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Richard Dawkins: Genes y salacots (Memorias)

22 de septiembre de 2014




«Encantado de conocerle, Clint.» El amigable revisor de pasaportes no tenía por qué saber que los británicos a veces tenemos un nombre familiar delante, seguido del nombre elegido por sus padres. Yo iba a ser siempre Richard, igual que mi padre siempre fue John. Nuestro primer nombre, Clinton, era algo que habíamos olvidado, tal como nuestros padres habían pretendido. Para mí no ha sido más que una fuente menor de irritación sin la cual habría sido más feliz (a pesar de que la casualidad me haya dotado de las mismas iniciales que Charles Robert Darwin). Pero, por desgracia, nadie había avisado al departamento de seguridad nacional estadounidense. No contentos con escanear nuestros zapatos y racionar nuestra pasta de dientes, decretaron que todo aquel que entrase en Estados Unidos debía identificarse por su primer nombre, tal como viene escrito en el pasaporte. Así que tuve que olvidar mi identidad de toda la vida como Richard y rebautizarme como Clinton R. Dawkins, en particular a la hora de rellenar esos importantes formularios donde se nos demanda explícitamente negar que venimos a derrocar la constitución por la fuerza de las armas. («De visita por único propósito», fue la respuesta del locutor británico Gilbert Harding; hoy esta ligereza nos costaría que nos dieran con la puerta en las narices.)

Clinton Richard Dawkins, por lo tanto, es el nombre que consta en mi partida de nacimiento y en mi pasaporte, y mi padre se llamaba Clinton John. Resulta que él no fue el único C. Dawkins cuyo nombre apareció en The Times como padre de un niño nacido en la maternidad de Eskotene, Nairobi, en marzo de 1941. El otro fue el reverendo Cuthbert Dawkins, un misionero anglicano que no era pariente nuestro. Mi perpleja madre recibió una lluvia de felicitaciones de obispos y clérigos ingleses a quienes ella no conocía de nada, pero que deseaban la bendición de Dios para su hijo recién nacido. No podemos saber si las desencaminadas bendiciones dirigidas al hijo de Cuthbert tuvieron algún efecto beneficioso en mí, pero el caso es que él se hizo misionero como su padre y yo me hice biólogo como el mío. Todavía hoy mi madre me dice en broma que quizá sea yo el auténtico hijo de Cuthbert. Me alegra poder decir que no es sólo el parecido físico con mi padre lo que me reafirma en mi certeza de que no soy un niño intercambiado, y que mi destino nunca fue la Iglesia. Clinton se convirtió en el nombre familiar de los Dawkins cuando mi tataradeudo Henry Dawkins (1765-1852) se casó con Augusta, hija del general Sir Henry Clinton (1738-1795), quien, como comandante en jefe de las fuerzas británicas de 1778 a 1782, fue en parte responsable de perder la guerra de la Independencia norteamericana. Las circunstancias del matrimonio hacen que la apropiación de su nombre por parte de la familia Dawkins parezca un tanto descarada. El siguiente pasaje procede de una historia de Great Portland Street, donde residió el general Clinton:

En 1788 su hija se fugó en un coche de caballos con el señor Dawkins, quien eludió la persecución situando otra media docena de coches de caballos en las esquinas de la calle que conducía a Portland Place, con la indicación de salir disparados, cada uno en una dirección distinta...1

Me gustaría poder afirmar que este ornamento del blasón familiar fue la inspiración de Lord Ronald, el personaje de Stephen Leacock, quien «... saltó sobre su caballo y cabalgó alocadamente en todas direcciones». También me gustaría pensar que he heredado algo del ingenio de Henry Dawkins, por no mencionar su ardor. Pero esto es improbable, porque sólo 1/32 de mi genoma procede de él. A fin de cuentas, 1/64 viene del propio general Clinton, y nunca he tenido ninguna inclinación militar. Tess d’Urberville y El perro de los Baskerville no son las únicas obras de ficción que invocan «reversiones» a ancestros lejanos, olvidando que la proporción de genes compartidos se divide por dos en cada generación, y por lo tanto decrece exponencialmente (si no fuera por el matrimonio consanguíneo, que se hace tanto más frecuente cuanto más distante es el parentesco, ya que todos somos primos más o menos lejanos unos de otros).

Un hecho digno de señalar, que se puede demostrar sin levantarnos del sillón, es que si retrocedemos lo bastante con una máquina del tiempo, cualquier individuo que encontremos con descendientes vivos debe ser un antepasado de toda la humanidad actual. Cuando nuestra máquina del tiempo haya retrocedido lo bastante al pasado, todo individuo que encontremos será un antepasado de todos los que viven en 2014 o de nadie. Por el método de reductio ad absurdum, tan querido por los matemáticos, puede verse que esto debe valer para nuestros ancestros del Devónico (mis abuelos peces tienen que ser los mismos que los de cualquiera de mis lectores, porque la alternativa absurda es que los descendientes de unos y otros permanecieron castamente separados durante 300 millones de años, a pesar de lo cual han seguido siendo capaces de cruzarse hoy). La única cuestión es cuán lejos tenemos que ir para poder aplicar este argumento. Está claro que no necesitamos retrotraernos hasta nuestros ancestros peces, pero aun así, ¿cuánto? Bueno, saltándonos el cálculo detallado, puedo decir que si la reina desciende de Guillermo el Conquistador, es muy probable que nosotros también (y —acéptese o no la curiosa ilegitimidad— yo sé que soy descendiente suyo, como casi cualquiera que tenga un árbol genealógico registrado).

El hijo de Henry y Augusta, Clinton George Augustus Dawkins (1808-1871) fue uno de los pocos Dawkins que hicieron un uso efectivo del nombre Clinton. Si heredó algo del ardor de su padre, estuvo a punto de perderlo en 1849, cuando era cónsul británico en Venecia y la ciudad fue bombardeada por el Ejército austriaco. Tengo en mi posesión una bala de cañón sobre un pedestal con una inscripción en una placa de latón. Desconozco su autoría y su fiabilidad, pero, por su valor documental, he aquí mi traducción (del francés, que entonces era la lengua de la diplomacia):

Una noche, cuando estaba en la cama, una bala de cañón atravesó la colcha y pasó entre sus piernas, aunque, felizmente, la cosa no pasó de daños superficiales. Al principio pensé que esto era una pura invención, hasta que pude certificar que se basaba en una historia real. Resulta que su colega suizo se encontró con él en el funeral del cónsul estadounidense, y cuando le preguntó sobre el asunto, él le confirmó los hechos entre risas y le dijo que por eso mismo cojeaba.

Dado que mi antepasado salvó sus partes vitales por los pelos antes de que las usara para engendrar, es tentador atribuir mi propia existencia a un golpe de suerte balístico. Unos centímetros más cerca del rábano de Shakespeare y... Pero lo cierto es que mi existencia, como la del lector o lectora, o la del cartero, pende de un hilo de suerte mucho más fino. Debemos nuestra existencia a un encadenamiento preciso en el tiempo y en el espacio de todo lo que ha ocurrido desde el principio del universo. El incidente de la bala de cañón es sólo un ejemplo llamativo de algo mucho más general. Como ya he dicho en otra parte, si el segundo dinosaurio a la izquierda de la cícada arbórea no hubiera estornudado, advirtiendo del peligro al diminuto ancestro musarañoide de todos los mamíferos y permitiéndole escapar, ninguno de nosotros estaría aquí ahora. Todos podemos considerarnos sucesos exquisitamente improbables. Pero aquí estamos, y eso, retrospectivamente, es un triunfo.

Uno de los hijos de C.G.A. («bala de cañón») Dawkins, Clinton (más adelante Sir Clinton) Edward Dawkins (1859-1905), fue uno de los muchos Dawkins que pasaron por el Balliol College de Oxford. Ejerció allí justo a tiempo para quedar inmortalizado en las Rimas de Balliol, publicadas originalmente en la forma de un folleto titulado The Masque of Balliol (1881). En la primavera de aquel año, siete estudiantes compusieron y publicaron rimas insultantes sobre algunas personalidades del College. La más famosa es la dedicada al gran maestro de Balliol, Benjamin Jowett, compuesta por H.C. Beeching, más tarde decano de la catedral de Norwich:

Primero vine yo, mi nombre es Jowett.
No hay conocimiento que yo no tenga.
Soy el director de este colegio,
lo que yo no sé no es conocimiento.

Menos ingeniosa, pero interesante para mí, es la rima sobre Clinton Edward Dawkins:

Los positivistas siempre hablan
con ese estilo tan épico de Dawkins;
Dios no es nada y el Hombre lo es todo,
escríbelo con mayúscula.

Los librepensadores eran mucho menos corrientes en la época victoriana, y me hubiera gustado conocer a mi tío-bisabuelo Clinton (de niño llegué a conocer a dos de sus hijas menores, ya muy ancianas, una de las cuales tenía dos criadas llamadas —encuentro extraña la convención de llamarlas por el apellido— Johnson y Harris). ¿Y qué podemos decir de ese «estilo épico»?

Creo que Sir Clinton pagó el ingreso en Balliol de su nieto —mi abuelo— Clinton George Evelyn Dawkins, donde por lo visto éste hizo poco más que dedicarse a remar. Hay una fotografía (que figura entre las ilustraciones de este libro) de mi abuelo preparado para la acción en el río que es maravillosamente evocadora del verano eduardiano en Oxford. Podría ser una escena de Zuleika Dobson, la novela de Max Beerbohm. Los engalanados invitados están de pie en lo alto del pontón flotante con todos los clubes de remo universitarios que se recuerdan. Lástima que hoy hayan sido reemplazados por funcionales embarcaderos de ladrillo en la orilla. (Uno o dos de aquellos pontones todavía siguen a flote —o al menos atracados— sirviendo como viviendas flotantes, después de haber sido remolcados hasta aguas tranquilas entre gallinetas y zampullines en los remansos de los ríos que rodean Oxford.) El parecido entre mi abuelo y dos de sus hijos, mi padre y mi tío Colyear, es inconfundible. Los parecidos familiares me fascinan, aunque se difuminan rápidamente con el paso de las generaciones.

Mi abuelo estaba entregado a Balliol y se las arregló para permanecer allí mucho más tiempo del habitual (sospecho que sólo para poder seguir formando parte del equipo de remo). Cuando solía visitarle ya anciano, el colegio era su principal tema de conversación, y siempre quería saber si seguíamos usando (y siempre tenía que repetirle que no) el mismo argot eduardiano: «mugger» para maestro, «wagger pagger» para la papelera, «Maggers’ Memogger» para el Martyrs’ Memorial, la cruz en el exterior de Balliol en memoria de los tres obispos anglicanos que fueron quemados vivos en Oxford en 1555 por su apego a la concepción indebida de la cristiandad.

Uno de mis últimos recuerdos del abuelo Dawkins es de cuando lo llevé a su última gala de Balliol (una cena donde se reúnen antiguos alumnos y donde cada año se recibe a una nueva promoción). Rodeado de viejos camaradas apoyados en andadores y festoneados con audífonos y quevedos, fue reconocido por uno de ellos, quien no pudo resistirse al obvio sarcasmo: «Hola, Dawkins, ¿todavía sigues remando en busca de Leandro?». Lo dejé mirando una fruslería abandonada entre los chicos de la vieja brigada, algunos de los cuales seguramente habían luchado en la guerra de los Bóers, lo que los hacía acreedores de la dedicatoria del conocido poema de Hilaire Belloc: «A los hombres de Balliol que siguen en África»:

Hace años, cuando estaba en Balliol,
los hombres de Balliol —y yo lo era—
nadaban juntos en ríos invernales,
luchaban bajo el sol,
y en lo más íntimo de nuestro ser, Balliol, Balliol,
ya amado, pero apenas conocido,
nos soldaba los unos con los otros:
llamaba a filas y escogía a los suyos.
Ahí hay una casa que arma a un hombre
con ojos de niño y corazón de guarda
y una entrada sonriente en los dientes del mundo
y una bendita hambre y sed de peligro:

Balliol me hizo, Balliol me crió,
todo lo que tuve él me lo dio:
y lo mejor de Balliol: me amó y me dejó.
Id con Dios, hombres de Balliol.


Leí con dificultad estas palabras en el funeral de mi padre en 2011, y luego otra vez en 2012, cuando pronuncié un panegírico de Christopher Hitchens, otro hombre de Balliol, en la Convención Mundial de Ateos de Melbourne. Con dificultad porque, incluso en ocasiones más felices, se me han saltado las lágrimas con embarazosa facilidad al recitar mi poesía favorita, y este poema de Belloc en particular es uno de los que peor sobrellevo.

Tras dejar Balliol, mi abuelo hizo carrera, como tantos otros miembros de mi familia, en el servicio colonial. Fue conservador forestal en su distrito de Birmania, donde pasó mucho tiempo en los confines de los bosques caducifolios, supervisando el duro trabajo del transporte de troncos mediante elefantes adiestrados. Estaba tierra adentro entre árboles de teca cuando le llegó la noticia —me gusta imaginar que de manos de un corredor con un báculo— del nacimiento, en 1921, de su hijo menor Colyear (llamado así por Lady Juliana Colyear, madre del intrépido Henry que se escapó con Augusta Clinton). Estaba tan entusiasmado que, sin esperar a disponer de otro medio de transporte, recorrió ochenta kilómetros en bicicleta para estar junto al lecho de su mujer Enid, donde comentó orgulloso que el niño tenía la «nariz Dawkins». Los psicólogos darwinistas han llamado la atención sobre el afán de encontrar parecido de los recién nacidos con los padres más que con las madres, por la razón obvia de que la paternidad es menos fiable que la maternidad.

Colyear era el menor y John, mi padre, el mayor de tres hermanos, todos nacidos en Birmania y transportados por la jungla en cestas de Moisés colgando de un palo por porteadores de confianza, y todos los cuales siguieron los pasos de su padre en el servicio colonial, pero en tres partes diferentes de África: John en Nyasalandia (ahora Malawi), Bill en Sierra Leona y Colyear en Uganda. Bill fue bautizado como Arthur Francis por sus dos abuelos, pero siempre le llamaron Bill por su parecido infantil con Bill el Lagarto, el personaje de Lewis Carroll. John y Colyear se parecían tanto de jóvenes que al primero le pararon una vez en la calle y le preguntaron: «¿Eres tú o tu hermano?». (Esta anécdota es verdadera, lo que seguramente es más de lo que puede decirse de la famosa leyenda de W.A. Spooner, el único director de mi actual colegio de Oxford digno de un «ismo», de quien se dice que una vez saludó a un joven en el patio con la pregunta: «A ver, nunca me acuerdo, ¿fue usted o su hermano quien murió en la guerra?». Con los años, Bill y Colyear se hicieron, a mis ojos, más parecidos (uno al otro y a su padre) y John menos. Ocurre a menudo que los parecidos familiares aumentan y disminuyen en diferentes fases de la historia vital, cosa que encuentro fascinante. Es fácil olvidar que los genes continúan ejerciendo su influencia a lo largo de la vida, y no sólo durante el desarrollo embrionario.

No nació ninguna hermana, para desolación de mis abuelos, que habrían querido tener una hija a la que llamar Juliana, pero tuvieron que conformarse con ponerle su noble apellido a su hijo menor. Los tres hermanos eran talentosos. Colyear era el mejor estudiante, y Bill el más atlético: me enorgullecía ver su nombre en la lista de honor de la escuela a la que fui yo también, como poseedor del récord escolar de la carrera de cien yardas (una aptitud que sin duda le fue útil como jugador de rugby cuando consiguió un fulgurante touchdown para el equipo del Ejército frente a la selección de Gran Bretaña al principio de la segunda guerra mundial). No comparto en absoluto la capacidad atlética de Bill, pero me gusta creer que aprendí de mi padre a pensar sobre la ciencia y de mi tío Colyear, a explicarla. Este último fue profesor en Oxford tras dejar Uganda, y fue ampliamente reconocido como un brillante profesor de estadística, una asignatura notoriamente difícil de enseñar a los biólogos. Murió demasiado pronto, y le dediqué uno de mis libros, El río del Edén, en los siguientes términos:

A la memoria de Henry Colyear Dawkins (1921-1992), miembro del St. John’s College de Oxford: un maestro en el arte de poner las cosas en claro.

Los hermanos fallecieron en orden inverso de edad, y lamentablemente los he perdido a los tres. Pronuncié el panegírico de Bill, mi tío y padrino, en su funeral, tras su muerte en 2009, a los noventa y tres años.2 Quise transmitir la idea de que, aunque el servicio colonial británico tenía mucho de deplorable, los mejores del cuerpo eran ciertamente buenos; y Bill, como sus dos hermanos (y como Dick Kettlewell, de quien hablaré más adelante),3 fue de los mejores.

Si puede decirse que los tres hermanos siguieron los pasos de su padre en el servicio colonial, también tuvieron una herencia similar por el lado materno. Su abuelo materno, Arthur Smythies, fue conservador jefe de bosques en su distrito de India; su hijo Evelyn ostentó el mismo cargo en Nepal. Fue la amistad de mi abuelo paterno con Evelyn, forjada cuando ambos estudiaban silvicultura en Oxford, lo que le llevó a conocer y casarse con mi abuela Enid, la hermana de Evelyn. Este último fue autor de la obra India’s Forest Wealth (1925), así como de varios trabajos significados sobre filatelia. Su esposa Olive, me sonroja decirlo, presumía de ser buena cazadora de tigres, y llegó a publicar un libro titulado Tiger Lady. Hay una fotografía de ella con el pie sobre un tigre y luciendo un salacot, con su orgulloso marido dándole palmaditas en el hombro, con la leyenda: «Bien hecho, mujercita». Creo que ella no habría sido mi tipo.

El hijo mayor de Olive y Evelyn, el taciturno primo carnal de mi padre, Bertram («Billy») Smythies, también estuvo en el servicio forestal, primero en Birmania y luego en Sarawak. Escribió Birds of Burma y Birds of Borneo. El segundo se convirtió en una suerte de biblia para el escritor de libros de viajes (y nada taciturno) Redmon O’Hanlon en su viaje a Borneo con el poeta James Fenton, descrito en su hilarante relato En el corazón de Borneo.

El hermano menor de Bertram, John Smythies, se apartó de la tradición familiar y se convirtió en un distinguido neurólogo y una autoridad en la esquizofrenia y los efectos de las drogas psicodélicas. Reside en California, y se dice que inspiró en Aldous Huxley la experiencia de tomar mescalina para abrir sus «puertas de la percepción». Hace poco le pedí consejo sobre si debía aceptar o no el amable ofrecimiento de un amigo de guiarme en un viaje psicodélico. Me dijo que no aceptara. Yorick Smythies, otro primo carnal de mi padre, fue un devoto amanuense del filósofo Wittgenstein.4 Peter Conradi, en su biografía de la novelista Iris Murdoch, identifica a Yorick con el «bendito imbécil» en el que se inspiró el personaje de Hugo Belfounder en Bajo la red. Debo decir que cuesta ver el parecido:

Yorick quería ser conductor de autobuses, pero, señaló [Iris Murdoch], fue la única persona en la historia de la compañía de autobuses que suspendió el examen teórico [...]. En su única lección de conducción, el instructor abandonó el vehículo después de que Yorick se saliera de la calzada y se subiera a la acera.

Al no conseguir sacarse el título de conductor, y disuadido por Wittgenstein (junto con la mayoría de sus otros discípulos) de dedicarse a la filosofía, Yorick trabajó de bibliotecario en el departamento de silvicultura de Oxford, lo que seguramente haya sido su única conexión con la tradición familiar. Tenía hábitos excéntricos, era adicto al rapé y converso al catolicismo romano, y tuvo un final trágico.

Arthur Smythies, abuelo de los Dawkins y los Smythies, parece haber sido el primer miembro de mi familia en entrar al servicio del Imperio. Todos sus antepasados paternos a lo largo de siete generaciones seguidas hasta su tatara-tatara-tataratatarabuelo (el reverendo William Smythies, nacido en la década de 1590) fueron clérigos anglicanos. Supongo que no es improbable que, de haber vivido en alguno de aquellos siglos, yo también me hubiera hecho clérigo. Siempre me han interesado las cuestiones profundas de la existencia, los interrogantes que la religión aspira a responder (sin conseguirlo), pero he tenido la fortuna de nacer en una época en la que se buscan respuestas científicas y no sobrenaturales a tales preguntas. De hecho, mi interés en la biología ha venido motivado en gran medida por la cuestión de los orígenes y la naturaleza de la vida, más que por la afición a la historia natural (como es el caso de la mayoría de los jóvenes biólogos que han pasado por mis clases). Es más, podría decirse que no he seguido la tradición familiar de devoción por las actividades al aire libre y la historia natural de campo. En una memoria breve anterior publicada en una antología de capítulos autobiográficos de etólogos, escribí:

Debería haber sido un naturalista precoz. Lo tenía todo a mi favor: no sólo el perfecto entorno infantil del África tropical, sino unos genes que deberían haber sido perfectos para encajar en él. Durante generaciones, las bronceadas piernas de los Dawkins, enfundadas en pantalones cortos de color caqui, habían estado zanqueando por las junglas del Imperio. Como mi padre y sus dos hermanos menores, yo había nacido con un salacot en la cabeza.5




Notas

1. H.B. Wheatley y P. Cunningham, London Past and Present, Murray, Londres, 1891, vol. 1, pág. 109. (N. del A.)
2. Véase el apéndice digital: www.richarddawkins.net/afw. (N. del A.)
3. Cuya necrológica también escribí yo (véase el apéndice digital). (N. del A.)
4. http://wab.uib.no/ojs/agora-alws/article/view/1263/977. (N. del A.)
5 «Growing up in ethology», capítulo 8 de L. Drickamer y D. Dewsbury (eds.),
Leaders in Animal Behavior, Cambridge University Press, Cambridge, 2010. (N. del A.)


En Richard Dawkins Una curiosidad insaciable. Los años de formación de un científico en África y Oxford
Traducción de Ambrosio García Leal
Barcelona, 2014
Foto original color: Richard Dawkins © David Hurn-Magnum Photos


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