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Carolina Coll - Mrs. Carlos

30 de mayo de 2007





I

Todo pasó tan vertiginosamente que daba cosquillas recordarlo. Por lo menos, nadie podría acusarte de no llevar a la práctica tanta teoría deslocada. Los ojos audaces, curiosos, insistentes del chico te siguieron hasta allí, la mesa que compartías tres veces a la semana con Antonnella, Karen, Janine y Carmina. Cómo se las ingenió para entrar en el lounge facultativo es otra incógnita. La voz de Antonnella repiquetea en tus sienes "-e la mesma cosa, qui n'el Canada o a l'Italia. Qualquno s'arrangia". Habíais discutido el tema de la corrupción incansablemente, como siempre, sin llegar a un acuerdo. Concordando solamente en una cosa: estar en desacuerdo. ¿No era eso después de todo la democracia? Como buenas posmodernas abrazabais la pluralidad sin meteros en la cama con ninguna idea pre-manufacturada, manoseada hasta el cansancio por la propaganda. Esa mirada insistente, bamboleándose entre las mesas te sofoca a pesar tuyo. Tus ojos buscan por un refugio. Solo encuentran la superficie inferior de la mesa, tan ridícula como conspicua. Pensándolo bien vosotras erais un elenco interesantísimo, lo mejorcito, lo más prometedor del Departamento de Literatura Comparada. Las únicas facultativas. Esas tres mañanas semanales entraba con vosotras al lounge mohoso, oscuro, rígido, el salitre del mar calabrés, el fresco verdemar de los valles rocallosos, el sol caliente de los áticos salmantinos, la hibridez encantadora del poutine quebecois y tu risa: cristalina, juguetona, traviesa, con dejo rioplatense enfestonado de cretonas blanquísimas, vaporosas, congeladas en las abismales Rocallosas de Banff.



II

Saliste cinco minutos tarde de tu cátedra latinoamericana. Eras sensible a las tardanzas. No querías afianzar estereotipos, rótulos pegadizos, insistentes, como esas hojitas amarillas diminutas que colgabas por todas partes con notitas recordatorias de cosas urgentes por hacer. Las urgencias, los estereotipos, las hojitas, percibías te iban engomando, sepultando sistemáticamente en una fosa cuyos muros eran cada vez más difíciles de escalar. Apresuraste el paso. Te quedaba atravesar todo el vestíbulo del edificio Tory, que a las 12:00 p.m. en el primer mes de clase, era tan problemático como ambicionar cambiar de carril en la autopista 401 a 100 metros de la salida. "-Excuse me". "Sorry". "Excuse me". Entre codazos, mochilas, pisotones y empujones ibas consiguiendo hacerte camino.

"-Miss", creíste oír a tus espaldas entre los ruidos del bullicio. ¿Sería para ti? Con un poco de suerte, si haces la boba, puedes seguir adelante. Apresuraste aún más el paso. Al intentar también agrandar la zancada un impedimento de tela puso punto final a tus intentos de evasión. Recordaste cómo esa mañana pasaste dos minutos frente al espejo debatiendo entre la falda ajustada marroncita clara, con un tajo por detrás, y el pantalón negro. "Cada día me crece más el traste, no puedo pararme delante de la clase con este culo" pensaste al tiempo que tirabas el pantalón sobre la cama recién tendida y te enfundabas la otra prenda. Ahora te mortificaba la elección matinal "maldita pollera ajustada, quién diablos me mandó metérmela. Cómo se ve que los diseñadores son todos hombres y no tienen que soportar las torturas de la moda". Ese detalle te solidarizó con todas esas tantas mujeres en su rito matinal, perdidas en la proyección especular de una figura que no aceptaban. No era tu caso. Tú aceptabas tu figura, inclusive te enorgullecías de ella. Percibiste una conspiración autónoma de traseros adiposos, acaudillada por las fantasías eróticas de varones cuarentones. Maldijiste la moda, los hombres, el estilo y toda condición precaria que por su esencia arbitraria necesitaba nutrirse de juicios camaleónicos para sobrevivir. (Y sí, ya que estabas, también maldijiste la ceguera cultural genérica de tu especie).

"-I've chosen a topic for the paper. La clase de hoy sobre el papel de la mujer en la sociedad contrarreformista me ha dado ideas. ¿Qué le parece "Género y honra en el reinado de Felipe II"? Y diciendo esto, termina alcanzándote el último libro recogido del desbarajuste que hiciste al tirar todo por los aires. En momentos así siempre alababas el distanciamiento de los estudiantes españoles. Allí sí que sabían prepararlos, ponerlos en su lugar. Una profesora pertenece a la especie de inabordables, de bichos en vía de exterminio por nunca haberse multiplicado. Nada de estos imberbes deslenguados, desinhibidos. La mirada suplicante, altiva, retadora del chaval te recorrió dejando un escalofrío desde la cervical al coxis. Pudiste obsequiarle uno de tus looks congelados. No lo hiciste. Balbuceaste horarios de oficina que se perdieron entre los estruendos del borbotón humano que les rodeaba. Sabías bien que este chico, con su mirada descarada, estaba desnudando tus ropas, confrontando tus convicciones. Ya habías sentido esa mirada sobre tu piel. Recuerdas aquel día cuando le entregaste la prueba semestral y el muy truhán rozó tus dedos mientras clavaba sus ojos en los tuyos incendiando tu rostro con un inesperado carmesí. Podías controlar la situación. Siempre lo habías conseguido. Cada año, algún corderito se descarriaba y había que enseñarle el camino de regreso firmemente. No te molestaba. Por el contrario, alababa tu ego, aunque luego, como buena feminista, te sintieras culpable por gozar de la situación de poder. Severidad y firmeza, eso es todo. "-Venga durante mi hora de oficina y hablaremos sobre los temas de ensayo." Viraste a la derecha y diste por concluida la conversación. Carlos, tu marido, te lo repetía incansablemente "-¿sabés qué es lo que más me rompe de vos? Ese mohín, acompañado de la cabezadita y la mirada de desdén: súbditos tomar nota: la reina ha hablado. Se retira a sus aposentos hasta que ella digne conveniente dirigirse a la plebe". Amén.


III

¡Por fin en el Power Plant! Llevabais tres semanas machacando la identidad. Allí estaban, esperándote, en la mesa de la izquierda, al lado del ventanal que da al jardín de piedra. En tanto que pasabas entre las mesas atiborradas -era jueves, roast-beef y todo el postre que se pudiera comer- oíste las risas huecas, secas, fuertes de los facultativos festejándose el punto ganado en el partido matutino de squash. Antonnella vestía el camisero anaranjado que se le pegaba un pelín de más a sus abundantes caderas. Brazos y manos parecían llevar el compás de las Cuatro Estaciones de Vivaldi, señal de que iba en su segunda copa de vino y te lo haría notar. Karen, con sus lánguidos ojos celestes, intentaba acomodarse a los pozos de aire ocasionados por los manotazos de Antonnella, exhibiendo un aire de mártir a tono con las circunstancias. Janine se debatía en si ponerle mantequilla o no al panecito de Viena, mientras su rostro anguloso oteaba de lado a otro buscando a alguien. ¿Y Carmina? Ay, Carmina. ¿Qué otra cosa podía estar haciendo Carmina más que hablar, comer, gesticular, todo al mismo tiempo, acompasándolo con un zarandeo de hombros y un destello de pelo retinto? Sí, era un cuadro perfecto. No, ni de Monet, ni Matisse. Un cuadro posmodernista, en cuarta dimensión con música de cámara, sin acordes complacientes. Ya te habían encargado tu plato de patatas fritas. Tú les pondrías pimienta, sal, vinagre y ketchup. ¿Y si aceptabas la invitación del chaval? Todavía recuerdas la mirada envalentonada, pero herida, cuando dijiste no "-Solamente la estoy invitando a una pizza, no la voy a comer". Murmuraste reglas departamentales, lo inapropiado de alternar entre estudiantes y profesores, o algo por el estilo. Te sobrecogiste con su respuesta decidida y su tenacidad. Era la primera vez que tus métodos no daban resultado. Intentaste todo lo que tenías en el repertorio: uno a uno fue desarmando tus argumentos. Echaste mano a lo único que te quedaba: un mohín desdeñoso y retaguardia a todo vapor.


IV

Acababas de contarlo. Entre sonrisas y consejos también ellas aprovecharon la ocasión para machacar las atrocidades patriarcales, únicas culpables del incidente. "-Ma que figlio de..." "Es lo que yo digo siempre: no nos respetan porque el sistema no nos respeta. Somos la simiente de la pradera, ellos el arado. Siempre querrán avasallarnos, intimidarnos, rasgarnos". "Es una cuestión de identidad, si no somos las hijas o las hermanas o la mujer de un varón no pertenecemos a nadie, o sea, cualquiera nos puede abordar". "Sí, eso es. La mejor táctica para despistarlos es justamente decirles que una está casada", concluye Carmina. Tú ves con pavor acercarse por entre las mesas una figura que conoces muy bien, unas piernas largas, rítmicas, elegantes, que se bambolean al son de un tambor de calipso. Ves una cabeza joven, altiva, decidida. Una mandíbula fuerte, bien delineada. Una mirada insistente, resuelta, profunda en instinto ancestral de especie. Un rostro guapísimo, juguetón, inquieto. El cazador se aproxima y tú, presa de siglos, buscas la huida por el sendero libertario. La indoctrinación ametralla ferozmente tu raciocinio. Ya es tarde; trunca queda la huida. Aquí está, entre Antonnella y Karen, parado frente a ti. El chico coge una silla, va a sentarse "quiero almorzar contigo, si no vienes yo vengo a ti". Intentas controlarte. Sientes las palpitaciones de una mareola abriéndose camino desde tu vientre. Por primera vez temes no controlarte. Ya es tarde, muy tarde. La ola alcanza tus pechos, tu nuca. Sientes su energía en tu garganta. Un segundo antes de estallar, oyes la voz opaca de Carmina "-le presento a Mrs. Carlos". La respuesta del chico te llega junto con la tibieza de su mano, manteniéndote la mirada, sin dejarte respirar, mezclándose con tus carcajadas "Mucho gusto. Haremos una buena pareja: no soy celoso y me llamo Mr. Isabel".

Canadá, 2001




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