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Jean Paul Sartre - Las moscas (Acto III, Esc. VI - final)

13 de junio de 2010





GRITOS EN LA MULTITUD.— ¡Muerte! ¡Muerte! ¡Lapidadlo! ¡Desgarradlo! ¡Muerte!


ORESTES (sin oírlos).— ¡El sol!

LA MULTITUD.— ¡Sacrílego! ¡Asesino! ¡Carnicero! Serás descuartizado. Te echaremos plomo derretido en las heridas.


UNA MUJER.— Te arrancaré los ojos.


UN HOMBRE.— Te comeré el hígado.


ORESTES (se ha erguido).— ¿Estáis pues aquí, muy fieles súbditos míos? Soy Orestes, vuestro rey, el hijo de Agamenón, y éste es el día de mi coronación.


La MULTITUD gruñe, desconcertada.


ORESTES.— ¿No gritáis más? (La MULTITUD calla.) Ya sé: os doy miedo. Hace quince años justos, otro asesino se irguió delante de vosotros; llevaba guantes rojos hasta el codo, guantes de sangre, y no le tuvisteis miedo porque leísteis en sus ojos que era de los vuestros y que no tenía el valor de sus actos. Un crimen que su autor no puede soportar ya no es el crimen de nadie, ¿verdad? Es casi un accidente. Habéis acogido al criminal como rey, y el viejo crimen se echó a rodar entre los muros de la ciudad, gimiendo despacito, como un perro que ha perdido a su amo. Me miráis, gentes de Argos, habéis comprendido que mi crimen es muy mío; lo reivindico de cara al sol; es mi razón de vivir y mi orgullo, no podéis castigarme ni compadecerme, y por eso me tenéis miedo. Y sin embargo, oh mis hombres, os amo, y por vosotros he matado. Por vosotros. Había venido a reclamar mi reino y me habéis rechazado porque no era de los vuestros. Ahora soy de los vuestros, oh súbditos míos, estamos ligados por la sangre, y merezco ser vuestro rey. Vuestras faltas y remordi­mientos, vuestras angustias nocturnas, el crimen de Egisto, todo es mío, lo cargo todo sobre mí. No temáis a vuestros muertos; son mis muertos. Y mirad: vuestras fieles moscas os han abandonado por mí. Pero no temáis, gentes de Argos, no me sentaré, todo ensangrentado, en el trono de mi víctima; un Dios me lo ha ofrecido y he dicho que no. Quiero ser un rey sin tierra y sin súbditos. Adiós, mis hombres, intentad vivir; todo es nuevo aquí, todo está por empezar. También para mí la vida empieza. Una vida extraña. Escuchad, además esto: un verano Scyros se infestó de ratas. Era un lepra horrible, lo roían todo; los habi­tantes de la ciudad creyeron morir. Pero un día llegó un flau­tista. Se puso de pie en el corazón de la ciudad —así—. (Se pone de pie.) Empezó a tocar la flauta y todas las ratas fueron a apretarse a su alrededor. Luego se puso en marcha a largos trancos, así (baja del pedestal) gritando a las gentes de Scyros: "¡Apartaos!" (La MULTITUD se aparta.) Y todas las ratas levanta­ron la cabeza vacilando —como lo hacen las moscas. ¡Mirad! ¡Mirad las moscas! Y luego, de golpe, se precipitaron sobre sus huellas. Y el flautista con las ratas desapareció para siempre. Así.


Sale; las ERINIAS se lanzan en su seguimiento aullando.




Trad.: Aurora Bernárdez


Buenos Aires, Losada, 1948



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