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Oscar Wilde: El cumpleaños de la Infanta

26 de octubre de 2012



A Mrs. William H. Grenfell of Taplow Court 


     Era el cumpleaños de la Infanta. Cumplía aquel día doce años, y el sol brillaba esplendorosamente en los jardines de Palacio.
    A pesar de ser una Princesa de sangre real e Infanta de España, no tenía más que un cumpleaños cada año, lo mismo que los hijos de los pobres. Era, pues, muy importante para todo el reino que, con este motivo, hiciera un día hermoso. ¡Y vaya si hacía un día hermoso! Los altaneros y abigarrados tulipanes se erguían en sus tallos, semejantes a largas filas de soldados, y miraban a las rosas provocadoramente, diciendo:
     —¡Hoy somos tan hermosos como vosotras!
   Purpúreas mariposas revoloteaban en torno, con alas empolvadas de oro, y visitaban todas las flores alternativamente; las lagartijas salían de entre las grietas del muro a tomar el sol, y las hendían y chasqueaban con el calor, poniendo al descubierto sus rojos corazones. Hasta los pálidos limones amarillos, que en tan gran profusión colgaban de las vetustas espalderas y a lo largo de las arcadas sombrías, parecían tomar del sol resplandeciente un color más rico, y las magnolias abrían sus grandes flores marfileñas, embriagando el aire con su perfume dulce y penetrante.
    La Princesita paseó por la terraza con sus compañeros, y jugó al escondite alrededor de los jarrones de piedra y las viejas estatuas cubiertas de musgos. De ordinario, sólo le estaba permitido jugar con niños de su alcurnia; así que siempre tenía que jugar sola; pero el día de su cumpleaños era una excepción, y el Rey había dado órdenes para que pudiera invitar todas las amigas que se le antojase. Había una gracia majestuosa en los movimientos de todos aquellos esbeltos niños españoles; los muchachos, con sus anchos chambergos de plumas y su capitas flotantes; las niñas, recogiéndose la cola de sus largos vestidos de brocado y resguardando sus ojos del sol con enormes abanicos negro y plata. Pero la Infanta era la más encantadora de todas, y la ataviada con más gusto, según la moda, un tanto embarazosa, de la época. Su traje era de raso gris, con la saya y las amplias mangas de bullones todas recamadas de plata, y el rígido corpiño cruzado por varios hilos de perlas finas. Al andar, dos diminutos chapines, con grandes moñas de cinta carmesí, apuntaban bajo la falda. Rosa y nácar era su inmenso abanico de gasa, y en su cabellera, que como un nimbo de oro desvaído circundaba su pálida carita, llevaba prendida una bellísima rosa blanca.
    Desde una ventana del Palacio, el triste y melancólico Rey la contemplaba. En pie, tras él, veíase a su hermano, Don Pedro de Aragón, a quien odiaba, y a su confesor, el Gran Inquisidor de Granada, sentado a su lado. Más triste que de ordinario estaba el Rey; pues cuando miraba a la Infanta, saludando con gravedad pueril a los cortesanos, o riendo tras su abanico de la horrible Duquesa de Alburquerque, de quien siempre iba acompañada, se acordaba de la Reina, su madre, que, poco tiempo antes —por lo menos, tal le parecía—, llegara del alegre país de Francia, y luego se marchitara en el sombrío esplendor de la Corte de España, muriendo a los seis meses del nacimiento de su hija, antes de haber visto florecer dos veces los almendros del jardín, ni recogido el fruto el segundo año de la vieja y retorcida higuera que había en el centro del patio, hoy cubierto de hierba. Tan grande había sido su amor por ella, que no permitió que la tumba se la robara por completo. Un médico moro, a quien para pagar este servicio, le perdonaran la vida —en manos ya, según se susurraba, del Santo Oficio, por herejía y sospecha de práctica de brujería—, la embalsamó. Y su cuerpo reposaba aún en su tapizado ataúd, en la capilla de mármol negro de Palacio, tal como los monjes la habían depositado aquel día tempestuoso de marzo, hacía ya cerca de doce años. Una vez al mes iba el Rey a arrodillarse a su lado, envuelto en una oscura capa, con una linterna sorda en la mano.
    —¡Mi reina, mi reina! —gritaba. Y a veces, prescindiendo de la etiqueta inflexible que en España rige cada acto de la vida y pone límites hasta a la aflicción de un Rey, asía las pálidas manos enjoyadas, presa de una desesperada congoja, e intentaba reanimar con sus besos insensatos aquel rostro pintado y frío. 
   Hoy le parecía verla de nuevo, como cuando la contempló por primera vez en el castillo de Fontainebleau, contando él sólo quince años, y ella todavía menos. Por aquel tiempo fue cuando contrajeron solemnes esponsales, ante el Nuncio de Su Santidad, el Rey de Francia y toda la Corte. Poco después regresó a El Escorial, llevando consigo un rizo de cabellos rubios y el recuerdo de dos labios infantiles inclinándose a besar su mano cuando subía a la carroza. Más tarde, se efectuó el casamiento, celebrado a toda prisa en Burgos, villa próxima a la frontera de ambos países, y en seguida la solemne entrada en Madrid, con la tradicional misa mayor en la Iglesia de Atocha y un auto-da-fe más solemne que de costumbre, en el que más de trescientos herejes, y entre ellos bastantes ingleses, fueron entregados al brazo secular para ser quemados.
    Sí, la había amado con locura, para ruina, pensaron muchos, de su país, entonces en la lucha con Inglaterra por el imperio del Nuevo Mundo. Apenas le permitía que se apartara de su lado; por ella olvidó, o pareció olvidar, los graves asuntos del Estado; y por esa terrible ceguera que comunica la pasión a sus esclavos, nunca pudo observar que las complicadas ceremonias con que intentaba distraerla sólo conseguían agravar la extraña enfermedad que padecía. Cuando murió, durante algún tiempo estuvo como privado de razón. Y sin duda habría abdicado para recluirse en el gran Monasterio Trapense de Granada, del que ya era Prior titular, si no hubiese temido dejar a la Infantita a merced de su hermano, cuya crueldad era notoria hasta en la misma España, y sospechado por muchos de haber causado la muerte de la Reina, mediante unos guantes envenenados que le ofreciera con motivo de su visita a su castillo de Aragón. Y aun después de transcurridos los tres años de luto oficial que ordenara para todos sus dominios por medio de un Real Edicto, nunca hubiera tolerado a sus ministros que le hablasen de una nueva alianza; y cuando el mismo Emperador le ofreció la mano de su sobrina, la encantadora Archiduquesa de Bohemia, encargó a los embajadores dijeran a su señor que el Rey de España estaba ya desposado con el dolor, y que aun siendo ésta una esposa estéril, la prefería a la belleza; respuesta que costó a su corona las ricas provincias de los Países Bajos, que al poco tiempo, instigadas por el Emperador, se rebelaron contra él, acaudilladas por unos cuantos fanáticos de la Reforma.
    Toda su vida conyugal, con sus goces vehementes y ardorosos, y la terrible agonía de aquel fin repentino, parecía volver a él nuevamente al contemplar a la Infanta jugando en la terraza. Tenía, al igual que la Reina, aquella deliciosa petulancia, aquel gesto voluntarioso de cabeza, aquella boca encantadora, de labios altaneros, aquella maravillosa sonrisa —vrai sourire de France— cuando miraba hacia la ventana o alargaba su manecita para que la besaran aquellos solemnes hidalgos españoles. Pero la risa penetrante de los niños le lastimaba los oídos, y el resplandor implacable del sol parecía burlarse de su tristeza, y un denso aroma de extrañas especias, semejantes a las que usan los embalsamadores, parecía viciar —¿o era ilusión suya?— el aire puro de la mañana. Ocultó el rostro entre las manos, y cuando la Infanta miró de nuevo hacia arriba, las cortinas estaban corridas y el Rey se había retirado.
    Hizo la Infanta un mohín de contrariedad, y se encogió de hombros. ¡Bien podía haberle hecho compañía el día de su cumpleaños! ¿Qué podían importarle los estúpidos asuntos del Estado? O ¿acaso se había ido a aquella sombría capilla, en que ardían los cirios de continuo, y donde no le estaba permitido entrar? ¡Qué tontería, cuando el sol brillaba tan alegremente y todo el mundo estaba tan contento! Además, iba a perder el simulacro de la corrida de toros, cuyo comienzo anunciaban ya las trompetas; sin contar los títeres y otras maravillas. Su tío y el Gran Inquisidor eran mucho más sensatos. Habían bajado a la terraza a decirle cumplidos muy bonitos. Irguiendo, pues, su cabecita, cogió a Don Pedro de la mano, y descendió lentamente la escalinata, dirigiéndose hacia un gran pabellón de seda purpurina que habían levantado a un extremo del jardín. Seguíanles los demás niños, por orden riguroso de precedencia, yendo primero aquellos que tenían apellidos más largos.
    Un cortejo de niños nobles, fantásticamente ataviados de toreros, vino a su encuentro, y el joven conde de Terra-Nova, mancebo de catorce años, de maravillosa belleza, descubriéndose con toda la gracia de un hidalgo de nacimiento, grande de España, la condujo solemnemente a un pequeño sitial de oro y marfil, colocado sobre un estrado, dominando la plaza. Las muchachas se agruparon alrededor, agitando sus inmensos abanicos y cuchicheando entre sí, y Don Pedro y el Gran Inquisidor se quedaron riendo a la entrada. Hasta la Duquesa —la Camarera Mayor, como la llamaban—, dama enjuta y de facciones duras, con una gorguera amarilla, no perecía tan malhumorada como de ordinario, y algo semejante a una helada sonrisa vagaba por su arrugado rostro, crispando sus finos labios exangües. 
    Fue, indudablemente, una maravillosa corrida de toros; mucho más bonita, pensaba la Infanta, que la corrida de verdad que había presenciado en Sevilla con motivo de la visita del Duque de Parma a su padre. Algunos de los muchachos caracoleaban sobre caballos de madera ricamente enjaezados, blandiendo largas picas adornadas con brillantes gallardetes de abigarrados colores; otros iban a pie, agitando ante el toro sus capas escarlata y saltando rápidamente la barrera cuando arremetía contra ellos; y, en cuanto al toro, era idéntico a un toro de veras, aunque fuera simplemente de mimbre, forrado de cuero, y mostrase una decidida inclinación a correr en dos patas por la plaza, cosa que nunca se le hubiera ocurrido hacer a un toro real. De todos modos, se portó tan valientemente, que las doncellitas, entusiasmadas en el más alto grado, acabaron por subirse a los bancos, agitando sus pañolitos de encaje y gritando: ¡Bravo toro! ¡Bravo toro!, lo mismo que si fueran personas mayores. Por fin, tras una larga brega, en la que fueron cogidos varios caballos y desarzonados sus jinetes, el condesito de Terra-Nova consiguió igualar al toro, y habiendo obtenido venia de la Infanta para dar el golpe de gracia, hundió con tal ímpetu el estoque de madera en el morrillo del animal, que la cabeza cayó a tierra, dejando al descubierto el rostro sonriente del joven señor de Lorena, hijo del Emperador francés en Madrid.
    Entonces despejaron el ruedo, en medio de nutridos aplausos, y arrastrados solemnemente los caballos muertos por dos pajes moros, de librea negra y amarilla, tras un breve intermedio, durante el cual un hábil equilibrista francés realizó varios ejercicios sobre la cuerda floja, aparecieron en el escenario de un teatro, expresamente construido para este día, unos polichinelas italianos, representando la tragedia semiclásica de Sofonista. Representaron tan bien, y sus gestos fueron a tal punto naturales, que al final de la obra los ojos de la Infanta estaban empañados por las lágrimas. También algunos de los niños lloraron; y hubo que consolarlos con golosinas; y hasta el mismo Gran Inquisidor se sintió tan conmovido, que no pudo por menos de decir a Don Pedro que le parecía intolerable que simples objetos de madera y cera de color, movidos mecánicamente por alambres, pudieran ser tan desdichados y sufrir tan terribles infortunios.
    A continuación vino un juglar africano trayendo un gran cesto cubierto con un paño rojo. Lo colocó en el centro de la plaza y, sacando de su turbante una singular flauta de caña, empezó a tocar. A los pocos instantes comenzó a moverse el paño, y mientras de la flauta se exhalaban sonidos cada vez más agudos, dos serpientes verde y oro sacaron sus extrañas cabezas triangulares, y se irguieron lentamente, balanceándose al influjo de la música como una planta se balancea en la corriente. Los niños estaban algo atemorizados por aquellas capuchas moteadas y aquellas lenguas como dardos, y se divirtieron mucho más cuando el juglar hizo brotar de la arena un naranjo diminuto, que se cubrió de preciosas flores blancas y racimos de verdaderas naranjas. Y cuando cogió el abanico de la hija del marqués de Las Torres y lo transformó en un pájaro azul, que revoloteó cantando en derredor del pabellón, su asombro y su deleite no tuvieron límites. El solemne minué, bailado por los seises de la Iglesia de Nuestra Señora del Pilar , fue también encantador. La Infanta no había presenciado nunca esta maravillosa ceremonia, que todos los años se celebra por el mes de mayo ante el altar mayor de la Virgen, en honor de ésta. Por otra parte, nadie de la familia real española había entrado en la Catedral de Zaragoza desde que un sacerdote loco, según se dijo a sueldo de Isabel de Inglaterra, había intentando dar la comunión con una hostia envenenada al Príncipe de Asturias. Por eso, la Infanta sólo conocía de oídas la “Danza de Nuestra Señora”, como la llamaban, espectáculo indudablemente maravilloso. Los niños vestían trajes antiguos de corte, de terciopelo blanco, y sus pintorescos tricornios estaban ribeteados de plata y rematados por grandes penachos de plumas de avestruz; acentuada más aún la blancura deslumbrante de sus trajes, cuando se movían al sol, por sus rostros atezados y sus largas melenas negras. Todo el mundo sentíase fascinado por la grave dignidad con que se movían a través de las intrincadas figuras de la danza, y por la gracia estudiada de sus ademanes lentos y sus majestuosas reverencias. Al terminar, cuando retiraron sus grandes sombreros empenachados ante la Infanta, ésta contestó a su reverencia con mucha cortesía, e hizo voto de mandar un gran cirio al Santuario de Nuestra Señora del Pilar para corresponder a la alegría que la había proporcionado.
    Una cuadrilla de hermosos egipcianos —como se llamaba por aquel tiempo a los gitanos— avanzó entonces por la plaza, y sentándose con las piernas cruzadas, formando corro, empezaron a tañer suavemente sus cítaras, siguiendo con los cuerpos el ritmo de la música y canturreando, casi imperceptiblemente, un aire soñador y melancólico. Cuando divisaron a Don Pedro, fruncieron el ceño, y algunos parecieron aterrados, pues pocas semanas antes había mandado ahorcar por brujería a dos hombres de la tribu, en la plaza del Mercado de Sevilla; pero la Infanta, que, apoyada en el respaldo, los atisbaba por encima del abanico con sus grandes ojos azules, les encantó. Comprendieron que una criatura tan encantadora no podía ser cruel con nadie. Continuaron, pues, tocando muy dulcemente, rozando apenas las cuerdas de las cítaras con sus largas uñas puntiagudas, inclinando sobre el pecho la cabeza, como si estuvieran a punto de caer dormidos. De pronto, lanzando un grito tan agudo que todos los niños se asustaron y la mano de Don Pedro se crispó sobre el pomo de ágata de su daga, pusiéronse en pie y corrieron como enloquecidos alrededor de la plaza, agitando sus panderos y cantando un canto salvaje de amor, en su extraño lenguaje gutural. Luego, a otra señal, se echaron de nuevo a tierra y permanecieron inmóviles, mientras la vibración apagada de las cítaras turbaba sólo el silencio. Después de hacer esto varias veces, desaparecieron por un instante, para reaparecer con un lanudo oso pardo, sujeto por una cadena y llevando en hombros unos cuantos monos de Berbería. El oso se puso de cabeza, con la mayor gravedad, y los monos hicieron toda suerte de piruetas con dos gitanillos, que parecían ser sus amos. Pelearon con espadas diminutas, y disiparon cañones, maniobrando con tanta precisión como la misma guardia del Rey. Realmente, los gitanos tuvieron un gran éxito.
    Pero lo más divertido de la fiesta fue, sin duda, la danza del enanito. Cuando apareció en la plaza, tambaleándose sobre sus piernas zambas y balanceando su cabezota deforme, los niños prorrumpieron en ruidosas exclamaciones de alegría, y la Infanta rió de tal modo, que la camarera se vio obligada a recordarle que, si había muchos precedentes en España de que una hija de Rey hubiese llorado ante sus iguales, no existía ninguno de que una Princesa de sangre real se mostrase tan regocijada en presencia de personas inferiores a ella en nacimiento. Pero, realmente, el enano era casi irresistible, y ni en la misma Corte de España, bien conocida por su cultivada afición a lo horrible, se había visto nunca monstruo tan pintoresco. Era, además, su primera aparición en público. Le habían descubierto, la misma víspera, corriendo locamente por el bosque, dos nobles que por casualidad iban de caza por uno de los sitios más apartados del gran encinar que circunda la ciudad, y que, pensando serviría de diversión a la Infanta, lleváronle con ellos a Palacio, ya que su padre, que era un mísero carbonero, no puso dificultad a que le libraran de un tipo tan horrible y tan inútil. Lo más cómico era, quizás, la absoluta inconsciencia que él tenía de su aspecto grotesco. Parecía, por el contrario, muy feliz y ufano. Cuando los niños reían, él también reía, tan franca y alegremente como ellos, y al final de cada danza les hacía las más jocosas reverencias, sonriendo e inclinando la cabeza como si fuera el igual de ellos, y no un ser raquítico y deforme, modelado por la naturaleza en un momento de humorismo, para servir de burla a los demás. En cuanto a la Infanta, le fascinaba de tal modo, que no podía apartar los ojos de ella, y solamente para ella parecía bailar. Y cuando, al terminar la danza, recordando haber visto a las grandes damas de la Corte arrojar ramos de flores a Caffarelli, el famoso tiple italiano enviado por el Papa de su propia capilla para ver de curar la melancolía del Rey con la dulzura de su voz, arrancó la Infanta de sus cabellos la espléndida rosa blanca y, mitad por burla, mitad por hacer rabiar a su Camarera Mayor, la arrojó a la plaza con la más dulce de sus sonrisas, el enanito, tomando la cosa muy en serio, besó la flor con sus rudos labios y llevándose la mano al corazón cayó de rodillas ante ella, gesticulando, con los ojuelos chispeantes de gozo.
    Esto dio al traste con la gravedad de la Infanta, que, sin poder contener la risa, aun después de desaparecido el enanito de la plaza, expresó a su tío el deseo de que repitiera la danza acto seguido. Pero la Camarera Mayor, so pretexto de que el sol calentaba demasiado, decidió sería preferible que Su Alteza regresara sin tardanza a Palacio, donde se le había preparado una maravillosa fiesta, sin olvidar un soberbio ramillete de cumpleaños con sus iniciales en azúcar de colores y una preciosa banderola de plata tremolando en el remate.
    Levantóse, pues, la Infanta, con suma dignidad, y luego de haber dado órdenes para que el enanito danzara de nuevo ante ella después de la siesta, dio las gracias al condesito de Terra-Nova por su encantador recibimiento, y se retiró a sus habitaciones, seguida de los niños, por el mismo orden en que habían entrado.
    Cuando el enanito oyó que iba a bailar otra vez ante la Infanta, y por su orden expresa, se sintió tan orgulloso, que echó a correr por el jardín, besando la rosa blanca en un absurdo transporte de alegría, y haciendo los gestos más grotescos y estrambóticos del mundo.
   Las flores se indignaron sobremanera de tan insolente intrusión en sus dominios y, cuando le vieron hacer cabriolas por los paseos y agitar los brazos en el aire de un modo tan ridículo, no pudieron contenerse por más tiempo.
   —Es demasiado feo para permitirle solazarse donde estemos nosotros —exclamaron los tulipanes.
  —¡Ojalá bebiera zumo de adormideras, que le hiciese dormir más de mil años! —dijeron las grandes azucenas escarlata, encendidas de ira.
   —¡Qué cosa tan horrible! —aullaron los cactos—. Es contrahecho y rechoncho, y no puede haber mayor desproporción entre su cabeza y sus piernas. Es verdad que me hace sentirme más lleno que nunca de aguijones, y como se acerque a mí va a trabar conocimiento con mis púas.
   —¡Pues no lleva una de mis rosas más bellas! —exclamó el rosal blanco—. Yo mismo se la di esta mañana a la Infanta, como regalo de cumpleaños. No cabe duda que se la ha robado.
   Empezó a gritar con todas sus fuerzas.
   —¡Al ladrón, al ladrón, al ladrón!
   Hasta los geranios rojos, que no acostumbraban dársela de grandes señores, y eran bien conocidos por sus numerosas relaciones de poco fuste, se encresparon de disgusto al verle; y cuando las violetas observaron dulcemente que, si es cierto que era extremadamente feo, no era suya la culpa y en nada podía remediarlo, replicaron, no sin razón, que éste era su principal defecto, y el ser incurable no era motivo para admirar a nadie. Y, realmente, algunas violetas encontraron que la fealdad del enanito era casi ofensiva, y que habría dado prueba de más tacto adoptando un aire melancólico, o al menos pensativo, en lugar de saltar alegremente y hacer gestos tan grotescos y estúpidos.
    En cuanto al viejo reloj de sol, personalidad altamente distinguida, que antaño indicara las horas del día nada menos que al Emperador Carlos V, desconcertóse de tal modo a la aparición del enanito, que casi olvidó marcar los minutos con su largo índice de sombra, y no pudo por menos de decir al gran pavo real blanco, que estaba tomando el sol en la balaustrada, que todo el mundo sabía que los hijos de los reyes eran reyes, y carboneros los hijos de carboneros, siendo absurdo pretender lo contrario; afirmación que aprobó el pavo real, gritando: “¡Ciertamente, ciertamente!”, en voz tan áspera y chillona, que los peces dorados que vivían en la fuente del surtidor fresco y sonoro, sacaron la cabeza fuera del agua, preguntando qué sucedía a los grandes tritones de piedra.
    Pero, en cambio, los pájaros le amaban. Le habían visto a menudo en la selva, danzando como un elfo en pos de los torbellinos de hojarasca, o acurrucado en el hueco de alguna vieja encina, compartiendo sus nueces con las ardillas, y no les importaba un bledo que fuese feo. Pues el mismo ruiseñor, que tan dulcemente canta en los bosquecillos de naranjos, hasta el punto de que la luna se inclina a veces para escucharlo, no es muy hermoso que digamos. Además, el enanito había sido muy bueno con ellos, y durante aquel terrible invierno, cuando no había fruta en los árboles, y la tierra estaba dura como el hierro, y los lobos habían llegado hasta las mismas puertas de la ciudad en busca de alimento, ni una sola vez los había olvidado, y siempre les dio migajas de su mendrugo de pan negnegro y repartió con ellos su almuerzo, por pobre que éste fuera.
   Vinieron, pues, a volar en torno suyo, rozándole el rostro con las alas y charlando entre sí; y tan encantado estaba el enanito, que se la había dado la misma Infanta, en prueba de amor. 
   Los pájaros no entendieron una sola palabra de lo que les decía; pero poco importaba, pues, ladeando la cabeza, le miraban con aire doctoral; lo cual está tan bien como comprender, y es mucho más fácil.
   Los lagartos también sentían una gran simpatía por él, y cuando se cansó de correr por todos lados y se echó sobre la hierba a descansar, juguetearon y brincaron a su alrededor, tratando de distraerle lo mejor que podían.
   —No todo el mundo puede ser tan hermoso como un lagarto —exclamaban—; sería mucho exigir. Y, aunque parezca absurdo, no es tan feo, después de todo; con tal, naturalmente, de cerrar los ojos y no verlo.
   Los lagartos son extraordinariamente filósofos por naturaleza, y a menudo se pasan horas y horas meditando, cuando no tienen otra cosa que hacer, o llueve demasiado para salir de paseo. Las flores, sin embargo, sintiéndose muy enojadas por el proceder de los lagartos y los pájaros.
  —Esto demuestra simplemente —decían—, lo que adocena ese ir y venir incesante, y ese revolotear sin objeto. La gente bien educada no se mueve de su sitio, como nosotras. ¿A que nadie nos ha visto corretear por los paseos, o galopar locamente sobre el césped en pos de las libélulas? Cuando necesitamos mudar de aires, mandamos venir al jardinero, y nos traslada a otro macizo. Esto es tener dignidad, y así deberían hacer todos. Pero los pájaros y los lagartos carecen del sentido del reposo, y puede decirse que los pájaros no tienen domicilio fijo. Son simples vagabundos, como los gitanos, y deberían ser tratados como tales.
   E, irguiendo la cabeza, tomaron un continente más altanero todavía, y se pusieron muy contentas cuando al poco rato vieron al enanito levantarse de la hierba y atravesar la terraza en dirección al Palacio.
   —Deberían encerrarlo bajo llave para el resto de su vida —dijeron—. Fijaos en su joroba y en sus piernas torcidas.
   Y empezaron a reír burlonamente.
   Pero el enanito no oyó nada de todo esto. Amaba profundamente a las aves y los lagartos, y pensaba que las flores eran la cosa más maravillosa del mundo, exceptuando, naturalmente, a la Infanta; pues ésta le había dado la rosa blanca, y le amaba y ello establecía una gran diferencia.
   ¡Cómo deseaba verse de nuevo en su presencia! Ella le haría sentar a su derecha, y le sonreiría, y ya no se apartaría nunca de su lado; sería su compañero, y le enseñaría una porción de juegos deliciosos. Porque a pesar de no haber pisado nunca un Palacio, sabía muchas cosas admirables. Sabía hacer jaulitas de junto, para que, dentro de ellas, cantaran los grillos; y las cañas nudosas, las convertía en la flauta que Pan gusta tanto de oír. Imitaba el grito de todas las aves, y podía hacer bajar a los estorninos de la copa de los árboles, y atraer a la garza de la laguna. Conocía el rastro de todos los animales, y podía seguir la pista de la liebre por sus huellas, casi imperceptibles, y la del jabalí por las hojas pisoteadas. Conocía todas las danzas salvajes: la danza desenfrenada del otoño, en traje rojo; la danza aérea sobre la mies, en sandalias azules; la danza, con blancas guirnaldas de nieve, en el invierno, y la danza de las flores, a través de los vegetales, en primavera. Sabía dónde tenían sus nidos las palomas torcaces, y una vez que un cazador apresó a los padres, él había criado a los polluelos, construyéndoles un palomarcito en el hueco de un olmo desmochado. Y los domesticó de tal modo, que todas las mañanas venían a comer en su mano. La Infanta también los amaría, lo mismo que a los conejos, que se escabullen por entre los grandes helechos; y a los grajos, de plumas aceradas y negros picos; y a los grandes y serios galápagos, que se arrastran lentamente, meneando la cabeza y royendo las hojas tiernas. Sí, ella iría a la selva, y jugaría con él. Le cedería su propio lecho, y velaría, al pie de la ventana, hasta el alba, para que las reses bravías no le hiciesen daño, ni los lobos hambrientos pudieran acercarse demasiado a la choza. Y, al alba, daría unos golpecitos en la ventana, y la despertaría. Y se adentrarían en el bosque, y se pasarían el día bailando juntos. Y no se vaya a creer que la selva es nada solitaria. A veces, pasaba un obispo, montado en su mula blanca, leyendo un libro con imágenes. A veces, eran los halconeros, con sus gorros de terciopelo verde y sus coletos de gamuza, llevando en el puño los halcones encapirotados. Y cuando llegaba la vendimia, venían los lagareros, de manos y pies purpúreos, coronados de lustrosa hiedra, con odres goteando vino. Y los carboneros se sentaban, por la noche, en derredor de las fogatas, mirando arder los secos leños y asando castañas entre la ceniza. Y los bandoleros salían de sus cavernas para departir con ellos. Una vez, hasta había visto una hermosa procesión caminando por la interminable carretera polvorienta, en dirección a Toledo. Iban, en primer término, los monjes, cantando dulcemente, con estandartes magníficos y grandes cruces de oro, y luego venían los soldados, en armaduras plateadas, con arcabuces y picas; y, en medio de ellos, marchaban tres hombres, con los pies desnudos, cubiertos de extrañas vestiduras amarillas, pintadas de extraordinarias figuras, llevando un cirio encendido en la mano. Sí, en la selva había muchas cosas que ver, y cuando ella estuviera cansada, él buscaría un blando asiento de musgo, o la llevaría en brazos, pues era muy fuerte, a pesar de no ser muy alto. Haría para ella un collar de rojas bayas de brionia, que sería tan hermoso como las bayas blancas que llevaba en su vestido; y, cuando se cansara de ellas, podría tirarlas, que ya él le buscaría otras. Le regalaría copitas de bellota, y anémonas empapadas de rocío, y gusanitos de luz, que brillarían como estrellas sobre el oro pálido de sus cabellos.

   Pero la Infanta, ¿dónde estaba? Interrogó a la rosa blanca, y no obtuvo respuesta. Todo Palacio parecía dormir, y hasta en las ventanas en que no habían sido cerradas las maderas colgaban pesados cortinones, para atenuar el resol. Después de mil vueltas en busca de un sitio por donde poder entrar, dio al fin, con una puerta excusada, que había quedado abierta. Deslizándose cautelosamente por ella, se encontró en un salón espléndido, mucho más espléndido —pensó atemorizado— que la misma selva. Todo, en torno suyo, era dorado, y hasta el piso estaba hecho de grandes baldosines de colores, dispuestos en una especie de dibujo geométrico. Pero la Infantita no estaba allí; tan sólo había unas maravillosas estatuas blancas, que le contemplaban desde lo alto de sus zócalos de jaspe, con tristes ojos inanimados y una extraña sonrisa en los labios.
   Al fondo del salón colgaba una cortina de negro terciopelo, suntuosamente recamado de soles y estrellas, divisa favorita del Rey, bordada sobre su color predilecto. ¿No estaría, acaso, oculta allí la Infantita? De todos modos, lo vería.
   Avanzando furtivamente, descorrió la cortina. No, nadie había; era otro aposento, más hermoso todavía que el anterior. Las paredes estaban cubiertas con una tapicería de Arrás, en tonos verdes, representando una escena de caza, obra de varios artistas flamencos, que habían tardado en su confección más de siete años. Aquella fue en otro tiempo la cámara de Jean le Fou, como llamaban a aquel Rey demente, tan apasionado de montería, que más de una vez, en su delirio, había intentado montar en los grandes corceles encabritados de la tapicería, y abatir el ciervo acosado por los enormes sabuesos, sonando su trompa de caza y apuñalando con su daga al tímido venado fugitivo. Ahora se utilizaba para Sala de Consejo, y sobre la mesa del centro se veían las rojas carteras de los Ministros, estampadas con los áureos tulipanes de España y las armas y emblemas de la Casa de Habsburgo.
   El enanito miró a su alrededor, lleno de asombro, y casi sin atreverse a proseguir. Aquellos extraños jinetes silenciosos, que galopaban tan velozmente por el bosque, sin hacer el menor ruido, antojábansele aquellos terribles fantasmas de que había oído hablar a los carboneros —los Comprachos— que sólo cazan. Pero pensó en la encantadora Infantita, y recobró el ánimo. Necesitaba encontrarse a solas con ella, y decirle que él también la amaba. Tal vez estuviese en el salón contiguo. 
   Atravesó corriendo los mullidos tapices moriscos, y abrió la puerta. ¡No!, tampoco estaba allí. La habitación estaba completamente vacía.
   Era el salón del Trono, destinado a la recepción de los embajadores, cuando el Rey accedía a concederles audiencia, cosa que, desde hacía algún tiempo, no era muy frecuente; la misma estancia en que, muchos años antes, fueran recibidos los emisarios de Inglaterra para tratar del casamiento de su soberana, uno de los monarcas católicos de Europa por entonces, con el primogénito del Emperador. Las colgaduras eran de dorado cuero de Córdoba, y una pesada araña dorada, con brazos para trescientas bujías, colgaba del techo blanco y negro. Bajo un gran dosel de brocado de oro, sobre el que aparecían bordados en aljófar los leones y las torres de Castilla, levantábase el trono, cubierto por una rica estofa de terciopelo negro, tachonado de tulipanes de plata y primorosamente ribeteado de plata y perlas. Sobre el segundo escalón del trono estaba colocado el reclinatorio de la Infanta, con su cojín de tisú de plata; y más abajo, fuera ya del dosel, el asiento de Nuncio Pontificio, único que tenía derecho a estar sentado en presencia del Rey, en cualquier ceremonia pública, y cuyo capelo cardenalicio, con sus borlones escarlata, se veía delante, sobre un taburete de púrpura. De la pared, frente al trono, colgaba un retrato de Carlos V de tamaño natural, en traje de caza, con un gran mastín al lado; y un cuadro al óleo de Felipe II recibiendo el homenaje de los Países Bajos, ocupaba el centro del otro testero. Entre las ventanas, había una bargueño de ébano con placas de marfil, sobre las que estaban grabadas las figuras de la Danza de la Muerte de Holbein, por la mano misma del famoso maestro, según algunos.
   Pero al enanito no le importaba nada toda esta magnificencia. No hubiera cambiado su rosa blanca por todas las perlas del dosel, y ni un solo pétalo habría dado por el mismo trono. Lo que deseaba era ver a la Infanta antes de que bajase al pabellón, y pedirle que se fuera con él cuando terminara la danza. Aquí, en Palacio, el aire era sofocante y pesado, mientras que en la selva el viento soplaba en libertad y la luz del sol apartaba las hojas trémulas con sus manos vagarosas y doradas. También había flores en la selva; no tan espléndidas, quizás, como las flores del jardín, pero, en cambio, de un perfume más dulce: jacintos tempranos, que inundaban con su púrpura ondulante las frescas hondonadas y las lomas verdes; prímulas amarillentas, que se apiñaban en torno de las raíces retorcidas de los robles; brillantes celidonias, y azules verónicas y lirios de color morado y oro. Los avellanos estaban cubiertos de grises amentos, y las digitales se doblaban bajo el peso de sus cálices moteados, en cuyo derredor zumbaban las abejas. Los castaños ostentaban sus sartas de blancas estrellas, y los oxiacantos sus pálidos lunares. ¡Sí, indudablemente le seguiría, si es que lograba encontrarla! Le acompañaría a la selva, y él se pasaría el día entero bailando para ella. Una sonrisa iluminó su rostro a esta idea, y entró sin vacilar en la cámara siguiente. 
   De todas las habitaciones, ésta era la más espléndida y hermosa. Las paredes estaban tapizadas de damasco rojo de Luca, salpicado de pájaros y flores de plata; los muebles eran de plata maciza, festoneados con guirnaldas que servían de columpio a unos amorcillos. Ante las dos enormes chimeneas, se abrían dos grandes pantallas, con pavos reales y papagayos bordados al realce, y el pavimento, de ónix verde mar, parecía perderse en la lejanía. Y no estaba solo. En la sombra de la puerta, al otro extremo del aposento, vio una figurilla contemplándole. Le tembló el corazón, y dejando escapar un grito de alegría avanzó hacia la claridad. Entonces, la figura avanzó también, y pudo verla distintamente.
  ¡La Infanta! No; era un monstruo, el monstruo más grotesco que podía verse. No era proporcionado, como todo el mundo, sino jorobado y patizambo, con una cabezota oscilante y una hirsuta crin negra. El enanito frunció el entrecejo, y el monstruo también lo frunció. Se echó a reír, y el monstruo rió con él, dejando caer los brazos, lo mismo que él. Le hizo una reverencia burlona, y el monstruo le contestó con una reverencia idéntica. Avanzó hacia él, y el monstruo vino a su encuentro, reproduciendo todos sus gestos y deteniéndose cuando él se detenía. Gritó alegremente y corrió hacia él, alargándole la mano, y la mano del monstruo tocó la suya, y estaba fría como hielo. Se asustó y retiró la mano, y la mano del monstruo le imitó vivamente. Intentó seguir adelante, y algo duro y resbaladizo le detuvo. La cara del monstruo estaba ahora muy cerca de la suya, y parecía llena de terror. Apartó los mechones que le caían sobre los ojos, y el monstruo hizo igual. Le golpeó, y el monstruo le devolvió golpe por golpe. Le hizo muecas, y en el rostro del monstruo se dibujaron las mismas muecas. Retrocedió. Y el monstruo retrocedió también.
   ¿Qué era ello? Reflexionó un momento, y miró a su alrededor por todo el cuarto. Era extraño: todo parecía tener su igual en aquel muro invisible de agua transparente. Sí, cuadro por cuadro, y asiento por asiento, todo estaba allí como doblado. El fauno dormido, junto a la puerta, tenía su hermano gemelo, que dormitaba también; y la Venus de plata, en pie bajo los rayos del sol, tendía los brazos a otra Venus tan hermosa como ella. 
   ¿Sería aquello el Eco?
   Una vez lo había llamado en el valle, y el Eco le había contestado palabra por palabra. ¿Podría burlar la vista, como burlaba la voz? ¿Podría crear un mundo imitativo, idéntico al mundo real? ¿Las sombras de las cosas, podrían tener color y vida y movimiento? ¿Sería posible que...?
   Se estremeció, y arrancando de su pecho la rosa blanca, volviose y la besó. ¡Y he aquí que el monstruo tenía también una rosa, hoja por hoja idéntica a la suya! ¡Y la besaba con igual transporte, y la estrechaba contra su corazón haciendo gestos horribles!
   Cuando, al fin, la verdad se abrió paso en él, lanzó un grito salvaje de desesperación y cayó al suelo sollozando. ¡Ah, conque aquel ser deforme y jorobado, de aspecto horrible y grotesco, era él! ¡Él mismo; él era el monstruo, y de él era de quien se habían estado riendo todos los muchachos; y la Princesita, en cuyo amor creyera... ella también se había burlado de su fealdad, había hecho mofa de sus piernas torcidas! ¿Por qué no le habían dejado en el bosque, donde no había espejo que le mostrara su horror? ¿Por qué no le había matado sus padres antes que venderle para servir de escarnio a los demás? Lágrimas ardientes se deslizaron por sus mejillas, y sus manos hicieron trizas la rosa blanca. Y el monstruo hizo lo mismo y esparció por el aire los delicados pétalos. Revolcábase el monstruo por el suelo, y cuando el enanito le miraba, contemplábale aquél con el rostro crispado de dolor. 
   Alejose entonces del espejo por temor a verlo nuevamente, y se tapó los ojos con las manos.
   Como una pobre criatura herida se arrastró hacia la sombra, y allí quedó gimiendo.
   Y en aquel momento entró la Infanta misma con su séquito, por el abierto ventanal; y cuando vieron al horroroso enanito echado en tierra golpeando el suelo con los puños cerrados, del modo más fantástico y grotesco, prorrumpieron en alegres carcajadas y le rodearon curiosos.
   —Muy graciosas con sus danzas —dijo la Infanta—; pero su manera de accionar lo es mucho más todavía. Realmente, trabaja casi tan bien como los polichinelas, aunque, desde luego, con menos naturalidad.
   Y agitó su enorme abanico, y aplaudió.
   Pero el enanito no levantó la cabeza, y sus sollozos se hicieron cada vez más débiles; y, de pronto, exhaló un extraño suspiro y se oprimió de costado. Luego, cayó boca arriba y quedó inmóvil.
   —¡Magnífico! —exclamó la Infanta, después de una pausa—; pero, ahora, tiene que bailar.
   —Sí —gritaron los demás niños—; tienes que levantarte y bailar; eres tan listo como los monos de Berbería, y mucho más gracioso.
   Pero el enanito no contestó.
   Y la Infanta golpeó con el pie en tierra, y llamó a su tío, que estaba paseando con el Chambelán. Leyendo unos despachos que acababan de llegar de Méjico, donde hacía poco había sido establecido el Santo Oficio.
   —Mi enanito se hace el remolón —gritó la Infanta—; levantadle y decidle que baile.
   Sonrieron ellos entre sí, y entraron sin apresurarse. Al llegar junto al enanito, inclinóse Don Pedro y le golpeó suavemente en la mejilla con su guante bordado. 
   —Es precioso bailar, petit monstre —dijo—. La Infanta de España y de las Indias quiere que se la divierta.
   Pero el enanito siguió sin moverse.
   —Habrá que hacer venir al azotador —dijo Don Pedro, un tanto enojado; y volvió a la terraza.
   Pero el Chambelán miraba la escena con rostro grave, y arrodillándose junto al enanito le puso la mano sobre el corazón. Y al cabo de unos instantes encogióse de hombros, se levantó y, haciendo una profunda reverencia a la Infanta, dijo: 
   —Mi bella Princesa, vuestro enanito no volverá a bailar. Y es lágrima, porque es tan feo, que hubiera podido hacer sonreír al Rey.
   —Y ¿por qué no volverá a bailar? —preguntó la Infanta riendo.
   —Porque su corazón se ha roto —contestó el Chambelán.
   Y la Infanta frunció el entrecejo, y sus finos labios, semejantes a pétalos de rosa, se contrajeron en un mohín delicioso.
   —De aquí en adelante, que los que vengan a jugar conmigo no tengan corazón —exclamó, echando a correr hacia el jardín.




(*) El episodio, como algunos otros del cuento, está tomado de la vida de Carlos II, el último de los Austria, que, pocos meses antes de morir, se hizo abrir el ataúd de su primera esposa, María Luisa de Orleans, sobrina de Luis XIV, a la que amara tiernamente, cayendo y sollozando sobre sus restos, extrañamente conservados, con el mismo grito que pone Wilde en labios del monarca de su cuento. Sólo que María Luisa no tuvo descendencia alguna.
(**) Los seises no son de la Catedral de Zaragoza, sino de la de Sevilla.


Cuentos cortos
© Traducción: Ricardo Baeza
Ediciones Nuevomar, México, 1977
Foto: Oscar Wilde in England, 1882, by N. Sarony Corbis

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