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Marosa Di Giorgio - Carnes en la misa

7 de octubre de 2007





Se espantaba cuando daban caza a un animal. Sobre todo si era hembra. Oía las lastimaduras. Qué palabra ésa: hembra.

Decían: ¡Está cargada! ¡Qué bien! Me comeré el nonato. ¡Se le iban formando huevos! ¡Mira!

Pero si estaba… ¡Mira esta yema! ¡Prueba de esta clara! ¡Prueba! Ella huía a la alcoba última; cerraba las puertas a cal y canto. Se tapaba los oídos.

Pero allí adentro empezaron a crecer manzanos, con sus pomas rosas, celestes, verdes, y casi áureas, y un pompón, un goterón de miel, también.

La cazaron una tarde en la colina, cuando iba distraída, soñando casi.

Se la llevaban al hombro. Los pies y las gasas rozando el suelo. Por entre las piernas, por entre los vellos, asomaba una cabeza de manzana o niño.

Decían: ¡Qué bien! ¡Estaba doble! ¡Viene con hijuelo! ¡Tenía bombón! ¡Qué rica la carne nueva! ¡Los asaremos a las brasas! ¡Qué…! ¡Viva! ¡Viva! ¡Qué… ¡Viva! ¡Qué…!






En
Misales

Buenos Aires, El cuenco de plata, 2005


4 comentarios:
FRANTZESKA ALVAREZ 11 de octubre de 2007, 19:41  

Suelo leer este blog con asiduidad, y por lo general encuentro cosas que me gustan pero estos dos cuentos de la señora di Giorgio me han resultado demasiado apegados a los arquetipos feministas. La mujer no es mejor que el hombre: es igual, a excepción de las sexuales diferencias. ¿Es acaso el feminismo un machismo invertido?.

Un saludo

patricia damiano 11 de octubre de 2007, 20:02  

Ante todo agradezco tu asiduidad.

Y luego me permito disentir respecto a Marosa di Giorgio: en realidad está muy apegada a los arquetipos de la femenidad, no a los arquetipos feministas. Lo puro femenino en potencia y en acto. Pero es mi lectura, claro, y su avasallador talento.

Sergio G. Rabadá 11 de octubre de 2007, 21:55  

Sin embargo veo en estos cuentos lo mismo que Frantzeska. Siempre he pensado que hay una diferencia entre macho y hembra y hombre y mujer. Somos humanos, ambos sexos, somos LA especie, somos idénticos en capacidad de supervivencia y en potecianlidades y aunque un sin número de cobardes hayan intentado sumergir a la mujer en una inferioridad que jamás le ha correspondido no tenemos que anexionar la revancha a nuestros errores. Te dirás ¿Cómo es quien dice esto? Soy un hombre cuyo único prejuicio son los piercing, algún día comprenderé el motivo pero al menos acepto que lo tengo ¿La mujer? Es el otro lado y el hombre también lo es, amobos somos el otro lado del mismo conjunto. Unidos somos un uno invencible aún hasta por la naturaleza o al menos así prefiero creerlo. Quizás me equivoque, quizás no, lo cierto es que mi idea me aleja del resentimiento y me hace pleno, me aleja de cualquier revancha y me hace uno con la concordia. Puedo decir el nombre de mil desconocidos que logran, en sus historias, alejarse de esta arquetípica manera de decir las cosas, vos por ejemplo, en tus poemas, Iván Garde, Pablo Mackovsky, Gustavo Ng, o yo mismo, eso entre los desconocidos de siempre como diría Nito, Cortázar, Benedetti, Gelman, entre los conocidos de todas las épocas (aún Borges admitía que la mujer era insuperable, más no inalcanzable, y ambas palabras guardan una amistosa diferencia). Soy como los fabricantes de poxipol, odio todo aquello que no está destinado a unirnos.

Un abrazo.

Sergio G. Rabadá 11 de octubre de 2007, 22:31  

Tengo un problema, para mí Isaís es Iván ¿Debo ir a un sicólogo? Dile, si le conoces, que le felicito por la publicación de Plazas en revista Adamar.

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