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Elías Canetti: Miguel Angel

5 de abril de 2012





En septiembre de 1920, cuando hacía ya un año y medio que no nos daba clases de historia, Eugen Müller anunció una serie de conferencias sobre el arte florentino. Estas tuvieron lugar en el auditorio de la universidad, y no me perdí ni una. La majestad del lugar —todavía me faltaba mucho para ser universitario— indicaba un distanciamiento del conferenciante. Por supuesto, me sentaba en primera fila, y él me notó, pero había muchos más oyentes que en el colegio, de todas las edades, también adultos, sentados entre nosotros, y yo lo tomé como señal de la popularidad de aquel hombre que había significado mucho más para mí que cualquier otro profesor. Era el mismo bramido entusiasta y los mismos sorbos que durante tanto tiempo había echado a faltar, interrumpidos sólo por las diapositivas que nos iba mostrando. Tan grande era su respeto por las obras de arte que ante ellas enmudecía. En cuanto se proyectaba una diapositiva pronunciaba dos o tres frases más con toda modestia, y después callaba para no molestarnos en la absorción que esperaba de nosotros. Esto no me gustaba nada, deploraba cada instante en que interrumpía su rugido, sólo dependía de sus palabras lo que me penetraba y lo que yo amaba.
Ya en la primera conferencia nos proyectó las puertas del Baptisterio y el hecho de que Ghiberti hubiera trabajado en ellas veintiuno y veintiocho años me impresionó más profundamente que lo que vi en las puertas mismas. Ahora sabía que uno podía emplear toda una vida en una o dos obras, y la paciencia, virtud que siempre había admirado, se convirtió para mí en algo monumental. Menos de cinco años después yo encontré la obra a la que quise dedicar mi vida. El que pudiera enunciarla, no sólo para mí, sino contársela sin turbación a aquellas personas que merecían mi respeto, se lo debo a la información sobre Ghiberti de boca de Eugen Müller.
El tema de la tercera conferencia fue la Capilla de los Medici; se le dedicó la hora entera. La melancolía de las figuras femeninas reclinadas se apoderó de mí, el sueño sombrío de una, el doloroso esfuerzo de despertar de la otra. La belleza que no era más que belleza me parecía vacía, Rafael no me decía mucho, pero la belleza con contenido, la que estaba cargada de pasión, desgracia y oscuros presentimientos, me fascinaba. Era como si no fuera abstracta, como si no existiera para sí misma, independientemente de los caprichos del tiempo, sino que, al contrario, tuviera que ponerse a prueba en la desgracia, como si tuviera que exponerse a una gran presión, y sólo así, no quemándose en la lucha sino permaneciendo fuerte y contenida, tuviera derecho a llamarse belleza.
Pero no fue sólo este par de figuras femeninas las que me emocionaron, sino también lo que dijo Eugen Müller sobre el mismo Miguel Ángel. Poco antes de su conferencia debió de familiarizarse con las biografías escritas por Condivi y Vasari; expuso algunos detalles concretos que algunos años después encontré y reconocí en estos libros. Revivían en su memoria con tanta frescura y presencia que se hubiera dicho que Müller se acababa de enterar verbalmente de ellos. Nada parecía disminuido por el transcurso del tiempo, y mucho menos por las frías investigaciones históricas. Hasta la nariz rota del joven Miguel Ángel me atrajo, como si con ello se hubiera hecho escultor. Me entusiasmó su amor por Savonarola, cuyos sermones seguía leyendo cuando era anciano, aun si aquél había atacado tan violentamente la idolatría del arte, aun si se trataba de un enemigo de Lorenzo de Medici. Lorenzo había descubierto a Miguel Ángel muchacho, le había abierto las puertas de su casa y sentado a su mesa; la muerte del Magnífico sacudió al muchacho, que todavía no tenía veinte años.
Pero esto no significó que no reconociera la vileza de su sucesor; y el sueño de su amigo, que le inducía a marcharse de Florencia, fue el primero de una larga serie de sueños que coleccioné y sobre los que reflexioné. Durante la conferencia tomé nota de este sueño, leyéndolo después, cuando escribía Auto de fe [1], en que volví a encontrar aquel sueño en Condivi. Amaba el orgullo de Miguel Ángel, la lucha que se atrevió a librar contra Julio II cuando, ofendido, abandonó Roma. Verdadero republicano, se enfrentó también con el papa; hubo momentos en que se encaró con éste como con un igual. Nunca olvidé los ocho solitarios meses que pasó cerca de Carrara, cuando hacía sacar los bloques de mármol destinados a la tumba del papa y la tentación que le sobrevino de esculpir enormes estatuas en el paisaje mismo, para que se vieran de lejos, desde los barcos en la mar. Después, la bóveda de la Sixtina, con la que sus enemigos, que no lo consideraban pintor, querían destruirlo: trabajó en ella cuatro años, ¡y qué obra logró! La amenaza del papa, impaciente, que lo quería arrojar del andamio; su negarse a decorar los frescos con oro. También aquí me impresionaron los años, pero esta vez me penetró la obra misma, y nunca nada ha sido tan determinante para mí como la bóveda de la Capilla Sixtina. Me enseñó cuan creativa puede ser la obstinación cuando va unida a la paciencia. El juicio final fue un trabajo de ocho años, y aunque sólo más tarde comprendí la grandeza de aquella obra, me quemó la ignominia que sufrió el artista a los ochenta años, cuando se cubrió con pintura la desnudez de sus figuras.
De esta forma surgió en mí la leyenda del hombre que tolera el martirio y se sobrepone a él, en aras a las cosas grandes que él crea. Prometeo, a quien yo amaba, me fue transferido al mundo de los seres humanos. Lo que había hecho el semidiós, lo había hecho sin miedo; sólo cuando ya todo había pasado se convirtió en el maestro del martirio. Pero Miguel Ángel había trabajado con miedo, las esculturas de la Capilla de los Medici se hicieron cuando el Medici que gobernaba Florencia lo consideraba su enemigo. Su miedo de él estaba bien fundado, le hubieran podido pasar cosas muy malas, la angustia que pesaba sobre sus figuras era la suya. Pero no sería correcto decir que este sentimiento fuera crucial en cuanto a la impresión que me hicieron aquellas otras creaciones que comenzaron a acompañarme durante años: las figuras de la Capilla Sixtina.
No fue solamente la imagen de Miguel Ángel la que entonces se erigió en mí. Lo admiraba como no había admirado a nadie desde los exploradores. Fue el primero que me dio un sentido del dolor que no se agota en sí, que se convierte en algo, que está ahí para los otros y que perdura. Es un tipo especial de dolor, no el dolor físico que todos los hombres profesan. Cuando cayó del andamio y se hirió gravemente mientras trabajaba en El juicio final, se encerró en su casa y no dejó entrar a ningún servidor ni médico, y se quedó solo. No quería reconocer este dolor, excluía a todos de él y hubiera perecido en él. Un amigo, que era médico, encontró el arduo camino a la habitación del artista por una escalera trasera, donde lo encontró solo en estado lamentable. El amigo ya no lo abandonó, ni de día ni de noche, hasta que pasó el peligro. Era un tormento completamente distinto el que aparecía en su obra y determinaba lo terrible de sus figuras. Su sensibilidad para la humillación le llevó a emprender las cosas más difíciles. No podía ser un modelo para mí, él era más: el dios del orgullo.
Fue él quien me condujo a los profetas: Ezequiel, Jeremías e Isaías. Como yo ambicionaba todo lo que no me estaba cercano, el único libro que entonces no leía nunca, que evitaba, era la Biblia. Las plegarias del abuelo, ligadas a sus horas periódicas, me llenaban de repugnancia. Las deshilaba en una lengua que yo no entendía, no me interesaba saber qué significaban. ¿Qué podían significar si él mismo era capaz de interrumpirlas para hacerme gestos cómicos sobre los sellos que me había traído? Me encontré con los profetas no como judío, no con sus palabras. Se me presentaron en las figuras de Miguel Ángel. Pocos meses después de las conferencias que he mencionado, me regalaron lo que más deseaba: una carpeta con enormes reproducciones de los frescos de la Sixtina, justamente los de los profetas y las sibilas.
Durante diez años viví íntimamente con estas figuras, y es sabido lo largos que son estos años jóvenes. Las llegué a conocer mejor que a las personas. Pronto las colgué de la pared, siempre las tenía ante mí, pero no fue la costumbre lo que me vinculó a ellas; me quedaba fascinado ante la boca entreabierta de Isaías, tratando de adivinar las amargas palabras que le dirigía a Dios, y sentía el reproche de su dedo alzado. Traté de pensar sus palabras antes de conocerlas; su nuevo creador me había preparado para ellas.
Tal vez fuera arrogante de mi parte pensar aquellas palabras, nacían de su gesto, no sentía la necesidad de experimentarlas en su forma exacta, no iba en busca de su contenido literal donde hubiera sido fácil encontrarlo: la imagen, el gesto contenían tan poderosamente las palabras que me veía obligado a volver de continuo a ellos; ésta era la coacción, lo esencial, lo inagotable de la Sixtina. También me atraía la aflicción de Jeremías, y la vehemencia y el fuego de Ezequiel; nunca contemplé a Isaías sin buscarlos también a ellos. Eran los profetas viejos, de los que no me zafaba; y aunque Isaías no apareciera representado como un viejo, yo lo incluía con ellos. Los profetas jóvenes me importaban tan poco como las sibilas. Había oído hablar de los audaces escorzos tan admirados en estas figuras, había oído hablar de la belleza de las sibilas de Delfos y de Libia, pero todo esto lo asimilaba como cosas leídas, lo supe por las palabras con las que me lo describieron, pero siguieron siendo cuadros, no se me pusieron delante como seres humanos exagerados, no creía oírlos como a los viejos profetas, que para mí tenían una vida como nunca había experimentado, sólo puedo —de manera muy imperfecta— llamarla una vida de obsesión junto a la cual nada más existía. Es importante subrayar que no se convirtieron en dioses para mí. No los percibía como un poder que se me sobreponía; cuando me hablaban y hasta cuando yo intentaba hablar con ellos, cuando me ponía ante ellos, no los temía, los admiraba y me atrevía a hacerles preguntas. Puede que estuviera preparado para ello por haberme acostumbrado desde muy temprano a los personajes teatrales de la época de Viena. Lo que en aquel entonces había sentido como un impetuoso torrente confuso en el que me sumergía aturdido, entre tantas cosas que en aquel momento no sabía diferenciar, se articulaba ahora en figuras de contornos precisos, abrumadoras pero lúcidas.


[1] Muchnik Editores, 1980. (N. del T.)


La lengua absuelta
Traducido del alemán por Lola Díaz
Barcelona, Muchnik Editores 1994



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