—. La muchedumbre tenía miedo de mi sombra que caía sobre ella cuando anochecía. Yo también tenía miedo cuando caían las bombas. Echaba a volar muy lejos y, una vez pasado el peligro, regresaba para flotar lentamente sobre los cadáveres.
»Yo amaba la muerte. Amaba jugar con la muerte. Encaramado en la cumbre de la lóbrega montaña, cerraba mis alas y, como una piedra, me dejaba caer.»Pero nunca llegaba al final.
»Todavía tenía miedo. Sólo amaba la muerte ajena.»No aprendí a amar mi propia muerte sino más tarde, mucho más tarde».


Cojo al pájaro entre mis brazos, lo acaricio. Sus alas libres están rotas.


«Ninguno de los amigos humillados volverá —dice él—. Vete a la ciudad. Allí todavía hay luz. Una luz que hará palidecer tu rostro, una luz que se parece a la muerte. Vete allá, adonde la gente es feliz porque no conoce el amor. Tan satisfechos están que ya no se necesitan entre sí, ni tampoco a Dios. Por la noche, cierran sus puertas con siete llaves y esperan pacientemente a que pase la vida».
—Sí, lo sé —le digo al pájaro herido— Hace muchos años yo me perdí en una ciudad donde no conocía a nadie. Poco importa dónde estaba. Hubiera podido ser libre y feliz, porque entonces no amaba a nadie.
»Me detuve a orillas de un lago negro. Una sombra pasaba, me miraba fijamente. ¿Acaso no era más que un poema que yo repetía sin cesar, o se trataba de una música? Ya no lo sé, en vano trato de acordarme. Estaba asustado. Huí corriendo.
»Yo tenía un amigo. Hace siete años se suicidó. No puedo olvidar el calor de los últimos días del verano, ni las lágrimas sin esperanza de los bosques bajo la lluvia.
—Pero yo —dice el pájaro herido—, yo conozco unos campos maravillosos. Si pudieras llegar hasta ellos, ignorarías tu corazón. Allá no hay flores, las hierbas ondean en el aire como oriflamas, esos campos afortunados son ilimitados. Sólo tendrás que decir: me gustaría descansar, tierra de paz.
—Sí, lo sé. Pero una sombra pasará. Un cuadro, un poema, un aire.
—Entonces, vete a la montaña —dice el pájaro— y déjame morir. No puedo soportar tu tristeza. Tristeza de los gestos, de los saltos de agua color ceniza, tristeza del alba transcurriendo a lo largo de los campos cenagosos».


Los músicos se reunieron en la montaña. El director de orquesta replegó contra sí las alas negras y los otros empezaron a tocar.
Su barco navegaba sobre las olas de la música, las cuerdas flotaban en el viento.
Los dedos ganchudos del más grande se clavaron en la madera. Los otros cuatro se quitaron la ropa, sus costillas se estiraban, sus rodillas se doblaban, sobre sus arterias danzaban unas arañas negras.
En el valle aún resonaba el sol, unas simples casas grises pastaban en el prado cuando el músico más fuerte, que se paseaba soñador por los trigales, se hincó de rodillas en la colina. Y cantaba en el fondo del barco aquel que fue el más feliz de todos.
Los demás no vieron las muletas del sol impotente. Un cuadro se pobló con los colores del cielo. En los ojos chispearon las estrellas venideras.
Entonces los hombres del barco cogieron a sus muertos, y llevándolos a cuestas miraron por última vez a tierra.












En Ayer
Título Original: Hier (1998)
Traducción de Manuel Pereira
Foto: Agota Kristof por Sophie Bassouls Paris 1986 Sygma-Corbis




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