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Emile Cioran: Encuentros con Beckett

27 de julio de 2011





Para adivinar a ese hombre separado que es Beckett, habría que insistir en la expresión «mantenerse apartado», divisa tácita de todos sus instantes, en la soledad y pertinacia subterránea que ella supone, en la esencia de un ser fuera de todo que prosigue un trabajo implacable y sin fin. El budismo dice de quien busca la iluminación, que debe obstinarse tanto como «el ratón que roe un féretro». Todo verdadero escritor realiza un esfuerzo semejante. Es un destructor que aumenta la existencia, que la enriquece minándola.

«El tiempo que debemos pasar en la tierra es demasiado corto para que podamos ocuparnos de algo más que de nosotros mismos.» Estas palabras de un poeta se aplican a todo aquel que rechaza lo extrínseco, lo accidental, lo otro. Beckett o el arte inigualado de ser uno mismo. Sin embargo, ningún orgullo aparente en él, ningún estigma inherente a la conciencia de ser único: si la palabra urbanidad no existiese, habría que inventarla para él. Cosa apenas verosímil e incluso monstruosa: no habla mal de nadie, ignora la función higiénica de la malevolencia, sus virtudes saludables, su calidad de purgativo. Nunca le he oído vituperar a nadie, amigo o enemigo. Es ésa una forma de superioridad por la que le compadezco y a causa de la cual debe sufrir inconscientemente. Si a mí me impidieran maldecir a la gente, ¡qué trastornos y tormentos, qué complicaciones en perspectiva!

No vive en el tiempo sino paralelamente al tiempo. Por eso nunca se me ha ocurrido preguntarle lo que pensaba de algún acontecimiento particular. Es uno de esos seres que permiten concebir la historia como una dimensión de la que el hombre hubiera podido prescindir.

Si fuese como sus personajes, si no hubiese conocido el menor éxito, sería exactamente el mismo. Da la impresión de no desear en absoluto afirmarse, de ser tan ajeno a la idea de un triunfo como a la de fracaso. «Qué difícil es descifrarle, qué personaje...», me digo cada vez que pienso en él. En el caso improbable de que no escondiese ningún secreto, seguiría teniendo a mis ojos aspecto de Impenetrable.

Yo procedo de un rincón de Europa donde los excesos, la confusión, la confidencia, la confesión inmediata, no solicitada, impúdica, son de rigor, donde se sabe todo de todos, donde la vida social se reduce a un confesionario público, donde el secreto precisamente es inimaginable y la locuacidad raya en el delirio. Ello bastaría para explicar por qué he sufrido la fascinación por este hombre sobrenaturalmente discreto.

Pero la urbanidad no excluye la exasperación. Durante una cena en casa de unos amigos, acuciado por preguntas inútilmente eruditas sobre su persona y su obra, se refugió en un mutismo completo y acabó volviéndonos la espalda, o casi. Antes de que la cena acabase, se levantó de repente y se fue, concentrado y sombrío, como se puede estarlo antes de una operación o de un apaleamiento.

Hace unos años, habiéndonos encontrado por casualidad en la calle, me preguntó si trabajaba, y le respondí que había perdido el gusto por el trabajo, que no sentía la necesidad de manifestarme, de «producir», que escribir era para mí un suplicio... El pareció extrañarse, pero más me extrañé yo cuando, justamente a propósito de escribir, me habló de alegría. ¿Utilizó exactamente esa palabra? Sí, estoy seguro. En ese instante recordé que durante nuestro primer encuentro, en la Closerie de Lilas, a principios de los años sesenta, me había confesado su gran cansancio, su sensación de que no podía sacarse ya nada de las palabras.

A las palabras, sin embargo, ¿quién las ha amado tanto como él? Ellas son su sola compañía, su único soporte. A Beckett, que no se autoriza ninguna certeza, se le nota sólido en medio de ellas. Sus accesos de desaliento coinciden sin duda con los momentos en que deja de creer en ellas, en que se imagina que le traicionan, que huyen de él. Ausentes las palabras, queda despojado, desaparece. Lamento no haber anotado y enumerado todos los lugares de su obra donde habla de ellas, donde las examina «gotas de silencio a través del silencio», como las llama en El Innombrable. Símbolos de la fragilidad convertidos en cimientos indestructibles.

El texto francés Sans se titula en inglés Lessness, vocablo creado por Beckett, al igual que su equivalente alemán Losigkeit.

La palabra Lessness (tan insondable como el Ungrund de Boehme) me hechizó de tal manera que una noche le dije a Beckett que no me acostaría sin haberle encontrado un equivalente digno en francés... Habíamos estado examinando todas las formas posibles sugeridas por sans y moindre. Ninguna nos había parecido acercarse al inagotable Lessness, mezcla de privación y de infinito, vacuidad sinónimo de apoteosis. Nos separamos aquella noche decepcionados. Yo continué en casa dándole vueltas al pobre sans. Justo cuando me disponía a capitular se me ocurrió buscar en dirección del término latino sine. Al día siguiente escribí a Beckett que sinéité me parecía la palabra buscada. Me respondió que también él había pensado en ella, quizás en el mismo momento que yo. Sin embargo, tuvimos que reconocer que nuestro hallazgo no era tal. Decidimos abandonar la búsqueda, concluyendo que no había sustantivo en francés capaz de expresar la ausencia en sí, la ausencia en estado puro, y que había que resignarse a la miseria metafísica de una preposición.

Con los escritores que no tienen nada que decir, que no poseen un mundo propio, sólo se habla de literatura. Con él raramente, de hecho casi nunca. Cualquier tema cotidiano (dificultades materiales, problemas de todo tipo) le interesa más, en la conversación, por supuesto. En cualquier caso, lo que no tolera son las preguntas como: «¿Cree usted que tal obra va a quedar, que este o aquel escritor merece el lugar que ocupa?», «¿quién, de X o Y, sobrevivirá, cuál de los dos es más grande?». Las evaluaciones de ese tipo le exasperan y deprimen. «¿A qué viene eso?», me dijo tras una cena particularmente penosa en la que la discusión degeneró en una grotesca versión del Juicio Final. El evita hablar de sus libros y de sus obras de teatro; no le interesan los obstáculos superados sino los futuros: se identifica totalmente con lo que está escribiendo en cada momento. Si se le pregunta por una de sus obras de teatro, no hablará del fondo, de la significación, sino de la interpretación, de la que imagina hasta los mínimos detalles, cada minuto de la representación, cada segundo casi. No olvidaré fácilmente el brío con el que me explicó un día las exigencias que debe satisfacer la actriz que quiera interpretar Not I, donde una voz jadeante domina sola el espacio y acaba sustituyéndolo. ¡Qué brillo en sus ojos cuando veía esa boca ínfima y sin embargo invasora, omnipresente! Parecía estar asistiendo a su última metamorfosis, al supremo hundimiento de la Pitia...

Habiendo sido toda mi vida un aficionado a los cementerios y sabiendo que a Beckett le gustaban también (recuérdese que Primer amor comienza con la descripción de un cementerio, que, entre paréntesis, era el de Hamburgo) le hablaba el invierno pasado, paseando por la Avenue de l'Observatoire, de una visita reciente al Père Lachaise y de mi indignación al no haber encontrado a Proust en la lista de las «personalidades» enterradas allí. (Por cierto, el nombre de Beckett lo descubrí hace más de treinta años en la Biblioteca Americana un día en que encontré su Proust.) No sé cómo llegamos a hablar de Swift, aunque, pensándolo bien, era normal, dado el carácter fúnebre de su sarcasmo. Beckett me dijo que estaba releyendo los Viajes y que tenía especial predilección por «El país de los Houyhnhnms», en particular por la escena en que Gulliver se siente aterrorizado y asqueado al acercársele una hembra Yahoo. Me contó lo cual supuso para mí una gran sorpresa y sobre todo una gran decepción que a Joyce no le gustaba Swift. Contrariamente a lo que se piensa, añadió, Joyce no tenía ninguna propensión a la sátira. «Nada le escandalizaba, era imperturbable, lo aceptaba todo. Para él no existía ninguna diferencia entre la caída de una bomba y la caída de una hoja...» Juicio que por su originalidad y su extraña densidad me recuerda la respuesta de Armand Robin a mi pregunta de por qué, habiendo traducido a tantos poetas, no se había dejado tentar por Zhuang Zhou, el más poeta de todos los sabios. «Lo he pensado muchas veces», me respondió, «pero ¿cómo traducir una obra que sólo es comparable al paisaje desnudo del norte de Escocia

Desde que conozco a Beckett, me he preguntado con frecuencia (interrogación obsesiva y bastante estúpida, lo reconozco) qué relación puede mantener con sus personajes. ¿Qué tienen en común? ¿Es imaginable una disparidad más radical? ¿Debemos admitir que no sólo su existencia sino también la de su propio autor flota en esa «luz de plomo» de la que se habla en Malone muere? Más de una de sus páginas me parece un monólogo de después del final de algún periodo cósmico. Sensación de penetrar en un universo póstumo, en alguna geografía soñada por un demonio liberado de todo, hasta de su desgracia.

Seres que ignoran si aún están vivos, víctimas de una inmensa fatiga, una fatiga que no es de este mundo (por utilizar ese lenguaje bíblico que tanto detesta Beckett), concebidos todos ellos por un hombre al que adivinamos vulnerable y que lleva por pudor la máscara de la invulnerabilidad no hace mucho tiempo tuve súbitamente la visión de los lazos que les unían a su autor, a su cómplice... Lo que en ese instante vi, lo que sentí más bien, no podría traducirlo a una fórmula inteligible. Sin embargo, desde entonces, cualquier palabra de sus personajes me recuerda las inflexiones de una voz... Pero añado enseguida que una revelación puede ser tan frágil y tan falsa como una teoría.

Desde nuestro primer encuentro, comprendí que Beckett había llegado ante lo extremo, que quizás había comenzado por ahí, por lo imposible, por lo excepcional, por el impasse. Y lo admirable en él es que no se ha movido de ahí, que, habiendo llegado de entrada ante el muro, persevera con el mismo valor que siempre ha demostrado: ¡la situación límite como punto de partida, el final como advenimiento! De ahí la impresión de que su mundo, ese mundo crispado, agonizante, podría continuar indefinidamente, incluso después de que el nuestro desapareciese.

No soy un admirador de la filosofía de Wittgenstein, pero me apasiona el personaje. Todo lo que leo sobre él me conmueve. Más de una vez he encontrado rasgos comunes entre él y Beckett. Dos apariciones misteriosas, dos fenómenos que nos agrada sean tan desconcertantes, tan inescrutables. En los dos la misma distancia respecto a los seres y a las cosas, la misma inflexibilidad, la misma tentación del silencio, del repudio final del verbo, la misma voluntad de toparse con fronteras jamás presentidas. En otra época les hubiese fascinado el Desierto. Sabemos hoy que Wittgenstein pensó seriamente, durante una de sus crisis, en entrar en un convento. En cuanto a Beckett, es fácil imaginarlo hace algunos siglos en una celda totalmente desnuda, Sin la mínima decoración, ni siquiera el crucifijo. Quien piense que divago recuerde la mirada lejana, enigmática, «inhumana» que tiene en algunas fotos.

Nuestros comienzos son importantes, por supuesto; pero sólo damos el paso decisivo hacia nosotros mismos cuando nos quedamos sin origen y ofrecemos tan poca materia para una biografía como Dios... Es y no es importante que Beckett sea irlandés. Pero lo que con toda seguridad es un error es considerarlo como el «típico anglosajón». En cualquier caso, nada podría disgustarle más. ¿A causa del desagradable recuerdo que guarda de su estancia en Londres? Sospecho que acusa a los ingleses de «vulgaridad». Este veredicto, que él no ha formulado pero que yo formulo por él, como una síntesis de sus reservas, por no decir de sus resentimientos, yo no podría compartirlo, dado que, quizá por ilusión balcánica, los ingleses me parecen el pueblo más desvitalizado y amenazado, es decir, el más refinado, el más civilizado.

Curiosamente, Beckett se siente en Francia como en su casa, cuando en realidad no tiene afinidad alguna con esa especie de prosaísmo tan francés o, mejor, tan parisino. ¿No es significativo que haya traducido, al inglés en verso, a Chamfort? No todo Chamfort, por supuesto, únicamente algunas máximas. Pero la tentativa, sorprendente por sí misma, casi inconcebible (si se piensa en la ausencia de aliento lírico que caracteriza la prosa esquelética de los moralistas galos), equivale a una confesión, por no decir a una proclamación. Los espíritus secretos revelan siempre a su pesar el fondo de su naturaleza. La de Beckett está tan impregnada de poesía que resulta indistinta de ella.

Le imagino tan voluntarioso como un fanático. Si el mundo se derrumbase, él no abandonaría el trabajo en curso, ni cambiaría de tema. En las cosas esenciales es ciertamente ininfluenciable. Para lo demás, para lo esencial, se halla indefenso, es probablemente más frágil que todos nosotros, más aún que sus personajes... antes de escribir estas notas, me había propuesto releer lo que, desde perspectivas diferentes, Meister Eckhart y Nietzsche escribieron a propósito del «hombre noble». No he realizado mi proyecto, pero no he olvidado un solo instante que lo había concebido.

1976







En Ejercicios de admiración y otros textos
Traducción Rafael Panizo
Barcelona, Tusquets, 1992
Foto: Samuel Beckett, Paris, 1989, by Francois-Marie Banier




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