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Thomas Bernhard - El Premio Grillparzer

28 de octubre de 2009





bernhard




Para la entrega del Premio Grillparzer de la Acade­ mia de Ciencias en Viena tuve que comprarme un traje, porque, dos horas antes del solemne acto, comprendí que no podía aparecer con pantalones y jersey en aque­lla ceremonia indudablemente extraordinaria, y en efec­to tomé en el llamado Graben la decisión de ir al Kohl­markt y vestirme de una forma debidamente solemne, y con ese fin fui a la tienda de caballeros, muy bien cono­cida por mí por haber comprado en ella varias veces cal­cetines y que llevaba el característico nombre de Sir An­thony, si bien recuerdo, eran las diez menos cuarto cuando entré en el salón de Sir Anthony, la entrega del Premio Grillprarzer debía tener lugar a las once y toda­vía tenía mucho tiempo. Mi intención era comprarme, aunque de confección, el mejor traje de lana pura de color antracita, con unos calcetines a juego, una corbata y una camisa Arrow muy elegante, de rayita gris y azul.

Sabida es la dificultad de hacerse comprender enseguida en las, así llamadas, tiendas elegantes, aunque el cliente diga rápidamente y de la forma más precisa lo que quie­re, primero lo miran a uno fijamente con incredulidad, hasta que repite lo que desea. Sin embargo, naturalmen­te, el vendedor interpelado tampoco comprende aún. Por eso, también entonces, en Sir Anthony me hizo falta mucho más tiempo del necesario para ser conducido a las estantería pertinente. En realidad, por mis compras de calcetines, conocía ya la disposición de la tienda y sabía mejor que el vendedor dónde encontrar el traje que buscaba. Me dirigí a la estantería del posible traje y señalé uno determinado, que el vendedor bajó de la barra para ponérmelo ante los ojos. Examiné la calidad de la tela y me probé el traje enseguida en la cabina. Me incliné unas cuantas veces hacia delante y me eché hacia atrás, y encontré que los pantalones me estaban bien.

Me puse la chaqueta, me volví un par de veces ante el es­pejo, levanté los brazos y los bajé de nuevo: la chaqueta me sentaba igual que los pantalones. Di unos pasos con el traje por la tienda y entretanto elegí la camisa y los calcetines. Finalmente dije que me quedaría con el traje puesto y que quería ponerme también la camisa y los calcetines. Escogí una corbata, me la anudé, apreté el nudo lo más posible, me miré otra vez en el espejo, pa­gué y salí. Me habían metido los otros pantalones y el jersey en una bolsa con la inscripción Sir Anthony, y con la bolsa en la mano, fui por el Kohlmarkt para reunirme con mi tía, con la que estaba citado en el restaurante Gerstner de la Kärntnerstraße, en el primer piso. Que­ríamos tomar uno o dos bocadillos en el Gerstner, antes de la ceremonia, para prevenir cualquier malestar o in­cluso desfallecimiento durante el acto. Mi tía estaba ya en el Gerstner, consideró mi transformación aceptable y pronunció uno de sus famosos Bueno... Yo, durante años, no había llevado hasta aquel momento un traje, en efecto, hasta entonces me había dejado ver siempre sólo con pantalones y jersey, incluso en el teatro, cuando iba, llevaba únicamente, como mucho, pantalones y jer­sey, sobre todo unos pantalones grises de lana y un jer­sey de oveja de punto grueso y un rojo estallante que me regaló un americano bondadoso inmediatamente des­pués de la guerra. Con ese atuendo, recuerdo, había ido varias veces a Venecia y al famoso teatro La Fenice, una de ellas a una representación del Tancredi de Montever­di que dirigió Vittorio Gui, y con esos pantalones y ese jersey había estado en Roma, en Palermo, en Taormina y en Florencia y en casi todas las demás capitales euro­peas, por no hablar de que en casa había llevado casi siem­pre esas prendas, cuanto más raídas estaban tanto más las quería, durante años me habían conocido sólo con esos pantalones y ese jersey, y todavía hoy me preguntan los amigos de entonces por esos pantalones y ese jersey, he llevado esas prendas durante más de un cuarto de siglo.

De pronto, en el Graben, como queda dicho y dos horas antes de la entrega del Premio Grillparzer, encontré de re­pente esas prendas pegadas a mi cuerpo inapropiadas para el acto vinculado al nombre de Grillparzer que debía ce­lebrarse en la Academia de Ciencias. Al sentarme en el Gerstner tuve de repente la sensación de que los pantalo­nes me estaban demasiado estrechos, pero pensé que pro­bablemente se tenía siempre la misma sensación con unos pantalones nuevos, y también la chaqueta me pareció de repente demasiado estrecha y también con respecto a la chaqueta pensé que era algo normal. Pedí un bocadillo y lo acompañé de un vaso de cerveza. Mi tía me preguntó quién había recibido antes de mí el, así llamado, Premio Grillparzer, y en aquel momento sólo se me ocurrió Gerhart Hauptmann, lo había leído una vez y, con ese moti­vo, tuve noticia por primera vez de la existencia del Premio Grillparzer. El premio no se concedía regularmente sino sólo de vez en cuando, dije, y pensé que entre las con­cesiones habían transcurrido seis o siete años, tal vez sólo cinco, no lo sabía y todavía sigo sin saberlo. Además, aquella concesión del premio me ponía como es natural nervioso, y traté de distraerme y de distraer a mi tía [...]


Traducido del alemán por Miguel Sáenz

En Mis premios




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