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Harry Almela
Apuntes para escuchar el Réquiem de Mozart

22 de julio de 2007



Han debido avisarme que nada es eterno.
Ni el cielo, ni las mañanas.

Hubiese podido aprenderlo en la infancia
mientras me paseaban por los parques. O cuando
escuchaba, atento, las canciones de cuna.
Alguna maestra prevenida pudo enseñarme
a decir adiós. La lección más elemental
debería comenzar por allí, antes de instruirnos
en la suma y en la resta,
en los acentos y en los tiempos verbales.

Sabríamos evitar entonces el miedo a los cementerios,
a la tenue luz en los espejos, a las alimañas
nocturnas que saborean y devoran la basura en la cocina.

Este arte de decir adiós que es tan difícil.

Encontrar la mitad que nos falta, soportar la gotera
que en el baño nunca nos decidimos a arreglar.
Nuestra pobre garganta, cercada por sus paredes
de carne y ligamentos, el sueño que custodia
nuestra almohada, estas manos solitarias
que no se acostumbran al curioso acto de decir adiós.

Yo corrijo, leo, calculo el álgebra perfecta,
consumo un cigarrillo mientras repaso estos versos,
preparo una valija. Nombro en voz baja
la gracia de los meses que faltan
para un viaje que planeo, sin sentido.
Juego a las cartas, tomo mi café en las mañanas,
me dispongo para el sueño cada noche
y me entrego levemente a sus infiernos.

Huimos de lo que nunca desaparece.

Andamos bien vestidos, imaginamos la amistad,
la eficacia del correo, disfrutamos el domingo
las visitas a la aldea.

¿Quién nos acompaña en esta tristeza
y nos inventa un cuento,
un blanco vapor que sepa cubrir
tanta incertidumbre?

Por eso es que estas líneas intentan un último recurso.
Mentir esa muerte que me espera.
Una muerte redonda, prodigiosa,
como el canto de los gallos con su perfil de fuego.

Un adagio de Vivaldi. Una muerte frágil que se parezca
al lento atardecer en el pueblo de la infancia.

Me agradaría una muerte por poco tiempo.
Seis meses serían suficientes, a ver si aprendo
la palabra exacta.

Voy a despertar cuando alguien me necesite,
mañana, en las puertas del Infierno.












Los trabajos y las noches, Maracay, La Liebre Libre Editores, 1998



2 comentarios:
Daniel Abrunheiro 23 de julio de 2007, 8:29  

Maravilha.

Anónimo 2 de febrero de 2008, 7:08  

sí !

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