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Lou Andreas Salomé – Fenitschka (fragmento)

2 de mayo de 2009




[…]
Fenia no prestó atención a ese tono irónico. El mentón apoyado en la mano, le miró y dijo enojada:
"Pues, sabe usted, ¡esto es realmente repugnante!. Quiero decir, a las mujeres efectivamente se las obliga en algunos aspectos a tener asuntos secretos! Hasta el punto de que encima han de estar contentas si logran mantenerlos bien. Y del hombre se espera como algo evidente que las proteja y defienda con su discreción, su consideración y prudencia. Tal vez sea necesario, ya que el mundo está hecho así, pero es lo más humillante que jamás he oído. ¡Tener que esconder y negar algo que se hace de todo corazón! ¡Avergonzarse cuando habría que dar gritos de alegría!"
Fenia se excitó con sus propias palabras. Sus mejillas ardían y sus ojos se volvían profundos y relucientes.
La tensión algo frívola con la que Max Werner había llegado hoy, se perdía cada vez más; cuanto más la escuchaba con tanta más humanidad se acercaba a ella. Se esforzó en mostrar que consideraba la excitación de Fenia como objetiva y que se trataba para los dos de una de sus terriblemente profundas disputas.
"Fenitschka, usted olvida no obstante algo muy esencial" intervino él, "quiero decir que la opinión pública, en la mayoría de los casos, sólo tiene la mitad de la culpa. Porque, en cuanto a la otra mitad, es el carácter mismo de todas las cosas íntimas que por sí mismas quieren permanecer secretas. Todo descubrimiento ante ojos y oídos extraños les quita lo más sutil de su belleza. Algunas personas sensibles se rebelan incluso contra el matrimonio a causa de la boda oficial. Cuanto más difícil debe ser para una persona sensible hacer pública otra forma de amor, una que no estuviera generalmente reconocida. No podría, de ninguna manera, exponer plenamente a una ruda lucha algo tan infinitamente íntimo y vulnerable, poniéndolo, por decirlo así, en medio de la calle, entre la gentuza".
Fenia había escuchado muy atentamente.
"Sí", dijo lentamente, "puede ser que los hombres juzguen de esta manera. Vosotros que tenéis licencia para todo no necesitáis ciertamente otro motivo para mantener el secreto, que este deseo de intimidad. Pero para nosotras esto es totalmente diferente. También lo sentimos así, seguramente incluso de manera más sutil y con más pudor, pero también sentimos la apariencia de cobardía cuando creemos necesitar el secreto. Todo secreto parece existir por miedo a la gente y no por sensibilidad. Y también nos humilla tener que dejar que nos respeten y honren aquellas personas que quizá nos condenarían por su manera de pensar si fuéramos francas"
"¡Esto puede ser desagradable!" asintió el, "pero mientras sólo es un sacrificio que hacemos y no un éxito engañoso, se puede fácilmente estar por encima de la situación. Todo esto no es más que la apariencia de la cobardía. Ver esto claramente y soportarlo con tranquilidad sería la verdadera superioridad frente a los prejuicios humanos. ¿No le parece?. De otro modo no haríamos más que ostentación de la verdad". Fenia no estaba de acuerdo. Pensativa miró hacia la ventana donde una capa de algodón rellenaba el fondo del espacio entre los cristales dobles para impedir toda entrada de aire, feamente adornado con musgo y flores de papel.
La expresión de su cara mostraba muy precisamente que trataba de poner en claro una idea determinada.
"¡Ay, la superioridad! ¡Qué me importa!" dijo con desdén, "no podemos dejar de sentir el deseo de defender con toda franqueza lo que nos es más caro; y el valor de una cosa lo estimamos casi instintivamente de acuerdo con nuestra disposición de convertirla en un asunto de convicción, de poder luchar por su derecho".
"¡Dios mío! ¡Muy luchadoras se han vuelto las mujeres últimamente!" dijo él con unas sonrisa, "¡tan positivas y agresivas que casi no se puede aguantar!. Ya lo ve, esto se debe a toda esa liberación de las mujeres, a tanto estudiar y pensar en ideales de lucha. ¡Las mujeres son como verdaderos advenedizos! Perdóneme que lo diga, es cierto que esta tendencia tiene algo muy juvenil y fuerte, pero le falta el toque de distinción. Ponerlo todo en discusión, incluso lo que menos se presta para ser discutido, exponerlo todo a la luz pública … ¡hasta las cosas más íntimas! ¿De verdad que le parece bonito esto? ¡A mí no! Es una manera de hacerlo todo más grosero, de falsificar las cuestiones dándoles un aire "nacionalista" . Es una manera de borrar todos los sutiles matices de los colores para dejar las cosas en tonos repugnantes y chillones".
Aunque Fenia discutía con él, lo miraba indudablemente con ciertas ganas de ver refutados sus propios argumentos.
Pero al tiempo que él pronunciaba este hermoso discurso pensó en algo muy distinto: "¿Dónde estaría ese hombre? ¿Hacía tiempo que la amaba? ¿O se trataba acaso sólo de una superficial aventura amorosa? Ella se mostraba tan tranquila y feliz … sólo los chismes la habían alterado. ¿Estaría ella del todo segura de su amigo?"
Finalmente interrumpió sus palabras porque estos pensamientos paralelos le inhibían, y con impaciencia exclamó:
"¡En el fondo todo esto son bagatelas! Para dos amantes lo principal será siempre cómo se conciben mutuamente y no su postura ante el mundo. El tiempo que durará la felicidad, si ésta es lo bastante sólida, si la primera necesidad da lugar al abandono … éstas son cuestiones que atormentan mucho más".
En los labios de Fenia apareció esa sonrisa despreocupada y franca que era tan característica en ella.
"¿Por qué han de atormentar esas cuestiones?" preguntó medio asombrada y medio flemática, "yo no podría ni imaginarme que abandonara a un hombre amado precisamente en una situación de necesidad".
Estas palabras sonaron tan ingenuas que Max Werner sintió ganas de reír. Incluso dudó instantáneamente de sus suposiciones más firmes. ¡En el hombre abandonado no había pensado! ¿No le estaba engañando? Si ahora resultara que Fenia fuese nuevamente la inocente, ¡eso ya no se podía aguantar!
Un poco nervioso se puso a jugar con los carretes de hilo que había sobre la mesita de coser de Fenia. Los volvió a dejar en su sitio. Estaba indeciso, casi de mal humor.
Finalmente se levantó para marcharse. Pero ahora no podía evitar una observación.
"Por cierto, recientemente a mí también me pareció ver a su doble"
"¡Ah, sí!" dijo Fenia sorprendida. Después de un breve silencio preguntó "¿Cuándo la vio?".
"Ayer por la noche. No muy lejos del monasterio donde nos encontramos hace poco. Subió a un trineo con un señor y se fue a toda velocidad al son de los cascabeles. En realidad sólo la vi de espaldas", añadió rápidamente porque ya no dudaba más y sintió vergüenza por este repentino arranque poco caballeresco. "O sea, quizás se le parece sólo de espaldas, Fentischka".
Ella se levantó de su silla y con la mirada fijada en la falda quitó los hilitos que al coser se habían pegado a ella. La cara pálida y ensimismada, su gesto inspiraba ternura.
A Max Werner le dolió, se imprecó a sí mismo y con gran esfuerzo miró hacia otro lado. En esto, Fenia le tendió la mano para despedirlo.
"Pues bien, supongamos que también se me hubiera parecido de frente, que le hubiera enseñado la cara, -mi cara-, ¿qué hubiera pensado entonces?" dijo Fenia mirándolo a los ojos.
Él sostuvo la mano algo destemplada y nerviosa de Fenia en la suya, se inclinó sobre ella y la besó dos veces.
"¡Querida Fenitschka!" murmuró, "incluso entonces no pensaría otra cosa que ésta: ¡qué sorprendente parecido!”
[…]



Lou Andreas-Salomé, Fenitschka
Icaria Editorial, 1988
Trad. Angela Ackerman Pilári

Agradezco el texto a Gradiva


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