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Marguerite Yourcenar - Patroclo o el destino

16 de marzo de 2008


Una noche o, más bien, un día impreciso caía sobre el llano: no hubiera podido decirse en qué dirección iba el crepúsculo. Las torres parecían rocas al pie de las montañas que parecían torres. Casandra aullaba sobre las murallas, dedicada al horrible trabajo de dar a luz al porvenir. La sangre se pegaba, como si fuera colorete, a las mejillas irreconocibles de los cadáveres. Helena pintaba su boca de vampiro con una barra de labios que recordaba a la sangre. Desde hacía muchos años, se habían instalado allí, en una especie de rutina roja en donde la paz se mezclaba con la guerra, como la tierra y el agua en las nauseabundas regiones de las marismas. La primera generación de héroes -que había acogido a la guerra como un privilegio, casi como una investidura-, al ser segada por los carros, dio lugar a un contingente de soldados que la aceptaron como un deber, para después soportarla como un sacrificio. La invención de los tanques abrió brechas enormes en aquellos cuerpos que ya no existían sino a la manera de parapetos; una tercera ola de asaltantes se abalanzó contra la muerte; aquellos jugadores que apostaban en cada jugada el máximo de su vida cayeron al fin como si se suicidaran, golpeados por la bola en la casilla roja del corazón. Ya había pasado el tiempo de las ternuras heroicas en que el adversario era el reverso sombrío del amigo. Ifigenia había muertó, fusilada por orden de Agamenón, acusada de haber tomado parte en el motín de las tripulaciones del mar Negro; Paris había quedado desfigurado por la explosión de una granada; Polixeno acababa de sucumbir de tifus en el hospital de Troya; las Oceánidas, arrodilladas en la playa, ya no trataban de espantar las moscas azules del cadáver de Patroclo. Desde la muerte del amigo que había llenado el mundo y lo había reemplazado, Aquiles no abandonaba su tienda alfombrada de sombras: desnudo, acostado en el suelo como si se esforzara por imitar al cadáver, se dejaba roer por los piojos del recuerdo. Cada vez con más frecuencia, la muerte le parecía un sacramento del que sólo son dignos los más puros: muchos hombres se deshacen, pero pocos hombres mueren. Todas las particularidades que recordaba al pensar en Patroclo -su palidez, sus hombros rígidos, más bien altos, sus manos que siempre estaban algo frías, el peso de su cuerpo desplomándose en el sueño con densidad de piedra- adquirían por fin su pleno sentido de atributos póstumos, como si Patroclo hubiera sido, estando vivo, un esbozo de cadáver. El odio inconfesado que duerme en el fondo del amor predisponía a Aquiles hacia la tarea de escultor: envidiaba a Héctor por haber rematado aquella obra maestra; tan sólo él tenía derecho a arrancar los últimos velos que el pensamiento, el ademán, el hecho mismo de estar vivo interponían entre ellos, para descubrir a Patroclo en su suprema desnudez de muerto. En vano los jefes troyanos mandaban anunciar, al son de las trompetas, sabias luchas cuerpo a cuerpo, despojadas de la ingenuidad de los primeros años de guerra: viudo de aquel compañero, que merecía ser un enemigo, Aquiles ya no mataba, para no suscitarle a Patroclo rivales de ultratumba. De cuando en cuando resonaban gritos; unas sombras con cascos pasaban por la roja pared: desde que Aquiles se encerraba en aquel muerto, los vivos no se mostraban a él sino en forma de fantasmas. Una humedad traidora subía del suelo desnudo; el paso de los ejércitos hacía temblar la tienda; las estacas oscilaban en aquella tierra que ya no las sujetaba; los dos campos reconciliados luchaban con el río que se esforzaba por ahogar al hombre: el pálido Aquiles entró en aquella noche de fin del mundo. Lejos de ver en los vivos a los precarios supervivientes de una marea-de-muerte que seguía amenazando, eran los muertos ahora los que le parecían sumergidos por el inmundo diluvio de los vivos. Contra el agua inestable, animada y sin forma, Aquiles defendía las piedras y el cemento que sirven para fabricar tumbas. Cuando el incendio, que bajaba de los bosques del Ida, llegó al puerto y lamió el vientre de los navíos, Aquiles tomó partido contra los troncos, los mástiles, las velas insolentemente frágiles y se puso a favor del fuego, que no teme abrasar a los muertos en el lecho de madera que forman las hogueras. Unos extraños pueblos primitivos desembocaban de Asia como si fueran ríos: contagiado de la locura de Ajax, Aquiles degolló a aquellos carneros, sin reconocer en ellos siquiera unos lineamentos humanos. Le enviaba a Patroclo aquella manada para que pudiera cazar en el otro mundo. Luego aparecieron las Amazonas: una inundación de senos cubrió las colinas del río: el ejército se estremecía al oler aquellas sueltas melenas. Las mujeres representaban para Aquiles, desde siempre, la parte instintiva de la desgracia, aquella cuya forma él no había escogido y que tenía que soportar sin poder aceptarla. Le reprochaba a su madre que hubiera hecho de él un mestizo, a mitad de camino entre el dios y el hombre, arrebatándole así casi todo el mérito que los hombres tienen en hacerse dioses. Le guardaba rencor por haberle llevado, siendo niño, a los baños de la Estigia para inmunizarlo contra el miedo, como si el heroísmo no consistiera en ser vulnerable. Se hallaba resentido con las hijas de Licomedes por no haber reconocido, bajo su máscara, lo contrario de un disfraz. No perdonaba a Briseida la humillación de haberla amado. Su espada se hundió en aquella jalea color de rosa, cortó nudos gordianos de vísceras; las mujeres aullaban y parían la muerte por la brecha de sus heridas, se enredaban como los caballos en la corrida con sus entrañas enmarañadas. Pentesilea se separó de aquel amasijo de mujeres pisoteadas, como un duro hueso se separa de una pulpa desnuda. Se había bajado la visera para que nadie se enterneciera mirando sus ojos: Sólo ella osaba renunciar a la astucia de no llevar velos. Bajo su coraza y su casco, con una máscara de oro, aquella Furia mineral sólo tenía de humano los cabellos y la voz, pero sus cabellos eran de oro y a oro sonaba aquella voz pura. Era la única, entre sus compañeras, que había consentido en cortarse un seno, pero aquella mutilación apenas se notaba en su pecho de diosa. Arrastraron por los cabellos a las muertas fuera de la arena; hicieron calle los soldados, y transformaron el campo de batalla en un campo cerrado; empujaron a Aquiles al centro de un círculo donde el asesinato era para él la única salida. Sobre aquel decorado caqui, arenoso salobre, azul horizonte, la armadura de la Amazona cambiaba de forma con los siglos, de color con los focos. Combatiendo con aquella esclava, que de cada finta hacía un paso de baile, el cuerpo a cuerpo se convertía en torneo, después en ballet ruso. Aquiles avanzaba, luego retrocedía, unido a ese metal que contenía una hostia, invadido por el amor que se hallaba en el fondo del odio. Lanzó su arma con todas sus fuerzas, como para romper un encantamiento, reventó la frágil coraza que interponía, entre aquella mujer y él, no se sabe qué puro soldado. Pentesilea cayó como quien cede, incapaz de resistir la violación del hierro. Precipitáronse los enfermeros; se oyó crepitar la ametralladora de las cámaras; unas manos impacientes desollaban el cadáver de oro. Al levantar la visera descubrieron, en lugar de un rostro, una máscara de ojos ciegos a la que ya no llegarían los besos. Aquiles sollozaba, sostenía la cabeza de aquella víctima digna de ser un amigo. Era el único ser en el mundo que se parecía a Patroclo.

En Fuegos
Trad. Emma Calatayud
Madrid, Alfaguara, 1989




Marguerite Yourcenar, 1987 
Yousuf Karsh


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