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Mis poetas griegos, hoy (1)

26 de julio de 2008





Leo en la traducción de Horacio Castillo (Poesía griega moderna, Buenos Aires, 1997):





Constantino Kavafis (1863-1933) - Los caballos de Aquiles


Cuando vieron muerto a Patroclo,
que era tan viril, y fuerte, y joven,
los caballos de Aquiles comenzaron a llorar:
su naturaleza inmortal se indignó
al contemplar esa obra de la muerte.
Sacudían sus cabezas y agitaban sus largas crines,
golpeaban la tierra con los cascos, y lloraban
viendo a Patroclo exánime -aniquilado-
ahora una carne abyecta -su espíritu desvanecido-
indefenso -sin aliento-
devuelto desde la vida a la gran Nada.

Vio Zeus las lágrimas de los caballos
inmortales y se entristeció. "En las bodas de Peleo
-dijo- no debí cometer tal desatino;
¡mejor hubiera sido no haberos entregado, desdichados
caballos míos! Qué podíais hacer allá abajo,
entre la mísera humanidad juguete del destino.
A vosotros, exentos de muerte y de vejez,
os atormentan efímeras desgracias. En sus aflicciones
os han enredado los hombres". -Pero
los nobles animales seguían llorando
por la calamidad eterna de la muerte.



Yorgos Seferis (1900-1971) - Eurípides, el ateniense


Envejeció entre el fuego de Troya
y las canteras de Sicilia.

Le gustaban las cuevas en la playa y las pinturas marinas.
Vio las venas de los hombres
como una red donde los dioses nos prendían como fieras:
trató de romperla.
Era hosco, tenía pocos amigos;
vino el tiempo y los perros lo despedazaron.



Nikiforos Vretakos (1991-1991)


Exodo


Todo termina alguna vez: turbios
ríos y noches. Basta que puedas
salvar al fin tu alma, como
la madre salva a su hijo
atravesando
un

mar o un incendio.



Transmutación

Me vuelvo poesía, huyo del mundo,
me reparto

voy

hacia afligidos hermanos. A quedarme en casas

donde no entra el sol.




Takis Sinópolus (1917-1981)


Las fieras

Hay siempre un agua profunda en tu silencio y vienen
las fieras secretamente a bañarse y saciar su sed.

Hay esta noche una grieta.

Y si acaso te vuelves súbitamente, estalla a lo lejos
un escopetazo y te ilumina el rostro.

Se oye la voz del cazador.

Las fieras huyen en la noche.



La fiesta

Ahora respiras en la penumbra, distingo tu nuca,
tu rostro.

Después todo se apaga. Quedan el corredor, la puerta
de tablas.

Más allá tu voz se defiende de la noche. Y no existen pájaros.

Barres las arañas de la sombría fiesta.




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