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Marguerite Yourcenar - El hombre que amó a las Nereidas

14 de agosto de 2010






Estaba de pie, descalzo entre el polvo, el calor y los hedores del puerto, bajo el deteriorado toldo de un café donde unos cuantos clientes se habían desplomado en las sillas con la vana esperanza de protegerse del sol. Los pantalones, viejos y rojizos, apenas le llegaban a los tobillos y el huesecillo puntiagudo, la arista del talón, las plantas largas y llenas de callosidades y escoriaduras, los dedos flexibles y táctiles, pertenecían a esa raza de pies inteligentes, acostumbrados al cantacto del aire y del sol endurecidos por las asperezas de las piedras, que aún conservan en los países mediterráneos algo de la libre soltura del hombre desnudo en el hombre vestido. Pies ágiles, tan diferentes de los torpes soportes encerrados en los zapatos del norte... El azul desvaído de su camisa armonizaba con las tonalidades del cielo desteñido por la luz del verano; sus hombros y omoplatos se vislumbraban por los rotos de la tela como descarnadas rocas; tenía las orejas un poco alargadas y encuadraban oblicuamente su rostro a la manera de las asas de un ánfora; incontestables rastros de belleza veíanse todavía en su rostro macilento y ausente, como el aflorar, en un terreno ingrato, de una antigua estatua rota. Sus ojos de animal enfermo se escondían sin desconfianza tras unas pestañas tan largas como las que orlan los párpados de las mulas; llevaba la mano derecha continuamente tendida, con el ademán obstinado e importuno de los ídolos arcaicos que hay en los museos y que parecen reclamar a los visitantes la limosna de su admiración, y unos balidos desarticulados se escapaban de su boca abierta de par en par, que dejaba ver unos dientes espléndidos. —¿Es sordomudo?

Jean Demetriadis, el propietario de las grandes fábricas de jabón de la isla, aprovechó un momento de desatención, en que la mirada vaga del idiota se perdía del larlo del mar, para dejar caer una dracma en las lisas baldosas. El ligero tintineo, medio ahogado por la fina capa de arena, no se perdió para el mendigo, quien recogió ávidamente la monedita de blanco metal y volvió de inmediato a su postura contemplativa y quejumbrosa, como una gaviota a orillas del muelle.

—No está sordo —repitió Jean Demetriadis dejando ante él la taza medio llena de untuosos posos negros—. La palabra y el entendimiento le fueron arrebatados en tales condiciones que, en algunas ocasiones, hasta llego a envidiarle; yo, que soy un hombre razonable y rico, pues no encuentro a menudo en mi camino más que aburrimiento y vacío. Ese Panegyotis (así se llama) se quedó mudo a los dieciocho años por haber tropezado con las Nereidas desnudas. Una sonrisa tímida se dibujó en los labios de Panegyotis, que había oído pronunciar su nombre. No parecía entender el sentido de las palabras que decía aquel hombre tan importante, en quien él reconocía vagamente a un protector, pero el tono, ya que no las palabras mismas, le llegaba. Contento de saber qur hablaban de él y pensando que tal vez convendría esperar de nuevo una limosna, avanzó la mano imperceptiblemente, con el movimiento temeroso de un perro que roza con la pata la rodilla de su amo para que no se olvide de darle de comer.

—Es hijo de uno de los campesinos más acomodados de mi pueblo —prosiguió Jean Demetriadis—, y por excepción entre nosotros, estas gentes son ricas de verdad. Sus padres poseen tantos campos que no saben qué hacer con ellos, una buena casa de piedra sillar, un vergel con diversas variedades de árboles frutales y un huerto con verduras, un despertador en la cocina, una lámpara encendida ante la pared de los iconos; en fin, que disponen de todo lo necesario. Podía decirse de Panegyotis lo que pocas veces se puede decir de un joven griego: que tenía asegurado su pan para toda la vida. También podía decirse que ya tenía trazado el camino que debería seguir, un camino griego, polvoriento, lleno de guijarros y bastante monótono, aunque con unos cuantos grillos cantarines aquí y allá, y la posibilidad de hacer de cuando en cuando un alto agradable a la puerta de la taberna. Ayudaba a las viejas a varear las aceitunas; vigilaba el embalaje de los cajones de uvas y el peso de los fardos de lana; en las discusiones con los compradores de tabaco apoyaba discretamente a su padre escupiendo con asco ante cualquier proposición que no rebasara el precio apetecido; era novio de la hija del veterinario, una agraciada muchachita que trabajaba en mi fábrica. Como era muy apuesto, se le atribuían tantas amantes como mujeres existen en la comarca aficionadas al amor; se llegó incluso a decir que se acostaba con la mujer del sacerdote; si así era, el sacerdote no le guardaba rencor, pues no le gustaban las mujeres y se desinteresaba de la suya, que, por lo demás, suele ofrecerse a cualquiera. Imagínese la humilde felicidad de un Panegyotis; poseía el amor de las hermosas, la envidia de los hombres y, en algunas ocasiones, su deseo; un reloj de plata, cada dos o tres días una camisa maravillosamente blanca planehada por su madre, arroz «pilaf», al mediodía y el «ouzo» glauco y perfumado antes de la cena. Pero la felicidad es frágil y, cuando no la destruyen las circunstancias o los hombres, se ve amenazada por los fantasmas. Acaso no sepa usted que nuestra isla se halla poblada de presencias misteriosas. Nuestros fantasmas no se parecen a sus espectros del norte, que sólo salen a medianoche y se alojan durante el día en los cementerios. Nuestros fantasmas olvidan cubrir su cuerpo con una sábana blanca y su esqueleto se halla recubierto de carne. Pero tal vez sean más peligrosos que las almas de los muertos, ya que éstos, al menos, han sido bautizados y han conocido la vida, han sabido lo que es sufrir. Las Nereidas de nuestros campos son inocentes y malvadas como la naturaleza misma, que tan pronto protege al hombre como lo destruye. Los dioses y las diosas de la antigüedad están bien muertos, y los museos sólo conservan sus cadáveres de mármol. Nuestras ninfas se parecen más a las hadas de su país que a la imagen que de ellas tienen ustedes, según el modelo de Praxiteles. Pero nuestro pueblo cree en ellas y en sus poderes; existen igual que la tierra, el agua y el peligroso sol. En ellas, la luz del verano se hace carne, y, por eso, verlas dispensa vértigo y estupor. Sólo salen a la hora trágica del mediodía; están como inmersas en el misterio de la luz del día. Si los campesinos atrancan la puerta de sus casas antes de echarse la siesta, es por ellas; estas hadas auténticamente fatales son hermosas, van desnudas y son refrescantes y nefastas como el agua en que bebemos los gérmenes de la fiebre; los que las vieron se consumen lentamente de languidez y de deseo. Los que tuvieron el atrevimiento de acercarse a ellas se quedan mudos para toda la vida, pues no deben revelarse al vulgo los secretos del amor. Pues bien, una mañana de julio dos corderos del padre de Panegyotis se pusieron a dar vueltas. La epidemia se propagó rápidamente a las más bellas reses del rebaño y el cuadro de tierra apisonada que había delante de la casa tuvo que transformarse rápidamente en asilo para ganado alienado. Panegyotis se fue solo, en plena canícula, bajo el sol, a buscar a un veterinario que vive en la otra vertiente del Monte de San Elías, en un pueblecito agazapado a orillas del mar.

Al llegar el crepúsculo, aún no estaba de vuelta. La inquietud del padre de Panegyotis pasó de sus corderos a su hijo; registraron en vano todo el campo y los valles de los alrededores; durante toda la noche, las mujeres de la familia estuvieron rezando en la capilla del pueblo —que no es más que un granero iluminado por dos docenas de cirios—, donde parece que a cada momento vayá a entrar la Virgen para dar a luz a Jesús. Al día siguiente por la noche, a la hora del descanso, cuando los hombres se sientan en la plaza del pueblo ante una taza de café, un vaso de agua o uns cucharada de mermelada, vieron volver a un Panegyotis muy cambiado, tanto como si hubiera pasado por la muerte. Sus ojos centelleaban, pero parecía como si el blanco del ojo y la pupila hubieran devorado al iris; dos meses de malaria no lo hubieran puesto más amarillo; una sonrisa un poco repugnante deformaba sus labios, de los que ya no salían palabras. No obstante, aún no estaba completamente mudo. Unas sílabas entrecortadas se le escapaban de la boca como los últimos gorgoteos de un manantial que muere:

—Las Nereidas... Las señoras... Nereidas... Hermosas... Desnudas... Es estupendo... Rubias... Todo el cabello rubio... Estas fucron las únicas palabras que se le pudieron sacar. Varias veces, en los días que siguieron, se le oyó de nuevo repetir despacio, para sí mismo: «Pelo rubio... rubio», como si estuviera acariciando seda. Sus ojos dejaron de brillar, pero su mirada, que se hizo vaga y fija, adquirió unas propiedades peculiares: puede contemplar el sol sin pestañear; tal vez encuentra un gran placer en contemplar este astro de un rubio tan deslumbrador. Yo estaba en el pueblo durante las primeras semanas de su delirio: no tenía fiebre, ni síntomas de insolación o ataque alguno. Sus padres lo llevaron para que lo exorcizasen a un célebre monasterio que había en la vecindad: se dejó conducir con la misma dulzura que un cordero enfermo, pero ni las ceremonias de la Iglesia, ni las fumigaciones de incienso, ni los ritos mágicos de las viejas del pueblo pudieron liberar su sangre de las ninfas locas de color del sol. Los primeros días de su nuevo estado transcurrieron en incesantes idas y venidas; retornaba incansablemente al lugar donde había surgido la aparición: hay allí una fuente, donde van los pescadores algunas veces para proveerse de agua dulce, un valle pequeño y encajonado, un campo de higueras y un sendero que desciende hasta el mar. Las gentes han creído ver en la hierba rala unas huellas ligeras de pies femeninos, algún espacio que otro hollado por el peso de unos cuerpos. Puede uno imaginar fácilmente la escena: los rayos de sol abriéndose camino por la sombra de las higueras, que no es una sombra, sino una forma más verde y más suave que la luz; el joven lugareño inquieto al oír unas risas y unos gritos de mujer, lo mismo que un cazador ante un batir de alas; las divinas muchachas levantando sus brazos con el vello dorado interceptando el sol; la sombra de una hoja que se desplaza sobre un vientre desnudo; un seno claro, cuyo pezón es rosa y no violeta; los besos de Panegyotis devorando aquellas cabelleras, lo que daría la impresión de estar masticando miel; su deseo perdiéndose por entre aquellas piernas doradas. Del mismo modo que no existe amor sin arrebato del corazón, apenas existe auténtica voluptuasidad sin la fascinación de la belleza. El resto no es más que funcionamiento maquinal, como la sed o el hambre. Las Nereidas dieron acceso al joven insensato a un mundo femenino tan diferente de las muchachas de la isla como éstas lo son de las hembras del ganado; le trajeron la embriaguez de lo desconocido, el agotamiento del milagro, las malignidades centelleantes de la felicidad. Se pretende que sigue viéndose con ellas en las horas câlidas, cuando esos hermosos demonios del mediodía rondan en busca de amor; parece haber olvidado hasta el rostro de su antigua novia, de la que se aparta como si fuera una repugnante mona; escupe cuando pasa la mujer del pope, que estuvo llorando dos meses antes de consolarse. Las ninfas lo han idiotizado, para poder mezclarlo más fácilmente a sus juegos, como una especie de fauno inocente. Ya no trabaja; no se preocupa ni de los meses ni de los días; se ha hecho mendigo, de suerte que casi siempre logra comer lo necesario. Vagabundea por la comarca evitando las carreteras anchas; se mete por los campos y por los bosques de pinos, así como por los desfiladeros de las desiertas colinas, y se cuenta que una flor de jazmín colocada encima de una tapia de adobe, una piedrecilla blanca al pie de un ciprés son otros tantos mensajes en los que descifra la hora y el lugar de la próxima cita con las hadas. Los campesinos pretenden que nunca envejecerá: como todos aquellos a quienes han echado mal de ojo, se marchitará sin que se sepa si tiene dieciocho o cuarenta años. Pero sus rodillas tiemblan, su entendimiento se fue para no volver jamás y la palabra no renacerá en sus labios. Homero ya sabía cómo ven consumirse su inteligencia y sus fuerzas aquellos que se acuestan con las diosas de oro. Mas yo envidio a Panegyotis. Ha salido del mundo de los hechos para entrar en el de las ilusiones, y a veces se me ocurre pensar que tal vez la ilusión sea la forma que adoptan a los ojos del vulgo las más secretas realidades.

—Pero, vamos, Jean —dijo irritada la señora Demetriadis—, ¿no creerás de verdad que Panegyotis se encontró con las Nereidas? Jean Demetriadis no contestó, ocupado como estaba en levantarse de su silla para devolver su altivo saludo a tres extranjeras que pasaban por allí. Aquellas tres jóvenes americanas, muy bien vestidas con trajes de tela blanca, caminaban con paso ligero por el muelle inundado de sol, seguidas de un viejo mozo de cuerda, doblado en dos bajo el peso de las vituallas compradas en el mercado; y lo mismo que tres niñas pequeñas al salir del colegio, se cogían de la mano. Una de ellas no llevaba sombrero, sino unas briznas de mirto prendidas en su rojiza cabellera; la segunda llevaba un enorme sombrero mexicano, y la tercera, gafas de sol con cristales ahumados que la protegían como si fuera una máscara. Aquellas tres jóvenes se habían instalado en la isla, donde habían comprado una casa situada lejos de las carreteras importantes: pescaban por las noches con un tridente, a bordo de su barca, y cazaban codornices en el otoño. No se hablaban con nadie y ellas mismas realizaban las tareas de la casa, por miedo a introducir una criada en la intimidad de su existencia; se aislaban, hurañas, para evitar murmuraciones, prefiriendo tal vez las calumnias. Traté en vano de interceptar la mirada que echó Panegyotis a aquellas tres diosas, pero sus ojos distraídos seguían vagos y sin luz: era manifiesto que no reconocía a sus Nereidas vestidas de mujer. De repente, se agachó con el movimiento ágil de un animal, para recoger la dracma que había caído de nuestros bolsillos y pude observar, entre el basto pelo del chaquetón que llevaba al hombro, sujeto a sus tirantes, el único objeto que podía proporcionar una prueba imponderable a mi convicción: el hilo sedoso, el delgado hilo, el hilo perdido de un cabello rubio.





Cuentos orientales (1938)
Trad. Emma Calatayud





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