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Virginia Woolf sobre Julia Margaret Cameron

15 de marzo de 2012



Virginia Woolf (1882-1941), descendiente directa de Julia Margaret Cameron, retrata el carácter excéntrico de la fotógrafa, sus pasiones y vicisitudes, pero también el trasfondo de la fotografía victoriana y su propia experiencia en el arte de la fotografía. 


Texto tomado de Luna Córnea N° 3 


Julia Margaret Cameron, la tercera hija de James Pattle del Servicio Civil Bengalí, nació el 11 de junio de 1815. Su padre era un caballero de señalada pero dudosa reputación, quien después de vivir una vida revoltosa y de ganarse el título de “el más grande mentiroso de la India”, bebió finalmente hasta morir y fue consignado en un barril de ron para esperar su embarco a Inglaterra. El barril fue puesto junto a la puerta del cuarto de la viuda. A medianoche oyó una explosión violenta, salió corriendo y encontró a su marido, quien había hecho saltar la tapa de su ataúd, erguido, amenanzándola de muerte como lo había hecho en vida. “El shock la hizo desvariar, pobrecita, y murió loca. Es el padre de la señorita Ethel Smyth el que cuenta la historia (en Impressions that Remained), y continúa diciendo que, depués de que “Jim Llamarada” fue clavado de nuevo y embarcado, los marineros se bebieron el licor en el que el cuerpo había sido preservado, “y por Júpiter, el ron se derramó, ardió en llamas e incendió el barco. Y mientras trataban de apagar el fuego, el barco se presipitó hacia una roca, explotó y fuer arrastrado hacia la playa justo debajo de Hooghly. ¿Y qué creen que dijeron los marineros? ‘Que ese Pattle era tan bribón que el diablo no quiso que abandonara la India!’” 

Su hija heredó esa vena de vitalidad indomable. Si su padre era famoso por sus mentiras, la señora Cameron tenía el don de una lengua ardiente y una conducta pintoresca que han quedado impresas en las reposadas páginas de la biografía victoriana. Pero fue de su madre, se presume, que heredó el amor por la belleza y el desprecio por las frías y formales convenciones de la sociedad inglesa. Pues la sensible dama a la que la visión del cuerpo de su marido había matado, era francesa de nacimiento. Era la hija de Chevalier Antoine de I’Étang, uno de los pajes de María Antonieta, que había estado en prisión con la reina hasta su muerte y que fue salvado de la guillotina sólo a causa de su propia juventud. Fue enviado al exilio a la India con su mujer, quien había sido una de las damas de la reina, y es en Ghazipur, con una miniatura que le dio María Antonieta colgando sobre su pecho, que yace enterrado.

Pero los de I’Étang trajeron de Francia un regalo de mayor valor que la miniatura de la desdichada reina. La vieja Madame de I’Étang era extremadamente bella. Su hija, la señora Pattle, era encantandora. Seis de la siete hijas de la señora Pattle eran aún más encantadoras que ella. “Lady Eastnor es una de las más bellas mujeres que jamás se haya visto en el país”, escribió Henry Greville de la más joven, Virginia. Ella padeció el destino común de la temprana belleza victoriana: fue acosada en las calles, celebrada en odas e incluso fue el tema de un arículo en Punch debido a Thackeray, “A propósito de una bella dama”. No importaba que las hermanas hubieran sido criadas por su abuela francesa más de acuerdo con la tradición familiar que en el amor por los libros, “Ellas eran artísticas hasta la yema de los dedos, con aprecio –casi podría llamarse culto– por la belleza”. En la India sus conquistas fueron muchas y, cuando se casaron y se establecieron en Inglaterra, tuvieron la habilidad de crear en torno suyo, y afuera en Freshwater o en Little Holland House, una sociedad propia (“Pattledom”, fue bautizada por Sir Henry Taylor), donde podían arreglar y tapizar, echar abajo y construir, y seguir viviendo de una manera arbitraria y aventurera que los pintores y escritores, y aún los serios hombres de negocios encontraban muy de su agrado. “Little Holland House, donde vivía el señor Watts, era para mí un paraíso”, escribió Ellen Terry: “allí sólo se permitía la entrada a las cosas hermosas. Todas las mujeres eran agraciadas, y todos los hombres talentosos”. Allí, en las muchas habitaciones de la vieja casa de Dower, la señora Prinsep alojaba a Watts y a Burne Jones y recibía a numerosos amigos, entre árboles y prados que parecían estar en medio del campo, aunque el tránsito de Hyde Park Corner estaba sólo a dos millas de distancia. Cualquiera fuese la cosa que emprendía, fuera en pro de la religión o de la amistad, era hecha de manera entusiasta.

¿La habitación era demasiado oscura para un amigo? La señora Cameron mandaba inmediatamente abrir una ventana para que entrara el sol. ¿Estaba el sobrepelliz del Reverendo C. Beanlands apenas pasablemente limpio? La señora Prinsep oraganizaba una lavandería en su propia casa y lavaba toda la ropa del clérigo de St. Michael a su propia costa. Luego, cuando sus allegados intervenían y le imploraban que controlara sus extravagancias, ella hacía un gesto afirmativo con la cabeza con sus blancos y coquetos rizos en señal de obediencia daba un suspiro de alivio ni bien los consejeros la abandonaban y volaba al escritorio para despachar a sus hermanas telegrama tras telegrama describiendo la visita.

“Ciertamente, nadie podía refrenar a los Pattle sino ellos mismos”, doce Lady Troubridge. Cierta vez, sin embargo, se supo que el gentil señor Watts montó en cólera. Encontró a dos pequeñas, las nietas de la señora Prinsep, gritándose una a la otra con los oídos tapados de manera que no podían oír otras voces, salvo las propias. Entonces les dio una charla sobre la obstinación, un vicio que, dijo, habían heredado de su antepasada francesa, Madame de I’Étang. “Crecerán siendo mujeres autoritarias”, les dijo, “si no se cuidan”. ¿Acaso no cargan con un antepasado que hizo saltar la tapa de su ataúd?

Ciertamente Julia Margaret Cameron se había convertido en una mujer imperiosa; pero carecía de la belleza de sus hermanas. En el trío en el que, se decía, Lady Somers era la Belleza y la señora Prinsep el Brío, la señora Cameron era indudablemente el Talento.

“Ella parecía reunir en sí misma todas las cualidades de una familia notable” escribía la señora Watts, “presentándolas en una forma doblemente destilada. Doblada la generosidad de la más generosa de las hermanas y la impulsividad de la más impulsiva. Si ellas eran entusiastas, ella lo era el doble; si eran persuasivas, ella era invencible. Tenía ojos extraordinariamente bellos, que centellaban como sus frases, y que se volvían más suaves y tiernos si estaba conmovida…” Pero para una niña, ella era una aparición aterradora: “baja y llenita, sin nada de la gracia ni de la belleza de los Pattle, aunque con un porcentaje mayor de obstinación y de energía apasionada.

Vestida con ropas oscuras, manchada con los químicos de su fotografía (y oliendo también a ellos), con un rostro ávido y redondo y una voz fuerte, un poco dura, y sin embargo, de alguna manera, apremiante e incluso encantadora”, salía precipitadamente del estudio en dimbola, ajustaba pesadas alas de cisnes a los hombros de los niños y les ordenaba permanecer quietos y actuar la parte de los Ángeles de la Navidad apoyados en los baluartes del Firmamento.

Pero la fotografía y las alas de cisne todavía no se vislumbraban. Durante muchos años su energía y sus poderes creativos fueron dirigidos a la vida familiar y a los deberes sociales. En 1838 se casó con un hombre muy distinguido, Charles Hay Cameron, “jurista benthamita y filósofo de gran erudición y capacidad”, que desempeñó el cargo, previamente ocupado por Lord Macaulay, de cuarto Miembro del Consejo en Calcuta. En ausencia de la esposa del Gobernador General, la señora Cameron estaba a la cabeza de la sociedad europea de la India, y era esto, en opinión de Sir Henry Taylor, lo que avivaba su desprecio por las maneras mundanas cuando regresaron a Inglaterra. En todo caso, tenía poco respeto por las convenciones de Putney. Llamaba a su mayordomo perentoriamente “Señor”. Vestía batas de un terciopelo rojo subido, caminaba con sus amigos revolviendo una taza de té al andar, camino a la estación de trenes, en tiempos de un calor estival. No había excentricidad que no se permitiera en nombre de ellos, ni sacrificio que no hiciera para procurarse algunos minutos más de su compañía. Sir Henry y Lady Taylor padecieron la furia extrema de su afecto. Chales hindúes, brazaletes de turquesa carpetas incrustadas, elefantes de marfil, “etc.”, llovían sobre sus cabezas. Les prodigaba cartas de seis hojas de largo “todo sobre nosotros”. Desairada por un momento, “le dijo a Alice (Lady Taylor) que antes de que acabara el año la querría como a una hermana”, y antes de que acabara el año Lady Taylor difícilmente podía imaginar lo que sería la vida sin la señora Cameron. Los Taylor la amaban; Aubrey de Vere la amaba; Lady Monteagle la amaba; e “incluso Lord Monteagle, a quien no le gusta ninguna otra excentricidad, siente aprecio por ella”. Era imposible, pensaba, no amar a esa mujer “genial, ardiente y generosa”, que tenía “una capacidad de amar en un grado nunca superado por nadie y una misma determinación de ser amada”. Si era imposible rechazar su afecto, era aún más peligroso rechazar sus chales. Amenazaba con quemarlos o, si el obsequio era regresado, lo vendía y compraba con las ganancias un costoso sofá para inválidos que regalaba al Hospital de Incurables Putney con una inscripción que decía, para gran sorpresa de Lady Taylor, cuando se topaba casualmente con él, que se trataba de un obsequio de la propia Lady Taylor. Era mejor, en definiiva, doblegarse y conformarse con el chal.

Mientras tanto, ella buscaba una expresión más permanente de sus abundantes energías en la literatura. Traducía del alemán, escribía poesía y avanzó lo suficiente en una novela como para poner a Sir Henry Taylor bastante nervioso: no fuera que lo instara a leerla toda. Volumen tras volumen fue despachado por correo. Escribía cartas hasta que el cartero se iba, y luego comenzaba las posdatas. Mandaba al jardinero en busca del cartero, al hijo del jardinero tras el jardinero, haciendo que el burro galopara todo el camino a Yarmouth en pos del hijo del jardinero. Sentada en la Estación Wandsworth escribía página tras página a Alfred Tennyson hasta que, “cuando ya estaba cerrando tu carta me llegó el silbido del tren y luego el vociferar de los maleteros con la amenaza de que el tren no me esperaría”, por lo que tuvo que deslizar el documento en manos extrañas y correr escaleras abajo. Todos los días le escribía a Henry Taylor, y todos los días él le respondía.

Muy poco queda de esta enorme locuacidad cotidiana. La era victoriana mató el arte de escribir cartas por gentileza: era simplemente demasiado fácil recibir el correo. Una dama sentada en su escritorio hace cien años tenía ante sí no sólo ciertos ideales de lógica y reserva, sino también sabía que una carta que costaba tanto dinero enviar y que entusiasmaba tanto recibir era digna de tiempo y de esfuerzo. Con Ruskin y Carlyle en el poder, un correo barato, un jardinero, el hijo del jardinero y un burro al galope para atrapar el desbordamiento de inspiración, la reserva era innecesaria y la emoción daba, quizá más crédito a la dama que el sentido común. Así, sumergirnos en las cartas privadas de la era victoriana es estar inmersos en las alegrías y en las penas de familias enormes, es compartir sus tosferinas, resfríos y desventuras, día a día, en verdad hora tras hora. El grado de afecto familiar era muy alto. La enfermedad provocaba una lluvia de preguntas y ternezas. Se observaba el tiempo ansiosamente para ver si Richard se mojaría en Cheltenham o si Jane agarraría un catarro en Broadstairs. Las fechorías por parte de las institutrices, los cocineros y los doctores (“incurrió en un descuido culpable, en profunda ignorancia”, la señora Cameron diría del médico familiar) eran detallados profusamente y el más mínimo alejamiento de la moral familiar era puesto de relieve escrupulosamente y comunicado con locuacidad.

Las cartas de la señora Cameron se formaron según este modelo; ella aconsejaba, exhortaba e inquiría por la salud de la querida Emily con soltura, pero sus corresponsales eran con frecuencia hombres de genio exaltado a quienes ella podía expresar el lado más romántico de su naturaleza. Con Tennyson discurría sobre la belleza de la señora Hambro, “traviesa y agraciada como una gatita y con la forma y la mirada de un antílope…Su complexión (o más bien su piel) es perfecta, como la hoja de “esa flor consumada”, la magnolia –una flor, pienso, tan misteriosa en su belleza como si fuera la única cosa inmaculada e incorrupta que quedara del jardín del Edén …Nosotros teníamos un árbol de magnolia común en nuestro jardín de Sheen, y en las calladas noches de verano la luna iluminaba aquellos ricos floreros maduros, y despedían un aroma que hacía que el alma desfalleciera en esa sensación del lujo del mundo de las flores”. A partir de frases como éstas, es fácil intuir por qué Sir Henry Taylor veía la perspectiva de leer su novela con terror. “Su genio (del que está bien dotada) es demasiado profuso y redundante, no distingue entre lo afortunado y lo desafortunado”, escribió. “Vive de superlativos como si fuera su pan de cada día”.

Pero el apogeo de la carrera de la señora Cameron estaba a un paso. En 1860, los Cameron compraron dos o tres casitas cubiertas de rosas en Freshwater, las administraron juntos y les anexaron algunas cabañas para dar cabida al desbordamiento de su hospitalidad. Porque en Dimbola –tomaron el nombre de la propiedad del señor Cameron en Ceilán– todo el mundo era bienvenido. “Las convenciones no tenían lugar allí”. La señora Cameron era capaz de invitar a almorzar a una familia que había conocido en el vapor sin preguntarles su nombre, o invitar a pasar a un turista sin sonmbrero a quien había conocido en el acantilado para que escogiera un sombrero él mismo, o adoptar a una mendiga irlandesa y enviar a su hija a la escuela junto con sus propios hijos. “¿Qué será de ella?”, se preguntaba Henry Taylor, pero se consolaba a sí mismo con la reflexión de que aunque Julia Cameron y sus hermanas “tienen más de esperanza que de sensatez”, “la humanidad es en ellas más fuerte que el sentimentalismo”, y que generalmente llevaban buen fin sus excéntricas empresas.

De hecho la hija de la pordiosera se convirtió en una hermosa mujer, pasó a ser la doncella de la señora, posó para un retrato, el hijo de un hombre rico la pidió en matrimonio, ocupó esta posición con dignidad y eficacia, y en 1878 gozaba de un ingreso de dos mil cuatrocientas libras al año. Poco a poco la villa tomó forma y color bajo las manos de la señora Cameron. Se construyó un pequeño teatro donde los jóvenes actuaban. Cuando las noches eran agradables iban a lo de los Tennyson y bailaban. Si había tormenta (y la señora Cameron prefería la tempestad a la calma) caminaba por la playa y mandaba a buscar a Tennyson para que caminara a su lado. El colorido de las ropas que usaba, el brillo y la hospitalidad de la casa que ella gobernaba, les recordaba el Oriente a sus huéspedes. Pero si es cierto que había un elemento de “familiaridad feudal”, había también un sentido de “disciplina feudal”. La señora Cameron era extremadamente franca. Podía ser terriblemente despótica. “Si llegas a caer en la tentación”, le decía a una prima, “arrodíllate y piensa en tu tía Julia”. Era cáustica y cándida de lengua. Perseguía a Tennyson hasta su torre gritándole: “¡Cobarde!, ¡Cobarde!” y lo obligaba a dejarse vacunar. Tenía oídos y también sus amores, y su ánimo oscilaba “entre el séptimo cielo y un pozo sin fondo”. Había visitantes que encontraban perturbadora su compañía, tan extraños y audaces eran sus métodos de conversación, mientras que la variedad y el brillo de la sociedad que agrupaba en torno suyo ocasionó que una “pobre señorita Stephen” se lamentara: “¿Es que no hay nadie común y corriente?”, al ver a cuatro jóvenes de Jowett bebiendo brandy con agua y escuchar a Tennyson recitando Maud, mientras que el señor Cameron, con un sombrero en forma de cono, un velo y varios abrigos, caminaba por el jardín que su esposa, en un rapto de entusiasmo, había creado durante al noche. En 1865, cuando ella tenía cincuenta años, su hijo le regaló una cámara que sdo por fin salida a las energías que había disipado en poemas y ficciones, arreglando casas y elaborando curries y entretiendo a sus amigos. Ahora se volvió fotógrafa. Toda su sensibilidad se expresó –y lo que quizá fue aún más conveniente, se contuvo– en el arte recién nacido. La carbonera se convirtió en cuarto oscuro, el corral en su casa de vidrio. Los barqueros se transformaron en el rey Arturo, las aldenas en la reina Ginebra. Tennyson fue envuelto en harapos; Sir Henry Taylor fue coronado con oropel. La doncella posó para su retrato mientras un huésped atendía la puerta. “Trabajaba infructuosa, pero no deseperanzadamente”, escribió la señora Cameron por esta época. En verdad, era infatigable. “Solía decir que en su fotografía había que destruir cien negativos antes de alcanzar un buen resultado, y su objetivo era superar el realismo disminuyendo al mínimo la precisión del foco”. Como una tigresa cuando de sus hijos se trataba, era extraordinariamente flexible en relación a su arte. Manchas pardas aparecían en sus manos y el olor de los químicos se mezclaba con el aroma de la zarza dulce en el camino cercano a su casa.

Nada le importaban las miserias ni el rango de sus modelos. Tanto el carpintero como el príncipe coronado de Prusia debían permanecer sentados e inmóviles como piedras en las actitudes que ella elegía, entre los cortinajes dispuestos por ella, y durante el tiempo que ella quisiera. No tenía en nada a las dificultades ni a los fracasos ni al agotamiento. “Ansiaba capturar toda la belleza que llegaba a mí, y a la larga mi anhelo fue satisfecho”, escribió. Los pintores alababan su arte; los escritores se maravillaban con el carácter que revelaban sus retratos. Ella misma ardía de satisfacción ante sus propias creaciones. “Es una bendición divina la que ha acompañado a mi fotografía”, escribió, “da placer a millones”. Prodigaba sus fotos entre sus amigos y familiares, lsa colgaba en las salas de espera de las estaciones de ferrocarril y las ofrecía, se dice, a los maleteros a falta de cambio.

El viejo señor Cameron, mientras tanto, se retiraba cada vez con mayor frecuencia a la relativa privacía de su cuarto. A él no le gustaba la vida social, pero la soportaba como soportaba todos los caprichos de su mujer, con filosofía y afecto. “Julia está repartiendo Ceilán”, decía, cuando ella se embarcaba en otra aventura o extravagancia. Su hospitalidad y las pérdidas en la cosecha de café (“Charles me habla de la flor de la planta de café. Yo le digo que los ojos del primer nieto deben ser más hermosos que todas las flores”, decía ella) habían llevado su economía a un estado precario. Pero no eran sólo las ansiedades propias de los negocios las que hacían que el señor Cameron quisiera visitar Ceilán. El viejo filósofo se obsesionó cada vez más con el deseo de regresar a Oriente. Había paz, había calor; estaban los monos y los elefantes entre los que una vez había vivido “como amigo y hermano”. Súbitamente, pues lo habían mantenido en secreto entre sus amistades, los Cameron anunciaron que irían a visitar a sus hijos a Ceilán. Se hicieron los preparativos y los amigos fueron a despedirse de ellos a Southampton. Dos ataúdes les precedieron a bordo, llenos de cristal y porcelana, por si no se conseguían ataúdes en Oriente. El viejo filósofo, con sus ojos fijos y brillantes y su barba “bañada en la luz de la luna”, sostenía en una mano su báculo de marfil y en la otra la rosa encarnada de Lady Tennnyson le había regalado antes de partir, mientras que la señora Cameron, “grave y valiente”, gritaba sus últimas indicaciones y gobernaba no sólo innumerables bultos sino también una vaca.

Llegaron sanos y salvos a Ceilán, y en agradecimiento la señora Cameron abrió una suscripción para obsequiarle al capitán un armonio. Había tantos árboles en torno a su casa en Kalutara que los conejos y las ardillas y los pájaros minah entraban y salían, mientras un hermoso ciervo domesticado hacía guardia ante la puerta de entrada. Marianne North, la viajera, los visitó allí y encontró al viejo señor Cameron en un estado de perfecta felicidad, recitando poemas, caminando de aquí a allá por la verandah con su largo cabello blanco derramándose sobre sus hombros, y su báculo de marfil en la mano. Adentro de la casa, la señora Cameron tomaba fotos todavía.

Las paredes estaban cubiertas de cuadros maginíficos que se tambaleaban sobre las mesas y las sillas y se mezclaban en una confusión pintoresca con libros y tapices. La señora Cameron decidió de inmediato fotografiar a su huésped y durante tres días estuvo enfebrecida por la excitación. “Me hizo permanecer de pies con unas puntiagudas ramas de coco elevadas sobre mi cobeza…y me dijo que adoptara una apariencia absolutamente natural”, observó la señorita North. Los mismos métodos e ideales que un día imperaron en Freshwater imperaban en Ceilán. Se conservó un jardinero, aunque no había jardín y el hombre jamás había oído de la existencia de tal cosa, por la sola razón de que la señora Cameron pensaba que su espalda era “absolutamente soberbia”. Y cuando la señorita North, desprecavida, manifestó su admiración por un hermoso chal verde brizna que la señora Cameron llevaba puesto, ella tomó un par de tijeras, y diciendo: “Sí, te sentará de maravilla”, lo cortó por la mitad de extremo a extremo instándola a que lo compartieran. Por fin, llegó el momento de que la señorita North se fuera. Pero la señora Cameron aún no podía soportar que sus amigos la abandonaran. Igual que en Putney salía a acompañarlos revolviendo el té mientras caminaba, también en Kalutara ella y toda su comitiva debieron escoltar a la invitada cuesta abajo por la colina y esperar al cochero a la medianoche. Dos años más tarde (en 1879) murió. Los pájaros, revoloteando, entraban y salían por la puerta abierta; las fotografías se agitaban sobre la mesa. Y, acostada ante una gran ventana abierta, la señora Cameron vio las estrellas brillar, murmuró la sola palabra “Hermoso”, y entonces murió.


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