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Marosa di Giorgio – Camino de las pedrerías, 57

3 de marzo de 2009






Hugo del Carril, Gardel, Novarro, Valentino.


Pero los cuatro eran sólo uno y uno solo.


La mano levemente morena parecía adelantarse y una voz susurró algo sobre el día que me quieras. Ella quedó expectante, con los ojos brillantes.


Se le cayó la túnica china. Era lo único que le servía de vestido. Y salió el cuerpo delgado y perfecto, el ramillito de alhelíes allá entre las piernas, los senos algo caídos. ¡Y tan usados! Pero graciosos, cuyas puntas había pintado e rojo.


Clamó: ¡Vamos al sofá.


-Pero, si está vacía esta habitación.


Sin embargo, el sofá empezó a abullonarse allá, y se formó del todo.


Ella se acomodó en él, con toda la pericia que poseía; dejó una pierna algo levantada. Los alhelíes quedaron eléctricos, parados.


Ofrecía un seno delgado, con el pico laqueado.


El varón se acercó. Murmuró algo. Hizo un simulacro.


Ella esperó. Un tiempo breve, larguísimo. Un tiempo larguísimo y breve.


Desde los alhelíes empezaron a rodar lágrimas. Y perlitas. Solas. Hasta el piso.


Trepidó.


Se puso de pie, descalza, afligida.


El varón se escapó, se fue hacia fuera, ingresaba ya en la tarde, ingresaba en el aire, ya.

Milagrosamente había caído la noche en mitad del día.


Ella se asomó a las ventanas.


Y vio una carroza –con plumas- que se iba. Y esa noche inmensa, gris, abrillantada.




Transcripción de Camino de las pedrerías. Relatos eróticos


Buenos Aires, El cuenco de plata, 2006



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