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Thomas Bernhard - Octubre

12 de enero de 2008




En el montón de escombros nada significa

el lamento de la madre,
nada la intercesión del padre borracho
nada el parte de bajas del teniente
la rebelión de los cardenales nada,
nada el reproche del futuro,
el llanto de pueblos enteros nada,
nada el aire muerto,
el fin de los océanos...

Desenterré la mandíbula enterrada,
las humillaciones,
llevo mi debilidad

ante mi boca degenerada,
ante mi cráneo reseco
a mi miseria de la mañana...

En la noche
compensas los incendios del mundo
con mi imbecilidad fraterna...


Coral:

Qué quiere el día de mí
y me hace preguntas, cientos de miles de preguntas
y me presenta nombres
y revuelve mi estupidez con su llanto...

Qué quiere el día de mí
y me clava en árboles gruesos,
se limpian su sangre en mi rabillo del ojo,
y la sangre no me deja ver la tierra, nada...

Qué quiere el día de mí,
me clava estaquillas en la carne y me hace cantar...


Canción del hijo del carnicero:

Cortas y separas hábilmente
el blanco cuerpo,
abusas de las herramientas
de mi llanto,
clavas ambos cuchillos
en el cráneo de octubre...
mi muerte, mi pájaro enviado,
que me convence...
Yo soy, padre,
el que anuncia a los deformes,
arriba
y abajo,
violentamente se amontonan
los corderos
en mi cabeza,
yo, el hijo del carnicero,
estoy sentado con mí PASCAL en el matadero...

de la jamba de la puerta cuelga mi cerebro;
hasta donde llega mi memoria
se pudre...

Cuando mi mañana se mezcla con la mañana
del mundo
cuando se ve el mar entre los bosques

y las casas toman los colores del mediodía
el rostro de apestado del verano insulso,
cuando noventa mil despiertan y
cien mil,

les pregunto a los noventa mil
de cien mil maneras
por las mentiras del mundo.


Reseco

Roma hizo una chapuza
de mi asombro
con el malestar
de sus años,

Catania, perra
a los pies del Etna,
Siracusa, monumento
de tedio...

En Sapri dormí de un tirón
el mar infame
sobre unas parihuelas de muerto...
los pinos mordían...

la playa podrida
de la costa occidental
hizo brotar mi llanto
de los poros de los bañistas,

formé olas
que los cubrieron,
los asesiné
víboras del norte,

su aparición
en la arena
hacía ridícula
la tragedia...

Reggio Calabria,
golpes sordos,
relojería... fatídico
afilar de cuchillos de los trenes...

la señora de Inglaterra me persiguió
hasta los cactus...
mi corazón destrozó el suyo...

Taormina, febrero tropical.
Desde Calabria
anuncio
cartas fatídicas.


En Ave Virgilio, X
Traducción Miguel Sáenz
Barcelona, Ediciones Península, 1988             

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