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José Ramírez - Los Ocultos

19 de marzo de 2007


Al pasar por el puente logré verlos, el resplandor de la luna hizo visibles sus siluetas a través de la niebla, los paraguas en la noche los hacen semejarse a cuervos acechando; no se separan el uno del otro y giran, esperando su presa. No puedo huir, ya me vieron, mi opción es pasar como uno de ellos, una vez más, lentamente.

Sé que si me acerco me saludarán al unísono, pero su saludo hace tiempo que me sabe a engaño. Me saludan, miran al piso y se ven unos a otros, como buscando llegar a un acuerdo o como reforzando la intriga. Sé que lo saben todo, que están juntando evidencias para asestarme el golpe y mientras tanto quieren que esté tranquilo, que no sospeche nada; pero son más oscuros que la noche y se reúnen allí en donde mis ojos no alcanzan. Son los guardianes de las reglas que he osado quebrar y sin las cuales ellos no podrían existir.

Si respetaba las reglas nunca hubiera podido llegar aquí y para mi era vital hacerlo. Me ha costado años de ardides y estratagemas y ahora los burócratas y los peones me adoran; pero mi éxito no es grato para los ocultos, no me comporté como un cómplice más y empezaron a sospechar la verdad: yo no soy uno de ellos.

Quizá deba irme antes de que me acusen ante los otros y mi expulsión se haga pública; podría desaparecer borrando toda huella de mis actos y dejarlos con el altar preparado, sin cordero de sacrifico; porque eso es lo que soy para ellos. No les importa las razones que pude tener, les tiene sin cuidado el bien que he hecho al sistema, los cambios no le sientan bien, no los dejan retozar tranquilos. Los burócratas han comenzado a molestarlos, mi nombre se menciona con mucha frecuencia. Se requiere un sacrificio para deja tranquilos a los dioses de la burocracia y eso les dará tiempo para seguir engordando en sus guaridas; mi sangre lavará cualquier culpa.

Puede que todo esto sea un espejismo, ¿acaso mi culpa me estará jugando una mala pasada?, ¿qué es peor, la intriga de los ocultos o la culpa que me persigue? Y si me entrego, ¿qué podrían hacerme?, ¿será acaso eso lo que buscan? Quizá tan sólo sospechan y quieren ablandarme para que yo mismo les diga lo que no han podido descubrir.

Me acerco y al saludar el rito se repite, me miran y se miran, pero hoy el silencio fue más largo que lo habitual. Ahora no cabe duda de que lo saben todo. Me despido y al alejarme puedo verlos de reojo, giran y se ríen, estoy perdido.


Caracas, 2003
Tapara

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