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Manuel Mujica Láinez – Bomarzo (in fine)

21 de septiembre de 2008




El duque murió; el duque Pier Francesco Orsini, que luego se miraría a sí mismo, asombrado, murió de veneno, sin originalidad, como cualquier príncipe del Renacimiento, en el instante preciso en que creía que tornaba a ser totalmente un ascético príncipe medieval, émulo de los santos insignes de su familia. Pero aun en eso, en la ironía trágica del empozoñamiento con la pócima que aseguraba el perpetuo subsistir, el duque de Bomarzo fue distinto a los numerosos duques envenenados de su época, como su parque célebre fue distinto a todos los demás, porque cuanto con él se vinculaba fue distinto del resto. Murió esa noche de mayo de 1572 en que yo, tumbado sobre la mesa de la Boca del Infierno, sentí el frío de la piedra contra mi cara.

Un frío más intenso empezó a invadirme las piernas y la cintura y a helarme el corazón, y lo único que se distinguía, pues casi no podía moverme, eran mis manos, los largos dedos del retrato de Lorenzo Lotto. Me estiré, gimiendo. Quería besar el rosario de Don Juan, el rosario bendito por San Pío V, que colgaba de mi yerta muñeca, y mis labios quedaron inmóviles a mitad de camino entre la sarta de cuentas negras y el anillo de Benvenuto Cellini, el de acero puro, lo último, en mi meñique crispado, que mis ojos vieron, antes de que la noche implacable los cegara y me arrastrase, pobre monstruo de Bomarzo, pobre monstruo pequeño, ansioso de amor y de gloria, pobre hombre triste, hacia el bosque de los verdaderos monstruos y de la postrera, invencible, apaciguadora luz.

Transcripción de la 9ª edición de Editorial Sudamericana, Buenos Aires, 1974



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